Author Topic: Pride&Prejudice / Chapter I: Welcome to Bloomington  (Read 2272 times)


Cho

El fic de baile, yay~ Menos mal lo pude terminar en un tiempo decente *dead*


La noche había comenzado, los invitados hicieron acto de presencia y el ostentoso Candace Hall relucía su elegancia y clase, con la cual dio la bienvenida a todos los asistentes. El señor Bennet fue atinado en saludar y dialogar con algunos de los recién llegados a Bloomington a manera de darles la bienvenida, mientras la señora Bennet inició la velada monitoreando a sus hijas y dándoles cortos e insistentes, aunque sutiles, consejos. Fuera de su incansable labor como madre, la señora resplandecía de alegría e ilusiones por el idóneo evento en el cual participaba. Era una reunión que tuvo gran anticipación, y los frutos empezaban a mostrarse.

Una vez el baile dio inicio, Cho no tuvo dificultades en pasar desapercibida en medio de la multitud. Observó orgullosa a Shura dar el primer baile y finalmente acaparar la libertad y atención que había estado anhelando. A su alrededor, vio a Emilia y Camille juntarse y caminar entre las personas mientras hablaban animadamente sobre sus expectativas. Sayaka se encontraba muy cautivada en lo que recibía las atenciones del señor Leroy. Mery y Kora lograron escaparse de llamar la atención para deambular por su cuenta. Como esperó, Cho sonrió con torpeza al ver a su madre dirigir su atención a Sheryl, su hija adorada, y la comprometió a dar un baile con Robb. Pese a la imposición, su hermana no se notó en desacuerdo, y se alegró de aquel pacífico desencadenante.

Y fue ese triunfo lo que le hizo notar a Cho que mejor se alejaba de su progenitora antes de que llegara su turno. La peliceleste se abrió camino en búsqueda de Ayesha, con quien esperaba pasar el resto del baile en paz y tranquilidad.

Caminó entre el mar de personas que observaban a las parejas bailar o apreciaban la música del recinto. Cho caminó con sigilo y en ocasiones bajando su mirada para no interrumpir el campo de visión de otros, pero entonces se detuvo al reconocer a Sayi a cierta distancia. La observó bailar con Terry Grandchester, aquel que había sido un amigo tan cercano para ella en la infancia, aquel que su hermana esperó terminara siendo alguien muy importante en su vida, y aquel que tan inconscientemente le había partido el corazón. Cho deseó acercarse a romper ese compromiso para no ver a su hermana desdichada por más tiempo, pero sabía que no podría solucionar nada de aquel modo. Quizás terminaría empeorando la situación

Resignada, Cho se apenó tremendamente y aceleró el paso para continuar caminando, pero su repentino andar le hizo chocarse ligeramente con una persona.

“Ehh… ¡l-lo lamento!” dijo apurada y tensa, mientras hacía una profunda venia. Cho ni llegó a observar a dicha persona, sólo le importaba arreglar el asunto cuanto antes. “S-siento mucho mi torpeza y precipitada acción, ehh, yo…”
“Mi estimada dama, ¿por qué se acongoja tanto?” preguntó una cálida y humilde voz. “Yo más bien me apeno que mi sola presencia le represente tanto estrés. ¿Le habré fallado tremendamente?”
“¿P-perdón?” Cho se confundió y finalmente alzó su mirada. Observó a un joven de impresionante altura, cabellos rubios y ojos celestes como el hielo, quien le sonreía con torpeza y atención. Esa persona cerró sus ojos y le correspondió con una venia impecable.
“Es criminal que una persona como yo le cause tanta inquietud, y le ruego que no se minimice así,” habiendo terminado con su venia, le observó atentamente y se presentó. “Mi nombre es Camus Clizzard. Soy un noble de ascendencia rusa que reside en Londres. Es un placer conocerle.”
“Sí…” se impresionó. Aquel aura sutil y etérea, pero fuerte, esa apariencia casi de otro mundo, sus moderadas palabras y porte gentil pero intimidante. No tenía por qué dudar de su presentación. “C-cierto, mi nombre es Cho Bennet, mucho gusto.”
“¿Cho, dices?” ello intrigó a Camus, quien sonrió entretenido y llevó una mano a su mentón. “Un nombre realmente inesperado.”
“S-supongo…”
“Pero se le atribuye bien. Un nombre único para una damisela única, si me permite decirlo.”
“M-muchas gracias, ehh…” Cho no sabía ni qué decirle, y desvió su mirada al sentirse saturada. Nunca en su vida había sido dirigida por un hombre y recibido esa mezcla de ocurrencias y cumplidos. Ojalá alguna de sus hermanas pudiera aparecerse en ese instante para decirle qué podía contestar.
“Sólo deseo comunicarle que no ha cometido ninguna falta hacia mi persona, más bien me sentiría defraudado si soy el causante de su incomodidad,” concluyó el rubio, llevando una mano a su pecho. “No le entretendré más, joven damisela. Continuemos con nuestros caminos. Espero tener la dicha de un próximo reencuentro.”
“Sí, con permiso, le agradezco por su gentileza,” Cho hizo una reverencia y siguió con su camino. Ella esperó un poco y se volteó, para observar a aquella persona todavía alejándose, apenas sobresaliendo de la multitud por su altura. Su corazón le latía a mil por la impresión de encontrarse tan inesperada y torpemente con esa persona, y por la inusual atención que le había dado, y realmente no podía creer su gran clase al momento de hablar. Le era extraño, pero también muy admirable.
“Oh, Cho, finalmente te encuentro,” Ayesha se detuvo frente a ella.
“Ayesha, te ves animada,” observó Cho. “¿A qué se debe?”
“No es nada, no te inquietes, más bien son buenas noticias,” ella miró hacia el baile y divisó a la pareja de sus sueños. “Estuve hablando con tu hermana Sayi, y Terry Grandchester se apareció para pedirle un baile. Me alegro infinitamente por este tan esperado momento.”
“Ayesha…” Cho se entristeció, lo cual no fue visible para su amiga por lo pendiente que se encontraba del baile. No podía explicárselo…
“Ah, pero vengo a buscarte por otro motivo,” regresó su atención a su amiga. “El señor Cranach se encuentra junto a su esposa al otro lado del Hall. Sígueme, debes conocerlo.”

De aquel modo, el par de jovencitas se abrieron paso con una modesta rapidez hasta que llegaron a un área más espaciosa y menos concurrida por encontrarse un poco más alejada de la pista de baile. Cho reconoció de inmediato a Astrid, quien estaba sentada sobre un cómodo sillón y con una copa de champagne en su mano. Entonces, vio a un señor de cabellos marrones oscuros y firmes ojos grises que observaba a sus alrededores con severidad. Él estaba de pie al costado de la señora, por lo cual asumió que era el señor del cual había escuchado tanto hablar.

“Señor Cranach, le presento a mi estimada amiga, Cho Bennet,” dijo Ayesha, haciendo una reverencia.
“…” él observó a Ayesha y le asintió, para dirigirse a la peliceleste.
“Ehm, e-es un gusto, señor Cranach, me han comentado muchas cosas sobre usted,” dijo Cho, apresuradamente y asintiendo.
“Igualmente…” él se mostró curiosamente cansado. “Llámame Sterk, señorita Bennet. No necesitas ser formal conmigo.”
“¿Sterk…?” Cho se confundió.
“El señor Cranach aquí odia su nombre completo, fin del cuento,” comentó Astrid, entretenida y con un tono irrelevante. Ella miró a su esposo de reojo y sonrió entretenida. “Es una buena estrategia. Su porte y semblante siempre ha intimidado a todos, así que al menos con este apodo pareces menos aterrador.”
“Deja de decir eso, Astrid,” le reclamó, frustrado.
“Ehh, el señor Cranach posee muchas tierras en Bloomington y los alrededores y tiene contactos con diversas personas, con quienes realiza negocios,” explicó Ayesha a Cho, sonriendo incómoda. “Es gracias a él que algunos contactos de otros países han llegado a Inglaterra y se han interesado en darnos una visita.”
“Es impresionante,” Cho se sorprendió.
“Por ello termino hablando con tanta gente que pasa por mi casa,” concluyó Astrid, encogiéndose de hombros. “Sterk es muy bueno con todo el mundo y leal a su palabra. Por algo tantos confían en él.”
“No necesitan alagarme, es importante llevarse bien con todos en la sociedad,” el mayor asintió. “Cuento con unos conocidos que nos están visitando y han decidido asistir a este baile. Asumo que ya habrán llegado.”
“Ahh, anhelo poder conocerles,” Ayesha juntó sus manos.

Entonces, una quinta persona llegó a un paso acelerado que podría ser reprendido por los presentes más correctos. Cho y Ayesha se sorprendieron al reconocerle.

“¡Sterk, Astrid, conque aquí estaban!” exclamó Namazuo, quien también mostró gran asombro por ver a las chicas. “¡Ohh, son Cho y Ayesha!” dicho esto, él dio una reverencia. “Es muy grato verlas aquí, jovencitas.”
“N-Namazuo…” Cho llegó a hacer memoria de su nombre a tiempo. “¿De casualidad es usted un invitado del señor… de Sterk?”
“No necesitas ser formal conmigo, y de paso no quisiera serlo con ustedes,” él asintió con energías y sin borrar su sonrisa. “Sí, Sterk y Astrid son amigos de hace unos años y se quedaron con nosotros en Rotterdam una temporada antes de emigrar a Inglaterra.”
“Ehh, ¿en serio?” Ayesha ladeó su cabeza.
“Buena respuesta, pero quizás te toque responder algunas preguntas por tu soltura, Namazuo,” dijo Astrid, entretenida. “Ustedes los Toushirou son una familia asentada en Holanda. Fue ahí que tu padre llegó desde el Japón.”
“Sí, debo agradecerte por resumir la historia,” el joven pelinegro sonrió con torpeza, y pasó a dirigirse a Sterk. “Pero antes que se me olvide, mi hermano mayor ha llegado y deseaba agradecerte por la invitación. Él ha sido entretenido por unas personas, así que vine a buscarte.”
“Debe encontrarse atareado, como es de esperarse,” Sterk asintió. “Dirígeme hacia él, por favor.”
“Sí, por aquí,” Namazuo se detuvo y miró a las demás. “¿No desean acompañarnos?”
“¿Podemos?” preguntó Ayesha, intrigada. “Quisiera conocer a un tan estimado amigo del señor Cranach, si es posible.”
“Me encantaría que vinieran con nosotros. ¿Qué dices, Cho?”
“E-está bien, si lo dices…”
“¿Y tú, Astrid?”
“Estoy bien, ya lo veré más tarde, no quiero que nadie me gane el asiento.”
“¿Qué tonterías dices, mujer?” se quejó Sterk, amargamente y con desaprobación. La otra sólo mostró más diversión en su rostro.
“Sin embargo, prométeme que regresaras a mí, amado Sterk, cuando dejes de ser un miembro funcional de la sociedad,” dijo con un tono dramático.
“Tsk, déjate de tonterías,” el señor Cranach se amargó y caminó rápido para marcharse.
“Ehh, es por aquí, Sterk,” Namazuo le dirigió en otra dirección.

Las amigas intercambiaron miradas y no se quedaron atrás para encontrarse con aquel visitante. Sterk las esperó y caminó a la par con ellas, para así darles una pequeña explicación.

