Author Topic: SeeDs in the Garden – revival  (Read 118426 times)


Neko

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #120: January 31, 2026, 09:13:07 AM »
Continuando con las cosas uwu




En otra vida en Navras...

A Milo le había parecido ver cómo las pupilas de Walter se dilataban, pero no podía estar seguro.

—¿Haces mucho esto de andar robando corazones o soy un privilegiado?

La pregunta le sacó una risa a Milo, una de las de verdad. De las que empiezan en el estómago y suben como burbujas hasta la nariz. Iba a responder, cambiando su mano de un muslo a otro, pero Walter no le dio la oportunidad de hablar. Inclinándose hacia él continuó entre susurros:

—Cuéntame todo lo que te gusta, todo lo que no te gusta, todo lo que temas. Quiero saberlo todo de tí. Todo.

Eso le calló y por un momento incluso paró su mano. Inspiró, oliendo el ungüento y a Walter. Lo siguiente que olió fue el chocolate enfriándose en su sillón y parpadeó, poniéndose un poco serio, casi tímido.

—Me gustan las manzanas —soltó de golpe y se encogió de hombros antes de continuar con el tratamiento diligentemente—. Hay una taberna en el sector cinco que tiene la mejor sidra de la ciudad.

Por desgracia, justo en ese momento Milo decidió bajar la mirada y se le arquearon las dos cejas al notar que la ropa interior de Walter estaba más rellena que la última vez que había mirado hacia ahí.
Dirigió los ojos un poco más hacia abajo y separó los muslos de Walter empujando suavemente con la mano para colar la otra y seguir frotando.

—Si sigues con las friegas deberías estar bien para mañana… —comentó Milo con un tono que se podía interpretar como sugerente—. Aunque supongo que ya te encuentras bastante mejor.

El contacto le pilló por sorpresa, parecía que Walter estaba devolviéndole el trato de antes y levantó su barbilla con dos dedos. Milo no pudo evitar clavar sus ojos verdes en los del soldado.

—Con tan buen cuidador no podría estar mejor. —le contestó, siguiendo con los susurros.

El sonido le atravesó el alma y viajó directo hacia el centro de su cuerpo. Milo se movió un poco. De repente no estaba muy cómodo en sus pantalones.

«Me vas a matar.» pensó, mientras Walter le decía lo adorable que era.

—Esos ojos que se mimetizan con muchas de las plantas que nos rodean.

Los ojos de Milo se desviaron por un momento hacia las plantas que tenía rodeando todo el salón.

—Ese pelo unas veces bajo control y otras en absoluto caos.

Y miró hacia arriba. No tenía ni idea de que pinta tenía su pelo ahora mismo, la verdad fuera dicha.

—Esas pecas que me intriga hasta dónde llegarán.

Los dedos de Milo apretaron el interior de los muslos de Walter sin querer.

—Me encantaría besarlas de una en una pero de momento me conformaré con esto.

Y le dio un beso en la frente que lo dejó parpadeando.

—Pues pide día libre, porque tengo un montón. —le avisó, sin darse cuenta a lo que le estaba invitando.

Cuando procesó lo que acababa de decir él mismo, Milo carraspeó y volvió a mirar hacia las quemaduras de Walter. La piel parecía mucho más suave que hacía unos momentos y acarició el sitio con un pulgar mientras dejaba salir el aire por la nariz.

Quitó las manos de donde las tenía y las frotó entre ellas, asegurándose de haber absorbido todo el ungüento sobrante. En un impulso llevó un índice hasta una de las cicatrices de Walter.
Quería preguntarle la historia tras la cicatriz, pero no se atrevió, aunque la dibujó con su dedos arriba y abajo antes de volver a buscar la mirada de Walter y sonreírle.

Le quería besar.

Le quería besar tanto que por un momento se dejó llevar, pero apartó la mano y le dijo que podía ir vistiéndose antes de que cogiera un resfriado. Oyó a las plantas vibrar con una risa burlona a su alrededor.

Tenían razón, estaba siendo un cobarde pero necesitaba recomponerse y pensar. Y tanto músculo a la vista no estaba ayudándole a pensar con la cabeza precisamente.

—Bueno, supongo que es hora de irme pero antes… Voy a necesitar tu número para la cita que te debo, ¿no?

Milo aún estaba frotándose una mano con la otra cuando vio el móvil de Walter aparecer casi de la nada. Extendió la mano, ladeando la cabeza y pensando qué hacer con el móvil de Walter.

—Ah, y dime qué te debo por el ungüento y el masaje. Lo mismo te llevas una propina.

Milo dirigió su mirada hacia Walter otra vez, justo a tiempo de ver cómo le guiñaba un ojo y sintió su corazón palpitar a un ritmo acelerado. Apretó los labios y frunció un poco el ceño antes de volver su atención hacia el móvil en su mano.

—¿Te apunto mi número? —le preguntó mientras buscaba el botón para desbloquear la pantalla—. ¿No lo tienes bloqueado?

Cuando la pantalla se encendió un montón de notificaciones se apoderaron de ella y Milo le devolvió el teléfono a Walter de inmediato.

—Toma, creo que alguien está muy preocupado por tí —le avisó—. Voy a preparar tu pedido y hacer cuentas de cuanto es el pedido mientras… te…

Walter aún no se había vestido del todo y los ojos de Milo estaban viajando de un músculo a otro con mucho interés. Miró hacia otro lado cuando su mirada empezó a ir hacia abajo, recordando el apuro en el que se encontraban los dos, por decirlo de alguna forma.

Movió la mano con más ímpetu, casi zarandeándola hacia Walter.

—Te vistes. —acabó de hablar por fin, con las mejillas sonrosadas.

Walter no tardó en coger el teléfono de su mano, pero Milo se quedó ahí parado durante unos segundos, observando la expresión de Walter mientras miraba todas las notificaciones.

—Diecisiete llamadas… ochenta y seis mensajes… tiene que ser importante. —dijo Walter, más para sí mismo que para su única audiencia.

La sonrisa de Milo era evidentemente forzada y le dio la espalda a Walter antes de cuadrar los hombros y dirigirse hacia su taller. Por lo que había dicho probablemente alguien estaba muy preocupado o muy enfadado con él. O las dos.

Dejó la puerta entreabierta mientras preparaba un botecito de ungüento y un par de pociones de vida para completar el tratamiento. Sacó un bloc de notas y apuntó las indicaciones allí de pie. Y luego de pensarlo añadió su número de teléfono.
Aún podía oír a Walter hablando, pero parecía que la llamada acabaría pronto.

Para cuando salió de la habitación, Walter estaba empezando a vestirse y Milo se mordió el labio inferior, apretando el asa de la bolsita entre sus dedos.

—¿Problemas? —le preguntó mientras le ofrecía la bolsa.

Walter ya se había puesto toda la ropa, menos la chaqueta, que seguía doblada en el reposabrazos de su sillón verde.

—No… bueno, no lo sé. Era mi hermana, resulta que se ha enterado de lo del incendio y ha venido a cuidarme. Querría usarme de paciente.

Milo ladeó la cabeza, interesado.

—Creo que va a flipar bastante cuando vea cómo están las quemaduras y la bolsita con el ungüento. —continuó Walter.

Milo le sonrió, aún con la bolsa con dicho ungüento en la mano y Walter pareció tensarse por un momento. Ahora que tenía la ropa puesta era un poco más difícil leer sus músculos. Bueno, tampoco tan más difícil, después de todo iba con ropa más bien apretada.

