Colocó aquella última azulina flor en su cabello. La corazonada de que aquel color lo haría ver incluso más bello fue un acierto perfecto. El color azul resaltaba con el blanco de su traje, que a la vez lograba acentuar más el dorado rosario de oro entre sus manos y su rostro pálido parecía tener tintes vívidos entre la corona de flores azules que le armó.
Era perfecto.
Nunca pensó que la muerte sería tan bella.
Emilia abrió los ojos con dificultad, abrumada por ese sueño que insistía en repetirse cada cierto tiempo. Ya no era tan frecuente como los primeros días, pero aquel recuerdo se negaba a abandonarla por completo y se manifestaba en su mundo onírico.
“¿Otra vez el sueño del señor Lancaster?” Camille se removió entre su cobertor. Se había despertado unos minutos antes cuando escuchó a su gemela balbucear.
“Sí.” Emilia, ya sentada en la cama, asintió con vergüenza. “Pensé que ya lo había superado.”
“Tal vez…Hay algo que no te permites perdonar” Camille la imitó sentándose en su propia cama, acomodó su larga trenza hacia un costado. “Relacionado con él” Camille bajó su mirada, nunca era fácil asimilar la muerte de una persona tan joven y de quien no se esperaba que fuese cubierto por el velo oscuro de la muerte tan prematuramente.
“...Fue su decisión.” Suspiró, sintiendo aquella angustia en el pecho que tanto le molestaba. “Pero no puedo dejar de sentirme culpable por no haber podido evitarlo. Era muy discreto, pero inconscientemente dejo tantas pistas respecto sus intenciones de abandonar la vida incluso antes de partir a cumplir su deber militar.” Miro el jarro lleno de flores sobre la mesilla auxiliar. Los pétalos habían comenzado a caer ya marchitos. La muerte era inevitable para todos. “Al final es cierto lo que dicen. Los que sufren son los que se quedan pues el que parte deja de hacerlo.”
“Es un proceso que toma su tiempo. Entiendo que quieres aparentar bienestar, pero todo duelo lleva un periodo para sufrirlo. Es normal que sientas tristeza por su muerte… Aún es demasiado reciente. No tiene nada de malo. De hecho, me preocuparía si te viera bien y campante conociendo lo empática que fuiste con ése joven señor.”
“Hm, hm.” Emilia asintió.
“Si te reconforta, además de rezar por su alma, podrías honrar su memoria dejándole las flores que le gustaban en su tumba.” Camille dijo lo último con mucho cuidado puesto que podría entregar tanto un resultado positivo como un resultado negativo, pero, desde su experiencia, vio que muchas personas lograban cerrar ciclos de duelo cuando visitaban las tumbas de sus seres queridos. Emilia no fue a su funeral puesto que era reservado para los familiares, pero tampoco manifestó intenciones de dejar flores en su tumba cuando ya había pasado tiempo.
“Dudo que los señores Lancaster me permitan deambular por sus propiedades para dejarle flores al hijo que casi se casa con una joven de clase inferior.”
“¡Emilia!” Sayaka irrumpió en la habitación de sus hermanas. Las dos gemelas se sobresaltaron por su interrupción. “El señor Lancaster está esperándote en la sala. Ha traído un majestuoso carruaje consigo y según pude escuchar está solicitando a nuestro padre que te permita ir con él a Londres.”
Emilia y Camille se observaron entre ellas, pasmadas.
“¿El Conde?” Emilia parpadeó incrédula.
“No. El infante.” Corrigió Sayaka, divertida por la expresión de desilusión de su hermana.
“No se me permitió visitar a mi hermano en su lecho de muerte.” Ciel explicó. Caminando junto a Emilia ya en sus tierras, lucía orgulloso de enseñarle la “casa” principal de los Lancaster en Inglaterra. “Usted sabe cuan era mi deseo de acompañarle en sus últimos momentos.” la herencia de su familia le daba aquel estatus, pero sus arcas personales se vieron en aumento cuando su hermano Henry falleció. El mayor había dejado en vida varios testamentos a beneficio de sus hermanos menores, con la proyección a largo plazo de protegerlos en su ausencia y que, al menos con el dinero que jamás disfrutó, ellos pudieran tener libre albedrío a la hora de escoger lo mejor para cada uno sin temor a las represarías de su padre.