“Como Astrid dijo, ellos son una familia allegada a nosotros y el primogénito es un buen amigo mío,” explicó Sterk, con la vista al frente. “Pese a sus nombres, llevan todas sus vidas en Holanda y cuentan con la fortuna que su padre llegó a amasar ni bien llegó a Rotterdam. Holanda tiene conexiones mercantiles con Japón, después de todo.”
“Lo comprendo. Aprecio mucho la explicación, señor Cranach,” agradeció Ayesha, sonriente.
“Es Sterk, aunque comprendo que no podré detener tu cortesía,” negó.
“Había leído en uno de los libros de mi padre que Rotterdam cuenta con un puerto de gran importancia internacional,” observó Cho, meditativa.
“Sí, es verdad,” Namazuo se giró y asintió, animado. “Es por ello que estamos ubicados en un sitio propicio para desenvolvernos en los negocios. Mi hermano mayor es una persona muy hábil y carismática, y ya se ha ganado una buena y merecida reputación por su profesionalismo,” sonrió incómodo. “Eh, claro, nuestra apariencia distinta de la usual ha contribuido, pero no se le puede quitar mérito. Tienen que conocerlo y verán a qué me refiero.”
“Ciertamente, tu hermano es una persona intachable,” Sterk sonrió un poco.
“Me alegra que lo pienses, Sterk.”
“Será un honor si es alguien que recibe tantos halagos de parte de ustedes,” comentó Ayesha, con mucho gusto.
“El placer es mío~” canturreó Namazuo, quien miró hacia Cho. “Ayer que nos vimos me recordaste un poco a él, siendo sinceros.”
“¿Cómo así?” preguntó la chica, confundida. No podía imaginar cómo una persona tan simple y diminuta como ella pudiera compararse con alguien como él.
“Tienen el mismo color de cabello,” dijo alegremente.
“Ehm, ¿perdón?” Cho se extrañó. Supuso esa trivial respuesta contestaba su interrogante.
“También porque me pareces una persona muy amable.”

Ni bien terminó, Namazuo les dirigió a un área donde había un peliceleste alto de ojos miel quien dialogaba con algunos miembros de la milicia. Cho me miró detenidamente y se impresionó por sus ademanes sencillos y amables y gentileza en el trato, como quien rendía atención y respeto a quienes se le dirigían. Su impecable apariencia le hizo recordar a Camus, pero a diferencia de él, había algo más asequible en el peliceleste.

“Hermano, aquí está Sterk,” dijo Namazuo, quien entonces reparó en que había cortado a uno de los militantes. “Ahh, mis disculpas, no era mi intención entrometerme en la conversación.”
“Buenas noches con todos, es un honor tenerles presentes en esta ocasión,” dijo Sterk, dando un paso hacia delante y manteniendo su firmeza e inmutabilidad. “Mi nombre es Sterkenburg Cranach, para servirles.”
“Le agradecemos la bienvenida, señor Cranach. Hemos escuchado sobre usted,” dijo un oficial. “Desearíamos conversar con usted, si se encuentra disponible.”
“Les concederé mi atención en un instante. Vengo a saludar a mi viejo amigo, el señor Toushirou, les pido paciencia.”
“Por supuesto, se lo agradecemos,” otro militar asintió, y dio un paso hacia atrás, a manera de  abrirle camino.
“Presumo que pudieron llegar al evento sin contratiempos, Ichigo,” observó Sterk, acercándose al peliceleste.
“Efectivamente…” este hizo una pronunciada reverencia y sonrió con humildad. “Siempre has sido una persona intachable y deslumbrante, estimado Sterk. No llego ni a tus talones. Me siento halagado de contar con tu atención.”
“No necesitas ser tan formal,” el pelimarrón negó frustrado, y sonrió un poco. “Aunque vuelvo a decirles que me alegro de verlos nuevamente. Tenemos aún muchas cosas de qué hablar, pero de momento sólo te pido que disfrutes de este baile. Conversaremos en mi hogar a partir de mañana.”
“Muchas gracias, aprecio tus palabras.”
“Con permiso,” Sterk asintió y dirigió su atención a los militares, con quienes comenzó a dialogar para darles la bienvenida en Bloomington.
“Heh, Sterk es tan profesional que supo cómo limpiarnos el camino,” comentó Namazuo, con leve entretenimiento.
“Querido hermano, me apena que tengas una actitud tan trivial ante nuestra situación,” observó Ichigo, con pesar.
“Ah, no era mi intención, perdón. Es sólo que no hubiera podido llamar tu atención por mi cuenta sin faltarle el respeto a nadie,” luego de explicarse, se dirigió a las chicas. “Ayesha, Cho, él es mi hermano mayor y el heredero de nuestra familia. Hermano, estas encantadoras damas son amigas de Sterk y Astrid. Las conocí ayer mientras paseaba por los alrededores.”
“Ah, les agradezco de todo corazón por ser tan atentas con Namazuo,” el peliceleste llevó su mano derecha al pecho y sonrió amablemente. “Mi nombre es Ichigo Hitofuri Toushirou. Me alegro de conocer a amigas de Sterk, es un honor.”
“El honor es nuestro, señor Toushirou,” Ayesha hizo una reverencia. “Yo soy Ayesha Altugle.”
“Mi nombre es Cho Bennet,” dijo la susodicha, haciendo una venia.
“Bennet…” Ichigo se puso a pensar. “Si mal no recuerdo, este evento ha sido organizado y financiado principalmente por su padre, y es la presentación de su hija menor. Debe ser un baile especial para usted.”
“Lo es, estoy muy feliz por mi querida Shura. Bailes nunca han sido una especialidad mía, lamentablemente, pero es el evento lo más importante, y deseo que mis hermanas se encuentren disfrutándolo a lo grande.”
“Preciso en su observación, señorita,” Ichigo asintió. “A pesar de la elección de un evento tan pomposo, no existe un mayor alivio y bienestar que aquel que uno comparte con su propia familia. Aplaudo sus palabras.”
“No es nada, sólo era honesta…” Cho desvió su mirada.
“Yo también…”
“Ah, hermano, una canción está pronto a comenzar,” dijo Namazuo, con unas grandes y repentinas energías. “¿Por qué no aprovechas para dar un baile? Todavía no te concedes un poco de diversión.”
“Me encuentro bien, Namazuo,” sonrió con torpeza. “Ya iba diciendo que los bailes no me sientan del todo. Sería más una imposición para mi compañera.”
“Cho acaba de decir que tampoco es afín a los bailes, ¿verdad? Así que pienso que les iría muy bien si se juntan.”
“¿Eh?” ella se inquietó.
“Ehh, u-un momento…” incluso Ayesha estaba un tanto sorprendida por la soltura del pelinegro.
“Namazuo, no deberías causar tales incomodidades,” observó Ichigo, alarmado.
“Sólo deseo que se diviertan un poco. Se ve que los dos son demasiado modestos para su bien, y significaría mucho para mí,” argumentó el chico. “Pero está bien. No quiero forzarles. Fue sólo una sugerencia.”
“…” el mayor se mostró levemente cansado, y se puso a pensar. “Sin embargo, es cierto que debería honorar el presente evento debidamente, pero no quisiera importunar a nadie.”
“Sería imposible que alguien como usted fuera a importunar a otras personas, señor Toushirou,” le aseguró Ayesha, sonriendo.
“Es cierto que no puedo evadir el baile del todo. Sí ha sido muy esperado en mi propio hogar,” admitió Cho, incómoda. No sabía lo que estaba diciendo, pero aquel señor frente a ella le inspiraba familiaridad y confianza.
“Señorita Cho, me avergüenza pedírselo luego de las incomodidades que le he podido causar, pero,” le extendió su mano. “¿sería tan amable de concederme esta pieza, por favor?”
“Sí, es usted quien es muy amable, señor Toushirou,” Cho sonrió y le correspondió. Acto seguido, los dos caminaron hacia la pista de baile.
“…” Ayesha se había quedado sorprendida al ver a su amiga animarse a bailar tan espontáneamente. Era predecible verle aceptar bajo presión o expectativa, pero no la vio cumpliendo un favor. Sí se notó cómoda al dar esa respuesta.
“Lo sabía, pude detectar un espíritu similar en ella cuando nos conocimos ayer. No sólo fue un parecido~” comentó Namazuo, alegremente.
“Namazuo, ¿a qué se refiere?”
“Mi hermano es muy formal y pasivo en ocasiones, por eso es tan difícil verle aprovechar reuniones como esta. De igual forma, tú también eres una joven muy amigable, Ayesha,” asintió. “Y gracias por ser tan amable con mi hermano.”
“No es nada,” ella se vio intrigada. “Ciertamente se cuidan entre ustedes.”
“Somos una familia muy unida. De por sí, no deberíamos quedarnos atrás. ¿Te gustaría bailar conmigo?” sonrió incómodo. “Aunque yo sí soy un poco atolondrado…”

Un vals tranquilo y marcado comenzó y las parejas se movieron al son de la melodía. Cho se sorprendió por la habilidad del señor Toushirou. En ningún momento creería que no le gustaba el baile, ya que le dirigía excelentemente.

“Señorita, si me permite preguntar, quisiera saber un poco sobre su familia,” observó Ichigo, en pleno baile.
“Sí, no es un inconveniente, aunque…” ella se confundió. “¿Sucede algo?”
“Lamento si mi pregunta le inquieta o está abierta a ser malinterpretada,” expresó con humildad, y le sonrió. “Por la forma por la cual habla de sus hermanas, y por lo que he podido observar, usted viene de una familia numerosa. Eso es algo que tenemos en común.”
“¿Usted cuenta con muchos hermanos?”
“Así es, y todos son tan preciados para mí,” dijo conmovido y con gran afecto. “No deseo precipitarme a comentar algo indebido, pero ello es lo que me impulsó a pedirle esta pieza, señorita Cho. Contemplé un espíritu simple y preocupado por sus parientes, y aquello es algo que significa mucho para mi persona.”
“M-muchas gracias…” sintió un leve rubor en sus mejillas y desvió su mirada de inmediato.
“…” Ichigo sonrió comprensivamente. “No tenemos que hablar ahora mismo. Seré un invitado de honor en la residencia de los Cranach en las próximas semanas. Quisiera que me conceda el agrado de su presencia, de ser posible.”
“Gracias… nuevamente…” no tenía palabras para responderle. Se encontraba bailando con una persona tan sencilla y admirable a la vez. Cho sentía que no estaba en su derecho, pero sí le gustaría conocerle un poco más. No solía conectar fácilmente con nosotros fuera de su familia, y eso era algo que le hacía sentirse sola en ocasiones. “Iré a visitarles, muchas gracias.”
“Me alegro…”



