Author Topic: Act 1: Overture  (Read 174371 times)


Apple

Re: Act 1: Overture
« Reply #45: December 31, 2016, 03:30:24 PM »
This was a mistake ;_;
« Last Edit: July 30, 2018, 08:25:32 PM by Apple »


Miyu

Re: Act 1: Overture
« Reply #46: February 28, 2017, 04:25:09 AM »


1.1 # El color de la suerte.

Eastwood, 2005.
“Noticia urgente. Se ha producido un accidente aéreo; el avión iba desde Shanghái hacia Eastwood. Aún no tenemos las cifras exactas de los fallecidos, pero debido a la gravedad del accidente, se rumorea que no hay supervivientes.”

La televisión del orfanato no era más que un ruido blanco entre los pasos apresurados del director y los encargados. Todos corrían por los pasillos sin detenerse hasta entrar al despacho del director.

—Tiempo sin vernos, Qian Jin —el director, un hombre calvo ataviado con un traje que dejaba ver su barriga, le tendió la mano al hombre que lo esperaba.
—Sí, definitivamente. Ha pasado bastante tiempo —una sonrisa con desdén se dibujó en el semblante del hombre, acomodando con cuidado la montura de las gafas sobre el puente de la nariz.
—¿A qué debo tu visita? Desde que renunciaste a la policía, no hemos vuelto a hablar. Supongo que debe ser algo importante para que tú mismo vengas aquí —indagó con astucia el otro varón.
—Já. Me duele que un viejo colega y amigo piense tan mal de mí —su sonrisa se ensanchó. Ambos habían sido policías hacía diez años, cuando Qian Jin renunció para dedicarse a la abogacía, y su compañero, para abrir un orfanato luego de ver tantos casos de niños abandonados o huérfanos.
—Por favor, Qian Jin, sé que estás ocupado siendo un importante abogado de derechos en el entretenimiento —tomó asiento en la silla giratoria ubicada tras el escritorio.
—Es cierto, la vida ha sido bastante buena conmigo después de renunciar a la policía —una pequeña risa escapó de sus labios—. En fin, venía para hacerte una propuesta… ¿Oíste sobre el accidente aéreo? La noticia es de hace horas, pero la anunciaron recién para evitar mala publicidad a la familia Liu, dueños de esa aerolínea y de la mitad de Eastwood, prácticamente.
—Oh —musitó, sorprendido—. No me sorprende tanto como esperaría… los Liu han hecho cosas terribles para que su apellido y sus negocios sean conocidos. ¿Qué tiene que ver con un humilde orfanato?
—Encontramos a una niña… niña que no está en el registro de pasajeros debido a su edad.
El otro sujeto apoyó los codos sobre la caoba oscura.
—Ya entiendo —asintió con la cabeza—. Pero el orfanato necesita una buena contribución para encargarse de la niña.
Qian Jin soltó una risa estrepitosa y levantó un maletín grueso del suelo.
—Mi buen amigo, incluso los Liu comprarán tu silencio. Esa niña es un gran problema para nosotros, para la imagen que hemos construido ante el público, y pagarán lo que sea necesario.
—Lo que es el dinero —reflexionó el contrario mientras abría el maletín.
—Así funciona el mundo para los Liu —le mostró el dinero que esa familia está dispuesta a pagar por su silencio—. ¿Aceptas?
—Lo haré por nuestra larga trayectoria como compañeros y amigos —tomó el objeto, con la mirada de sus ayudantes sobre él.

Diez años más tarde.

"Na na na na naaa
Na na na na naaa~
Estás bendecida con suerte
Te daré todo mi amor
Na na naaa
Déjame pasar mi color a tu corazón”.

Las notas suaves resonaban por los largos pasillos del orfanato, mezcladas con los tarareos débiles de una voz masculina. El sonido recorría las paredes inmaculadas, deslizándose con gentileza por las habitaciones de puertas entreabiertas; la melodía se filtraba por cada rendija, flotaba un instante en el aire y se desvanecía. Era una canción tranquila, cargada de recuerdos que fluían desde sus dedos al rozar las cuerdas; sonaba amarga y dolorosa, aunque nunca lograba completarla. Siempre quedaba en un esbozo de lo que alguna vez fue.
El joven permanecía sentado en el mismo escalón, con la guitarra apoyada sobre su muslo izquierdo. Sus dedos índice y medio se desplazaban con lentitud por el diapasón, haciendo brotar acordes bajos y pausados. Algunos se interrumpían antes de concluir porque su mano oscilaba levemente. Tarareó con la garganta oprimida: "mi historia a tu corazón".
Cerró los ojos e intentó el estribillo nuevamente, esta vez solo con el instrumento.
—Hmm —la niña que lo escuchaba apoyó un dedo en el mentón—. Estoy segura de que esa no era la letra, Luo.
—¿Ehhh? —él puso cara de dramatismo mientras interrumpía la música—. Es mi canción; sé que es así, Cyan.
—Préstame la guitarra —extendió los brazos hacia el joven, quien se quitó la correa para entregarle el instrumento—. "You’re blessed with luck. I’ll give you all my love".
Sus movimientos eran algo torpes, propios de alguien que empieza a aprender, pero su tono resultaba perfecto para aquella melodía que ambos habían bautizado como "my color".
—"Déjame pasar mi color a tu corazón. Mi historia se queda en ti; algún día, espero que tú también lo sientas..." —continuó Luo.
El varón terminó la última frase mientras los dedos de Cyan pulsaban la cuerda más grave. Vibró en el silencio del pasillo, más nítido que cuando su amigo tocaba.
—... "Mi historia se queda en ti" —susurró ella, devolviendo la guitarra—. Siempre olvidas esa parte.
Luo recibió el instrumento con una sonrisa ganadora. Sus manos, ahora quietas sobre la madera, parecían frágiles bajo la luz de la luz de la luna que bañaba al orfanato.
—Quizá... —respondió, pasando el pulgar por las cuerdas metálicas sin hacerlas sonar—. O quizá la letra siempre fue como la canté. Digo, es mía… ¡sé lo que hago!
Cyan se sentó a su lado en el escalón desgastado.
—Lo único seguro es tu nivel de seguridad —ella se rio con ganas, apuntando el dedo a él—. El engreído número uno del orfanato.
—Oye, más respeto. ¿Quién te enseñó a tocar, Cyan?
—Ehh- —lo miró con atención, por algún motivo siempre terminaba con sus ojos apuntando a él—. Será mejor que me vaya, no quiero que me reten.
—Espera —Luo la agarró de la muñeca sin dejar de sonreír—. Aún no hemos terminado la lección.
Cyan se detuvo, mirando la mano de él sobre su piel. La luz de la lámpara apenas delineaba sus siluetas en el pasillo vacío mientras las copas de los árboles se balanceaban ligeramente.
—¿Lección? —preguntó ella, levantando una ceja—. ¿O excusa para que no me vaya? ¡Seguro quieres que nos castiguen a ambos!
—Ambas —respondió él, soltando suavemente—. Ven, siéntate de nuevo. Las reglas están hechas para romperse, ¿sabes?
Cyan suspiró, no obstante, volvió al escalón. El pelinegro colocó la guitarra sobre las piernas de su amiga y la invitó con un gesto a poner los dedos sobre las cuerdas mientras él sostiene el mástil.
—Hoy vamos a trabajar en el cambio de acorde. Empezamos en Sol.
—¿En serio? —ella frunció el ceño—. Ayer casi me duermo en las prácticas del coro.
Luo soltó una risa.
—¡Con lo aburrido que es, ya me imagino! —le señaló la guitarra eléctrica—. Vamos, prometo que será poco tiempo.
Cyan colocó sus dedos con cuidado; Luo se inclinó ligeramente, ajustando con gentileza la posición de la mano izquierda de su amiga.
—Aquí —musitó él, tocando el dorso del dedo índice de ella—. No tan recto. Relaja el pulgar.
Cyan lo imitó. El acorde sonó limpio, sin vibraciones extrañas.
—¡Lo logré! —exclamó, sorprendida por haber hecho ese pequeño progreso.
—Síp. Lo lograste —confirmó él, con una sonrisa más pequeña, más cómplice—. Ahora mantenlo... y cuenta hasta cuatro.
Cyan contó en voz baja. “Uno, dos, tres, cuatro”. El acorde salió en el silencio como una brisa nocturna.
—¿Y ahora? —cuestionó ella.
—Ahora —respondió Luo, inclinándose hacia adelante—, cierra los ojos. Imagina que estás tocando para alguien que no está. Alguien que se fue. ¿Quién es?
Cyan bajó la mirada.
—No lo sé.
—¿Eras muy pequeña? —volvió a preguntar lleno de curiosidad—. Recuerdo ligeramente a mis padres, sus instrumentos, las canciones… Tú… también debes tener algo…
Ella se quedó en completo silencio.
—No —negó con la cabeza—. ¿Es malo? Aquí te tengo a ti, a las personas y amigos del orfanato…
—Entonces toca para mí, el orfanato. Y cuando estés lista, cambia el acorde. Sol a Re. Sin miedo.
Cyan respiró hondo. Sus dedos temblaron, pero se movieron. De Sol a Re, el cambio fue imperfecto pues era su primera vez.
—Bien —la elogió Luo—. Ahora canta. Una palabra, una línea… algo.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo.
—Sí puedes, Cyan —insistió—. La misma que antes. "Mi historia se queda en ti".
Cyan abrió la boca con miedo. Sus labios temblaron al principio, luego su voz se volvió más segura y firme:
—"Mi historia se queda en ti... y algún día, espero que tú también lo sientas..."
« Last Edit: January 19, 2026, 07:07:20 PM by Miyu »

❛ 𝖳𝗁𝖾 𝗁𝗎𝗇𝗍𝖾𝗋 𝖻𝗋𝖾𝖺𝗍𝗁𝖾𝗌 𝖻𝖾𝗇𝖾𝖺𝗍𝗁 𝗍𝗁𝖾 𝖼𝗁𝖾𝗌𝗌𝖻𝗈𝖺𝗋𝖽, 𝗐𝖺𝗍𝖼𝗁𝗂𝗇𝗀 𝗍𝗁𝖾 𝗉𝗎𝗉𝗉𝖾𝗍𝗌 𝗋𝗎𝗇 𝖿𝗈𝗋 𝖿𝗎𝗇;
𝖾𝗌𝖼𝖺𝗉𝖾 𝗂𝗌 𝗃𝗎𝗌𝗍 𝖺 𝗌𝗎𝗀𝖺𝗋-𝖼𝗈𝖺𝗍𝖾𝖽 𝖼𝗎𝗋𝗌𝖾 𝖻𝖾𝖿𝗈𝗋𝖾 𝗍𝗁𝖾 𝗇𝖾𝗑𝗍 𝗋𝗈𝗎𝗇𝖽 𝗁𝖺𝗌 𝖻𝖾𝗀𝗎𝗇. ❜


Miyu

Re: Act 1: Overture
« Reply #47: March 24, 2017, 05:42:36 PM »


1.2 # El color de la suerte.

A la mañana siguiente, el sol brillaba con fuerza. Cyan estaba sentada frente a su espejo, cepillándose el cabello. Su pelo largo y de color cian brillaba bajo la luz tenue del sol; cuando terminó de desenredarlo, lo dividió en dos secciones, para tomar el pelo de cada lado de su cabeza y atarlo con una liga, formando dos pequeñas coletas.

Cyan se observó un momento en el espejo y giró la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, estudiando su reflejo. Asintiendo levemente, satisfecha con el resultado. El peinado le favorecía definitivamente y la hacía ver hermosa y a la moda.

Aquel día era uno normal, con un calor agradable que se colaba por la ventana y Cyan recordó que la esperaban para practicar en el coro del orfanato. Tomó su mochila y salió de su habitación, dejando atrás el espejo y la luz del sol que seguía iluminando el espacio vacío.

A Cyan rara vez le gustaba asistir a esas prácticas, prefería ir con Luo a pasar el rato como cualquier niña, aprender nuevos acordes o cantar canciones de moda.

Suspiró antes de comenzar a caminar por los pasillos del orfanato, el intenso blanco de las paredes le recordaba a un hospital, frío y impersonal, a pesar de los dibujos infantiles que intentaban, sin éxito, darle algo de calor. Hasta los adultos parecían adornos en ese lugar, que rara vez interactuaban con los niños. Cada paso que daba hacia el salón de ensayos era un paso que la alejaba de donde realmente quería estar: con Luo. Su nombre era algo dulce en su mente, un bálsamo contra la monotonía de aquel lugar, de su realidad; él ya no estaba en el orfanato, seguramente estaría haciendo travesuras en la ciudad o andando en los patines con la mejor sonrisa y burlándose de ella por no animarse a escapar un par de horas.
Ella se preguntó entonces cuándo los días serian teñidos de color, como la canción que suelen cantar. Luo era el único que entendía su aversión por el coro, por las reglas, por la estricta rutina de la Hermana Soria. Juntos, se escapaban a la vieja sala de almacenamiento, donde Luo tocaba una guitarra y Cyan cantaba baladas de rock que aprendían de la radio.

Al llegar a la puerta del salón, el sonido de las escalas vocales, dirigidas con rigor por la Hermana Soria, ya se oían como reproche. Cyan se detuvo un instante, apoyando la frente en el marco de la puerta, fría al tacto. Cerró los ojos e intentó imaginar que las voces no eran un ejercicio de disciplina, sino una canción de aquellas que ella y Luo inventaban, aún así no pudo. Eran perfectas, afinadas y vacías.

—Cyan, llegas tarde —la voz de la profesora resonó en el aire, era un tono de reproche—. Por favor, ocupa tu lugar. Hoy trabajaremos en el himno para el festival de la próxima semana.

Asintió en silencio y se deslizó hacia su sitio entre las sopranos. La mirada de la mujer, tras sus gruesos lentes, nunca perdía detalle. Cyan sintió cómo su espalda se tensaba bajo esa vigilancia y abrió la boca para cantar, pero su voz sonó débil, desconectada de su cuerpo. Su mente estaba en otra parte, en una habitación llena de cajas viejas y luz de atardecer, donde una melodía imperfecta sonaba a libertad.

El ensayo fue una sucesión interminable de repeticiones. “Más diafragma, cyan”, “Afilen esa nota, no es un lamento, es un canto de alegría y amor”. Cada corrección le taladraba los oídos y la desanimaba más. Queria escapar.

Por la ventana alta del salón, podía ver un pedazo de cielo azul intenso, del color de su cabello, e imaginó que era el mar. Se visualizó nadando en él, lejos de allí, con Luo esperándola en la orilla con su guitarra y los patines que tanto amaban ambos.

La hora finalizó con un último acorde que la profesora de canto consideró “aceptable”. Las demás chicas se alborotaron inmediatamente, hablando de sus cosas, formando grupos para ir a merendar.

—La práctica de hoy fue más intensa.
—Sí. Se nota que la Señorita está nerviosa por la próxima presentación.
—Igual tenemos a Cyan, a ella vienen a ver cantar.
—Eso da un poco de alivio, no temo fallar.

La risa de las chicas resonaba en los pasillos exteriores y Cyan se encogió en su asiento… quería irse, desaparecer de una vez. 

—Hoy estuviste más apagada —la monja se acercó, acomodando las gafas en el puente de la nariz—. Concéntrate, falta muy poco para el festival.
—… —bajó la mirada hacia las partituras en su falda, nerviosa de que descubriera sus pensamientos—. Sí. Lo siento mucho, hermana.
La mujer exhaló aire pesadamente y se giró para volver al escritorio. Recta y fría, con mira en sus propios objetivos.
—Ve a almorzar —le ordenó y la chica asintió.

Tomó su mochila, recogiendo sus cosas y salió sola, sintiendo el contraste entre el bullicio que se alejaba y el silencio que la acompaña.

En lugar de dirigirse al comedor, tomó el camino contrario, hacia el patio trasero. Allí, escondido tras un viejo roble, había un banco de madera gastada que era su lugar favorito; su refugio. Se sentó y dejó que la calidez del sol, ahora más fuerte, acariciara su rostro y cerró sus ojos.

“Sometimes things may be so tough
Feels like everything is enough
But you can overcome it, use your own gift”


—Oh, ¿practicando sin mí? —su amigo salió de entre los arbustos, extendiendo los patines hacia ella—. Pensé en salir un rato. ¿Qué dices, Santa?

Ella le hizo un mohín, tomando con ambas manos los zapatos con rueditas.

—No me llames Santa, es un apodo estúpido.
—Si te escapas conmigo lo haré. Hehe. ~

La sonrisa de él brillaba más que el propio sol y fue tan contagiosa que la comisura de sus labios se levantó en una pequeña sonrisa.

—Pero no me quiero meter en problemas —susurró, aunque ya se andaba calzando los patines.
—Si no miras al salir por las puertas, no es como escaparte —la señaló y extendió la otra mano—. Aparte nunca te castigarían. Eres el eje de este lugar, Cyan.
—Tonto —susurró, continuando con el puchero en sus mejillas—. Esa lógica funciona con el rey de lo creídos.
—Haha, puede que tengas razón —respondió divertido, tomando la mano de Cyan y obligándola a ponerse de pie—. Así es más divertido, querida Santa.
—Moo, ya te dije que no me llames así.



Entrelazó sus dedos a él.
Bajo sus pies, las ruedas de los rollers zumbaban contra el asfalto caliente que todavía guardaba el calor del día. Luo, con su cabello oscuro rebelde y su piel tostada, apretó la mano de Cyan y señaló con la barbilla hacia la loma que se alzaba frente a ellos.

—¿La saltamos? —preguntó, y su sonrisa era de diversión pura.
Cyan, con su melena cian ondeando como una bandera, sintió el familiar vuelco en el estómago y la adrenalina que sentía a las travesuras de él. Pero la mano de Luo, firme y segura alrededor de la suya, le devolvió un poco de su valor.

Asintió, una leve inclinación de la cabeza, y apretó los dedos en respuesta.
Aceleraron.

El viento le agitó el flequillo sobre la frente y le silbó en los oídos, ahogando todo menos el sonido de sus propias ruedas y la respiración acelerada; la pendiente los empujó, ganando velocidad con cada metro. Los olores del parque se intensificaron: el polvo levantado por sus ruedas, el aroma dulzón de los pinos que bordeaban el camino, el perfume limpio de la hierba recién cortada…
Ese momento era de ellos. Ese instante uno que ambos querían que durara hasta la eternidad.
Sus cuerpos se alzaron, suspendidos en el aire.
El cabello oscuro de Luo se erizo hacia arriba con el aire, al igual que la larga melena celeste verdosa, que se mecía hacia arriba con la fricción.
Aterrizaron con un suave golpe seco, las ruedas absorbiendo el impacto con un traqueteo; Luo soltó una carcajada. La chica se quedó sin aliento, rió también, una risa que le salió sin permiso, liberadora a más no poder.

—Eso fue increíble. Muy inesperado para la Santa —siguieron patinando, sin detenerse ni soltarse.
—… —enmudeció un instante, antes de soltarle la mano y detenerse—. Dijiste que ya no me llamarías así. Mentiroso.
—Oye —movió sus pies alrededor de ella, rodeándola varias veces—. Para ser tan bajita, tienes bastante memoria.
—Eso suena tonto —se cruzó de brazos.
—¿Qué tal si vamos a comer algo? ¿Eso te hará sentir mejor? —volvió a tomar la mano de ella—. Venga, vamos.