—No sé cómo de cómoda se siente con la alquimia y estoy seguro de que se va a dar cuenta…

—Oh. —respondió Milo, mirando hacia abajo, hacia el tratamiento dentro de la bolsita inocua.

—En fin, la quiero mucho. Es culpa mía que se haya preocupado. Sólo Tessa sabe a dónde he ido y por ahora nadie allí sabe que usa productos alquímicos. No le interesa que nadie lo sepa. Aún hay algunos muy críticos con el uso medicinal de la alquimia…

Los labios de Milo se cerraron en una fina línea. Los mismos que gritaban contra la magia luego se beneficiaban de ella a escondidas.

«Hipócritas.» pensó Milo.

Él conocía bien a ese tipo de gente. No alzaban su voz contra la magia porque estuvieran en contra de ella, lo hacían porque estaban en contra de que los demás la usasen.
La querían para ellos.

Le querían para ellos.

Para usarlo.

No querían que fuera de nadie más.

El suspiro de Walter le sacó de sus pensamientos y tomó aire para tranquilizarse mientras Walter continuaba hablando.

—Creo que Evie… digo, mi hermana no querrá meter en problemas a Tessa pero igualmente tendré que hablar con ellas.

—Sí, eso estaría bien. —comentó Milo con un tono algo apagado.

Intentó sonreír para sacudirse la sensación de manos invisibles alrededor de su cuerpo, queriendo atraparlo por el don con el que había nacido.
Necesitaba ser más precavido.

De repente vio los pies de Walter y levantó la vista hasta clavar sus ojos en los de él. Le seguía haciendo gracia el sacarle casi un palmo, cuando el soldado estaba construido como una máquina bien engrasada.

—Y, por supuesto, tampoco voy a dejar que acabes metido en problemas. No me lo perdonaría nunca.

Milo se mordió el labio inferior y luego su sonrisa se ensanchó un poco más. Su mirada se volvió más suave de lo que le gustaría admitir y la sensación fantasma de manos sobre su cuerpo se disipó en la cálida sensación que le daba la cercanía de Walter.

«Precavido.» se recordó antes de decir alguna tontería «¡Necesitas ser más precavido!»

Milo asintió y le puso la bolsa de papel marrón en el pecho a Walter. Cualquier excusa para tocarlo era buena, por lo visto.

—La gente teme lo que no conoce —le dijo, pensando que tal vez por eso mismo necesitaba saber más de Walter—. Pero lo que no conoces no tiene porqué ser siempre malo.

La sonrisa de Milo ahora enseñaba sus colmillos y le hacía chiribitas en los ojos.

—Tienes las instrucciones y mi número de teléfono en una nota dentro de la bolsa, no te preocupes por el pago.

Y de repente las manos de Walter estaban por todas partes, alejando más todavía las visiones irreales de manos atrapándole en la oscuridad.

—Muchas gracias, pero… ¿estás seguro? No me parece justo no pagarte. Si no me cobras por esto voy a tener que compensarlo de otras formas…

Milo abrió la boca, la volvió a cerrar. Y se le ocurrieron unas cuantas maneras de recibir compensación por sus esfuerzos alquímicos.
Cuando ya estaba empezando a sonrojarse y apunto de contestar, Walter se le adelantó con reparo.

—Eh, no quería decir… o sea… no es que no quiera… pero no me refería a eso.

El pobre estaba tartamudeando y la risa que le sacó a Milo hizo que las plantas alrededor se uniesen en ese lenguaje que sólo Milo podía entender.

—Qué mal se me da esto… —susurró Walter.

—No, no… ah. —contestó Milo, sintiendo que el calor de las manos de Walter no le dejaban dejar ir la sonrisa que se había apoderado de sus labios.

Tan rápido como Walter le había agarrado, le soltó y Milo tomó esos segundos para coger aire y dejar de reírse. Walter los uso para dejar la bolsa en el suelo y ponerse de puntillas para susurrarle directo al oído.

—No me vas a dejar otra alternativa, ¿verdad? —comenzó, haciendo que la respiración de Milo se entrecortase por un momento—. Tendré que llenar tu vida de detalles que ni tú sabes que necesitas…

La mano de Walter volvió a él, esta vez en su nuca. El pelo de Milo casi parecía querer enredarse en esos dedos y no dejarlos ir nunca.
A Milo le dio tiempo a ver la sonrisa en los labios de Walter, como no hacerlo cuando tenía la mirada fija en ellos, antes de que le volviese a besar.

Milo dejó que ocurriese, incluso movió sus labios un poco contra los de Walter, pero luego lo empujó suavemente, con los dedos abiertos contra el pecho del soldado.
Aún con los ojos cerrados y una sonrisa apacible le habló.

—Avaricioso —le dijo antes de abrir los ojos y ladear la cabeza—. Si quieres pagarme las medicinas invítame tú mañana. Tengo toda la tarde libre.

Y como en este caso uno de ellos era el cazo y el otro la sartén, Milo se agachó con rapidez para robarle un beso corto a los labios de Walter.

—Acuérdate de decirme quien eres cuando me mandes un mensaje o te bloquearé —y le dio otro en la punta de la nariz—. Deberías irte antes de que tu hermana te explote el teléfono con notificaciones.

—Tienes razón, debería irme aunque no quiera. Evie me va a matar… —admitió Walter, sonando acongojado— Bueno, será mejor que descanses bien. Mañana te voy a sorprender.

Walter le guiñó un ojo y Milo se llevó una mano al pecho, levantando una ceja con curiosidad.

—Te escribo cuando llegue a la base. —le prometió mientras se acercaba a la puerta.

Milo le siguió con pasos largos y pausados y le recordó que muerto no podía llevarle a ningún lado.

—Ve con cuidado. —le dijo como despedida, poniendo la mano en la puerta mientras la cerraba.

Milo se dio la vuelta, apoyando la espalda contra la puerta de la entrada, sin saber que Walter estaba al otro lado dando saltitos de emoción; los mismos que el corazón de Milo estaba dando dentro de su pecho.

Se llevó un nudillo al pecho para frotarse sobre el corazón y frunció el ceño al ver como sus plantas cotilleaban entre ellas, emocionadas por el desarrollo de la tarde.

—¡Eh! —les advirtió con el ceño fruncido— ¡No os riáis de mi sufrimiento!

Eso pareció calmarlas un poco

—Habrase visto.

Milo se quedó mirando el sofá de dos plazas donde había tenido a Walter casi desnudo y excitado hacía tan sólo unos momentos, aunque ya pareciera haber pasado una vida, y se llevó la mano a la frente para frotarla, intentando llevarse sus preocupaciones con el gesto. No funcionó muy bien.

Luego concentró su atención en el chocolate abandonado y después de pensarlo decidió volverlo a calentar.

Unos minutos después se sentó en el sillón, con el chocolate caliente en una bandeja sobre la mesita de café y la radio volvía a sonar con potencia en su pequeño salón.
Esta vez hablaban de avistamientos de monstruos peligrosos en el cañón que separaba Balamb de Galbadia. Milo le dio un traguito a su chocolate y cambió de canal. Su pierna temblaba con ansiedad, apenas apoyada en los dedos del pie.

Apagó la radio y se levantó de repente, no podía seguir fingiendo que no había pasado nada de importancia.