“Una lástima, ya se encuentra entreteniendo a alguien más, ¿quién lo diría?”
“…” Sterk, al costado de Camus, le observó de reojo. “No hubiera esperado que se animara a bailar tan rápido, conociéndole. Seguramente su hermano le empujó a hacerlo.”
“Como un modo de participar en la presente velada y rendirle homenaje a los organizadores, es de esperarse que reduzca su presencia así. Es digno de mérito,” el rubio sonrió, una sonrisa corta y perspicaz, y entonces pasó a tensar su rostro, para formar un frío y desaprobador semblante. Su tranquila y melodiosa voz se transformó a una profunda y casi hiriente. “Sin embargo, está bailando con una de los Bennet. Me dediqué a observarles, y sólo juzgaría que la joven de cabellos rubios es alguien digno de hombres de nuestra estatura. Aun así, ella misma parece encontrarse ya comprometida con alguien, por lo cual me traen sin cuidado.”
“Hmhm…” Astrid, todavía sentada en su sillón, sonrió con ironía. “Eres demasiado arrogante, Camus.”
“…” este le miró de reojo.
“Las más bonitas y agraciadas saben que lo son. Si realmente buscas a una de ellas, tendrás que rebajarte a cortejar eventualmente. De lo contrario, conténtate con una que te ofrezca mucho dinero o con alguna de menor rubro que esté desesperada en casarse con alguien como tú.”
“Me insultas, Astrid,” sentenció, mirándole desde arriba. “No me casaría por dinero. Mi estatus y riquezas evaden que cometa semejante atrocidad. Buscaré a alguien que esté a mi nivel, a quien apruebe indudablemente. Por más que aprecie tu intelecto y fortaleza, sigo pensando que fuiste afortunada de casarte con Sterk.”
“Ya somos dos,” ella rió para adentro y tomó un sorbo de su champagne.
“Vives en Londres, donde podrías encontrar muchas más mujeres del estatus que apruebas, Camus,” observó Sterk, un tanto agobiado. “¿Qué te trae de visita?”
“Reconoceré que tu manera de hacer negocios te ha traído muchas riquezas, viejo amigo,” se explicó, indiferente. “He aprovechado tu gentileza para estudiar tu forma de operar y aprender de la misma. La guerra con Napoleón está pronto a terminar, según los pareceres de todos en Londres, y es el momento para aprovechar la inercia de la recuperación para establecer lazos de negocios invaluables.”
“De no ser tu amigo, podrías verte en aprietos por admitir tus fines tan abiertamente.”
“Eres muy cómico, estimado Sterk,” Camus dejó su sequedad y frialdad y sonrió con aquella encantadora sonrisa, para hablar nuevamente con un tono gentil y suave con el cual conquistaría a cualquier dama. También cambió sus ademanes a la par. “Es verdad que cometo una imprudencia en ser tan abierto, pero conozco tu espíritu, y pese a las dificultades que presento al lidiar con otros, no me atrevería a traicionar a un amigo tan valioso como tú. Nunca en la vida podría vivir con una falla semejante.”
“…” Sterk alzó una ceja. Conocía a Camus de hace varios años, pero nunca se acostumbraría a sus cambios bifacéticos tan espontáneos. Al menos confiaba que Camus efectivamente viviría con la creencia de que era un ser perfecto, lo cual le salvaría de cometer ligerezas. “No tengo mucho que enseñarte. Sólo es cuestión de vivir en armonía con los demás. Por algo no somos los únicos que existimos en el planeta.”
“Compartimos este mundo con los inferiores, para más mal que bien,” recalcó Camus, regresando a su tono grueso y despectivo de voz. “Pero alguien habilidoso como tú es de los pocos quien le saca provecho, y pretendo convertirme en tu igual,” sonrió con ironía en lo que se daba media vuelta. “Sería de esperarse que un noble como yo pueda darle motivos y habilidades a los comunes, siempre y cuando ellos estén dispuestos a cooperar…”

Él se marchó y regresó a sumergirse en la celebración, donde adoptó nuevamente aquel perfecto y amable semblante con el cual todos le reconocerían de manera grata.

“Supongo no tengo que preguntarte si él es uno de tus amigos de la juventud con quienes fuiste de cacería,” comentó Astrid al aire, entretenida.
“No, él nunca aguantaría la intemperie,” Sterk negó.
“Haha, por algo no te lo pregunté.”
“Asumo que querrá hacer negocios con Ichigo también.”
“Pese a su habla de ser un espía de negocios, los dos tienen áreas y países de comercios distintos,” observó Astrid, indiferente. “No es que se vayan a pelear por eso.”
“Me trae sin cuidado, Astrid,” observó Sterk. “Sólo espero que Camus se despierte más temprano que tarde.”
“Sí, ¿verdad? Me pregunto si llegará a conocer a una mujer que le saque de su nube, asumiendo que él posee algo semejante a un corazón,” sonrió entretenida.

El baile continuó con su ritmo y sería recordado como una velada especial, de donde iniciarían muchos hilos y acontecimientos conforme pasara el tiempo.


Puri

Llego con el fic de fin del baile:



Si bien hubo momentos abruptos, el baile en Candace Hall había sido en verdad un éxito. Tanto el alcalde Trump como Lady Melania hicieron gala de sus dotes como anfitriones y lograron que las personas volvieran a concentrarse en el baile y no tanto en los cuchicheos, para la felicidad de todos los involucrados. Las jovencitas que se habían presentado ante la sociedad fueron invitadas nuevamente a bailar con las autoridades y luego con sus padres, para enfocar así la atención en ellas nuevamente.

Sin embargo, en un rincón del salón, oculta por la mayoría de sus hijas, la acongojada señora Bennet se limpiaba las lágrimas con un pañuelo mientras Cho le prestaba su mano para que pudiera descargar sus nervios en ella.

“¡Oh, mis niñas! ¡Mi pobre Shura!”, volvió a sonarse la nariz. “¡Tan bella y hermosa! ¡Y vuestras hermanas la han avergonzado de la peor manera posible en su noche tan especial! ¡Jamás se los podré perdonar!”
“No digas esas cosas, mamá—”, comenzó Sheryl, pero fue rápidamente interrumpida.
“¡No te atrevas, Sheryl! ¡Y tú que estabas rodeada de tan grata e importante compañía! ¡Todas han tenido que pagar por la malcriadez de otras! ¡Ay, mis niñas!”, se siguió lamentando y llorando a lágrima viva.

Sheryl se volteó a ver si alguna de sus hermanas la ayudaba en calmar a su madre, pero Kora simplemente se hundió de brazos y las gemelas esquivaban su mirada. La pobre Mery miraba con tristeza la pista de baile, notándose lo infeliz que era de estarse perdiendo la oportunidad de bailar una vez más.

Pero tenían que mantenerse juntas si deseaban evitar que los demás observaran el estado de su madre. De haber sido una ocasión normal ya se la habrían llevado a casa, sin embargo, no podrían perdonarse el acabar de manera tan intempestiva la noche de su querida hermana menor.

“Mamá”, volvió a intentar Sheryl, armándose de valor. “No te olvides que el regimiento recién ha llegado y las noticias sobre el frente serán mucho más importantes que lo que ha ocurrido aquí”.
“Es cierto”, asintió Emilia. “Con tanto movimiento y con tantas personas importantes, todo esto pasará a un segundo plano”.
“Y no te olvides que el regimiento se quedará aquí todo el verano. Habrán muchísimas oportunidades de relacionarnos con gente tan importante y demostrar nuestros modales”, añadió Camille con una sonrisa al ver que su madre parecía calmarse. Después de todo, el camino al corazón de la señora Bennet, era recordarle que aún había hombres ricos e importantes cerca y con los que podría intentar juntar a sus hijas.
“¡Mi querida Camille, qué inteligente que eres!”, se apresuró en decir su madre, limpiándose el rostro con su pañuelo. “Tienes muchísima razón, el buen clima definitivamente derretirá los corazones de todos estos buenos hombres ante sus encantos”. Kora rodó los ojos, pero se la notaba mucho más calmada a ver que su madre finalmente se calmaba y dejaba de llamar la atención de las demás personas que intentaban acercarse a escuchar lo que pasaba en su grupo. “¡Kora!”, le llamó la atención. “¡No hagas esos gestos, por favor! ¡Ten piedad de mi pobre corazón!”
“Disculpa, querida madre”, dijo con voz cantarina y Sheryl tuvo que fingir su risa con un ataque de tos.
“Mamá, ¿podría ir a bailar hasta que Shura termine?”, dijo Mery, aprovechando el cambio que se había dado.
“¡Por supuesto, mi tesoro! ¡Es más, todas ustedes deberían irse a bailar! ¡No dejaré que las insensatas de sus hermanas arruinen su noche también! ¡Hoy es una noche para celebrar!”

Todas asintieron algo incómodas, temerosas de dejar a su madre sola puesto que podría ser abordada en cualquier momento por alguien inoportuno, pero justo en ese momento llegaron tanto su padre como Shura.

“¡Por favor, vengan a bailar conmigo!”, les exigió la menor, más bella que nunca con la felicidad dibujada en su rostro. “¡Ya no aguanto que quienes me saquen a bailar me pregunten por lo que pasó con el señor Grandchester, necesito de ustedes!”
“Vayan, queridas”, comenzó su padre. “Vuestra madre y yo iremos despidiéndonos de nuestros conocidos. Bailen una última pieza con su hermana y luego reunámonos para partir a casa”.
“¡Señor Bennet, por favor! ¡Deje que las niñas puedan quedarse un poco más a bailar con tan importante gente!”
“Me temo que no, mi querida señora Bennet. ¿No cree que la mejor estrategia para cautivar a aquellos gentiles caballeros es dejarlos con la intriga sobre nuestras hijas? Ya ellas han demostrado sus encantos esta noche, es hora de que se hagan extrañar”, dijo, y sutilmente se volteó a ver a sus hijas para guiñarles un ojo. Todas sonrieron encantadas, su padre era un verdadero héroe.
“¡Qué buen plan, señor Bennet! ¡Entonces vayan, mis amadas!”, las corrió a todas con su abanico. “¡Vayan a darle el gusto a su hermana!”

Las hermanas se miraron entre todas y sonrieron, tomándose de la mano y yendo a la pista de baile. Al ver al grupo de jovencitas acercarse, los músicos se apresuraron en cambiar la tonada a una música más alegre y movida. Y si bien al comenzar el baile sentían todas cierta vergüenza al verse observadas más de lo usual por lo que había acontecido antes con sus hermanas ausentes, eventualmente se relajaron y disfrutaron del baile con su hermana menor, quien no cabía en sí de felicidad. Esta era la noche de Shura y todas querían que tuviera el recuerdo más precioso posible.

De una u otra manera, todas las hermanas Bennet habían dejado su huella. Y el verano recién comenzaba.



Ahora nos encontramos en verano. Feliz fickeo♥

Forget all the shooting stars and all the silver moons
We've been making shades of purple out of red and blue


Puri

yo: llego con el fic de fin del baile
also yo: jeje esto va antes del fin del baile jeje


Nunca se había sentido tan mortificada en su vida que al darse cuenta de lo que había hecho en frente de todos al tirarle una cachetada al señor Terry. Y no porque se arrepintiera de haber hecho eso, ya que este se lo merecía, pero no podía perdonarse a sí misma el haber avergonzado a todas sus hermanas con sus acciones. No quería imaginarse siquiera cómo se sentiría la pobre Shura al verse eclipsada frente a su malcriadez, o sus demás hermanas, quienes habían estado tan entusiasmadas bailando toda la noche.

Apenas recordó esto, se echó a llorar nuevamente, tapándose el rostro.

Había salido corriendo del baile a pesar de las voces que le gritaban que volviera, y tanto había sido el afán de escapar que no le importó adentrarse en el camino hacia su casa, a pesar de la oscuridad y el dolor de tobillo que aún tenía tras caerse cuando Jean le pidió empezar a visitarla a su casa.

De tan solo pensar en eso, las lágrimas volvieron a agolparse a su rostro.

