Es para un post viejo del DD, al menos terminé el cap xd

6 # Luka Agriche
Aún recostado en la gran tina de la finca, se permitió relajar los músculos mientras el vapor cálido envolvía cada rincón del cuarto, empañando el blanco mármol y la piedra pulida de la decoración. El cuarto de baño es amplio y elegante, diseñado sin escatimar gastos en opulencia y comodidad.
La música clásica suena en un tono bajo, un tenue susurro de violines y pianoforte que armoniza con el goteo ocasional de la grifería de bronce antiguo, finamente labradas y la respiración
Chasqueo los dedos para llamar a la criada quien rápidamente acudió a él; la mujer mayor entró sin expresión, estoica y con una copa de vino sobre la charola.
Luka era como un tempano de hielo, lo habían criado así; sin emociones, carente de toda simpatía y buscando cada punto débil de su rival. Por algo es el número uno dentro de la compañía CT y el que más abultado tiene su billetera.
La palabra “Idol” le quedaba corta a la par de su larga currícula de éxitos en cine, novelas, teatro y hasta cantando. Recientemente había vuelto del extranjero a Eastwood, dónde está parte de la familia Agriche, para colaborar en un proyecto ambicioso llamado “Alien Stage” que combina canto, baile y teatro, como una ópera, pero más contemporáneo y bohemio.
—¿Cosecha? —espetó acortando palabras, autoritario. Nunca iba a decir por favor y menos gracias. La educación de un Agriche los ponía en un pedestal al que cualquier hijo de nadie ni podía mirarlos.
—Es lo que siempre pide, maestro: un Sauternes de la bodega Château d'Yquem y el año de cosecha es reciente, del dos mil seis —la mujer extendió la bandeja para que tomara la copa—. El resto del vino está en su cuarto.
—Bien —respondió escueto.
Al finalizar con la tarea, la criada se marchó y Luka comenzó a mecer suavemente el líquido de la copa, comprobando la textura y luego lo olió, un pequeño acto tan simple y perfecto en él. Lo bebió tranquilamente, recostando la cabeza contra la porcelana artesanal de la tina, una vez terminó con todo el líquido dorado, casi blanco.
El agua tibia caía por su cabello rubio, deslizándose suavemente por la piel tersa, cualquiera que lo viera negaría que tuviera treinta años y ese era su juego, con su rostro angelical encantaba a todas las mujeres; lo gracioso es que ni sabía si realmente le gustan las féminas, la mayoría ruidosas e irritantes, llenas de alabanzas vacías por su apariencia, igual los hombres. Para este punto de su vida y carrera ya nada lo complacía, todo le parece puro tedio y, aún así, se esfuerza por subirse a un escenario y a brillar, como la estrella que es.
Mientras salía de la tina, acomodó la bata de seda con cuidado y se quedó unos instantes mirando su figura en el espejo: adelgazó y dejo crecer unos centímetros la melena rubia, esas fueron las órdenes del manager. Con una dieta estricta, se sentía débil y el corazón latiendo a ritmo acelerado. Debía tomar vitaminas y un café americano frío, lo necesitaba más que al vino. Se había mudado a Eastwood, una vez más, para participar en un ambicioso proyecto similar a la ópera, pero más moderno. Dejó su vida en California, aunque realmente no había mucha diferencia, más allá de ver a sus hermanos: Roxana, Dion y Johannes. Mantiene una relación tensa con sus padres al creer que es homosexual y una deshonra para los Agriche.
Sus rasgos faciales tan suaves, su cabello dorado y ligeramente ondulado, junto al tamaño tan delicado y pálido de su cuerpo lo hacían ver como un ángel. Él había nacido para brillar sobre los escenarios y que cada luz se encienda para él. Talentoso, hermoso y con la reputación impecable de los Agriche, había nacido con cuchara de plata u oro, en su caso.
Recibió la propuesto de “Alien Stage” hace un mes, de una tal Habin Yoon, Yoon un apellido tan común en Corea que ni se molestó en googlear; no obstante el “Húngaro Ganessa” si tenía fama a nivel internacional y rápidamente se comunicó con su agente para aceptar cantar y actuar en ese lugar.
