Tengo todo el día libre, al fin ;;. Feliz año nuevo a todas! Pasenlo lindooou<3
A ver si puedo terminar el cap hoy y corregirlo en otro momento jajajaja2.1 # Cantar.
—Lo siento —susurró el dependiente, rascándose suavemente la mejilla con gesto compungido. Aunque Eastwood era una ciudad reluciente y próspera donde no abundaban los huérfanos, sí sabía de la existencia de uno o dos orfanatos en toda la región. La vida allí suponía no debía ser fácil y luego se preguntó el tipo de educación que debían recibir los niños y como los integraban a la sociedad luego de cumplir la mayoría de edad… eso lo hizo suspirar.
—No es para tanto —respondió Luo y su sonrisa, ancha y sincera, se sintió de inmediato reconfortante para Joe, disipando parte de su incomodidad y dudas.
Cyan, por su parte, no terminó de entender bien el motivo de la disculpa. Después de todo ella no poseía recuerdos vívidos de sus padres; esa nebulosa del pasado le parecía algo lejano a ella. La vida en el orfanato no la había juzgado nunca como algo terrible o al menos, había dejado de parecérselo desde el día en que conoció a Luo. Miró a Joe con sus grandes ojos verdes, parpadeando varias veces con una curiosidad tranquila, como tratando de descifrar la pena que no lograba compartir.
—Tengan —dijo Joe de pronto, recuperando su animación habitual. Se agachó y buscó debajo del mostrador entre un pequeño desorden de promociones, hasta sacar un CD en su funda de plástico. Era el sencillo debut de Hyuna—. Es solo un sencillo, pero está bastante bien. La producción es limpia y la voz… bueno, la oirán completa.
—Gracias —dijo Luo, alargando la mano y tomando el disco antes de que Cyan pudiera articular una negativa. Su movimiento fue rápido o mucho más rápido de lo que su amiga podía ser.
—¡Luo! —lo regañó ella, aunque sin verdadera fuerza en la voz—. N-no podemos aceptarlo… Sería un abuso de su amabilidad.
Sin embargo, sus ojitos brillaban con un entusiasmo indisimulable. Ya quería sumergirse en esa voz potente de la que hablaba Joe, descifrar las letras, perderse en los arreglos. Tomó con cuidado el CD que Luo le acercó y contempló la portada; la imagen de Hyuna en un primer plano desafiante, con una sonrisa prepotente y un fondo de un violeta eléctrico e imponente que parecía hacer eco de su energía, hasta podía sentir las pequeñas gotas de sudor que debieron resbalar por su piel trigueña.
—Tranquila —dijo Joe, cruzándose de brazos—. No es un regalo.
Su voz fue firme, sin dramatismo. No hablaba para convencer, sino para dejar clara su postura; a lo largo de los años había aprendido a medir las palabras cuando trataba con gente joven y más cuando estaban llenos de esperanzas. La tienda no había salido adelante por casualidad, él la levantó solo, con pocos recursos, muchas horas de trabajo y decisiones tomadas con cuidado. Ese mismo criterio lo aplicaba ahora.
—Piénsenlo como un préstamo a largo plazo. Un préstamo de inversión, si quieren llamarlo así. Cuando ustedes dos sean conocidos, me lo devuelven con intereses. Un álbum firmado alcanza.
Luo no dudó. No pidió aclaraciones ni miró a Cyan buscando permiso, en sus ojos apareció algo distinto, una determinación clara que no solía mostrar frente a desconocidos. Dio un paso al frente y extendió la mano derecha para tomar el objeto que el dependiente les ofrecía.
—Trato hecho.
La seguridad de su gesto sorprendió a Cyan. Ella abrió la boca por reflejo, dispuesta a objetar, pero se quedó callada observando a su amigo durante un segundo que duró más de lo esperado. Por supuesto, no era impulsividad ni tampoco arrogancia, era convicción. Luo hablaba de un futuro que todavía no existía, pero lo hacía con la naturalidad de quien ya lo ha decidido y que nunca dudará en su camino. Eso la desarmó.
Joe estrechó la mano de Luo con fuerza y una sonrisa amplia se dibujó entre sus pómulos. No era una sonrisa condescendiente ni nostálgica, fue sincera. El acuerdo resultaba extraño… un dependiente de mediana edad sellando un pacto con dos chicos en una tienda de segunda mano que ya no recibía muchos clientes. Aun así, no se sintió absurdo sino con todo el sentido del mundo, siendo el hombre un mentor.
—Entonces queda así —afirmó el mayor—. El disco es suyo. O, mejor dicho, es mi futura pieza de colección. Cuídenlo.
Les guiñó un ojo, reconociendo ese brillo en esos dos chicos muchos años atrás, chispa que él también la tuvo. No era talento ni ambición ciega sino la mezcla peligrosa de ganas y necesidad. La guitarra que Luo llevaba a la espalda confirmaba que no hablaban solo por hablar y que ya a estaban practicando, estaban intentándolo.
—…
Cyan bajó la mirada al CD en silencio. Pasó los dedos por la portada con cuidado; el plástico tenía un relieve leve y lo recorrió sin apuro. El resto del local quedó en segundo plano ante sus ojos verdes… el polvo suspendido cerca de la ventana, el murmullo constante de la música ambiental y el olor a papel viejo y madera de las estanterías y mostrador. Todo se volvió irrelevante.
Durante unos segundos, solo existió ese objeto. No era grande ni llamativo y tampoco pesaba demasiado, aun así, sentía que sostenía algo importante. No pensó en fama ni en escenarios reflexionó en una voz que todavía no había escuchado bien, pero que estaba a punto de hacerlo. Pensó en el momento preciso en el que ese disco había llegado a sus manos.
—¿Y por dónde empezamos, viejo? —preguntó Luo.
—¿Viejo? —apoyó ambas manos con fuerza sobre el mostrador—. ¡Qué insulto!
—¡Luo! —le reprochó ella por enésima vez ese día.
Luo bajo la cabeza un instante, pero volvió a mirar a Joe con atención total. No buscaba halagos ni quería frases bonitas; necesitaba una dirección. Durante mucho tiempo, su sueño había sido una idea difusa y ahora estaba frente a alguien que ya había pasado por ese punto. Eso lo convertía en una referencia.
Joe apoyó los codos en el mostrador, cuya madera estaba gastada por años de uso. Permaneció en silencio y luego dirigió la mirada hacia la estantería de discos, vinilos viejos y casetes olvidados; recordó su adolescencia y los consejos que recibió entonces… algunos útiles y otros inútiles. La mayoría tardó años en entenderlos.
Suspiró.
—Primero —explicó con un suspiro resignado—, olvídense de pensar en empezar.
Ambos fruncieron el ceño, atentos.
—Empiezan cuando dejan de intentar impresionar. Cuando tocan sin pensar en quién escucha. Cuando dejan de buscar aprobación inmediata. Eso cambia todo.
Señaló el CD de Hyuna.
—Escúchenlo muchas veces. No solo para disfrutarlo. Escúchenlo con atención. Pregúntense por qué funciona. Dónde entra la voz. Qué sostiene la canción. Qué la hace avanzar. De qué habla realmente.
Hizo una pausa breve, analizando sus próximas palabras.
—Después hagan lo mismo con todo lo que puedan escuchar. Canciones buenas y canciones malas, canciones que no soporten, absolutamente todo sirve. No solo la música, miren a la gente, escuchen conversaciones y fíjense en lo que molesta, en lo que se repite, en lo que hace reír. Un artista trabaja con emociones reales. No con ideas fuera del lugar.
Cyan asintió despacio. No comprendía cada punto en profundidad, pero entendía la idea general y que no se trataba de un camino rápido; no prometía resultados inmediatos y wso la tranquilizó. Sus dedos se cerraron un poco más alrededor del CD. Luo, en cambio, parecía absorto en cada palabra, ya pensando en canciones y en melodías. En terminar la que tenía empezada y crear aún más.