Lo único positivo de su infame actuar sería que Jean no quisiera cortejarla más. Y no podía negar de que parte de su corazón se sentía triste por ello por más que fuera lo mejor que podría pasar, ya que casi nunca nadie en su vida se había sentido interesado por ella. Pero el llevar a sus pensamientos por ese rumbo solo reavivaron sus sollozos, ya que estaba siendo demasiado egoísta con todos. No era más que una niña caprichosa que quería llamar la atención y por eso ahora estaba perdida en medio de la oscuridad y se arriesgaba a arruinar aún más la noche cuando su familia se diera cuenta de que no estaba en casa; además, se exponía a que alguien la encontrara así llegada la mañana y que empezaran a correr los rumores de que no había pasado la noche con su familia, lo cual terminaría de arruinar la reputación de todas sus hermanas y sumirla en la desgracia infinita. Es decir, si tan solo fuera ella la que se arruinaba se sentiría menos culpable, pero jamás podría perdonarse el hacer lo mismo a sus hermanas.

Era una horrible persona. Y lo peor de todo es que recién se daba cuenta de que, dejando de lado a sus hermanas, su actuar manchaba el nombre de otras personas. Su actuar manchaba su futuro, manchaba lo que buscaba construir para ella, manchaba sus sueños, manchaba a quienes estaban a su alrededor. Era irónico que tan solo unos cuantos meses atrás se hubiera sentido toda una mujer tomando decisiones importantes sobre su vida y haciendo planes sobre cosas que ninguna de sus hermanas siquiera había empezado a soñar… Pero bastaban un par de minutos para arruinarlos por completo. Porque ¿qué ganaba Sayi con su pelea con el señor Terry? Absolutamente nada, solo más habladurías que terminarían deprimiéndola de nuevo. Ni siquiera sabía si lo había afrentado por el honor de la misma Sayi o por lo enojada que estaba de que le hubiesen quitado a su hermana querida. Mientras más lo pensaba, más se daba cuenta de lo equivocada que había estado y de lo mucho que se odiaba a sí misma.

Se levantó e intentó dar unos cuantos pasos más guiándose con la tenue luz de la luna, pero tras andar unos cuantos metros se dio por vencida por el dolor y encontró otro árbol bajo el cual recostarse y buscar cobijo del viento. Lo mejor sería dar una pequeña cabeceada para que su tobillo descansara y así de paso esperaba a que clareara un poco para llegar a casa. Tan solo rezaba que nadie la viera hasta entonces…

Escuchó a lo lejos los cascos de un caballo y no pudo evitar encogerse del miedo. Si alguien la veía así…

En eso escuchó que quien lo montaba gritaba su nombre, buscándola. Y era la voz de la única persona a la que quería escuchar en ese momento.

“¡Beka!”

Gritó, saltando hacia el camino sin importarle el dolor para que el hombre pudiera verla mejor. Este se acercó con su caballo lo que faltaba del tramo que los separaba y apenas se detuvo, Sayaka tomó la linterna que llevaba en su mano para que pudiera bajar y así sostenerla fuertemente apenas se aventó a sus brazos. Finalmente aliviada, la joven hundió el rostro en su cuello y se echó a llorar otra vez. El mayor la sostuvo en silencio, limitándose a acariciar su espalda para que se calmara.

Pasados unos cuantos minutos así, Sayaka se deshizo del abrazo rápidamente, mirando al otro con una gran pena y escándalo.

“¡Qué haces aquí! ¡Los Altugle aún estaban en el baile cuando…!”
“No te preocupes. No vine inmediatamente porque esperé a que mi señor me pidiera que los llevara antes. Después de dejarlos paré primero por tu casa y el señor Jacob me indicó que solo la señorita Sayi había retornado, así que imaginé que aún estabas por el sendero”. Sayaka suspiró aliviada y se llevó las manos al rostro para secarse las lágrimas.
“Gracias, muchísimas gracias…”. Otabek simplemente sonrió de lado y la tomó del brazo para acercarla al caballo y ayudarla a subirse en él. Al hacerlo, notó cómo Sayaka cojeaba de un pie y alzó a una ceja, a lo que la otra sintió cómo el calor se subía a su rostro. “Me lo doblé bailando”, ofreció escuetamente, pensando si sería lo correcto contarle sobre Jean. Otabek no dijo nada y le dio la lámpara para subirse tras de ella al caballo y luego tomó las riendas, comenzando un trote tranquilo y ligero. Sayaka lo conocía muy bien para saber que esto significaba que esperaba hablar con ella antes de llevarla de vuelta a su casa.
“Leo me trajo la carta que le enviaste. Lo lamento muchísimo por tu hermana”. Sayaka suspiró y no pudo evitar recostarse sobre su pecho, a lo que Otabek apretó con una de sus manos su cadera, en señal de aceptación.
“No creo poder haber podido captar en la carta lo realmente miserable que fue toda la situación”.
“¿Es por eso por lo que retornó tempranamente del baile?”. Sayaka asintió levemente y así se quedaron en silencio por un tiempo, hasta que reunió coraje para seguir hablando.
“El señor Grandchester la encaró en el baile. Yo… A mí me sacaron a bailar, así que no pude ver nada de lo que pasó… Pero luego, cuando fui a sentarme por haberme doblado el tobillo, lo escuché hablar. La llamó mezquina”, en este punto, se le quebró la voz nuevamente. “Nunca había escuchado mayor mentira que esa sobre mi hermana. Sayi nunca ha sido una mezquina, es una persona muy amorosa y amable, ella jamás…”, se ahogó en un sollozo.
“¿Y por eso abandonaste el baile?”.
“Sí…”, y tras unos cuantos segundos, lo admitió: “Y porque le tiré una cachetada al señor Grandchester tras encararlo por sus calumnias”. Otabek suspiró con exasperación, pero en ningún momento se alejó de ella. Sayaka sentía que no lo merecía para nada. “Perdón”.
“No tienes por qué pedirme perdón a mí, Sayaka”.
“Claro que sí… Tú… Tú sabes que… Tú sabes por qué”. Ambos se quedaron en silencio. Si bien entre ellos no existían los silencios incómodos, este era un tipo de silencio especial. Aquel que se daba cuando no deseaban hablar de lo que más deseaban hablar. La incomodidad surgía, en realidad, de su desesperación por querer ser honestos.

Finalmente, el perfil de la casa de Sayaka se erigió entre la oscuridad, con diminutas luces a lo lejos de las velas que Jacob aún mantenía prendidas a la espera de la familia.

“Fue el señor Leroy quien me sacó a bailar cuando me doblé el tobillo”, comenzó a contarle, envalentonada al darse cuenta del poco tiempo juntos que les quedaba. Era muy probable que su madre la encerrara en su casa por un buen tiempo como castigo. “Me lo doblé porque me preguntó si podía venir a visitarme a casa y me tomó por sorpresa”.

Tal como esperaba, Otabek se quedó un buen rato en silencio y solo volvió a hablar cuando llegaron a la puerta de la casa y se bajó del caballo. Sería cuestión de segundos para que Jacob apareciera tras escuchar el ruido del animal al llegar, pero el mayor la miró fijamente mientras la tomaba de la cintura para ayudarla a descender.

“¿Tengo algo por lo cuál preocuparme?”, preguntó de manera directa mientras la depositaba en el suelo.
“No”, respondió con un tono de voz que no daba lugar a duda y sin romper la mirada. La puerta de la casa se abrió y se separaron rápidamente.
“¡Señorita Sayaka!”, le saludó Jacob. “¡Joven Otabek!” Saludó con cierto reproche.
“¡Oh, Jacob! Otabek me hizo el gran favor de traerme. Mi tobillo está completamente hinchado y ya no aguanto el dolor… Sé bueno y ayúdame a subir a mi habitación”, Jacob se olvidó por completo de Otabek apenas Sayaka dijo esto y se acercó a ayudarla.
“¿Desea que le ayude?”, preguntó Otabek.
“No, por favor, no se preocupe, joven Otabek. No sería propio que entrara a la casa, pero le agradezco de todo corazón el haber cuidado de mi señorita. Si no es mucha molestia, espéreme por favor en la cocina para invitarle un poco de té”.
“No se preocupe por mí, señor Jacob. Lo mejor será que regrese cuanto antes donde mi señor”.
“Si eso es lo que usted desea…”.
“Muchísimas gracias por todo, Otabek”, le dijo Sayaka. Este le devolvió una pequeña sonrisa.
“No es nada, señorita Sayaka. Buenas noches”.
“Buenas noches”, dijeron los otros dos y vieron cómo el otro tomaba su linterna y se montaba rápidamente en su caballo, para desaparecer en dirección hacia la finca de los Altugle.

Finalmente solos, Jacob cerró la puerta de la casa y ayudó a Sayaka a subir los escalones lentamente, mientras que esta le contaba en susurros los pormenores del baile para evitar que este le hiciera algún tipo de preguntas sobre por qué Sayi había regresado antes o sobre ella en general. Puso un montón de detalle en describir la presentación de Shura, el decorado del salón que ordenó Lady Melania, la milicia, los caballeros que sacaron a bailar a Camille y a Emilia…

Llegaron a la habitación y entraron con cuidado, ya que Sayi ya estaba dormida. Jacob la dejó un momento sentada en la cama para traer una vela prendida y otras cosas, tiempo que Sayaka aprovechó para la dolorosa tarea de quitarse sus zapatos y medias, observando de paso la hinchazón. No quería ni imaginarse cómo mañana su madre aprovecharía que no podía moverse para decirle absolutamente de todo. El mayordomo volvió tras un par de minutos y en silencio le ayudó a vendarse el tobillo con paños calientes y hojas de llantén, lo cual la relajó inmediatamente. Luego, dejó unas cuantas toallas calientes a su costado y le deseó las buenas noches, antes de salir prontamente de la habitación.

Sayaka se acercó cojeando a la cómoda y sacó su bata para dormir. Una vez sentada en su cama, lentamente se deshizo de todas sus ropas, el intrincado peinado y se cambió. Luego, tomó una de las toallas húmedas que Jacob le había traído y se limpió el rostro del carmín y el rubor. Acabado todo esto, se quedó observando a Sayi quien dormía dándole la espalda a su cama. Su cuerpo estaba iluminado por la luz de la vela, y entre las sombras, se veía mucho más pequeña que de costumbre. Se preguntó entonces en qué momento había dejado de alzar la vista para hablar con su hermana…

Se acercó lentamente y con sumo cuidado, depositó un beso en sus cabellos, pidiéndole perdón entre susurros. Se irguió, sopló la vela y se metió bajo las sábanas, escondiéndose por completo de todo el mundo.

Forget all the shooting stars and all the silver moons
We've been making shades of purple out of red and blue


Sayi

5

La boda del señor y la señora Grandchester fue un evento sumamente memorable… o al menos eso fue lo que sobre escuchó hablar al jardinero con Jacob unos días después del compromiso. En solidaridad con su decepción y humillación, todas sus hermanas habían optado por desistir del evento aún si ello conllevaba no ser parte de las conversaciones del pueblo. Ni siquiera la señora Bennet se dignó en aparecer… obligando al pobre señor Bennet, el más ajeno a toda actividad social, a hacer acto de presencia con el solo propósito de salvaguardar lo que quedara de la relación de los Bennet con los Grandchester.

Después de todo lo sucedido en el baile, Terry había desistido de toda comunicación con ella, y una vez pasada la vergüenza, Sayi se percató de lo triste que era aquello. Era agridulce dejar de lado una amistad tan duradera, aún si tenía paz consigo misma al estar libre de aquel secreto. La distancia le ayudaría a sobrellevar sus sentimientos por el, así que solo le quedaba ser paciente y distraer la mente lo más posible.

