3.1 # Take off.
Ambos chicos estaban en el jardín del orfanato. El clima seguía cálido a pesar de la hora y en el aire se escuchaban murmullos y risas bajas que venían de varias direcciones, de otros grupos que también aprovechaban el mediodía y sin embargo, nadie se acercaba a ellos.
La razón era conocida; Cyan tenía la reputación de ser el amuleto de buena suerte del lugar y muchos creían que su sola presencia podía traer cosas buenas, o evitar las malas. Era un título que ella no había pedido y que odiaba, por no poder ser una chica normal y por su condición de “Santa”, algo que algunas personas del orfanato, y fuera de él, aún no sabían cómo tratar o de qué hablar sin parecer incómodas. Esa combinación creaba una burbuja invisible a su alrededor. La gente miraba, comentaba en voz baja, siempre manteniendo la distancia.
Luo, por su parte, era visto simplemente como el chico ruidoso que rondaba cerca de ella. Su mala suerte legendaria era un chiste interno, pero fuera de su dúo, lo convertía en alguien impredecible y, para algunos, en un factor de caos del que era mejor no acercarse.
—Parece que tenemos el jardín para nosotros —comentó Luo, recostándose sobre el césped y mirando el cielo.
—Siempre es así —respondió Cyan, sentándose con cuidado a su lado.
—¿Te molesta?
Cyan lo pensó un momento.
—A veces. Otras veces no. Es… tranquilo.
—Sí. Tranquilo. Y práctico para ensayar sin que nos pregunten nada. ¿Verdad?
—También es triste… —susurró Cyan muy bajito.
Ella asintió aun así. La burbuja de aislamiento, a veces pesada, tenía sus ventajas. Aquí podían hablar de música, de sueños grandes, de cosas que a los demás podrían parecerles tonterías, sin ser interrumpidos ni juzgados. Era su pequeño territorio, ganado sin quererlo. Luo cerró los ojos, concentrándose en los sonidos lejanos de la ciudad, mientras Cyan observaba la luz de una ventana encendida en el piso superior.
—¡Hey hey! ¡No te pongas triste! —la sonrisa amplia de él se formó casi al instante.
—Así no funciona, engreído Luo —hizo un pequeño puchero, desviando la mirada hacia las personas que corrían por el pabellón cercano—. La tristeza no se va así…
—Lo sé —agregó rápidamente, mirando hacia el cielo—. Las nubes tienen tu color. ¿No crees, Cyan?
—Mi color es más verde —dejó que su mirada se alzara al cielo vasto que Luo le mostraba—. Aunque este no está mal…
—Cyan es mucho más linda —levantó ambas manos al cielo, como queriendo tocarlo—, y más afortunada.
—¿A qué se debe lo último? —inquirió ella, desviando la mirada a él—. ¿El director te retó?
—Un poquito —sonrió como respuesta—, pero dijo que si me portaba bien compraría un amplificador mejor.
—Oh —ella se quedó pensativa un momento—. Será un reto para el creído Luo.
—Un gran reto —admitió Luo—. Pero por un amplificador decente, puedo fingir ser un ciudadano modelo por un tiempo. Puedo saludar, decir "por favor" y "gracias".
—¿Y no tropezar? —preguntó Cyan, con un poco de escepticismo.
—Eso… eso ya depende más de la gravedad y de mis pies que de mí. Pero puedo intentar mirar al suelo.
Se hizo un breve silencio. Cyan observó las nubes que se movían con lentitud.
—Esa de allí parece un poco un perro —señaló con el mentón.
—¿Cuál? ¿La que parece una mancha de algodón aplastada?
—Sí, esa. Tiene una parte que parece una oreja larga.
—Ah, ya la veo. Un perro flaco y despeinado o quizás un conejo.
—¿Un conejo con orejas tan desiguales?
—Puede ser un conejo artista y con estilo. Como nosotros.
—No sé si nuestro estilo es parecerse a una nube deforme —expresó Cyan, pero su tono era más liviano.
—Claro que sí. Nosotros no encajamos en las formas normales, somos nubes raras. Tú eres una nube que trae suerte y yo soy una nube que se tropieza consigo misma y bien gris.
Cyan dejó escapar un pequeño suspiro, pero era uno más relajado.
—¿Qué canción pondrías a esta escena? —preguntó de repente, volviendo a mirar a Luo—. Si esto fuera el inicio de un video musical.