Joe los observó un momento más. Luego añadió:
—Y practiquen. Todo el tiempo. En cualquier sitio. No esperen el momento perfecto. No existe.
Luo tomó aire con una gran mueca de felicidad.
—Gracias.
No dijo nada más, no hacía falta nada más.
Joe se enderezó y dio un paso atrás, buscando algún paño para comenzar a limpiar la tienda.
—Eso es todo lo que puedo decirles hoy. El resto depende de ustedes.
El silencio que siguió no fue incómodo. Era denso y cargado de ideas nuevas; Cyan volvió a mirar el disco, Luo acomodó la guitarra en su espalda. El acuerdo estaba hecho, no había aplausos ni promesas grandilocuentes, solo una decisión.
Habían recibido algo más que un CD. Habían recibido un empujón.
Y Luo ya tenía la primera melodía que quería terminar “My color”.
Luo tragó saliva antes tomar la guitarra con sus manos de la espalda y traerla hacia delante, si bien no tenían amplificador y sonaría como una acústica él no temía a cantar esa canción que rondaba su mente.
En pocos minutos ya la letra brotaba como magia de sus labios, esos sentimientos que había compuesto desde algún lugar lejano llenaron el local vacío con calidez, pronto Cyan se unió a él en un pequeño dueto bastante hermoso.
“Sometimes things may be so wrong
Feels like everything is lost
But you can be the one to fix these mistakes
Life is hard and full of tears
Feels like everything you fear
But you can be the one to confront it”
—Y toquen —añadió Joe después de que terminaron de cantar, la sonrisa del hombre fue sincera, esperando por el futuro brillante de ambos—. En cualquier sitio. En el parque, en el metro, en la puerta de esta misma tienda un día que yo no esté para echarlos. Acostúmbrense a las miradas, a la indiferencia, al aplauso ocasional.
Luo esbozó una mueca de complicidad. Esa parte, la de tocar para extraños, ya la conocían. Había empezado en los pasillos del orfanato, luego en el parque frente a unos niños, después en una esquina tranquila. Cada vez era un poco menos terror, un poco más de esa conexión eléctrica y fugaz con un desconocido y ahora tenían un pequeño público en Tik Tok.
—Gracias, Joe —susurró sin timidez Cyan, por primera vez con una voz firme y clara, levantando la vista del CD—. De verdad, por el préstamo y… por el consejo.
Joe hizo un gesto con la mano, como quitando importancia, pero su expresión era cálida.
—No me agradezcan todavía. Agradézcanme cuando me entreguen ese álbum firmado. Ahora, lárguense. Tengo que poner orden en esta cueva antes de que cierre.
Salieron a la calle cuando la luz de la tarde ya empezaba a bajar. El cielo tenía un tono anaranjado suave y el aire era más fresco que dentro de la tienda aun cuándo el aire acondicionado funcionaba allí; Cyan caminaba con el CD en la mano, mirando al frente, mientras avanzaba sin decir nada y a su lado Luo, sonriente de aquel encuentro fortuito. Ella sentía algo distinto, una especie de claridad que no solía acompañarla no era emoción ni entusiasmo desbordado, sino la sensación de que, al menos por ahora, sabían qué hacer.
Aún no tenían un plan definido ni certezas sobre el futuro. Había demasiadas cosas fuera de su control y pocas respuestas claras, sin embargo, ya no estaban dando vueltas sin rumbo cantando sin más, tenían tareas simples y concretas: escuchar música, prestar atención a lo que los rodeaba, practicar cuando pudieran. Nada más, pero tampoco nada menos.
Cyan bajó la vista hacia el CD que llevaba consigo. Era un objeto común, liviano, fácil de guardar en una mochila. Aun así, le resultaba importante. No porque garantizara nada, sino porque marcaba un inicio; un primer paso que no dependía de la suerte ni de promesas ajenas, sino de lo que ellos decidieran hacer a partir de ese momento.
—¿Qué opinas? —cuestionó Luo, avanzando con la espalda hacia delante para ver a su mejor amiga a los ojos.
Ella rehuyó un poco antes de acomodar uno de sus cabellos azulados y colocarlo detrás de su oreja.
—Es un sueño bastante grande —sus mejillas se tiñeron de rojo al pensar que toda esa atención estaría enfocada en ambos.
Luo sonrió, y entonces, en medio de la acera, comenzó a cantar suavemente:
—I'll be your light, so don't you cry, we'll be fine. When you're feeling down, i'll hold you tight. You'll be brave enough to seize this fight, I swear —cerró sus parpados con fuerza, empezando a entonar otra parte de la canción “My Color” que él había compuesto.
Cyan, por reflejo, tomó el relevo:
—Let me share my color with you now. My path is only with you, i want you to feel that you'll make it through —de inmediato Cyan continuó con la melodía. Al terminar la línea, una risa nerviosa y alegre les salió a ambos al mismo tiempo. Era la confirmación de que estaban en el mismo barco, remando hacia la misma orilla lejana.
La caminata hacia el orfanato continuó. La luz del atardecer cedía el paso a un crepúsculo grisáceo, y las farolas comenzaron a encenderse gradualmente. Pasaron frente a una tienda de crepas ya cerrando y luego un Seven Eleven al que Luo señaló con entusiasmo; el clima caluroso se sentía en el ambiente y ambos pensaron en lo mismo: helado.
—Paramos —dijo entusiasmado Luo, desviándose hacia la entrada automática.
Dentro, el aire olía a café recién hecho y a pan caliente. Fueron directamente a la heladera. Luo abrió la puerta de vidrio, dejando escapar una nube de aire frío.
—Uno solo —propuso Cyan, después de todo no tenían tanto dinero salvo las propinas que recibieron por tocar esa tarde en la plaza—. Para compartir.
Escogieron un bote de helado de vainilla con trozos de galleta. En la caja, mientras Luo pagaba, la vista de Cyan se posó en un expositor con revistas de diferentes tipos; entre los titulares de moda y deportes, vio una publicación de música. Era una revista especializada en artistas independientes y rock.
La tomó y hojeó rápidamente las páginas. Había entrevistas, reseñas de discos, anuncios de pequeños sellos discográficos, se la quedó mirando un momento, sintiendo cómo ese objeto mundano conectaba directamente con la conversación de la tienda de Joe y con la canción que acababan de cantar, incluso una pequeña reseña al sencillo de Hyuna “All-in” apareció en el índice.
—¿Quieres eso, Santa? —preguntó Luo, siguiendo su mirada.
Cyan no sabía si asentir o no, aunque era un monto mínimo tenían sueños que querían lograr y para el primer paso tener dinero ahorrado era indispensable… igualmente asintió con mandíbula apretada.
Él añadió la revista a la compra, manteniendo la expresión de felicidad.
Salieron de la tienda. Luo llevaba la bolsa y Cyan sostenía el bote de helado y dos cucharas de plástico que el cajero les había dado; se sentaron en un banco público a medio camino, bajo la luz tenue de una farola y compartieron el helado en silencio, pasándose el bote. El frío y el dulce sabían a normalidad, a un pequeño lujo cotidiano que hacía que el sueño enorme pareciera, por un instante, algo más manejable.
Cyan hojeaba la revista con una mano mientras con la otra tomaba su turno con la cuchara. Sus ojos escaneaban los artículos, buscando algo, cualquier cosa que les sirviera como Joe les aconsejó; Luo observaba el entorno, la calle tranquila, la gente que pasaba sin prisa y pensaba en la próxima canción, en las palabras que quería escribir.
—Quizás debamos comprar un reproductor de música —marcó Luo, señalando con la cabeza hacia la bolsa de Cyan donde guardaron el CD—. ¡Así lo podemos escuchar en todas partes!
—… —Cyan lo observó atenta, con la cuchara en la boca y luego asintió—. Así es. Sería nuestro tesoro y de nadie más —musitó ella, bajando la revista un momento—. Pero esos reproductores portátiles todavía son caros, tendríamos que ahorrar.
