Continuando con las cosas uwu
En otra vida en Navras...
A Milo le había parecido ver cómo las pupilas de Walter se dilataban, pero no podía estar seguro.
—¿Haces mucho esto de andar robando corazones o soy un privilegiado?
La pregunta le sacó una risa a Milo, una de las de verdad. De las que empiezan en el estómago y suben como burbujas hasta la nariz. Iba a responder, cambiando su mano de un muslo a otro, pero Walter no le dio la oportunidad de hablar. Inclinándose hacia él continuó entre susurros:
—Cuéntame todo lo que te gusta, todo lo que no te gusta, todo lo que temas. Quiero saberlo todo de tí. Todo.
Eso le calló y por un momento incluso paró su mano. Inspiró, oliendo el ungüento y a Walter. Lo siguiente que olió fue el chocolate enfriándose en su sillón y parpadeó, poniéndose un poco serio, casi tímido.
—Me gustan las manzanas —soltó de golpe y se encogió de hombros antes de continuar con el tratamiento diligentemente—. Hay una taberna en el sector cinco que tiene la mejor sidra de la ciudad.
Por desgracia, justo en ese momento Milo decidió bajar la mirada y se le arquearon las dos cejas al notar que la ropa interior de Walter estaba más rellena que la última vez que había mirado hacia ahí.
Dirigió los ojos un poco más hacia abajo y separó los muslos de Walter empujando suavemente con la mano para colar la otra y seguir frotando.
—Si sigues con las friegas deberías estar bien para mañana… —comentó Milo con un tono que se podía interpretar como sugerente—. Aunque supongo que ya te encuentras bastante mejor.
El contacto le pilló por sorpresa, parecía que Walter estaba devolviéndole el trato de antes y levantó su barbilla con dos dedos. Milo no pudo evitar clavar sus ojos verdes en los del soldado.
—Con tan buen cuidador no podría estar mejor. —le contestó, siguiendo con los susurros.
El sonido le atravesó el alma y viajó directo hacia el centro de su cuerpo. Milo se movió un poco. De repente no estaba muy cómodo en sus pantalones.
«Me vas a matar.» pensó, mientras Walter le decía lo adorable que era.
—Esos ojos que se mimetizan con muchas de las plantas que nos rodean.
Los ojos de Milo se desviaron por un momento hacia las plantas que tenía rodeando todo el salón.
—Ese pelo unas veces bajo control y otras en absoluto caos.
Y miró hacia arriba. No tenía ni idea de que pinta tenía su pelo ahora mismo, la verdad fuera dicha.
—Esas pecas que me intriga hasta dónde llegarán.
Los dedos de Milo apretaron el interior de los muslos de Walter sin querer.
—Me encantaría besarlas de una en una pero de momento me conformaré con esto.
Y le dio un beso en la frente que lo dejó parpadeando.
—Pues pide día libre, porque tengo un montón. —le avisó, sin darse cuenta a lo que le estaba invitando.
Cuando procesó lo que acababa de decir él mismo, Milo carraspeó y volvió a mirar hacia las quemaduras de Walter. La piel parecía mucho más suave que hacía unos momentos y acarició el sitio con un pulgar mientras dejaba salir el aire por la nariz.
Quitó las manos de donde las tenía y las frotó entre ellas, asegurándose de haber absorbido todo el ungüento sobrante. En un impulso llevó un índice hasta una de las cicatrices de Walter.
Quería preguntarle la historia tras la cicatriz, pero no se atrevió, aunque la dibujó con su dedos arriba y abajo antes de volver a buscar la mirada de Walter y sonreírle.
Le quería besar.
Le quería besar tanto que por un momento se dejó llevar, pero apartó la mano y le dijo que podía ir vistiéndose antes de que cogiera un resfriado. Oyó a las plantas vibrar con una risa burlona a su alrededor.
Tenían razón, estaba siendo un cobarde pero necesitaba recomponerse y pensar. Y tanto músculo a la vista no estaba ayudándole a pensar con la cabeza precisamente.
—Bueno, supongo que es hora de irme pero antes… Voy a necesitar tu número para la cita que te debo, ¿no?
Milo aún estaba frotándose una mano con la otra cuando vio el móvil de Walter aparecer casi de la nada. Extendió la mano, ladeando la cabeza y pensando qué hacer con el móvil de Walter.
—Ah, y dime qué te debo por el ungüento y el masaje. Lo mismo te llevas una propina.