«Mi alma gemela.» pensó.

Entró en su habitación y miró a su alrededor hasta que se sentó en la cama y abrió el único cajón de su mesita de noche. Allí, un poco arrugada, le esperaba la servilleta.
La cogió con cuidado y la alisó entre sus dedos.

—Milo X Walter. —leyó en alto.

Él también lo estaba notando, ¿verdad? Walter también se veía afectado por la sincronización de sus almas.
Sólo había hecho falta una mirada.

Milo estaba seguro de que esa noche soñaría con ojos color cobre.

Una notificación en su teléfono le sacó de sus pensamientos y Milo volvió al comedor a cogerlo. Era Walter.

Número desconocido:
Milo, soy Walter. Mañana nos vemos. Buenas noches ❤️

Leyó en la pantalla de su teléfono. Milo sonrió y desbloqueó el teléfono para añadir su número. Iba a contestarle cuando le entró una llamada y la cogió a toda prisa.

—¡Walter! —saludó Milo sin haberle dado tiempo a ver quién le llamaba.

¡Error! —le saludó Marie—. ¿Quién es Walter?

—Nadie —respondió Milo sin pausas, intentando que Marie dejase el tema en paz antes de que empezase a preguntarle más de lo que Milo quería responder—. ¿Qué se ha roto ahora? Es mi día libre.

Nada, ¿una chica no puede llamar a su compañero de trabajo, barra, hermano mayor adoptivo porque le apetece?

A Milo le pareció oír la voz de Roy quejándose por el fondo de la llamada.

—Marie… —advirtió Milo con voz cansada mientras se agarraba el puente de la nariz.

La chica se puso a reír como un montón de gallinas en el gallinero y tuvo a Milo un buen rato al teléfono, entre cotilleos y consejos para arreglar la cafetera.

Para cuando Milo colgó ya casi se había olvidado del mensaje de Walter, pero la servilleta sobre su cama se lo recordó rápido.

—¿Qué debería responderle? —se preguntó y salió al salón para dar una vuelta entre sus plantas, como si ellas pudieran darle consejos valiosos respecto a relaciones humanas.

Tal vez podían, nunca lo había intentado.

—¡Hey! —se dictó Milo a sí mismo, escribiendo en el pequeño teclado digital—.  Espero… con ansias… ¡No! No, no… —dijo mientras borraba las últimas dos palabras que había escrito—. Espero qué más. ¿Qué más espero?

Milo se dio golpecitos en la barbilla con el móvil antes de seguir escribiendo, ahora más rápido.

—Espero que hayas llegado bien, nos vemos mañana.

Y después de darle a enviar escribió un segundo mensaje.

—Buenas noches, soldado.

Y añadió una flor para que el mensaje fuera más cuqui.

Contempló el chat con orgullo y se dejó caer el sillón, con las piernas abiertas y el culo más bien fuera del asiento. Se tapó los ojos con el brazo y suspiró audiblemente.

—Tenías que ser un soldado. No había otra profesión.
« Last Edit: January 31, 2026, 09:17:13 AM by Neko »


Kora

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #121: January 31, 2026, 06:25:29 PM »
Tener a Lievran vigilando por él hizo que el galbadiense se relajara visiblemente. Se concentró en abrir paso, y una vez lo logró, guardó el filo de la hoja que había estado utilizando y arrojó su mochila al interior antes de pasar él mismo para recogerla.

Lievran se movió con rapidez para iluminar el espacio, dándoles una vista clara de la caverna cerrada. Cassian lo vio mantenerse alerta, con la mano suspendida cerca de la cartuchera de su pistola por si se topaban con alguien —o algo—, pero solo el silencio y la oscuridad les dieronla bienvenida.

La cueva se adentraba en la penumbra, y sus confines más lejanos quedaban engullidos por un vacío negro y profundo.
Allí dentro, los sentidos de Cassian estaban embotados. No veía ni oía ni de lejos tan bien como Lievran, así que esperó a que el viera evaluara la situación, observándolo por encima del hombro. Asintió cuando este indicó que era seguro.

—Famosas últimas palabras… —comentó con un humor especialmente seco cuando Lievran afirmó que estaban a salvo.
Sacó su propia antorcha, la encendió y dirigió el haz hacia las profundidades.

Cassian vio cómo Lievran no podía evitar una leve risa, apenas un soplo por la nariz. Luego se aclaró la garganta, permitiéndose seguirle el juego, al menos un poco.

—Disculpe, mi lord. Me aseguraré de no hacer más comentarios esperanzadores —respondió con una voz baja que casi sonaba sincera.

Tras mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie —ni su padre, ni un instructor, ni algún dignatario crítico— acechaba tras la siguiente esquina, Cassian respondió del mismo modo:

—Bien. Si hay algo que no soporto, es el optimismo.

La tensión del día lo había dejado exhausto. Poder permitirse un humor ligero, sin nadie con autoridad para reprenderlo, resultaba extrañamente reconfortante.

Lievran avanzó tras él a un paso firme. Cassian notó cómo mantenía la atención tanto en el hilo que iba soltando como en los sonidos del entorno. El interior era irregular y dentado, pero transitable. El olor a piedra húmeda y polvo mineral se hacía más intenso, aunque no parecía peligroso, y el agua helada que goteaba seguía viéndose limpia.

—Los túneles se extienden hasta el fondo. Debemos tener cuidado de no perdernos.

Cassian observó cómo desenrollaba el ovillo de hilo que llevaba en la mano mientras caminaba.

—Deberíamos buscar un lugar donde acampar sobre plataformas elevadas.

No hacía falta que le explicara que el aire frío se acumulaba en los puntos más bajos. Aunque la cueva no era tan helada como el exterior, Cassian sabía que agradecería encender el calefactor y dejar que el calor lo envolviera.

Dirigió el haz de la antorcha hacia el agua cuando la vio fluir. No había bebido lo suficiente en todo el día, a pesar de estar rodeado de agua —congelada—, y le alivió saber que no tendrían que desplazarse mucho para saciar la sed.

Cuando encontraron un lugar adecuado para instalarse, Cassian trabajó junto a Lievran para colocar el calefactor, encajando el cartucho de cerúleo en su sitio. Una luz mortecina e inquietante iluminó su rincón de la caverna, bañándolos a ellos y a su entorno en un tono azul verdoso fantasmal que reflejaba el color de los ojos de Cassian.
El calor se extendió con rapidez, ahuyentando el frío.

El estoicismo le había sido inculcado desde siempre, pero aun así sintió cómo la tensión acumulada alrededor de los ojos y en el centro del cuerpo se disipaba, aunque solo fuera un poco.

Acababa de extender su propia esterilla sobre la repisa donde pensaba dormir cuando reparó en las acciones de Lievran y se detuvo a observarlo.

El viera avanzó con la linterna en alto, probando el lecho rocoso bajo sus pies, y luego pasó la mano enguantada por la plataforma natural. Cassian vio cómo comprobaba con cuidado: sin escarcha, sin agua, sin moho. Lo bastante seca para pasar la noche. Lievran se giró y asintió, y luego lo ayudó a terminar de montar el campamento y ajustar el calefactor, siempre que Cassian se lo permitiera.