Habían transcurrido un par de semanas desde la boda cuando la señora Bennet la llamó desde del pórtico. Sayi acababa de ponerse su delantal con la intención de ayudar a Cho a limpiar sus hierbas, pero al parecer su madre tenía otros planes para ella.

“¡Sayi! ¡Los rumores de la señora Eames han sido verdad!” le contó mientras se colocaba los guantes de seda. A través de la puerta, Sayi se percató que el carruaje estaba afuera, listo para salir “¡Hay una familia mudándose a Pembroke Cottage! ¡Una madre y sus dos hijas! ¡Acompáñame a saludarlas!”
“Mamá, me temo que estaríamos importunándolas de aparecer en plena mudanza…” respondió la muchacha, pero la señora Bennet no escuchaba razón. Ya le había dado media vuelta para desatarle el delantal de trabajo.
“¡Ve por tu sombrero y te espero en la carroza! ¡No acepto un no como respuesta!”

Su madre había intentado despegarla de Longbourn, con tal que retomara su vida social tras la decepción del señor Grandchester. No había día en que no hubiera una invitación, ya sea de ella o de sus hermanas, para visitar Bloomington o Keyfield, a entretenerse con la conversación del tío Robert. Pero Sayi había desistido de invitación tras invitación, y su madre había entendido su deseo de reserva… hasta ese día.

El cielo estaba más azul que nunca, y el clima pintaba excelente como para no disfrutar el sol tan siquiera unos minutos.

Y no quería aceptarlo, pero a ella también le picaba la curiosidad de conocer a los nuevos residentes de Pembroke Cottage, una residencia que jamás había sido habitada de manera permanente. Al menos, no desde que tenía memoria.

“Esta bien” asintió, y la señora Bennet sacudió los brazos de alegría “Pero por favor, no vayamos con las manos vacías. A cambio de conocerles, me parecería propio invitarlas a cenar en la próxima semana”
“¡Pero por supuesto!” exclamó su madre “¡Tratándose de tres damas viviendo solas una invitación a cenar les caerá de maravilla!”
“Mamá…”

Su madre podía ser bastante desatinada sin percatarse de ello, y Sayi se preocupó de la impresión que podría causarles. Quizás lo más sensato sería hacerle desistir de la visita hasta que su padre pudiese acompañarlas… pero en ese preciso momento su ángel de la guarda hizo aparición, y con ella abordo sabía que no tendría que preocuparse ella sola. 

“¿¡Han escuchado!?” exclamó Sayaka, quien apenas regresaba del pueblo con Sir Puma Tiger Scorpion en brazos “¡Hay una familia mudándose a Pembroke Cottage!”



Pembroke Cottage era una cómoda casa de campo a solo cinco millas de Longbourn. Se trataba de la residencia secundaria de Pembroke Abbey, una casona cercana a Bloomington. Las hermanas Bennett no habían sido introducidas a los dueños— al parecer, se trataba una familia que se habían mudado a Londres hace mucho tiempo, y pasado la residencia de herencia en herencia sin intención de volver a visitar la campiña.

Los rumores que Sayaka había escuchado le agregaron sazón a lo dicho por la señora Bennet. Si, había una familia mudándose a Pembroke Cottage –una viuda de apellido Hann, junto a sus dos hijas. Pero aquello no era todo. Al parecer los empleados de Pembroke Abbey se encontraban ocupados arreglando la residencia… un claro indicio que esta sería habitada dentro de poco.

“El carnicero me contó que la señora Beatty le pidió tres cerdos enteros a recoger este fin de semana”
“¡Todo un banquete!” exclamó la señora Bennet
“Pero eso no es todo” continuó Sayaka “Resulta que la señora Beatty ha estado comprando carne regularmente… y al carnicero ni se le ocurrió preguntar aunque le pareciese extraño. Según sospecha, al parecer Pembroke Abbey lleva siendo habitada hace semanas
“¡¿Semanas?!” no había moviento en Bloomington que se le escapara a la señora Bennet, y el que alguien se hubiera instalado y pasado desapercibido era todo un escándalo “¿¡Pero quién!? ¡Tenemos que avisarle al Señor Bennet de inmediato!”
“Mamá…” le suplicó Sayi “Por favor, abstente de hacerle preguntas a la señora Hann. Si bien ella puede saber quienes son los dueños, este no sería el momento oportuno para indagar”
“Sayi tiene razón” agregó Sayaka. Llevaban un buen rato en la carroza, y ya no debían estar lejos de Pembroke “Debe ser una situación complicada el instalarse en una nueva residencia”
“¡Pero que dicen ustedes! ¡Yo vengo con las intenciones mas humildes, y honestas!” anunció la señora Bennet, abanicándose con fuerza “Entiendo perfectamente el momento por el que están pasando”
“Bien” dijeron las dos
“¡Si se trata de mi peor pesadilla!” continuó, su voz alzándose en preocupación “Si algo le pasa al señor Bennet terminaré igual a la señora Hann”
“…Solo que con nueve hijas en lugar de dos” dijo Sayaka, y Sayi le hincó con el brazo, mientras la menor alzaba las cejas, entretenida ante las exageraciones de su madre.



Pembroke Cottage era una residencia pequeña, pero Sayi la encontró encantadora. Si bien se notaba un poco desgastada por el desuso, la vista desde el pórtico era preciosa, y los árboles que la rodeaban eran sumamente frondosos y vivos con el trinar de los jilgueros. Desde la sala de estar se podía ver un enorme lago, y al otro extremo de este, Pembroke Abbey se veía minúsculo a la distancia.

Era evidente que la mudanza no había terminado, pero la señora Hann pareció feliz de recibir la inesperada visita de la señora Bennet y sus hijas. Apenas intercambiadas las pleitesías, la conversación fluyó alegremente entre las Bennet y la dueña de casa, a tal punto que Sayi no se sintió tan incómoda cuando fueron invitadas a tomar un té.

La señora Hann era una mujer esbelta, inteligente, y muy abierta a sonreír. Era un carácter muy distinto al de su madre, pero parecían llevarse bien. Apenas tomaron asiento en el sofá, la señora Hann se apresuró a llamar a sus dos hijas a hacerles compañía mientras ella preparaba el té.

Las señoritas Hann eran mucho más tímidas que su madre, pero tanto Sayaka como Sayi concordaron en que era sumamente agradables y dulces, por lo que disfrutaron la conversación con las dos. La menor de las dos apenas y tenía ocho años, mientras que la mayor, con veinte años, era una potencial adición a su circulo de amistades.

“Señora Hann, para nosotros sería un honor invitarlas a almorzar este sábado. Sería un placer para mi el presentarles al resto de mi familia y pasar una tarde agradable”

La señora Hann sonrió ante la invitación, y sus dos hijas hicieron una pequeña reverencia.

“Es un honor para nosotras aceptar su invitación” respondió, mirando a sus hijas “Desde ya, jamás podríamos agradecerles lo suficiente por ser tan prontas en darnos la bienvenida a Bloomington”
“¡Es todo un placer!” exclamó la señora Bennet, dejando su taza de té en la mesa.

Con la invitación hecha, Sayi se alegró de haberse hecho conocida de personas tan agradables como ellas.

Sayi se percató que la mayor de las Hann, Hagumi, la mirada atentamente. Sayi le sonrió y, en respuesta, ella esbozó una tímida sonrisa.

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Oh, dream maker, you heart breaker
Wherever you're goin', I'm goin' your way


Kana

FlashBack. Posterior a la ceremonia de presentación.

Los últimos días, en casa, Emilia se esforzaba por lucir linda.
Aunque durante toda su vida intentó verse bonita, logrando verse en la mayoría de las veces como una elegante e interesante señorita, ella siempre terminaba luciendo como un ciervo destartalado.
Emilia no podía calmar las ganas de salpicarse de agua del río cuando salía con su familia a un picnic al fiordo, o las ganas de correr entre la hierba sosteniendo su sombrero y riendo a la vida mientras disfrutaba de un día de campo junto a su amigo Eren. O salir de casa corriendo para caminar bajo la lluvia cuando habían precipitaciones. Por eso, tanto sus cintas para el cabello, sus vestidos, su peinado y sus accesorios terminaban siendo un alboroto.

Pero ahora era distinto. Emilia ya no era una chiquilla. Ella ya era toda una señorita educada y decía representarse como tal.
Por eso, cuando sabía que a cierta hermana suya le podía tocar la visita de cierto señor, la muchacha se esmeraba en presentarse tan regia como una de las mismísimas princesas del reino. Se preocupaba de cada detalle de su apariencia, como también de perfumarse e incluso esperar que su propia casa estuviese presentable.
Ese día Emilia llevaba un vestido blanco, con unas cincas de color azules entrelazada en su plateado cabello el cual estaba perfectamente peinado con una corona de trenza que su hermana Sheryl le había hecho. Se roció el perfume más caro que tenía en su poder, aquella fina botellita que su tía Miranda le regaló y por la cual Emilia regañó sutilmente a Kora cuando se la tomó sin su permiso. Sólo quedaba preocuparse de los últimos detalles de la decoración de la sala. Por tanto, la muchacha que vivía aún de sus sueños de chiquilla pese a que por fuera diera una imagen de señorita, se encontraba en esos momentos introduciendo un poco más de ramilletes de anemonas en el florero.

Si sus cálculos estaban bien. Ese día a Sayaka le podría tocar la visita del doctor Smith. Por ese motivo Emilia estaba más que preparada para recibirlo en casa.

Emilia le había reclamado a Sayaka “¡Tienes toda la atención del señor Smith para ti!” entre broma y entre misma preocupación.
Bromeaba con su hermana porque la menor tenía mucha más atención de parte del rubio hombre en los últimos días en comparación de la atención que le pudiese dedicar a Emilia en todos esos años. “Tal vez te hizo falta enfermarte o accidentarte más, Emilia” le respondió Sayaka siguiéndole la broma.
Siendo el único doctor de los alrededores y habiendo sido el médico de la familia Bennet desde hace años, Smith iba a visitar la casa de los Bennet cada vez que sucedía algo con algún miembro de esa familia. Siendo Sayaka la última persona que necesitaba cuidados médicos, Smith visitó la casa de los Bennet últimamente para ver como progresaba el afectado tobillo de Sayaka, quien se había accidentado en la ceremonia de presentación de Shura.
Pero también le preocupaba. Sabía que sólo era un tobillo lastimado y que se iba a recuperar con normalidad. Así lo había dicho Erwin Smith y ella creía en su palabra. Pero ver a Sayaka en menos movimientos le hacía ser un poco fatal de mente y no podía evitar pensar “¿Y si hubiera pasado algo más grave?” Era cierto, Sayaka quizá estuvo menos activa por su tobillo, y Emilia exageraba en preocuparse de verla en cama y pensar que sería si una enfermedad grave afectara a Sayaka o cualquiera de sus hermanas.
¿Y si Sayaka se enfermaba de algún virus y caía postrada? ¿O si a Sayi le afectaba la melancolía y fallecía en cama debido a su dolor de alma?

“Simplemente yo no podría sobrellevar ver a una de mis hermanas en desahucio o muy afectada”

Fue lo primero que pensó. Pero inmediatamente se regañó a si misma de tener pensamientos tan dramáticos. “Emilia, ¡No será que te estás contagiando de las exageraciones de tu fatigosa madre!” pensó.

Pero toda la angustia se disipó ese día porque sabía que Smith podría llegar a la casa en cualquier momento y eso la mantenía emocionada.

