Ya pase esto al DD
[spoiler]7.1 | 2 # Roxana Agriche.
Se habían conocido por accidente, en una exposición dedicada a las obras de Richard Upton Pickman. Ninguna de las dos había ido buscando compañía; Roxana se detuvo demasiado tiempo frente a un lienzo que otros evitaban mirar, y Chiyo lo notó. Fue ese gesto —la voluntad de sostener la mirada ante lo intolerable— lo que las unió. Pickman no ofrecía consuelo ni belleza; sus figuras estaban despojadas de ideal social, expuestas en su crudeza más incómoda, como carne abierta bajo una luz implacable.
Ambas se sintieron atravesadas por esos horrores sin ornamento. No era fascinación morbosa, en aquellas imágenes deformes y violentas encontraron una verdad que el arte complaciente se empeñaba en ocultar. Desde entonces, compartían una misma idea, que el arte auténtico no tranquiliza, hiere. Y que quien no está dispuesto a sangrar un poco frente a él, jamás lo comprenderá.
El edificio de Arte quedaba atrás y con él el peso académico que nunca había logrado acomodarse a su espalda. Afuera, el campus se abría en senderos arbolados y fachadas de piedra clara; Eastwood se preciaba de esa armonía falsa para ella… orden, simetría, tradición. Todo muy limpio, todo muy correcto.
Roxana sonrió apenas.
No regresó a casa. Tomó un desvío hacia el estacionamiento privado, donde el guardia la reconoció sin pedir identificación, todos conocían a la menor de la familia Agriche y su temperamento. El coche arrancó con suavidad, el trayecto fue corto; la ciudad no era grande, pero sí densa en miradas y apellidos conocidos.
Durante el camino pensó en Dormino, en su tono despectivo hacia ella, en esa manera de pronunciar la palabra moral sin rubor. Pensó también en Audrey Hall, en la rectitud incómoda de su postura, en la curiosidad mal disimulada. No la consideraba una enemiga o al menos todavía no.
El semáforo cambió y Roxana apoyó la mano en el volante, observando la calle reflejada en el parabrisas. Eastwood tenía memoria larga y poca imaginación, al menos en el mundo de Arte que ella conocía. La galería de Chiyo ocupaba un antiguo local reconvertido, lejos del circuito universitario. No había cartel ostentoso, solo una placa discreta junto a la puerta. Roxana estacionó y entró sin tocar el timbre; para acceder al espacio debía descender por una escalera de caracol, como si el arte exigiera una renuncia previa a la superficie.
Adentro, el espacio estaba en penumbra, las paredes blancas sostenían piezas exquisitas en lo tétrico. Instalaciones mixtas, grabados agresivos, cuerpos fragmentados que desafiaban cualquier lectura cómoda.
Chiyo Asanagi estaba de pie al fondo, revisando una lista en una tableta; vestía de blanco, sobria, y el cabello ébano hasta más allá de la cintura. Una mujer hermosa y femenina, que siempre sonreía, pero detrás de esa sonrisa ocultaba algo, el gusto por lo excéntrico y la curiosidad obscena por lo pagano. Al oír los pasos, alzó la vista.
—Roxy~ llegas temprano —canturreó feliz, sus ojos violáceos destellaban un brillo único.
—No tenía ganas de volver a casa y escuchar a mi padre —respondió Roxana, dejando el bolso sobre una mesa baja.
—Entonces estás en el lugar correcto.
Caminaron juntas por la sala principal. Chiyo no explicaba nada; sabía que Roxana prefería mirar esas obras y analizarlas en silencio. Se detuvieron frente a una vitrina cerrada, dentro, una serie de pequeñas piezas reposaban sobre terciopelo oscuro.
—Esto es lo que quería mostrarte —musitó al fin.
Roxana se inclinó apenas, eran insectos. No mariposas, no del todo… las alas estaban construidas con materiales orgánicos tratados, nervaduras demasiado definidas, cuerpos que no correspondían a ninguna especie catalogada.
—¿De dónde salió esto? —preguntó confundida… eran obra suya, las había vendido a un coleccionista privado, del que ella no sabía su nombre.
—Donación privada. El donador pidió anonimato, pero cuándo lo vi, pensé en ti.
—Es de mi autoría —confesó—. Lo vendí hace un par de años atrás, cuándo recién comenzaba.
Chiyo la observó de reojo y una pequeña risa salió de sus finos labios.
—Lo sospechaba. Eres la única capaz de hacer algo tan hermoso y horrendo, Roxy.
—El comité del Club de Arte no estaría de acuerdo.
—Nunca lo está —respondió Chiyo—. Por eso siguen siendo irrelevantes.
Se alejaron de la vitrina y Chiyo la llevó a una sala trasera, donde apoyó la tableta en el mostrador.
—Dormino va a intentar bloquearte otra vez.
—Que lo intente.
—Esta vez el jurado incluye gente externa. Algunos nombres son de alto rango en el exterior.
—También los Agriche —contestó Roxana sin arrogancia, solo como hecho.
Chiyo volvió a reír en voz baja.
—Beelzebub pasó por aquí ayer.
—¿Traía vino? — la rubia alzó una ceja.
—Por supuesto. Y un libro extraño sobre rituales precristianos. Me habló veinte minutos de deidades menores y sacrificios simbólicos.
—Siempre fue exagerado —se cruzó de brazos Roxana—. Al menos entiende cosas que otros prefieren ignorar.
—Ivan llamó también —continuó Chiyo—. Va a tener una presentación en la ciudad la próxima semana.
—No me sorprende. Le gusta el escenario tanto como a Sua.
—Ella está de gira —añadió Chiyo—. Ballet contemporáneo. Le iría bien a Eastwood ver algo así.
Roxana pensó en sus hermanos con una mezcla de afecto y distancia. Cada uno había encontrado una forma distinta de habitar el exceso.
—Voy a presentar una pieza —Roxana tomó asiento en una silla victoriana, en ese tapiz antiguo y respaldo incómoda, mostraba toda su distinción—. Aunque no la cuelguen.
—Eso ya lo sé. Eras la única capaz de plantarte frente a esos viejos —susurró la mujer de cabellos negros al tomar asiento frente a ella.
Chiyo no se movía en el mismo terreno. Si el Club de Arte de Eastwood decidía borrarla del mapa, no solo perdería su nombre, su prestigio, su galería tendría que cerrar y su cargo en el museo quedaría en pausa. Por eso, en ciertos círculos, operaba bajo un seudónimo: Shub Niggurath. Una divinidad primigenia, la cabra negra de los mil retoños.
—No va a gustarles —la sonrisa que se formó entre sus mejillas era una diferente, como si supiera que su pieza iba a rozar una costra delicada y del agún modo eso le gustaba. Rozaba la altanería.
—Eso también. Me han pedido que sea jueza y los he rechazado por lo mismo. Conozco las bases fundamentales y las quiero negar con toda mi alma. Te daría de ganadora a ti, sin miramientos.
Roxana esta vez si sonrió de manera sincera.
—Lo sé. Eres tan retorcida como yo, Chiyo.
Después de una hora de charlas y beber té de dientes de león, la mujer partió, no sin antes girarse y hablar con su amiga una última vez.
—Chiyo.
—¿Sí~?
—Gracias por no pedirme que cambie.
La curadora sostuvo su mirada.
—Nunca lo haría, sino, yo también debería cambiar.
Afuera, la tarde llegaba a su fin y Roxana respiró hondo. Tenía trabajo por delante, materiales que preparar y decisiones que otros llamarían extremas.
7.1 # Soirée Masquée des Roses
Una semana había transcurrido desde la visita de Roxana a la galería oculta de Chiyo. El rechazo del profesor Dormino al lienzo que presentó era algo indiscutible y que se hizo de manera pública, en la crítica de mitad de semestre, desplegó su lienzo —un autorretrato abstracto donde los tonos carmesí y óxido se enredaban como vísceras— frente al auditorio repleto de personas con peso en el mundo del arte. Dormino, con una sonrisa de lástima arrogante, pronunció su veredicto: “Decoración mórbida para adolescentes, carece de rigor conceptual. Basura.” La palabra resonó en la silenciosa aula.