Desenrolló con método la tela fina y apretada que le serviría de lecho, la acomodó sobre la plataforma y finalmente se sentó para quitarse los guantes. Cassian notó cómo flexionaba los dedos, rígidos tras el largo trayecto. Luego sacó un pequeño tubo de crema y se la aplicó en las zonas del rostro donde la piel parecía a punto de agrietarse. Después, se lo ofreció.

—Tiene un pequeño corte en la ceja, mi lord. Escocerá al aplicarlo, pero puede ayudar a cerrarlo —le advirtió.

—Ah…

Cassian se quitó un guante y se tocó la ceja cuando llamó su atención sobre la herida. Ahora que el calor regresaba a su cuerpo, empezó a percibir el daño. Tomó el tubo, lo examinó y lo olió. Se puso una pequeña cantidad en la yema del dedo y la extendió sobre el corte. Ardió, pero no dejó que se notara. Tenía la sensación de que Lievran lo observaba, quizá esperando alguna reacción, y… no iba a darle la satisfacción de verlo estremecerse si podía evitarlo. Antes morir que admitir el dolor.

—Gracias —dijo con sinceridad al devolverle el tubo.

Recogiendo una pierna bajo sí, se inclinó hacia su mochila y sacó las distintas piezas en las que se dividía su sable pistola. La tela que luego le serviría de manta las envolvía. Fue retirando cada pieza con cuidado y colocándolas ordenadamente a su lado, en el orden exacto en que debían ensamblarse. Por fin, comenzó a montar el arma.
No la necesitaría solo para el duelo prometido. Hasta entonces había confiado en la pistola que llevaba para cualquier imprevisto, pero a partir de ese momento pensaba portar el sable espada hasta que la misión concluyera, y hacer pleno uso de ella cuando llegara el momento.

—No estarás demasiado cansado por el viaje como para no cumplir tu palabra, ¿verdad?

Cassian estaba dolorido y exhausto por la marcha y la huida sobre el hielo, pero la mirada con la que observó a Lievran ardía con una intensidad expectante. Podría haber estado el doble de cansado y aun así lo habría deseado con la misma intensidad.
« Last Edit: March 31, 2026, 03:11:46 PM by Kora »


Kora

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #122: February 28, 2026, 05:35:23 AM »
Lievran apenas fue consciente de que Lord Solane se aplicaba el ungüento en la ceja; no le dio mayor importancia. De haberle prestado más atención en ese instante, quizá se habría impresionado por su entereza. Pero su atención estaba puesta en el calor que por fin comenzaba a extenderse por su cuerpo. Acercó los dedos al calefactor y se permitió cerrar los ojos con un leve escalofrío. Por fin, el frío que se le había filtrado hasta los huesos empezaba a derretirse.

Apenas los había vuelto a abrir cuando Lord Solane le devolvió el tubo.

—De nada —respondió con un asentimiento breve.

Rara vez otros galbadianses le daban las gracias; su servitud se asumía directamente. Al guardar el ungüento en su mochila, aprovechó para sacar un par de raciones, dispuesto a compartirlas con Lord Solane para devolverle el favor de antes.

Esta vez, Lord Solane captó su atención cuando comenzó a ensamblar su sable-pistola. Lievran la contempló con abierta admiración. Estaba diseñada con elegancia, y podía distinguir señales claras de personalización. No se había escatimado en gastos: un arma digna de un teniente. La suya, aunque bien pulida y cuidada, era de dotación estándar. Acero militar galbadianse, sólido y elegante, sí, pero sin adornos. Solo la empuñadura y el gatillo habían sido ajustados para adaptarse mejor a su agarre. No le faltaba nada, pero tampoco era un arma especialmente personal.

Se quedó observándolo mientras descansaba frente al calefactor, con las piernas flexionadas y los brazos apoyados sobre las rodillas. Le gustaba lo metódico y eficiente que era Lord Solane consu arma. Sus movimientos resultaban casi hipnóticos. Por un momento, el calor y la monotonía hizo que le diera un poco de sueño, pero la pregunta lo devolvió a la realidad.

No había olvidado su oferta de entrenar juntos, aunque había supuesto que, después de todo lo ocurrido, estarían demasiado agotados para ello. Su cuerpo le dolía tanto como el de él; el palpitar sordo en su brazo se había calmado… o tal vez los músculos de las otras extremidades simplemente lo habían alcanzado en el dolor. El dolor en el costado también se había atenuado, aunque no desaparecido. Supuso que sería un hematoma; de haber sido algo interno, los síntomas habrían empeorado y serían evidentes a esas alturas.

—No, no lo estoy, mi lord —respondió, poniéndose en pie.

Estaba cansado, pero no lo suficiente como para no poder luchar. Estiró los brazos, hizo rodar sus hombros y tomó su sable-pistola. Habría preferido conservar las últimas reservas de energía, pero había dado su palabra. Además, era evidente que el galbadianse deseaba el combate con lo que parecía fervor. No comprendía del todo el origen de esa impaciencia, pero no quería decepcionarlo, aunque dudaba que pudiera vencerle. Y aunque pudiera, tendría que contenerse.

Mientras Lievran se incorporaba y se preparaba, Cassian pasó un paño con aceite por la hoja, puliéndola con esmero.

—Bien.

Lievran observó cómo Lord Solane se quitaba el abrigo y lo colgaba frente al calefactor para que se secara la humedad de la nieve derretida. Luego lo vio desabrochar metódicamente cada cinturón cruzado sobre el pecho y la cintura, apartando la pistola y el estuche alargado que contenía su preciada cargo, cuyo contenido seguía siendo un misterio.

Lievran se deshizo también de las capas exteriores de su atuendo, de forma ordenada, quedándose con la camiseta interior oscura de cuello alto y manga larga. Ajustada al cuerpo y transpirable, lo bastante gruesa para proteger del frío, le permitiría moverse sin que capas adicionales lo entorpecieran, evitando sudar en exceso y protegiéndolo cuando su cuerpo volviera a enfriarse.

No hacía calor en la cámara donde se habían refugiado, pero vio a Lord Solane desabrochar el cuello alto de su chaleco hasta la clavícula. El resto del frío desaparecería en cuanto empezaran, supuso.

Cuando ambos estuvieron listos, Lord Solane se alejó unos pasos del campamento, hasta una zona del suelo lo más llana posible. Lievran lo vio trazar un arco lento mientras blandía la sable-pistola con ligereza, como si estuviera recordando su peso y equilibrio. La hizo girar sobre la palma y la pasó de una mano a otra, dejando en duda cuál era su agarre dominante.

—¿Estás listo? —preguntó sin preámbulos.

Lievran no hizo ninguna floritura. Nunca le parecieron necesarias; prefería que cada movimiento tuviera propósito, algo que le resultaba natural tras años de entrenamiento. Mantuvo el cuerpo ligeramente ladeado, adoptando postura de combate, pero sin alzar todavía la hoja. Le concedería a Lord Solane el primer movimiento.

El verdadero problema era decidir cómo perder. No derrotaría a Lord Solane, incluso en el improbable caso de que el cansancio o la excitación jugaran en contra del Lord. Pero si parecía torpe o lento, no solo quedaría mal él, sino también Lord Livius, y habría consecuencias. Si lo hacía demasiado evidente, Lord Solane lo notaría y no le agradaría en absoluto.

Necesitaba sutileza: ralentizarse con cada golpe, bajar poco a poco el umbral de reacción.

—Estoy listo, mi lord —dijo con voz firme.

Su sable-pistola permanecía bajo, pero su postura era estable, preparada.