—Podemos guardar lo que nos den para gastos pequeños —propuso Luo con entusiasmo—. Yo puedo dejar de comprar esas galletas de la máquina los miércoles y tú podrías cobrar por predecir números o cosas así en el orfanato.
Cyan frunció un poco el ceño.
—No lo sé, Luo. La gente cuenta conmigo y si fallo se enojarán conmigo y el director, eso supondrá que me quitarán privilegios y ya no podré juntarme contigo o me prohibirán practicar con la guitarra.
—¡Ufff! —bufó Luo, dando una palmada suave en su propio muslo con frustración, porque Cyan tenía razón y si la gente no tenía de su lado a “Lucky Cyan” se podrían enojar severamente—. Medio año, calculo. Medio año y tenemos nuestro reproductor, luego podremos escuchar a Hyuna en el parque, en el autobús, en el pasillo del orfanato cuando las señoras no estén vigilando.
La idea le gustó a Cyan. Visualizó la escena nítidamente, ellos dos compartiendo unos auriculares, sumergidos en la música mientras el mundo pasaba a su alrededor. Se sintió bien y perfecto, un lugar personal para ellos…
—¿Qué crees que pone en las notas de producción? —preguntó Cyan, mirando de nuevo el CD a través de la tela de la bolsa—. Joe dijo que escucháramos con atención. Deberíamos fijarnos detenidamente en los detalles.
Ella era la más entusiasmada en poder escuchar la voz potente de Hyuna en “All-in”.
—¡¡¡Sí!!! ¡A todo! —asintió Luo, tomando la cuchara para su siguiente porción de helado de vainilla y galletitas—. Los instrumentos que usa, cómo entra su voz, si hay coros… todo todo… ¡TODO! Yo creo que la canción principal, “All In”, debe tener una base de guitarra eléctrica distorsionada. Algo potente, pero con un toque melódico.
—A mí me suena más a sintetizadores —expresó Cyan, pensativa—. Un poco más digital, más frío, pero con su voz cálida encima. Es un contraste interesante.
—Podríamos estar los dos en lo cierto —concedió Luo—. Habrá que escucharlo diez veces para decidir.
Un grupo de adolescentes pasó cerca de ellos, riendo a carcajadas por algo que decía uno. Luo los siguió con la mirada, un poco de envidia en sus ojos.
—¿Tú crees que ellos van a algún ensayo? —preguntó, casi para sí mismo.
—No lo sé —respondió Cyan—. Tal vez solo van a casa, como nosotros deberíamos ir al orfanato.
—Parecen despreocupados —murmuró él, dando otra cucharada al helado, que ya se derretía un poco.
—Todo el mundo tiene preocupaciones, Luo. Solo que no las muestran así, en la calle.
—Tienes razón, supongo. Es solo que pienso en demasiadas cosas, ¿sabes, Santa?
—¡Mooo! Ya te dije que no me digas así.
Guardaron silencio otro rato, terminando el helado. Cyan cerró la revista y la dejó a un lado un rato largo antes de hablar.
—¿En qué piensas para tu próxima canción? —preguntó ella, limpiándose las manos con una servilleta.
Luo se recostó un poco sobre el respaldo del asiento mirando el cielo, ya se veían algunas estrellas, a pesar de las luces de la ciudad.
—No estoy seguro, tengo algunas frases sueltas. Algo sobre… sobre sentirse atrapado en un lugar que no es tu hogar, pero a la vez es el único que tienes. Pero no quiero que suene quejumbroso, quiero que suene a deseo de salir.
—Eso está bien —concluyó Cyan, asintiendo—. Podría funcionar. ¿Ya tienes una melodía en mente?
—Tengo un riff. Uno simple en mi cabeza: ta-ta-tan, tan-tan… algo así. Lo tararearé cuando lleguemos y tengamos las manos limpias para agarrar la guitarra.
—Okai. A lo mejor puedo pensar en unas frases o algunas líneas de guitarra para acompañar. Algo repetitivo, que marque el ritmo.
—Eso —respondió el chico, sentándose derecho de nuevo, animado como de costumbre—. ¡Exactamente eso! Tú haces la base sólida con la voz, y yo vuelo por encima con la guitarra.
Cyan sonrió, un poco tímida.
—No sé si podré estar a la altura, prometo dar lo mejor de mi para satisfacer tu oído crítico, Luo.
—Lo haces bien y cada vez mejor con mi tutela, hehe. La otra semana, en el almacén, estabas sincronizada perfectamente con la guitarra.
—Fue solo una escala, Luo.
—Una escala perfecta, entonces.
Otro silencio se apoderó de ellos, esta vez más cómodo. La noche era agradable, sin mucho viento y el parque Vireta estaba casi vacío a esas horas, solo algún que otro paseante o una persona corriendo con su perro.
—¿Te gusta el nombre del parque? —inquirió Cyan de repente—. Siempre me he preguntado por qué le pusieron así aquí, en Eastwood.
—Por Kurt Cobain, ¿no? —respondió Luo—. Leí una placa una vez, hace años. Dice que es un homenaje a “el espíritu de la música auténtica” o algo por el estilo. Un poco pretencioso, si me preguntas hehe.
—Casi tan pretencioso como tú —confesó Cyan con una sonrisa—. El engreído Luo llamado pretenciosos a otros es ridículo.
—¡Ahora sacas tus garras, Santa! —la señaló con la cuchara, aunque eran puras risas y bromas—. Ahora tendrás que cantar “My Color” treinta veces antes de irte a dormir.
—¡¿Qué?! —espetó indignada Cyan, con una gota de sudor cayendo por su rostro—. ¡Nos descubrirán antes de que toque el primer coro!... y mañana tengo ensayo con el coro de la iglesia, necesito mi voz al cien por ciento o me castigarán.
—Deberíamos ir andando, se nos hace tarde.
—Sí.
Se levantaron y recogieron sus cosas: la revista, los envoltorios del helado, la bolsa con el CD. Cyan se colgó el estuche de la guitarra y Luo se estiró con la bolsa de plástico en manos, haciendo crujir su espalda.
Caminaron hacia la salida del parque, tomando el camino que bordeaba los arbustos.
—¿Y tu suerte, Cyan? —curioseó Luo de pronto, con una sonrisa juguetona—. ¿Ha hecho algún truco hoy?
Cyan se encogió de hombros.
—Encontré una moneda en el suelo esta mañana, de cinco centavos. No es gran cosa.
—¡Es algo! —exclamó Luo—. Yo hoy tropecé con el bordillo de la acera frente a la tienda. Casi me estampo contra la puerta, por eso llegué un minuto después que tú.
—Lo vi. Pensé que te habías distraído.
—Fue mi mala suerte habitual. Pero al menos no me caí del todo hehe, tu moneda de cinco centavos le ganó a mi bordillo traicionero.
—No es una competición, Luo.
—Lo sé, lo sé. Solo digo que es curioso, tú siempre encuentras el último bollo en la cafetería, o llueve justo después de que llegues a casa y a mí siempre se me atasca la máquina de refrescos, o me toca la fila más lenta del supermercado.
—… —enmudeció la chica, aunque sin mucha convicción. Ella también había notado el patrón y como su buena suerte al final le traía problemas o atención que no quería.
—Coincidencias muy constantes —replicó Luo—. A lo mejor es un superpoder. Tú, la chica de la buena suerte, y yo, el chico del tropiezo seguro. Juntos formamos un equilibrio.
La idea hizo reír a Cyan, un sonido suave y breve.
—Seríamos un dúo peculiar.
—Ya lo somos —explicó él—, y funciona.
Salieron del parque y se adentraron en una calle residencial, más tranquila. Las casas tenían las luces encendidas en las ventanas, y se veían figuras moviéndose detrás de algunas cortinas.
—¿Crees que Hyuna también tuvo que ahorrar para su primer reproductor? —preguntó la menor.