Milo dirigió su mirada hacia Walter otra vez, justo a tiempo de ver cómo le guiñaba un ojo y sintió su corazón palpitar a un ritmo acelerado. Apretó los labios y frunció un poco el ceño antes de volver su atención hacia el móvil en su mano.
—¿Te apunto mi número? —le preguntó mientras buscaba el botón para desbloquear la pantalla—. ¿No lo tienes bloqueado?
Cuando la pantalla se encendió un montón de notificaciones se apoderaron de ella y Milo le devolvió el teléfono a Walter de inmediato.
—Toma, creo que alguien está muy preocupado por tí —le avisó—. Voy a preparar tu pedido y hacer cuentas de cuanto es el pedido mientras… te…
Walter aún no se había vestido del todo y los ojos de Milo estaban viajando de un músculo a otro con mucho interés. Miró hacia otro lado cuando su mirada empezó a ir hacia abajo, recordando el apuro en el que se encontraban los dos, por decirlo de alguna forma.
Movió la mano con más ímpetu, casi zarandeándola hacia Walter.
—Te vistes. —acabó de hablar por fin, con las mejillas sonrosadas.
Walter no tardó en coger el teléfono de su mano, pero Milo se quedó ahí parado durante unos segundos, observando la expresión de Walter mientras miraba todas las notificaciones.
—Diecisiete llamadas… ochenta y seis mensajes… tiene que ser importante. —dijo Walter, más para sí mismo que para su única audiencia.
La sonrisa de Milo era evidentemente forzada y le dio la espalda a Walter antes de cuadrar los hombros y dirigirse hacia su taller. Por lo que había dicho probablemente alguien estaba muy preocupado o muy enfadado con él. O las dos.
Dejó la puerta entreabierta mientras preparaba un botecito de ungüento y un par de pociones de vida para completar el tratamiento. Sacó un bloc de notas y apuntó las indicaciones allí de pie. Y luego de pensarlo añadió su número de teléfono.
Aún podía oír a Walter hablando, pero parecía que la llamada acabaría pronto.
Para cuando salió de la habitación, Walter estaba empezando a vestirse y Milo se mordió el labio inferior, apretando el asa de la bolsita entre sus dedos.
—¿Problemas? —le preguntó mientras le ofrecía la bolsa.
Walter ya se había puesto toda la ropa, menos la chaqueta, que seguía doblada en el reposabrazos de su sillón verde.
—No… bueno, no lo sé. Era mi hermana, resulta que se ha enterado de lo del incendio y ha venido a cuidarme. Querría usarme de paciente.
Milo ladeó la cabeza, interesado.
—Creo que va a flipar bastante cuando vea cómo están las quemaduras y la bolsita con el ungüento. —continuó Walter.
Milo le sonrió, aún con la bolsa con dicho ungüento en la mano y Walter pareció tensarse por un momento. Ahora que tenía la ropa puesta era un poco más difícil leer sus músculos. Bueno, tampoco tan más difícil, después de todo iba con ropa más bien apretada.
—No sé cómo de cómoda se siente con la alquimia y estoy seguro de que se va a dar cuenta…
—Oh. —respondió Milo, mirando hacia abajo, hacia el tratamiento dentro de la bolsita inocua.
—En fin, la quiero mucho. Es culpa mía que se haya preocupado. Sólo Tessa sabe a dónde he ido y por ahora nadie allí sabe que usa productos alquímicos. No le interesa que nadie lo sepa. Aún hay algunos muy críticos con el uso medicinal de la alquimia…
Los labios de Milo se cerraron en una fina línea. Los mismos que gritaban contra la magia luego se beneficiaban de ella a escondidas.
«Hipócritas.» pensó Milo.
Él conocía bien a ese tipo de gente. No alzaban su voz contra la magia porque estuvieran en contra de ella, lo hacían porque estaban en contra de que los demás la usasen.
La querían para ellos.
Le querían para ellos.
Para usarlo.
No querían que fuera de nadie más.
El suspiro de Walter le sacó de sus pensamientos y tomó aire para tranquilizarse mientras Walter continuaba hablando.
—Creo que Evie… digo, mi hermana no querrá meter en problemas a Tessa pero igualmente tendré que hablar con ellas.
—Sí, eso estaría bien. —comentó Milo con un tono algo apagado.
Intentó sonreír para sacudirse la sensación de manos invisibles alrededor de su cuerpo, queriendo atraparlo por el don con el que había nacido.