Los demos de "Alien Stage" llegaron a sus manos hacía un mes. Una carpeta gruesa que dejó sobre la mesa de noche sin mayor interés. Hojeó las partituras, las letras, la sinopsis... todo le parecía tan cliché y a la vez tan ajeno a su propia realidad. La historia, una alegoría sobre la soledad y los Idols, como los fans terminan haciendo un espectáculo de la vida de los Idols y ellos en búsqueda de identidad y libertad, no le resonaba en lo más mínimo. Las canciones, con sus melodías pegadizas y sus letras pretenciosas, le eran más bien un producto comercial diseñado para complacer a las masas. Una especie de futuro apocalíptico dónde los humanos son vistos como mascotas y obligados a cantar hasta morir.
Se suponía que iba a haber un ranking semanal del favorito para el público y de eso dependía la continuidad en el espectáculo. La primera canción que cantaría era un dueto con una tal Mizi Yoon, no hacía falta ser genio para unir los hilos entre Habin Yoon y Mizi Yoon. La iba a aplastar, odiaba a los acomodados.
Salió del baño hacia su elegante cuarto, de estilo rococo. Las paredes de un beige suave con rombos marcados por dorado, algunos muebles elegantes regaos por allí, junto decorativos como jarrones con flores recién cortadas, esculturas finamente elaboradas, el cuadro central de Ofelia de John Everett Millais que había sido replicado por una tal Chiyo y espejos grandes.
Miró hacia arriba, a las lámparas de cristal que cuelgan con gracia del techo e iluminan todo el cuarto, los rayos del sol estaban a punto de desaparecer.
Sin cambiarse de ropa, caminó hacia el violín que descansaba sobre un elegante soporte, delicadamente inclinado esperando ser tocado por él, hacia años no lo levantaba. Su mirada dorada se detuvo un momento en la madera brillante que reflejaba la tenue luz de la habitación. Con una suavidad, extendió los dedos, cuyas puntas azuladas parecían trazar un contraste etéreo contra el cálido color del instrumento. Tocó primero el cuerpo del violín con las yemas, recorriendo su contorno, intentando rememorar lo que era tener un instrumento tan delicado entre manos y antes de que el sonido rompiera el silencio de la mansión Agriche.
Después, su mano se deslizó hacia el arco que descansaba al lado, y lo alzó con cuidado. Lo sujetó entre el pulgar y los dedos, asegurándose de sostenerlo bien, mientras su otra mano levantaba el violín por el cuello, haciendo que las cuerdas se tensaran con el movimiento. De algún modo estas acciones le traían recuerdos de su niñez. La familia Agriche se había vuelto conocida hace generaciones por poseer miembros de excelencia notable, incluso se rumoreaba que estaban metidos con la mafia. Desde niño tuvo una educación exigente en diferentes áreas, incluyendo baile de salón…
Llevó el instrumento a su posición natural, apoyándolo contra su hombro y su mandíbula. Luego, el arco lo deslizo suave sobre las cuerdas. La primera nota emergió, clara y algo tosca, de a poco, nota tras nota, empezó a tomar forma y sus dedos se volvieron más ágiles. Las cuerdas vibraron, su sonido se volvió hermoso e impecable, Luka sabía de sobra sobre su talento pulido a niveles antinaturales.
Odiaba a su padre, a su madre e incluso a sus hermanos. Odiaba haber nacido en una mascarada absurda. Fingir ser alguien normal, ser despreciado por sus padres y mirado con altanería por sus hermanos, un fastidio todo… excepto cuándo la gente lo aplaudía y gritaba de emoción, pero incluso eso había perdido y ya nada lo complacía.
Tocó un par de acordes más y bajó con cuidado el violín, dejándolo una vez más en el soporte y dedicarle un vistazo más, después deslió la mirada a sus dedos que temblaban con fuerza, con debilidad. Una fragilidad que siempre había detestado, para todos los Agriches era un inútil e incompetente; con la mirada fija en sus manos, contempló las yemas de sus dedos, azuladas por la falta de oxígeno que seguían temblaban ligeramente. Era un recordatorio constante, un testigo silencioso de la vida que le había sido concedida a medias.
