Author Topic: Act 1: Overture  (Read 174309 times)


Nite

Re: Act 1: Overture
« Reply #60: August 31, 2017, 09:49:08 PM »
SIDE B: 002.

Debía de ser una broma...
"¿Qué pasa? No se te ve tan convencido" la cara de disgusto no se la sacaba nadie; y es que Kaito parecía ser la única persona con el ceno fruncido en el pasillo de una juguetería. Contrastando inmensamente con la sonrisa de oreja a oreja que adornaba la caja que sostenia en sus manos... Y en el display de las perchas... Y en el banner de la entrada de la tienda... De él... en su traje de gato azul regordete.
"si quieres podemos cambiarlo en el segundo tiraje... aunque creeme, es de los mejores que ha salido. Si vieras otros desastres que hemos vendido" el muchacho a su lado sonaba condesendiente. Momentos antes de que el pelinegro llegara su manager le habia llamado, advirtiendo que Kaito estaba 'un poco sensible' con respecto a su imagen. Con todo al respecto a todo:
"No quiere el trabajo, pero lo hace muy bien. Demasiado bien, y fue el mejor de la audicion. Ademas, las madres jovenes lo adoran. Lo has visto? Bueno, ya lo veras, en fin. Haz que salga de ahi feliz, lo que menos quiero es que se deprima tan pronto a un show en vivo"

"Por cierto, que haces aqui de todos modos. No se supone que les dan uno de cortesia antes del lanzamiento?" Kaito seguia arrugando la caja entre sus dedos mientras pensaba, alguna excusa, algo mas digno que decir la verdad. Nada se le vino a la mente.
"se lo di a mi novia"
"aw"
"...ex...novia..."
"oh"
"Y si... yo se que es ridiculo, especialmente porque me llaman por ese estupido nombre..." dijo con algo de desden, se le erizaba la piel siempre que escuchaba Kenta fuera del estudio "pero supongo que es lo mismo a 'guardar tu primer dolar', digo yo. Despues de todo, no todos los dias hacen figuritas de uno... dios, espero que no sea la unica figura de mi que salga en la vida"
"Claro que no! Eres super atractivo, seguramente sales de esta muy facilmente!!!"
"..."
"!?!?!?"
El silencio incomodo se hizo cada segundo más evidente, y ahora además de pena por si mismo ahora sentía verguenza: Gran día Kaito. Grandioso y maldito día. "Cuánto te debo...?""
"No, no nada. Llévatelo, va por mi cuenta..."
"No-no no quiero deberte nada, no pienso pagarte de otra manera..."
"...ah... no..." se sintio algo ofendido, de paso que intentaba ser amable con el muchacho, no solo por lastima, sino por obligacion, ahora el muchacho creia que se andaba con otras intenciones. Ni que su halago hubiese sido para tanto "entonces dame pases de camerino para su primer show, y tres asientos de primera fila. Se acerca el cumpleanos de mi sobrina y no quiero gastar" Ademas, seria hilarante filmarlo desde primera fila, bailando ridiculo con el enorme trasero de gato y el resto de los animales.
"eso si puedo hacer"
Ah! Ahí estaba de nuevo, su sonrisa... sospechaba que con facciones así después de todo, no estaba tan mal ubicado en un show para ninos. Era una pena que su traje lo cubriera de pieza a cabeza y que se negara a quitarse el disfraz en todo momento.


Miyu

Re: Act 1: Overture
« Reply #61: September 12, 2017, 01:34:43 AM »

4.2 # Take off

En ese momento, las escaleras de madera rechinaron junto a unos pasos pesados… ambos jóvenes dirigieron su vista al chico de cabellos cortos y apariencia desaliñada que se quedó quieto al terminar el último escalón… Mitsuki entró, o eso pensaron ambos, con los auriculares colgando del cuello. Al ver el pequeño grupo, se detuvo, sorprendida.

—Oh, buenos días. No sabía que había clientes ya —trató de poner su mejor cara, no había escuchado la música que acaban de tocar, pero le pareció sospechosa toda la escena.
—Algo así, Mitsu-chan —canturreó aun feliz Joe, recuperando algo de su compostura—. Estos dos valientes acaban de dar su primer concierto privado con una composición original y estamos planeando algunas cosas. Se escuchan genial.

Mitsuki captó la atmósfera de inmediato y se quedó sorprendida mirando la guitarra en las manos de Luo. Una sonrisa de entendimiento y entusiasmo iluminó su rostro pálido, con ojeras oscuras marcadas.

—¿En serio? ¡Eso es increíble! ¿Puedo escucharla? ¿O es material ultrasecreto todavía?
—Ya la escucharás —farfulló Joe—. Cuando esté lista. —Se volvió hacia Luo y Cyan—. Y hablando de eso, ¿tienen copia de la letra, los acordes? Podría echar un vistazo, sugerir algún detalle de estructura.

Luo, eufórico, sacó un cuaderno arrugado del estuche y Joe lo hojeó, murmurando para sí mismo, mientras Mitsuki se acercaba a Cyan con ojos curiosos y llenos de preguntas.

—Luo —lo codeó para presentarse ante el joven como es debido—. Soy Cyan, mucho gusto Mitsuki... chan… —se sentía incómoda de tener que llamar a alguien con honoríficos japoneses.
—Un placer, por aquí Luo —sus labios seguían erguidos hacia arriba en una media luna.
—¿Nacionalidad china? —preguntó él, por la incomodidad del tono en Cyan—. Soy Koga Mitsuki, pueden decirme Koga. Mi tío es este —señaló con el índice a Joe.
—Sip, aunque vivimos desde que recordamos en Eastwood, Koga —saboreó el nombre Luo.