—Hmm —Luo frunció el ceño, pensando—. Algo instrumental al principio. Solo una guitarra acústica, limpia. Algo que suene a tarde de domingo, pero con un ritmo constante por debajo y nada de distorsión todavía. Eso vendría después, cuando salgamos corriendo del orfanato hacia la ciudad.
—Suena bien —murmuró Cyan—. El bajo entraría después, con la guitarra. Para darle profundidad.
—Exacto. Tú siempre piensas en la base, en lo que sostiene todo. Yo pienso en la melodía que va por arriba.
—Por eso funcionamos.
—Por eso —confirmó Luo.
Oyeron una campana a lo lejos, la señal para el almuerzo en el comedor principal. Ambos se quedaron en el césped un momento más, ignorando la campana un par de minutos.
—¿En serio, qué canción? —insistió Cyan, mirando el cielo otra vez—. Una de verdad, no una que inventes ahora.
Luo se rascó la barbilla, pensativo.
—Es difícil. Esta escena es tranquila, pero hay tensión por debajo. La burbuja, la gente que no se acerca… necesita algo que tenga esa dualidad.
—¿Algo de los noventa? —sugirió Cyan.
—Podría ser. «Black Hole Sun» de Soundgarden tiene esa atmósfera pesada y onírica. La letra es oscura, pero la melodía es casi… hipnótica. Como un día soleado con algo podrido debajo. Como nuestro jardín.
—Sí —asintió Cyan lentamente—. Se ajusta. Pero es muy oscura para un mediodía.
—Por eso funcionaría. Contraste. ¿O prefieres algo más directo?
—Algo con más energía, quizás. Para contrarrestar la tristeza. «Basket Case» de Green Day. Es pura energía nerviosa y letras sobre inestabilidad. Suena a gritar en un lugar abierto como este.
—Demasiado punk para el ambiente —consideró Luo—. Nos quedaría grande. Nosotros no somos tan… frenéticos. Somos más lentos, más calculados.
—Entonces, ¿alternativo? Algo de The Smashing Pumpkins. «1979». Tiene esa nostalgia y esa sensación de estar fuera de lugar, pero con una belleza triste.
—Esa es buena —admitió Luo—. Es perfecta para escenas de adolescentes al margen. Tiene sintetizadores, guitarras borrosas, un ritmo que no es rápido ni lento. Captura la melancolía y la esperanza a la vez.
—¿Y nuestra música? —preguntó Cyan, girando para mirarlo—. ¿Qué estilo crees que hacemos nosotros, realmente?
Luo se quedó callado un rato, serio.
—No es puro rock. Tiene la actitud, la base de guitarra y bajo, pero… hay algo más. Algo que no encaja del todo. Como si le faltara agresión o como si la agresión estuviera escondida en la melodía, no en los gritos.
—Porque tú no gritas, cantas. Y mi voz es más melódico que rápida a veces.
—Exacto. Somos alternativo, supongo. Pero con un toque… pop. No pop comercial, sino pop en el sentido de ehhhh…, de algo que se puede recordar. Como ese riff que tengo en la cabeza. No es complejo, pero se te queda.
—Como Hyuna —añadió Cyan—. «All In» tiene un toque pop, no obstante, la producción es alternativa, casi industrial. Esa mezcla.
—Sí. Ese es el territorio. Alternativo con atractivo, música que podría sonar en la radio, pero que no suena como todo lo demás. Música para días grises con destellos de sol.
—Suena a un buen plan —murmuró Cyan.
La campana sonó de nuevo, más insistente.
—Deberíamos ir —dijo Luo, levantándose y ofreciéndole una mano a Cyan.
Ella la tomó y se puso de pie.
—Entonces, ¿la banda sonora de hoy es «1979»?
—Para el jardín, sí —confirmó Luo, caminando hacia el edificio—. Para el ensayo de esta tarde, será algo nuestro. Algo que todavía no tiene nombre.
—Le pondremos nombre cuando esté terminada.
—Sí. Cuando esté terminada.
Entraron en el comedor, donde el rumor de voces y el sonido de platos reemplazó el silencio del jardín; la conversación sobre música quedó atrás, aún así la idea persistía, como el eco de una canción que aún no existía.
—Deberíamos ir —expresó ella, levantándose y sacudiéndose un poco la ropa.
—Sí. A ver si hoy tengo suerte y me toca el pudín. A ti siempre te toca.
—Podemos intercambiar si quieres.