Luo siempre lograba arrastrarla hacia los problemas y, de alguna forma, a la felicidad.
Patines, golosinas, comida rápida, cosas bonitas y de moda, la música… todo eso la hacia sentir normal y quien le daba esa normalidad debía ser su amigo.
Después de pedir un par de hamburguesas, papas fritas y refrescos, ambos se sentaron en una banca del parque y Luo señaló hacia un hombre que estaba tocando la guitarra en medio de la plaza, dónde la gente le dejaba algunas monedas en el estuche.

—Hay que intentarlo —los ojos oscuros del varón brillaron con intensidad ante la idea, pues generalmente debía trabajar en el orfanato para ganar algo de dinero a cambio.
—¿Tú crees? —ella tenía la hamburguesa entre sus manos—. No lo sé.
—¡Vamos! No perdemos nada y podemos ahorrar para… —miró hacia Cyan, quería decirle huir de ese lugar, juntos.
—Hmm. Si el Director se entera estaremos en grandes problemas.
Mordisqueó el pan, saboreando el bocado con delicadeza.

La sonrisa de Luo se ensanchó.

—Grandes problemas son mi especialidad, Santa. Además, ¿qué es lo peor que podría pasar? ¿Que nos manden de vuelta al orfanato? Ya estamos ahí —dio un mordisco enorme a su hamburguesa, hablando con la boca llena—. Podríamos comprar esos patines nuevos que tanto te gustan. O irnos a la costa, nunca hemos visto el mar.
Cyan miró la guitarra del hombre en la plaza. Las notas eran simples, pero sonaban libres y auténticas, tan diferentes de las partituras rígidas del coro.
—Podríamos tocar nuestras propias canciones —murmuró, casi para sí misma y tragó saliva—. Las que inventamos… “my color”.
—¡Exacto! —Luo chocó su puño suavemente contra el hombro de ella—. Podríamos juntar suficiente para... ya sabes —bajó la voz, aunque nadie alrededor parecía prestarles atención—. El plan.

El Plan. Esa palabra que se oyó entre ellos, cargadas de emoción y, a la vez, tan aterradoras. Era un sueño que compartían y que Luo hizo a detalle en el escondite del almacén: un viaje en tren hacia ninguna parte en particular, un departamento pequeño cerca del mar donde el sonido de las olas ahogaría el eco de los himnos y días enteros para tocar música y ser ellos sin que nadie los regañara por llegar tarde o no hacer lo que les indicaban.

—Tendríamos que ser rápidos —musitó Cyan.
El miedo se apoderaba de su estómago, pero era un miedo distinto al que sentía bajo la mirada de la Hermana; este era eléctrico, prometedor y cargado de emoción—. Y cuidadosos.
—Por supuesto que cuidadosos! Santa, yo tengo todo calculado —Luo sacó de su bolsillo trasero un mapa arrugado de la ciudad, marcado con rutas en rotulador rojo—. He cronometrado los turnos de los guardias, las cámaras junto al muro este están rotas desde hace semanas y sé dónde venden los boletos de tren más baratos.
« Last Edit: January 17, 2026, 10:07:31 AM by Miyu »

❛ 𝖳𝗁𝖾 𝗁𝗎𝗇𝗍𝖾𝗋 𝖻𝗋𝖾𝖺𝗍𝗁𝖾𝗌 𝖻𝖾𝗇𝖾𝖺𝗍𝗁 𝗍𝗁𝖾 𝖼𝗁𝖾𝗌𝗌𝖻𝗈𝖺𝗋𝖽, 𝗐𝖺𝗍𝖼𝗁𝗂𝗇𝗀 𝗍𝗁𝖾 𝗉𝗎𝗉𝗉𝖾𝗍𝗌 𝗋𝗎𝗇 𝖿𝗈𝗋 𝖿𝗎𝗇;
𝖾𝗌𝖼𝖺𝗉𝖾 𝗂𝗌 𝗃𝗎𝗌𝗍 𝖺 𝗌𝗎𝗀𝖺𝗋-𝖼𝗈𝖺𝗍𝖾𝖽 𝖼𝗎𝗋𝗌𝖾 𝖻𝖾𝖿𝗈𝗋𝖾 𝗍𝗁𝖾 𝗇𝖾𝗑𝗍 𝗋𝗈𝗎𝗇𝖽 𝗁𝖺𝗌 𝖻𝖾𝗀𝗎𝗇. ❜


Miyu

Re: Act 1: Overture
« Reply #48: May 30, 2017, 07:23:16 PM »
2.1 Cantar

 Las notas de música que salían de la guitarra de Luo resonaba por todo el centro de la plaza, junto a la voz incomoda y tímida de Cyan que al principio era como un leve susurro y luego alcanzaba gran intensidad y seguridad.

"You're blessed with luck
I'll give you all my love
Even when I'm gone, you're in my arms
Defending you at any cost, I swear
Let me pass my color to your heart
My story stays in you
Someday, I hope you'll feel it, too"

Al terminar la canción, unos cuantos aplausos resonaron, acompañados del tintineo de algunas monedas que caían a sus pies. Habían ensayado durante días cómo debía moverse Cyan, cómo conquistar el escenario con una sonrisa segura y una presencia que atrajera miradas.
—¡Lo logramos! —Luo le extendió una mano hecha puño, para chocarlas.
—Si el rey de los engreídos lo dice —ella sonrió, estrellando su puño con él—. Aunque el dinero es poquito.
—Lento pero firme, así debemos avanzar —su sonrisa se ensanchó.
Ambos estaban sudados, con el corazón aún acelerado por la adrenalina de su primera presentación callejera. Eastwood era el lugar perfecto para triunfar, y solo necesitaban escapar de aquel ambiente opresivo que los rodeaba.
Recogieron sus cosas y calzaron los patines para regresar a casa, pues ya pasaba de las seis de la tarde.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó Luo, agitando el vasito de monedas—. Como festejo por nuestro primer dueto en público.
—Sí —asintió emocionada—. Leí en algunas revistas sobre el Chinatown y sus bebidas. Quiero ir…
Dio varios saltitos con los patines ya puestos, lo que hizo que se oyera un pequeño sonido de sus ruedas contra el concreto.
—Hahaha —comenzó a reírse, mientras tomaba de la mano a Cyan—. ¡Vamos, Santa!
En pocos minutos ya estaban por las calles repletas de gente de Chinatown; los negocios resplandecían con luces coloridas y carteles brillantes llenos de palabras de “Lucky” y manekis nekos en sus escaparates que los invitaban a entrar.
—Mira —una chica señaló hacia Luo y Cyan—. ¿Son los de Tik Tok?
—Deben ser, el cabello de ella es igual —ambas comenzaron a acercarse a ellos, quienes aún seguían decidiendo a dónde ir a tomar algún café o té.
Las dos chicas se posicionaron frente a ellos y una extendió el celular hacia el rostro de Cyan.
—Disculpa, ¿eres la chica del parque?
Cyan fijó la vista en el celular frente a ella y se reconoció a sí misma en un vídeo. La voz de ella salía tan limpia y clara, que le sorprendió.
 —S-soy yo —murmuró totalmente sorprendida.
—¡Whoo! ¿Tan rápido estamos en Internet? —Luo también se miró en el vídeo, las notas de él, perfectas como siempre.
—¿Era su primer show? —las chicas parecían un poco más grandes que ellos en edad.
—Oh sí. Estuvimos geniales, ¿verdad? —contestó con una gran mueca de orgullo y felicidad.
—Luo —lo empujo suavemente para llamar su atención.
—¿Qué? Es la verdad —se rascó la punta de la nariz con el índice.
Ambas muchachas se rieron con él y sin querer, deslizaron hacia otro short de Tik Tok. Este era de un chico de cabellos dorados que tocaba un violín de manera magnifica, como un ángel que de pronto te observaba con sus penetrantes pupilas doradas.
—Se llama Luka Agriche —una de ellas les dijo al notar el interés de ambos—. Es un actor juvenil con muchos talentos.
—Hay tantas personas talentosas —susurró Cyan, aún impresionada por el corto que se repetía en bucle.
—Y nosotros somos uno de esos —afirmó Luo con una sonrisa gigante—. Espero nos vengan a ver mañana.
—Claro, estaremos en el parque esperando —las dos extrañas se despidieron mientras Luo y Cyan comenzaban a andar en rollers por la acera.
Estuvieron un rato en silencio, con el ruido del barrio chino, tan vivaz y alegre, resonaba entre ellos.
—Es increíble —ella se detuvo frente a unos televisores ubicados atrás de los vidrios de una tienda—. Hay tantos tipos de música.
—¡Y el mejor es el Rock! —afirmó con entusiasmo, mientras una banda japonesa tocaba en esas pantallas—. Mira, son Shibari. Grupo japones que se catapultó a la fama luego de varios fracasos del líder, Eiji Kimura.
—¡Oh, hemos tocado algunas canciones de ellos! —Cyan quedó sorprendida, con los ojos pegados al cristal para ver al guitarrista en su solo—. ¿Eiji es el pelirrojo?
—Sip —asintió, cruzándose de brazos, como si lo supiera todo de Shibari—. Y está tocando “Little Jumper!”.
—Quiero tocar esa en público —sus manos tocaron el tibio cristal del escaparate.
—Eso suena genial. ¿Te imaginas si Kimura Eiji oyera nuestro cover? ¡Seguro le gustará o nos insuflará!
Cyan se inclinó por lo segundo, Eiji era bien conocido por ego y mala personalidad, aunque su talento lo valía o así habían oído de la radio.
—De adulto, quiero ser como él.
—Dudo que sea un ejemplo a seguir —desvió la mirada de los televisores a su amigo.
—Tonterías, aparte tiene diez y nueve años, me lleva solo nueve años… ya me imagino compartiendo escenario con Kimura Eiji.
—El rey de los creídos ataca —Cyan sonrió feliz, aunque apoyaba a su amigo y estaba segura de que lo conseguiría.
—Santaaaa —contestó con la misma mueca que ella.
Y de pronto la vista de ambos fue hacia una tienda de CD’s. “Joe’s Rock Shop” leyeron ambos mentalmente y sin pensarlo se lanzaron a la calle para ir deprisa hacia ese lugar.
—¡Bienvenidos! —un hombre los saludó desde el mostrador.
—¡Buenas! —el varón le devolvió el saludo y empujó a Cyan a los CD’s de los noventas, dónde portadas experimentales y decadentes hacían evidente su década.
—Nirvana, Soundgarden, Red Hot Chili Peppers, Blur, Oasis… —mencionó las bandas en las portadas—. ¡Clásicos!
—¿Y este? —sacó uno con el rostro de una chica en tonos violáceos—. ¿Quién es?
Luo se quedó viendo las extrañas letras que había en el reverso del CD. No era chino, japones ni ingles…
—Viejooo. Te confundiste de lugar con este CD —levantó el objeto y lo dirigió al hombre.
—Oh —el dueño de la tienda se rascó la barba—. Es coreana la chica, ¿puedes ponerla en lo actual?
—Sí —respondió, examinando los caracteres una última vez.
—Espera, Luo —tiró de la manga del chico y señaló hacia la estación de escucha que estaba vacío.
—¿Quieres oírla?
Como respuesta asintió y ambos fueron al aparato, dónde Luo pasó el código de barra por el escaneador y Cyan se ponía los auriculares.

“Just laugh – hey, kick and break ya
To the galaxy shining bright, ch-cheers
Change the game with a single action
Trust me and I’ll show you, ch-cheers
We only get one life, so I’m living mine for me
’Cause I’m the one from your wildest dreams
I’ll create a fantasy in this crazy world
And change it all – I’m going all-in”

La voz de la vocalista gritó vivaz, aludiendo a su canción y gritando que está. Cyan lo sintió como una canción que quiere ser reconocida, que desea dejar una marca ante los que la oyen.
Apretó los auriculares a sus oídos.
—¿Suena tan bien?
—Es extraña… fascinante… —una vez terminó la canción, dejó los auriculares en su lugar y Luo colocó el CD en el lugar correspondiente.
—Se llama Hyuna, debutó hace poco —el dependiente respondió.
Sin que Luo se diera cuenta, Cyan se había acercado a preguntarle cosas al señor.
—Toca en bares. Dudo que los dejen entrar —se mofó de ambos chicos.
—Me preocupa que un hombre tan viejo conozca a una recién debutante —el otro chico se acercó y lo señaló.
—Ouch. Dolió, mocoso.
—¡Luo! —se apresuró a codearlo, pero el hombre bajo unos centímetros sus gafas de sol y con la barbilla señaló el estuche de guitarra del joven.
—¿Tocan? —preguntó apoyando las manos en el mostrador—. Es un poco raro ver a alguien con una guitarra, ahora es todo sintetizadores y bandas de chicos y chicas que bailan.
—Mi padre era un conocido compositor —se apresuró a contestar él.
De inmediato Joe se dio cuenta del uniforme gris de Luo y bajó la mirada algo apenado y con compasión por ambos chicos.
—Lo siento —susurró
« Last Edit: January 17, 2026, 10:20:14 AM by Miyu »

❛ 𝖳𝗁𝖾 𝗁𝗎𝗇𝗍𝖾𝗋 𝖻𝗋𝖾𝖺𝗍𝗁𝖾𝗌 𝖻𝖾𝗇𝖾𝖺𝗍𝗁 𝗍𝗁𝖾 𝖼𝗁𝖾𝗌𝗌𝖻𝗈𝖺𝗋𝖽, 𝗐𝖺𝗍𝖼𝗁𝗂𝗇𝗀 𝗍𝗁𝖾 𝗉𝗎𝗉𝗉𝖾𝗍𝗌 𝗋𝗎𝗇 𝖿𝗈𝗋 𝖿𝗎𝗇;
𝖾𝗌𝖼𝖺𝗉𝖾 𝗂𝗌 𝗃𝗎𝗌𝗍 𝖺 𝗌𝗎𝗀𝖺𝗋-𝖼𝗈𝖺𝗍𝖾𝖽 𝖼𝗎𝗋𝗌𝖾 𝖻𝖾𝖿𝗈𝗋𝖾 𝗍𝗁𝖾 𝗇𝖾𝗑𝗍 𝗋𝗈𝗎𝗇𝖽 𝗁𝖺𝗌 𝖻𝖾𝗀𝗎𝗇. ❜


Ekha

Re: Act 1: Overture
« Reply #49: May 31, 2017, 02:36:46 PM »
Un monstruo llamado Arence, me enableó estúpidamente un día luego de que el collab de Tales of Link traía un Eizen cantando.
Soy tan débil que creo que le daré una nueva oportunidad a esto y empezaremos de cero nuevamente.


001 - Razones para conseguir un smartphone nuevo

Regresar al camerino después de un concierto exitoso era gratificante. La sensación de triunfo, mezclada con la sensación de haber dado lo mejor de sí allá afuera eran unas de las cosas que le hacían sentir completo después de una noche como esa.

Se limpió el sudor con una toalla acomodada en el respaldo de su silla, como siempre, su asistente sabía cómo dejar las cosas. No le gustaba tenerla dando vueltas detrás de él pero sin ella no podría organizar su vida así que su forma de trabajar era que él procuraba ser lo más responsable posible y ella se aseguraba de que todo estuviese en completo orden antes, durante y después de un concierto, un ensayo o lo que fuese a ocurrir y estuviera en la agenda.

La única cosa que seguían sin poder controlar era a su compañero de ruedo. Alocado, con un aire de demencia que podías oler hasta a 500 metros de distancia, actitud despojada de la vida y “sólo se vive una vez”. Él era el verdadero dolor de cabeza, aunque, si debía admitir algo, es que era malditamente bueno haciendo lo que tenía qué hacer. Para las masas, tenía carisma y un algo salvaje que complementaba el estilo distante y cerrado del otro. Eran un buen equipo.

Y habían sido amigos por años.

Tal vez de casi toda una vida.

Tanto que había tenido que advertirle más de una vez en la existencia que se alejara de su hermana menor o lo pagaría muy, MUY caro.

Justo pensando en que faltaba una tormenta destruyendo el camerino, su compañero entró, despidiéndose animado del equipo de producción y prometiendo un concierto mucho más salvaje para la siguiente ocasión. Seguramente habría conseguido más de un número telefónico por ahí, como siempre.
Sólo suspiró y se preparó para salir de ahí.

“Oi”

Quizá lo lograría si lo ignoraba.

“Oi, te estoy hablando.”

Una queja salió de su garganta. Claro que lo estaba ignorando. Podía seguir hablando, la última vez había tenido que arrastrarlo, ebrio y totalmente muerto, por decirlo así. Y habría sido bueno que sólo hubiese sido él, otro idiota  amigo suyo había también bebido en exceso y no dejaba de hablar camino al departamento de cómo iba a matar a su hermano mayor algún día o algo así.

“Sé que me estás escuchando, ¿Acaso quieres pelea? ¿Después de un concierto? Me estás jodiendo, ¿No?”

Eizen no respondió. Definitivamente no iba a ceder ante cualquier provocación de Zaveid esta vez. Sólo quería ir a casa y acabar su buen día de buena forma.

Zaveid suspiró, fastidiado. Claro que Eizen no le iba a hacer caso.

“Como quieras, sólo quería decirte que tu asistente me pidió que te dijera que revisaras tus mensajes. Sabe que lo haces pero dice que es urgente.”

Eizen volteó la cabeza sólo un poco, para verle de reojo. ¿Por qué no se lo dijo en persona? Zaveid sonrió con esa enorme y estúpida sonrisa “lo tengo todo bajo control” y volvió a ignorarle. Pudo escuchar claramente cómo chasqueaba la lengua y murmuraba por lo bajo “todavía que te ayudo…” pero no importaba. Buscó su celular, lo desbloqueó e hizo una mueca cuando leyó el nombre del remitente.

“Querido hermano. Debido a que decidiste hacer tu carrera como cantante sin avisar, te fuiste de casa  y decidiste que lo mejor era mandarme lindas postales y recuerdos de tus conciertos, he decidido seguir tus pasos."

Zaveid juró que esa noche escuchó claramente cómo el pobre smartphone de Eizen emitía pequeños cracks uno tras otro mientras su compañero y amigo lo destrozaba lentamente cerrando su puño con cada vez más fuerza sobre él.
ʎɐpoʇ ǝƃɐd ʍǝu ɐ ƃuıuɹnʇ


Nite

Re: Act 1: Overture
« Reply #50: May 31, 2017, 03:50:01 PM »
SIDE B: 001
Para el Nada de esto formaba parte del plan...
... y si era sincero consigo mismo, nunca hubo un plan para empezar.

Absolutamente todo lo que le había llevado a ese momento había sido una serie de sucesos; decisiones sin importancia. Consecuencias que tuvo que enfrentar poco tiempo después.
La verdad nunca se habría esperado que las cosas se dieran de tal manera.

"Cálmate Kaito" se repitió esta vez en voz alta, esperando así poder calmarse "Solo te estas sintiendo culpable por no llamar" buscaba justificar su situación. Su ansiedad para ser más precisos, o su falta de ganas de aceptar que efectivamente, estaba por tener un ataque. Lo que más parecía inquietarle era el desagrado consigo mismo hacía la idea de sentirse ansioso. No había razón (todavía) para sentirse mal.
"Siempre puedes regresar a casa. No es que te vayan a echar o algo..." el timbre del estudio le distrajo, para su suerte, y dejó aquel vicioso tren de pensamiento pasar cuando lo recibieron un par de palmadas sobre sus hombros y un par de sonrisas.

"¡Hey!"
Suponía que era bastante normal para cualquier muchacho de 16 años querer ser rockstar a toda costa; y ese delirio fue el que lo motivo a salir de su casa, a marcharse de su pueblo a querer ´sacarles en cara´ como él era capaz de IR y CUMPLIR su sueño a toda costa.
Claro que de animador infantil a rockstar había una gran diferencia.
"¡Quedaste!"
"Felicidades"
Especialmente si tenías 21.