Sintió la intensa mirada de Lord Solane recorrerlo de arriba abajo, como si buscara fallas en su postura, grietas en su armadura.

No tuvo mucho tiempo para decidir cómo perder. En cuanto terminó de hablar, Lord Solane se impulsó hacia adelante, cerrando la distancia con una patada firme contra el suelo. La exhibición había terminado. El primer golpe vino dirigido a su centro, con intención de chocar y deslizarse contra su hoja. Lievran percibió que estaba listo para cambiar el impulso si él optaba por esquivar en lugar de bloquear.

El siguiente movimiento siguió con lógica el primero: fundamentos claros, un punto de partida reconocible para cualquiera entrenado en el estilo galbadianse.

Aunque la apertura fue súbita y audaz, Lievran había oído el roce de las botas contra la piedra. Esa fracción de segundo le bastó para no quedar sobrepasado de inmediato. Elevó la hoja para interceptar la de Lord Solane, y cuando el metal chocó, giró medio paso para desviar la fuerza. El siguiente ataque lo bloqueó por puro instinto; el entrenamiento guiaba sus brazos antes que el pensamiento.

Lord Solane era rápido y preciso, con la fuerza contenida lo justo para mantener el combate como un entrenamiento amistoso. Su expresión parecía serena, más que durante el viaje, como si aquello fuera su forma de liberarse. Sus movimientos eran naturales, repetidos cientos de veces.

En un combate real, Lievran se lanzaría adelante sin dudar. En cambio, dio un paso atrás, hoja en guardia, midiéndolo. Se preparó para bloquear de nuevo. En el instante de calma previo al siguiente ataque, entrecerró los ojos, intentando registrar cada movimiento bajo la tenue luz azul que bañaba la cueva. Era un obstáculo añadido, pero confiaba en el resto de sus sentidos.

Sólo esperaba que Lord Solane pensara que estaba evaluando cómo derrotarlo, y no cómo perder de forma conveniente.

El ritmo quedó establecido. Lievran percibió cómo lo evaluaba: la velocidad de reacción, lo arraigado de su entrenamiento. Había dejado atrás al niño delgado y exótico que ni se había atrevido a blandir un palo cuando se conocieron.

De momento, no podía saber si sospechaba algo. Ejecutaban movimientos conocidos, un ejercicio de práctica. Establecían reglas.

Lord Solane las rompió de pronto.

De sus patrones ensayados surgió una ráfaga de velocidad. Una lluvia de golpes descendió desde arriba. Lievran absorbió el impacto de cada choque; si intentaba apartarse, él lo seguía, avanzando sin conceder espacio. Un gruñido acompañaba cada embate, buscando transmitir la fuerza por sus brazos al bloquear, o forzarlo a retroceder, empujándolo contra la pared.

Había control en aquella acometida salvaje, una promesa tácita de que podía evitarle daño serio si fuera necesario. Pero atacaba como si supiera que no tendría que hacerlo.

Lievran mantuvo sus movimientos ajustados y eficientes, como siempre. Absorbía los golpes y los redirigía cuando podía. Cada choque recorría sus brazos; el cuerpo entero se tensaba para resistir. El dolor del costado repuntó ligeramente, pero no permitiría que se notara. No quería que Lord Solane pensara que esa sería la causa de su derrota.

Prefería que creyera que había ganado limpiamente. Y, en efecto, lo haría. Aun así, por un instante se preguntó si realmente podría superarlo… y descartó la idea. No, Lord Solane no era su enemigo.

Con cada impacto lo obligaba a retroceder, como un depredador acorralando a su presa. No pudo evitar sentirse levemente amenazado por la intensidad de aquella embestida, aunque no tuviera razones para pensar que lo dañaría de verdad. Sería perjudicial para ambos si resultaba herido allí.

Su espalda estaba casi contra la pared. El combate pronto terminaría. Y aunque Lord Solane hiciera una finta, o incluso dejara una apertura real en su defensa, Lievran no la aprovecharía.


Airin

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #123: February 28, 2026, 12:55:41 PM »

Acabaré pronto con el preludio, lo prometo  Ya lloraremos en retcon más tarde si hace falta

Quote from: Le yo, todos los meses
Iconos, no conozco esa palabra. Formato, aparentemente tampoco  :v





(Aquí van iconos en algún momento)




—¿Estás de coña verdad? Spark, dime que estás de coña.

—No estoy bromeando. —contestó el joven con seriedad

—Mierda. ¿Me estás diciendo que han sacado a la Kaiserin de las nubes? —el moreno se pasó la mano por la cara, llevándola hasta la frente y echándose el pelo hacia atrás, en un gesto nervioso.

—No. He dicho que la atacaron hace poco más de dos días, no que cayera. —dijo Spark con cansancio— sabes que la comandante Mayer es un hueso duro de roer.

—Eh, soldado, no seas irrespetuoso con una mujer, —advirtió Sinbad algo más relajado— pero… menos mal. Si llega el día en el que la Kaiserin no surca los cielos, estaremos jodidos. Muy, muy jodidos chaval.

—…Sin? —una vocecita femenina llamó tímidamente desde la puerta.

—¡Cheza! ¿Qué ocurre preciosa? —El hombre cruzó la habitación en tres o cuatro largos pasos.

—Hum… —murmuró la chica— Hay alguien que quiere verte.


El hombre dirigió una significativa mirada a su subordinado, y éste se llevó a Cheza al interior de la vivienda con alguna excusa como remendar un botón suelto, a pesar de ser capaz de solucionarlo por sí mismo.
Sinbad abrió la puerta de la casa con precaución. Ya habían pasado por un registro aquella semana. Parpadeó sorprendido al ver el rostro que esperaba al otro lado.

—¿Schezar? —¿qué demonios hacía un noble frente a su casa, sin escolta? Echó un vistazo a la calle— Pasa, por favor, pasa.

Lo condujo a su despacho y por acostumbrada cortesía mercantil le ofreció algo para beber. El rubio aceptó un poco de vino, pero nada más.

—Dime. —dijo Sinbad sin más preámbulos.

—Se trata de los rebeldes.

—Ahá.

—Han desmantelado la red de información de Mao.

—¿Y me dices esto porque…? —una gota de sudor frío recorrió la nuca del hombre, que se negó a prestarle atención.

—Vamos Marino, no te hagas el tonto conmigo, sé que estás en contacto regular con Melissa. —dijo el noble— ella está bien, magullada pero a salvo. Está en mi casa.

—En tu casa. —Sinbad intentó por todos los medios que sus palabras sonasen monótonas y desapasionadas.

—En mi casa. Nos conocemos desde niños, nunca haría algo que la perjudicase sólo por asegurar mi posición en la corte. —El noble torció el gesto con hostilidad latente.

—Te seré sincero Schezar. No me caes bien. No me caen bien los nobles. —El moreno saboreó el vino en su copa y prosiguió— Pero no creo que seas una mala persona, al menos no del todo. Y Melissa no confiaría en alguien sobre quien tuviese la más mínima duda por insignificante que fuera.

—Por eso he venido hasta aquí yo solo —asintió con seriedad.

Sinbad suspiró. Caminaban por el filo de la espada y en cualquier momento la más ligera brisa podría hacer que resbalasen.

—¿Has oído lo del ataque a la Kaiserin? —El navegante sabía que como en cualquier negocio un regateo era necesario para establecer una oferta y una demanda asequible.