—Probablemente o a lo mejor se lo regalaron. No lo sé, pero no importa. Lo que importa es lo que hizo después de tenerlo y como se formó; escuchó, aprendió, practicó, como tenemos que hacer nosotros.
—Joe dijo exactamente eso y parece bastante fiable.
—Sí y viejo —repitió Luo echando una larga carcajada, mirando las estrellas de nuevo—. Vamos a tener que pensar seriamente en el género de música al que nos orientaremos y la temática que tomaremos.
Caminaron otro par de manzanas en silencio, absortos en sus pensamientos. El orfanato, un edificio de tres plantas de ladrillo visto, ya se veía al fondo de la calle.
—Mañana —agregó Luo, rompiendo el silencio y dando un pequeño salto sobre el borde de la acera—, después de clases ensayamos. En el almacén te enseño ese riff, ya lo he aprendido con solo oírlo una vez en mi cabeza. ¿A que soy genial?
—Mucho —asintió Cyan, sin poder evitar una leve sonrisa—. Y también creído y engreído~ apuesto a que tu ego es tan grande como el orfanato. Cabe justito en la parte de niños.
—¡¿Ehhh?! —exclamó Luo, poniendo una mano sobre su pecho con falso dramatismo—. ¡Qué cruel, Santa! Eso fue un ataque directo y sin aviso. Mi ego es de tamaño normal, compacto y eficiente. Es el motor de mi creatividad.
—Un motor que a veces hace mucho ruido y humo —replicó Cyan, jugando con la cremallera de su chaqueta.
—¡Humo artístico! —protestó Luo, señalándola con un dedo acusador—. Tú solo estás celosa porque tu proceso creativo es tan silencioso que a veces ni se nota que estás pensando. Pareces una estatua muy concentrada.
—Prefiero eso a parecer un altavoz ambulante con patas —replicó Cyan, esbozando una sonrisa más amplia—. Al menos yo no anuncio cada media nota que se me ocurre a todo el pasillo.
—Es para que la inspiración no se escape.
—Un método muy molesto.
—Pero efectivo. Gracias a mis proclamas, tenemos como seis inicios de canción.
—Sí, y gracias a mi silencio tenemos tres que están medio terminadas —contraatacó Cyan suavemente.
Luo se quedó callado un segundo, fingiendo estar ofendido, pero luego soltó una risa.
—Tocado. Bueno, tienes razón. Sin tu estatua concentrada, mis proclamas serían solo ruido, somos un equipo. ¿A que sí?
—Exactamente. Así que baja un poco el volumen a ese motor de vez en cuando.
—Lo consideraré —musitó Luo, cruzando los brazos—. Solo los días que no me sienta especialmente genial. Lo que es casi nunca.
—Lo que confirma mi teoría del tamaño del ego.
—¡Otro golpe bajo! Cyan, hoy estás implacable. ¿Es que el helado te dio poderes de sarcasmo?
—No, siempre los tuve. Solo que normalmente te compadezco y los guardo.
—¡Compadecer! Eso es aún peor. Prefiero el sarcasmo, al menos demuestra que te esfuerzas.
Se miraron, y la tensión cómica se desvaneció en otra risa compartida. Seguían parados frente a la verja, sin prisas por entrar.
—Bueno, en serio —recuperando un tono más normal—. Ensayo mañana, yo llevo la guitarra y mi ego, tamaño viaje.
—Y yo llevo el cuaderno y mi paciencia, tamaño extra grande —respondió Cyan.
—Trato. Ahora, de verdad, deberíamos entrar. Que mañana hay que ser productivos y terminar esa canción que solo existe porque yo soy un genio y tú una estatua muy talentosa.
—Vale, vale. Entramos.
Se detuvieron frente a la verja del orfanato entre risas. Desde dentro se escuchaba el sonido amortiguado de una televisión y se veían algunas luces apagadas en las ventanas de la planta superior.
El edificio tenía los dormitorios separados: el de los niños en el ala oeste y el de las niñas en el este. Eso significaba que debían separarse hasta el próximo día, la regla era clara después de las diez, aunque normalmente ambos se solían encontrar en prácticas nocturnas y quedarse hasta más tarde del toque de queda en la habitación de Luo o en alguna habitación oculta a la luz de linternas.
—Bueno… —expresó Luo, cambiando el peso de un pie a otro—. Hasta mañana, Cyan.
—Hasta mañana, Luo. Cuídate. No tropieces con nada más.
—Haré mi mejor esfuerzo hehe —respondió él con una sonrisa—. Pero no prometo nada.
Cyan entró primero, sin mirar atrás por ultima vez.
Luo se quedó un momento más en la acera, mirando el cielo, recordando la melodía de "My Color" en su cabeza; luego respiró hondo y empujó la puerta para entrar. Era extraño como esa canción siempre brotaba de su cabeza, desde su primera infancia donde siempre la tarareaba hasta tener la edad suficiente para cantarla.
3 # Take off.
Ambos chicos estaban en el jardín del orfanato. El clima seguía cálido a pesar de la hora y en el aire se escuchaban murmullos y risas bajas que venían de varias direcciones, de otros grupos que también aprovechaban el mediodía y sin embargo, nadie se acercaba a ellos.
La razón era conocida; Cyan tenía la reputación de ser el amuleto de buena suerte del lugar y muchos creían que su sola presencia podía traer cosas buenas, o evitar las malas. Era un título que ella no había pedido y que odiaba, por no poder ser una chica normal y por su condición de “Santa”, algo que algunas personas del orfanato, y fuera de él, aún no sabían cómo tratar o de qué hablar sin parecer incómodas. Esa combinación creaba una burbuja invisible a su alrededor. La gente miraba, comentaba en voz baja, siempre manteniendo la distancia.
Luo, por su parte, era visto simplemente como el chico ruidoso que rondaba cerca de ella. Su mala suerte legendaria era un chiste interno, pero fuera de su dúo, lo convertía en alguien impredecible y, para algunos, en un factor de caos del que era mejor no acercarse.
—Parece que tenemos el jardín para nosotros —comentó Luo, recostándose sobre el césped y mirando el cielo.
—Siempre es así —respondió Cyan, sentándose con cuidado a su lado.
—¿Te molesta?
Cyan lo pensó un momento.
—A veces. Otras veces no. Es… tranquilo.
—Sí. Tranquilo. Y práctico para ensayar sin que nos pregunten nada. ¿Verdad?
—También es triste… —susurró Cyan muy bajito.
Ella asintió aun así. La burbuja de aislamiento, a veces pesada, tenía sus ventajas. Aquí podían hablar de música, de sueños grandes, de cosas que a los demás podrían parecerles tonterías, sin ser interrumpidos ni juzgados. Era su pequeño territorio, ganado sin quererlo. Luo cerró los ojos, concentrándose en los sonidos lejanos de la ciudad, mientras Cyan observaba la luz de una ventana encendida en el piso superior.
—¡Hey hey! ¡No te pongas triste! —la sonrisa amplia de él se formó casi al instante.
—Así no funciona, engreído Luo —hizo un pequeño puchero, desviando la mirada hacia las personas que corrían por el pabellón cercano—. La tristeza no se va así…
—Lo sé —agregó rápidamente, mirando hacia el cielo—. Las nubes tienen tu color. ¿No crees, Cyan?
—Mi color es más verde —dejó que su mirada se alzara al cielo vasto que Luo le mostraba—. Aunque este no está mal…
—Cyan es mucho más linda —levantó ambas manos al cielo, como queriendo tocarlo—, y más afortunada.
—¿A qué se debe lo último? —inquirió ella, desviando la mirada a él—. ¿El director te retó?
—Un poquito —sonrió como respuesta—, pero dijo que si me portaba bien compraría un amplificador mejor.
—Oh —ella se quedó pensativa un momento—. Será un reto para el creído Luo.
—Un gran reto —admitió Luo—. Pero por un amplificador decente, puedo fingir ser un ciudadano modelo por un tiempo. Puedo saludar, decir "por favor" y "gracias".