Necesitaba ser más precavido.
De repente vio los pies de Walter y levantó la vista hasta clavar sus ojos en los de él. Le seguía haciendo gracia el sacarle casi un palmo, cuando el soldado estaba construido como una máquina bien engrasada.
—Y, por supuesto, tampoco voy a dejar que acabes metido en problemas. No me lo perdonaría nunca.
Milo se mordió el labio inferior y luego su sonrisa se ensanchó un poco más. Su mirada se volvió más suave de lo que le gustaría admitir y la sensación fantasma de manos sobre su cuerpo se disipó en la cálida sensación que le daba la cercanía de Walter.
«Precavido.» se recordó antes de decir alguna tontería «¡Necesitas ser más precavido!»
Milo asintió y le puso la bolsa de papel marrón en el pecho a Walter. Cualquier excusa para tocarlo era buena, por lo visto.
—La gente teme lo que no conoce —le dijo, pensando que tal vez por eso mismo necesitaba saber más de Walter—. Pero lo que no conoces no tiene porqué ser siempre malo.
La sonrisa de Milo ahora enseñaba sus colmillos y le hacía chiribitas en los ojos.
—Tienes las instrucciones y mi número de teléfono en una nota dentro de la bolsa, no te preocupes por el pago.
Y de repente las manos de Walter estaban por todas partes, alejando más todavía las visiones irreales de manos atrapándole en la oscuridad.
—Muchas gracias, pero… ¿estás seguro? No me parece justo no pagarte. Si no me cobras por esto voy a tener que compensarlo de otras formas…
Milo abrió la boca, la volvió a cerrar. Y se le ocurrieron unas cuantas maneras de recibir compensación por sus esfuerzos alquímicos.
Cuando ya estaba empezando a sonrojarse y apunto de contestar, Walter se le adelantó con reparo.
—Eh, no quería decir… o sea… no es que no quiera… pero no me refería a eso.
El pobre estaba tartamudeando y la risa que le sacó a Milo hizo que las plantas alrededor se uniesen en ese lenguaje que sólo Milo podía entender.
—Qué mal se me da esto… —susurró Walter.
—No, no… ah. —contestó Milo, sintiendo que el calor de las manos de Walter no le dejaban dejar ir la sonrisa que se había apoderado de sus labios.
Tan rápido como Walter le había agarrado, le soltó y Milo tomó esos segundos para coger aire y dejar de reírse. Walter los uso para dejar la bolsa en el suelo y ponerse de puntillas para susurrarle directo al oído.
—No me vas a dejar otra alternativa, ¿verdad? —comenzó, haciendo que la respiración de Milo se entrecortase por un momento—. Tendré que llenar tu vida de detalles que ni tú sabes que necesitas…
La mano de Walter volvió a él, esta vez en su nuca. El pelo de Milo casi parecía querer enredarse en esos dedos y no dejarlos ir nunca.
A Milo le dio tiempo a ver la sonrisa en los labios de Walter, como no hacerlo cuando tenía la mirada fija en ellos, antes de que le volviese a besar.
Milo dejó que ocurriese, incluso movió sus labios un poco contra los de Walter, pero luego lo empujó suavemente, con los dedos abiertos contra el pecho del soldado.
Aún con los ojos cerrados y una sonrisa apacible le habló.
—Avaricioso —le dijo antes de abrir los ojos y ladear la cabeza—. Si quieres pagarme las medicinas invítame tú mañana. Tengo toda la tarde libre.
Y como en este caso uno de ellos era el cazo y el otro la sartén, Milo se agachó con rapidez para robarle un beso corto a los labios de Walter.
—Acuérdate de decirme quien eres cuando me mandes un mensaje o te bloquearé —y le dio otro en la punta de la nariz—. Deberías irte antes de que tu hermana te explote el teléfono con notificaciones.
—Tienes razón, debería irme aunque no quiera. Evie me va a matar… —admitió Walter, sonando acongojado— Bueno, será mejor que descanses bien. Mañana te voy a sorprender.
Walter le guiñó un ojo y Milo se llevó una mano al pecho, levantando una ceja con curiosidad.
—Te escribo cuando llegue a la base. —le prometió mientras se acercaba a la puerta.
Milo le siguió con pasos largos y pausados y le recordó que muerto no podía llevarle a ningún lado.
—Ve con cuidado. —le dijo como despedida, poniendo la mano en la puerta mientras la cerraba.
