Author Topic: [Chapter I] Mysterious Story starts » Welcome to Wasteland  (Read 70380 times)


Shura

Buenas!
La idea me motivo, creo que puedo hacer una historia rápida. Al final quiero aprovechar muchos personajes para escribir.

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¿Dónde estoy?
No era la primera vez que se hacía esa pregunta, en ocasiones había sufrido atentados fallidos donde el vehículo donde viajaba había dado vueltas de campaña y había tenido que salir arrastrándose. Otra vez había perdido el conocimiento al caer al agua, y otra se había golpeado la cabeza contra el suelo cuando el paracaídas había sido saboteado por un tiroteo en pleno aterrizaje.

Siempre la misma pregunta al despertar, siempre el mismo instinto: levántate cabrón, empuña el arma, dedo en el gatillo, ¿qué coño importa dónde estás? Sobrevive.

-Mmmfff…
La diferencia esta vez, no estaba en un lugar en guerra. Ni en un rescate de rehenes ni una extracción.
Raro, sí. Silencioso, también. Demasiado ordenado para ser un vertedero. El instinto le hizo relajar el dedo sobre el gatillo. No había peligro, aparentemente.
 
Un vistazo rápido a las chapas de identificación para comprobar que seguía conservándolas y no se había jodido el cerebro:

>Coronel Konig
>Nacionalidad: austríaco
Y otros datos médicos irrelevantes salvo que te estuvieras desangrando.

-Mmmgg…
Y sin embargo, había algo que no cuadraba. Una sensación que era como algo que le arañaba detrás del cerebro. Era mejor no pensarlo porque ahora mismo podría perder la cabeza.

Tenía que encontrar la salida de aquel sitio. Ajustó su máscara, una camiseta demasiado pequeña para que encajara por su enorme cabeza, con dos agujeros para los ojos en la tela desgastada. Una vez uno del escuadrón le había dicho que con esas pintas parecía un verdugo de esos que salen en las películas, enorme, violento y estúpido; esos verdugos que esperan a que el rey dicte cuando tiene que caer el hacha.
Y bueno, prefería que el resto le temiera a que sencillamente le hablasen, incluso prefería tener lejos a los que pensaban que parecía un puto idiota por ir con una máscara de mierda.
Pero tenía sus motivos.

Y ahora, no quedaba otra que caminar, y todo el camino era igual, lleno de mierda, sin poder escalar porque esa montaña de basura no aguantaría su peso.
Estaba acostumbrado a caminar, pero el equipo táctico era un fastidio, la humedad de aquel sitio era un fastidio, que se estuviera haciendo de noche… precisamente, eso, ayudo a que viera una luz.

No se relajó, apoyo la culata del fusil contra su hombro y se movió en silencio, agachado. Se detuvo en una esquina junto a la montaña de basura, analizando la zona antes de entrar, no había nadie a la vista, pero en una casa donde había luz, siempre había alguien. La estructura era de madera, elevada sobre pilares, paredes blancas y tejado inclinado, era como esas casas tradicionales japonesas que salían en los animes. Mucho mejor, con un poco de suerte, podría atravesar las paredes si era necesario utilizando su tamaño y fuerza.
Se acercó hacía la puerta corredera de papel donde había una lampara de esas cuadradas también de palos y papel blanco. Dentro ardía una llama porque, seguro, cualquier friki que viviera en un sitio así, merecía que el fuego lo consumiera.   

Se detuvo, no podía estar seguro… pero se escuchó una risita. Un sonido divertido, travieso, infantil. Como si la persona al otro lado no pudiera contener la alegría de dar una sorpresa.

Se quedó paralizado… entró en juego sus instintos. Podía ser un bruto y un idiota, pero no atacaba a niños. Bajo el rifle abriendo la puerta corredera despacio. En la penumbra, vio unos ojos que al principio pensó que eran de un gato porque eran como dos espejos. Pero al fijarse mejor, eran demasiado azules, demasiado amables, acompañados de una sonrisa deslumbrante que eran todo dientecitos pequeños, sonrisas que son de amor sin ni siquiera conocerte, una sonrisa infantil de una encantadora niña que parecía todo pelo largo rubio.
-¡Por fin has venido! -Exclamó sin poder aguantar más la emoción en un gritito feliz.

-¿Qué?
La niña salió corriendo riéndose dichosa.
-¡Espera!
¡Qué idiota! Le había pillado con la guardia baja. No comprendía lo que le había dicho y seguro que la había asustado.
Pero  no podía dejarla marchar, había algo tan extraño en todo esto, si salía de ahí iba a llevarse a la niña, era su trabajo rescatar rehenes, no iba a pensar demasiado o se volvería loco, iba a hacer lo que mejor sabía hacer y punto.
Persiguió a la niña, escuchó sus piececitos descalzos en la madera, la vio meterse en una habitación y…

Una explosión.

Claro, era un idiota, había roto todos los protocolos de seguridad al no revisar la habitación, se había dejado engañar, se había-

-¡Bienvenido!

Estaba cubierto de confeti.
Plantado como un payaso gigantón gris y triste cubierto por papelitos de colores. La explosión eran producto de pequeños cañones de confeti, la niña rubia daba vueltas desperdiciando serpentinas de papel porque no sabía como lanzarlas para desplegarlas. Una mujer la tomaba de la mano animándola a bailar, reía despreocupada, tocando una trompetita de papel como si fuera el maldito fin de año.
Tenía el pelo peinado en dos moños y cuando giró la cabeza para mirarle, levantando la barbilla, ese cuello de cisne le pareció elegante, había algo en su postura que desentonaba con el lugar, porque ella parecía ser lo único que encajaba en aquel extraño lugar.
-Has tardado mucho.