“Cuando recibí vuestra carta intenté hacer lo posible para convencer al Conde para que autorizara su traslado, pero mis esfuerzos fueron en vano. Lo lamento.” Expresó Emilia apenada.
“Sé que abogó por mí, señorita Bennet, y le estoy agradecido.”
Emilia disimuló la sonrisa en su rostro. El cordial joven Lancaster que la escoltaba a su lado era muy distinto del mimado señorito Lancaster que conoció en Blossomhouse. Seguidamente sintió su corazón acongojado al asimilar que la repentina madurez del joven Ciel posiblemente fue un forzado cambio abrupto ante la muerte de su hermano mayor.
“El conde tiene decisiones misteriosas… Le confieso que al día de hoy me cuesta comprender sus lineamientos.” Ciel permaneció unos segundos en silencio, el rencor en sus palabras podía ser disimulado a la perfección, pero la expresión de liguera amargura en su rostro delataba el malestar hacia su familiar “Agradezco que me acompañe a dar honores a la tumba de mi señor hermano. Después de su funeral… No volví aquí.”
“No tiene que agradecer, joven Ciel. Es más, expreso mi más profundo agradecimiento por su invitación. Justamente he deseado poder dejarle flores al señor Lancaster.”
En el trayecto hasta el lugar de descanso, Ciel le fue contando ciertos detalles de los acontecimientos sucedidos desde el término de la guerra. Por orden de sus padres, Ciel había estado en confinamiento en Blossomhouse para su protección durante el periodo que durase la guerra por lo que en todo momento se había sentido muy ajeno al panorama bélico de su país. Pero cuando se enteró del grave estado de su hermano Henry, solicitó a su hermano, el conde, autorización para viajar hasta donde se encontraban con el fiero deseo de acompañar a su familiar
Sin embargo, por motivos que él consideraba egoístas, Cain Lancaster le había negado la oportunidad de despedirse de Henry.
Sólo Cain y Slaine, e incluso el señor von Einzbern, habían tenido la oportunidad de acompañar a Henry en sus últimos momentos.
Le contó a Emilia muchos más detalles dentro de lo prudentemente breve que era para comunicarse. Tal vez la falta de una persona con quien conversar sus preocupaciones lo llevaba en ese momento a confesarse con la persona que por mucho tiempo consideró una intrusa en su hogar.
De este modo le contó que incluso las cosas en su familia habían cambiado notablemente. Su padre y su hermano mayor estaban distante entre ellos. Esto se debía a que Cain solicitó en reiteradas ocasiones la presencia de su padre en los países bajos para acompañar en sus últimos momentos a su hermano, Henry, pero el padre desistió de la idea considerando que su traslado era innecesario sabiendo el fin que le esperaba a su segundo hijo.
Ciel había escuchado entre la puerta. Recordó esa discusión, pero por obvios motivos se la reservó para él y no le dio detalles a Emilia.
“Iba a morir de todos modos. Como su padre, mi deber más prudente era esperar la repatriación de mi amado hijo, preparar todo a su llegada y que se le hiciera una ceremonia honorable como héroe de Inglaterra que dio su vida por su país.” El Marqués dijo esas palabras, con su sonrisa suave y su expresión serena de siempre.
“Pero no tardaste nada en recibir la medalla del Príncipe en honor a Henry y la compensación económica por su muerte.” Desde ese momento, su padre y su hermano apenas cruzaban palabras.