El jurado había sido casi unánime.
La citación llegó esa mañana, escueta y correcta; una reunión extraordinaria del comité del Club de Arte de Eastwood a la que Roxana asistió sin expectativas, vestida con la misma elegancia que reservaba para los enfrentamientos inevitables. Un vestido largo negro decorados en rojo, con cuello alto y encajes.
La sala del consejo estaba llena. Demasiada gente para una decisión que ya estaba tomada y, la mayoría de los presentes querían verla caer.
Dormino presidía la mesa y en ningún isnatnte ocultó su satisfacción; era el único que hablaba sin papeles delante. Los demás miembros del comité fingían revisar documentos que no necesitaban leer y Audrey Hall estaba sentada a un costado, con la espalda recta y los labios tensos.
—Señorita Agriche —comenzó Dormino—, hemos evaluado su propuesta con detenimiento.
Roxana cruzó las piernas con elegancia y su sonrisa se apoderó de esos labios rouge con burla.
—El comité considera que su obra no solo carece de coherencia con los valores estéticos de esta institución, sino que cruza límites que no estamos dispuestos a normalizar.
—¿Límites técnicos? —preguntó la rubia, sosteniendo la mirada—. ¿Conceptuales?
Dormino sonrió, apenas. Quería verla caer, como la mayoría en esa sala.
—Éticos.
Alguien carraspeó. Nadie lo contradijo.
—Su insistencia en materiales orgánicos —continuó—, su obsesión con lo grotesco y su afán por provocar rechazo no constituyen una aportación válida al discurso artístico de Eastwood.
—No busco aprobación —respondió ella—. Busco mostrar la obra.
—Y no lo hará —intervino otra voz del comité—. La exposición de fin de trimestre es un espacio público. No vamos a convertirlo en un espectáculo de mal gusto.
Dormino apoyó las manos sobre la mesa.
—Queda formalmente excluida y no habrá reconsideración, para usted señorita Agriche.
El silencio posterior fue incómodo, pero breve. Roxana se puso de pie.
—Entonces ya no tengo nada que discutir aquí.
Nadie la detuvo, nadie se atrevería nunca a hacer eso a un Agriche. Al estar cara a cara con Dormino, Roxana no inmutó su expresión. Recogió su obra, sus guantes de seda tocaron con delicadeza su lienzo y lo apretó contra su pecho. La humillación era un estímulo trivial, su frustración, sin embargo, la hizo tomar una decisión… el circulo académico era un callejón sin salida y necesitaba un territorio nuevo, un escenario donde la percepción se pudiera manipular y no fuera tan rígida.
En el pasillo, Audrey salió tras ella. Aceleró sus pasos para alcanzarla.
—Roxana —la llamó—. Yo no voté a favor.
—Lo sé —respondió sin detenerse, la miró por encima del hombro—. Pero tampoco votaste en contra.
Audrey apretó los labios, tenía razón, bejó la mirada apena de su seudónimo “Miss Justice” y la otra mujer reanudó su caminata.
Condujo directo a la residencia familiar, una estructura de piedra oscura que se alzaba al final de una avenida privada, flanqueada por cipreses y rejas de hierro trabajado. La casa Agriche era antigua, de estilo gótico con ventanales altos, arcos apuntados, gárgolas erosionadas por el tiempo observando desde los aleros. Todos excéntricos, incluyendo al padre.
El portón se abrió sin que tuviera que bajar del coche.
Dentro, el vestíbulo estaba en penumbra, el suelo de mármol reflejaba apenas la luz de los formidables candelabros de cristal colgados en el techo. Roxana dejó el lienzo apoyado contra una columna y se quitó los guantes con cuidado, guardándolos en el bolso, avanzando hacia la sala principal.
Beelzebub la esperaba allí. Su hermano mayor, cabeza de la familia e igual de excéntrico que todos… de cabellera negra y vestimenta que, estaba segura, usaría un vampiro del siglo diecinueve.
Sentado en uno de los sillones, con una copa de vino en la mano y la botella abierta sobre la mesa baja. Había cambiado la ropa formal por algo más relajado por esta vez… camisa oscura, sin corbata y mangas remangadas. Tenía un libro abierto sobre las piernas, aunque no lo estaba leyendo.
—Llegas tarde —dijo, sin levantar la vista.
—No tenía prisa —confesó, Despues, dejó el bolso sobre una silla y caminó hacia él.
Beelzebub sirvió vino en otra copa y se la ofreció a su hermana menor, quien la aceptó, meneándola entre sus manos. El líquido borbón se balanceaba con lentitud.
—Dormino —comentó él, cerrando el libro—. Me llegó el rumor antes de que salieras del edificio.
Roxana bebió un sorbo corto.
—Lo hizo público. Ese viejo no se contuvo, intento avergonzarme, como si no lo hubiera hecho antes y me tuviera que seguir afectando.
Por supuesto, ella sabía a lo que se enfrentaba a todo el dogma que estaba frente a sus tacones y decidió seguir adelante. Era su decisión y tenia presente que, en cuanto dejara de seguir al modelo establecido, estaría sola.
—Claro que no —Beelzebub apoyó la copa en la mesa—. Cuando alguien cree tener autoridad moral, suele volverse teatral.
Roxana se sentó frente a él, cruzando una pierna.
—Me llamó basura.
—Poco original —Beelzebub alzó una ceja.
—Fue eficaz —Roxana dejó la copa también—. El comité cerró filas y Hall intentó justificarse después.
—Siempre intenta —respondió él—. No es mala, solo cómoda. Si la empujas un poco, caerá, es Miss Justice.
Roxana no replicó. Beelzebub se inclinó hacia adelante y tomó la botella para rellenar ambas copas.
—¿Y ahora? ¿Qué sigue, hermana? —su mirada era fría, imperturbable, de hecho, no le importaba todo el circo montado por el Club de Arte o Roxana, pero lo encontraba atrayente ante el ocio.
—Ahora no vuelvo a pedir permiso.
—Eso suena más interesante.
Roxana apoyó el codo en el brazo del sillón.
—Chiyo está organizando algo fuera del circuito académico.
—Shub atrapa con sus ideas que rozan la línea de lo moral —replicó él—. Me gusta.
—Más que eso. Será una grata sorpresa para ti, Beel. Espero aceptes su invitación.
Beelzebub asintió, bebiendo un trago de su copa de vidrio.
—¿Qué es esta vez?
—Un evento —continuó la rubia—. Me ha constado poco de sus planes, asegurando que quiere sorprenderme a mí también.
—Todo evento bien diseñado termina por ser una extrañeza —replicó él—. Aunque nadie lo admita.
—Te quedaste en Eastwood más tiempo del habitual —Roxana lo observó unos segundos. Él era de viajar por Europa, guiándose por la cartografía antigua de Europa.
—Estoy investigando —respondió, dando un sorbo—. Hay textos antiguos en la biblioteca privada del museo. No están catalogados y me pidieron discreción. Estoy trabajando con Chiyo.
—¿Desde cuándo te piden algo así?
—Desde que empecé a tener razón con demasiada frecuencia.
—Necesito que estés presente —dejó escapar una pequeña risa.
—¿En la fiesta? —su hermano apoyó la copa, para rellenarla.
—Sí —con elegancia, acomodó un mechón de sus rizados cabellos detrás de su oreja—. Dormino va a ir —añadió.
—Por supuesto. No sabe resistirse a los escenarios donde cree que tiene ventaja.
—Esta vez no la va a tener.
—¿Tu obra?
Roxana apoyó la mano sobre la copa, que aún estaba a la mitad. El líquido rojo le recordó a sus obras.
—Eso depende de Chiyo.