—¿Y no tropezar? —preguntó Cyan, con un poco de escepticismo.
—Eso… eso ya depende más de la gravedad y de mis pies que de mí. Pero puedo intentar mirar al suelo.
Se hizo un breve silencio. Cyan observó las nubes que se movían con lentitud.
—Esa de allí parece un poco un perro —señaló con el mentón.
—¿Cuál? ¿La que parece una mancha de algodón aplastada?
—Sí, esa. Tiene una parte que parece una oreja larga.
—Ah, ya la veo. Un perro flaco y despeinado o quizás un conejo.
—¿Un conejo con orejas tan desiguales?
—Puede ser un conejo artista y con estilo. Como nosotros.
—No sé si nuestro estilo es parecerse a una nube deforme —expresó Cyan, pero su tono era más liviano.
—Claro que sí. Nosotros no encajamos en las formas normales, somos nubes raras. Tú eres una nube que trae suerte y yo soy una nube que se tropieza consigo misma y bien gris.
Cyan dejó escapar un pequeño suspiro, pero era uno más relajado.
—¿Qué canción pondrías a esta escena? —preguntó de repente, volviendo a mirar a Luo—. Si esto fuera el inicio de un video musical.
—Hmm —Luo frunció el ceño, pensando—. Algo instrumental al principio. Solo una guitarra acústica, limpia. Algo que suene a tarde de domingo, pero con un ritmo constante por debajo y nada de distorsión todavía. Eso vendría después, cuando salgamos corriendo del orfanato hacia la ciudad.
—Suena bien —murmuró Cyan—. El bajo entraría después, con la guitarra. Para darle profundidad.
—Exacto. Tú siempre piensas en la base, en lo que sostiene todo. Yo pienso en la melodía que va por arriba.
—Por eso funcionamos.
—Por eso —confirmó Luo.
Oyeron una campana a lo lejos, la señal para el almuerzo en el comedor principal. Ambos se quedaron en el césped un momento más, ignorando la campana un par de minutos.
—¿En serio, qué canción? —insistió Cyan, mirando el cielo otra vez—. Una de verdad, no una que inventes ahora.
Luo se rascó la barbilla, pensativo.
—Es difícil. Esta escena es tranquila, pero hay tensión por debajo. La burbuja, la gente que no se acerca… necesita algo que tenga esa dualidad.
—¿Algo de los noventa? —sugirió Cyan.
—Podría ser. «Black Hole Sun» de Soundgarden tiene esa atmósfera pesada y onírica. La letra es oscura, pero la melodía es casi… hipnótica. Como un día soleado con algo podrido debajo. Como nuestro jardín.
—Sí —asintió Cyan lentamente—. Se ajusta. Pero es muy oscura para un mediodía.
—Por eso funcionaría. Contraste. ¿O prefieres algo más directo?
—Algo con más energía, quizás. Para contrarrestar la tristeza. «Basket Case» de Green Day. Es pura energía nerviosa y letras sobre inestabilidad. Suena a gritar en un lugar abierto como este.
—Demasiado punk para el ambiente —consideró Luo—. Nos quedaría grande. Nosotros no somos tan… frenéticos. Somos más lentos, más calculados.
—Entonces, ¿alternativo? Algo de The Smashing Pumpkins. «1979». Tiene esa nostalgia y esa sensación de estar fuera de lugar, pero con una belleza triste.
—Esa es buena —admitió Luo—. Es perfecta para escenas de adolescentes al margen. Tiene sintetizadores, guitarras borrosas, un ritmo que no es rápido ni lento. Captura la melancolía y la esperanza a la vez.
—¿Y nuestra música? —preguntó Cyan, girando para mirarlo—. ¿Qué estilo crees que hacemos nosotros, realmente?
Luo se quedó callado un rato, serio.
—No es puro rock. Tiene la actitud, la base de guitarra y bajo, pero… hay algo más. Algo que no encaja del todo. Como si le faltara agresión o como si la agresión estuviera escondida en la melodía, no en los gritos.
—Porque tú no gritas, cantas. Y mi voz es más melódico que rápida a veces.
—Exacto. Somos alternativo, supongo. Pero con un toque… pop. No pop comercial, sino pop en el sentido de ehhhh…, de algo que se puede recordar. Como ese riff que tengo en la cabeza. No es complejo, pero se te queda.
—Como Hyuna —añadió Cyan—. «All In» tiene un toque pop, no obstante, la producción es alternativa, casi industrial. Esa mezcla.
—Sí. Ese es el territorio. Alternativo con atractivo, música que podría sonar en la radio, pero que no suena como todo lo demás. Música para días grises con destellos de sol.
—Suena a un buen plan —murmuró Cyan.
La campana sonó de nuevo, más insistente.
—Deberíamos ir —dijo Luo, levantándose y ofreciéndole una mano a Cyan.
Ella la tomó y se puso de pie.
—Entonces, ¿la banda sonora de hoy es «1979»?
—Para el jardín, sí —confirmó Luo, caminando hacia el edificio—. Para el ensayo de esta tarde, será algo nuestro. Algo que todavía no tiene nombre.
—Le pondremos nombre cuando esté terminada.
—Sí. Cuando esté terminada.
Entraron en el comedor, donde el rumor de voces y el sonido de platos reemplazó el silencio del jardín; la conversación sobre música quedó atrás, aún así la idea persistía, como el eco de una canción que aún no existía.
—Deberíamos ir —expresó ella, levantándose y sacudiéndose un poco la ropa.
—Sí. A ver si hoy tengo suerte y me toca el pudín. A ti siempre te toca.
—Podemos intercambiar si quieres.
—No, está bien. Es parte del balance. Tú tienes el pudín, yo tengo… la satisfacción de no haberme caído por las escaleras hoy.
—Eso es algo, supongo —sonrió la chica, y esta vez su sonrisa fue un poco más fácil, un poco más natural.
Caminaron juntos hacia el edificio, atravesando el jardín que, por un rato más, seguiría siendo solo de ellos.
El comedor del orfanato era un sitio pulcro y monótono. Las paredes, el techo y las largas mesas eran de un blanco desgastado que se repetía en todas direcciones. Ese ambiente estéril y sin vida siempre le producía un ligero malestar a Cyan.
Al cruzar el umbral el aire cambió de golpe, dejaron atrás la frescura del jardín y entraron en un vaho denso y cargado; el olor era una mezcla de sopa de verduras recalentada, cloro de la limpieza reciente y la fragancia de mucha gente en un mismo espacio. Todo esto venía acompañado por el murmullo constante de un centenar de conversaciones superpuestas, el ruido de cubiertos y el arrastre de sillas de un lado a otro.
Como siempre, cuando Cyan entró, el volumen de la sala bajó un par de nivele; fue un ajuste sutil, imperceptible para alguien ajeno, pero ella lo sintió como un cambio de presión en los oídos junto a las miradas que se desviaban hacia ella y luego regresaban rápidamente a sus bandejas de plástico rojo. Era el respeto nacido del miedo a lo desconocido; el trato distante al que siempre está sometida debido a las exigencias del director del orfanato y las mismas mujeres que debían haberla cuidado en vez de tramar como usar esa confianza que la gente tiene en ella como “chica afortunada”.
Luo ajeno o simplemente experto en ignorarlo, caminaba a su lado haciendo un ruido excesivo con sus zapatillas desgastadas. Su presencia era todo lo que ella necesitaba para ser normal, tener un amigo en quien confiar y alguien que la rescato de esa excesiva luz.
—Mira eso —susurró Luo, señalando la fila—. La señora White tiene hoy esa cara de "si pides más pan te mando a limpiar los baños". Mi intuición de mala suerte me dice que hoy el pudín vendrá un poco duro o mejor, budín de pan y huevo con nada de caramelo.
—Uhmm no me gusta tanto lo dulce —respondió Cyan, recuperando su tono reservado.