“Mi prima, la dama de La Moniquè, está animada de reunirse con usted. Ella se encuentra en el palacio en este momento. Sería grato reunirse con ella después de…” Ciel bajo fugazmente la mirada, angustiado por lo que iba a decir. “De visitar a Henry…”
“…” Emilia sintió un nudo en su garganta. Ver abatido a Ciel Lancaster era algo que jamás esperó ser testigo. Durante el tiempo que conoció a esa familia le dio la percepción de que todos los Lancaster eran reptiles de sangre fría que no conocían de sentimientos ni emociones, pero claramente estaba en un error. La ausencia de uno de los hermanos afectaba de igual modo a los otros. La joven tocó sutilmente el hombro del menor y le sonrió amablemente cuando éste la observó. “Estaré gustosa de ver nuevamente a Lady La Moniquè.”
Emilia y el joven Ciel llegaron a los terrenos donde yacía el lugar de descanso de Henry Lancaster. El sitio expresaba una agradable paz y armonía, rodeado de sectores verdes cuyas flores silvestres desprendían un dulce aroma, adornado por un lago habitado por cisnes blancos donde el único sonido emitido era el cantar pacífico de las aves más pequeñas. La joven aspiró profundamente el aroma llenando sus pulmones de esa agradable fragancia, era dulce y tranquilizadora como si probara un poco de miel de verano.
Los dos se visualizaron sorprendidos de encontrar a una persona hincada en la tumba, colocando unas flores cerca de la lápida observando la escritura con calma y melancolía. Emilia se sorprendió de encontrarse con el señor von Einzbern en ese lugar. No era ilógico de todos modos, puesto que era esperable que visitara el lugar de sepulcro de su amigo, pero la coincidencia no dejaba de maravillarla.
“Señor von Einzbern.” Saludó Ciel al llegar a su lado. Emilia imitó el gesto del menor.
“Joven Ciel, señorita Bennet.” Les respondió el saludo cuando alzó la mirada. Había estado tan inmerso en sus propios pensamientos que no se percató de sus presencias.
“Espero no interrumpir su momento de paz. No estaba al tanto de que se encontraba visitando la tumba de mi hermano.”
“No se preocupe.” Le sonrió con amabilidad. Luego miró a Emilia, dedicándole a ella otra sonrisa especial. Los dos habían compartido los últimos momentos con el señor Lancaster siendo testigos de su partida, haciéndolos cómplices y compañeros.
Los dos recién llegados dejaron las coronas de flores que traían consigo. Dialogaron brevemente con el joven alemán y éste respondía admirablemente a todos sus comentarios.
Wolfgang fijó su mirada en la señorita Bennet y le volvió a sonreír cuando respondió a uno de sus comentarios sobre sus admirables dotes de administración de empresas de los cuales el señor Väring no dejaba de hablar. Emilia le devolvió la sonrisa, pero internamente una mezcla de emociones distintas le hizo sentir realmente decaída. Veía al señor von Einzbern regio y firme como siempre había demostrado ser, pero su sonrisa lucía como una muestra forzada de bienestar social…
Quien estaba delante suyo era una sombra de lo que alguna vez fue Wolfgang von Einzbern.
La muerte de Henry Lancaster le había afectado de tal modo que ahora era un espectro en vida, sutilmente disfrazado para ser funcional para la sociedad, pero detrás de esa sonrisa existía una persona que se encontraba desfragmentada y vacía.
Ciel se excusó con ambos refiriendo que debía retirarse brevemente para conversar con su madre. Ese momento fue aprovechado por Emilia quien se hincó a un lado del señor von Einzbern y con todo respeto apoyó una mano en su hombro.
“Señor von Einzbern, la muerte de nuestro amado señor Lancaster nos ha afectado considerablemente, pero me temo que es a usted a quien más ha decaído su partida. Si desea una amiga con quien conversar, expreso mi disponibilidad e incluso, me atrevo a invocar, la voluntad de mi hermana Camille.”
“Gracias, señorita Bennet.” El rubio asintió sutilmente. “Usted también… puede contar conmigo si así lo desea.” Volcó su mirada hacia el lago donde los cisnes blancos nadaban serenos. Sin duda, el mejor lugar de descanso para Henry era ese sitio, rodeado de criaturas tan puras y frágiles como él. “Henry ha dejado un vacío en todos nosotros.”