Beelzebub no preguntó más, se puso de pie y caminó hacia la ventana. Corrió apenas la cortina y miró el jardín oscuro.
—Eastwood siempre confunde control con orden.
—Y yo voy a confundirlos a ellos.
—Ten cuidado —giró la cabeza.
—No —respondió Roxana—. Salir herida por mi trabajo, será un honor. Significa que a alguien le duele verme ahí, triunfando.
Beelzebub volvió a sonreír, esta vez con algo más de interés.
—Eso está bien.
Roxana terminó su copa y se levantó.
—Voy a trabajar.
—¿Necesitas algo?
—Silencio —ordenó—. Y tiempo.
Beelzebub alzó la copa en un gesto breve.
—Eso esta casa siempre lo tuvo de sobra.
Roxana salió de la sala sin mirar atrás, el lienzo seguía apoyado en el vestíbulo, intacto. Pasó junto a él sin tocarlo.
La invitación de Chiyo llegó al anochecer. Un sobre de papel pergamino, sellado con cera púrpura. En su interior, una tarjeta escrita en letras doradas anunciaba la Soirée Masquée des Roses: una fiesta privada en la galería oculta de Chiyo. El código de la velada era estricto: etiqueta gótica y máscara obligatoria, y una rosa prendida al atuendo cuya tonalidad definiría el rol del portador en el baile durante la velada.
Roxana estudió el código, encajaba como un guante en su estética y una sonrisa lenta curvó sus labios. Chiyo le asignó la rosa negra, una figura enigmática y que solo existirían una o dos en toda la fiesta.
En su estudio, bajo la luz tenue, trabajaba en su máscara. No sería un accesorio, sino otra de sus creaciones… cuero negro, ribetes de un rojo profundo. Incorporó diminutas púas de plata a lo largo de las sienes, imitando espinas. Su rosa, una Black Baccara de terciopelo oscuro, la teñiría personalmente, añadiendo algunos diminutos diamentes.
Chiyo, como anfitriona, llevaría el morado, el color de la ambición, de la realeza. Roxana eligió para sí la borgoña oscura, que se volvía negra. Era el color de la sangre vieja, seca, la que ya ha penetrado la tierra. Representaba todo lo que era ella, lo que sus lienzos gritaban al público.
El estudio de Roxana olía a trementina, aceite de linaza y a ese ozono metálico que dejaba el polvo de hematita que a veces empleaba. Sobre su mesa de trabajo yacía la máscara ya finalizada.
Se reclinó hacia atrás, exhalando aire por el cansancio y sus ojos ardían ligeramente al haber estado expuestos a tantas sustancias y entornar sus pupilas en objetos diminutos.
Su teléfono vibró en ese momento, interrumpiendo el descanso que tanto se había ganado… una notificación de Chiyo y al instante abrió el mensaje.
Roxana lo abrió. Una lista meticulosa, una taxonomía social definida por el color de una rosa.
Chiyo:
Les couleurs des roses
Anfitriona (Chiyo / Shub Niggurath): Púrpura real. Soberana absoluta, solo una en toda la sala.
Figura Enigmática (Roxana Agriche): Borgoña oscura (negro con reflejos granate). Máximo dos invitados.
Guardia Real / Escolta: Rojo brillante. Lealtad total, confianza máxima.
Embajador / Noble Aliado: Blanca con ribete dorado. Pureza en sus acciones, estatus dorado.
Cortejo / Damas de Compañía: Rosa palo o melocotón. Encanto ornamental. Gracia, encanto, cercanía al trono sin poder real.
Invitado Común: Blanca simple. La mayoría. Disponible para adquirir con un módico precio.
Roxana leyó y releyó el mensaje un par de veces, Chiyo había estructurado una jerarquía perfecta, cada individuo sería clasificado mediante su rol y el estatus expuestos en el ojal. El blanco igualaba a la masa; el color distinguía a los jugadores.
Otro mensaje llegó de Chiyo: "Dormino adquirió su blanca y pagó el precio completo, sin preguntar por descuentos".
Roxana soltó una risa breve. Era predecible, Dormino, convencido de ser un observador por encima del juego y del resto de las personas, se había condenado solo a lo común. No había leído el código. Llegaría y se perdería entre los blancos idénticos, mientras las rosas con título —púrpura, borgoña oscuro, rojo— circularían en otro nivel. La humillación del comité tendría su repercusión esa noche.
Centró su atención en su propia rosa, la Black Baccara que reposaba sobre un paño de terciopelo. Con un pincel fino comenzó a trabajar los pétalos, oscureció el color hasta casi borrarlo, dejando que solo la luz directa revelara un fondo granate. En el centro fijó pequeños cristales que apenas se verían con sus destellos.
Mientras las manos avanzaban, su atención ya no estaba en Eastwood, pensaba en la galería de Chiyo, el vestido que usaría, corsé y capa, negro por fuera, borgoña en el interior. El forro solo aparecería al moverse. La máscara, con sus espinas de plata…
Beelzebub entró en el estudio sin hacer ruido, se detuvo en el umbral, observando. En su mano traía un sobre idéntico al de ella, pero sin abrir.
—La mía llegó —musitó, alzando la carta.
—Ábrela —instó Roxana sin levantar la vista de su rosa.
Beelzebub rompió el sello púrpura. Dentro había una tarjeta y su posición, Guardia Real.
Una ceja de Beelzebub se arqueó, casi imperceptiblemente.
—Interesante. Chiyo me asigna un rol de protección. ¿A quién debo escoltar, supongo? ¿A ella?
—O a la figura que considere más valiosa —respondió Roxana, por fin alzando la vista—. O más vulnerable, la que represente el mayor peligro.
Chiyo envió un tercer mensaje con instrucciones logísticas. La galería oculta funcionaría bajo un protocolo estricto y los portadores de rosas blancas accederían al salón principal. Los de colores específicos tendrían pases a áreas reservadas, donde los guardias rojos controlarían los accesos. La rosa negra de espía, según la información de Chiyo, fue asignada a un coleccionista privado de Berlín. Un hombre conocido por su discreción y falta de escrúpulos.
Roxana terminó la máscara y probó su ajuste frente al espejo del estudio. El cuero se adaptaba a sus facciones, Beelzebub la miraba atentamente.
Beelzebub observó la máscara sobre el rostro de su hermana. Su expresión permaneció neutra, aunque se formó una ligera curvatura en sus labios.
—Las espinas son un elemento práctico —comentó.
—Son disuasivas —corrigió Roxana, quitándose la máscara y dejándola sobre la mesa—. No decorativas.
—Lo sé. Por eso son prácticas.
Beelzebub entró por completo en el estudio y cerró la puerta, se acercó a la mesa y examinó la rosa teñida.
—El negro es absoluto y el granate solo bajo luz directa… es como tú, hermana. Advertencia y peligrosidad.
—Es un filtro —musitó Roxana—. Separa la curiosidad ociosa de la atención genuina.
Beelzebub asintió. Tomó asiento en un taburete alto junto a la mesa de trabajo. Su postura era recta, pero no rígida.
—Hablaste de vulnerabilidad antes. De proteger a la figura más vulnerable —Roxana fijó su mirada en él—. ¿Ya sabes a quien protegerás?
—A Chiyo, técnicamente —respondió Beelzebub—. Es la anfitriona. El punto de convergencia. Cualquier incidente afectaría su reputación y la viabilidad futura de su galería.
—Técnicamente.
Beelzebub no respondió de inmediato, sus ojos, de un tono oscuro e impenetrable , recorrieron las paredes del estudio. Estaban llenas de bocetos, de formas distorsionadas y paletas de colores terrosos y sanguíneos. Él era consciente del trabajo de su hermana, de lo grotesco que era usar sangre fresca en oleos y, aun así, es parte de dejar algo de ella en cada trabajo le era hipnotizante. Se había hecho con algunos cuadros de Roxana tiempo atrás y los colgaba en su despacho.
—Tu exposición en el comité no fue la primera humillación pública —afirmó.