Siempre supo que su corazón estaba defectuoso, roto y enfermo, pensamientos autodestructivos que se susurraba para sí mismo y su familia siempre se encargaba de recordarle que, aunque tuviera el apellido familiar, no era más que un inútil con un rostro agradable que lograba engañar a las mujeres y hombres con una dulce sonrisa.
De algún modo se había resignado a que así fuera y decidió seguir una carrera en el mundo del espectáculo con resignación que impregnaba cada uno de sus pasos, hasta que aprendió que nada lo llenaba más que los aplausos de las personas.
Nació con un defecto congénito, pero era su culpa, su problema, su falla.
Caminanó hacia el espejo más grande de las paredes, de cuerpo completo. Su reflejo le devolvió la mirada: el cabello dorado, los ojos ámbar, el rostro angelical que había aprendido a usar como un arma. Pero Luka solo veía las sombras bajo sus ojos, los labios ligeramente pálidos, el cuerpo que le había traicionado desde el principio y obligado a superarse para rasgar el cariño de su familia.
Los padres odiaban ver lo imperfecto y enfermo que era, no estaban satisfechos con algo que no era perfecto. Un Agriche no podía ser débil, ni siquiera al nacer. Recuerda como su madre se negaba a cuidarlo o mirarlo, incluso nunca tuvo una palabra de cariño de ella. Decía que ese no era su hijo, negó su existencia porque era una mancha en la reputación de la familia. El padre, rió sin humor, una risa amarga carente de emociones, su padre solo veía una inversión defectuosa.
De niño tuvo que ser intervenido múltiples veces, hasta necesitar un trasplante de corazón y la prueba de ello era la cicatriz en su pecho, algo que intentaba ocultar a toda costa. Un secreto que no quería revelar a sus fans, después de todo, eso bajaría su valor como estrella. Sabe que su corazón puede detenerse en cualquier momento y debe tomar a diario tantas pastillas que solo perjudican su salud, sumado a las dietas extremas a las que es sometido.
—¿Qué haces?
La voz tranquila de una mujer se oyó desde la puerta. Una fémina hermosa, como él, pero de hermosos ojos rubies y unos labios rouge marcados… para él una víbora escondida, porque así son todos ellos.
—Roxy, no sabía que estas aquí —le sonrió con suavidad, como un lobo con disfraz de conejito—. Bienvenida, hermana.
—Dejé unos cuadros por aquí —la mujer cerró sus ojos y movió de una mano a otra un abanico gótico—. Oí de la sirvienta que llegaste esta mañana,
—Más o menos —respondió escueto, mientras menos supiera Roxana mejor—. ¿Cómo te ha ido?
Ella frunció el ceño ante esa pregunta, Luka sabía que la moda en pintura iba muy alejada del estilo que eligió su hermana: grotesco, como ella.
—No he vendido nada en Eastwood y eso que he abierto varias galerías —se quejó sin cambiar de expresión—. ¿Habin te llamó?
Roxana abrió los ojos y se acercó a él y lo apuntó con el abanico. Su hermana menor era hermosa, perfecta, la joya que estaba por encima de todos en la casa Agriche, incluso si había elegido una carrera sinuosa y difícil como la pintura. Su piel pálida, su figura esbelta y frágil, su inteligencia… todo en ella la hacía perfecta.
Luka asintió.
—¿La conoces? —preguntó sin apartarse de su hermana.
—Algo así, tiene buena reputación —bajó el abanico hasta el mentón de Luka—. Sigues igual de hermoso.
La risa de ella era más suave y no tan viperina como creía.
—Deberíamos cenar juntos para hablar y ponernos al día, hermano —dejó caer su brazo y volvió a la entrada del cuarto—. Te espero abajo, Luka.
La mujer de cabellos dorados ondulados se retiró con elegancia, sus zapatos de tacón se podían oir resonar por toda la casa: pasos seguros de sí misma, aún si lucia atuendos góticos con chokers gruesos o empedrados.
Suspiró, iba a necesitar una copa cargada de vino o algo más fuerte como Vodka para soportar esa cena.