El señor Bennet no tardó en mover sus pocas influencias para conseguir un abogado, pero la imponente sombra de la familia Lancaster hizo que los juristas más prestigiosos de la región cerraran sus puertas de golpe; nadie quería enemistarse con el poderoso Marqués. Al final, el único dispuesto a tomar el caso —más por necesidad extrema que por convicción inicial— fue Ratio Verita.
Cuando Emilia conoció a su defensor en el modesto despacho que a duras penas lograba costear, la impresión mutua fue áspera. Ratio era un hombre de ascendencia italiana, poseedor de una presencia que habría sido magnética de no ser por el evidente desgaste de su ropa y el ceño fruncido que ensombrecía su rostro. Sus cabellos, de un inusual tono cerúleo, caían desordenados sobre su frente, y sus ojos, de un ámbar felino y cortante, la evaluaron con abierto desdén.
Ratio acababa de ser expulsado con deshonor de su bufete de abogados tras negarse firmemente a defender a un aristócrata adinerado que había abusado sexualmente de una joven. Aquel acto de ética le había costado su reputación, su estabilidad financiera y el favor de la alta sociedad. Se encontraba sumido en la miseria, y el caso de Emilia le parecía una aberración: una aparente buscavidas que se había aprovechado de un Lancaster moribundo.
"Escúcheme bien, señorita Bennet" le dijo Ratio, arrastrando las palabras con un marcado y gélido acento "Estoy aquí porque mis bolsillos están tan vacíos como la decencia de los Lancaster, no porque crea en su inocencia. Defenderé su caso en contra de mi propia voluntad y de mi instinto, pero si me miente, la dejaré caer en el mismo tribunal"
"No necesito que crea en mí, señor abogado, solo necesito que haga su trabajo y demuestre la verdad" respondió Emilia con firmeza, sosteniéndole la mirada ámbar sin amedrentarse.
El día de la primera audiencia llegó, cargado de una tensión insoportable para la peliplateada. Su familia la había querido acompañar, pero ella se negó para no involucrarlos en el asunto que pudiera perjudicarles.
Emilia, decidida a honrar la memoria del hombre que la había
amado a su modo, eligió vestir un austero traje de luto negro. Cuando entró a la sala del tribunal de justicia, un murmullo de indignación recorrió los bancos de la acusación.
Allí estaba el Marqués Lancaster, imponente y severo, flanqueado por los miembros más despiadados y arrogantes de su dinastía Lancaster. Cain, el Conde, estaba notablemente ausente, marginado tal como había amenazado en el lecho de muerte de su hermano.
Al ver el vestido de Emilia, la mirada del Marqués despidió chispas de furia y una sonrisa sarcástica; para ellos, que una persona sin "sangre azul" osara portar el luto de Henry Lancaster era el insulto definitivo, una autoproclamación como viuda que no estaban dispuestos a tolerar.
El juez ordenó silencio a los murmullos y, junto a los secretarios, procedió a leer los términos de la demanda por fraude, estafa y coacción que la señora Lancaster y el Marqués presentaban contra la joven Bennet. Ratio Verita permaneció de pie a su lado, con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina, analizando cada palabra del fiscal y cada gesto del magistrado. Su mente brillante, no tardó en sopesar la gravedad de la situación.
Al concluir este primer encuentro preliminar, tras fijarse la fecha del juicio formal, Ratio condujo a Emilia a una sala lateral apartada del escrutinio público. Sus ojos ámbar brillaban con una mezcla de frustración e intranquilidad mientras se revolvía el cabello cerúleo.
"Esto es un desastre, señorita Bennet" sentenció Ratio, bajando la voz "El acta de matrimonio civil y el testamento no bastarán ante un juez comprado por el dinero del Marqués. Al no estar el sacerdote, y con el ministro probablemente bajo el ala de los Lancaster, la balanza está completamente inclinada. Si vamos a juicio, lo más seguro es que termine en la cárcel por el resto de tus días."
Emilia palideció, pero apretó los puños. "¿No hay ninguna forma de contra atacar?"
"Hay una posibilidad" dijo Ratio, clavando su mirada en ella "Pero es tan delgada como un hilo. Debemos encontrar al desaparecido señor von Einzbern a como dé lugar. Él es el testigo de fe inobjetable, el extranjero que estuvo allí y que no puede ser comprado fácilmente por el dinero de los Lancaster. Si él no aparece para testificar que Henry Lancaster actuó bajo su total y libre voluntad, estás perdida. Se le confiscará la herencia que el señor Lancaster le dejo, irá a la cárcel y el nombre de su familia caerá en desgracia"
Emilia bajó la cabeza, recordando las palabras de Camille: nadie sabía dónde estaba el rubio desde el funeral.
Y eso la angustió aún más. Sus hermanas ya tenían sus propios dilemas; Sayi, Camille, entre las más complicadas en el presente, y con la infamia que tendría Emilia si perdía el juicio no sólo hundiría más a ellas dos sino también al resto de su familia.
Ratio la observó en silencio, viendo por primera vez la genuina desolación en el rostro de la joven, una tristeza que no parecía la de una estafadora, sino la de una viuda real. Una idea audaz, peligrosa y sumamente secreta cruzó por la mente del abogado. Él sabía que el conde Cain Lancaster había estado presente en la casa cuando se consagró el matrimonio, aunque se hubiera marchado antes del final. Sabía también, por los rumores de la alta sociedad, que Cain poseía un código de honor estricto, muy diferente al de su despótico padre.
«Debo consultar con Cain Lancaster o sus asesores en secreto», pensó Ratio, midiendo los riesgos.
«Si el conde aún guarda un ápice de respeto por la última voluntad de su hermano Henry, tal vez sea la clave para localizar a von Einzbern o para detener esta carnicería desde dentro de la propia familia»."Vuelva a su casa, señorita Bennet, y no hable con nadie" ordenó Ratio, recuperando su porte profesional "Yo moveré mis hilos. Aún no está todo dicho en este estrado."