Roxana no se inmutó.
—No.
—Fue la más refinada y burocrática. Dormino aprendió a usar sistemas en lugar de gritos, pero sigue siendo el mismo idiota bajo esas capas de elegancia.
—Es predecible —replicó ella.
—La previsibilidad no anula la amenaza. Solo la hace manejable —Beelzebub cruzó los brazos—. Eastwood te rechaza porque tu arte no se puede digerir, no se puede categorizar y archivar.
—¿Estás analizando a Dormino o a mí?
—Al escenario. Tu estrategia es correcta, abandonar su campo de juego… pero el nuevo territorio tiene sus propias reglas. Chiyo no es una aliada por altruismo.
—Lo sé. Es una colaboradora. Su evento necesita mi presencia tanto como yo necesito su escenario.
—Exacto. Eres un componente narrativo, un personaje en su obra —afirmó Beelzebub—. Asegúrate de que el personaje no consuma a la persona.
Roxana sonrió como primera respuesta.
—La persona y el personaje son lo mismo aquí, Beel. No hay separación. El vestido, la máscara, la rosa… son una extensión del lienzo. El cuerpo como medio.
—Entonces la vulnerabilidad no está en el rechazo, está en la exposición total. En convertirte en tu propia obra frente a una audiencia que no puede distinguir la performance de la persona. Ellos verán una actuación y Dormino verá una provocación. Solo unos pocos entenderán.
—¿Y tú? —preguntó Roxana, su voz más baja—. ¿En qué categoría estás?
—En la del guardia —respondió él sin vacilar—. Observo, contengo. Actúo si la integridad de la obra, de tu obra, está comprometida. Mi rol es permitir que tu performance se ejecute sin interferencias físicas y cumpliré con mi rol a la perfección, Roxana.
—Chiyo te pidió discreción sobre tu investigación. Sobre los textos del museo —la mujer cerró sus ojos, analizando el objeto real de Beelzebub.
—Así es.
—¿Está conectado? ¿Este evento y tu trabajo?
—Indirectamente. Los textos tratan sobre simbolismo arcaico, sobre el uso del color y la forma en rituales de estatus y exclusión. Chiyo tiene… un interés académico en el tema.
—Y práctica.
—Y práctica —confirmó él—. La Soirée es un experimento de campo. Una puesta en práctica de teorías antiguas sobre poder y percepción. Tu rosa borgoña no es un capricho estético. Es, en un sistema simbólico muy antiguo, el color del iniciado que atraviesa un umbral. El que ha visto algo que los demás no.
—¿Por qué me lo dices ahora? —inquirió Roxana.
—Porque necesitas saber que el juego es más profundo de lo que parece. No se trata solo de humillar a un profesor mezquino. Chiyo está probando un lenguaje de poder y te ha colocado en una posición central dentro de ese lenguaje. No es un simple favor que te está haciendo por camaradería.
Roxana procesó la información.
—Entonces mi performance no será solo para Dormino o para el círculo de Eastwood.
—No. Será para un registro más amplio. Para los que entienden el simbolismo, coleccionistas como la otra persona que llevará la rosa negra. Gente que opera en capas por debajo del mercado artístico convencional.
—Já —rió sin entusiasmo—. Me convierto en un referente dentro de su experimento.
—Te conviertes en parte activa de su tesis.
La menor se levantó y caminó hacia la ventana, la noche estaba en pleno apogeo afuera.
—No importa —declaró, su voz clara en la penumbra—. Mi objetivo se mantiene. Exponer la obra fuera de sus estructuras. Si el marco de Chiyo le da más profundidad, lo acepto, si me uso a mí misma como medio dentro de su experimento, lo acepto también.
Beelzebub también se puso de pie.
—Es una postura peligrosa.
—Es la única postura posible —replicó ella, volviéndose a mirarlo—. La comodidad me llevó al rechazo del comité. Acepto el riesgo.
Beelzebub asintió, una vez.
—Entonces mi rol como guardia está definido, Proteger la integridad de la performance. Asegurar que el experimento de Chiyo no te consuma en el proceso.
—No me consumirá —afirmó Roxana—. Yo lo consumiré a él. A su escenario, a su simbolismo. Lo convertiré en una extensión de mi obra.
—Esa es la Roxana que conozco. Muy bien. Actuaré en consecuencia, Los guardias rojos recibirán instrucciones específicas sobre tu persona.
—¿Instrucciones de Chiyo o tuyas?
—Nuestras —aclaró él—. Es una colaboración, después de todo.
Su mano descansó sobre el pomo.
—Descansa. La performance requiere energía. Mañana te buscaré una hora antes de la apertura. Revisaremos los pormenores juntos.
—De acuerdo —estaba agradecida de tenerlo de aleado, de haber capturado su atención.
Beelzebub salió, cerrando la puerta tras de él. Roxana se quedó sola en el centro del estudio, su mirada recorrió los frascos de pigmento, los pinceles, la máscara terminada. Todo esto era ella y lo iba a mostrar en esa mascarada.
7.2 Beelzebub Agriche.
Un año antes.
Un grimorio es un manual o tratado de magia que reúne instrucciones para la ejecución de hechizos, rituales e invocaciones, así como procedimientos para la elaboración de objetos mágicos —amuletos, talismanes o sellos—. Suele incluir, además, fórmulas arcanas, descripciones de las propiedades atribuidas a hierbas, metales y cristales, y técnicas destinadas a la evocación de entidades espirituales, ya sean ángeles, demonios u otras inteligencias invisibles.
El término procede del francés antiguo gramaire, “gramática”, y aludía originalmente a un libro de conocimiento reservado o inaccesible para el común de los lectores. Aunque en la actualidad se asocia de forma casi exclusiva con la brujería o el ocultismo, durante la Edad Media algunos grimorios circularon en ámbitos monásticos y clericales, donde eran utilizados con fines de sanación espiritual, protección o bendición ritual.
Uno de los ejemplos más citados es el grimorio atribuido a Nicolás Flamel, el célebre alquimista parisino del siglo XIV. Según la tradición, en el año mil trescientos treinta y tres Flamel adquirió un antiguo manuscrito repleto de símbolos herméticos cuyo significado le resultaba incomprensible. Tardó veintiún años en descifrarlo, con ayuda externa, y el texto —conocido como Aesch Mezareph— habría contenido la clave para la transmutación de los metales y la obtención de la piedra filosofal. Su interpretación quedó recogida en el Libro de las figuras jeroglíficas, considerado uno de los grimorios alquímicos más influyentes de la tradición europea.
Otro caso relevante es el del filósofo y alquimista inglés Roger Bacon, a quien se atribuyen diversos tratados de carácter mágico, entre ellos un grimorio centrado en el estudio de la piedra filosofal, donde se combinaban observaciones proto-científicas con especulación esotérica.
Durante la Edad Media, numerosos alquimistas redactaron obras que, sin llevar explícitamente el título de grimorio, cumplían esa función: compilaban recetas para la fabricación del oro, métodos de invocación espiritual y esquemas para la confección de talismanes. Ejemplos posteriores son los manuscritos atribuidos a Albertus Magnus o los códices herméticos vinculados a Hermes Trismegisto, figura fundamental del pensamiento alquímico y del hermetismo occidental.
En la alquimia, Hermes —identificado con Mercurio en la tradición romana— ocupa una posición simbólica central. Bajo el nombre de Hermes Trismegisto, “el tres veces grande”, se le atribuye la transmisión primordial del saber alquímico, considerado el origen de toda la tradición esotérica posterior.
—Encontraron el Corpus de los cuarenta y dos libros de Thot.
Chiyo vaciló antes de responder. Conocía a su interlocutor únicamente bajo el seudónimo de “The Fool” y, aunque solía mostrarse afable, en esta ocasión adoptaba una seriedad inusual.
—Qué interesante —respondió Beelzebub de inmediato.