—No, está bien. Es parte del balance. Tú tienes el pudín, yo tengo… la satisfacción de no haberme caído por las escaleras hoy.
—Eso es algo, supongo —sonrió la chica, y esta vez su sonrisa fue un poco más fácil, un poco más natural.
Caminaron juntos hacia el edificio, atravesando el jardín que, por un rato más, seguiría siendo solo de ellos.
El comedor del orfanato era un sitio pulcro y monótono. Las paredes, el techo y las largas mesas eran de un blanco desgastado que se repetía en todas direcciones. Ese ambiente estéril y sin vida siempre le producía un ligero malestar a Cyan.
Al cruzar el umbral el aire cambió de golpe, dejaron atrás la frescura del jardín y entraron en un vaho denso y cargado; el olor era una mezcla de sopa de verduras recalentada, cloro de la limpieza reciente y la fragancia de mucha gente en un mismo espacio. Todo esto venía acompañado por el murmullo constante de un centenar de conversaciones superpuestas, el ruido de cubiertos y el arrastre de sillas de un lado a otro.
Como siempre, cuando Cyan entró, el volumen de la sala bajó un par de nivele; fue un ajuste sutil, imperceptible para alguien ajeno, pero ella lo sintió como un cambio de presión en los oídos junto a las miradas que se desviaban hacia ella y luego regresaban rápidamente a sus bandejas de plástico rojo. Era el respeto nacido del miedo a lo desconocido; el trato distante al que siempre está sometida debido a las exigencias del director del orfanato y las mismas mujeres que debían haberla cuidado en vez de tramar como usar esa confianza que la gente tiene en ella como “chica afortunada”.
Luo ajeno o simplemente experto en ignorarlo, caminaba a su lado haciendo un ruido excesivo con sus zapatillas desgastadas. Su presencia era todo lo que ella necesitaba para ser normal, tener un amigo en quien confiar y alguien que la rescato de esa excesiva luz.
—Mira eso —susurró Luo, señalando la fila—. La señora White tiene hoy esa cara de "si pides más pan te mando a limpiar los baños". Mi intuición de mala suerte me dice que hoy el pudín vendrá un poco duro o mejor, budín de pan y huevo con nada de caramelo.
—Uhmm no me gusta tanto lo dulce —respondió Cyan, recuperando su tono reservado.
Después de buscar sus bandejas se apresuraron a buscar asientos apartados, aunque normalmente otros niños se apretaban, dejando un espacio vacío de al menos de dos asientos entre ellos y la pareja. Cyan observó a un grupo de niñas más pequeñas, las de primer ingreso que la miraban con ojos abiertos, llenos de una mezcla de admiración y terror. Para ellas, Cyan no era una niña; era la "Santa" que, según los rumores, había predicho algunos números de lotería y atraía la buena fortuna con solo señalar un lugar.
Rápidamente bajo la mirada a la sopa de zanahorias en el cuenco y lo removió con la cuchara, se podía notar la amargura en sus acciones y el desesperado anhelo por dejar de ser el centro de todos esos rumores infundados; pero en un lugar donde la esperanza escasea, la gente prefiere fabricar milagros que aceptar la lógica.
—¿En qué piensas? Estás poniendo esa cara de "estoy resolviendo ecuaciones cuánticas" —rió Luo, con la boca medio llena de puré.
—En el amplificador —mintió ella, siguiendo con la mezcla de la sopa—. Si el director te lo da, ¿dónde lo vamos a poner? Sabes que el sótano está lleno de humedad. Se va a arruinar el circuito.
Luo se tragó el bocado y se puso serio por un minuto, sus ojos, usualmente chispeantes en caos, se oscurecieron.
—Lo subiremos a la azotea. He estado arreglando la cerradura de la puerta trasera, di logramos pasar los cables por el conducto de ventilación, nadie se enterará. Imagínatelo, Cyan. Tocar allí arriba, con el sonido rebotando en los edificios vecinos… ¡sería como nuestro primer concierto en un estadio, pero sin el público molesto!
Ella negó con la cabeza, dejando que su larga melena musgo la acompañara.
—Es una terrible idea, nos meteremos en problemas —dejó la cuchara al costado del cuenco, el apetito se había esfumado tan fácil con las ideas para meterse en problemas de su mejor amigo —. Mejor lo llevemos a tu cuarto y hagamos espacio.