{…}
Kaito Shindo era hijo único; por lo cual estaba acostumbrado a todo tipo de atenciones. De sus padres, su familia, la gente de su remoto pueblo, las chicas del instituto…  era fácil aburrirse en un sitio tan pequeño. Y no era como si detestara su ciudad, pero conforme iba creciendo se dio cuenta que, efectivamente, era fácil aburrirse en un sitio tan pequeño.
Es por eso que ahora recordaba con muchísima vergüenza el escandalo enorme que armo para irse de aquel lugar. Como si de repente, por venir a esta metrópolis, donde uno suda ´arte´ (en toda la extensión de la palabra) por el simple hecho de estar ahí, ganaría fama instantánea. Que equivocado que estaba.
Otro detalle de Kaito era que solía exagerar mucho: Era un puto dramaqueen, y ni él mismo entendía como había sido posible que sus padres lo aguantasen tanto el tiempo que estuvo viviendo con ellos.
No era como si la vida lo hubiese tratado mal. Nunca le tocó dormir en las calles, o pasar hambre. Tenía una gran cantidad de conocidos que resultaban ser extremadamente amables con él; comparado con muchos otros casos que solía escuchar en los bares, él había tenido suerte. Muchísima suerte.
Y era por eso que no se cabía; no entendía porque obtener uno de los 5 titulares dentro de la serie infantil del momento le sentaba tan mal, al punto de quererse ahogar en sus nervios.
Era una excelente noticia, pero no era lo que él quería.

Ser uno de los titulares significaba que iba a tener bastante exposición en otros medios además de televisión, presentaciones casi a diario, entrevistas, giras, sesiones de fotos; y obviamente una paga mucho más extensa que la que recibía como bailarín de fondo (o los ocasionales trabajos de extra en comerciales).  Todo eso no le iba para nada mal… el único pero que le encontraba a toda su situación era que no le gustaban los niños.


« Last Edit: May 31, 2017, 03:52:02 PM by Nite »


Miyu

Re: Act 1: Overture
« Reply #51: June 30, 2017, 04:51:14 AM »
2.2 # Cantar.
—Lo siento —susurró el dependiente, rascándose suavemente la mejilla con gesto compungido. Aunque Eastwood era una ciudad reluciente y próspera donde no abundaban los huérfanos, sí sabía de la existencia de uno o dos orfanatos en toda la región. La vida allí suponía no debía ser fácil y luego se preguntó el tipo de educación que debían recibir los niños y como los integraban a la sociedad luego de cumplir la mayoría de edad… eso lo hizo suspirar.
—No es para tanto —respondió Luo y su sonrisa, ancha y sincera, se sintió de inmediato reconfortante para Joe, disipando parte de su incomodidad y dudas.

Cyan, por su parte, no terminó de entender bien el motivo de la disculpa. Después de todo ella no poseía recuerdos vívidos de sus padres; esa nebulosa del pasado le parecía algo lejano a ella. La vida en el orfanato no la había juzgado nunca como algo terrible o al menos, había dejado de parecérselo desde el día en que conoció a Luo. Miró a Joe con sus grandes ojos verdes, parpadeando varias veces con una curiosidad tranquila, como tratando de descifrar la pena que no lograba compartir.

—Tengan —dijo Joe de pronto, recuperando su animación habitual. Se agachó y buscó debajo del mostrador entre un pequeño desorden de promociones, hasta sacar un CD en su funda de plástico. Era el sencillo debut de Hyuna—. Es solo un sencillo, pero está bastante bien. La producción es limpia y la voz… bueno, la oirán completa.
—Gracias —dijo Luo, alargando la mano y tomando el disco antes de que Cyan pudiera articular una negativa. Su movimiento fue rápido o mucho más rápido de lo que su amiga podía ser.
—¡Luo! —lo regañó ella, aunque sin verdadera fuerza en la voz—. N-no podemos aceptarlo… Sería un abuso de su amabilidad.

Sin embargo, sus ojitos brillaban con un entusiasmo indisimulable. Ya quería sumergirse en esa voz potente de la que hablaba Joe, descifrar las letras, perderse en los arreglos. Tomó con cuidado el CD que Luo le acercó y contempló la portada; la imagen de Hyuna en un primer plano desafiante, con una sonrisa prepotente y un fondo de un violeta eléctrico e imponente que parecía hacer eco de su energía, hasta podía sentir las pequeñas gotas de sudor que debieron resbalar por su piel trigueña.

—Tranquila —dijo Joe, cruzándose de brazos—. No es un regalo.

Su voz fue firme, sin dramatismo. No hablaba para convencer, sino para dejar clara su postura; a lo largo de los años había aprendido a medir las palabras cuando trataba con gente joven y más cuando estaban llenos de esperanzas. La tienda no había salido adelante por casualidad, él la levantó solo, con pocos recursos, muchas horas de trabajo y decisiones tomadas con cuidado. Ese mismo criterio lo aplicaba ahora.

—Piénsenlo como un préstamo a largo plazo. Un préstamo de inversión, si quieren llamarlo así. Cuando ustedes dos sean conocidos, me lo devuelven con intereses. Un álbum firmado alcanza.

Luo no dudó. No pidió aclaraciones ni miró a Cyan buscando permiso, en sus ojos apareció algo distinto, una determinación clara que no solía mostrar frente a desconocidos. Dio un paso al frente y extendió la mano derecha para tomar el objeto que el dependiente les ofrecía.

—Trato hecho.

La seguridad de su gesto sorprendió a Cyan. Ella abrió la boca por reflejo, dispuesta a objetar, pero se quedó callada observando a su amigo durante un segundo que duró más de lo esperado. Por supuesto, no era impulsividad ni tampoco arrogancia, era convicción. Luo hablaba de un futuro que todavía no existía, pero lo hacía con la naturalidad de quien ya lo ha decidido y que nunca dudará en su camino. Eso la desarmó.

Joe estrechó la mano de Luo con fuerza y una sonrisa amplia se dibujó entre sus pómulos. No era una sonrisa condescendiente ni nostálgica, fue sincera. El acuerdo resultaba extraño… un dependiente de mediana edad sellando un pacto con dos chicos en una tienda de segunda mano que ya no recibía muchos clientes. Aun así, no se sintió absurdo sino con todo el sentido del mundo, siendo el hombre un mentor.

—Entonces queda así —afirmó el mayor—. El disco es suyo. O, mejor dicho, es mi futura pieza de colección. Cuídenlo.

Les guiñó un ojo, reconociendo ese brillo en esos dos chicos muchos años atrás, chispa que él también la tuvo. No era talento ni ambición ciega sino la mezcla peligrosa de ganas y necesidad. La guitarra que Luo llevaba a la espalda confirmaba que no hablaban solo por hablar y que ya a estaban practicando, estaban intentándolo.

—…

Cyan bajó la mirada al CD en silencio. Pasó los dedos por la portada con cuidado; el plástico tenía un relieve leve y lo recorrió sin apuro. El resto del local quedó en segundo plano ante sus ojos verdes… el polvo suspendido cerca de la ventana, el murmullo constante de la música ambiental y el olor a papel viejo y madera de las estanterías y mostrador. Todo se volvió irrelevante.

Durante unos segundos, solo existió ese objeto. No era grande ni llamativo y tampoco pesaba demasiado, aun así, sentía que sostenía algo importante. No pensó en fama ni en escenarios reflexionó en una voz que todavía no había escuchado bien, pero que estaba a punto de hacerlo. Pensó en el momento preciso en el que ese disco había llegado a sus manos.

—¿Y por dónde empezamos, viejo? —preguntó Luo.
—¿Viejo? —apoyó ambas manos con fuerza sobre el mostrador—. ¡Qué insulto!
—¡Luo! —le reprochó ella por enésima vez ese día.

Luo bajo la cabeza un instante, pero volvió a mirar a Joe con atención total. No buscaba halagos ni quería frases bonitas; necesitaba una dirección. Durante mucho tiempo, su sueño había sido una idea difusa y ahora estaba frente a alguien que ya había pasado por ese punto. Eso lo convertía en una referencia.

Joe apoyó los codos en el mostrador, cuya madera estaba gastada por años de uso. Permaneció en silencio y luego dirigió la mirada hacia la estantería de discos, vinilos viejos y casetes olvidados; recordó su adolescencia y los consejos que recibió entonces… algunos útiles y otros inútiles. La mayoría tardó años en entenderlos.

Suspiró.

—Primero —explicó con un suspiro resignado—, olvídense de pensar en empezar.

Ambos fruncieron el ceño, atentos.

—Empiezan cuando dejan de intentar impresionar. Cuando tocan sin pensar en quién escucha. Cuando dejan de buscar aprobación inmediata. Eso cambia todo.

Señaló el CD de Hyuna.

—Escúchenlo muchas veces. No solo para disfrutarlo. Escúchenlo con atención. Pregúntense por qué funciona. Dónde entra la voz. Qué sostiene la canción. Qué la hace avanzar. De qué habla realmente.

Hizo una pausa breve, analizando sus próximas palabras.

—Después hagan lo mismo con todo lo que puedan escuchar. Canciones buenas y canciones malas, canciones que no soporten, absolutamente todo sirve. No solo la música, miren a la gente, escuchen conversaciones y fíjense en lo que molesta, en lo que se repite, en lo que hace reír. Un artista trabaja con emociones reales. No con ideas fuera del lugar.
 
Cyan asintió despacio. No comprendía cada punto en profundidad, pero entendía la idea general y que no se trataba de un camino rápido; no prometía resultados inmediatos y wso la tranquilizó. Sus dedos se cerraron un poco más alrededor del CD. Luo, en cambio, parecía absorto en cada palabra, ya pensando en canciones y en melodías. En terminar la que tenía empezada y crear aún más.

Joe los observó un momento más. Luego añadió:
—Y practiquen. Todo el tiempo. En cualquier sitio. No esperen el momento perfecto. No existe.

Luo tomó aire con una gran mueca de felicidad.

—Gracias.
No dijo nada más, no hacía falta nada más.
Joe se enderezó y dio un paso atrás, buscando algún paño para comenzar a limpiar la tienda.
—Eso es todo lo que puedo decirles hoy. El resto depende de ustedes.
El silencio que siguió no fue incómodo. Era denso y cargado de ideas nuevas; Cyan volvió a mirar el disco, Luo acomodó la guitarra en su espalda. El acuerdo estaba hecho, no había aplausos ni promesas grandilocuentes, solo una decisión.
Habían recibido algo más que un CD. Habían recibido un empujón.
Y Luo ya tenía la primera melodía que quería terminar “My color”.

Luo tragó saliva antes tomar la guitarra con sus manos de la espalda y traerla hacia delante, si bien no tenían amplificador y sonaría como una acústica él no temía a cantar esa canción que rondaba su mente.

En pocos minutos ya la letra brotaba como magia de sus labios, esos sentimientos que había compuesto desde algún lugar lejano llenaron el local vacío con calidez, pronto Cyan se unió a él en un pequeño dueto bastante hermoso.


“Sometimes things may be so wrong
Feels like everything is lost
But you can be the one to fix these mistakes
Life is hard and full of tears
Feels like everything you fear
But you can be the one to confront it”

—Y toquen —añadió Joe después de que terminaron de cantar, la sonrisa del hombre fue sincera, esperando por el futuro brillante de ambos—. En cualquier sitio. En el parque, en el metro, en la puerta de esta misma tienda un día que yo no esté para echarlos. Acostúmbrense a las miradas, a la indiferencia, al aplauso ocasional.

Luo esbozó una mueca de complicidad. Esa parte, la de tocar para extraños, ya la conocían. Había empezado en los pasillos del orfanato, luego en el parque frente a unos niños, después en una esquina tranquila. Cada vez era un poco menos terror, un poco más de esa conexión eléctrica y fugaz con un desconocido y ahora tenían un pequeño público en Tik Tok.

—Gracias, Joe —susurró sin timidez Cyan, por primera vez con una voz firme y clara, levantando la vista del CD—. De verdad, por el préstamo y… por el consejo.

Joe hizo un gesto con la mano, como quitando importancia, pero su expresión era cálida.
—No me agradezcan todavía. Agradézcanme cuando me entreguen ese álbum firmado. Ahora, lárguense. Tengo que poner orden en esta cueva antes de que cierre.

Salieron a la calle cuando la luz de la tarde ya empezaba a bajar. El cielo tenía un tono anaranjado suave y el aire era más fresco que dentro de la tienda aun cuándo el aire acondicionado funcionaba allí; Cyan caminaba con el CD en la mano, mirando al frente, mientras avanzaba sin decir nada y a su lado Luo, sonriente de aquel encuentro fortuito. Ella sentía algo distinto, una especie de claridad que no solía acompañarla no era emoción ni entusiasmo desbordado, sino la sensación de que, al menos por ahora, sabían qué hacer.

Aún no tenían un plan definido ni certezas sobre el futuro. Había demasiadas cosas fuera de su control y pocas respuestas claras, sin embargo, ya no estaban dando vueltas sin rumbo cantando sin más, tenían tareas simples y concretas: escuchar música, prestar atención a lo que los rodeaba, practicar cuando pudieran. Nada más, pero tampoco nada menos.

Cyan bajó la vista hacia el CD que llevaba consigo. Era un objeto común, liviano, fácil de guardar en una mochila. Aun así, le resultaba importante. No porque garantizara nada, sino porque marcaba un inicio; un primer paso que no dependía de la suerte ni de promesas ajenas, sino de lo que ellos decidieran hacer a partir de ese momento.

—¿Qué opinas? —cuestionó Luo, avanzando con la espalda hacia delante para ver a su mejor amiga a los ojos.

Ella rehuyó un poco antes de acomodar uno de sus cabellos azulados y colocarlo detrás de su oreja.

—Es un sueño bastante grande —sus mejillas se tiñeron de rojo al pensar que toda esa atención estaría enfocada en ambos.
Luo sonrió, y entonces, en medio de la acera, comenzó a cantar suavemente:
—I'll be your light, so don't you cry, we'll be fine. When you're feeling down, i'll hold you tight. You'll be brave enough to seize this fight, I swear —cerró sus parpados con fuerza, empezando a entonar otra parte de la canción “My Color” que él había compuesto.
Cyan, por reflejo, tomó el relevo:
—Let me share my color with you now. My path is only with you, i want you to feel that you'll make it through —de inmediato Cyan continuó con la melodía. Al terminar la línea, una risa nerviosa y alegre les salió a ambos al mismo tiempo. Era la confirmación de que estaban en el mismo barco, remando hacia la misma orilla lejana.

La caminata hacia el orfanato continuó. La luz del atardecer cedía el paso a un crepúsculo grisáceo, y las farolas comenzaron a encenderse gradualmente. Pasaron frente a una tienda de crepas ya cerrando y luego un Seven Eleven al que Luo señaló con entusiasmo; el clima caluroso se sentía en el ambiente y ambos pensaron en lo mismo: helado.

—Paramos —dijo entusiasmado Luo, desviándose hacia la entrada automática.
Dentro, el aire olía a café recién hecho y a pan caliente. Fueron directamente a la heladera. Luo abrió la puerta de vidrio, dejando escapar una nube de aire frío.
—Uno solo —propuso Cyan, después de todo no tenían tanto dinero salvo las propinas que recibieron por tocar esa tarde en la plaza—. Para compartir.

Escogieron un bote de helado de vainilla con trozos de galleta. En la caja, mientras Luo pagaba, la vista de Cyan se posó en un expositor con revistas de diferentes tipos; entre los titulares de moda y deportes, vio una publicación de música. Era una revista especializada en artistas independientes y rock.

La tomó y hojeó rápidamente las páginas. Había entrevistas, reseñas de discos, anuncios de pequeños sellos discográficos, se la quedó mirando un momento, sintiendo cómo ese objeto mundano conectaba directamente con la conversación de la tienda de Joe y con la canción que acababan de cantar, incluso una pequeña reseña al sencillo de Hyuna “All-in” apareció en el índice.

—¿Quieres eso, Santa? —preguntó Luo, siguiendo su mirada.

Cyan no sabía si asentir o no, aunque era un monto mínimo tenían sueños que querían lograr y para el primer paso tener dinero ahorrado era indispensable… igualmente asintió con mandíbula apretada.

Él añadió la revista a la compra, manteniendo la expresión de felicidad.

Salieron de la tienda. Luo llevaba la bolsa y Cyan sostenía el bote de helado y dos cucharas de plástico que el cajero les había dado; se sentaron en un banco público a medio camino, bajo la luz tenue de una farola y compartieron el helado en silencio, pasándose el bote. El frío y el dulce sabían a normalidad, a un pequeño lujo cotidiano que hacía que el sueño enorme pareciera, por un instante, algo más manejable.

Cyan hojeaba la revista con una mano mientras con la otra tomaba su turno con la cuchara. Sus ojos escaneaban los artículos, buscando algo, cualquier cosa que les sirviera como Joe les aconsejó; Luo observaba el entorno, la calle tranquila, la gente que pasaba sin prisa y pensaba en la próxima canción, en las palabras que quería escribir.

—Quizás debamos comprar un reproductor de música —marcó Luo, señalando con la cabeza hacia la bolsa de Cyan donde guardaron el CD—. ¡Así lo podemos escuchar en todas partes!
—… —Cyan lo observó atenta, con la cuchara en la boca y luego asintió—. Así es. Sería nuestro tesoro y de nadie más —musitó ella, bajando la revista un momento—. Pero esos reproductores portátiles todavía son caros, tendríamos que ahorrar.
—Podemos guardar lo que nos den para gastos pequeños —propuso Luo con entusiasmo—. Yo puedo dejar de comprar esas galletas de la máquina los miércoles y tú podrías cobrar por predecir números o cosas así en el orfanato.
Cyan frunció un poco el ceño.
—No lo sé, Luo. La gente cuenta conmigo y si fallo se enojarán conmigo y el director, eso supondrá que me quitarán privilegios y ya no podré juntarme contigo o me prohibirán practicar con la guitarra.
—¡Ufff! —bufó Luo, dando una palmada suave en su propio muslo con frustración, porque Cyan tenía razón y si la gente no tenía de su lado a “Lucky Cyan” se podrían enojar severamente—. Medio año, calculo. Medio año y tenemos nuestro reproductor, luego podremos escuchar a Hyuna en el parque, en el autobús, en el pasillo del orfanato cuando las señoras no estén vigilando.

La idea le gustó a Cyan. Visualizó la escena nítidamente, ellos dos compartiendo unos auriculares, sumergidos en la música mientras el mundo pasaba a su alrededor. Se sintió bien y perfecto, un lugar personal para ellos…

—¿Qué crees que pone en las notas de producción? —preguntó Cyan, mirando de nuevo el CD a través de la tela de la bolsa—. Joe dijo que escucháramos con atención. Deberíamos fijarnos detenidamente en los detalles.

Ella era la más entusiasmada en poder escuchar la voz potente de Hyuna en “All-in”.

—¡¡¡Sí!!! ¡A todo! —asintió Luo, tomando la cuchara para su siguiente porción de helado de vainilla y galletitas—. Los instrumentos que usa, cómo entra su voz, si hay coros… todo todo… ¡TODO! Yo creo que la canción principal, “All In”, debe tener una base de guitarra eléctrica distorsionada. Algo potente, pero con un toque melódico.
—A mí me suena más a sintetizadores —expresó Cyan, pensativa—. Un poco más digital, más frío, pero con su voz cálida encima. Es un contraste interesante.
—Podríamos estar los dos en lo cierto —concedió Luo—. Habrá que escucharlo diez veces para decidir.