“Señorita Emilia, le buscan en la entrada”
“Debe ser el señor Smith…”
“Señorita…” Jacob intentó seguirle el ritmo, pero la señorita caminaba demasiado aprisa. En vano pudo prevenirla porque ella ya había abierto la puerta para recibir a esa ansiada persona por ella, pero Emilia abrió los ojos enormemente y balbuceó torpemente, volteó a mirar a Jacob buscando una explicación sobre esta persona inesperada en la entrada de su casa.
“Señorita, intenté informarle de que se trataba del señor Lancaster…” El mismo Jacob parecía complicado por el desatino de Emilia, puesto que habían ignorado todo protocolo de recibir en la sala de estar a una persona como el señor Lancaster y en vez de eso lo recibían en la puerta como un simple cartero.
“Señor Lancaster.” Emilia volteó a mirar al visitante, hizo una reverencia de cabeza para rendirle respeto. Jacob le había imitado.
“Señorita Bennet, lamento si la inoportuno.”
“N-No, no lo hace. Por favor, sea bienvenido a entrar”
“Gracias.” El rubio embozó una sonrisa. “Pero ciertamente me atreví a llegar hasta aquí para preguntarle, respetuosamente, si gusta dar un paseo conmigo por los alrededores.”
“…” Emilia parpadeó, confundida. No esperaba una invitación para pasear, pese a estar vestida para una ocasión como tal. Tampoco esperaba encontrar a Henry Lancaster en la entrada de su casa con la extraña proposición de que lo acompañase a dar un paseo por los alrededores. Emilia sólo esperaba que llegase Erwin Smith. Acompañarlo en la habitación de Sayaka mientras se entretenían las hermanas con comentarios entre ellas a la vez que distraían la visión mirando al atractivo doctor y después de eso seguir con sus propias obligaciones.

No tenía pensado en su vida que uno de los hijos del duque le solicitara que lo acompañara en una tarde soleada.
Jacob la miró de reojo, comprendiendo la inseguridad e incomodidad de la joven, tampoco esperaba la llegada a la casa de los Bennet de alguien tan importante como el señor Lancaster, y en ese momento ni el señor ni la señora Bennet estaban en casa para ser de chaperones de Emilia. Entendía que la señora Bennet estaría más que contenta de saber que su hija acompañó al joven Henry en su paseo, pero el señor Bennet era otro pensar.
Tampoco había una hermana cerca. Sayaka podría recibir la visita del doctor y estaba en el cuarto con Sayi. Camille y Cho estaban en el invernadero y tardarían en alistarse… De las otras hermanas, no tenía registro.
Un par de voces desagradables se escucharon retumbar desde dentro de la casa. Era la señorita Eliza junto a su hermano Neil quienes se mofaban de la decoración del hogar. Emilia sabía que si veían a Henry, no se le despegarían y hablarían estupideces sobre su familia.
Quizá era mejor abandonar la ilusión de esperar al doctor Smith y llevarse al señor Lancaster de las cercanías de sus primos.

“Jacob, mi sombrero por favor…”
“Sí, señorita.” El mayordomo le alcanzó el sombrero blanco y se lo entregó. Un tanto contrariado por dejarla ir a solas con el joven Lancaster.
“…” Emilia se acomodó el sombrero y salió de la casa. “Estoy lista.”
“Gracias por aceptar”

Emilia asintió, suavemente. Se veía a si mismo de pronto un tanto tímida y cohibida de cómo actuar con Henry. Si bien no era la primera vez que se encontraba con él, no dejaba de jerarquizar extremamente su interacción. Cualquier gesto mal educado de su parte en presencia de un noble podía significar una mala fama para su familia.
Caminó en silencio al lado del joven rubio. Llegaron hasta el corcel pura sangre de Henry, quien esperaba a su amo con la gracia de un corcel distinguido. No había visto caballo con patas más largas y pelaje más blanco que el corcel de Henry. El dueño le tomó las riendas y caminaron con el animal a un lado.

El paseo inició de ese modo. En silencio, caminando sin prisa por el sendero. Emilia se sentía intranquila y nerviosa al lado de Henry. Era curioso que se sintiera así ya que las veces anteriores había conversado con él con total naturalidad. No entendía por qué ahora se sentía tan nerviosa.

“Bloomington siempre me ha gustado… Templado, amigable, rodeado por prados. Muy desemejante a Londres.”
“…” Emilia asintió. Sólo después de una pausa de silencio, agregó: “¿No le gusta Londres?”
“No me desagrada… Pero elijo evadir estar en Londres.” Prefería incluso mantenerse en constante traslado de la milicia a la que pertenecía que pernoctar demasiado tiempo en Londres. Había más guerra entre las palabras de su padre enmascarada con amabilidad que la agresividad de las balas de los rifles del enemigo “Es bastante placentero que la compañía permanezca aquí por un periodo.”
“Espero que se sienta muy a gusto en Bloomington.” Le miró de reojo. “Y espero que no le presionen tan prontamente de volver a sus gestiones”
“Francamente, eso espero yo también.” Asintió, embarcando una sonrisa agradable. Emilia sintió que quizá Henry mal interpretaba sus palabras.
"..." Emilia se acongojó. Era imposible que alguien tan importante y sofisticado como Henry Lancaster se dejase influenciar erróneamente por mal interpretaciones, ¿cierto? pero sentía que el joven se sentía demasiado cercano a ella y Emilia no quería  darle esa sensación. Prefirió cambiar de tema. “Por cierto, perdón que insista, ¿Pero ha tenido usted noticias sobre mi buen amigo, el señor Jaeger?”
“¿Ja-?” Henry se mostró sorprendido. Casi tentado de decir que jamás había escuchado ese apellido. Pero recordó oportunamente que días atrás, en aquella ceremonia que los invitó el alcalde Trump, Emilia le había suplicado como favor personal investigar sobre el paradero de ese soldado. “Lamentablemente, no he tenido mayores reportes de él. El hecho que no se encuentre con la compañía en esta estancia en Bloomington me hace pensar que puede estar en el frente de fuego… Pero, al ser un novato, lo más seguro es que esté en Birmingham. Pues en mis conocimientos está que, todos los voluntarios de Bloomington y sus alrededores, son dirigidos a Birmingham para su alistamiento oficial y entrenamiento de inicio.”
“…Espero que lo estén tratando con amabilidad. Eren no era voluntario… Su patrón lo envió como represaría. Cualquier siervo que es enviado en contra de su voluntad es rechazado por los soldados que se alistan de corazón”
“…Hm.” Henry prefirió no profundizar en ello, puesto que Emilia tenía toda la razón. Lo mejor sería contactar a Netwhart para solicitar información de aquel sujeto.
Emilia, en tanto, tenía la incómoda sensación de que Henry en realidad no había estado interesado en investigar nada al respecto. De todos modos, ¿Por qué un aristócrata perdería el tiempo preguntándole a otros por el paradero de un campesino? Pero no quería mal juzgarlo.
El paseo continuó con tranquilidad, los temas de conversación fueron variando un poco más pese a la resistencia e ímpetu de Emilia y a la tendencia de volverse hermético y frío de Henry. Eran un par muy peculiar.
El atardecer se dejó caer y a ese punto Emilia se sentía un poco cansada de tanto caminar. Admiraba el buen porte y el bien mantenerse regio de Henry quien se notaba que tenía una muy buena resistencia física. Una simple caminata no podía cansar a un hombre de guerra como él.
Ahora que lo miraba con más confianza, notó en su uniforme militar varias insignias de las cuales algunas pudo traducir y las otras no alcanzó a interpretarlas bien. Seguramente para Henry y para todo militar era unorgullo lucir ese uniforme y las medallas e insignias que lo fueran decorando.
Se ilusionaba con la idea de imaginar a su amigo Eren Jaeger llevando alguna medalla o insignia en su propio uniforme, sintiéndose a gusto quizá con su nueva situación de vida y, hasta tal vez, sintiendo que esa era su verdadera vocación. Quizá Emilia era demasiado entrometida en pensar directamente que Eren no quería ese destinto y manipularse por su parte en un destino mejor para su amigo. Quizá Eren no odiaba ser militar y en cambio le habría gustado… y quizá solo era ella la que se oponía a que su amigo pudiese llevar esa vida puesto que eso significaba separarse de ella y de Bloomington.

“En el fondo… está haciendo lo que siempre deseó: salir de Bloomington. Y yo sólo he tratado de manejar su vida obligándolo a quedarse aquí…”


“Señorita Bennet, luce algo cansada, ¿prefiere usted retornar sobre el caballo?”
“Oh, señor Lancaster… Perdón si no le puedo acompañar más. Si desea, puede seguir con su paseo y yo vol…-” quedó en asombro cuando fue alzada por la cintura, quedando breves momentos suspendida en el aire mientras que Henry la observaba detenidamente, sosteniéndola alzada como si fuera una niña pequeña. Emilia no era específicamente bajita, pero lucía como una niña al lado del porte de Henry (y como un gromo al lado de Erwin Smith, quien era un tanto más alto que Henry.)
Después de que el rubio le sonriera con soberanía, él la dejo sobre el lomo del caballo en la posición que una dama debe montar (de lado). El joven prefirió caminar al lado del caballo, digiriendo la ruta del animal.

A Emilia se le tintaron las mejillas de carmesí en una mezcla de timidez y vergüenza, tanto por el gesto de Henry tomándola desprevenidamente, como la culpa de sentirse casi a gusto con la escena digna de una novela romántica. Pero también se sentía contrariada, por una mezcla de irritabilidad. Le molestó que el otro se tomara esas confianzas para con ella.
El retorno fue un poco más silencioso.
Incluso parecía que Henry en algún momento quiso volver lo antes posible sin cruzar palabras. Preocupado tal vez por otros compromisos. 
Después de despedirse cordialmente entre ambos. Emilia vio a Henry montar su caballo, con el cual salió a toda velocidad en un frenesis que no se esperaba de tal joven. Aquella acción era muy contraria al del joven que la acompañaba por el sendero caminando pausadamente al lado de su caballo. Ahora, sí parecía alguien fuerte, decidido, varonil y enérgico. Con el cabello rubio golpeándole en el rostro y el viento agitando su gabardina que llevaba sin abrochar. Después de perderlo le vista, Emilia entró.
Todavía podía existir la esperanza de que Erwin se encontrase adentro atendiendo a Sayaka.

“¡Me enteré de todo, hija mía!”
“…” se quedó en el primer peldaño de la escalera al ser capturada por su madre. “¿De qué?”
“¡El joven Lancaster! ¡Que ilusión! Yo sabía que él había quedado prendado de ti. Era solo cosa de tiempo para comenzar a cortejarte. Ha sido un poco atrevido al no solicitar nuestro consentimiento. No importa. No importa. Es más que bienvenido a visitar nuestro hogar." 
“Madre, el señor Lancaster no tiene esos propósitos… Sólo desea sentirse acompañado por alguien que conoce el pueblo” dio un paso al segundo peldaño, pero su madre continuó.
"Tienes que contarme todo con cada detalle.”
“Voy a ver a Sayaka…”
“¡Como si yo no supiera! Pretendes ver si está ese doctor de pacotilla aún está atendiéndola. Es hora de que vayas dejando esos sueños tontos de niña de lado junto con la ilusión relacionada hacia ese medicucho de pueblo. Tu deber es centrarte en un compromiso con el hijo del duque Lancaster.”
“…” apretó los dedos sobre el barandal de la escalera. “¿A quién le dices doctor de pacotilla? Antes de menospreciar a una persona tan noble y admirable como el doctor Smith deberías pensar que ése gran hombre se toma las molestias de atender a viejas hipocondriacas y desesperantes de ¨este pueblucho¨ sin cobrarles lo que se debería cobrar por tolerarlas tan siquiera un segundo de su vida” dicho esto, la miró específicamente a ella para que se diera por aludida. Porque sabía que: si Smith venía a ver a Sayaka por su tobillo; su madre saltaba encima solicitando su atención para que la atendiera por sus nervios. Si Smith venía a ver a Sheryl por un resfrío, su madre le demandaba atención para ella misma, que si Smith venía a ver por qué Emilia seguía con fiebre su madre le lloraba que ella tenía una fiebre peor. Y así sucesivamente...
“¡Que cosas dices!”
“…” Emilia siguió subiendo las escaleras. Ya no sabía si ir a ver a Sayaka y preguntarle si vino el doctor Smith. Todo lo sucedido en el día la tenía bastante agotada.