—¡¿Ikkkkkkk-?! ¡Mi cuarto está hasta arriba de cajas y cosas, Cyan! —empezó a ponerse nervioso, por primera vez en su vida, imaginando a su mejor amiga revisando sus cosas—. ¿En el tuyo? Seguro guardas ofrendas y cosas así. Vacío, vacío de principio a fin.
—¡Qué injusto! —estuvo a punto de hacerle otro mohín—. Mi cuarto es como el de cualquier niña.
—Si, seguro. Lleno de ofrendas de ancianitas y dulces que no saben a nada azucarado —la reprochó, después de todo ella siempre recibía todo lo que le daban por su “generosidad” como solía decirle la encargada principal—. ¿Le pasa algo a tu sopa, Cyan? Pareces pensativa…
—Estoy pensando que no me gusta esta sopa —mintió ella de nuevo, suavemente, evitando la discusión sobre el cuarto—. Tiene un sabor muy raro hoy.
—¿Raro? A mí me sabe igual que siempre —respondió Luo, tomando un sorgo grande de la suya—. A agua salada con zanahoria poposita.
—Eso es exactamente el sabor raro —susurró Cyan, y esta vez un pequeño destello de complicidad cruzó por sus ojos antes de volver a bajar la mirada.
—Mira —retomó la palabra Luo, bajando un poco la voz para no ser oído por los de la mesa de al lado—. Sobre la azotea. No es tan loco, ya tengo el acceso casi listo. Solo necesito una tarde. Una tarde y unas pinzas más finas, nadie sube allí nunca.
—Pero el sonido, Luo. No podemos tocar allí sin que alguien lo escuche y la señora Doe tiene el oído muy adiestrado para estas cosas.
—Tocaremos bajo. Muy bajo. Como un susurro. Solo para sentir el amplificador, para probarlo algunas veces y no para un concierto. Al menos no todavía.
Cyan dejó de remover la sopa y lo miró con seriedad.
—¿Y si te caes mientras arreglas la cerradura? ¿O si te electrocutas con los cables? Tu mala suerte no toma descansos, tú lo has dicho.
—Por eso necesitaré mi amuleto de la suerte allí conmigo —expresó Luo, sonriendo ampliamente—. Para asegurarse de que no pase nada. Para guiar los cables y sujetar la escalera.
—Oh, no. No cuentes conmigo para eso.
—¡Vamos, Cyan! Será una misión. Nuestra primera misión como banda. "Operación Amplificador Fantasma". Suena bien, ¿a que sí?
—Suena a que nos van a expulsar.
—Nadie nos va a expulsar si somos cuidadosos. Y si nos descubren… diremos que estábamos buscando una paloma herida. Una paloma albina, muy especial. Tú llorarás un poco, y yo pareceré preocupado. Funcionará siempre, ya sabes que a nuestra amada bendecida por la suerte nunca le niegan nada.
Cyan no pudo evitar una leve sonrisa, aunque trató de esconderla.
—Eres terrible. ¡Un manipulador!
—Soy un visionario —corrigió Luo con dignidad falsa—. Un estratega que piensa en nuestro futuro y tú eres mi socia esencial, de espíritu cauteloso y suerte abundante. Lo equilibramos todo.
—No sé —contestó Cyan, pero su tono ya no era de negativa rotunda, sino de duda considerando que ya su amigo tenía un plan y divertido—. Tendría que ver el lugar primero. La cerradura, los cables… todo, para evaluar los riesgos.
—¡Eso, eso! —exclamó Luo, casi saltando en la silla—. Eso es todo lo que pido. Una oportunidad de que veas por ti misma la azotea. Esta tarde, después del ensayo del coro te esperaré en las escaleras del tercer piso, subimos, das un vistazo, y tú decides. Si dices que no, buscaremos otro lugar. ¿Bien?
Cyan observó su rostro lleno de una esperanza tan genuina y desesperada que le resultaba difícil resistirse; era la misma esperanza con la que hablaba de ser músico. Suspiró, un sonido de resignación que ambos conocían bien, pues siempre lo acompaña en sus ideas absurdas y divertidas.
—Trato —susurró muy bajito, más para ella que para su amigo—. Pero solo inspección, sin tocar nada. Sin "Operación" nada.
—¡Trato! —confirmó Luo, su sonrisa iluminando su rincón del comedor ruidoso. Luego miró su plato—. Ahora, ¿te vas a terminar esa sopa de sabor raro, o puedo ofrecerte mi pan duro a cambio de tu pudín de la suerte?