Un grupo de adolescentes pasó cerca de ellos, riendo a carcajadas por algo que decía uno. Luo los siguió con la mirada, un poco de envidia en sus ojos.

—¿Tú crees que ellos van a algún ensayo? —preguntó, casi para sí mismo.
—No lo sé —respondió Cyan—. Tal vez solo van a casa, como nosotros deberíamos ir al orfanato.
—Parecen despreocupados —murmuró él, dando otra cucharada al helado, que ya se derretía un poco.
—Todo el mundo tiene preocupaciones, Luo. Solo que no las muestran así, en la calle.
—Tienes razón, supongo. Es solo que pienso en demasiadas cosas, ¿sabes, Santa?
—¡Mooo! Ya te dije que no me digas así.

Guardaron silencio otro rato, terminando el helado. Cyan cerró la revista y la dejó a un lado un rato largo antes de hablar.

—¿En qué piensas para tu próxima canción? —preguntó ella, limpiándose las manos con una servilleta.

Luo se recostó un poco sobre el respaldo del asiento mirando el cielo, ya se veían algunas estrellas, a pesar de las luces de la ciudad.

—No estoy seguro, tengo algunas frases sueltas. Algo sobre… sobre sentirse atrapado en un lugar que no es tu hogar, pero a la vez es el único que tienes. Pero no quiero que suene quejumbroso, quiero que suene a deseo de salir.
—Eso está bien —concluyó Cyan, asintiendo—. Podría funcionar. ¿Ya tienes una melodía en mente?
—Tengo un riff. Uno simple en mi cabeza: ta-ta-tan, tan-tan… algo así. Lo tararearé cuando lleguemos y tengamos las manos limpias para agarrar la guitarra.
—Okai. A lo mejor puedo pensar en unas frases o algunas líneas de guitarra para acompañar. Algo repetitivo, que marque el ritmo.
—Eso —respondió el chico, sentándose derecho de nuevo, animado como de costumbre—. ¡Exactamente eso! Tú haces la base sólida con la voz, y yo vuelo por encima con la guitarra.

Cyan sonrió, un poco tímida.

—No sé si podré estar a la altura, prometo dar lo mejor de mi para satisfacer tu oído crítico, Luo.
—Lo haces bien y cada vez mejor con mi tutela, hehe.  La otra semana, en el almacén, estabas sincronizada perfectamente con la guitarra.
—Fue solo una escala, Luo.
—Una escala perfecta, entonces.

Otro silencio se apoderó de ellos, esta vez más cómodo. La noche era agradable, sin mucho viento y el parque Vireta estaba casi vacío a esas horas, solo algún que otro paseante o una persona corriendo con su perro.

—¿Te gusta el nombre del parque? —inquirió Cyan de repente—. Siempre me he preguntado por qué le pusieron así aquí, en Eastwood.
—Por Kurt Cobain, ¿no? —respondió Luo—. Leí una placa una vez, hace años. Dice que es un homenaje a “el espíritu de la música auténtica” o algo por el estilo. Un poco pretencioso, si me preguntas hehe.
—Casi tan pretencioso como tú —confesó Cyan con una sonrisa—. El engreído Luo llamado pretenciosos a otros es ridículo.
—¡Ahora sacas tus garras, Santa! —la señaló con la cuchara, aunque eran puras risas y bromas—. Ahora tendrás que cantar “My Color” treinta veces antes de irte a dormir.
—¡¿Qué?! —espetó indignada Cyan, con una gota de sudor cayendo por su rostro—. ¡Nos descubrirán antes de que toque el primer coro!... y mañana tengo ensayo con el coro de la iglesia, necesito mi voz al cien por ciento o me castigarán.
—Deberíamos ir andando, se nos hace tarde.
—Sí.

Se levantaron y recogieron sus cosas: la revista, los envoltorios del helado, la bolsa con el CD. Cyan se colgó el estuche de la guitarra y Luo se estiró con la bolsa de plástico en manos, haciendo crujir su espalda.

Caminaron hacia la salida del parque, tomando el camino que bordeaba los arbustos.

—¿Y tu suerte, Cyan? —curioseó Luo de pronto, con una sonrisa juguetona—. ¿Ha hecho algún truco hoy?

Cyan se encogió de hombros.

—Encontré una moneda en el suelo esta mañana, de cinco centavos. No es gran cosa.
—¡Es algo! —exclamó Luo—. Yo hoy tropecé con el bordillo de la acera frente a la tienda. Casi me estampo contra la puerta, por eso llegué un minuto después que tú.
—Lo vi. Pensé que te habías distraído.
—Fue mi mala suerte habitual. Pero al menos no me caí del todo hehe, tu moneda de cinco centavos le ganó a mi bordillo traicionero.
—No es una competición, Luo.
—Lo sé, lo sé. Solo digo que es curioso, tú siempre encuentras el último bollo en la cafetería, o llueve justo después de que llegues a casa y a mí siempre se me atasca la máquina de refrescos, o me toca la fila más lenta del supermercado.
—… —enmudeció la chica, aunque sin mucha convicción. Ella también había notado el patrón y como su buena suerte al final le traía problemas o atención que no quería.
—Coincidencias muy constantes —replicó Luo—. A lo mejor es un superpoder. Tú, la chica de la buena suerte, y yo, el chico del tropiezo seguro. Juntos formamos un equilibrio.

La idea hizo reír a Cyan, un sonido suave y breve.

—Seríamos un dúo peculiar.
—Ya lo somos —explicó él—, y funciona.

Salieron del parque y se adentraron en una calle residencial, más tranquila. Las casas tenían las luces encendidas en las ventanas, y se veían figuras moviéndose detrás de algunas cortinas.

—¿Crees que Hyuna también tuvo que ahorrar para su primer reproductor? —preguntó la menor.
—Probablemente o a lo mejor se lo regalaron. No lo sé, pero no importa. Lo que importa es lo que hizo después de tenerlo y como se formó; escuchó, aprendió, practicó, como tenemos que hacer nosotros.
—Joe dijo exactamente eso y parece bastante fiable.
—Sí y viejo —repitió Luo echando una larga carcajada, mirando las estrellas de nuevo—. Vamos a tener que pensar seriamente en el género de música al que nos orientaremos y la temática que tomaremos.

Caminaron otro par de manzanas en silencio, absortos en sus pensamientos. El orfanato, un edificio de tres plantas de ladrillo visto, ya se veía al fondo de la calle.

—Mañana —agregó Luo, rompiendo el silencio y dando un pequeño salto sobre el borde de la acera—, después de clases ensayamos. En el almacén te enseño ese riff, ya lo he aprendido con solo oírlo una vez en mi cabeza. ¿A que soy genial?
—Mucho —asintió Cyan, sin poder evitar una leve sonrisa—. Y también creído y engreído~ apuesto a que tu ego es tan grande como el orfanato. Cabe justito en la parte de niños.
—¡¿Ehhh?! —exclamó Luo, poniendo una mano sobre su pecho con falso dramatismo—. ¡Qué cruel, Santa! Eso fue un ataque directo y sin aviso. Mi ego es de tamaño normal, compacto y eficiente. Es el motor de mi creatividad.
—Un motor que a veces hace mucho ruido y humo —replicó Cyan, jugando con la cremallera de su chaqueta.
—¡Humo artístico! —protestó Luo, señalándola con un dedo acusador—. Tú solo estás celosa porque tu proceso creativo es tan silencioso que a veces ni se nota que estás pensando. Pareces una estatua muy concentrada.
—Prefiero eso a parecer un altavoz ambulante con patas —replicó Cyan, esbozando una sonrisa más amplia—. Al menos yo no anuncio cada media nota que se me ocurre a todo el pasillo.
—Es para que la inspiración no se escape.
—Un método muy molesto.
—Pero efectivo. Gracias a mis proclamas, tenemos como seis inicios de canción.
—Sí, y gracias a mi silencio tenemos tres que están medio terminadas —contraatacó Cyan suavemente.

Luo se quedó callado un segundo, fingiendo estar ofendido, pero luego soltó una risa.

—Tocado. Bueno, tienes razón. Sin tu estatua concentrada, mis proclamas serían solo ruido, somos un equipo. ¿A que sí?
—Exactamente. Así que baja un poco el volumen a ese motor de vez en cuando.
—Lo consideraré —musitó Luo, cruzando los brazos—. Solo los días que no me sienta especialmente genial. Lo que es casi nunca.
—Lo que confirma mi teoría del tamaño del ego.
—¡Otro golpe bajo! Cyan, hoy estás implacable. ¿Es que el helado te dio poderes de sarcasmo?
—No, siempre los tuve. Solo que normalmente te compadezco y los guardo.
—¡Compadecer! Eso es aún peor. Prefiero el sarcasmo, al menos demuestra que te esfuerzas.

Se miraron, y la tensión cómica se desvaneció en otra risa compartida. Seguían parados frente a la verja, sin prisas por entrar.

—Bueno, en serio —recuperando un tono más normal—. Ensayo mañana, yo llevo la guitarra y mi ego, tamaño viaje.
—Y yo llevo el cuaderno y mi paciencia, tamaño extra grande —respondió Cyan.
—Trato. Ahora, de verdad, deberíamos entrar. Que mañana hay que ser productivos y terminar esa canción que solo existe porque yo soy un genio y tú una estatua muy talentosa.
—Vale, vale. Entramos.

Se detuvieron frente a la verja del orfanato entre risas. Desde dentro se escuchaba el sonido amortiguado de una televisión y se veían algunas luces apagadas en las ventanas de la planta superior.
El edificio tenía los dormitorios separados: el de los niños en el ala oeste y el de las niñas en el este. Eso significaba que debían separarse hasta el próximo día, la regla era clara después de las diez, aunque normalmente ambos se solían encontrar en prácticas nocturnas y quedarse hasta más tarde del toque de queda en la habitación de Luo o en alguna habitación oculta a la luz de linternas.

—Bueno… —expresó Luo, cambiando el peso de un pie a otro—. Hasta mañana, Cyan.
—Hasta mañana, Luo. Cuídate. No tropieces con nada más.
—Haré mi mejor esfuerzo hehe —respondió él con una sonrisa—. Pero no prometo nada.

Cyan entró primero, sin mirar atrás por ultima vez.

Luo se quedó un momento más en la acera, mirando el cielo, recordando la melodía de "My Color" en su cabeza; luego respiró hondo y empujó la puerta para entrar. Era extraño como esa canción siempre brotaba de su cabeza, desde su primera infancia donde siempre la tarareaba hasta tener la edad suficiente para cantarla.
« Last Edit: January 17, 2026, 10:26:19 AM by Miyu »

❛ 𝖳𝗁𝖾 𝗁𝗎𝗇𝗍𝖾𝗋 𝖻𝗋𝖾𝖺𝗍𝗁𝖾𝗌 𝖻𝖾𝗇𝖾𝖺𝗍𝗁 𝗍𝗁𝖾 𝖼𝗁𝖾𝗌𝗌𝖻𝗈𝖺𝗋𝖽, 𝗐𝖺𝗍𝖼𝗁𝗂𝗇𝗀 𝗍𝗁𝖾 𝗉𝗎𝗉𝗉𝖾𝗍𝗌 𝗋𝗎𝗇 𝖿𝗈𝗋 𝖿𝗎𝗇;
𝖾𝗌𝖼𝖺𝗉𝖾 𝗂𝗌 𝗃𝗎𝗌𝗍 𝖺 𝗌𝗎𝗀𝖺𝗋-𝖼𝗈𝖺𝗍𝖾𝖽 𝖼𝗎𝗋𝗌𝖾 𝖻𝖾𝖿𝗈𝗋𝖾 𝗍𝗁𝖾 𝗇𝖾𝗑𝗍 𝗋𝗈𝗎𝗇𝖽 𝗁𝖺𝗌 𝖻𝖾𝗀𝗎𝗇. ❜


Othinus

Re: Act 1: Overture
« Reply #52: June 30, 2017, 11:31:38 AM »
HI PIPLE ; ; decidí unirme porque AL FIN TENGO UNA IDEA DE TRAMA *CRY IN SPANISH[?]* DMC \ m / 



¿Cuál es la peor desgracia que puedes encontrarte en tu desdichada vida? ¿Que ella no te ame? ¿Que el celular te corrija Dios por Dross y lo mandes por WhatsApp?  No.
 
Esta es la peor desgracia, por Dross que me está por demandar al usar la palabra perturbador.
 
Murder, it's murder
Murder, it's murder
(KILL! KILL! KILL! KILL!)
Dye your memories with blood
Murder, it's murder
Murder, it's murder
(KILL! KILL! KILL! KILL!)
Dye your future with blood

Kill, kill, kill your loved ones
Kill, kill, kill everything

El sujeto infernal del escenario ¡ES UN LOCO! Esta pateando el trasero de un hombre enano con una especie de manzana masoquista en la boca y… ¡¿LO DISFRUTA?!
 
Los oídos de nuestra protagonista se van a desgarran, ¡lo harán! Ni entendía como podía haber llegado hasta ese lugar tan mórbido y perturbador (PERDONAME DROSS).
 
“¿QUÉ SUCEDE?” gritó y ¡zas!, el bullicio del ambiente trago la voz de ella. “¿DÓNDE ESTOY?”
 
Condenada nuestra pobre ovejita tapó los oídos con fuerzas y comenzó a caminar hacia la salida. Está siendo pisoteada y tragada por los fans del grupo ese.
 
“¿Ya te vas Erio chan?” le preguntó hablando muy cerca de ella la mejor amiga, por quien había decidido salir de su reclusión en el campus.
“ESO QUIERO” gritó y un sujeto con máscara detrás de ellas comenzó a saltar, todos saltaron,  incluso su amiga y ella… y ella… murió.  ¿?
 
Vio pasar la miserable vida que tuvo hasta el día en que decidió ir a Eastwood para convertirse en diseñador y probar que los aliens existen. Lo último incluso era más importante que lo demás porque es idiota.
 
{flashback}

Ahí está ella de pie, con tacones de diez centímetros y un vestido blanco sin mangas,  perfecto para el calor. Los cabellos ligeros se movían con las ondas del viento y un shine la hacía lucir sexy y kawaii. Esos ojos tan puros como el cielo combinan perfecto con la mata de la cabeza.
 
Este lunes comenzarán las clases, los pasillos del edificio principal totalmente vacío lo confirma con los pocos carteles en las paredes.
 
Ella camina despampanante por el lugar, aún tenía que hacer papeleo pero es la perfecta excusa para observar las prestigiosas obras y pinturas galardonadas de la universidad, su competencia.
 
Erio Touwa lo tiene todo, talento determinación, una diva glamorosa e innata pero, porque todos tienen fallas ¿?, la de ella era su hobbie. Uno que intenta mantener oculto pero al final del semestre ya todos lo sabrían: ella cree en ovnis y cree haber sido secuestrado por uno.
 
Con años de terapia podía salir a la calle y ser algo productiva pero dentro de la casa… hasta tenía un gorro metálico con el típico argumento de “leen mis pensamientos” y ya no sabía si el gobierno o los extraterrestres. Así de mal.
 
“¡Wua!” gritó una fémina de cerca. “Al fin un alma osa pasar por estos lares”.
 
Se acercó a Erio a toda velocidad, como un rayo y cuando la vio, ¡¿era un demonio?! Quizás una lilim o súcubo…
 
“Help me!” le lloriqueo y las cadenas en la muñeca de la extraña la hicieron retroceder. “Estoy perdida”.
 
Dross, era la típica novata que no tenía mapas ni Google Maps.
 
“¿A dónde vas?” casi podría afirmar por las vestimentas que traía ella, debía ser estudiante de teatro o acústica.
“Rectorado” dijo entre sollozos.
“También yo, ¿vamos juntas?” le preguntó,  sería problemático si alguien viera que deja abandonada a una chica.


 {end flashback}

Así fue como nuestra niña perdió el último fin de semana libre, podría estar viendo series en Netflix con comida chatarra y gaseosa, luego salir por helado y postear algunas cosas en el foro cospiranoico sobre cómo Trump es un reptiliano. 
 
Yui era la chica que por desgracia conoció y la que la arrastró a un show de death metal. Entiéndase,  ella pensó que era de algún café de poesía y no. Nada más equivocado.
 
Así debutó en la U,  siendo pisoteada en un remolino de copias baratas de Kiss.


Kill, kill, kill your loved ones
Kill, kill, kill everything

Murder, it's murder
Murder, it's murder
(KILL! KILL! KILL! KILL!)
Dye your memories with blood
Murder, it's murder
Murder, it's murder
MURDER!


Miyu

Re: Act 1: Overture
« Reply #53: July 29, 2017, 07:55:33 AM »

3.1 # Take off.


Ambos chicos estaban en el jardín del orfanato. El clima seguía cálido a pesar de la hora y en el aire se escuchaban murmullos y risas bajas que venían de varias direcciones, de otros grupos que también aprovechaban el mediodía y sin embargo, nadie se acercaba a ellos.

La razón era conocida; Cyan tenía la reputación de ser el amuleto de buena suerte del lugar y muchos creían que su sola presencia podía traer cosas buenas, o evitar las malas. Era un título que ella no había pedido y que odiaba, por no poder ser una chica normal y por su condición de “Santa”, algo que algunas personas del orfanato, y fuera de él, aún no sabían cómo tratar o de qué hablar sin parecer incómodas. Esa combinación creaba una burbuja invisible a su alrededor. La gente miraba, comentaba en voz baja, siempre manteniendo la distancia.

Luo, por su parte, era visto simplemente como el chico ruidoso que rondaba cerca de ella. Su mala suerte legendaria era un chiste interno, pero fuera de su dúo, lo convertía en alguien impredecible y, para algunos, en un factor de caos del que era mejor no acercarse.

—Parece que tenemos el jardín para nosotros —comentó Luo, recostándose sobre el césped y mirando el cielo.
—Siempre es así —respondió Cyan, sentándose con cuidado a su lado.
—¿Te molesta?

Cyan lo pensó un momento.

—A veces. Otras veces no. Es… tranquilo.
—Sí. Tranquilo. Y práctico para ensayar sin que nos pregunten nada. ¿Verdad?
—También es triste… —susurró Cyan muy bajito.

Ella asintió aun así. La burbuja de aislamiento, a veces pesada, tenía sus ventajas. Aquí podían hablar de música, de sueños grandes, de cosas que a los demás podrían parecerles tonterías, sin ser interrumpidos ni juzgados. Era su pequeño territorio, ganado sin quererlo. Luo cerró los ojos, concentrándose en los sonidos lejanos de la ciudad, mientras Cyan observaba la luz de una ventana encendida en el piso superior.

—¡Hey hey! ¡No te pongas triste! —la sonrisa amplia de él se formó casi al instante.
—Así no funciona, engreído Luo —hizo un pequeño puchero, desviando la mirada hacia las personas que corrían por el pabellón cercano—. La tristeza no se va así…
—Lo sé —agregó rápidamente, mirando hacia el cielo—. Las nubes tienen tu color. ¿No crees, Cyan?
—Mi color es más verde —dejó que su mirada se alzara al cielo vasto que Luo le mostraba—. Aunque este no está mal…
—Cyan es mucho más linda —levantó ambas manos al cielo, como queriendo tocarlo—, y más afortunada.
—¿A qué se debe lo último? —inquirió ella, desviando la mirada a él—. ¿El director te retó?
—Un poquito —sonrió como respuesta—, pero dijo que si me portaba bien compraría un amplificador mejor.
—Oh —ella se quedó pensativa un momento—. Será un reto para el creído Luo.
—Un gran reto —admitió Luo—. Pero por un amplificador decente, puedo fingir ser un ciudadano modelo por un tiempo. Puedo saludar, decir "por favor" y "gracias".
—¿Y no tropezar? —preguntó Cyan, con un poco de escepticismo.
—Eso… eso ya depende más de la gravedad y de mis pies que de mí. Pero puedo intentar mirar al suelo.