Se encontraban en el museo, donde Chiyo y Beelzebub clasificaban expedientes, libros y piezas de arte antiguo. Beelzebub dejó el expediente sobre la mesa y se ajustó los guantes de caucho.
—¿Dónde? —preguntó él, alzando por fin la mirada. Sus ojos, del color del carbón, se clavaron en Chiyo.
—En una cripta subyacente a la biblioteca ducal de Urbino. El proceso de extracción fue complejo, negociaciones con los descendientes de la familia propietaria y con delegados de la curia diocesana. El informe es estrictamente confidencial.
—¿Autenticidad?
—Los materiales, pergamino, aglutinantes, pigmentos, son coherentes con el siglo dos o tres. El contenido textual corresponde a fragmentos citados por alquimistas del Renacimiento. Es la versión más completa localizada hasta ahora. Posiblemente la fuente directa.
Beelzebub dejó el facsímil sobre la mesa y se incorporó, caminó hacia The Fool y Chiyo.
—No es un grimorio —declaró, su voz clara en el silencio—. Un grimorio es un manual operativo, un conjunto de instrucciones prácticas. Hechizos, rituales, invocaciones. Fórmulas para la fabricación de talismanes o la convocatoria de entidades. Su finalidad es la aplicación inmediata.
—Correcto —asintió Chiyo, juntando sus manos delante—. El Corpus Hermeticum es la base filosófica. Teoría arcana sobre la naturaleza del cosmos, la mente divina y el lugar del hombre en ese entramado. Los grimorios operativos, como el Aesch Mezareph que descifró Flamel o los tratados atribuidos a Roger Bacon, derivan de esta tradición. Son recetarios para la transmutación, a menudo mezclados con simbología y cláusulas de invocación.
—Flamel obtuvo su libro en mil novecientos treinta y tres —precisó Beelzebub, girando lentamente hacia un papiro en la mesa de trabajo—. Un grimorio alquímico lleno de símbolos herméticos. Interpretó sus claves durante veintiún años y volcó el resultado en el Libro de las figuras jeroglíficas. Eso ya es un manual práctico, un grimorio derivado.
—Exactamente. Muchos textos medievales de Albertus Magnus, o los códices herméticos que circulaban en scriptoriums clandestinos, funcionaban como grimorios, compilaban procedimientos para fabricar oro, invocar espíritus o crear talismanes, todo sustentado en la teoría hermética. Pero el Corpus es anterior. Es el fundamento.
Beelzebub observó a Chiyo, intrigado por su conocimiento. Creía que ella estaba versada en obras, su rol principal de una curadora de arte común.
—El Corpus de los cuarenta y dos libros no es solo un conjunto de textos —añadió The Fool tras una breve pausa—. Es un mapa o, mejor dicho, dos mapas superpuestos.
Chiyo alzó la vista al hombre misterioso.
—¿Dos?
—El camino luminoso y su reflejo roto —respondió—. El Árbol de la Vida y los Qliphoth.
Beelzebub esbozó una mueca leve, esta era su terreno.
—Las cáscaras —musitó—. Las emanaciones residuales.
—Exacto. Donde los Sephirot representan la estructura ideal del orden, los Qliphoth son sus fallos, sus restos. No son simplemente “malignos”, como se suele repetir. Son conocimiento mal integrado. Poder sin forma.
Chiyo tomó nota con rapidez.
—¿Y Thot encaja en eso?
—Thot es el escriba —respondió The Fool—. El que registra tanto el orden como el error. En la tradición hermética, Thot y Hermes no son opuestos; son el mismo principio traducido a lenguajes distintos. Hermes enseña el ascenso, Thot documenta lo que queda atrás cuando el ascenso fracasa.
Beelzebub se acercó a su mesa y cerró un libro encuadernado en cuero oscuro.
—Por eso muchos grimorios mezclan invocaciones elevadas con fórmulas abiertamente peligrosas —murmuró él—. No distinguen entre Sephirot y Qliphoth. Asumen que todo conocimiento es utilizable.
The Fool dio su consentimiento con un movimiento de cabeza.
—Hermes Trismegisto nunca habló solo de iluminación, también habló de descenso. De la necesidad de conocer lo que hay debajo del umbral.
—Como residuos del sistema —murmuró Chiyo.
—Como errores que persisten —corrigió The Fool—. Y algunos textos del Corpus no describen cómo evitarlos, sino cómo atravesarlos.
Beelzebub se giró lentamente hacia una vitrina sellada al fondo de la sala.
—Entonces esto no es solo un hallazgo académico.
—No —respondió The Fool— cuando Hermes y Thot aparecen en el mismo índice.
—¿Y qué hacemos si el Corpus incluye secciones qlipóticas completas?
The Fool tardó unos segundos en contestar.
—Esperar que quien lo haya encontrado primero no crea que la sabiduría siempre asciende.
La pausa se extendió entre los tres y el aire dentro de la sala de conservación, siempre estático y filtrado, debido a que debían mantener los artículos conservados, se agrió. Beelzebub no apartaba la vista de la vitrina sellada, dentro, reposaba un códice del siglo XV, una copia veneciana del Aesch Mezareph con anotaciones marginales que sugerían un intento fallido de síntesis con textos más antiguos, más ásperos.
—Esperar —repitió Beelzebub, probando el sabor de la palabra, no quería esperar.
The Fool, inmóvil junto a una mesa llena de fragmentos de cerámica etrusca, quedó enmudecido y eso era lo que necesitaba para responder y dejar que sus pensamientos corrieran libres. Chiyo era, ante los registros oficiales del museo, una curadora especializada en arte medieval tardío, su conocimiento de la tradición hermética era un aspecto que mantenía en secreto y, entre ella y Beelzebub, The Fool era un contacto, un nodo en una red informal de intercambio de información sobre artefactos de naturaleza ambigua. Y Agriche era… otra cosa, un consultor externo, traído para esta catalogación específica por razones que a Chiyo no se le habían comunicado del todo. Su experiencia en simbología alquímica y paleográfica era innegable.
—No se propone holganzaneria —aclaró The Fool al fin, su voz sin inflexión—. Se propone cautela. El Corpus fue hallado y su traslado a un entorno de estudio aún no se ha completado. El equipo en Urbino enfrenta dificultades logísticas. La cripta presenta complicaciones en su estructura.
—Complicaciones. —Beelzebub se volvió, abandonando la vitrina. Sus guantes de caucho crujieron levemente al entrelazar los dedos—. ¿De qué naturaleza?
The Fool intercambió una mirada con Chiyo, ella mantenía el canal abierto con el equipo italiano.
—Infiltraciones de agua, en principio —mencionó Chiyo, eligiendo las palabras con cuidado—. Pero los informes de los últimos días aluden desprendimientos menores, localizados. Nada que detenga el proceso, pero sí lo ralentiza. Y hay otro factor…
—Los descendientes de la familia propietaria —adivinó Beelzebub.
—No todos están de acuerdo con la cesión. Una rama menor, residente en Perugia, ha presentado una objeción formal ante las autoridades culturales. Alegan derechos de herencia no resueltos.
—Esto podría ser aprovechado por alguien más —murmuró Beelzebub—. Alguien menos inclinado a la cautela.
The Fool confirmó con un movimiento de cabeza.
—Exactamente. Por eso la pregunta no es solo qué hacemos nosotros. Es qué podría estar haciendo ya otro, el informe de autenticidad que mencionaste, Chiyo. ¿Fue realizado in situ o se extrajeron muestras?
—In situ. El análisis preliminar se hizo dentro de la cripta, se tomaron microfotografías y espectrografías. Las muestras físicas son mínimas, miligramos de pergamino y pigmento. El grueso del texto solo ha sido registrado digitalmente, con escáneres de baja intensidad lumínica.
—Eso es bueno —musitó Beelzebub aunque su tono no transmitía alivio—. Significa que el objeto íntegro aún no ha sido movido y también significa que las imágenes digitales existen. Y los datos pueden copiarse, transmitirse.