“Es imposible superar a una persona que fue tan iluminada.” Suspiró Emilia. “Lo que más me duele es que…”
“¿Qué?” Wolfgang la observó, con interés, cuando ella pareció preferir callar.
“Creo que a usted también le sucedió… Él solía pedirme que le contara mis historias familiares para sentirse parte de un núcleo afectivo acogedor y cálido. Siento que su vida fue demasiado solitaria y austera, pese a estar rodeado de familiares y riquezas. Me duele pensar que no se sentía amado por sus padres y hermanos.”
“Él pensaba que su partida no afectaría a nadie… pero aquí estamos, sufriendo en cada respiro de vida… muriendo en vida...”
“…”
“Pero eso demuestra cuán amado fue. Incluso por sus hermanos.”
“Por Ciel.”
“Por todos. Incluso por el Conde.”
“…”
“Entiendo” el rubio soltó una sonrisa apenada. Le hubiera gustado que Henry estuviera presente para que fuera testigo de cómo su hermano se afectaba por su ausencia “Su reintegración pronta a sus deberes y su crudeza natural puede dar el sentido de que no se ha afectado en lo más mínimo con la muerte de su hermano… Pero él de algún modo también fue mi amigo y puedo descifrar ciertos aspectos de su personalidad.”
“¿Fue?”
“El Conde se ha vuelto más hermético, incluso. Sigue siendo educado y tolerante conmigo, pero es notorio que no desea el contacto conmigo… Ni con otros.”
“Me da la impresión de que siempre ha sido así.”
“Es lo que demuestra, pero, como le dije, en parte le conocí un poco más. Mi larga estadía en Lancannia me llevó a convivir bastante con él y con Henry. Incluso, fue al Conde a quien conocí primero y éste me presentó a su despistado y amable hermano Henry.” Recordó con una sonrisa melancólica el día en que conoció al rubio. “Puedo afirmar que está tan afectado por la muerte de su hermano que llega a ser dañino con él y con todos.” El alemán se quedó pensativo en esa última reflexión. Henry pensaba que su partida no causaría estragos, pero eso era inevitable y lo que menos habría querido era que uno de sus familiares se volcara a la autodestrucción. Wolfgang sabía que Henry no podría estar en paz consigo mismo si veía que el resultado de su ausencia era la pérdida de su hermano.
Debía evitarlo, pero el mismo Wolfgang tenía poco tiempo para hacerlo debido a lo que tenía planeado para su propia persona. “Señorita Bennet, usted… ¿Podría hacer algo por mí?”
“Emilia, me alegra volver a verte.” Expresó fascinada Aristia La Moniquè al recibir a la joven en la sala que le dispuso su tío para ella en el palacio.
“Lady La Moniquè” pronunció la joven con mera dificultad. Tanto porque aún estaba confundida por la petición que le hizo el señor von Einzbern como por la deslumbrante nueva apariencia de Lady La Moniquè.
La joven había dejado los costosos y complicados vestidos de aristócrata de lado. En cambio, lucía una especie de uniforme de armada y su larga cabellera que siempre llevaba en un tocado perfecto ahora estaba atada en una cola alta.
“Mi nueva persona debe ser una gran confusión para usted.” Le sonrió, enternecida por la expresión de Emilia. “Pero tiene una historia coherente detrás de ella.”
Le invitó a sentarse a su lado y prontamente comenzó a contarle el origen de su cambio. Después de haberse enterado que su enamorado, Allendis de Verita, había muerto en el campo de batalla, Aristia La Moniquè volcó todo su dolor y rencor hacia su padre: el Barón Lancaster había sido, a su juicio, el único responsable de la muerte de su amado Allendis. Cuando Allendis de Verita pidió su mano, el Barón se la negó argumentando que era poco digno para su preciada hija pero que lo consideraría si defendía su patria en la guerra y volvía con honores.
Allendis volvió, pero en un féretro.