—El pudín no se negocia —contestó Cyan rápidamente, protegiendo su postre con un brazo—. Pero puedes quedarte con el pan. Yo ya no tengo hambre y la sopa…
El ensayo del coro terminó a las seis, se había extendido una hora más de lo planeado y Cyan ya imaginaba a Luo echando raíces en la escalera del tercer piso, impaciente.
A través de los ventanales del orfanato entraba la luz del atardecer, naranja y brillante, que cubría las paredes blancas y el suelo sin dejar sombras. Los niños guardaban las carpetas en una caja de cartón ya desgastadas por el uso constante y al fondo, alguien apagó el piano de cola. Se escuchó el clic seco del interruptor y luego un silencio denso, quebrado solo por pasos y el roce de chaquetas puestas en los alumnos. El aire olía a tiza y a sudor adolescente, afuera, un autobús frenó con un quejido frente al parque Vireta y alguien cerró de golpe las ventanas del salón para que no entrara el polvo.
—La vida continúa —reflexionó Cyan en silencio, apoyando su cabeza con suavidad contra el atril de madera que aún debía guardar. Había cantado notas tan altas y afinadas que sus cuerdas vocales aún continuaban vibrando, con una sensación de calor y tensión en la garganta. Le dolía, cosa rara porque cuando cantaba al lado de Luo esto nunca sucedía—. ¿Hasta cuándo?
Levantó la cabeza y miró por la ventana, luego observó a los demás niños que de a poco iban dejando el recinto, en parejas o pequeños grupos. Le hubiera gustado que Luo también estuviera en el coro, todo sería más divertido y, sobre todo, para nada solitario. Con él, hasta la espera es un juego.
—Cyan —llamó una voz a su lado.
Era la profesora de canto y la directora del coro. Se había acercado sin que Cyan la notara. La mujer tenía unos cuarenta años, con el cabello recogido en un chonguito y unos lentes de montura gruesa, así imagino se vería cualquier profesor que enseña en un orfanato religioso.
—Sí, profesora —respondió Cyan, enderezándose de inmediato.
—Tu desempeño hoy fue excepcional. La pieza de la prima donna en el cuarto movimiento requiere un control tremendo, y lo lograste. Tu afinación es naturalmente precisa —elogió la profesora, ajustando las partituras que llevaba en el brazo—. Tienes un don muy elogiable.
Cyan bajó la vista, fijándola en el atril de madera gastada. Un don… la palabra resonó de forma extraña. La gente le decía que tenía un don para la suerte, y ahora para el canto. Nunca parecían ser dones que ella hubiera elegido o al menos en canto no estaba precisamente en entonar canciones religiosas para un Dios en el que definitivamente no creía.
—Gracias —susurró tranquila, casi con apatía.
—Sin embargo —continuó la profesora, bajando un poco la voz—, noto que te aíslas. Cantas como si estuvieras sola en una habitación vacía y la música coral representa a una comunidad y al conectar con los demás, así puedes llegar al corazón de los fieles.
Y al dinero, pensó para sí Cyan. Asintió sin levantar la vista, evitando charlas demasiado largas. Podía oír a los demás, seguir la dirección y el ritmo, pero su mente a menudo estaba en otro lugar: en la letra de una canción que Luo estaba escribiendo, en el sonido de una guitarra, en la quietud del jardín, en la tienda de Joe, el CD de Hyuna, el parque, incluso hasta cosas más pequeñas como el helado que habían compartido ayer.
—Lo intentaré —explicó sin convicción, porque era lo único que podía decir.
—No es una crítica, Cyan. Tómalo como un consejo, tienes el potencial para ser la voz solista del coro el próximo año, si trabajas en eso. Piénsalo.
—… —un mechón de su cabellera cayó sobre el rostro—. Lo pensaré, lo prometo.
—Eso me gustaría —la sonrisa de la señora era tranquila, en contra posición Cyan se dio cuenta que era una mueca astuta porque no tenía manera de rechazarla con su personalidad y decepcionar a la gente.
—Sí —intentó corresponder el gesto, aunque fue en vano. ¿Dónde quedaban sus deseos, sus anhelos?