Sólo quería… irse a Londres. Volver. “Tía Miranda… Te extraño. Me gustaría tanto estar contigo.” Pensó mientras miraba hacia la habitación de Sayaka. Sólo escuchaba la voz de sus hermanas Sayi y Sayaka. Tenía unas ganas enormes de entrar allí y compartir con ellas, o ir en busca de Camille… Pero ya no quería molestar a nadie más.

Emilia se encerró en su cuarto.
Quizá mañana acosara a Sayaka con preguntas.
« Last Edit: May 29, 2019, 09:13:02 PM by Kana »


Sayi

Me falta header bonito, pero este es el fic de inicio de verano. Siento la demora chicas :c

Esto marca el inicio de verano que según el calendario durará un mes (hasta probaciones de Junio). Si quieren extender verano por un mes adicional (hasta fin de Julio), por favor pídanlo en el tema de planeación ;D

Y dicho eso, aquí llega la tía Miranda~



La puerta principal se abrió de golpe, y la menor de las hermanas, Shura Bennet, anunció a toda voz que la tía Miranda había llegado.

En preparación por la llegada de su hermana, la señora Bennet había tenido a los criados dándole vuelta y media a Longbourn. No había detalle que podía desestimarse, pues Miranda venía de un adinerado barrio capitalino y estaba acostumbrada a la pulcritud y elegancia en su propia vivienda… elementos que solían quedar algo rezagados en la comodidad y complacencia de la vida provinciana.

Cual calma antes de la tormenta… el aviso de Shura avispó a los residentes de la vivienda y en menos de un minuto las hermanas Bennet corrían del segundo piso al primero, terminando de atar cabos sueltos para recibir a su tía favorita.

“¡Mery, limpia tus manos que aún tienen harina en ellas! ¡Kora, tus partituras son un desastre anda y organízalas, rápido querida! ¡Oh, Sheryl!” exclamó la señora Bennet al verla descender por las escaleras “¡Ayúdame con Cho y Sayaka que deben estar cubiertas de tierra! ¡Cómo se les ocurre ponerse a limpiar las malas hierbas sabiendo que su tía esta en camino!”
“La tía Miranda debe haber estado presurosa por llegar” Emilia pensó en voz alta. Habían al menos unos cuatros donde descansar, pero considerando la hora la tía Miranda parecía apenas haberse detenido para dejar respirar a los caballos.
“¡Seguro y quería pillarme desprevenida!” Le respondió su madre, y Emilia le lanzó una sonrisa cómplice a Camille.

La calesa se escuchó a la distancia, y la familia Bennet se apuró en alinearse en la entrada de la residencia. Todos en sus mejores atuendos, estirando el cuello y en su mejor porte… cuando en eso Cho se percató que aún tenía su delantal puesto. Sayi le ayudó a retirárselo y se lo pasaron de hermana a hermana hasta que Mery atinó a lanzárselo a la cocinera para que lo guardara fuera de vista.

La enorme carroza se detuvo, y uno de los cocheros se apuró a abrir la puerta de la cabina. La tía Miranda descendió y las hermanas Bennet rompieron fila al no poder aguantar más la emoción.

La tía Miranda había enviado una postal anunciando una breve estadía en su camino al distrito de los lagos, su lugar favorito para veranear. Su visita iría a ser breve, unos tres días para ponerse al tanto con sus numerosas sobrinas, su hermana, el señor Bennet, así como hacer presencia en la sociedad de Bloomington, la cual rebosaba de vida en esos momentos considerando la milicia acampada cerca a la ciudad.

Ver a su tía siempre era motivo de ilusión, pero ninguna de ellas sería honesta si no se referían al contenido de la postal como la razón para emocionarse. Y es que la tía Miranda había ofrecido a todas sus sobrinas la oportunidad de visitarla en Londres tras terminar su excursión por el distrito de los lagos.

Londres, la capital. Llena de la mejor sociedad de Inglaterra, donde no escaseaban las invitaciones a bailes y donde la última moda adornaba cada uno de los miles de escaparates. Era una oportunidad única. Una quincena para el recuerdo.

“¡Tía Miranda! ¡Debe estar exhausta! ¡Déjeme servirle té con galletas!” le ofreció Mery, corriendo dentro de la casa.
“¡Tía Miranda! ¡Ha sido demasiado tiempo!” Le ofreció Sheryl “¿Le gustaría quedarse en mi habitación? ¡Tiene la mejor vista al lago!”
“Tía Miranda, ¿necesita que le guarde esa bufanda?” se le arrimó Kora, tomándola de un extremo. No se percató que Puri había tenido exactamente la misma idea, y ambas terminaron envueltas en un tira y afloja por el lujo de hacerle ese favor.

Ello fue suficiente para la señora Bennet, teniendo en cuenta la razón para deshacerse en favores.

“¡Por favor, dejen a su tía en paz!” Les rezondró, ante lo cual la tía Miranda sonrió entretenida “Su tía Miranda les ofreció llevarlas a TODAS a Londres. ¡No tienen razón para pelearse!”

Dicho esto se giró hacia su hermana.

“Aunque aún no entiendo como planeas hacer para llevarte a todo este rebaño”
“Oh hermana” Miranda esbozó una sonrisa “Es buen momento de que todas tus hijas vayan a Londres, sobretodo ahora, con Shura ya en sociedad”
“¡Pero todas…!”
“Si, serán varias… pero es una bendición tener un círculo tan cercano cuidándote la espalda, ¿no te parece?”

La señora Bennett asintió, aunque a regañadientes. Nueve jóvenes viajando juntas sonaba a toda una travesía, pero si Miranda estaba dispuesta a ofrecerles un viaje gratis encima de ocuparse de ellas… pues no sería propio de ella negarse a tal oferta.

Es más, a lo mejor y alguna de sus hijas regresaba con un prospecto a matrimonio. Y con lo mucho que necesitaban una esperanza como esa…

Pero Miranda aún tenía su viaje por el distritos de los lagos antes de encaminarse de vuelta a Londres. Con los oficiales aún presentes en Bloomington quizás y alguna sorpresa se asomaría a la vuelta de la esquina, y así no tendría que estar privada de todas sus hijas por una quincena entera.

Nunca lo aceptaría pero, a diferencia del señor Bennet, no podía concebir sobrevivir tanto tiempo sin ellas.

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Oh, dream maker, you heart breaker
Wherever you're goin', I'm goin' your way


Sayi

6

Cuando se giró hacia la ventana, Sayi se percató que el cielo empezaba a mostrar tonos de naranja, anunciando que era hora de partir. Entonces miró hacia el canvas en el que Hagu estaba trabajando y se alegró de que haya hecho tanto progreso.

Terminó la canción que llevaba tocando y bajó su violín. Sus brazos y hombros estaban algo doloridos, pero era lo de menos: Las sesiones de música y pintura que había iniciado con Hagu debía tratarse del mejor uso de su tiempo.

Al no escuchar la música empezar de nuevo, su amiga se asomó por encima de su caballete.

“Creo que es hora de irme, Hagu” le informó con una sonrisa “Me toca caminar a casa esta vez, y si me quedo más tiempo me temo terminaré caminando a oscuras”
“Por supuesto” respondió la rubia de manera cortés, pero sin poder ocultar muy bien la tristeza en su voz “Muchas gracias por venir, Sayi”
“Gracias a ti. Me impresiona ver lo que pintas, tienes mucho talento” dijo, y Hagu sonrió sonrojada “¿Volvemos a repetirlo la próxima semana?”

La sonrisa de Hagu fue suficiente respuesta, pero Sayi tenía otra propuesta en mente.

“¿Te gustaría visitar Bloomington mañana? Creo que sería buena idea llevarte a ti y a Kisa a conocer el pueblo”

Pero Hagu se mostró mucho menos entusiasta ante esa invitación, tensando los labios en una línea. Sayi estuvo por rescindir de la oferta en afán de no incomodarla, pero en ese momento la señora Hann entró en la habitación.

“Sayi, ¿escuché que ya planeabas retirarte?” preguntó con una sonrisa “Me apena escucharlo, pero tu madre no me perdonaría si regresaras muy tarde”
“Mi madre tiene ocho hijas más por quienes preocuparse” respondió Sayi, cerrando el estuche de su violín “Muchas gracias nuevamente por su hospitalidad”

Dicho esto Sayi se despidió de Hagu, quien le devolvió la reverencia y atino a decirle que iría a Bloomington mañana, aún si no tan entusiasta como a la peliazul le hubiera gustado.

La señora Hann insistió en acompañarla parte del camino.

“Sayı, te estoy muy agradecida por visitar tanto a mi Hagu” confió en ella, una vez dejaron Pembroke Cottage “Tanto ella como Kisa te han tomado mucho afecto, y el contar contigo luego del fallecimiento de su padre y la consecuente mudanza ha sido nada corto de una bendición”

Sayı sonrió, apreciando la sinceridad de la señora Hann, quien siempre solía mostrarse alegremente deliberada por el bienestar de sus hijas.

“No me agradezca. Su amistad ha sido liberadora y sumamente bienvenida” dijo, pensando en cuánto había ayudado en sus esfuerzos por sobrellevar su decepción con Terry “No puedo devolverles tanta hospitalidad” La señora Hann le pidió que no pensara en ello, pero Sayi intercedió “Espero no haber molestado a Hagu con mi invitación. No fue mi intención presionarla, pero se que aún no ha visitado Bloomington, y pensé que sería una buena idea…”
“Concuerdo contigo. Mis hijas se han vuelto mucho más introvertidas desde la mudanza, y lo entiendo perfectamente, pues es su manera de sanar… pero unas horas paseando en el pueblo les caería muy bien, sobretodo si es en tu compañía”

La señora Hann no pudo acompañarla más allá, pero antes de despedirle, le aseguró que escucharían de ellas mañana temprano para coordinar la excursión.

Una vez sola Sayi apuró el paso, pues no consideró que lo frondoso del bosque oscurecería tanto el camino. La última vez que le toco caminar de vuelta había estado acompañada de Sayaka, y recordó que su hermana le había mostrado un atajo cruzando el bosque.

Decidió aventurarse e intentarlo por su cuenta. No recordaba ningún desvió o cambio de dirección muy brusco por lo que debería ser fácil… pero unos cuantos minutos más dentro de la caminata y empezó a cuestionar su memoria.

Recordaba haber estado envuelta en una conversación sobre el próximo viaje con la tía Miranda, y los museos que visitarían. ¿Acaso había estado tan distraída como para que su memoria le estuviera fallando?