Aristia se sumió en el dolor y en el deseo de acompañar a su amado a donde había partido. Tal parecía que ese sitio que compartían Allendis y su primo Henry era mucho más grato que permanecer en el mundo de los vivos soportando la ausencia de ambos.
Su padre, arrepentido por sus acciones, trató de conciliarse con su hija. A Aristia le costó perdonarlo, pero consideró ir consolidando las cosas cuando le puso la condición de que la entrenara como cadete. El Barón Lancaster era conocido por entrenar a los guardias del palacio. Su padre a contra de su voluntad aceptó, y así Aristia se había entrenado en la esgrima y la defensa.
“Ya nunca más seré una dama que se sienta a bordar en la salita mientras espera que sus seres queridos la protejan y pierdan la vida por ello.”
“Lady La Moniquè, eso suena tan admirable.” Respondió con honestidad.
“Todo te lo debo a ti, Emilia. Haz sido mi inspiración. El saber que fuiste de voluntaria de la cruz roja para apoyar a los jóvenes y conocer que acompañaste a mi primo Henry hasta los últimos momentos pese a las discriminaciones no me hace más que convertirte en mi modelo a seguir.”
“Oh, señorita, eso es demasiado halagador para mí. No merezco su devoción.”
“Permiso.” Dijo la señorita Reiss, integrándose a la conversación. “Lamento la imprudencia al hacer oídos a sus últimas palabras, pero me temo que si no me integro a las palabras de Lady La Moniquè me arrepentiré para el resto de mis días. Pienso yo exactamente igual que ella.”
“¡Señorita Reiss!” Emilia se maravilló al verla allí. Tenía vergüenza por haber olvidado a esa persona que tanto estuvo rondando su mente antes de su partida a la guerra debido a la preocupación de su condición de salud. “¿Cómo está su salud?” preguntó con prudencia.
“Estoy bien, gracias.” Respondió, sonriéndole y asintiendo. “Ahora estoy mucho mejor. Ahora soy libre.”
“¿Libre?” Emilia la miró preocupada. Ella conocía cierto secreto de la joven que no se atrevía a confesarlo a nadie, ni siquiera a Historia Reiss aunque ya habían hablado sobre ello antes de que Emilia se fuera con el Dr. Smith a la cruz roja. Fue antes de ello que Emilia y el Dr. Smith, quienes atendieron la delicada salud de Lady Reiss, se dieron cuenta de otra realidad.
“Tranquila, Lady La Moniquè lo sabe. Ha sido una buena amiga y compañera en este proceso.”
“…” Emilia miró a Aristia. Todavía no sabía si hablaban el mismo idioma.
“Sé el secreto de Lady Reiss.” Asintió.
“¿Se lo…?”
“Bueno, mi padre me envió a un país donde estoy sola y si no me caso con el rico Conde quien codicia mi fortuna y título real, mi padre no desea volver a recibirme. Después de conversarlo con usted, señorita Bennet, entendí que debía buscar ayuda y el encontrar a una amiga como Lady La Moniquè ha sido bastante afortunado. Lamento si en un principio me comporté arisca y soberbia con ustedes, estaba pasando por momentos bastantes confusos.”
“Estoy un poco perturbada. Creo que me he perdido de varias cosas.”
“Han sido meses de ausencia.” Asintió Historia. “Pero todo está bien ahora, incluso hemos arreglado las cosas con el Conde. De hecho, en unos momentos se librará una tormenta en Lancannia, estoy feliz de que estén aquí para sentirme acompañada y lamento aprovecharme de la situación.”
“Estoy al tanto de todo, pero no del por qué podría producirse una tormenta en estos momentos. ¿Mi primo…?”
“No.” Negó la rubia con su cabeza. “Su señor padre.”
“…” Emilia empalideció. Casi sintió que la sangre se le iba a la cabeza y por un momento pudo haber sido testigo en persona de los ¨desmayos inoportunos de su madre¨
“¿Emilia, estás bien?” preguntó Aristia preocupada.