La profesora le dio una palmada muy ligera en el hombro y se dirigió hacia la puerta, donde otro alumno la esperaba con una duda. Cyan se quedó dónde estaba, la sensación del toque aún presente en su hombro, lleno de expectativas que ella no quería ni necesitaba, ¿por qué no la dejaban seguir su propio camino? El corazón se le encogió un poco al pensar en ella como voz solista, con la mirada de los feligreses sobre ella y esa atención innecesaria que la arrastra a la soledad.
Recogió el atril, lo desarmó lo más rápido que sus manos le permitieron y lo llevó hacia el armario. El salón ya estaba casi vacío y la luz naranja se estaba volviendo rojiza, se apresuró el paso por los pasillos sin fijarse en lo que la rodeaba, con la mente fija únicamente en Luo. Anhelaba dejar de ser “Lucky Cyan”, al menos bajo aquellos reflectores religiosos.
Sus pies subieron los escalones de dos en dos primero y luego de a tres, en pocos segundos ya estaba junto al chico que estaba dormitando contra la pared, con los ojos cerrados y una respiración tranquila; Cyan se sentó a su lado, en silencio. Observó sus propias manos sobre las rodillas, luego miró el perfil relajado de Luo. Era increíble como Luo podía sacar de esa presión asfixiante del orfanato. Finalmente, con un movimiento leve, dejó caer su cabeza con suavidad sobre el hombro de él, ambos tenían tantos planes para el futuro y estaba completamente segura que a su lado conseguiría realizar cada una de esas pequeñas promesas que se hicieron en estos años: escapar, cantar, ser felices.
—¡Whoaa! ¡¿Santa?! ¿En qué momento me dormí? —bostezó sin taparse la boca y luego estiró sus brazos mientras Cyan se alejaba un poco de él—. Que extraño, ya es más tarde de lo que pensaba.
—Ahora a engreído, egoísta añadiremos dormilón —al mirarlo de nuevo, dio una pequeña carcajada—. Siento haber llegado tarde, Luo.
—No importa —respondió él, frotándose un ojo con el puño—. ¿Y? ¿Tu gran ensayo? Seguro dejaste a todos con la boca abierta. Yo desde aquí escuchaba un par de notas y muy ¡MUY ALTAS! Pensé que iban a romper los cristales.
Cyan negó con la cabeza, una sonrisa débil en sus labios. Su mente aún seguía siendo una maraña de pensamientos confusos sobre su deber y sus anhelos.
—Fue solo un ensayo largo. La profesora me felicitó, dijo que tengo un don y luego me recordó que me aíslo demasiado.
Luo la observó, la somnolencia desapareciendo de su rostro de a poco.
—¿Otra vez con eso del "don"? Y lo de aislarte… bueno, es cierto. Pero aquí estás conmigo. Eso no es aislarse, es elegir tus amistades y yo te elegí a ti.
—No es lo mismo. En el coro debo intentar hacer nuevos amigos, es la regla… No lo entiendo.
—¿Y qué? Las reglas de ahí dentro son diferentes a las nuestras. Nosotros somos amigos y así no se hacen amigos. La amistad es algo que llega sin más y como compartes gustos en común es normal hablar y hablar hasta que que hablas de todo y de nada a la vez.
Cyan guardó silencio, mirando sus manos de nuevo. La sencillez con la que Luo reducía las cosas siempre la anima.
—Me ofrecieron ser voz solista el próximo año —confesó al fin, en un tono casi inaudible.
—¡Ah! —exclamó Luo, sus ojos brillando de inmediato—. ¡Eso es genial, Cyan! Es un gran reconocimiento por parte de esos viejos.
—Lo sé. Pero también significa más atención, más ojos sobre mí controlándome y más de… esto —hizo un gesto vago, refiriéndose a todo el orfanato y su reputación.
La emoción en el rostro de Luo se atenuó, sustituida por comprensión.
—Ah. Ya veo. El "Lucky Cyan" en el escenario principal.
—Exacto y en solitario…
Luo se quedó pensativo unos segundos, apoyando la cabeza contra la pared de nuevo.
—Entonces, ¿qué quieres hacer? ¿Aceptarlo y enfrentar a los reflectores, o rechazarlo y quedarte en el fondo? No hay una respuesta correcta. Solo hay una que tú puedas manejar.
—No lo sé —admitió Cyan—. Ahora mismo, solo quiero ir al almacén, quiero escuchar ese riff y después, quiero ver esa azotea. Necesito… necesito aire que no huela a este sitio.
Una sonrisa amplia y auténtica volvió a extenderse por el rostro de Luo.