Se hizo un breve silencio. Cyan observó las nubes que se movían con lentitud.

—Esa de allí parece un poco un perro —señaló con el mentón.
—¿Cuál? ¿La que parece una mancha de algodón aplastada?
—Sí, esa. Tiene una parte que parece una oreja larga.
—Ah, ya la veo. Un perro flaco y despeinado o quizás un conejo.
—¿Un conejo con orejas tan desiguales?
—Puede ser un conejo artista y con estilo. Como nosotros.
—No sé si nuestro estilo es parecerse a una nube deforme —expresó Cyan, pero su tono era más liviano.
—Claro que sí. Nosotros no encajamos en las formas normales, somos nubes raras. Tú eres una nube que trae suerte y yo soy una nube que se tropieza consigo misma y bien gris.

Cyan dejó escapar un pequeño suspiro, pero era uno más relajado.

—¿Qué canción pondrías a esta escena? —preguntó de repente, volviendo a mirar a Luo—. Si esto fuera el inicio de un video musical.
—Hmm —Luo frunció el ceño, pensando—. Algo instrumental al principio. Solo una guitarra acústica, limpia. Algo que suene a tarde de domingo, pero con un ritmo constante por debajo y nada de distorsión todavía. Eso vendría después, cuando salgamos corriendo del orfanato hacia la ciudad.
—Suena bien —murmuró Cyan—. El bajo entraría después, con la guitarra. Para darle profundidad.
—Exacto. Tú siempre piensas en la base, en lo que sostiene todo. Yo pienso en la melodía que va por arriba.
—Por eso funcionamos.
—Por eso —confirmó Luo.

Oyeron una campana a lo lejos, la señal para el almuerzo en el comedor principal. Ambos se quedaron en el césped un momento más, ignorando la campana un par de minutos.

—¿En serio, qué canción? —insistió Cyan, mirando el cielo otra vez—. Una de verdad, no una que inventes ahora.

Luo se rascó la barbilla, pensativo.

—Es difícil. Esta escena es tranquila, pero hay tensión por debajo. La burbuja, la gente que no se acerca… necesita algo que tenga esa dualidad.
—¿Algo de los noventa? —sugirió Cyan.
—Podría ser. «Black Hole Sun» de Soundgarden tiene esa atmósfera pesada y onírica. La letra es oscura, pero la melodía es casi… hipnótica. Como un día soleado con algo podrido debajo. Como nuestro jardín.
—Sí —asintió Cyan lentamente—. Se ajusta. Pero es muy oscura para un mediodía.
—Por eso funcionaría. Contraste. ¿O prefieres algo más directo?
—Algo con más energía, quizás. Para contrarrestar la tristeza. «Basket Case» de Green Day. Es pura energía nerviosa y letras sobre inestabilidad. Suena a gritar en un lugar abierto como este.
—Demasiado punk para el ambiente —consideró Luo—. Nos quedaría grande. Nosotros no somos tan… frenéticos. Somos más lentos, más calculados.
—Entonces, ¿alternativo? Algo de The Smashing Pumpkins. «1979». Tiene esa nostalgia y esa sensación de estar fuera de lugar, pero con una belleza triste.
—Esa es buena —admitió Luo—. Es perfecta para escenas de adolescentes al margen. Tiene sintetizadores, guitarras borrosas, un ritmo que no es rápido ni lento. Captura la melancolía y la esperanza a la vez.
—¿Y nuestra música? —preguntó Cyan, girando para mirarlo—. ¿Qué estilo crees que hacemos nosotros, realmente?

Luo se quedó callado un rato, serio.

—No es puro rock. Tiene la actitud, la base de guitarra y bajo, pero… hay algo más. Algo que no encaja del todo. Como si le faltara agresión o como si la agresión estuviera escondida en la melodía, no en los gritos.
—Porque tú no gritas, cantas. Y mi voz es más melódico que rápida a veces.
—Exacto. Somos alternativo, supongo. Pero con un toque… pop. No pop comercial, sino pop en el sentido de ehhhh…, de algo que se puede recordar. Como ese riff que tengo en la cabeza. No es complejo, pero se te queda.
—Como Hyuna —añadió Cyan—. «All In» tiene un toque pop, no obstante, la producción es alternativa, casi industrial. Esa mezcla.
—Sí. Ese es el territorio. Alternativo con atractivo, música que podría sonar en la radio, pero que no suena como todo lo demás. Música para días grises con destellos de sol.
—Suena a un buen plan —murmuró Cyan.
La campana sonó de nuevo, más insistente.
—Deberíamos ir —dijo Luo, levantándose y ofreciéndole una mano a Cyan.
Ella la tomó y se puso de pie.
—Entonces, ¿la banda sonora de hoy es «1979»?
—Para el jardín, sí —confirmó Luo, caminando hacia el edificio—. Para el ensayo de esta tarde, será algo nuestro. Algo que todavía no tiene nombre.
—Le pondremos nombre cuando esté terminada.
—Sí. Cuando esté terminada.

Entraron en el comedor, donde el rumor de voces y el sonido de platos reemplazó el silencio del jardín; la conversación sobre música quedó atrás, aún así la idea persistía, como el eco de una canción que aún no existía.

—Deberíamos ir —expresó ella, levantándose y sacudiéndose un poco la ropa.
—Sí. A ver si hoy tengo suerte y me toca el pudín. A ti siempre te toca.
—Podemos intercambiar si quieres.
—No, está bien. Es parte del balance. Tú tienes el pudín, yo tengo… la satisfacción de no haberme caído por las escaleras hoy.
—Eso es algo, supongo —sonrió la chica, y esta vez su sonrisa fue un poco más fácil, un poco más natural.

Caminaron juntos hacia el edificio, atravesando el jardín que, por un rato más, seguiría siendo solo de ellos.

El comedor del orfanato era un sitio pulcro y monótono. Las paredes, el techo y las largas mesas eran de un blanco desgastado que se repetía en todas direcciones. Ese ambiente estéril y sin vida siempre le producía un ligero malestar a Cyan.

Al cruzar el umbral el aire cambió de golpe, dejaron atrás la frescura del jardín y entraron en un vaho denso y cargado; el olor era una mezcla de sopa de verduras recalentada, cloro de la limpieza reciente y la fragancia de mucha gente en un mismo espacio. Todo esto venía acompañado por el murmullo constante de un centenar de conversaciones superpuestas, el ruido de cubiertos y el arrastre de sillas de un lado a otro.

Como siempre, cuando Cyan entró, el volumen de la sala bajó un par de nivele; fue un ajuste sutil, imperceptible para alguien ajeno, pero ella lo sintió como un cambio de presión en los oídos junto a las miradas que se desviaban hacia ella y luego regresaban rápidamente a sus bandejas de plástico rojo. Era el respeto nacido del miedo a lo desconocido; el trato distante al que siempre está sometida debido a las exigencias del director del orfanato y las mismas mujeres que debían haberla cuidado en vez de tramar como usar esa confianza que la gente tiene en ella como “chica afortunada”.

Luo ajeno o simplemente experto en ignorarlo, caminaba a su lado haciendo un ruido excesivo con sus zapatillas desgastadas. Su presencia era todo lo que ella necesitaba para ser normal, tener un amigo en quien confiar y alguien que la rescato de esa excesiva luz.

—Mira eso —susurró Luo, señalando la fila—. La señora White tiene hoy esa cara de "si pides más pan te mando a limpiar los baños". Mi intuición de mala suerte me dice que hoy el pudín vendrá un poco duro o mejor, budín de pan y huevo con nada de caramelo.
—Uhmm no me gusta tanto lo dulce —respondió Cyan, recuperando su tono reservado.
Después de buscar sus bandejas se apresuraron a buscar asientos apartados, aunque normalmente otros niños se apretaban, dejando un espacio vacío de al menos de dos asientos entre ellos y la pareja. Cyan observó a un grupo de niñas más pequeñas, las de primer ingreso que la miraban con ojos abiertos, llenos de una mezcla de admiración y terror. Para ellas, Cyan no era una niña; era la "Santa" que, según los rumores, había predicho algunos números de lotería y atraía la buena fortuna con solo señalar un lugar.

Rápidamente bajo la mirada a la sopa de zanahorias en el cuenco y lo removió con la cuchara, se podía notar la amargura en sus acciones y el desesperado anhelo por dejar de ser el centro de todos esos rumores infundados; pero en un lugar donde la esperanza escasea, la gente prefiere fabricar milagros que aceptar la lógica.

—¿En qué piensas? Estás poniendo esa cara de "estoy resolviendo ecuaciones cuánticas" —rió Luo, con la boca medio llena de puré.
—En el amplificador —mintió ella, siguiendo con la mezcla de la sopa—. Si el director te lo da, ¿dónde lo vamos a poner? Sabes que el sótano está lleno de humedad. Se va a arruinar el circuito.

Luo se tragó el bocado y se puso serio por un minuto, sus ojos, usualmente chispeantes en caos, se oscurecieron.

 —Lo subiremos a la azotea. He estado arreglando la cerradura de la puerta trasera, di logramos pasar los cables por el conducto de ventilación, nadie se enterará. Imagínatelo, Cyan. Tocar allí arriba, con el sonido rebotando en los edificios vecinos… ¡sería como nuestro primer concierto en un estadio, pero sin el público molesto!
Ella negó con la cabeza, dejando que su larga melena musgo la acompañara.
—Es una terrible idea, nos meteremos en problemas —dejó la cuchara al costado del cuenco, el apetito se había esfumado tan fácil con las ideas para meterse en problemas de su mejor amigo —. Mejor lo llevemos a tu cuarto y hagamos espacio.
—¡¿Ikkkkkkk-?! ¡Mi cuarto está hasta arriba de cajas y cosas, Cyan! —empezó a ponerse nervioso, por primera vez en su vida, imaginando a su mejor amiga revisando sus cosas—. ¿En el tuyo? Seguro guardas ofrendas y cosas así. Vacío, vacío de principio a fin.
—¡Qué injusto! —estuvo a punto de hacerle otro mohín—. Mi cuarto es como el de cualquier niña.
—Si, seguro. Lleno de ofrendas de ancianitas y dulces que no saben a nada azucarado —la reprochó, después de todo ella siempre recibía todo lo que le daban por su “generosidad” como solía decirle la encargada principal—. ¿Le pasa algo a tu sopa, Cyan? Pareces pensativa…
—Estoy pensando que no me gusta esta sopa —mintió ella de nuevo, suavemente, evitando la discusión sobre el cuarto—. Tiene un sabor muy raro hoy.
—¿Raro? A mí me sabe igual que siempre —respondió Luo, tomando un sorgo grande de la suya—. A agua salada con zanahoria poposita.
—Eso es exactamente el sabor raro —susurró Cyan, y esta vez un pequeño destello de complicidad cruzó por sus ojos antes de volver a bajar la mirada.
—Mira —retomó la palabra Luo, bajando un poco la voz para no ser oído por los de la mesa de al lado—. Sobre la azotea. No es tan loco, ya tengo el acceso casi listo. Solo necesito una tarde. Una tarde y unas pinzas más finas, nadie sube allí nunca.

—Pero el sonido, Luo. No podemos tocar allí sin que alguien lo escuche y la señora Doe tiene el oído muy adiestrado para estas cosas.
—Tocaremos bajo. Muy bajo. Como un susurro. Solo para sentir el amplificador, para probarlo algunas veces y no para un concierto. Al menos no todavía.

Cyan dejó de remover la sopa y lo miró con seriedad.

—¿Y si te caes mientras arreglas la cerradura? ¿O si te electrocutas con los cables? Tu mala suerte no toma descansos, tú lo has dicho.
—Por eso necesitaré mi amuleto de la suerte allí conmigo —expresó Luo, sonriendo ampliamente—. Para asegurarse de que no pase nada. Para guiar los cables y sujetar la escalera.
—Oh, no. No cuentes conmigo para eso.
—¡Vamos, Cyan! Será una misión. Nuestra primera misión como banda. "Operación Amplificador Fantasma". Suena bien, ¿a que sí?
—Suena a que nos van a expulsar.
—Nadie nos va a expulsar si somos cuidadosos. Y si nos descubren… diremos que estábamos buscando una paloma herida. Una paloma albina, muy especial. Tú llorarás un poco, y yo pareceré preocupado. Funcionará siempre, ya sabes que a nuestra amada bendecida por la suerte nunca le niegan nada.

Cyan no pudo evitar una leve sonrisa, aunque trató de esconderla.

—Eres terrible. ¡Un manipulador!
—Soy un visionario —corrigió Luo con dignidad falsa—. Un estratega que piensa en nuestro futuro y tú eres mi socia esencial, de espíritu cauteloso y suerte abundante. Lo equilibramos todo.
—No sé —contestó Cyan, pero su tono ya no era de negativa rotunda, sino de duda considerando que ya su amigo tenía un plan y divertido—. Tendría que ver el lugar primero. La cerradura, los cables… todo, para evaluar los riesgos.

—¡Eso, eso! —exclamó Luo, casi saltando en la silla—. Eso es todo lo que pido. Una oportunidad de que veas por ti misma la azotea. Esta tarde, después del ensayo del coro te esperaré en las escaleras del tercer piso, subimos, das un vistazo, y tú decides. Si dices que no, buscaremos otro lugar. ¿Bien?

Cyan observó su rostro lleno de una esperanza tan genuina y desesperada que le resultaba difícil resistirse; era la misma esperanza con la que hablaba de ser músico. Suspiró, un sonido de resignación que ambos conocían bien, pues siempre lo acompaña en sus ideas absurdas y divertidas.

—Trato —susurró muy bajito, más para ella que para su amigo—. Pero solo inspección, sin tocar nada. Sin "Operación" nada.
—¡Trato! —confirmó Luo, su sonrisa iluminando su rincón del comedor ruidoso. Luego miró su plato—. Ahora, ¿te vas a terminar esa sopa de sabor raro, o puedo ofrecerte mi pan duro a cambio de tu pudín de la suerte?
—El pudín no se negocia —contestó Cyan rápidamente, protegiendo su postre con un brazo—. Pero puedes quedarte con el pan. Yo ya no tengo hambre y la sopa…

El ensayo del coro terminó a las seis, se había extendido una hora más de lo planeado y Cyan ya imaginaba a Luo echando raíces en la escalera del tercer piso, impaciente.

A través de los ventanales del orfanato entraba la luz del atardecer, naranja y brillante, que cubría las paredes blancas y el suelo sin dejar sombras. Los niños guardaban las carpetas en una caja de cartón ya desgastadas por el uso constante y al fondo, alguien apagó el piano de cola. Se escuchó el clic seco del interruptor y luego un silencio denso, quebrado solo por pasos y el roce de chaquetas puestas en los alumnos. El aire olía a tiza y a sudor adolescente, afuera, un autobús frenó con un quejido frente al parque Vireta y alguien cerró de golpe las ventanas del salón para que no entrara el polvo.

—La vida continúa —reflexionó Cyan en silencio, apoyando su cabeza con suavidad contra el atril de madera que aún debía guardar. Había cantado notas tan altas y afinadas que sus cuerdas vocales aún continuaban vibrando, con una sensación de calor y tensión en la garganta. Le dolía, cosa rara porque cuando cantaba al lado de Luo esto nunca sucedía—. ¿Hasta cuándo?

Levantó la cabeza y miró por la ventana, luego observó a los demás niños que de a poco iban dejando el recinto, en parejas o pequeños grupos. Le hubiera gustado que Luo también estuviera en el coro, todo sería más divertido y, sobre todo, para nada solitario. Con él, hasta la espera es un juego.

—Cyan —llamó una voz a su lado.

Era la profesora de canto y la directora del coro. Se había acercado sin que Cyan la notara. La mujer tenía unos cuarenta años, con el cabello recogido en un chonguito y unos lentes de montura gruesa, así imagino se vería cualquier profesor que enseña en un orfanato religioso.

—Sí, profesora —respondió Cyan, enderezándose de inmediato.
—Tu desempeño hoy fue excepcional. La pieza de la prima donna en el cuarto movimiento requiere un control tremendo, y lo lograste. Tu afinación es naturalmente precisa —elogió la profesora, ajustando las partituras que llevaba en el brazo—. Tienes un don muy elogiable.

Cyan bajó la vista, fijándola en el atril de madera gastada. Un don… la palabra resonó de forma extraña. La gente le decía que tenía un don para la suerte, y ahora para el canto. Nunca parecían ser dones que ella hubiera elegido o al menos en canto no estaba precisamente en entonar canciones religiosas para un Dios en el que definitivamente no creía.

—Gracias —susurró tranquila, casi con apatía.
—Sin embargo —continuó la profesora, bajando un poco la voz—, noto que te aíslas. Cantas como si estuvieras sola en una habitación vacía y la música coral representa a una comunidad y al conectar con los demás, así puedes llegar al corazón de los fieles.

Y al dinero, pensó para sí Cyan. Asintió sin levantar la vista, evitando charlas demasiado largas. Podía oír a los demás, seguir la dirección y el ritmo, pero su mente a menudo estaba en otro lugar: en la letra de una canción que Luo estaba escribiendo, en el sonido de una guitarra, en la quietud del jardín, en la tienda de Joe, el CD de Hyuna, el parque, incluso hasta cosas más pequeñas como el helado que habían compartido ayer.

—Lo intentaré —explicó sin convicción, porque era lo único que podía decir.
—No es una crítica, Cyan. Tómalo como un consejo, tienes el potencial para ser la voz solista del coro el próximo año, si trabajas en eso. Piénsalo.
—… —un mechón de su cabellera cayó sobre el rostro—. Lo pensaré, lo prometo.
—Eso me gustaría —la sonrisa de la señora era tranquila, en contra posición Cyan se dio cuenta que era una mueca astuta porque no tenía manera de rechazarla con su personalidad y decepcionar a la gente.
—Sí —intentó corresponder el gesto, aunque fue en vano. ¿Dónde quedaban sus deseos, sus anhelos?

La profesora le dio una palmada muy ligera en el hombro y se dirigió hacia la puerta, donde otro alumno la esperaba con una duda. Cyan se quedó dónde estaba, la sensación del toque aún presente en su hombro, lleno de expectativas que ella no quería ni necesitaba, ¿por qué no la dejaban seguir su propio camino? El corazón se le encogió un poco al pensar en ella como voz solista, con la mirada de los feligreses sobre ella y esa atención innecesaria que la arrastra a la soledad.

Recogió el atril, lo desarmó lo más rápido que sus manos le permitieron y lo llevó hacia el armario. El salón ya estaba casi vacío y la luz naranja se estaba volviendo rojiza, se apresuró el paso por los pasillos sin fijarse en lo que la rodeaba, con la mente fija únicamente en Luo. Anhelaba dejar de ser “Lucky Cyan”, al menos bajo aquellos reflectores religiosos.

Sus pies subieron los escalones de dos en dos primero y luego de a tres, en pocos segundos ya estaba junto al chico que estaba dormitando contra la pared, con los ojos cerrados y una respiración tranquila; Cyan se sentó a su lado, en silencio. Observó sus propias manos sobre las rodillas, luego miró el perfil relajado de Luo.  Era increíble como Luo podía sacar de esa presión asfixiante del orfanato. Finalmente, con un movimiento leve, dejó caer su cabeza con suavidad sobre el hombro de él, ambos tenían tantos planes para el futuro y estaba completamente segura que a su lado conseguiría realizar cada una de esas pequeñas promesas que se hicieron en estos años: escapar, cantar, ser felices.