“¿D-del marqués? Yo pensaba que era del señor Conde.”
“¡Por favor, no!” las mejillas de la señorita Reiss se tintaron de rojo ante el bochorno. “Será mejor que les explique a ambas antes de generar mayores confusiones.”
*
“Mi padre lo sabe.” A su progenitor jamás se le escapaba nada.
“…” Lady Reiss sentía como si un balde con agua fría le recorría desde la cabeza hacia los pies. Los mareos se incrementaron, sus piernas le temblaban y era oportuno sentarse para no caer desvanecida, pero era demasiado orgullosa para demostrarse tan débil.
“Pese a que yo he sido respetuoso con usted y usted es consiente que no la he tocado… Aun así, me ha ordenado que la despose… Se opone al quiebre de este compromiso. Me ha expresado que me responsabilicé de ¨eso¨” Su padre le explicó que ese matrimonio traía muchos beneficios para su familia y, pese a la deshonra, las ganancias eran más <Ella es una mujer frágil… vas a enviudar pronto y heredarás todo...>
“Pero… Sería injusto para usted.”
“No me ofrezca su falsa compasión. Debió haber considerado la injusticia hacia mi persona antes de proponerse humillarme como ser humano.” Más cuando el futuro matrimonio entre los dos era el tema de momento en Inglaterra.
“Yo nunca tuve esas intenciones hacia usted, mi Lord.”
Historia era honesta en sus palabras. Pese a que todo el mundo le decía que el Conde Lancaster era el peor ser humano de todos y que mucho más agraciado era su hermano Henry que él, a Historia le llamaba la atención la personalidad del joven y admiraba su particular belleza estética.
Nunca en sus planes estuvo la intención de ofenderlo. Había llegado a Inglaterra engañada por los chismes de que el Conde era un tipo áspero, frívolo y horrible. Ella pensó que se trataba de un señor demasiado mayor, casi senil, de aspecto repugnante y personalidad despreciable.
Cain Lancaster no caía en esas clasificaciones. Incluso, su personalidad Historia podía justificarla porque era el hermano mayor y tenía demasiadas responsabilidades y considerando como era el padre del Conde era esperable que el hijo se mostrase tan frío. Antes de llegar a Inglaterra había huido en el paso territorial con el fin de escapar de todo. Pero por poco se convierte en rehén de los enemigos. En un hecho afortunado chocó con aquel soldado aliado quien la ayudó y la puso a salvo de las balas enemigas, quien la acompañó durante todo el camino sin agua ni alimentos ni refugio y puso su bienestar por sobre el de él sin esperar nada a cambio. Historia estaba segura que ese joven era todo el prospecto de Príncipe, pero había nacido como hijo de la pobreza.
Amarlo fue inevitable, no porque estuviera agradecida por su protección, sino porque se había enamorado del espíritu leal y humilde de aquel joven.
Ambos habían sucumbido al efecto del amor contemporáneo entre guerras, el temor de no amanecer vivos al día siguiente y a la impetuosa juventud.
No era su propósito dañar ni humillar de tal modo a un hombre tan respetable.
“Lamento que las circunstancias de los hechos le perjudicaran… Yo, no sabía cómo era usted y al conocerlo me enteré de que era todo lo contrario a lo que habían forjado en mi mente. Esto no justifica mi actuar, estoy consciente de ello, pero quiero que sepa que nunca he querido dañarlo o burlarme de usted. Por mismo motivo fui yo quien le contó de mi condición actual” Le hablaba, aunque en todo momento el Conde le daba la espalda mientras él miraba las llamas del fuego de la chimenea. “Mi Lord, lamento no ser la esposa digna que usted ilusionó y mereció… Pero si usted desea cumplir con los deseos de su padre, prometo remendar todas mis acciones y ser una respetable esposa.”