Milo se dio la vuelta, apoyando la espalda contra la puerta de la entrada, sin saber que Walter estaba al otro lado dando saltitos de emoción; los mismos que el corazón de Milo estaba dando dentro de su pecho.
Se llevó un nudillo al pecho para frotarse sobre el corazón y frunció el ceño al ver como sus plantas cotilleaban entre ellas, emocionadas por el desarrollo de la tarde.
—¡Eh! —les advirtió con el ceño fruncido— ¡No os riáis de mi sufrimiento!
Eso pareció calmarlas un poco
—Habrase visto.
Milo se quedó mirando el sofá de dos plazas donde había tenido a Walter casi desnudo y excitado hacía tan sólo unos momentos, aunque ya pareciera haber pasado una vida, y se llevó la mano a la frente para frotarla, intentando llevarse sus preocupaciones con el gesto. No funcionó muy bien.
Luego concentró su atención en el chocolate abandonado y después de pensarlo decidió volverlo a calentar.
Unos minutos después se sentó en el sillón, con el chocolate caliente en una bandeja sobre la mesita de café y la radio volvía a sonar con potencia en su pequeño salón.
Esta vez hablaban de avistamientos de monstruos peligrosos en el cañón que separaba Balamb de Galbadia. Milo le dio un traguito a su chocolate y cambió de canal. Su pierna temblaba con ansiedad, apenas apoyada en los dedos del pie.
Apagó la radio y se levantó de repente, no podía seguir fingiendo que no había pasado nada de importancia.
«Mi alma gemela.» pensó.
Entró en su habitación y miró a su alrededor hasta que se sentó en la cama y abrió el único cajón de su mesita de noche. Allí, un poco arrugada, le esperaba la servilleta.
La cogió con cuidado y la alisó entre sus dedos.
—Milo X Walter. —leyó en alto.
Él también lo estaba notando, ¿verdad? Walter también se veía afectado por la sincronización de sus almas.
Sólo había hecho falta una mirada.
Milo estaba seguro de que esa noche soñaría con ojos color cobre.
Una notificación en su teléfono le sacó de sus pensamientos y Milo volvió al comedor a cogerlo. Era Walter.
Número desconocido:
Milo, soy Walter. Mañana nos vemos. Buenas noches ❤️
Leyó en la pantalla de su teléfono. Milo sonrió y desbloqueó el teléfono para añadir su número. Iba a contestarle cuando le entró una llamada y la cogió a toda prisa.
—¡Walter! —saludó Milo sin haberle dado tiempo a ver quién le llamaba.
—¡Error! —le saludó Marie—. ¿Quién es Walter?
—Nadie —respondió Milo sin pausas, intentando que Marie dejase el tema en paz antes de que empezase a preguntarle más de lo que Milo quería responder—. ¿Qué se ha roto ahora? Es mi día libre.
—Nada, ¿una chica no puede llamar a su compañero de trabajo, barra, hermano mayor adoptivo porque le apetece?
A Milo le pareció oír la voz de Roy quejándose por el fondo de la llamada.
—Marie… —advirtió Milo con voz cansada mientras se agarraba el puente de la nariz.
La chica se puso a reír como un montón de gallinas en el gallinero y tuvo a Milo un buen rato al teléfono, entre cotilleos y consejos para arreglar la cafetera.
Para cuando Milo colgó ya casi se había olvidado del mensaje de Walter, pero la servilleta sobre su cama se lo recordó rápido.
—¿Qué debería responderle? —se preguntó y salió al salón para dar una vuelta entre sus plantas, como si ellas pudieran darle consejos valiosos respecto a relaciones humanas.
Tal vez podían, nunca lo había intentado.
—¡Hey! —se dictó Milo a sí mismo, escribiendo en el pequeño teclado digital—. Espero… con ansias… ¡No! No, no… —dijo mientras borraba las últimas dos palabras que había escrito—. Espero qué más. ¿Qué más espero?
Milo se dio golpecitos en la barbilla con el móvil antes de seguir escribiendo, ahora más rápido.
—Espero que hayas llegado bien, nos vemos mañana.
Y después de darle a enviar escribió un segundo mensaje.
—Buenas noches, soldado.
Y añadió una flor para que el mensaje fuera más cuqui.
Contempló el chat con orgullo y se dejó caer el sillón, con las piernas abiertas y el culo más bien fuera del asiento. Se tapó los ojos con el brazo y suspiró audiblemente.
—Tenías que ser un soldado. No había otra profesión.