—¡Esa es mi Cyan! Prioridades claras, primero el riff, luego la misión secreta y finalmente el mundo. ¿Lista?
Cyan asintió, levantándose del suelo y ofreciéndole una mano para ayudarlo a él.
—Lista. Aunque… promete no dormirte durante el riff. Sería un golpe terrible a tu ego y mis burlas hacia ti serán eternas. ¿Verdad, engreído Luo?
—Jamás —afirmó él, tomando su mano y poniéndose de pie—. Mi ego requiere atención constante, incluso cuando duermo. Vamos.
Los dos chicos encendieron unas pequeñas farolas LED y comenzaron a caminar hacia la azotea. Luego de tanta conversación, decidieron que ese día solo inspeccionarían, irían a ver cómo harían para que un cable largo llegara hasta arriba y en qué estado estaban las cosas que Luo había conseguido.
—¿Crees en fantasmas, Cyan? —cuestionó él, llevando la farola hacia su propio rostro para crear sombras extrañas en sus facciones—. Apuesto a que nunca has visto uno.
La peliverde negó con la cabeza, su rostro se volvió un tono más pálido al pensar en la posibilidad. De forma instintiva, cerró la distancia entre ellos, acercándose más a la espalda del chico de cabello ébano.
—Hehe, si te quedas cerca, protegeré a la pequeña Cyan —declaró con un tono entre burlón y sincero. Volvió a extender la mano con la luz para iluminar el tramo oscuro del pasillo que llevaba a la escalera de servicio y luego a la azotea que tanto ansiaban.
—No soy pequeña —bufó molesta, aun sin apartarse ni un milímetro de la espalda de Luo.
Luo rio suavemente y abrió la puerta metálica, el chirrido oxidado resonó en la estrecha y vacía escalera de concreto, lo que hacía que los ruidos se intensificaran.
—Lo sé, lo sé. Solo bromeo, Santa, en serio, aquí nunca he visto nada raro. Solo polvo, telarañas y el fantasma ocasional de una paloma muerta. Eso sí da un poco de miedo, por el olor. Ugh…
—Eso es asqueroso, no da miedo —susurró Cyan, siguiéndolo escalón a escalón.
—Depende de tu definición. A mí me asustan más las cosas pegajosas e inexplicables que un espectro transparente. Un fantasma puedes atravesarlo, una mancha de… no sé qué… se te queda en el zapato.
Cyan no respondió, concentrada en no tropezar en la oscuridad. La luz de las farolas bailaba sobre las paredes descascaradas.
—¿Y tú? —preguntó ella después de un momento—. ¿Crees en ellos?
Luo se detuvo un segundo, pensando.
—No lo sé. Nunca he pensado en cosas así, puedo decir con seguridad que la buena suerte y mala suerte existen debido a que la gente nos ha etiquetado con esas fortunas; puedo creer que mis padres me guían y cuidan desde algún lejano lugar o tal vez los fantasmas son solo ecos de cosas que pasaron y que quedaron atrapados. Como el sonido en una habitación vacía.
—Eso fue… inesperadamente profundo, viniendo de ti.
—Hehe, ¿Fui genial? Tengo mis momentos. No todo es egocentrismo y mala coordinación. A veces también soy filósofo de… ¿la linterna?
Llegaron a otra puerta, esta más pequeña y con una cerradura vieja, y Luo sacó un llavero de su bolsillo.
—Ahora, lo primero es quitar la cerradura. La he estado aceitando esta semana, debería girar sin hacer ruido y bastante fácil… debí traer alguna cosa como plan de repuesto para abrir la puerta… ains… tarde. Vamos a orar para que el fantasma nos ayude.
—Deja de hablar de fantasmas —suplicó Cyan, pero una leve sonrisa asomó en sus labios.
Luo insertó la llave y giró con cuidado. Un clic metálico sonó en el silencio del pasillo largo y oscuro, la puerta cedió hacia adentro con mucha facilidad.
—Funciona —anunció, con evidente orgullo—. Fase uno, completada. ¿Lista para la vista, inspectora Cyan?
Ambos cruzaron el umbral y se adentraron en la azotea. Lo primero que los recibió fue una brisa nocturna, más cálida de lo esperado, que les acarició el rostro después del aire encerrado de la escalera. Arriba, la luna llena en lo alto del cielo despejado, bañando todo con una luz plateada y tenue que ilumina todo a su paso con suavidad lo que hacía que el paisaje fuera casi etéreo.