—El canal está encriptado. El servidor es seguro —precisó The Fool.
—Los canales siempre lo son, hasta que no lo son —dijo su compañero, pues sabía que hackers había de sobra e informantes anónimos… como The Fool—. The Fool. Estos dos mapas superpuestos que mencionas, el luminoso y el roto, en el contexto del Corpus, ¿cómo se manifiestan? ¿Son libros separados, capítulos, glosas?
The Fool se acercó lentamente a la mesa central, donde Chiyo tenía desplegados las copias del informe de Urbino. Señaló con un dedo, sin tocar el papel, un diagrama borroso de de una de las páginas.
—Aquí. Este esquema no es el Árbol de la Vida sephirótico standard. Observa las conexiones, algunos senderos están invertidos. Los nombres junto a las esferas… no son los hebreos tradicionales. Son transliteraciones a un griego tardío, pero la raíz es anterior. Aquí, donde debería estar ‘Gevurah’, la severidad, el texto dice “Sakhmet”. Y aquí, en “Hod”, la gloria, pone “Thoth” escrito con theta.
Chiyo se quedó sin aliento, no había percibido ese detalle en su primera inspección.
—Están superponiendo panteones —manifestó Beelzebub, inclinándose sobre la imagen—. Traduciendo conceptos hebreos a un marco egipcio, nunca una traducción limpia.
—Ambas cosas —afirmó The Fool—. El Corpus, en su versión antigua, precede a la Cábala medieval. Si este texto es genuino, podría mostrar un estrato previo de donde ambas tradiciones, la egipcio-hermética y la hebreo-cabalística, bebieron. Un tronco común fracturado. Y si muestra ese tronco, también muestra las raíces torcidas, las que crecieron hacia abajo, hacia los Qliphoth.
—Sak… Sakhmet —tartamudeó Chiyo—. No es solo una diosa leona, es la destructora, la que ejecuta la venganza de Ra. Su furia es tan grande que debe ser embriagada con cerveza teñida de rojo para que no extermine a la humanidad. Es carnicería divinizada.
—Y Thoth —continuó Beelzebub—, en su rol de escriba, registraba los pesajes del corazón en la Duat. No solo la virtud, anotaba cada fallo, cada desviación. Su gloria está ligada al conocimiento total, lo puro y lo impuro. Un ‘Hod’ que incluye el registro de la sombra.
El silencio se reanudó, la teoría se volvía tangible. No era un ejercicio de filología. Era el esquema de una cosmovisión donde lo abominable tenía un estatus ontológico, un lugar en el esquema de las cosas. Un conocimiento que, por el mero hecho de ser registrado y estructurado, podía dar cimientos a otros.
—Necesito ver más —murmuró Beelzebub, rectificando su postura—. No la imitación. Las imágenes sin procesar, todo lo que haya.
Chiyo miró a The Fool y esste hizo un gesto breve de aprobación.
—Puedo proporcionarte acceso temporal a un repositorio —habló ella—. Pero es monitorizado y cualquier descarga activará alertas.
—Necesito ver, no descargar, Shub.
Chiyo se dirigió a una terminal segura en un rincón e introdujo una serie de credenciales, asi abrió una sesión remota. La pantalla mostró una interfaz extraña, una lista de archivos numerados; y Beelzebub se colocó detrás de ella, observando, The Fool permaneció a una distancia prudencial.
Uno a uno, Chiyo abrió las imágenes en alta resolución, páginas de pergamino amarillento, la tinta marrón oscura, a veces casi sepia, la escritura era una mezcla de griego y caracteres egipcios intercalados, con diagramas geométricos en los márgenes. Beelzebub leía en voz baja, fragmentos:
“…y la mente que desciende no encuentra escalones de luz, sino hendiduras en la piedra viva, y en ellas se arrastra…”
“…los nombres que no deben articularse se escriben con sangre de sol, pero se leen con aliento de abismo…”
“…el séptimo camino, que conduce a la corona, está velado por el velo de lo aceptable. Mas el camino reflejo, el que conduce a la raíz podrida, está abierto para aquel que reconoce la falsedad de la corona…”
—Alto —ordenó Beelzebub—. Retrocede asa ilustración.
Chiyo volvió a una página anterior. En la parte inferior, medio borrada por la humedad, había un dibujo; una figura o, al menos, la sugerencia de una. Líneas que insinuaban una forma humanoide, pero con articulaciones invertidas, y una cabeza que no era cabeza, sino un conglomerado de formas geométricas. Alrededor, caracteres demóticos se apretujaban como si hubieran sido escritos con prosa.
—No es una invocación —murmuró Beelzebub—. Es una descripción… una taxonomía.
—¿De qué? —preguntó Chiyo, aunque una parte de ella no quería saber la respuesta.
—De los habitantes de los caminos rotos. De los Qliphoth. —Beelzebub se pasó una mano por el rostro, un gesto de cansancio poco común en él—. Este texto… no es solo teoría… es un bestiario (…) Un manual de identificación para lo que se encuentra al transitar por los errores de la creación.
The Fool dio un paso más cerca de ellos, intrigado por la revelación del otro hombre.
—¿Reconoces la figura?
—No. Y eso es lo preocupante. Los grimorios comunes, el Lemegeton, la Llave Mayor de Salomón, catalogan entidades con nombres, sellos, jerarquías. Esto es diferente (…) —tragó saliva—. Describe… morfologías, condiciones de existencia. Como un naturalista estudiando criaturas de un ecosistema nocivo. No da un nombre para invocar, da las claves para reconocer la firma de una distorsión específica.
—¿Un… tratado de parapsicología qlipótica? —aventuró Chiyo, la absurdidad de la frase chocando con el escalofrío que le recorría la espalda.
—Algo así. Más peligroso que un grimorio. Un grimorio te dice “di estas palabras, dibuja este círculo, y esto aparecerá” (…) este… te enseña a ver lo que ya está allí, latente en los intersticios de la realidad. Te da el léxico para percibir la corrupción y en ciertas tradiciones, percibir algo con claridad es el primer paso para atraer su atención.
La terminal emitió un suave pitido. Una ventana de diálogo apareció en la esquina de la pantalla.
Nueva entrada en el registro de accesos.
Ubicación: Perugia, Italia.
Credenciales revocadas.
Chiyo se quedó rígida.
—¿Qué ha pasado?
—Alguien más ha intentado acceder —apresuró The Fool, su voz por primera vez tensa—. Con credenciales antiguas, ya canceladas. El intento ha sido bloqueado, pero…
—Pero significa que están intentando activamente entrar —terminó Beelzebub—. La rama colateral de la familia o alguien actuando a través de ellos. No están solo poniendo obstáculos legales, están buscando el material.
Chiyo cerró la sesión rápidamente.
—Tenemos que avisar al equipo en Urbino. Reforzar la seguridad.
—La seguridad física quizás sea lo de menos ahora —reflexionó Beelzebub, sus ojos de carbón fijos en la pantalla ahora en negro—. Si lo que buscan es la información, y ya tienen algún tipo de acceso parcial o han conseguido extraer algo antes de que se sellara la cripta… El objeto en sí podría ser secundario. Lo primario es la data, la transcripción.
—Tenemos que asumir que una copia ha podido filtrarse —ultimó The Fool.
—Y si esa copia contiene incluso un fragmento de este bestiario —continuó Beelzebub—, quien la posee no estará interesado en el estudio académico. Estará interesado en la aplicación, en poner a prueba las descripciones.
La tarde declinaba fuera y la luz entraba por las altas ventanas del museo. La sala de conservación, que antes estaba ordenada, ahora parecía el umbral de algo grande y sin interés. Los objetos a su alrededor —los facsímiles, el códice en la vitrina, los trozos de cerámica— estaban en silencio, como si ellos también esperasen el resultado de esta partida.
—¿Qué propones? —preguntó Chiyo, dirigiéndose a The Fool. Era él quien había trazado los límites de su colaboración, quien parecía tener una visión más amplia del tablero.