Después de buscar sus bandejas se apresuraron a buscar asientos apartados, aunque normalmente otros niños se apretaban, dejando un espacio vacío de al menos de dos asientos entre ellos y la pareja. Cyan observó a un grupo de niñas más pequeñas, las de primer ingreso que la miraban con ojos abiertos, llenos de una mezcla de admiración y terror. Para ellas, Cyan no era una niña; era la "Santa" que, según los rumores, había predicho algunos números de lotería y atraía la buena fortuna con solo señalar un lugar.
Rápidamente bajo la mirada a la sopa de zanahorias en el cuenco y lo removió con la cuchara, se podía notar la amargura en sus acciones y el desesperado anhelo por dejar de ser el centro de todos esos rumores infundados; pero en un lugar donde la esperanza escasea, la gente prefiere fabricar milagros que aceptar la lógica.
—¿En qué piensas? Estás poniendo esa cara de "estoy resolviendo ecuaciones cuánticas" —rió Luo, con la boca medio llena de puré.
—En el amplificador —mintió ella, siguiendo con la mezcla de la sopa—. Si el director te lo da, ¿dónde lo vamos a poner? Sabes que el sótano está lleno de humedad. Se va a arruinar el circuito.
Luo se tragó el bocado y se puso serio por un minuto, sus ojos, usualmente chispeantes en caos, se oscurecieron.
—Lo subiremos a la azotea. He estado arreglando la cerradura de la puerta trasera, di logramos pasar los cables por el conducto de ventilación, nadie se enterará. Imagínatelo, Cyan. Tocar allí arriba, con el sonido rebotando en los edificios vecinos… ¡sería como nuestro primer concierto en un estadio, pero sin el público molesto!
Ella negó con la cabeza, dejando que su larga melena musgo la acompañara.
—Es una terrible idea, nos meteremos en problemas —dejó la cuchara al costado del cuenco, el apetito se había esfumado tan fácil con las ideas para meterse en problemas de su mejor amigo —. Mejor lo llevemos a tu cuarto y hagamos espacio.
—¡¿Ikkkkkkk-?! ¡Mi cuarto está hasta arriba de cajas y cosas, Cyan! —empezó a ponerse nervioso, por primera vez en su vida, imaginando a su mejor amiga revisando sus cosas—. ¿En el tuyo? Seguro guardas ofrendas y cosas así. Vacío, vacío de principio a fin.
—¡Qué injusto! —estuvo a punto de hacerle otro mohín—. Mi cuarto es como el de cualquier niña.
—Si, seguro. Lleno de ofrendas de ancianitas y dulces que no saben a nada azucarado —la reprochó, después de todo ella siempre recibía todo lo que le daban por su “generosidad” como solía decirle la encargada principal—. ¿Le pasa algo a tu sopa, Cyan? Pareces pensativa…
—Estoy pensando que no me gusta esta sopa —mintió ella de nuevo, suavemente, evitando la discusión sobre el cuarto—. Tiene un sabor muy raro hoy.
—¿Raro? A mí me sabe igual que siempre —respondió Luo, tomando un sorgo grande de la suya—. A agua salada con zanahoria poposita.
—Eso es exactamente el sabor raro —susurró Cyan, y esta vez un pequeño destello de complicidad cruzó por sus ojos antes de volver a bajar la mirada.
—Mira —retomó la palabra Luo, bajando un poco la voz para no ser oído por los de la mesa de al lado—. Sobre la azotea. No es tan loco, ya tengo el acceso casi listo. Solo necesito una tarde. Una tarde y unas pinzas más finas, nadie sube allí nunca.
—Pero el sonido, Luo. No podemos tocar allí sin que alguien lo escuche y la señora Doe tiene el oído muy adiestrado para estas cosas.
—Tocaremos bajo. Muy bajo. Como un susurro. Solo para sentir el amplificador, para probarlo algunas veces y no para un concierto. Al menos no todavía.
Cyan dejó de remover la sopa y lo miró con seriedad.
—¿Y si te caes mientras arreglas la cerradura? ¿O si te electrocutas con los cables? Tu mala suerte no toma descansos, tú lo has dicho.
—Por eso necesitaré mi amuleto de la suerte allí conmigo —expresó Luo, sonriendo ampliamente—. Para asegurarse de que no pase nada. Para guiar los cables y sujetar la escalera.
—Oh, no. No cuentes conmigo para eso.
—¡Vamos, Cyan! Será una misión. Nuestra primera misión como banda. "Operación Amplificador Fantasma". Suena bien, ¿a que sí?
—Suena a que nos van a expulsar.
—Nadie nos va a expulsar si somos cuidadosos. Y si nos descubren… diremos que estábamos buscando una paloma herida. Una paloma albina, muy especial. Tú llorarás un poco, y yo pareceré preocupado. Funcionará siempre, ya sabes que a nuestra amada bendecida por la suerte nunca le niegan nada.
Cyan no pudo evitar una leve sonrisa, aunque trató de esconderla.
—Eres terrible. ¡Un manipulador!
—Soy un visionario —corrigió Luo con dignidad falsa—. Un estratega que piensa en nuestro futuro y tú eres mi socia esencial, de espíritu cauteloso y suerte abundante. Lo equilibramos todo.
—No sé —contestó Cyan, pero su tono ya no era de negativa rotunda, sino de duda considerando que ya su amigo tenía un plan y divertido—. Tendría que ver el lugar primero. La cerradura, los cables… todo, para evaluar los riesgos.
—¡Eso, eso! —exclamó Luo, casi saltando en la silla—. Eso es todo lo que pido. Una oportunidad de que veas por ti misma la azotea. Esta tarde, después del ensayo del coro te esperaré en las escaleras del tercer piso, subimos, das un vistazo, y tú decides. Si dices que no, buscaremos otro lugar. ¿Bien?
Cyan observó su rostro lleno de una esperanza tan genuina y desesperada que le resultaba difícil resistirse; era la misma esperanza con la que hablaba de ser músico. Suspiró, un sonido de resignación que ambos conocían bien, pues siempre lo acompaña en sus ideas absurdas y divertidas.
—Trato —susurró muy bajito, más para ella que para su amigo—. Pero solo inspección, sin tocar nada. Sin "Operación" nada.
—¡Trato! —confirmó Luo, su sonrisa iluminando su rincón del comedor ruidoso. Luego miró su plato—. Ahora, ¿te vas a terminar esa sopa de sabor raro, o puedo ofrecerte mi pan duro a cambio de tu pudín de la suerte?
—El pudín no se negocia —contestó Cyan rápidamente, protegiendo su postre con un brazo—. Pero puedes quedarte con el pan. Yo ya no tengo hambre y la sopa…
El ensayo del coro terminó a las seis, se había extendido una hora más de lo planeado y Cyan ya imaginaba a Luo echando raíces en la escalera del tercer piso, impaciente.
A través de los ventanales del orfanato entraba la luz del atardecer, naranja y brillante, que cubría las paredes blancas y el suelo sin dejar sombras. Los niños guardaban las carpetas en una caja de cartón ya desgastadas por el uso constante y al fondo, alguien apagó el piano de cola. Se escuchó el clic seco del interruptor y luego un silencio denso, quebrado solo por pasos y el roce de chaquetas puestas en los alumnos. El aire olía a tiza y a sudor adolescente, afuera, un autobús frenó con un quejido frente al parque Vireta y alguien cerró de golpe las ventanas del salón para que no entrara el polvo.
—La vida continúa —reflexionó Cyan en silencio, apoyando su cabeza con suavidad contra el atril de madera que aún debía guardar. Había cantado notas tan altas y afinadas que sus cuerdas vocales aún continuaban vibrando, con una sensación de calor y tensión en la garganta. Le dolía, cosa rara porque cuando cantaba al lado de Luo esto nunca sucedía—. ¿Hasta cuándo?
Levantó la cabeza y miró por la ventana, luego observó a los demás niños que de a poco iban dejando el recinto, en parejas o pequeños grupos. Le hubiera gustado que Luo también estuviera en el coro, todo sería más divertido y, sobre todo, para nada solitario. Con él, hasta la espera es un juego.