—¿Qué? No, no han llegado aún noticias a la corte. ¿Cómo…? —ésta vez Schezar no pudo ocultar la ansiedad y apuró el vino de un solo trago.

—Hace poco más de dos días, una flotilla de pequeños zeppelines sin identificar abrieron fuego contra la Kaiserin. Pero por lo que sé aún sigue allá arriba, todavía no ha caído. —Sinbad estudió el semblante del noble, más agitado de lo que cabría esperar.

—Mayer ha sido traicionada. El Stahlteufel ha cambiado de alianzas. Es probable que Darkholme se llene ahora los bolsillos con oro de Galbadia.

El moreno palideció. Una nave como el Stahlteufel en manos de un país como Galbadia, podía suponer un horror y una destrucción irreparables. Sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que gustaban los altos mando galbadienses de acumular lo que ellos llamaban “daños colaterales”, cientos y miles de bajas civiles, personas inocentes muertas por el mero placer de lucir su potencia armamentística.

—La hija de Lovegood viaja en la Kaiserin bajo la protección de Mayer. —nervioso, Sinbad ofreció otro pedazo de información en el intercambio.

—Lo sé. Ella… —Schezar suspiró tembloroso y se pasó una mano por el rostro, intentando recuperar la compostura.— Luna Lovegood es mi hermana pequeña.

—¿¡Qué!? —el Marino estuvo a punto de dejar caer la copa al suelo.

—Es hija ilegítima de mi padre. El inventor se hizo cargo de ella como favor personal, aunque siempre quiso tener hijos. La familia Schezar es lo que es en parte gracias a la inversión en el mecenazgo de Lovegood. ¿Me comprendes ahora? —dijo el noble en voz queda.— No es una mera cuestión de negocios. Van detrás de lo que pueda haber dejado Lovegood, tenía que poner a Luna a salvo y se la encomendé a la Comandante Mayer.

—Joder, Schezar. —Sinbad reflexionó unos minutos, y tras disculparse salió a buscar a los otros habitantes de la casa, dejando al rubio sentado en su despacho. Éste dejó escapar el aire retenido en sus pulmones, como desinflándose, y volvió a pasarse una mano temblorosa por la cara.

Al poco rato volvió su anfitrión, acompañado esta vez por una chica pálida de pelo lavanda y ojos rosados. El noble la observó con atención, picando su curiosidad la extraña coloración de la recién llegada.

—Esta es Cheza. La última …creación… del maestro Lovegood. Cheza cariño, puedes sentarte— dijo Sinbad acercándole una silla.

—No… no del maestro. —Schezar sonrió nervioso— De mi hermana.

La muchacha lo miró con una sonrisa tímida.

—De… de tu… de… Schezar. —el moreno lo miró con una expresión entre incrédula y molesta. Pero para su sorpresa fue la chica quien habló.

—Luna me despertó —dijo simplemente.

—Schezar… —Sinbad había tomado una decisión.

—Allen. Allen Schezar, si, pero Allen es mi nombre. Y si vas a proponerme algo descabellado deberías tener los medios logísticos para ello. —comentó con cierta arrogancia el noble.

 —Schezar —insistió Sinbad con terquedad,— si vas a hacer una propuesta que bordee en lo ilegal deberías hacerlo con claridad. Estamos hablando de una locura, ciertamente. Los nobles me caen mal, como ya te he dicho. Aunque es posible que un piloto llamado Allen no me resulte tan cargante.

.

~      H e g o a k    e b a k i    b a n i z k i o,    n e r i a    i z a n g o    z e n,    e z    z u e n    a l d e g i n g o.       ~
~      B a i n a n    h o n e l a,    e z    z e n    g e h i a g o    t x o r i a    i z a n g o,      ~
~      e t a    n i k    t x o r i a    n u e n    m a i t e.       ~


Neko

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #124: February 28, 2026, 03:37:17 PM »
Moar :B




En otra vida en Navras...

La mañana siguiente encontró a Milo bocabajo en la cama, con el pelo cubriéndole en todas direcciones porque en algún momento el coletero había decidido rendirse ante la fuerza de los rizos de Milo.

Se despertó de repente, mirando confuso hacia la pared que necesitaba al menos una, si no varias capas de pintura para parecer parte de un cuarto habitable.
Cinco segundos después su alarma empezó a sonar y Milo gruñó. Se levantó y empezó a arreglarse para el día que le esperaba.

Estaba poniéndose el abrigo cuando su móvil sonó dentro de su bolsillo y Milo se esperó a tener la puerta de su casa cerrada con llave y los gatos callejeros alimentados antes de mirar quién necesitaba de sus servicios ahora.

Walter 🔥:
Paso a recogerte a las 18:00. Ponte guapo 😉

A Milo le empezó a sobrar la bufanda cuando vio el guiño y recordó a ese caradura guiñándole un ojo justo antes de irse por la puerta de su casa.
¿Qué habría preparado?

Bueno, si iba a ir a por él a las seis de la tarde tendría que abrigarse bien. A esas horas ya no quedaba mucha luz y la noche traía consigo humedad y frío. La perfecta excusa para acurrucarse.
Milo carraspeó y le envió un mensaje de vuelta.

Tú:
Apuntado. Yo siempre estoy guapo 😤

Y camino al trabajo no le falló la sonrisa ni una sóla vez.

El día había pasado en un suspiro. Además, Marie había librado esa jornada y Milo no había tenido que soportar ningún interrogatorio sobre supuestos Walters en su vida, así que estaba de muy buen humor.

Cuando llegó a casa, después de comer, echó un vistazo a su armario y sacó unos pantalones marrón oscuro y una camisa color ocre. Pensaba ponerse una de sus chaquetas más abrigadas, la que era a cuadros verdes, naranjas y marrones.
Se había afeitado esa mañana y no pensaba tocar la media coleta que le había hecho Helena en el trabajo.
Así que, cuando faltaban poco para las seis, Milo se calzó las botas y se aseguró de llevar todo lo que necesitaba en su mochila de cuero.

Justo cuando había visto por tercera vez que llevaba sus llaves en un bolsillo interior de la mochila, levantó la cabeza.

—Está aquí. —dijo, mirando hacia la puerta.

Podía sentirlo. Podía notarlo tan claramente como cuando lo estaba tocando ayer.

—Walter.

Milo no tardó en escuchar el timbre y sonrió sin darse siquiera cuenta. Iba a abrir de golpe, pero su mano tembló sobre la manilla de la puerta y primero se aseguró de que fuera Walter el que le esperaba al otro lado de la puerta, aunque pudiera notarlo con cada poro de su cuerpo.
Echó un vistazo por la mirilla.

—¿Qué llevas en las manos? —se preguntó en susurros.

No podía ver bien que llevaba al brazo, pero estaba seguro de que era algo. ¿Un regalo? ¿Tan pronto? ¡Él no había preparado nada así!
El pánico se apoderó de Milo por un momento, pero se alisó la chaqueta y pensó que una cita con él ya era todo un regalo.

«Si te lo repites lo suficiente acabarás creyéndotelo.» se animó a sí mismo.

Por fin abrió la puerta y allí en toda su gloria le estaba esperando su alma gemela.
Milo se agarró con una mano al quicio de la puerta, aún agarrando la manilla con la otra, y dejó pasear su vista de forma evidente por todo Walter.