No respondió. No entendía una mierda, pero nadie tenía porque saberlo. Ventajas de tener una máscara como aquella, que nadie podía leer tus rasgos.

La mujer pareció satisfecha con el silencio, sonriendo entrecerrando los ojos. No parecía que se burlará de él, solamente estaba feliz de verlo. Había entrado en un puto todo a cien y lo recibía la china del barrio.

-¿Qué put- -No termino la palabra, no, no iba a soltar mierda por la boca con niños delante. -¿Qué lugar es este?
-Caramba, sí que estas perdido.
Estaba jugando con él.
-Verdammt… habla.
Tenía métodos para hacerla hablar.
La mujer sonrió como si fuera ella la que tenía el control, se dirigió hacia la niña.
-Diana, es hora de ir a dormir.
-Síiii!
La niña risueña se acercó a los dos, hizo señas hacía la mujer que se inclino para que la niña al ponerse de puntillas pudiera darle un beso en la mejilla.
-Buenas noches, Shura.
No esperó que la niña se acercará a él, tirando de la manga de su chaqueta táctica haciéndole indicaciones para que se agachara. Y como era idiota y débil con los niños, se agachó para que Diana pudiera darle un beso a través de la máscara a la altura de su mejilla.
-Buenas noches, Konig.
-Buenas noches. -Contesto de manera automática apenas dándose cuenta tarde de que sabían su nombre.
Apenas proceso cuando la niña se marchó obediente supuestamente a su habitación para dormir.

Había demasiadas cosas extrañas… se sentía como Alicia cayendo en la madriguera, si pensaba demasiado se volvería loco. Pero todos estaban locos aquí.

Sintió un escalofrío, se giró hacía la mujer, Shura, que seguía sonriendo, esperando.
-¿Estoy muerto? -Por fin, una bala entre las cejas que no había ni visto venir; una explosión a la que no había sobrevivido.
-No Konig, no estas muerto. -La mujer se adelanto con paso lento e insinuante, arrastrando un kimono negro de bordados plateados y dorados que parecían dibujar un mar embravecido intentando ser dominado por unos marineros dirigiéndose a su perdición, ya que a la altura del pecho había bordado con hilo cobrizo un demonio, un oni. Mierda, idiota, no te distraigas con unas tetas, patán.
-¿Y como sabes mi nombre?
-Lo llevas escrito en las chapas de identificación.
-Ah.

No había repertorio de insultos suficiente para aquel momento lleno de patetismo.

Y, sin embargo, la mujer no parecía burlarse, guiándolo paciente por la casa, los pasillos de madera con puertas corredizas cerradas, había muchas puertas algunas pintadas con intrincados detalles, ocultando habitaciones llenas de secretos, al abrir una de ellas, la luna llena parecía arrojar su luz de plata iluminando la sencilla estancia con cojines, una mesa baja.
Había un pequeño claro entre aquella montaña de objetos sin sentido que parecía un jardín.

Ella se sentó en un cojín en el suelo de madera, tomando una caja lacada de la que saco una larga pipa, apenas con un pellizco de tabaco que pronto arrojo una pequeña luz anaranjada en aquel ambiente de sombras y plata. Aspiró su aroma, dejando que el humo se elevara en un fino hilo.

-No estas muerto Konig, de momento.
Se sentó en el suelo cruzándose de piernas, aun así, le sacaba más de una cabeza.
-¿Es una amenaza?
-No, es una realidad. 

Ella le dio una mirada intensa, analizando sus reacciones, lo poco que dejaba ver.
-¿No estas asustado?
-No, soy inmortal.  - Habló directo, amenazante, para que ella entendiera que no se dejaba intimidar. Debía serlo para sobrevivir a toda la mierda que había sobrevivido.

La respuesta hizo sonreír a la mujer y por un momento pareció dejar de ser esa mujer con todo bajo control y sencillamente le dio una sonrisa amorosa que hizo que su corazón se estremeciera un poco. No hacía sonreír a las mujeres, no estaba acostumbrado. Idiota, bobo, no caigas por una sonrisa.
-Perfecto. -Ella le miró de arriba abajo, arrastrando la palabra como azúcar en su mojada lengua, como si se refiriera a él mismo en vez de a su comentario.
-¿Dónde estamos? -Tenía que volver a dominar la conversación, aunque nunca lo había hecho, claro.
-Wasteland.
-Eso no me dice nada.
-Lo sé, solo contesto a tu pregunta. -Volvió a sonreír juguetona, cada vez le irritaba menos esa sonrisa.
-¿Y qué estoy haciendo aquí?
-Esa, es la autentica pregunta. -Dejo la pipa, golpeando la caja nacarada para apagar la brasa del tabaco. -Pero no tengo la respuesta.
-Pero tú me estabas esperando.

Ella se giró, despacio, insinuante, aquel kimono se deslizo por su pálido hombro, el oni cayendo al doblarse la tela, la curva de su escote.
Sintió la boca seca, un zumbido en su cabeza al tener demasiada sangre corriendo por su cuerpo.
Ella se acercó, apoyo una mano en su muslo, con la otra le empujo amablemente del pecho al inclinarse sobre él, su boca tan cerca de sus labios que el amargo y dulce aroma a tabaco le hizo salivar.
Dio con la espalda contra el suelo, con todo lo grande y bruto que era, tumbado por una misteriosa mujer.
-En efecto, te estaba esperando.

Te necesito, Konig. Eres exactamente a quien estaba buscando.
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