—Cyan —llamó una voz a su lado.
Era la profesora de canto y la directora del coro. Se había acercado sin que Cyan la notara. La mujer tenía unos cuarenta años, con el cabello recogido en un chonguito y unos lentes de montura gruesa, así imagino se vería cualquier profesor que enseña en un orfanato religioso.
—Sí, profesora —respondió Cyan, enderezándose de inmediato.
—Tu desempeño hoy fue excepcional. La pieza de la prima donna en el cuarto movimiento requiere un control tremendo, y lo lograste. Tu afinación es naturalmente precisa —elogió la profesora, ajustando las partituras que llevaba en el brazo—. Tienes un don muy elogiable.
Cyan bajó la vista, fijándola en el atril de madera gastada. Un don… la palabra resonó de forma extraña. La gente le decía que tenía un don para la suerte, y ahora para el canto. Nunca parecían ser dones que ella hubiera elegido o al menos en canto no estaba precisamente en entonar canciones religiosas para un Dios en el que definitivamente no creía.
—Gracias —susurró tranquila, casi con apatía.
—Sin embargo —continuó la profesora, bajando un poco la voz—, noto que te aíslas. Cantas como si estuvieras sola en una habitación vacía y la música coral representa a una comunidad y al conectar con los demás, así puedes llegar al corazón de los fieles.
Y al dinero, pensó para sí Cyan. Asintió sin levantar la vista, evitando charlas demasiado largas. Podía oír a los demás, seguir la dirección y el ritmo, pero su mente a menudo estaba en otro lugar: en la letra de una canción que Luo estaba escribiendo, en el sonido de una guitarra, en la quietud del jardín, en la tienda de Joe, el CD de Hyuna, el parque, incluso hasta cosas más pequeñas como el helado que habían compartido ayer.
—Lo intentaré —explicó sin convicción, porque era lo único que podía decir.
—No es una crítica, Cyan. Tómalo como un consejo, tienes el potencial para ser la voz solista del coro el próximo año, si trabajas en eso. Piénsalo.
—… —un mechón de su cabellera cayó sobre el rostro—. Lo pensaré, lo prometo.
—Eso me gustaría —la sonrisa de la señora era tranquila, en contra posición Cyan se dio cuenta que era una mueca astuta porque no tenía manera de rechazarla con su personalidad y decepcionar a la gente.
—Sí —intentó corresponder el gesto, aunque fue en vano. ¿Dónde quedaban sus deseos, sus anhelos?
La profesora le dio una palmada muy ligera en el hombro y se dirigió hacia la puerta, donde otro alumno la esperaba con una duda. Cyan se quedó dónde estaba, la sensación del toque aún presente en su hombro, lleno de expectativas que ella no quería ni necesitaba, ¿por qué no la dejaban seguir su propio camino? El corazón se le encogió un poco al pensar en ella como voz solista, con la mirada de los feligreses sobre ella y esa atención innecesaria que la arrastra a la soledad.
Recogió el atril, lo desarmó lo más rápido que sus manos le permitieron y lo llevó hacia el armario. El salón ya estaba casi vacío y la luz naranja se estaba volviendo rojiza, se apresuró el paso por los pasillos sin fijarse en lo que la rodeaba, con la mente fija únicamente en Luo. Anhelaba dejar de ser “Lucky Cyan”, al menos bajo aquellos reflectores religiosos.
Sus pies subieron los escalones de dos en dos primero y luego de a tres, en pocos segundos ya estaba junto al chico que estaba dormitando contra la pared, con los ojos cerrados y una respiración tranquila; Cyan se sentó a su lado, en silencio. Observó sus propias manos sobre las rodillas, luego miró el perfil relajado de Luo. Era increíble como Luo podía sacar de esa presión asfixiante del orfanato. Finalmente, con un movimiento leve, dejó caer su cabeza con suavidad sobre el hombro de él, ambos tenían tantos planes para el futuro y estaba completamente segura que a su lado conseguiría realizar cada una de esas pequeñas promesas que se hicieron en estos años: escapar, cantar, ser felices.
—¡Whoaa! ¡¿Santa?! ¿En qué momento me dormí? —bostezó sin taparse la boca y luego estiró sus brazos mientras Cyan se alejaba un poco de él—. Que extraño, ya es más tarde de lo que pensaba.
—Ahora a engreído, egoísta añadiremos dormilón —al mirarlo de nuevo, dio una pequeña carcajada—. Siento haber llegado tarde, Luo.
—No importa —respondió él, frotándose un ojo con el puño—. ¿Y? ¿Tu gran ensayo? Seguro dejaste a todos con la boca abierta. Yo desde aquí escuchaba un par de notas y muy ¡MUY ALTAS! Pensé que iban a romper los cristales.
Cyan negó con la cabeza, una sonrisa débil en sus labios. Su mente aún seguía siendo una maraña de pensamientos confusos sobre su deber y sus anhelos.
—Fue solo un ensayo largo. La profesora me felicitó, dijo que tengo un don y luego me recordó que me aíslo demasiado.
Luo la observó, la somnolencia desapareciendo de su rostro de a poco.
—¿Otra vez con eso del "don"? Y lo de aislarte… bueno, es cierto. Pero aquí estás conmigo. Eso no es aislarse, es elegir tus amistades y yo te elegí a ti.
—No es lo mismo. En el coro debo intentar hacer nuevos amigos, es la regla… No lo entiendo.
—¿Y qué? Las reglas de ahí dentro son diferentes a las nuestras. Nosotros somos amigos y así no se hacen amigos. La amistad es algo que llega sin más y como compartes gustos en común es normal hablar y hablar hasta que que hablas de todo y de nada a la vez.
Cyan guardó silencio, mirando sus manos de nuevo. La sencillez con la que Luo reducía las cosas siempre la anima.
—Me ofrecieron ser voz solista el próximo año —confesó al fin, en un tono casi inaudible.
—¡Ah! —exclamó Luo, sus ojos brillando de inmediato—. ¡Eso es genial, Cyan! Es un gran reconocimiento por parte de esos viejos.
—Lo sé. Pero también significa más atención, más ojos sobre mí controlándome y más de… esto —hizo un gesto vago, refiriéndose a todo el orfanato y su reputación.
La emoción en el rostro de Luo se atenuó, sustituida por comprensión.
—Ah. Ya veo. El "Lucky Cyan" en el escenario principal.
—Exacto y en solitario…
Luo se quedó pensativo unos segundos, apoyando la cabeza contra la pared de nuevo.
—Entonces, ¿qué quieres hacer? ¿Aceptarlo y enfrentar a los reflectores, o rechazarlo y quedarte en el fondo? No hay una respuesta correcta. Solo hay una que tú puedas manejar.
—No lo sé —admitió Cyan—. Ahora mismo, solo quiero ir al almacén, quiero escuchar ese riff y después, quiero ver esa azotea. Necesito… necesito aire que no huela a este sitio.
Una sonrisa amplia y auténtica volvió a extenderse por el rostro de Luo.
—¡Esa es mi Cyan! Prioridades claras, primero el riff, luego la misión secreta y finalmente el mundo. ¿Lista?
Cyan asintió, levantándose del suelo y ofreciéndole una mano para ayudarlo a él.
—Lista. Aunque… promete no dormirte durante el riff. Sería un golpe terrible a tu ego y mis burlas hacia ti serán eternas. ¿Verdad, engreído Luo?
—Jamás —afirmó él, tomando su mano y poniéndose de pie—. Mi ego requiere atención constante, incluso cuando duermo. Vamos.
Los dos chicos encendieron unas pequeñas farolas LED y comenzaron a caminar hacia la azotea. Luego de tanta conversación, decidieron que ese día solo inspeccionarían, irían a ver cómo harían para que un cable largo llegara hasta arriba y en qué estado estaban las cosas que Luo había conseguido.