—Hola, ¿vienes mucho por aquí? —le preguntó, sin poder evitar la pequeña broma.

Walter se inclinó un poco hacia Milo mientras le hablaba, dándole un aire de secretismo a sus palabras.

—Pues es solo mi segunda vez por aquí, pero podría venir más por aquí si me lo pides.

La sonrisa de Milo se agrandó lo suficiente como para que sus labios partieran el uno del otro y se mordió el labio inferior al ver el guiño que Walter le estaba dedicando.
Y entonces le ofreció lo que llevaba en la mano. Una planta en maceta.

—¿Oh?

—Creo que sabes mejor que yo de qué tipo se trata.

«Ave del paraíso.» pensó Milo, agarrando la maceta e inspeccionando la planta.

—La vi bastante triste en aquella tienda, tal vez un poco de buena compañía le venga bien.

Milo sonrió otra vez y miró hacia el resto del salón. Desde luego iba a tener mucha compañía. Esperaba que se portase bien con las plantas más veteranas.

—¿Te parece si dejas que se instale por aquí y nos vamos?

Milo asintió y volvió a entrar en casa, dejando la puerta abierta mientras buscaba un rincón con luz natural que le pudiera gustar a su nueva adquisición.

—Creo que es un ave del paraíso. Hace unas flores que parecen cabezas de pájaro, super bonitas. No lo sabré hasta que no empiece a sacar flor, pero con los cuidados necesarios no debería tardar mucho en hacerlo. —explicó Milo, encontrando el rincón perfecto para asentar a su nueva compañera de piso.

—Creo que aquí estará bien.

Milo dió dos palmadas y se llevó las manos a la cadera mientras contemplaba la escena ante él, satisfecho. Asintió con la cabeza y fue a coger su mochila del sillón verde, donde la había dejado apoyada encima de la manta de colorines.

—Yo no he preparado nada… —le dijo un poco triste y luego se señaló entero con la mano—. A parte de a mí mismo. Espero parecer lo suficientemente principesco para tus gustos.

El comentario venía por la última respuesta que le había dado Walter en el chat que apenas habían empezado ayer. Donde se disculpaba por no haber tenido en cuenta que Milo siempre estaba guapo, como buen príncipe.

—¿Nos vamos? —le preguntó, saliendo por la puerta y dándole un codazo amistoso a Walter.

—Es una sorpresa. Solo te diré que vamos de picnic. Espero que tengas hambre.

Fue entonces cuando Milo se fijó en la cesta que llevaba Walter en el otro brazo y le respondió con cara de apreciación.
No sólo se iban de picnic, si no que hasta había metido la comida en una cesta. Si ahí dentro tenía una manta Milo estaría más que impresionado.

Milo no tuvo mucho más espacio para pensar porque de repente tenía la cabeza de Walter apoyada en su hombro y todo lo que procesaba era el olor de su champú y el calor de la mejilla contra su hombro. Podía notarlo incluso a través de la chaqueta.

El tiempo pasó rápido entre comentarios y silencios que, para sorpresa de Milo, habían sido cómodos. El paseo les llevó hasta la salida más cercana de la ciudad.

—Así que vamos fuera. —murmuró Milo mientras Walter soltaba su brazo para agarrarle la mano.

—No nos van a parar aquí. Tengo contactos —le susurró, añadiendo un guiño de ojo para más efecto—. ¿Vamos?

Milo apretó un poco la mano de Walter en la suya y asintió.


Airin

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #125: March 29, 2026, 09:12:36 AM »
Fin del preludio, soy libre \o/  Ahora ya podemos llorar

Quote from: Le yo, todos los meses
Iconos, no conozco esa palabra. Formato, aparentemente tampoco  :v




(Aquí van iconos en algún momento)




Luna estaba regando su geranio rosa y contándole la última anécdota de a bordo cuando oyó la voz de Hiro llamando a gritos a la comandante retumbar por los pasillos. Sabía que los estaban persiguiendo, o más bien a ella. Su padre adoptivo la había prevenido muchas veces, nunca debía dejar planos o cualquier tipo de anotaciones que pudieran ser usadas sin su permiso, toda la información que necesitaba debía estar siempre escondida. Y qué mejor escondite que su propia mente.

Pero lo que le sorprendió fue el tono esperanzado del ingeniero de comunicaciones.

—¡¡Comandante Mayer!! ¡Comandante! —lo oyó exclamar— ¡Más naves han entrado en nuestro campo de visión, pero no pertenecen a Galbadia!

Pasados apenas unos instantes vio a la dirigente de la nave correr hacia la sala y decidió ir detrás, su curiosidad como siempre mayor que su precaución.

—¿Pero …qué demonios? Esos colores… ¿¡Schezar!? ¿Qué hace una casa noble abriendo fuego pesado contra el Stahlteufel y los galbadienses?

Desde la radio les llegó la voz llena de estática de Genma, en el puente de mando.

—Nos han llegado como caídos del cielo —dijo burlón.— Una pareja inesperada para un baile imprevisto.

—Ah, esa es la Scherezade —dijo Luna apoyada en el marco de la puerta. Los ocupantes de la cabina se giraron a mirarla sorprendidos.— Yo la creé para mi hermano, y él ha venido a ayudarnos.

Tras unos intensos momentos de extraño silencio, la estática volvió a hacerse audible.

—Tenías razón Luna, nunca se sabe qué podemos encontrar más allá. —a través de la radio oyeron como la risa optimista de Genma invadía la sala de controles.

La sonrisa feliz y satisfecha de la jovencita no necesitaba de más acompañamientos. Salvo quizás un té con galletas y una novela romántica. Pero cada cosa a su debido tiempo, primero tenían algunas batallas que librar.



—Pero quién se lía la manta a la cabeza de esa forma. —murmuró Sinbad viendo el campo extenderse a su frente y una nave que no tenía derecho a maniobrar tan rápido como lo estaba haciendo, atacar, esquivar y defenderse igual que si fueran pasos de baile en un salón.— Maldita sea.

—Hay que reconocer que como piloto es bueno. —Spark se llevó el puño cerrado a la boca.

—¿Bueno? ¡Es un loco, eso es lo que es! —se quejó el marino ajustándose el fajín con el que mantenía su sable siempre presente sujeto a la cintura.

—¿Detecto en tu voz cierto tono de admiración? —el joven rubio observó de reojo a su jefe y su reflejo contra el mirador.— ¿O tal vez de celos? Porque a mí un poco de envidia sí que me da.

—Pfff, admiración dice. ¿Envidia de qué, de estar ahí fuera o de hacer lo que hace?

Spark se encogió de hombros con un aire de despreocupación al respecto.

—Eh, un poquito de columna A, un poquito de columna B.

Sinbad asintió solemne.

—Yo podría hacer lo mismo, pero no quiero entrometerme antes de tiempo, no lo conozco lo suficiente para saber al cien por cien cómo pilota.

—Y para él es más personal. —dijo Spark pensando en la hermana del hombre.

El moreno hizo un gesto con la mano como queriendo añadir ese detalle a la lista de motivos.

—Y yo tampoco quiero sacar más cartas de las necesarias en esta mesa. Si llega el momento... ya veremos si llega el momento. Por ahora la Kaiserin se mantiene.

—Mayer nos necesita ocultos.

—Y más ahora que todos saben que no puede contar con la red de Mao, mantener un tráfico de información fiable es vital si tenemos en cuenta lo que hay en juego. No podemos atacar a tontas y a locas y descubrirnos de forma gratuita.