—¡Whoaa! ¡¿Santa?! ¿En qué momento me dormí? —bostezó sin taparse la boca y luego estiró sus brazos mientras Cyan se alejaba un poco de él—. Que extraño, ya es más tarde de lo que pensaba.
—Ahora a engreído, egoísta añadiremos dormilón —al mirarlo de nuevo, dio una pequeña carcajada—. Siento haber llegado tarde, Luo.
—No importa —respondió él, frotándose un ojo con el puño—. ¿Y? ¿Tu gran ensayo? Seguro dejaste a todos con la boca abierta. Yo desde aquí escuchaba un par de notas y muy ¡MUY ALTAS! Pensé que iban a romper los cristales.

Cyan negó con la cabeza, una sonrisa débil en sus labios. Su mente aún seguía siendo una maraña de pensamientos confusos sobre su deber y sus anhelos.

—Fue solo un ensayo largo. La profesora me felicitó, dijo que tengo un don y luego me recordó que me aíslo demasiado.
Luo la observó, la somnolencia desapareciendo de su rostro de a poco.
—¿Otra vez con eso del "don"? Y lo de aislarte… bueno, es cierto. Pero aquí estás conmigo. Eso no es aislarse, es elegir tus amistades y yo te elegí a ti.
—No es lo mismo. En el coro debo intentar hacer nuevos amigos, es la regla… No lo entiendo.
—¿Y qué? Las reglas de ahí dentro son diferentes a las nuestras. Nosotros somos amigos y así no se hacen amigos. La amistad es algo que llega sin más y como compartes gustos en común es normal hablar y hablar hasta que que hablas de todo y de nada a la vez.

Cyan guardó silencio, mirando sus manos de nuevo. La sencillez con la que Luo reducía las cosas siempre la anima.

—Me ofrecieron ser voz solista el próximo año —confesó al fin, en un tono casi inaudible.
—¡Ah! —exclamó Luo, sus ojos brillando de inmediato—. ¡Eso es genial, Cyan! Es un gran reconocimiento por parte de esos viejos.
—Lo sé. Pero también significa más atención, más ojos sobre mí controlándome y más de… esto —hizo un gesto vago, refiriéndose a todo el orfanato y su reputación.

La emoción en el rostro de Luo se atenuó, sustituida por comprensión.

—Ah. Ya veo. El "Lucky Cyan" en el escenario principal.
—Exacto y en solitario…

Luo se quedó pensativo unos segundos, apoyando la cabeza contra la pared de nuevo.

—Entonces, ¿qué quieres hacer? ¿Aceptarlo y enfrentar a los reflectores, o rechazarlo y quedarte en el fondo? No hay una respuesta correcta. Solo hay una que tú puedas manejar.
—No lo sé —admitió Cyan—. Ahora mismo, solo quiero ir al almacén, quiero escuchar ese riff y después, quiero ver esa azotea. Necesito… necesito aire que no huela a este sitio.

Una sonrisa amplia y auténtica volvió a extenderse por el rostro de Luo.

—¡Esa es mi Cyan! Prioridades claras, primero el riff, luego la misión secreta y finalmente el mundo. ¿Lista?
Cyan asintió, levantándose del suelo y ofreciéndole una mano para ayudarlo a él.
—Lista. Aunque… promete no dormirte durante el riff. Sería un golpe terrible a tu ego y mis burlas hacia ti serán eternas. ¿Verdad, engreído Luo?
—Jamás —afirmó él, tomando su mano y poniéndose de pie—. Mi ego requiere atención constante, incluso cuando duermo. Vamos.
Los dos chicos encendieron unas pequeñas farolas LED y comenzaron a caminar hacia la azotea. Luego de tanta conversación, decidieron que ese día solo inspeccionarían, irían a ver cómo harían para que un cable largo llegara hasta arriba y en qué estado estaban las cosas que Luo había conseguido.

—¿Crees en fantasmas, Cyan? —cuestionó él, llevando la farola hacia su propio rostro para crear sombras extrañas en sus facciones—. Apuesto a que nunca has visto uno.

La peliverde negó con la cabeza, su rostro se volvió un tono más pálido al pensar en la posibilidad. De forma instintiva, cerró la distancia entre ellos, acercándose más a la espalda del chico de cabello ébano.

—Hehe, si te quedas cerca, protegeré a la pequeña Cyan —declaró con un tono entre burlón y sincero. Volvió a extender la mano con la luz para iluminar el tramo oscuro del pasillo que llevaba a la escalera de servicio y luego a la azotea que tanto ansiaban.
—No soy pequeña —bufó molesta, aun sin apartarse ni un milímetro de la espalda de Luo.

Luo rio suavemente y abrió la puerta metálica, el chirrido oxidado resonó en la estrecha y vacía escalera de concreto, lo que hacía que los ruidos se intensificaran.

—Lo sé, lo sé. Solo bromeo, Santa, en serio, aquí nunca he visto nada raro. Solo polvo, telarañas y el fantasma ocasional de una paloma muerta. Eso sí da un poco de miedo, por el olor. Ugh…
—Eso es asqueroso, no da miedo —susurró Cyan, siguiéndolo escalón a escalón.
—Depende de tu definición. A mí me asustan más las cosas pegajosas e inexplicables que un espectro transparente. Un fantasma puedes atravesarlo, una mancha de… no sé qué… se te queda en el zapato.

Cyan no respondió, concentrada en no tropezar en la oscuridad. La luz de las farolas bailaba sobre las paredes descascaradas.

—¿Y tú? —preguntó ella después de un momento—. ¿Crees en ellos?

Luo se detuvo un segundo, pensando.

—No lo sé. Nunca he pensado en cosas así, puedo decir con seguridad que la buena suerte y mala suerte existen debido a que la gente nos ha etiquetado con esas fortunas; puedo creer que mis padres me guían y cuidan desde algún lejano lugar o tal vez los fantasmas son solo ecos de cosas que pasaron y que quedaron atrapados. Como el sonido en una habitación vacía.
—Eso fue… inesperadamente profundo, viniendo de ti.
—Hehe, ¿Fui genial? Tengo mis momentos. No todo es egocentrismo y mala coordinación. A veces también soy filósofo de… ¿la linterna?

Llegaron a otra puerta, esta más pequeña y con una cerradura vieja, y Luo sacó un llavero de su bolsillo.

—Ahora, lo primero es quitar la cerradura. La he estado aceitando esta semana, debería girar sin hacer ruido y bastante fácil… debí traer alguna cosa como plan de repuesto para abrir la puerta… ains… tarde. Vamos a orar para que el fantasma nos ayude.
—Deja de hablar de fantasmas —suplicó Cyan, pero una leve sonrisa asomó en sus labios.

Luo insertó la llave y giró con cuidado. Un clic metálico sonó en el silencio del pasillo largo y oscuro, la puerta cedió hacia adentro con mucha facilidad.

—Funciona —anunció, con evidente orgullo—. Fase uno, completada. ¿Lista para la vista, inspectora Cyan?

Ambos cruzaron el umbral y se adentraron en la azotea. Lo primero que los recibió fue una brisa nocturna, más cálida de lo esperado, que les acarició el rostro después del aire encerrado de la escalera. Arriba, la luna llena en lo alto del cielo despejado, bañando todo con una luz plateada y tenue que ilumina todo a su paso con suavidad lo que hacía que el paisaje fuera casi etéreo.

La vista se extendía a lo lejos. Desde allí podían ver más allá de los límites del orfanato; las luces de Eastwood centelleaban en una cuadrícula desordenada, las siluetas de edificios más altos se recortaban contra el horizonte y, al fondo, la mancha oscura del Vireta Park. El ruido constante de la ciudad no era tan fuerte como se esperaba aún siendo ya las ocho de la noche.

Cyan contuvo la respiración por un instante. Sus ojos, grandes y verdes, brillaron bajo la luz lunar, reflejando el vasto panorama con puro entusiasmo. Por un momento, todo lo demás —la presión del coro, las miradas, las expectativas— pareció quedar muy pequeño, muy lejano, allá abajo en algún punto que ya no le importaba. Aquí solo estaban ellos, la brisa y un pedazo de cielo propio.

—¿En qué piensas, santa? —inquirió Luo, tirando de su mochila algunos cables y herramientas.
—Nada en particular —mintió, algo que su amigo se dio cuenta de inmediato.
—¡Oye, Cyan! ¿Sabías que los Beatles tocaron en un techo de Londres? —mientras comentaba aquello, comenzó a inspeccionar el cable que había traído del orfanato—. Se le conoce como el concierto de la azotea, el treinta de enero de mil novecientos sesenta y nueve. Fue la última vez que tocaron juntos antes de separarse.

Cyan se acercó para ayudarlo a sostener el rollo de cable. Ella no sabía mucho de música en general, más allá de lo que escuchaba con Luo.

—… ¿Qué tipo de música tocaban?

—De todo un poco —respondió Luo, desenredando un extremo con cuidado—. Para entonces ya hacían rock, pero un rock más melódico, con arreglos complejos. Canciones como "Get Back" y "Don't Let Me Down". Su sonido era… único. Nadie lo imitaba bien y las personas lo creían bárbaros y el rock un sonido que pasaría de moda.
—¿Y por qué tocaron en un techo?
—Porque ya no querían hacer giras, ni dar conciertos grandes. Estaban hartos de la fama, de las multitudes, de sus peleas. Solo querían tocar juntos, de forma sencilla, sin tanto show para despedirse de la banda. Así que subieron a la azotea de su estudio, conectaron los amplificadores, y tocaron. La gente en la calle los miraba desde abajo, los coches se paraban… fue algo espontáneo. Y legendario.

Cyan asintió lentamente, imaginando la escena. Le gustaba la idea, como debía haber salido de la nada la idea y que fuera pura música, sin la presión de un escenario formal.

—Suena mejor que un estadio lleno.
—Mucho mejor —afirmó Luo con convicción—. Por eso pensé en esto. No necesitamos un escenario grande. Solo necesitamos nuestro techo, nuestro sonido, y… bueno, tal vez un público pequeño o ninguno, solo nosotros.
—¿Y la policía no los bajó a los Beatles?
—Sí, al rato. La policía llegó porque los vecinos se quejaron del ruido. Pero para entonces, ya habían tocado como cinco canciones. La historia ya estaba hecha.

Luo señaló un canal de ventilación cerca del borde de la azotea.

—Mira, por ahí podemos pasar el cable. Baja hasta el almacén. Es un camino casi recto. Solo necesitamos asegurarlo bien para que no se mueva con el viento.

Cyan se acercó y miró por la abertura. Parecía viable, aunque estrecho.

—¿Y si llueve? El cable se mojará.
—Lo cubrimos con un tubo de plástico. Tengo unos sobrantes del taller de manualidades. Los juntaré.

Ella lo miró, impresionada.

—Pensaste en todo, ¿verdad?
—Claro hehe—sonrió Luo, con una mueca que era mitad orgullo, mitad nerviosismo—. Es nuestro concierto de la azotea. Tiene que estar bien planeado y no podemos dejar que la lluvia, o la policía del orfanato nos arruinen el debut.
—No quiero que ninguna de las señoras suba a detenernos —comentó Cyan, con un dejo de humor—. Ojalá les de miedo las alturas.
—¡Mejor! Un público ausente y una autoridad con vértigo. Condiciones perfectas.

Terminaron de inspeccionar el lugar, marcando mentalmente dónde colocarían el amplificador y cómo orientarían los parlantes. El plan empezaba a sentirse real, no solo como un sueño de Luo, sino como algo que los dos podían construir juntos, con determinacion desde esta azotea silenciosa bajo la luna llena.
« Last Edit: January 17, 2026, 10:28:06 AM by Miyu »

❛ 𝖳𝗁𝖾 𝗁𝗎𝗇𝗍𝖾𝗋 𝖻𝗋𝖾𝖺𝗍𝗁𝖾𝗌 𝖻𝖾𝗇𝖾𝖺𝗍𝗁 𝗍𝗁𝖾 𝖼𝗁𝖾𝗌𝗌𝖻𝗈𝖺𝗋𝖽, 𝗐𝖺𝗍𝖼𝗁𝗂𝗇𝗀 𝗍𝗁𝖾 𝗉𝗎𝗉𝗉𝖾𝗍𝗌 𝗋𝗎𝗇 𝖿𝗈𝗋 𝖿𝗎𝗇;
𝖾𝗌𝖼𝖺𝗉𝖾 𝗂𝗌 𝗃𝗎𝗌𝗍 𝖺 𝗌𝗎𝗀𝖺𝗋-𝖼𝗈𝖺𝗍𝖾𝖽 𝖼𝗎𝗋𝗌𝖾 𝖻𝖾𝖿𝗈𝗋𝖾 𝗍𝗁𝖾 𝗇𝖾𝗑𝗍 𝗋𝗈𝗎𝗇𝖽 𝗁𝖺𝗌 𝖻𝖾𝗀𝗎𝗇. ❜


Ekha

Re: Act 1: Overture
« Reply #54: July 31, 2017, 07:10:40 AM »
002 - Not my division

Papeles de autorización. Documentos. Un sin fin de permisos por sus tutores dado que es menor de edad. Edna estaba harta de ver documentos y documentos que le recordaban que no podía tomar sus propias decisiones debido a su edad.

Zaveid y Eizen la conocían de maravilla. Por más peros que su hermano mayor le había puesto, ella no  habia desistido de su decisión y, al final y más que nada a regañadientes, Eizen no tuvo otra alternativa que cumplir uno más de sus caprichos, más por su amor a su pequeña hermana que por su propia iniciativa.

Al poco tiempo, Edna aparecía en todos lados. Un nuevo talento  mucho más engañoso de lo que aparentaba, consideraba  Zaveid. Edna tenía anuncios en varias partes haciéndola ver como una adorable adolescente, una nueva estrella que prometía brillar entre hermosas canciones optimistas y sonrisas.La verdad no podía estar más lejos. Sólo gente cercana a ella, incluyendo el compañero d de grupo de su hermano mayor, sabían cuán equivocada era la percepción general sobre la joven.

Edna podría tener el cuerpo de una jovencita, pero su personalidad real podía distar kilómetros de la percepción general. Cuando quería, podía ser lo más ácida y cruel que jamás alguien podría imaginar viendo esos carteles llenos de sonrisas angelicales. Verdades duras y directas gobernaban su día a día, bromas pesadas y un sentido del humor de alguien que no apreciaba la compañía humana demasiado tiempo eran parte de la personalidad de la misma joven que saludaba con un optimismo y una gran sonrisa a los transeuntes desde esos carteles.

Zaveid sintió como un escalofrío recorría su espalda. Edna podía ser de muchas formas aterradora para ser tan joven pero esto era un nuevo  nivel. ¿Por qué razón lo hacía? ¿Para llamar la atención de Eizen? No. No por algo como eso. Se tenían el uno al otro y cosas por el estilo pero Edna no caería tan bajo. Debía haber una razón detrás de ese capricho pero, al menos desde su perspectiva, no le correspondía a él averiguarlo. El privilegio era de su compañero, el hermano de la chica, quien en ese momento seguía pensando qué había hecho mal.

“Consentirla”, pensó su amigo. Edna obtenía lo que se proponía, con o sin los medios a su alcance, siempre encontraba la forma de lograrlo. Al menos eso era algo bueno que podía decir de ella: nunca se rendía y, aunque las cosas fuesen complicadas, lograba su objetivo de alguna forma u otra.

Quizá debería compadecer a Eizen y a los amigos de la chica. Al menos él no se encontraba en ese último grupo, a ellos sí que debía tenerles un poco más de lástima.
ʎɐpoʇ ǝƃɐd ʍǝu ɐ ƃuıuɹnʇ


Othinus

Re: Act 1: Overture
« Reply #55: July 31, 2017, 01:01:57 PM »
01 disappoint (a)

El ingreso al aula terminó alrededor de cinco minutos atrás y ya Touwa Erio tenía que meter la cabeza de delante hacia atrás, bostezando en el proceso.  El profesor seguía hablando y alguno que otro rezagado social le presta atención a la actuación bamboleante de la chica.

A algunos de ellos les gustaría transferir aquel cerebro con aire a sus cuerpos; el profesor grita y grita y ella lo ignora y lo ignora.  Erio ignora palabras como estrés, sí, definitivo.  Los universitarios en ingreso desearían tener la habilidad de ella. Su mente toma un pequeño desvío a las cosas que tiene que hacer y las repasa para limitar a un uno por ciento el margen de error.

“¡Psh!” la llamaron de un costado y ella pasó completamente de ese ruido molesto. “Erioooo” insistió hasta tener clavada la mirada de un puro y profundo océano sobre él.
“¿Nombre?” escupió secamente.
“¡Ah! Lo siento” dijo con las mejillas como tomates bien maduros. “Te vi tan relajada que me pareció agradable”.

Erio observó al compañero de banca y notó que era japonés, como ella, raro. Alguien completamente normal y sin rasgos a destacar.

“Ahhh” apresuró a agregar “soy Soichi Negishi”.
“¿Y?” preguntó sin tener la menor intención de hacer charla.
“Pues, pues… hay un club de yoga por si estas interesada” le sonrió feliz de la vida, hasta lo imagino rodeado de un aura rosa.

Erio meneó la cabeza y la recostó en el pupitre. Tanto sueño y tan aburrida. Nunca imaginó que la universidad fuera así, esperaba una vida glamorosa y llena de solicitudes de ver ovnis en una pradera desierta o aventuras de caza fantasmas por las noches y no. Nada de eso.

“¿De qué hablan?” ahora la voz provenía del otro lado. “Soy Shiona”.
“Un club de yoga, servimos té y galletitas” respondió Soichi aun perdurando la aura con shine.

Erio bostezo tratando de prestar atención pero hasta la clase de cálculo se oía mejor que la charlatanería de estos dos.

“¿Eh, yoga? Eso aún se practica” preguntó otra persona de enfrente de Erio y giró un poco la cabeza. “Apuesto que es como un palo Soichi”. Codeo a alguien del lado de él “escucha esta estupidez Yoshino ”.
El tal Yoshino le contestó suspirando “¿qué, Mahiro? Presta atención a clases”.
“Aburridoooo” habló el rubio “mejor ver que hacen los idiotas de atrás mío”.

El profesor paró un segundo la clase y todos dirigieron la vista al grupo que hacía bullicio allí. El que lleva la clase tenía fama de pocas pulgas y sacar a relucir que solo enseñaba por motivos curriculares y que por pendejos se negaba a tener una mancha negra en su amada carrera.

“¿Quieren compartir con nosotros lo divertido?”

Soichi miró a Shion y los otros dos de adelante entre sí a Erio le creció una burbuja tan grande en la nariz que el profesor se acercó con delicia a pegarle con un grueso libro.

“¿Qué es lo tan divertido?” le apuntó y ella siguió durmiendo.

La ira y el fuego del infierno se sentían en la atmosfera del aula, tiembla Erio, tiembla por lo que se avecina. 


Miyu

Re: Act 1: Overture
« Reply #56: August 31, 2017, 05:32:51 AM »
4.1 # Take off


“Nothing matters if I fight for my dreams”

La voz a capella de Luo sonaba tosca debido a las prisas con que iba recitando la letra que acababan de componer esa noche, tenía miedo que esa melodía se esfumara de su mente, quería grabar las emociones emitidas en aquel momento, plasmar los sentimientos que ambos expresaron bajo esa hermosa luna resplandeciente.