—¿Crees en fantasmas, Cyan? —cuestionó él, llevando la farola hacia su propio rostro para crear sombras extrañas en sus facciones—. Apuesto a que nunca has visto uno.
La peliverde negó con la cabeza, su rostro se volvió un tono más pálido al pensar en la posibilidad. De forma instintiva, cerró la distancia entre ellos, acercándose más a la espalda del chico de cabello ébano.
—Hehe, si te quedas cerca, protegeré a la pequeña Cyan —declaró con un tono entre burlón y sincero. Volvió a extender la mano con la luz para iluminar el tramo oscuro del pasillo que llevaba a la escalera de servicio y luego a la azotea que tanto ansiaban.
—No soy pequeña —bufó molesta, aun sin apartarse ni un milímetro de la espalda de Luo.
Luo rio suavemente y abrió la puerta metálica, el chirrido oxidado resonó en la estrecha y vacía escalera de concreto, lo que hacía que los ruidos se intensificaran.
—Lo sé, lo sé. Solo bromeo, Santa, en serio, aquí nunca he visto nada raro. Solo polvo, telarañas y el fantasma ocasional de una paloma muerta. Eso sí da un poco de miedo, por el olor. Ugh…
—Eso es asqueroso, no da miedo —susurró Cyan, siguiéndolo escalón a escalón.
—Depende de tu definición. A mí me asustan más las cosas pegajosas e inexplicables que un espectro transparente. Un fantasma puedes atravesarlo, una mancha de… no sé qué… se te queda en el zapato.
Cyan no respondió, concentrada en no tropezar en la oscuridad. La luz de las farolas bailaba sobre las paredes descascaradas.
—¿Y tú? —preguntó ella después de un momento—. ¿Crees en ellos?
Luo se detuvo un segundo, pensando.
—No lo sé. Nunca he pensado en cosas así, puedo decir con seguridad que la buena suerte y mala suerte existen debido a que la gente nos ha etiquetado con esas fortunas; puedo creer que mis padres me guían y cuidan desde algún lejano lugar o tal vez los fantasmas son solo ecos de cosas que pasaron y que quedaron atrapados. Como el sonido en una habitación vacía.
—Eso fue… inesperadamente profundo, viniendo de ti.
—Hehe, ¿Fui genial? Tengo mis momentos. No todo es egocentrismo y mala coordinación. A veces también soy filósofo de… ¿la linterna?
Llegaron a otra puerta, esta más pequeña y con una cerradura vieja, y Luo sacó un llavero de su bolsillo.
—Ahora, lo primero es quitar la cerradura. La he estado aceitando esta semana, debería girar sin hacer ruido y bastante fácil… debí traer alguna cosa como plan de repuesto para abrir la puerta… ains… tarde. Vamos a orar para que el fantasma nos ayude.
—Deja de hablar de fantasmas —suplicó Cyan, pero una leve sonrisa asomó en sus labios.
Luo insertó la llave y giró con cuidado. Un clic metálico sonó en el silencio del pasillo largo y oscuro, la puerta cedió hacia adentro con mucha facilidad.
—Funciona —anunció, con evidente orgullo—. Fase uno, completada. ¿Lista para la vista, inspectora Cyan?
Ambos cruzaron el umbral y se adentraron en la azotea. Lo primero que los recibió fue una brisa nocturna, más cálida de lo esperado, que les acarició el rostro después del aire encerrado de la escalera. Arriba, la luna llena en lo alto del cielo despejado, bañando todo con una luz plateada y tenue que ilumina todo a su paso con suavidad lo que hacía que el paisaje fuera casi etéreo.
La vista se extendía a lo lejos. Desde allí podían ver más allá de los límites del orfanato; las luces de Eastwood centelleaban en una cuadrícula desordenada, las siluetas de edificios más altos se recortaban contra el horizonte y, al fondo, la mancha oscura del Vireta Park. El ruido constante de la ciudad no era tan fuerte como se esperaba aún siendo ya las ocho de la noche.
Cyan contuvo la respiración por un instante. Sus ojos, grandes y verdes, brillaron bajo la luz lunar, reflejando el vasto panorama con puro entusiasmo. Por un momento, todo lo demás —la presión del coro, las miradas, las expectativas— pareció quedar muy pequeño, muy lejano, allá abajo en algún punto que ya no le importaba. Aquí solo estaban ellos, la brisa y un pedazo de cielo propio.
—¿En qué piensas, santa? —inquirió Luo, tirando de su mochila algunos cables y herramientas.
—Nada en particular —mintió, algo que su amigo se dio cuenta de inmediato.
—¡Oye, Cyan! ¿Sabías que los Beatles tocaron en un techo de Londres? —mientras comentaba aquello, comenzó a inspeccionar el cable que había traído del orfanato—. Se le conoce como el concierto de la azotea, el treinta de enero de mil novecientos sesenta y nueve. Fue la última vez que tocaron juntos antes de separarse.
Cyan se acercó para ayudarlo a sostener el rollo de cable. Ella no sabía mucho de música en general, más allá de lo que escuchaba con Luo.
—… ¿Qué tipo de música tocaban?
—De todo un poco —respondió Luo, desenredando un extremo con cuidado—. Para entonces ya hacían rock, pero un rock más melódico, con arreglos complejos. Canciones como "Get Back" y "Don't Let Me Down". Su sonido era… único. Nadie lo imitaba bien y las personas lo creían bárbaros y el rock un sonido que pasaría de moda.
—¿Y por qué tocaron en un techo?
—Porque ya no querían hacer giras, ni dar conciertos grandes. Estaban hartos de la fama, de las multitudes, de sus peleas. Solo querían tocar juntos, de forma sencilla, sin tanto show para despedirse de la banda. Así que subieron a la azotea de su estudio, conectaron los amplificadores, y tocaron. La gente en la calle los miraba desde abajo, los coches se paraban… fue algo espontáneo. Y legendario.
Cyan asintió lentamente, imaginando la escena. Le gustaba la idea, como debía haber salido de la nada la idea y que fuera pura música, sin la presión de un escenario formal.
—Suena mejor que un estadio lleno.
—Mucho mejor —afirmó Luo con convicción—. Por eso pensé en esto. No necesitamos un escenario grande. Solo necesitamos nuestro techo, nuestro sonido, y… bueno, tal vez un público pequeño o ninguno, solo nosotros.
—¿Y la policía no los bajó a los Beatles?
—Sí, al rato. La policía llegó porque los vecinos se quejaron del ruido. Pero para entonces, ya habían tocado como cinco canciones. La historia ya estaba hecha.
Luo señaló un canal de ventilación cerca del borde de la azotea.
—Mira, por ahí podemos pasar el cable. Baja hasta el almacén. Es un camino casi recto. Solo necesitamos asegurarlo bien para que no se mueva con el viento.
Cyan se acercó y miró por la abertura. Parecía viable, aunque estrecho.
—¿Y si llueve? El cable se mojará.
—Lo cubrimos con un tubo de plástico. Tengo unos sobrantes del taller de manualidades. Los juntaré.
Ella lo miró, impresionada.
—Pensaste en todo, ¿verdad?
—Claro hehe—sonrió Luo, con una mueca que era mitad orgullo, mitad nerviosismo—. Es nuestro concierto de la azotea. Tiene que estar bien planeado y no podemos dejar que la lluvia, o la policía del orfanato nos arruinen el debut.
—No quiero que ninguna de las señoras suba a detenernos —comentó Cyan, con un dejo de humor—. Ojalá les de miedo las alturas.
—¡Mejor! Un público ausente y una autoridad con vértigo. Condiciones perfectas.
Terminaron de inspeccionar el lugar, marcando mentalmente dónde colocarían el amplificador y cómo orientarían los parlantes. El plan empezaba a sentirse real, no solo como un sueño de Luo, sino como algo que los dos podían construir juntos, con determinacion desde esta azotea silenciosa bajo la luna llena.