“Lady Reiss, ¿en su frágil mente tan siquiera considera la idea de que me arrastraré hacia usted y aceptaré hacerme responsable de errores ajenos? Creo que he sido lo suficientemente prudente durante toda mi vida como para merecer hacerme cargo de las irresponsabilidades de los demás. No me ofenda. Ni la sumisión ni la resignación están en mi sangre.” Siguió mirando el fuego. “Mucho menos el conformismo.”
“…” “No me haré cargo de esa cosa.” La señaló con desprecio. Aunque su padre le exigía lo contrario, sabiendo que el progenitor era otro, él no tenía que tolerar tal humillación.
“No me desaceré de él.” Historia fue firme, aunque le dolía causarle tanto malestar al Conde.
“No. Usted no entiende en absoluto.” Le observó distante y presumido. “Soy yo quien se desase de usted.”
“¿Mi lord?”
“Yo termino este nefasto compromiso. Historia Reiss, desde este momento te libero de mi ¨frívola¨ persona para hacer con tu vida lo que te plazca.”
“Entiendo su posición.” Asintió, derrumbada. “Usted siempre ha sido muy respetuoso y amable conmigo, merece todo lo mejor del mundo, mi Lord. Me retiraré de su palacio apenas encuentre alojamiento en otro sitio, prometo que será lo más apresurado posible.”
“No.” Le increpó. “Yo no esperaré nada. Usted se va ahora mismo.”
“…”
“Salga de mi vista. No quiero saber nada sobre su existencia.” Apuntó unos documentos sobre el escritorio.
Historia se aproximó, confundida, tal vez el Conde esperaba que firmara un acuerdo con él donde le entregaba sus ingresos para pagar sus ofensas. Estaba de acuerdo en hacerlo de todos modos, era lo menos que podía darle… El problema era que su padre se enteraría pronto del quiebre del compromiso y el porqué de ello y la desheredaría, dentro de poco no tendría como pagarle al Conde. Podía encarcelarla si así él lo deseaba, pues también hacía de juez de rentas del condado.
Sus ojos se abrieron enormemente en asombro al leer la ordenanza.
“Mi… Mi Lord, yo no puedo aceptar esto. No merezco nada de esto.”
“No. No lo merece. Pero es el único modo para sacarla ahora mismo de mi vida.”
“No puedo aceptarlo.” Imposible. No podía aceptar recibir pagos (aunque fueran inferiores) mensuales y una casa a nombre suyo en un pueblo cerca de Bloomington. “Entiendo que no quiera verme más, pero me parece injusto que tenga que hacerse cargo de mi a cambio de ello. Incluso si lo acepto, déjeme tratar algo con usted dentro de lo pronto para poder compensarlo monetariamente. Tengo unos dineros a los cuales puedo acceder, solo necesito ver cómo recuperarlos. Prometo pagarle su bondad apenas los consiga.”
“Lo que haga con su vida no es asunto mío.” Dijo después de unos segundos de silencio. Se dio la vuelta y salió de oficina. 

“Así sucedieron las cosas.” Terminó Historia, contando tranquila lo que sucedió.
“Mi primo siempre ha tenido esa particular forma de hacer las cosas.” Aristia soltó una risita. “Siempre haciendo más dramáticas sus presentaciones… Afortunadamente ha sido gentil contigo, por el contrario, cuando alguien le ofende él los destruye.”
“Pero, yo no entiendo… Entonces, ¿es malo o no es tan malo?” Emilia todavía no se podía ordenar.
“Digamos que ¨no es tan malo¨” aseguró Historia. “Yo creo que si fuera otro en su situación habría aceptado casarse conmigo y luego habría buscado el modo de deshacerme de mi y del bebé para quedarse con todos mis bienes”
“…” Aristia y Emilia se miraron entre ellas, extrañamente ambas pensaron en el reiterativamente viudo padre de Cain.
“¿Qué va a hacer ahora, Lady Reiss?”
“Aquí es donde entras tú, Emilia.”
“¿Yo? Disculpe, pero no puedo entender.”
“Eres amiga del joven soldado Jaeger…” Historia le sonrió, aguantando las risitas al ver la reacción en shock de la señorita Bennet.