Cyan lo escuchaba unos pasos más atrás, sentada en el suelo de la azotea. Afinaba con cuidado las cuerdas de la guitarra eléctrica, el instrumento aún no estaba conectado al amplificador. Cada nota que ella ajustaba creaba un fondo para las palabras apresuradas de Luo, su concentración era total y, sin querer, Cyan era la calma que su mejor amigo necesitaba para ordenar el caos de su inspiración. Sin decir nada, su presencia y el sonido afinado de la guitarra le marcaban el compás, ese había sido un ensayo productivo para ambos.

“I’ll be taking actions, no distractions. I just wanna be who I wanna be. I don’t need exceptions, no delusions. Chance is only once, you know”

Una hora se convirtió rápidamente en dos y antes de pensarlo ya había pasado la hora de la cena. Ambos ya cansados se dejaron caer en el suelo para observar las estrellas que se erigen sobre ellos; ex extraño como aquellos momentos volvían a hacer de Cyan alguien normal, una chica de doce años con ganas de decir su propio camino.

—Me gustó la letra que compusiste, Luo —habló muy bajito, temiendo romper la magia que los envolvía.
—¿En serio? —extendió su mano derecha al aire—. Siento que si la cantas tú, sonará mucho mejor.
—Lo harás mejor tú —repitió Cyan, girando la púa entre sus dedos, su mirada fija en las luces distantes de Eastwood.
—Tu voz tiene algo —mencionó él—. Algo que falta en la mía.

Ella desvió los ojos. Desvió la mirada hacia su guitarra, sus dedos recorrieron el mástil con la púa.

—No sé cantar.
—Sí sabes. “My color” te la apropiaste, la hiciste tuya, Cyan.

Cyan guardó silencio, colocando la correa sobre su hombro, posando los dedos en las cuerdas con familiaridad. Emitió un acorde menor, luego otro, Luo cerró los ojos, dejando que los sonidos lo envolvieran.

—Podríamos intentarlo —murmuró ella, casi en un susurro—. Primero necesita una armonía sólida.

Luo abrió los ojos.

—¿En serio?

Cyan pulsó un acorde, ajustó una clavija, luego otra. Repitió la progresión que había surgido durante el ensayo, esta vez más lenta, deliberada.

—Así —murmuró para sí misma, más que para él.
—Suena bien…

Se levantó Luo y extendió la mano hacia Cyan, quien no duro en tomarla ni por un instante, permitiendo que la ayudara a ponerse de pie. Sus palmas estaban frías por la noche y la de él cálidas.

—Inténtalo ahora —indicó Cyan, sin mirarlo, concentrada en el ritmo que marcaba con un leve movimiento de pie en un timing preciso.
Luo aspiró profundamente. Cantó la primera línea, ajustando su tono a la guía de la guitarra. Su voz, antes áspera, encontró un tono más suave, una cadencia sincronizada con la idea de Cyan.

Un segundo acorde se unió, luego un puente sencillo que improvisó en el instante que Luo avanzaba con la letra, la canción dejó de ser un conjunto de palabras desordenadas y una melodía sin terminar a algo más profesional, aunque amateur aún.

Al terminar el estribillo, Cyan abrió los ojos y se fijó en Luo. El brillo en su mirada era respuesta suficiente.

—¡Whooo! ¡Quedó genial! Ya lo puedo imaginar con distortion y delay —el varón no podía contener una mueca de felicidad. Lo habían logrado.

Cyan afirmó, una esquina de su boca levantándose apenas ante el estallido feliz de Luo.

—Distorsión en el estribillo —murmuró—. Delay en el puente.

Se agachó y conectó el cable al amplificador. Un sonido grave llenó el aire cuando encendió el aparato; giró el knob de distorsión a la mitad y rasgueó un power chord. Luo dejó escapar un "¡Sí!" instintivo, su cuerpo respondiendo al ritmo con un movimiento de cabeza.

Cyan probó una progresión rápida, los dedos deslizándose por el mástil en el momento indicado y el delay ajustado a un tiempo sincopado. Era exactamente la textura que Luo había imaginado y transmitió cantando.

—Ahora —señaló Cyan, sosteniendo un riff simple—. La última estrofa.

Luo no necesitó que se lo dijeran dos veces, cantó sobre la base distorsionada y Cyan improvisó un lick entre líneas, sus miradas se encontraron por un momento y una sonrisa cómplice apareció en las expresiones de ambos.
Cuando la última nota se desvaneció, Cyan apagó el amplificador, dejando que el silencio repentino se pusiera en la noche. Ambos respiraron pesadamente.
Luo extendió el puño hacia Cyan, quien chocó el suyo contra él, en señal de un muy buen trabajo por parte de ambos.

—Mañana la cantamos en el parque Viretta —declaró Luo—. Apareceremos en Tik Tok de nuevo, Fomo, YouTube… ¡Yay!
—… estás siendo muy soñador, engreído Luo —respondió Cyan, aún con el agotamiento encima su humor no se desvanecía.

Luo soltó una risa, el vapor formando una nube breve frente a su rostro.

—¿Engreído? Ser engreído me queda genial y más como guitarrista.

Cyan se cruzó de brazos, la guitarra ahora colgada a su espalda como un escudo.
 
—La señora Lin revisa los teléfonos y está pendiente de Tik Tok. Si aparece un video nuestro con mil vistas, nos confina a limpiar baños un mes.,,
—Entonces que no nos graben la cara —sugirió Luo se ajustó la gorra—, o vamos al otro lado de la ciudad. A un parque dónde nadie nos conozca y podamos brillar.
—¿Y el permiso de salida? —Cyan lo miró fijamente—. Necesitamos firmas para ir más allá de dos calles. Nadie nos dejará ir para tocar, nos dirán que nos vayamos a hacer nuestras cosas.

Luo se acercó un paso.

—Encontremos un hueco en los horarios. La señora Lin nunca se fija más allá de su trabajo. Estoy seguro de que podemos escabullirnos el sábado y nadie lo notará.
—Es mucho riesgo, Luo.
—Todo lo que vale la pena lo es —su tono perdió por un segundo la euforia, volviéndose serio—. Cyan, esta canción… es nuestra. De verdad nuestra. No puede quedarse atrapada en esta azotea o en un garaje.

Ella bajó la mirada, trazando una grieta en el cemento con la punta del zapato. Sabía que tenía razón, la música era su única salida, el único espacio donde controlaban algo.

—Si nos descubren —murmuró—, me mandarán a canto más horas de las que puedo controlar o teología… lo han dicho ya.

Luo guardó silencio. Conocía las amenazas del orfanato, a él muchas veces lo habían mandado a trabajar, a cultivar, trabajos pesados para mantener a chicos problemas bien lejos.

—Okay —habló finalmente, su voz más baja—. Plan B. Grabamos el audio aquí, solo audio. Lo subimos a una cuenta anónima, sin videos, sin ubicación. Si llega a cien reproducciones… entonces pensamos en el parque.

Cyan consideró la propuesta, era un término medio. Menos intrepido para Luo, pero menos peligro para ambos.

—¿Y los créditos? Sin nuestros nombres.
—Podemos llamarnos con sinónimos. Tipo “Luoky”
—Horrible. —Protestó ella, con una sonrisa casi imperceptible asomando en sus labios.
—¡Tú propon algo entonces, Santa!
—No lo sé… —lo dijo sin pensar—. ¿Lucky?
—Lucky —repitió él, probando la palabra en su boca—. ¿Lucky?... ¿Como la suerte? En realidad… eso suena bien.

Cyan se encogió de hombros, fingiendo indiferencia, deseando poder arrepentirse de la sugerencia que había sonado demasiado simple y tonta para un dúo.
Pero Luo no se rió, su ceño se frunció en concentración.

—En realidad… eso suena bien. —su voz perdió el tono jocoso—. Lucky. Como… no saber si se refiere a que somos afortunados o a que necesitamos suerte o si a que somos un amuleto —hizo una pausa, mirando a Cyan con nuevos ojos entusiasmados.

Cyan se quedó quieta, sorprendida tras ese análisis que ni ella notó. Nunca había pensado en tanto, para ella, era solo una palabra que llevaba oyendo desde que entró en el orfanato, pero la verdadera suerte fue conocerlo a él.

—Podría ser —murmuró, evasiva.
—Lucky —repitió Luo una vez más, y esta vez una sonrisa lenta se dibujó en sus pómulos —. Sí. Me gusta “Lucky”. Suena a fácil de recordar y escribir, algo que podrías encontrar una tarde scrolleando en Tik Tok o YouTube, que escribirías buscando suerte y pensando en nuestras canciones.
—Solo es un nombre —protestó Cyan débilmente, sintiendo el peso de la expectativa de Luo se depositaba sobre esas dos sílabas.
—Nada es solo un nombre —replicó él, señalándola con el dedo—. Es nuestro nombre artístico como dúo. El que diremos frente al público y hay que decirlo orgullosos.

Cyan sintió un escalofrío de incomodidad de que Luo ya estuviera allí, en ese futuro imaginario, gritando un nombre que ella, en un segundo de distracción, había dicho.

—Está bien —cedió, viendo inútil cualquier resistencia—. Lucky y que nuestro logo sea un trébol. 
—Un trébol de cuatro hojas hecho de ondas de sonido —declaró Luo inmediatamente, los ojos brillando con la visión.
—Pffff, ya te has imaginado todo —sonrió la menor.
—¡No te rías, Santa!
—¡No te rías, Santa! —protestó Luo, pero una sonrisa amplia traicionaba su fingido enojo. —Un logo debe ser fácil de reconocer y a la suerte se la asocia con los tréboles. ¡Una idea fantástica!
—Es un garabato que nadie entenderá —replicó Cyan, agachándose para guardar el cable del amplificador en la mochila—. Al menos que sea un trébol normal. Verde y punto.
—Aburridísimo. ¿Y los colores de la banda? ¿El eslogan? —Luo se puso manos en las caderas—. Yo digo que negro y verde eléctrico. Slogan…
Cyan emitió un resoplido.
—Ningún slogan somos un dueto, no unos vendedores.
—¡El dúo más ruidoso del mundo! —exclamó Luo, haciendo un gesto de tocar la batería imaginaria con exagerada furia—. Los dos cantamos mientras uno toca la guitarra, hasta que consigamos otra y tienes que practicar sonreír. ¡DEBES SONREÍR, SANTA!
—¿Qué sonrisa? —preguntó Cyan, alzando una ceja.
—Una que sea cálida y hermosa, normalmente pareces tensa y agria, como un tomate maduro.
Cyan no pudo evitar una risa breve y seca.
—Eres un idiota. Ayúdame con el amplificador.
Entre los dos, levantaron el equipo. Mientras bajaban por la estrecha escalera de servicio, la charla derivó en más tonterías que a ambos les gustaba.
—Nuestro primer álbum se llamará… « Lunar » —propuso Luo, su voz haciendo eco en el hueco de la escalera.
—Suena a canción de cuna —opinó Cyan, mirando sus pies para no tropezar.
—¡Tú no tienes visión! El segundo será « Fugas de la Azotea ».
—No tienes buenos gustos. Que se llame « Engreído Luo ».
—¡¿Ehhh?! ¡Qué malaaaa! —Luo hizo una pausa dramática en el lugar donde guardan el amplificador—. Y nuestro fanclub se llamará… los « Afortunados ».
—Los únicos afortunados serán nuestros vecinos cuando dejemos de ensayar —murmuró Cyan, pero con un dejo de complicidad.

En ese lugar la luz era más tenue, parpadeante, por lo que las sombras estaban presentes en cada esquina. Ya hace tiempo había pasado la hora de dormir, así era el mundo real… lejos de fantasías se erigían reglas y horarios que se apoderaban de sus días.  Esta vez Luo se llevo la guitarra y la mochila con los cables, tocaba irse cada uno la ala que le correspondía.
—Mañana vamos a grabar —recordó Luo, ya en voz baja—. Me gustaría enseñarle la letra y la melodía que compusimos a Joe.
—Podemos hacer eso mañana y pedirle ayuda para grabar el sonido —sugirió Cyan, cubriendo el amplificador con una lona—. ¿Qué te parece, Luo?
—¡Gran idea! —gritó Luo entusiasmado.

Cyan negó con la cabeza, aún así no pudo suprimir una sonrisa minúscula.

—Buenas noches, engreído.
—Buenas noches, Santa —replicó él y desapareció tras la esquina del pasillo.

Cyan permaneció un momento más en el pasillo silencioso. El nombre «Lucky» resonaba en su cabeza, mezclado con el eco de risas tontas y planes imposibles. De algún modo estaba animada con todo lo que vendría en el futuro próximo.

Al día siguiente, los dos chicos caminaban por las calles de Eastwood con un objetivo concreto, como habían acordado la noche anterior, se dirigían a Joe's Rock Shop. La guitarra, dentro de su funda desgastada, colgaba de la espalda de Luo y en sus pies, ambos llevaban sus patines en línea, lo que les permitía deslizarse con rapidez por las calles casi vacías de la mañana, aunque Luo insistía en mantener una mano cerca del hombro de Cyan, por si un bache o una baldosa suelta la hacía tambalearse o por si se topaban con algún Chano Charpentier del Conurbano que acercase demasiado a ellos con un vehículo.

El sol brillaba en un cielo despejado, pero el aire matutino aún conservaba el frío que les hace cargar con chaquetas finas; el cabello turquesa de Cyan ondeaba ligeramente y las puntas ébano de Luo se agitaban con cada impulso de sus patines.

—¿Cuánto crees que costará uno básico? —preguntó Luo, rompiendo el silencio del trayecto. Su obsesión del momento seguía siendo el reproductor portátil ya que la única escucha del CD de Hyuna había sido en el equipo de música de la sala común del orfanato, con volumen bajo y el constante temor de que alguien los sorprendiera.

Cyan, concentrada en mantener el equilibrio, usó una mano libre para hacer un gesto vago. Sus dedos se abrieron y cerraron un par de veces, sugiriendo una cantidad grande e imprecisa. Quizás cien dólares, parecía decir. Había oído que los aparatos retro ahora eran caros debido a que coleccionistas se agarraban los mejores e inflaban los precios.

—Joe dijo que los hay desde cuarenta dólares —continuó Luo, más para sí mismo que para ella—. Si conseguimos algún trabajo los fines de semana… lavar coches, repartir folletos… en un mes o dos lo tenemos.

Cyan deslizó un pie para frenar un poco y lo miró. Su voz sonó baja y clara en el aire tranquilo de la mañana de Eastwood.

—No nos darán permiso o no a mi —su voz sonó melancólica, debía asistir a clases de canto, misas y otras cosas que la obligaban. Entre prácticas y obligaciones, estaba segura de que la tendían controlada.

Luo frunció el ceño, aun así, no refutó su punto, a sabiendas que la vigilancia sobre Cyan era más estricta que para cualquier chica común o persona dentro del recinto. Su condición la hacía, a los ojos de los cuidadores, más frágil, más propensa a desviarse sin supervisión.

—Entonces lo haremos entre semana, en ratos libres —improvisó Luo, intentando animar con sus palabras a su pequeña amiga—. Podemos ofrecer limpiar el garage del Joe o algo a él o … bueno, ya veremos. Primero, Joe y hablaremos con él. Quizás nos pueda buscar o dar algún trabajo extra.

Esquivaron un grupo de palomas y tomaron la calle que conducía al modesto distrito donde se ubica la tienda, frenaron con suavidad al vel el letrero poco llamativo en el escaparate y, través del cristal de la puerta, vieron que la luz interior estaba encendida, aunque no se veía movimiento.

Luo abrió la puerta, haciendo sonar la campanilla de entrada. El interior los recibió con el olor habitual a discos viejos papel añejo y polvo, como la ultima vez que estuvieron, esta vez tampoco había clientes. Al fondo, detrás del mostrador, estaba Joe, sentado en un taburete alto, con una lata de cerveza a medio terminar en una mano y un pequeño plato de maní salados frente a él. Estaba viendo en la computadora un viejo concierto de Stevie Ray Vaughan y Double Trouble, la canción que sonaba era «Pride And Joy », Luo de inmediato captó el género un Blues Rock de los ochenta, ya lo había escuchado con un cover a Jimi Hendrix y su mítico «Voodo Child ».


Al verlos entrar, Joe alzó la lata en un saludo casual.

—Buenos días, dueto rebelde. Temprano para patinar, ¿no? ¿O vinieron a molestarme?

—Buenos días, Joe —dijo Luo, desabrochándose los patines con movimientos rápidos. Cyan hizo lo mismo, más lentamente—. ¡Qué genial la canción que escuchas! Me llena de emoción.
—¿Lo conoces? ¡La juventud no está perdida! Incluso consideraré en presentarte a Mitsu-chan —el hombre meneó la cabeza al ritmo de la guitarra de Stevie Ray Vaughan.
—Síp. Mis padres fueron unos importantes productores de música. Es normal que conozca al que revivió la Fender Stratocaster —Luo sonreía muy feliz de poder compartir ese momento y recordar a sus padres—. ¿Quién es Mitsu?
—Oh, vaya. ¿Dónde trabajaban? Si eran de Rock y vivían en Eastwood, quizás los haya conocido —Joe bebió otro trago a su cerveza helada—. Mitsu-chan es mi sobrinita, estará más tarde por aquí. ¿A qué vinieron?
—Una consulta musical —finalmente se acercó Cyan al mostrador, sin querer interrumpir la charla.
—Ah, las mejores consultas —Joe tomó un sorbo de su cerveza y detuvo la música con un dedo sobre la pantalla táctil—. ¿Necesitan identificar un riff? ¿Una fecha de lanzamiento? Mi cerebro, aunque un poco oxidado por la cerveza matutina, está a su servicio.

Luo dejó la funda de la guitarra sobre el mostrador con un cuidado y Cyan se situó a su lado, sus dedos jugueteando nerviosos con el borde de su sudadera.

—Es más que eso —empezó Luo, tragando saliva. Su confianza habitual parecía haber quedado un poco fuera—. Compusimos una canción… nosotros dos. Se llama « Take Off ».

Joe dejó la lata sobre el mostrador, su expresión cambió de la bromista habitual a una atención seria y directa. Sus ojos pequeños y razgados, ocultos tras unas gafas negras, pasaron de Luo a Cyan y luego a la funda de la guitarra.

—¿En serio? —preguntó, su voz tan entusiasmada como la de Luo—. Una canción completa. Letra, melodía, acordes. ¿Todo?

—Sí —afirmó Luo, y Cyan asintió a su lado—. La tenemos aquí, queríamos… enseñártela. Y pedirte un consejo o más que un consejo.
—Queremos grabarla —siguió Cyan, y su voz, aunque bajita, no tembló—. Y subirla a algún sitio donde la pueda escuchar gente sin que lo sepan en el orfanato.

Joe los observó en silencio durante unos segundos, luego, lentamente, se pasó una mano por su escasa barba.

—Vaya… ¡ESTOY EMOCIONADO! ¡LA JUVENTUD REVIÓOOO! —exhaló—. CARAJOOOOO. ¡VIVA LA JUVENTUD! De esto le hablo a mi Mitsu chan de tener pasión y ponerse objetivos claros, la música, como la vida, es moldeable —se levantó de golpe y rápidamente dio la vuelta al mostrador—. Bueno, primero lo primero… no se pide consejo sobre una canción que no se ha escuchado. El estudio está cerrado, pero este local a las diez de la mañana de un jueves es tan privado como va a ser. ¿Tienen el valor de transmitir sus emociones al público?

Luo desenfundó la guitarra con manos que apenas temblaban. Cyan respiró hondo y se colocó a su lado, lista para cantar las partes que habían practicado. El miedo era palpable, pero debajo de él latía una excitación febril.

—Sí —dijeron ambos al unísono.