Spark frunció el ceño, observando durante un rato las maniobras de la nave en el aire, que entraba y salía del rango de alcance de la pequeña flotilla que sitiaba a la Kaiserin en las alturas y se dedicaba a sembrar el caos con una agilidad que contradecía las leyes de la física y la mecánica para algo de su tamaño. Una máquina tan fantástica en semejantes condiciones debía de costar lo mismo que mantener un país.

—¿De verdad crees que podrías hacer todo eso por tí mismo?

Sinbad resopló con un murmullo cargado de desdén hacia la juventud y rodó los ojos en dirección a su asistente.

—Obvio que necesito un tirador a cargo del fuego, y para eso estás tú, pero ¿quién es aquí El Marino? ¿Crees que en toda mi vida no he hecho tonterías mayores sólo por el placer de saber que era capaz de realizarlas con éxito?

—Huh. —Spark ladeó la cabeza.— ¿Estás diciendo que ha sido imprudente y temerario?

—Con la experiencia aprendes que hay momentos y prioridades, y personas adecuadas para ellos.

—¿Lo echas de menos?

Sinbad rió entre dientes echándose las manos a la espalda.

—No te haces una idea.

.

~      H e g o a k    e b a k i    b a n i z k i o,    n e r i a    i z a n g o    z e n,    e z    z u e n    a l d e g i n g o.       ~
~      B a i n a n    h o n e l a,    e z    z e n    g e h i a g o    t x o r i a    i z a n g o,      ~
~      e t a    n i k    t x o r i a    n u e n    m a i t e.       ~


Kora

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #126: March 31, 2026, 04:40:05 PM »
Cada redirección obligaba a Cassian a ajustar su equilibrio, gastando más energía para corregir su avance. Ya estaba jadeando con fuerza para cuando casi dejó a Lievran acorralado contra la pared.

Sus ojos buscaban los del viera. ¿Ya? ¿Tan pronto? parecía preguntar su mirada. ¿Estaba demasiado cansado después de todo? ¿Había sido demasiado, pedirle esto después de un día de marcha y sus desventuras? ¿Le dolía algo?

Ah… no.

Por fin lo entendió. No era nada diferente de cualquiera de las conversaciones que habían tenido hasta ahora.

Sí, mi lord. No, mi lord. Gracias, mi lord.

Como mi lord desee
.

No se estaba defendiendo de verdad. Si los golpes de Cassian eran preguntas y exigencias, los bloqueos de Lievran eran sumisión deferente, cada esquive una respuestas corta, su postura siempre servil.

Una última oportunidad. Cassian recogió el brazo para el golpe decisivo, pero dejó que Lievran oyera su respiración entrecortada, exagerando la dificultad de traer la hoja contra él de manera convincente, fingiendo que la furia del ataque había agotado sus reservas y brindándole al viera la oportunidad de aprovechar la apertura que dejaba en su defensa.

Sus miradas se cruzaron, y Lievran desvió la suya, como si temiera que Cassian se diera cuenta de lo que intentaba solo con la expresión.

Un suspiro tenso escapó por su nariz cuando Lievran rehusó el contacto visual. Rara vez entendía tan bien a los demás como cuando se enfrentaba a ellos en combate, y si la expresión del viera era la única pista, no habría sido tan obvio ni tan decepcionante.

Al darse cuenta de que no podría provocarlo para que atacara, Cassian ejecutó un gesto más elegante, propio de un duelo de esgrima, pivotando su sable-pistola debajo del arma de su compañero y deslizándola por la parte superior de la hoja hasta que sus guardias chocaron.

Cassian terminó presionaba la mano de Lievran contra la pared para mantener su muñeca y su sable-pistola atrapados, mientras empujaba su torso con la palma para fijarlo contra la cueva. Fácilmente podría apartarlo, su control firme pero delicado.

—No estás defendiendo —lo acusó, recuperando el aliento con frustración en un ritmo de jadeos. Luchaba visiblemente para no mostrar su decepción, para luego cerrar los ojos e inclinar la cabeza—. Tú… Lievran —exhaló, todavía jadeante, y suspiró—. No querías hacer esto, ¿verdad?

Los ojos azules de Lievran estaban abiertos de para en par en sorpresa. Su cuerpo estaba rígido; no había necesidad de mantenerlo en su lugar: Lievran no intentaría resistirse, ni parecía capaz de hacerlo. Estaban tan cerca que la luz azul del calefactor delineaba cada rasgo de sus rostros, desde las largas pestañas de Lievran hasta las líneas finas de las cicatrices faciales de Cassian, el enfoque inquisitivo de la mirada del lord y la duda en la del viera.

Cassian trató de leer la expresión de Lievran, preparándose para cualquier posible reacción, pero encontró principalmente… deferencia. Tal como temía.

—Mi lord —suspiró Lievran, su voz áspera y dudosa—. Yo… yo sí… sólo que… —murmuró, desviando la mirada. Sus palabras fallaban; resistirse a su naturaleza entrenada resultaba casi imposible.

Aun después de todos estos años, Cassian no entendía que no podían luchar como iguales —o al menos él no podía. Lievran ahora podía portar la espada cerca de un lord, pero eso no significaba que pudiera usarla contra él.

Toda la anticipación que había sentido al comenzar seguía girando dentro de Cassian, sin ninguna salida posible. No podía decir con certeza por qué lo sujetaba con fuerza del brazo. No había razón para temer que Lievran lo atacara por sorpresa. Desarmar y neutralizar a los adversarios era instintivo, pero…

Cuando confirmó que no estaba en contra de su voluntad, Lievran levantó la mirada. La respuesta era clara en sus ojos.

El pecho de Cassian subía y bajaba con cadencia regular; el sudor se deslizaba bajo el pliegue del cuello.

—No puedes —terminó por Lievran, empezando a asumirlo—. No como yo quisiera.

La vergüenza quemó su rostro, teñido de un púrpura escarlata bajo la luz azul. Era inapropiado para su rango y para las circunstancias esperar que un esclavo dejara de lado su posición para complacer sus caprichos.

Soltó la muñeca de Lievran, liberando la presión de su palma. De pronto se sintió incómodo por cómo lo había inmovilizado contra la pared mientras se inclinaba sobre él. Aun así, permaneció cerca.

Podría argumentar que no había nadie para verlos ni delatarlos. Podría insistir en que cualquier corte o moretón sería resultado del curso natural de la misión. Pero, ¿qué razón tenía Lievran para confiar en su palabra?

Sabía que había más en la excursión de lo que Cassian contaba. ¿Cómo estar seguro de que Livius no había organizado toda la escena para poner a prueba su lealtad? ¿O que no era una farsa para ver si podía dañar a sus amos?

Suponiendo que Lievran no soñara con tal cosa, seguía la enseñanza de toda una vida de servidumbre que lo mantenía bajo control. Cassian tenía el privilegio de olvidar la enorme distancia entre ellos. Lievran no.

Retrocedió un paso, cruzó un brazo sobre el torso e inclinó la cabeza ante su compañero de entrenamiento. Cargarlo con protestas inmaduras y anhelos incumplidos sería simplemente cruel.

—Una gran muestra de habilidad por tu parte, Lievran. —dijo, suavizando la voz con sinceridad—. Ningún movimiento superfluo. Completamente centrado. Eres un oponente digno.