The Fool permaneció quieto un largo momento.
—Hay una persona —murmuró al fin, midiendo cada palabra—. En Praga. No es un académico. Es un… restaurador, trabaja con manuscritos dañados por incendios, inundaciones. Tiene un don para leer lo que se ha perdido, para reconstruir textos a partir de manchas. Si hay una copia filtrada, es posible que sea incompleta, dañada digitalmente. Esta persona podría, si conseguimos una muestra, determinar su origen, Incluso inferir qué partes buscan con más intensidad quienes la poseen.
—Un rastreador de textos fantasmas —vociferó Beelzebub.
—Algo así. Su lealtad es cara y su discreción es absoluta. Necesitaría una muestra física de la filtración. Un archivo impreso con las marcas de agua digitales intactas, o un dispositivo de almacenamiento que haya estado en contacto con los datos originales.
—Eso significa ir a Italia —indagó la única mujer del grupo, Chiyo—. Acercarse a la fuente.
—No a la cripta —precisó The Fool—. A Perugia a la sombra de la familia divergente. Donde es más probable que haya circulado la copia.
Beelzebub sonrió, una sonrisa fría y desapasionada.
—Finalmente, una acción que no sea esperar. Yo iré.
Chiyo lo miró, sorprendida. Su rol aquí era de consultor, no de agente de campo.
—Tu experiencia podría ser necesaria aquí, para interpretar más material si llega —argumentó ella.
—Mi experiencia será más útil allí, viendo el contexto, oliendo el miedo o la codicia en el aire. Tú quedas mejor aquí, manteniendo el canal oficial abierto, monitoreando los accesos. Y The Fool… —Beelzebub volvió su mirada hacia el hombre silencioso—. The Fool tiene otras conexiones que mover. ¿No es así?
The Fool no dijo que sí ni que no. Era su forma de dar el visto bueno.
—El vuelo más rápido a Perugia sale mañana al amanecer —presagió Chiyo, resignada a la lógica de la propuesta—. Puedo prepararte una cobertura como investigador asociado del museo e interesado en los aspectos paleográficos del hallazgo. Es creíble, útil.
—Bien —Beelzebub se quitó los guantes de caucho—. Mientras tanto, continúa con la catalogación de esto —indicó con la cabeza hacia los duplicados—. Busca más correspondencias, más de estas… morfologías. Si este texto es un mapa, necesitamos saber qué territorio señala, antes de que alguien empiece a recorrerlo.
Caminó hacia la puerta, pero se detuvo justo en el umbral. Sin girarse, preguntó:
—The Fool. Esta persona en Praga, ¿tiene nombre?
Una pausa.
—La llaman la Encuadernadora —respondió The Fool—. Te advierto que no debes preguntar por ella en las calles.
Beelzebub se marchó, y el sonido de sus pasos desapareció en el pasillo de mármol. Chiyo se dejó caer en una silla, agotada. La información, las consecuencias, daban vueltas en su cabeza.
—¿Confías en él? —inquirió a The Fool, sin poder evitarlo.
The Fool contempló la puerta vacía.
—Confío en su comprensión del peligro —reconoció últimamente—. Beelzebub Agriche no ve estos textos como curiosidades, los ve como sustancias reactivas. Sabe que un error en su manipulación tiene consecuencias, eso lo hace fiable, hasta cierto punto. Su motivación… esa es una página que aún no se ha abierto.
—¿Y la nuestra? —murmuró Chiyo.
—Evitar que un conocimiento negado deje de estarlo —explicó The Fool—. Algunas puertas no se abren por una razón. No por dogmatismo, sino por otros motivos. Algunos cosas, una vez percibidos, comienzan a percibirte a ti y este… —señaló la pantalla oscura de la terminal—, este es el manual para percibir lo más hostil imaginable.
Chiyo asintió, la responsabilidad cayó encima. No se trataba de proteger un secreto, ni de ganar una carrera académica. Se trataba de algo mucho más grande que ella y, aunque sería ser parte de todo eso, también le aterraba. ¿Quién no mostraría miedo ante semejante historia?
Más tarde, ya sola en la sala con la tenue luz de una lámpara de escritorio, Chiyo volvió a abrir las copias. Su mirada se posó en la figura borrosa, en la criatura de articulaciones invertidas y cabeza geométrica, trató de no verla como un dibujo, sino como una descripción objetiva de algo existente. Y por un instante, solo un instante, las sombras en los rincones de la sala de conservación parecieron espesarse, tomar una consistencia levemente angular, como si algo latente en el mundo, al ser descrito, hubiese dado un suspiro de reconocimiento.
Sacudió la cabeza, frotándose los ojos, la fatiga estaba pasando factura, sugestión. Nada más. Al cerrar la carpeta lo hizo rápido, las manos le temblaban un poco, apenas, pero suficiente para que lo notara ella misma y se dio cuenta de que tenía la mandíbula apretada y los hombros subidos. Respiró hondo, pero el aire le salió entrecortado y miró alrededor; los pasillos oscuros, las vitrinas que reflejaban apenas la luz de emergencia. Todo parecía quieto y, sin embargo, no podía sacarse de encima la sensación de que alguien la observaba desde algún rincón. Dio un paso hacia la salida y se detuvo.
Sacudió la cabeza y siguió caminando, más rápido de lo que pretendía. Cada paso resonaba demasiado y no se permitió mirar atrás. No quería ver si las sombras se movían. La noche ya se había metido en el museo. Los pasillos largos entre las vitrinas de piezas antiguas de pronto no se sentían tan vacíos.
7.3 # Ivan Agriche
Todo le resultaba absurdamente aburrido. Había sido adoptado por la prestigiosa familia Agriche, una familia numerosa y destacada en distintos ámbitos, y nada de eso le agradaba. Hermanos sin afecto, centrados solo en sus propios intereses; un padre distante, ocupado en expandir las tierras familiares; y una fortuna enorme que no le aportaba nada.
—Pronto llegaremos a Eastwood —le informó su mánager. Ambos viajaban en el avión privado de la familia Agriche.
Ivan mantenía la frente apoyada en la ventanilla. Nada lograba llamar su atención. Estaba cansado de la vida tan repetitiva que llevaba, aun así, la aceptaba sin protestar. Acababa de terminar una gira por Corea del Sur como idol solista, salas llenas, admiradoras entregadas y regalos que descartó sin darles importancia.
El jet aterrizó con un suave gemido sobre la pista todavía húmedo de la lluvia reciente; Eastwood se extendía allá abajo e Ivan despegó la frente del cristal frío, dejando una leve marca de vaho. No sentía nada. Ni siquiera la habitual punzada de desprecio.
—El coche te espera —murmuró el mánager, recogiendo su tablet—. Tu agenda está limpia por una semana. Descansa.
“Descansar” otra palabra hueca. ¿Descansar de qué? ¿De sonreír hasta que le dolían los músculos de la cara? ¿De repetir frases cursis escritas por alguien que ni siquiera conocía su nombre? ¿De fingir gratitud por un amor que nunca pidió y que, en el fondo, le daba asco?
Bajó por la escalerilla mecánica y un hombre con uniforme negro sostenía un paraguas enorme. El guardaespaldas… ni lo reconocía, salvo por sus hombros anchos y el uniforme de la familia Agriche.
—¿A la mansión? —preguntó Ivan, metiéndose en la parte trasera del sedán negro.
—Su padre ha dejado instrucciones claras. Irá directamente a la casa familiar, ahí están Beelzebub y Roxana. Sua aún no llega.
Ivan cerró los ojos, por supuesto, necesitaba reconectar con su familia y ya estaban reunidos ahí. No quería ir, prefería escapar, ya tenía la edad suficiente, pero su padre preferiría borrarlo del mapa antes de un escándalo. Borrarlo cerrando todas las posisiblidades de obtener un trabajo.
