Author Topic: Pride&Prejudice / Chapter III: A London Reverie  (Read 76005 times)


Sayi

Re: Pride&Prejudice / Chapter III: A London Reverie
« Reply #105: December 31, 2025, 09:33:26 PM »
“Capitán Ackerman” atinó a decir la peliazul, con una reverencia casi imperceptible, intimidada por la penetrante mirada del castaño “Le estoy muy agradecida por haber aceptado el reunirse conmigo, siendo un hombre tan ocupado como usted”

El oficial reposó la carta que había estado leyendo en la mesa. A diferencia de la joven, no pareció inclinado a darle vueltas al asunto con cortesías innecesarias.

“Señorita Bennet, ¿podría explicarme qué motivo la ha traído hasta aquí?”

La madera crujía en la chimenea, ayudando a llenar el silencio que caía sobre la habitación. Sayi no encontraba las palabras para responder… pues no había explicación razonable que poder otorgarle. Había sido educada desde niña para expresarse con mesura y delicadeza, los hechos que la habían llevado a aquel lugar eran todo menos dignos de una dama respetable.

Sin embargo, la mirada del oficial, llena de franqueza y hasta severa, sin indulgencia o disimulo alguno, llamado persuadió de abandonar toda sutileza. Después de todo, en ese momento ella había tocado fondo; y no había manera de preservar su honor ante aquel hombre.

“Podría decir que es una historia larga” finalmente comenzó “pero dudo tenga tiempo o paciencia para escuchar los detalles. Simplemente diré, confesaré, que fui una ilusa . Deposité mi confianza en alguien que jamás la mereció. Tome decisiones que me alienaron irremediablemente de mi familia, y, movida por la desesperación, huí a Londres a buscar refugio junto ami tía Miranda. Sin embargo, el oficial en quien confié para llevarme a mi destino decidió llevarme a Gretna Green, ignorando por completo mis súplicas. De no haber sido por los oficiales de su regimiento, quienes me encontraron cuando logre saltar de la carroza, temo que habría perecido al borde del camino, en una noche donde nevaba como la de ayer”

El capitán la observó durante un largo silencio, tan denso que pareció reclamar una respuesta incluso antes de hablar de nuevo.

“¿Cuál es el nombre del oficial en quién depositó su confianza?”
“Claire Stanfield” respondió, con una voz baja pero firme.

El rostro del capitán se obscureció por un segundo, pero la mirada severa dirigida a ella no cambió. Tras una breve pausa, continuó con el interrogatorio, como si se esforzara por mantener el dominio absoluto de sus emocional.

“Y dígame,” preguntó finalmente “¿Qué planea hacer ahora?”

Aquella era la pregunta que había ocupado su pensamiento desde hacía horas, y para la cual no contaba con una alguna respuesta.

Sin embargo, puesto que el capitán había tenido la consideración de escucharla hasta aquel punto, tenía la esperanza de que pudiera iluminarla con algo de su sabiduría y experiencia.

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Oh, dream maker, you heart breaker
Wherever you're goin', I'm goin' your way


Sayi

“Acabo de encargarle a Lucille con dos misivas: Una informándole a mi padre dónde me encuentro, y la segunda a mi primo, Albert, para que tanto él como mi tía no se preocupen al no haber llegado a Londres” explicó “Lo primero que debo preocuparme es encontrar una manera de regresar a Bloomington sin levantar más sospechas”

La peliazul caminaba de un lado a otro en la habitación, pensando con mesura los mejores próximos pasos a tomar. El capitán Ackerman la seguía con la mirada, sin moverse de su puesto.

“Si hay una ventaja que esto haya sucedido ahora, es el hecho que toda reputable sociedad se encuentra ocupada con las festividades navideñas. Y si tengo suerte y mis padres no han podido dar alerta de mi desaparición, existe una nimia probabilidad de que este evento no dañe la reputación de mi familia…” se detuvo por un momento, su mirada buscando el suelo. En un hilo de voz, terminó su pensamiento “…mis hermanas, y su futuro…”

Odiaba descubrirse pensando como su madre, preocupándose por algo que en el pasado habría considerado trivial: sus prospectos matrimoniales. Pero, por desgracia, si algo había aprendido en los últimos meses era que, para una mujer, tener la posibilidad de encontrar una pareja (una verdadera pareja, en quien confiar y apoyarse) era la única manera de sobrevivir y prosperar. Y poner en riesgo esa posibilidad, limitar sus opciones por culpa de las acciones irresponsables de su hermana… no podía imaginar una forma más cruel de hacerles daño.

Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas cuando notó una sombra frente a ella. El capitán Ackerman se le había acercado, deteniéndose a unos pies frente suyo. Sayi se disculpó por su exabrupto, pero la respuesta del capitán hizo que las lágrimas se detuvieran de la sorpresa.

“Me preguntaba por cuanto tiempo lograría mantener la compostura, considerando por lo que acaba de pasar, señorita Bennet” le dijo, con algo que Sayi solo pudo reconocer como la más diminuta sonrisa.

Era la primera vez que veía semejante expresión en su semblante.

“Dudo que sus padres no hayan alertado a las autoridades, considerando que no la ven hace un par de días. Sin embargo, siento mañana Nochebuena, es probable que las autoridades tengan problemas pidiendo refuerzos, y como dice usted, la noticia quizás no se haya difundido lo suficiente”
Sayi asintió con gravedad “Debo regresar cuanto antes” respondió tras un breve silencio “…pero mañana es Nochebuena, y me temo que no habrá transporte disponible hasta el veintiséis”

El capitán la ofreció un pañuelo para que pudiese secarse las lágrimas. La pelirrosa lo tomó entre sus manos.

“Podemos conseguir que regrese en una carroza militar” propuso “aunque no podrá partir sino hasta mañana por la noche”

Sayi abrió los ojos de la sorpresa. No se había imaginado una oferta tan amable de parte de caballero casi desconocido.

“Capitán… es usted demasiado generoso, pero se que los oficiales están ansiosos por celebrar Nochebuena mañana. No me atrevería de imponerme de tal modo, tan próxima a su partida hacia Bélgica”

Pero el hombre no le permitió desistir. Y cuando la pelirrosa cedió, el capitán dio por terminada la entrevista, pidiéndole que regresase a su habitación a descansar en preparación para su próximo viaje.

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Kana


El señor Bennet no tardó en mover sus pocas influencias para conseguir un abogado, pero la imponente sombra de la familia Lancaster hizo que los juristas más prestigiosos de la región cerraran sus puertas de golpe; nadie quería enemistarse con el poderoso Marqués. Al final, el único dispuesto a tomar el caso —más por necesidad extrema que por convicción inicial— fue Ratio Verita.

Cuando Emilia conoció a su defensor en el modesto despacho que a duras penas lograba costear, la impresión mutua fue áspera. Ratio era un hombre de ascendencia italiana, poseedor de una presencia que habría sido magnética de no ser por el evidente desgaste de su ropa y el ceño fruncido que ensombrecía su rostro. Sus cabellos, de un inusual tono cerúleo, caían desordenados sobre su frente, y sus ojos, de un ámbar felino y cortante, la evaluaron con abierto desdén.

Ratio acababa de ser expulsado con deshonor de su bufete de abogados tras negarse firmemente a defender a un aristócrata adinerado que había abusado sexualmente de una joven. Aquel acto de ética le había costado su reputación, su estabilidad financiera y el favor de la alta sociedad. Se encontraba sumido en la miseria, y el caso de Emilia le parecía una aberración: una aparente buscavidas que se había aprovechado de un Lancaster moribundo.

"Escúcheme bien, señorita Bennet" le dijo Ratio, arrastrando las palabras con un marcado y gélido acento "Estoy aquí porque mis bolsillos están tan vacíos como la decencia de los Lancaster, no porque crea en su inocencia. Defenderé su caso en contra de mi propia voluntad y de mi instinto, pero si me miente, la dejaré caer en el mismo tribunal"

"No necesito que crea en mí, señor abogado, solo necesito que haga su trabajo y demuestre la verdad" respondió Emilia con firmeza, sosteniéndole la mirada ámbar sin amedrentarse.