“Oh no…”

El cielo pintaba de un naranja fuerte, y los árboles a su alrededor no se le hacían familiares. Ni siquiera podía ver el camino para las calesas, por lo que tampoco había manera de regresar por el camino largo. Pensó en volver por donde vino cuando en eso escuchó el sonido de hojas moviéndose.

“¿Quién anda ahí?” preguntó, intentando mantener la calma. Pero la respuesta, o la falta de esta, no la tranquilizo.

De entre los árboles emergió un lince, el cual se detuvo a observarla a unos metros de distancia. Sayi intentó moverse, lentamente, pero el animal tenía su mirada fija en ella. Recordó a su padre decirle que los linces no atacaban personas, pero no por ello había que hacerles enfadar. Pero era difícil saber qué hacer cuando una se encontraba sola, sin gente a su alrededor y con un inmutable animal bloqueando su camino.

Escuchó el galopar de caballos, y entonces el lince salió corriendo hacia ella. Sayi gritó, se hizo a un lado, y el animal siguió de largo, no sin antes mandándola al suelo de la impresión— su violín volando por lo aires. Dos jinetes se detuvieron a su lado.

“¿Se encuentra bien?” le preguntó un hombre, dejando su caballo “¿Se lastimó el tobillo?”

Dicho esto se apresuró en alzarla en brazos pero, avergonzada, Sayi le aseguró que se encontraba bien.

“¡No tengo cómo agradecerles! Aquel debió ser el momento inquietante de mi vida” atinó a decir, llevándose una mano al pecho “Sé que los linces no atacan… pero…”
“No puedo imaginarme el susto… ¿qué hace caminando por su cuenta?” le preguntó el segundo jinete, un joven rubio, con la preocupación en su rostro. Entonces se giró a su compañero “Deberíamos llevarla a un médico”

El primer jinete, un hombre alto de largos cabello negros le ofreció llevarla en su caballo.

Sayi sentía que ya los había importunado demasiado, pero ambos insistieron en acompañarla y ella no supo como negarles. Lo único a lo que asintieron fue a llevarla a Longbourn en lugar de al doctor Erwin, y con ello pudo respirar más tranquila.

No recordaba la última vez que había montado a caballo, pero se sintió segura en compañía de sus rescatistas.

“Lamento muchísimo importunarles” se disculpó Sayi, pero el rubio le sonrió alegremente.
“En lo absoluto. Nada me hace sentirme más útil que poder ayudar a una dama en peligro” le respondió. Por su contextura y voz, Sayi pensó que no debía tener más de dieciocho años.

Les agradeció nuevamente, y cuando se volteó a mirar el camino pudo ver las luces de Longbourn a la distancia.

“Les puedo preguntar… ¿qué les trae a Bloomington? ¿Acaso es la cacería?”

Sayi sabía que no eran de la zona, pero ello no la preparó para la respuesta que iría a recibir.

“Vinimos para visitar a la señora y señoritas Hann” le respondió el pelinegro “Nos estamos hospedando en Pembroke Abbey”

Sayi abrió los ojos en sorpresa, y el joven llevándola le sonrió amablemente.

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Oh, dream maker, you heart breaker
Wherever you're goin', I'm goin' your way


Sayi

Vamos chicas, tenemos que apurar el paso ;D

7

El llanto de la señora Bennett al escuchar que alguien traía a Sayi en brazos convirtió en júbilo al ver que se trataba no de uno, sino dos caballeros quienes ingresaron a Longbourn y depositaron a su primogénita en el sofá. Sheryl y Mery acompañaron a su madre, mano sobre el corazón, mientras la mayor de la Bennet les narraba su encuentro con un lince en su caminata de regreso a casa. De no haber sido por aquellos dos caballeros, el animal no hubiera salido corriendo y quién sabe lo que hubiera sido de ella.

Una invitación a cenar le siguió al recuento de eventos, y ambos caballeros aceptaron entusiasmados. Y si bien la fecha quedó pactada para la próxima semana, al enterarse que los Bennett estaban en el círculo de amistades de la señora Hann y sus hijas, ambos aceptaron la invitación de Sayi de unírseles a su visita a Bloomington el mismo día siguiente.

El joven de cabellos rubios, joven y vivaracho era Lord Momiji Souton, y su compañero, aquel que llevo a Sayi en su caballo era conocido como Lord Shinobu Morewood. El señor Morewood era el viudo de Emma Morewood, nacida como Emma Hann, quien había sido la hermana mayor de Hagumi y Kisa. El señor Souton, por su parte, era sobrino de la señora Hann.

Por este movido, las hermanas Hann se vieron sumamente sorprendidas cuando dos carruajes llegaron a recogerlas para su expedición a Bloomington. La señora Hann tenía un compromiso previo, por lo que solo atinó a saludar a su yerno y su sobrino y escuchar el relato de cómo Sayi había venido a conocerlos.

“Pero Sayi, ¿te encuentras bien?” le preguntó Hagu.

Después de recoger a las hermanas, Sayi insistió en visitar la casa de té más popular de Bloomington. Una vez ahí, el grupo continuó conversación sobre la merienda, con pasteles dulces a la orden del día.

“Si, estoy bien, gracias por preocuparte” le respondió con una sonrisa “Me doblé el tobillo un poco, pero hoy amanecí perfecta. Todo gracias a tu familia, que fueron sumamente atentos conmigo”

Ambas se giraron hacia el señor Souton y el señor Morewood; ambos ocupados entreteniendo a Kisa con sus relatos de cacería. El señor Souton se percató que Sayi y Hagu le observaban, por lo que se acercó a ambas.

“Su madre ha sido muy amable en invitarnos a cenar. Estoy muy ilusionado de poder conversar con su padre, y así como conocer al resto de sus hermanas”
“Es lo mínimo que podríamos hacer luego de tanta caballerosidad” le respondió Sayi “¿Planean quedarse mucho tiempo en Bloomington?”
“Shinobu tiene pensado quedarse por unas semanas, que quiere asegurarse que mi tía y primas estén asentadas en Pembroke Cottage” dijo, y Hagu sonrió ligeramente “Por mi lado, pienso quedarme una quincena más, y después partiré a Londres por unos asuntos de familia”
Sayi sonrió contenta “Yo también estaré yendo a Londres en un par de semanas. Nuestra tía nos ha invitado a visitarla a mi y a mis hermanas”
“Que excelente coincidencia. Será un honor contar con su presencia en la sociedad londinense”

Sayı le sonrió agradecida y el señor Souton aprovechó para extenderle un plato de pastel de frutas, al notar que el suyo propio estaba vacío. Aún si era joven, tanto en apariencia como en disposición, los modales del rubio eran impecables, y su soltura y perspicacia eran propias de un lord bien asentado, quien ya hasta se ejercía como la cabeza de su propia familia. Pero ello no lo engrandecía, sino que era pronto a tratar con suma cortesía y prontitud a toda persona a su alrededor.

En pocas palabras, se trataba de alguien que se sentía como un amigo, y por su lado Sayi se consideraba afortunada de tenerlo en su círculo de amistades.

“Si me permite la indiscreción, señor Souton” le pregunto Sayi en un susurro “¿Me podría decir quienes son los dueños actuales de Pembroke Abbey? Dijo usted que son huéspedes ahí”
“Así es”
“Mi madre… y bueno, mentiría si no me incluyese, nos da mucha curiosidad por saber quienes son los dueños de la propiedad. Familiares suyos, ¿me imagino?”

El señor Souton estuvo por responderle pero su acompañante alzó la voz, llamando la atención de la mesa.

“Señorita Bennett, la señorita Hann y yo nos preguntábamos si podríamos jugar Vingt-un luego de la cena en Longbourn” le preguntó, y al lado de este, Kisa dio saltitos en su asiento “Es que mi nuera no sabe jugar, y le ha hecho mucha ilusión de que le enseñe”
“¡Pero por supuesto!” respondió Sayi, y dicho esto se giró hacia la menor “Vamos Kisa, que entre las dos vamos a ganarles a todos”

La pequeña rió ante la promesa, y el señor Morewood alzó las cejas.

“Vaya, debo decir que me sorprende, señorita Bennett” dijo, con una sonrisas suspicaz “Jamás pensé en encontrar aquí a un prospecto tan interesante como usted”

Sayi rió ante el halago, y luego de acordar en los juegos que le enseñarían a Kisa fue que Sayi se giró hacia Hagu, para preguntarle si estaría dispuesta a preparar un dueto para la ocasión.

Pero entonces notó que la rubia no se encontraba en su sitio, y cuando la buscó con la mirada la vio saliendo del salón. La joven se disculpó con el señor Souton, y salió en busca de su amiga.

¿Se habrá sentido indispuesta? ¿Habrá ido a buscar la calesa?

Dejó el local, pasó por la tienda de listones favorita de Puri, y al no encontrarla ahí decidió ir a la tienda de flores, sabiendo cuánto le gustaban a la rubia. Pero tan ocupada estaba al retomar camino que no miró antes de cruzar una calle, y un joven soldado chocó contra ella por poco y mandándola al suelo.

El soldado la tomó de un brazo, ayudándola a retomar el balance. Entonces recogió su sombrero, que se había caído al suelo en el encuentro.

“¡Discúlpeme por favor!” se excusó con una corta reverencia, y seguidamente limpió el sombrero con un par de manotazos “Tan apurado estaba por encontrarme con mi teniente que no fui cuidadoso, ¿se encuentra usted bien?”
“Perfectamente” respondió la joven, observando cómo su sombrero de soldado se sentaba en sus cabellos rojos “No se preocupe, yo también iba distraída en busca de alguien”
“Espero le encuentre pronto, señorita…”

Sayi rió ante la manera tan furtiva de sonsacarle el nombre.

“Bennett. Sayı Bennett”
“Señorita Bennett. Si algún día necesita un favor, yo le debo al menos dos. Pregunte por Claire Stanfield, y estaré a su servicio”

Y dicho esto juntó ambas piernas en saludo militar, y continuó caminando hacia su campamento. Sayi lo observó marcharse, y estuvo por seguir su propia búsqueda cuando la misma Hagu apareció frente a ella, viniendo en dirección contraria.

“¿Te encuentras bien Hagu?” le preguntó la pelirrosa “Te fuiste tan de improvisto que me asustaste”
“No me siento muy bien, lo siento Sayi, pensé que un poco de aire me caería bien, por lo que salí por una caminata, pero…”
“¡Aquí estaban!” exclamó una tercera voz, y el señor Morewood apareció atrás de ellas. En ese momento, Hagu perdió balance y Sayi a las justas y pudo sostenerla antes que se desvaneciera.

“¡Hagu!” exclamó, y la rubia apenas y abrió los ojos “¿¡Dónde esta la calesa!?”
“Esta un par de calles más abajo” respondió el pelinegro mientras tomaba a Hagu entre brazos “La llevaré de vuelta a Pembroke Cottage. Por favor, regrese con los demás explicándoles lo sucedido, pero tenga cuidado con Kisa. No quiero que se preocupe”
“Por supuesto”

La expresión del señor Morewood era una de fastidio, y Sayi se sintió apenada que la visita a Bloomington no le haya sentado bien a su amiga. Pero el señor Morewood buscó su mirada y se disculpó. Y por alguna razón, a ella le pareció percibir tristeza en sus ojos.

“Siento despedirme tan pronto. Esperaré ansioso la cena en Longbourn” dijo.

Entonces se giró en dirección a los caballos, y Sayi no se movió hasta verlos partir.
« Last Edit: October 20, 2019, 08:18:47 PM by Sayi »

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