Caso XX0
- Cuando el Caos dice hola y lo saludas de vuelta -
El documento no tenía nada realmente llamativo a simple vista.
Papel blanco, texto ordenado, bloques censurados, como si alguien hubiera decidido que ocultar información era más importante que hacerla útil. Nada fuera de lo común, al menos no para los estándares de la UIC.
Flat ladeó la cabeza mientras leía, desde la comodidad de uno de los sillones de una oficina bastante elegante, pero llena de carpetas, libros y muchos documentos curiosamente ordenados.
—…Suena dramático, me gusta —murmuró mientras leía en voz baja, más por costumbre que por necesidad.
Los denominados Camera Obscura constituyen dispositivos ópticos no convencionales cuyo comportamiento ha sido incorrectamente atribuido a causas sobrenaturales.
El presente análisis parte de la premisa de que dichos fenómenos, aunque no comprendidos completamente, obedecen a principios sistemáticos.
Las palabras estaban frente a él, pero no terminaban de encajar del todo. Era como si intentaran dar forma a algo que realmente no debería poder ser descrito.
—Oh, ya veo.
Sonrió mientras se recargaba completamente en el respaldo de la silla, sosteniendo el documento contra la luz de la lámpara como si eso fuera a revelar algo oculto entre las líneas censuradas.
—¿Incorrectamente atribuido a causas sobrenaturales…? Eso es interesante.
Volvió a inclinarse hacia adelante, acomodando el documento en el escritorio de forma que la posición le permitiera leer con atención.
El dispositivo no genera el fenómeno.
Lo regula.
—Tiene sentido. Entonces no es lo que ves… es lo que te dejan ver.
Tamborileó los dedos en la orilla del escritorio y pasó a otra página.
El sistema digital eliminó restricciones presentes en los dispositivos originales.
—Esto suena a que alguien no quiso escribir que algo salió terriblemente mal.
Cerró el archivo despacio, con suavidad. Lo acomodó frente a él en el escritorio y se recargó nuevamente en el respaldo de la silla.
—Me agrada este lugar.
Volteó en dirección a la puerta, como si acabara de recordar algo.
—Aunque… debería preguntarle a alguien cuánto tiempo se supone que voy a estar aquí.
Silencio. Dado que esto no era una historia convencional, nadie entró con ese timing perfecto de escena bien calibrada para brindarle alguna de las respuestas que buscaba.
Frunció el ceño, pero Flat no parecía muy preocupado al respecto, solo curioso.
—Bueno, si es así…
Se acercó de nuevo al escritorio y abrió nuevamente el archivo.
—Ese archivo no es de acceso público.
La voz no parecía particularmente dura, ni como si estuviera regañando a Flat, simplemente aclarando algo que era un hecho. Flat dio un leve respingo, pero no levantó la vista de inmediato. Al contrario, solo pasó la página antes de voltear.
—¿Te refieres a esto?
Levantó el documento y lo sostuvo un poco más arriba de su cabeza, como si eso fuese de ayuda para identificarlo mejor.
—Tienes razón, definitivamente no parece algo apto para el público.
Alain Guillotin permaneció en el mismo sitio. No avanzó todavía. Solo se limitó a observar al chico rubio despreocupado. Aquel que sostenía el archivo en una sección marcada, con anotaciones internas visibles, segmentos censurados y datos técnicos que él conocía de memoria.
—¿Cómo lo obtuviste?
Flat dejó el archivo nuevamente sobre el escritorio, se cruzó de brazos y ladeó ligeramente la cabeza, pensativo.
—Estaba en el escritorio… Bueno, técnicamente estaba debajo de otros tres archivos en esa montaña de documentos de enfrente, pero eso cuenta como “en el escritorio”, ¿no?
Alain exhaló lentamente, como si ya estuviera ajustando algo en su cabeza.
—No.
Flat asintió, como si eso fuera una corrección perfectamente razonable en estas circunstancias.
—Entiendo.
Ladeó la cabeza nuevamente mientras cerraba los ojos.
—Debo decir que la parte donde mencionan a la persona que inventó ese objeto es bastante interesante. Especialmente la teoría de que es posible que quisiera investigar su influencia en diferentes entornos.
Alain no respondió de inmediato. No porque no tuviera qué decir, sino porque no le gustaba la facilidad con la que el chico había llegado a esa conclusión.
—Aléjate de ese documento —dijo Alain, esta vez sin margen para interpretación.
—¿Por qué? —Flat volteó con ese rostro de frustración, como si le hubieran dicho a un niño pequeño que no podía comer helado.
Alain sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. No por desafío, sino porque algo no terminaba de encajar.
—Porque no tienes autorización para leerlo.
Flat parpadeó.
—Oh… —miró el documento—. Eso explicaría por qué está tan censurado.
Alain dio un paso al frente.
—Repito, aléjate de ese documento.
Flat dudó un momento antes de levantarse.
—No iba a quedarme con él —dijo al fin—. Solo quería terminar la última parte.
Finalmente, Flat se alejó del escritorio y, por ende, de la silla que había estado ocupando frente a él. Alain se acercó, sin prisa, pero con paso decidido, y recogió el archivo.
—A partir de ahora no tienes permiso para revisar ningún documento sin autorización directa —finalizó Alain Guillotin con voz clara y seca.
Flat no pudo hacer más que asentir.
—Entiendo. Entonces… ¿a quién le pido autorización?
Alain, quien sentía que su paciencia estaba siendo probada por alguna extraña prueba laboral (no tanto por el destino), lo miró, miró de reojo el archivo y volvió su mirada al chico.
—A mí.
Flat sonrió.
—¡Perfecto! Entonces… ¿puedo seguir leyendo?
Alain sintió un ligero tic en el ojo.
—No.
—Ok, supongo que buscaré algo más que leer.
—No lo harás.
La respuesta no vino de Alain. En la entrada de la habitación se encontraba un hombre de traje impecable, con una carpeta en mano, que se acercó con un movimiento preciso.
No miró a Flat primero. Observó a Alain y al archivo que todavía sostenía.
—Ese documento no estaba programado para revisión el día de hoy.
—No lo estaba.
El secretario asintió y desvió su atención hacia Flat.
—Flat Escardos.
Flat alzó la mano, como si estuviera en un salón de clases.
—Ese soy yo.
—Se te ha asignado material acorde a tu nivel de acceso actual.
El rostro de Flat se iluminó cuando el secretario de Olga Marie le extendió otra carpeta. La tomó casi de inmediato y comenzó a hojearla.
—¿Tengo que entregar algo después de leer esto?
—Es una asignación. Se espera un informe al finalizarla.
Flat pasó una página más, pero más lento.
—¿Es obligatorio?
—Inevitable.
Revisó con atención una sección.
—¿Hay más de estos?
El secretario se dio la vuelta, dispuesto a retirarse.
—Si completas este —dijo—, se evaluará.
Y se retiró.
Flat no levantó la vista hasta terminar de leer el documento. Alain solo esperaba que tuviera la decencia de salir de la habitación y no volver a toparse con él en algún tiempo futuro.
—Definitivamente me voy a quedar —murmuró el chico, al fin—. Al menos hasta que deje de ser interesante.
Alain suspiró. No auguraba nada bueno para él. Debería hablar con el secretario general para establecer una mejor vigilancia en el área de Archivos.