El día de la primera audiencia llegó, cargado de una tensión insoportable para la peliplateada. Su familia la había querido acompañar, pero ella se negó para no involucrarlos en el asunto que pudiera perjudicarles.
Emilia, decidida a honrar la memoria del hombre que la había amado a su modo, eligió vestir un austero traje de luto negro. Cuando entró a la sala del tribunal de justicia, un murmullo de indignación recorrió los bancos de la acusación.

Allí estaba el Marqués Lancaster, imponente y severo, flanqueado por los miembros más despiadados y arrogantes de su dinastía Lancaster. Cain, el Conde, estaba notablemente ausente, marginado tal como había amenazado en el lecho de muerte de su hermano.
Al ver el vestido de Emilia, la mirada del Marqués despidió chispas de furia y una sonrisa sarcástica; para ellos, que una persona sin "sangre azul" osara portar el luto de Henry Lancaster era el insulto definitivo, una autoproclamación como viuda que no estaban dispuestos a tolerar.

El juez ordenó silencio a los murmullos y, junto a los secretarios, procedió a leer los términos de la demanda por fraude, estafa y coacción que la señora Lancaster y el Marqués presentaban contra la joven Bennet. Ratio Verita permaneció de pie a su lado, con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina, analizando cada palabra del fiscal y cada gesto del magistrado. Su mente brillante, no tardó en sopesar la gravedad de la situación.

Al concluir este primer encuentro preliminar, tras fijarse la fecha del juicio formal, Ratio condujo a Emilia a una sala lateral apartada del escrutinio público. Sus ojos ámbar brillaban con una mezcla de frustración e intranquilidad mientras se revolvía el cabello cerúleo.

"Esto es un desastre, señorita Bennet" sentenció Ratio, bajando la voz "El acta de matrimonio civil y el testamento no bastarán ante un juez comprado por el dinero del Marqués. Al no estar el sacerdote, y con el ministro probablemente bajo el ala de los Lancaster, la balanza está completamente inclinada. Si vamos a juicio, lo más seguro es que termine en la cárcel por el resto de tus días."

Emilia palideció, pero apretó los puños. "¿No hay ninguna forma de contra atacar?"

"Hay una posibilidad" dijo Ratio, clavando su mirada en ella "Pero es tan delgada como un hilo. Debemos encontrar al desaparecido señor von Einzbern a como dé lugar. Él es el testigo de fe inobjetable, el extranjero que estuvo allí y que no puede ser comprado fácilmente por el dinero de los Lancaster. Si él no aparece para testificar que Henry Lancaster actuó bajo su total y libre voluntad, estás perdida. Se le confiscará la herencia que el señor Lancaster le dejo, irá a la cárcel y el nombre de su familia caerá en desgracia"

Emilia bajó la cabeza, recordando las palabras de Camille: nadie sabía dónde estaba el rubio desde el funeral.
Y eso la angustió aún más. Sus hermanas ya tenían sus propios dilemas; Sayi, Camille, entre las más complicadas en el presente, y con la infamia que tendría Emilia si perdía el juicio no sólo hundiría más a ellas dos sino también al resto de su familia.

Ratio la observó en silencio, viendo por primera vez la genuina desolación en el rostro de la joven, una tristeza que no parecía la de una estafadora, sino la de una viuda real. Una idea audaz, peligrosa y sumamente secreta cruzó por la mente del abogado. Él sabía que el conde Cain Lancaster había estado presente en la casa cuando se consagró el matrimonio, aunque se hubiera marchado antes del final. Sabía también, por los rumores de la alta sociedad, que Cain poseía un código de honor estricto, muy diferente al de su despótico padre.

«Debo consultar con Cain Lancaster o sus asesores en secreto», pensó Ratio, midiendo los riesgos. «Si el conde aún guarda un ápice de respeto por la última voluntad de su hermano Henry, tal vez sea la clave para localizar a von Einzbern o para detener esta carnicería desde dentro de la propia familia».

"Vuelva a su casa, señorita Bennet, y no hable con nadie" ordenó Ratio, recuperando su porte profesional "Yo moveré mis hilos. Aún no está todo dicho en este estrado."
« Last Edit: June 29, 2026, 01:17:57 PM by Kana »