El trayecto fue un túnel de árboles altísimos y setos perfectamente recortados. Todo en las propiedades de los Agriche era perfecto, no había una hoja fuera de su sitio, ni una flor que osara marchitarse a la vista. Era sofocante para Ivan y la entrada amplia le dio la bienvenida, junto al sirviente principal.
—Bienvenido, joven Ivan, sus pertenencias ya están en la suite principal. El chef ha preparado una cena ligera.
Ivan pasó de largo sin mirarle, no estaba interesado en la servidumbre, subió por las escaleras en silencio y entró a su suite que era vasta en el interior, con una pared entera de cristal que daba al jardin. Sus maletas, de hecho, estaban allí, colocadas junto al armario, bien puestas, sin abrir, esperándolo. Ni él las tocó, le habían traído cosas de su apartamento en Seul, cosas que no recordaba haber empacado.
Se dejó caer en un sofá de cuero blanco, el silencio era absoluto, hasta que el leve golpeteo de la lluvia que empezaba dio de nuevo contra el cristal. Todo tan aburrido. Un aburrimiento profundo, pesado, que nada de lo que hacía le satisfacía.
Escuchó un ruido leve, que venía de la habitación contigua. No recordaba que esa habitación estuviera siendo usada por nadie… tantos cuartos y todos sin vida. Recubiertos por lujo innecesario y que nadie apreciaba en esa casa.
Se levantó, no por curiosidad, sino porque cualquier cosa era mejor que quedarse inmóvil. Abrió la puerta de su suite y asomó la cabeza al pasillo desierto. La puerta del estudio estaba entreabierta y una franja de luz se proyectaba sobre las tablas oscuras del suelo. Se acercó sin hacer ruido, sus pasos tan ligeros y acostumbrados a evadir fans, que fue por inercia. El ruido resultó ser un click, seguido de un susurro triunfal "¡Yes! ¡Perfecto!"
Ivan empujó la puerta lentamente, observó lo que contenía la habitación, libros viejos, lamparas victorianas, esculturas góticas, cosas que valdrían más para un anticuario que allí y… una chica, llevaba un uniforme escolar japonés modificado, de falda corta plisada color azul marino y chaqueta marrón, con una corbata roja. El cabello era un rubio intenso que se convertía en ondas rosadas demasiado perfectas para ser naturales. Se balanceaba ligeramente sobre los pies, enfocada en la pantalla de su teléfono, que sostenía en alto. Acababa de tomarse una selfie.
—Un toque más kawaii… así, con la cabeza ladeada… ¡Ah! ¡El cuadro con ese búfer disecado queda genial de fondo! ¡Qué vibe más gótico decadente!Debería haberme vestido de lolita —canturreó para sí, con una voz animada y musical.
Ivan se quedó inmóvil en el umbral, perplejo. Había visto de todo en su vida como idol, fans disfrazadas, cosplayers dedicadas, pero esto… aquí… en la finca de los Agriche, ¿acaso estaba loca? Si la encontraba alguien, si era atrapada, no importa su edad… terminaría tras las rejas y sin abogados, todos comprados por su padre adoptivo.
—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó, y su voz sonó más áspera de lo que pretendía, cargada con todo el hastío del día.
La chica se giró de un salto, no pareció asustarse. Sus ojos, grandes y expresivos, se abrieron aún más detrás de sus pestañas postizas. En su rostro, maquillado a lo gal, se dibujó primero sorpresa, luego se dio cuenta que era Ivan, y por último, un éxtasis absoluto.
—¡WAAAAAH! —gritó, saltando en el mismo sitio—. ¡Ivan-sama! ¡Es realmente usted en persona y es más guapo que en los fancams! ¡La publicación anónima del foro “Ultra Secret” decía que el jet había aterrizado aquí y que esta era la casa de descanso de la familia.
Ivan parpadeó, intentando procesar todas las palabras que soltaba esa extraña chica. "Ivan-sama" no le gustaban los honoríficos y menos japoneses.
—¿Cómo has entrado? —preguntó, cruzando los brazos. Después de pensar un momento reconoció a Kitagawa Marin, modelo y cosplayer, la había visto promocionarse en algún talk show coreano o japones, no estaba particularmente interesado.
—¡Oh, eso! —respondió la chica con una risa dorada como el sol—. La puerta de servicio de la cocina estaba abierta porque traían unas verduras gigantes ¿son calabazas? ¡eran enormes! Y yo… pues, me colé. Vi a un montón de gente seria vestida de negro salir en coches, así que pensé que era el momento. Llevo horas escondida en un armario de la planta baja, ¡huele a lavanda! Pero valió la pena, ¡por fin! ¡Tengo que conseguir una foto con usted! ¡Solo una! ¡Para mi blog! ¡Prometo que no revelaré la ubicación! Será como un tesoro secreto solo para mis seguidores más leales. —hablaba con las manos, gesticulando con una energía inusual.
—Estás loca —declaró Ivan, frucneidno el ceño—. ¿Sabes lo que pasará si te atrapan?
—¡Lo sé! —afirmó ella, sonriendo sin un ápice de arrepentimiento—. Mi amigo Kanata dice que mi pasión por el cosplay y por los idols raya en lo delictivo. ¡Pero es que la oportunidad era única! Ivan Agriche, el ice prince del K-pop, en su misteriosa mansión familiar. ¡Es como un otome game en la vida real! Pero con más riesgo, porque… —bajó la voz dramáticamente, acercándose un paso— esos guardias de afuera tienen pinta de no tener settings de comedia.
Ivan no pudo evitar notar el contraste. Mientras sus hermanas se movían con cada paso medido, una actitud pulcra y educada, como reinas, esta chica parecía totalmente diferente. Mientras sus medio hermanos median cada palabra, ella las soltaba sin filtro, a gritos. Era exasperante y, contra todo pronóstico, no era aburrida.
—Tienes cinco segundos para irte por donde has venido —ordenó, aunque no hizo ademán de llamar a nadie.
—¡Diez! ¡Déjame intentar una foto! ¡Por favor, Ivan-sama! —suplicó, juntando las manos frente al pecho intentando serexageradamente adorable—. ¡Puedo posar como Sua sama! ¡O puedo ser solo yo, Marin! Lo que usted prefiera. Una foto y desaparezco como una ninja ¡o como una kunoichi! ¡Más temático!
Ivan miró hacia el pasillo vacío. Pensó en su mánager, en su padre, hermanos y todo lo que concierna a su carrera solista y en sus conversaciones secas sobre ventas, conciertos y giras… pensó en la cena silenciosa que le esperaba y en el aburrimiento y asco que le daba todo.
—Una foto —dijo—. Una. Y después te vas, si te atrapan, no me conoces. Te colaste por error pensando que era una escuela o que yo.
Los ojos de Marin brillaron con intensidad, brillitos rosas que iban directo a Ivan.
—¡Trato! ¡Oh, Dios, trato! ¡Gracias, gracias, gracias! —susurró gritando, conteniendo otra explosión de felicidad. Buscó rápidamente en su pequeño bolso de mano, sacando un selfie stick plegable que extendió—. ¿Podemos…? ¡Con los libros de fondo! Queda súper aesthetic, ¡¡¡le prometo!!!
Ivan, sintiéndose absurdamente fuera de lugar, se acercó a ella y se colocó al lado, frente al teléfono que ahora mostraba sus caras en la pantalla. Él sonrió fingiendo, una sonrisa juguetona y amable, diferente a su rostro de “me vales verga” habitual, hasta un pequeño colmillo se formó en su boca, estaba esplendido con el cabello ordenado y la ropa de diseño oscura. Ella, sonriendo con toda la fuerza de su ser, las mejillas sonrosadas.
—¡Lista! ¡Sonría, Ivan-sama! ¡O no! ¡Su mirada cool es icónica también! ¡Tres, dos, uno…!
El click sonó de nuevo y Marin revisó la foto al instante. No tardó mucho en largar un sonido de pura felicidad que escapó de sus labios.
—¡Perfecta! ¡La iluminación es tenue pero genial!