Joe arrastró dos sillas plegables desde un rincón y se sentó frente a ellos, cruzando los brazos. Su actitud era de expectación total, quería oírlos, quería que la música que dos chicos jóvenes compusieron fuera el nuevo hit del año, un nuevo comienzo para un género que siempre está entre el olvido y el estrellato.

Luo afinó las cuerdas rápidamente, los sonidos de la cuerda al tensarse hacían más real el momento, luego, sus ojos se encontraron con los de Cyan, quien con nerviosismo apretó sus propias manos en puños.

La intro de la guitarra comenzó, un riff con escala simple, sin mover demasiado sus manos en el mástil y apretando con la yema de los dedos una y dos cuerdas de metal; quince segundos después, la voz de Cyan entró clara y sin titubear, cantando con el alma.

“I'll be taking actions, no distractions. I just wanna be who I wanna be. I don't need exceptions, no delusions. Chance is only once, you know”.

Cyan cerró los ojos por un segundo, apretando más sus manos en plena concentración; esto se sentía tan diferente a cantar frente a un auditorio canciones religiosas, se sentía estar viva… gritar con el alma. Cuando llegó el puente, su voz se unió a la de él.

“When I'm lost and start to fall, let me fly up more. Go on, I've been waiting for this so long. Fate is calling me, unlock another door and shine the hope inside my heart”.

Cantaron la canción completa. Por supuesto, no fue una interpretación pulida y hubo más errores y tropiezos en la guitarra de lo que Luo quería admitir, un momento en que Cyan respiró en el lugar equivocado y su voz salió desafinada… pero la esencia estaba ahí, las emociones contenidas de tantos años viviendo bajo las reglas de otros, perdidos y encontrados por la música. Música que es sinónimo de esperanza y el deseo compartido de tener un futuro brillante y juntos, de escapar y ser libres al fin. Cuando la última nota de la guitarra se desvaneció, el silencio llenó la tienda.

Joe no aplaudió, no hablo nada de inmediato. Se quedó sentado, mirándolos. Su expresión difícil de leer, pensativo, rascándose la pelusa en su mentón y sus ojos cubiertos por las gafas oscuras.

—Bueno —dijo al fin, raspándose la garganta—. No voy a mentirles. ¡FUE GENIAL! MUCHO MEJOR DE LO QUE ESPERABA. ¡YAS! LLAMARÉ A MITSU-CHAN —se levantó de golpe, con las dos manos hacia arriba, luego aplaudió—. Hay trabajo por hacer, pulirlo mejor y por supuesto practicar.

Una ola de alivio y emoción los inundó. Luo soltó una sonrisa amplia y Cyan se sonrojó. Ser halagados, con exageración, les decía que hicieron bien su trabajo, que todo el esfuerzo que pusieron en la letra y el acompañamiento valió la pena.

—En cuanto a grabarla y subirla… —Joe se fue hacia la trastienda—.  Lo haré, sin duda. No es solo apretar un botón, necesitan una toma decente, aunque sea básica. Aquí tengo una interfaz de audio vieja y un micrófono que no es malo. Podríamos hacer una grabación cruda, solo voz y guitarra, no sonará a estudio profesional, pero sonará bien.
—¿Podríamos? ¿Aquí? —preguntó Luo, incapaz de contener su exaltación.
—Podríamos intentarlo un día que abra la tienda. Un domingo, tal vez —contestó Joe, volviendo con una vieja caja de equipos—. Pero hay que practicar más. Mucho más. Hasta que la canción salga sin pensar y luego me encargo yo de subirla, le pediré de favor a Mitsuki.

Se apoyó contra el mostrador, mirándolos con seriedad.

—Hay mil sitios y ella sabrá el que está más de moda. Vamos a crear un perfil en alguna plataforma, subir el audio con una foto estática o un vídeo. El problema no es técnico, el problema es lo que viene después. ¿Están listos para eso? Para que gente que no conocen escuche algo que salió de aquí? —se tocó el pecho con preocupación—. Para los comentarios, el silencio, las miradas en el orfanato, las burlas, el que les digan que no están hechos para esto y hasta los insulten. La fama no llegará rápidamente y habrá más tropiezos de los que pueden imaginar.

Luo y Cyan intercambiaron una mirada. Ya habían hablado de esto, en la azotea y estabas conscientes del riesgo, de que quizás hasta los ridiculizarían… pero querían dar un paso sin arrepentimiento y de eso va Take Off.

—Lo estamos —expresó Luo con determinación—. Tenemos que hacerlo, es la única manera de… de empezar. ¡Y soy la persona más genial junto con la Santa de la fortuna, estoy convencido de que no será tan difícil!

Joe no pudo evitar reírse por el entusiasmo y ego del chico.

—Está bien. Me creeré esa convicción y el plan, entonces será que ustedes dos ustedes practican y yo averiguo cómo funciona esta grabadora antigua. Nos vemos aquí el domingo por la tarde, después del almuerzo hacemos unas pruebas de sonido. No prometo una obra maestra, ¿eh?
« Last Edit: January 17, 2026, 10:32:43 AM by Miyu »

❛ 𝖳𝗁𝖾 𝗁𝗎𝗇𝗍𝖾𝗋 𝖻𝗋𝖾𝖺𝗍𝗁𝖾𝗌 𝖻𝖾𝗇𝖾𝖺𝗍𝗁 𝗍𝗁𝖾 𝖼𝗁𝖾𝗌𝗌𝖻𝗈𝖺𝗋𝖽, 𝗐𝖺𝗍𝖼𝗁𝗂𝗇𝗀 𝗍𝗁𝖾 𝗉𝗎𝗉𝗉𝖾𝗍𝗌 𝗋𝗎𝗇 𝖿𝗈𝗋 𝖿𝗎𝗇;
𝖾𝗌𝖼𝖺𝗉𝖾 𝗂𝗌 𝗃𝗎𝗌𝗍 𝖺 𝗌𝗎𝗀𝖺𝗋-𝖼𝗈𝖺𝗍𝖾𝖽 𝖼𝗎𝗋𝗌𝖾 𝖻𝖾𝖿𝗈𝗋𝖾 𝗍𝗁𝖾 𝗇𝖾𝗑𝗍 𝗋𝗈𝗎𝗇𝖽 𝗁𝖺𝗌 𝖻𝖾𝗀𝗎𝗇. ❜


Chaos Girl

Re: Act 1: Overture
« Reply #57: August 31, 2017, 06:59:24 AM »
-Con los pies en el suelo y la mirada en las estrellas.

“Bien, ésta es la última.”
“¡Al fin!”

Con un sonido seco, el chico de cabello celeste dejó una caja sobre otras tantas más, secándose algo de sudor de la frente después. Tras él se asomaba una jovencita menuda y rubia cuyos ojos verdes brillaban llenos de expectación.

“Y con esto ya nos hemos mudado, ¿no?”
“Nero” El otro sonrió con cara de circunstancias. “Primero habría que colocar todo y esperar los muebles que faltan. Esto son sólo nuestras cosas.”
“¡Eso puede esperar, Nin!” La chica hizo un gesto para que la siguiese hasta la ventana, señalando el paisaje más allá del cristal. “¡Mira qué vistas!”

Ninurta no podía negar eso. El estudio que habían comprado para los dos estaba situado en una de las mejores partes del distrito. La parte de arriba era un ático (del que, por supuesto, Nero se había apropiado) que permitía una vista incluso mejor de la plaza donde ahora residían. Abajo tenían una cafetería estilo tradicional y una librería de segunda mano. Todo ello a un precio… No, no era algo que pudiese llamar asequible, pero Nero había dicho que no pensaba conformarse con otra cosa.

Bueno, al menos ella y su amiga de la infancia tenían gustos parecidos para ciertas cosas. Vivir allí no tenía por qué ser desagradable siempre y cuando fuese él quien se encargase de administrar el dinero. Ella se cansaría de todo en unos meses a lo sumo. Como cuando quiso ser pintora, o piloto de carreras, o vidente, o escritora, o… Vaya la lista se estaba haciendo peligrosamente larga.

“¿Puedes verlo? Mi futuro está ahí fuera, esperando. ¡El público clama mi nombre, los aplausos son ensordecedores! ¡¡Y yo estoy en el centro de la multitud, como es de esperar, todos me miran!!”

La chica se separó de una zancada de la ventana para dirigirse al centro de la amplia habitación, justo a la parte libre de cajas. Giró sobre sí misma un par de veces con los brazos extendidos, y con gesto solemne abrió sus labios…

Pero el sonido del timbre saboteó su improvisado concierto antes de que empezase siquiera.

“¿Huh? Creía que los muebles los mandaban mañana.” Nero por supuesto, no estaba nada satisfecha con eso.
“De hecho, pedí expresamente que viniesen mañana para que pudiésemos despejar cajas hoy y no se nos acumulase trabajo. Dame un momento.”

Ninurta se ausentó para abrir la puerta dejándola sola y Nero no pudo sino suspirar decepcionada. Sin público no merecía la pena cantar, así que decidió echar un vistazo a las cajas para localizar sus cosas porque había muchas que no estaban etiquetadas como era debido. Pudo localizar herramientas de cocina, sus sales de baño, ropa de Nin (que le hizo asentir orgullosa porque aún conservaba las prendas que le habría regalado) y unas cuantas cosas más que trató de separar por cuartos. Aunque cuando vio que no alcanzaba las cajas a ordenar se dio cuenta de que había pasado bastante rato como para que ordenase todo lo que estaba a su alcance y su amigo aún no volvía. Eso no podía significar nada bueno.

Por eso mismo, buscó acercarse a la entrada por el pasillo y utilizó su increíble y refinado oído musical para escuchar qué ocurría.

“…pero sabe lo que dijo su padre, si no está dispuesto a volver puede decir adiós al apellido y a cualquier derecho de sucesión, debe entender que yo…”
“No, no te preocupes. Lo entiendo perfectamente.”
“¿Entonces por qué se niega a volver a casa?”
“Siento haberte involucrado en asuntos entre mi padre y yo. Pero eso ya no importa, no es como si hubiese pensado darme algo en algún momento. No voy a volver a casa.”

Era justo lo que imaginaba. Ese idiota que supuestamente era el padre de Nin estaba tratando de ejercer su poder sobre él. A pesar de todas las veces que habría sido horrible con él en público y los rumores de que tenía al menos dos hijos ilegítimos sueltos por el mundo, quería tener siempre la mano sobre su cuello. Los dueños de grandes multinacionales eran siempre así, se sorprendía de que Nin hubiese acabado siendo tan buena persona y tan paciente con los padres que le habían tocado. Por eso le había sugerido independizarse juntos.

“¿Está seguro, joven amo?”
“Totalmente. Por favor, manda saludos a mi madre y a Miya cuando vuelvas.”

El silencio posterior sólo interrumpido por el sonido de la puerta cerrándose hizo que Nero saliese de la esquina tras la que se había escondido. Una vez Ninurta se dio la vuelta y sus miradas se cruzaron, el chico no pudo sino suspirar y sonreír con algo de amargura.
 
“Hay cosas que nunca cambian, ¿eh?”
“Tu padre es idiota, lo digo en serio.”
“…” Ninurta ahora no se sentía capaz de defenderlo como siempre habría hecho desde pequeño. “Tiene sus propios problemas.”
“Eres imposible… Pero está bien.”

La chica le tomó del brazó y le llevó de nuevo hasta la ventana.

“Esto también es un nuevo comienzo para ti. Por ahora puedes ser mi mánager, ¡Pero no dudes en tomar cualquier oportunidad que aparezca! ¡Como tu mejor amiga, sé mejor que nadie cuánto talento tienes y siempre te apoyaré!”

La sonrisa radiante de Nero le hizo calmarse. Sí, no estaba sólo en eso. La rubia podía tener ideas repentinas y absurdas pero era totalmente sincera y honesta; y ponía su alma en todo lo que hacía. Visto así, sí que era una artista en conseguir todo lo que se proponía.

Aún si esta vez… contaba con un problema considerable…

“Mañana iré a mi primera audición, espero que estés listo sobre las diez para acompañarme.”
Nin no pudo evitar dar un respingo sorprendido con eso.
“Pero Nero…”
“¡Vamos, esas cajas no van a deshacerse solas!”

Nero comenzó a abrir cajas animadamente, dejándole con la palabra en la boca. Aunque el ya sabía que incluso si se lo dijese a ella no le importaría así que suspiró resignado y optó por ayudar para que pudiesen instalarse cuanto antes, aún con la idea de las terribles cosas que les iban a deparar el día siguiente.

“Pero Nero… Tú nunca has podido cantar…”

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Me he acoplado aquí, espero que no importe demasiado :3c


Othinus

Re: Act 1: Overture
« Reply #58: August 31, 2017, 12:38:21 PM »
Siempre a ultimo momento jejejeje : D
PD: ¡Bienvenida al proyecto Chaos Girl y al BT! Que disfrutes harto aquí <3

# # #

―Ichinomiya, Kou―

¿Por qué enseño en una universidad de tercera categoría? Buena pregunta. ¿Por qué debo estar llamando la atención de un ‘alíen’ como ella? Porque tiene beca… ¡Sí! Y por mi currículo, enseñar aquí, entre futuros famosos  (con suerte), me traerá fama.

Exacto, no necesito dinero. No, podría vivir cómodamente y lleno de lujos por siglos.

“Adelante, Touwa”. Suspiré, intentando obtener respuestas de por qué ella se comporta así. “Vamos, despierta” le pegue con el dorso de mi libro. La sensación fue muy buena, llena de placer, ¿para qué mentir? “Sigamos…”

Proseguí con la clase, el ambiente seguía igual y si descuido a Touwa, se duerme al instante. ¿Puede ser eso posible? Bueno, cuando hice mi licenciatura, dormía una hora por día y cuando la finalicé, gosh, fue lo mejor. Dormí una semana con mínimas interrupciones para comer y baño.

Mire por los ventanales gigantes del auditorio, aquel debía ser un hermoso y caluroso día, perfecto para estar ahí, encerrado y viendo niños ingratos. Sí, ¡aleluya! El aire acondicionado parecía a punto de estallar y los ronquidos notorios de Touwa, FINE.

# # #

Por otro lado, el pasillo a primeras parecía vacío y bueno, quizás todos se apartaron al ver llegar a la reina de aquél pabellón. ‘Enomoto Fumiho sama’ le decían a pesar de ser occidentales y junto a ella le seguía el seco  de Hosaka Shouji, quien dedicaría una mirada sanguinaria a aquella persona que ose acercarse a Fumiho.

El chico tenía grandes deseos de fumar, lo necesita desde hace horas, el nivel de nicotina desciende peligrosamente de las venas y la chica un panecillo, tenía hambre.

“¿Quieres ir a la cafetería?” escupió señalando la dirección del comedor. “Creo que aún hay tiempo, Fumiho sama”.

Él debía seguir protocolos pese a las insistencias de la chica en llamarla  ‘Fumiho’ a secas y  cuando el ‘sama’ entro en los pálidos oídos de ella, la vergüenza se apoderó de ella.
“F… ¡Fumiho! Somos amigos desde la infancia, Shouji” a ella le parecía algo grotesco que en pleno siglo veinte y uno aún siguieran habiendo personas que dieran la vida por una paga. Ella tenía que ser alguien ‘especial’ (A.K.A. con dinero) para ser una princesa de la que hay que cuidar.  Shouji solo camino hasta la cafetería y entró, sin darle a tiempo para seguir la charla.

# # #

“¡HEEEY, YUUUUUI!” gritó desde fuera del departamento Kiwako. Kiwako.Tocó la bocina de la motone y un  ensordecedor ruido inundo el pacífico barrio. ¡Ah! Los vecinos le tirarían la bronca.
Kiwako vestía siempre unos shorts cortos y una remera ajustada de alguna banda cutre, la moda no le interesa. El casco negro había revuelto las hebras largas y rubias de la cabellera y eso la tenía de mal humor.
“YUUUUUI” continuó.

Su Honda CRF1000L Africa Twin color fucsia era como su hijo, el regalo de ella para ella más fabuloso que podía tener. Aquel sudor en verano y frío en invierno, había valido la pena.

“LO SIENTO” bajo a toda velocidad su amiga, se veía cansada y poco a poco fue recuperando el aliento. Rara vez Kiwako la llevaba, prefería cargar con un tipo llamado Fuji, por algún extraño motivo.

Las dos subieron sobre el vehículo de dos ruedas y con los cascos puestos partieron hacia la universidad.
« Last Edit: August 31, 2017, 12:41:10 PM by Othinus »


Yukari

Re: Act 1: Overture
« Reply #59: August 31, 2017, 06:58:07 PM »
¡Tambien vengo a unirme molestar aquí! Bienvenida Chaos Girl. Vamos a explotar Eastwood todas juntas kuku... (¿?)

P r ó l o g o

En una tarde soleada en Eastwood, dentro de una pequeña habitación adornada con múltiples posters de distintas bandas y varios instrumentos dispersos por el mismo cuarto, en medio de todo se encontraba una elegante y suave cama con una delicada figura semi desnuda sobre ella, con la mitad de su cuerpo fuera del mullido mueble.

Michiru Hyodo  se froto con ambas manos los ojos, con pesar y un fuerte dolor de cabeza resonando en su cabeza reprochándole lo irresponsable que había sido el día de ayer. Torpemente con la mano derecha empezó a buscar debajo de su almohada su celular, el cual no dejaba de sonar y vibrar. Deseaba asesinar su móvil en este momento, le importaba poco lo caro que había sido el aparato; en este momento lo odiaba por haberla despertado del interesante sueño que había tenido el cual curiosamente lo había olvidado en un pestañear, solo sabía que era una fantasía bastante interesante.

Sacudió su cabeza para despejar sus ideas a la vez que revisaba de mala gana la pantalla de su móvil. Todo le daba vueltas, eso era increíble de cierta manera y en solo un segundo su ira asesina pasó de su inocente celular al idiota del mejor amigo ─Kurosaki Ranmaru─. En la pantalla su nombre parpadeaba múltiples veces, cada movimiento junto al timbre de su canción favorita hacía odiar más al albino insensible y de cierta forma a ella misma. Se detestaba por haber puesto la canción que más amaba como timbre, estaba convirtiéndola en la que más odia.

De mala gana deslizo su dedo derecho por la pantalla táctil para responder con voz seca y pesada:

 ―¿Qué quieres? Deseo seguir durmiendo y verás, comúnmente la gente normal no suele dormir con ruido de fondo.

 Al terminar de responder hundió su cara en el cojín a la vez que acercaba al teléfono.

―¿Has visto que hora es? ¡TENEMOS UN ENSAYO EN UNAS HORAS! ―respondió rápidamente Ranmaru por medio del parlante.

Ella se sobre salto y levanto la cabeza para mirar nuevamente su celular, esta vez directamente la hora. 7:40 p.m. Michiru se sentía alarmada, ¿cómo pasó el tiempo tan rápido? La pregunta le causo de cierta forma una gracia absurda, no recordaba ni si quiera la hora a la cual fue a dormir.

Giró su cuerpo, maldecía haber tomado unas cuantas botellas de más, aparte que la resistencia que tenía al alcohol era casi nula. Quería putear, sacar el lado de camionero de su alma y ponerse como una fiera. Quería dormir y le desanimaba bastante el tener que ducharse, cambiarse y tener una sonrisa fingida en su rostro.

En fin, cortó la llamada y se levantó con mucha flojera, estiró sus brazos y torció el cuello, al menos no debía preocuparse por el desayuno, las arcadas por una noche rock ‘n’ roll le habían pasado factura.
« Last Edit: September 01, 2017, 04:28:18 PM by Yukari »