La vista se extendía a lo lejos. Desde allí podían ver más allá de los límites del orfanato; las luces de Eastwood centelleaban en una cuadrícula desordenada, las siluetas de edificios más altos se recortaban contra el horizonte y, al fondo, la mancha oscura del Vireta Park. El ruido constante de la ciudad no era tan fuerte como se esperaba aún siendo ya las ocho de la noche.
Cyan contuvo la respiración por un instante. Sus ojos, grandes y verdes, brillaron bajo la luz lunar, reflejando el vasto panorama con puro entusiasmo. Por un momento, todo lo demás —la presión del coro, las miradas, las expectativas— pareció quedar muy pequeño, muy lejano, allá abajo en algún punto que ya no le importaba. Aquí solo estaban ellos, la brisa y un pedazo de cielo propio.
—¿En qué piensas, santa? —inquirió Luo, tirando de su mochila algunos cables y herramientas.
—Nada en particular —mintió, algo que su amigo se dio cuenta de inmediato.
—¡Oye, Cyan! ¿Sabías que los Beatles tocaron en un techo de Londres? —mientras comentaba aquello, comenzó a inspeccionar el cable que había traído del orfanato—. Se le conoce como el concierto de la azotea, el treinta de enero de mil novecientos sesenta y nueve. Fue la última vez que tocaron juntos antes de separarse.
Cyan se acercó para ayudarlo a sostener el rollo de cable. Ella no sabía mucho de música en general, más allá de lo que escuchaba con Luo.
—… ¿Qué tipo de música tocaban?
—De todo un poco —respondió Luo, desenredando un extremo con cuidado—. Para entonces ya hacían rock, pero un rock más melódico, con arreglos complejos. Canciones como "Get Back" y "Don't Let Me Down". Su sonido era… único. Nadie lo imitaba bien y las personas lo creían bárbaros y el rock un sonido que pasaría de moda.
—¿Y por qué tocaron en un techo?
—Porque ya no querían hacer giras, ni dar conciertos grandes. Estaban hartos de la fama, de las multitudes, de sus peleas. Solo querían tocar juntos, de forma sencilla, sin tanto show para despedirse de la banda. Así que subieron a la azotea de su estudio, conectaron los amplificadores, y tocaron. La gente en la calle los miraba desde abajo, los coches se paraban… fue algo espontáneo. Y legendario.
Cyan asintió lentamente, imaginando la escena. Le gustaba la idea, como debía haber salido de la nada la idea y que fuera pura música, sin la presión de un escenario formal.
—Suena mejor que un estadio lleno.
—Mucho mejor —afirmó Luo con convicción—. Por eso pensé en esto. No necesitamos un escenario grande. Solo necesitamos nuestro techo, nuestro sonido, y… bueno, tal vez un público pequeño o ninguno, solo nosotros.
—¿Y la policía no los bajó a los Beatles?
—Sí, al rato. La policía llegó porque los vecinos se quejaron del ruido. Pero para entonces, ya habían tocado como cinco canciones. La historia ya estaba hecha.
Luo señaló un canal de ventilación cerca del borde de la azotea.
—Mira, por ahí podemos pasar el cable. Baja hasta el almacén. Es un camino casi recto. Solo necesitamos asegurarlo bien para que no se mueva con el viento.
Cyan se acercó y miró por la abertura. Parecía viable, aunque estrecho.
—¿Y si llueve? El cable se mojará.
—Lo cubrimos con un tubo de plástico. Tengo unos sobrantes del taller de manualidades. Los juntaré.
Ella lo miró, impresionada.
—Pensaste en todo, ¿verdad?
—Claro hehe—sonrió Luo, con una mueca que era mitad orgullo, mitad nerviosismo—. Es nuestro concierto de la azotea. Tiene que estar bien planeado y no podemos dejar que la lluvia, o la policía del orfanato nos arruinen el debut.
—No quiero que ninguna de las señoras suba a detenernos —comentó Cyan, con un dejo de humor—. Ojalá les de miedo las alturas.
—¡Mejor! Un público ausente y una autoridad con vértigo. Condiciones perfectas.
Terminaron de inspeccionar el lugar, marcando mentalmente dónde colocarían el amplificador y cómo orientarían los parlantes. El plan empezaba a sentirse real, no solo como un sueño de Luo, sino como algo que los dos podían construir juntos, con determinacion desde esta azotea silenciosa bajo la luna llena.