Joe cerró el cuaderno de pronto, con un golpe seco.

—Necesitáis comer, a inspiración funciona mal con el estómago vacío y una cerveza a medio terminar. Aaaaaah, Mitsu-chan, ¿hay tostadas?

Ella afirmó con la cabeza, despegando la mirada de Cyan.

—Sí y mermelada de albaricoque. Podemos subir, ya dejé la cafetera encendida.
—¿Desayunaron algo? Podemos desayunar mientras hablamos, en serio mi panza a rugir si no como algo y bebo café en quince minutos —les preguntó Joe.

Luo guardó la guitarra en el estuche y lo cerró con mucho cuidado antes de responder.

—No. Salimos corriendo bueno, patinando.
—Genial, tengo pan recién horneado en la trastienda —el hombre entregó el cuaderno a Luo y después los guio escaleras arriba, hacia lo que era su casa y ya no la tienda.
—¡Sí! —saltó Luo, guardando también los papeles—. Cyan tiene hambre, aunque no lo diga.
—No es verdad —murmuró ella, con una sonrisa pequeña asomándose.

Mitsuki observó el intercambio, arreglándose la chaqueta de cuadros.

—Tu tío hornea pan, qué raro.
—Es su terapia, dice —encogió Mitsuki los hombros—. A veces le queda comestible y otras es mejor escapar. Los fideos le quedan muy rico y arroz frito.

La parte de arriba de la tienda era el espacio donde Joe vive con Mitsuki; al subir las escaleras se llegaba a un extenso pasillo, con varias puertas cerrdadas y al final de todo un comedor sencillo, integrado con una pequeña cocina y una mesa rectangular de madera en el centro, con varias sillas desparejas alrededor. Sobre la mesa se veían migas, tazas usadas y algunos papeles, en una esquina estaba la cafetera encendida y una tostadora apoyada sobre la mesada. Los muebles eran resistentes y un poco sucios, claramente usados a diario. No era un lugar ordenado, pero sí práctico y pensado para comer rápido y seguir con el día.

La cocina ya olía a café molido y masa horneada. La vista de Luo se dirigió a una mesada pequeña, llena de cables y revistas de guitarra mientras Joe servía rebanadas gruesas de pan de ajo y tazas calentitas. Se sentó rápidamente con un gruñido a punto de salir de su barriga, agarrando su propia taza y dando unos rápidos sorbos, luego al pan de ajo una mordida.

—Coman, coman o me dará pena estar tan hambreado. Mitsu chan, pasa la mermelada, para ayer. Ya, ya. 

Mitsuki deslizó el frasco por la mesa, sus ojos nunca dejando a Luo y Cyan, tenia curiosidad por ellos y la guitarra que trajeron, ella misma quería una pero nunca se la pediría a su tío. Se quitó los auriculares del cuello y los dejó en una pila de revistas, Cyan tomó una rebanada de pan, mordisqueando el borde con cuidado. Luo, en cambio, mordió un trozo grande.

—Está bueno. Mejor que el pan durísimo del orfanato —espetó con la boca llena, migas cayendo sobre su sudadera.
—Luo —murmuró Cyan, dándole un codazo leve.
—¿Qué? Es verdad a veces creo que me romperá un diente. Afff.
Joe soltó una risa corta.
—No te preocupes, chica. La verdad es buena, significa que no estoy perdiendo mi tiempo en una terapia mala….  Entonces —carraspeo para ponerse serio—. La canción. Esa progresión de acordes al principio, el do menor al sol sostenido menor… interesante elección. ¿De dónde salió?

Luo tragó, pensando cómo se les había ocurrido. Todo había sido hecho a partir de la canción cantada a capella, nada del otro mundo… quizás una inspiración leve de alguna canción que oyeron de la radio o de alguna tienda.

—No sé, de la cabeza.

Mitsuki se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Sus ojos, marcados por esas ojeras oscuras que brillaban con una curiosidad intensa pese a no haber oído la canción.

—¿Y la letra? ¿Puedo oirla? Estoy muy interesada…
—¿Interesada? —el chico dio un salto de la silla, casi tirando el café—. ¿No eres hombre?
Ella negó con la cabeza, avergonzados hasta detrás de la nuca.
—N… no… soy chica —siempre le pasaba igual, la juzgaban por no vestirse con una falda.
—Ah perdón, es que me pareciste muy genial y fue sorprendente que sea una chica, aparte eres alta —rápidamente se disculpó.
Las palabras de él le sacaron una genuina sonrisa, después de todo, la gente que escucha Rock es más amable o eso pensó para su edad.
—Gracias… supongo —tomó la taza de café y apresuró un trago—. ¿Y la letra? ¿Puedo oirla?
Luo se sonrojó mostrando un poco de vulnerabilidad bajo su fachada despreocupada.
—Ah, eso. Son solo palabras, cosas que ves por Eastwood de noche, ¿sabes? Cuando patinamos de vuelta al orfanato, pasamos por los distritos de atrás, vemos el Parque Viretta de otra manera a la gente común y mientras ellos hablan de estrellas del cine y premios, pero allá abajo… hay otras historias.
—El Rock and Roll siempre viene de abajo, de la colisión de dos mundos, de lo que sobra. Te ayudaré un poco para que la composición sea más clara y deje de sonar tan distorsionada, aunque el sonido sucio también es bueno.
—No queremos sonar como lo de la radio —protestó Luo—. Imperfectos, como somos.
—No digo que suenes como ellos, digo que necesitan encontrar un punto, el estilo ideal y haga que la gente recuerde la canción, no solo que lo olvide. Pasar de caer a un do menor y el silencio, antes de volver a explotar, más lento, más cuidado.

Joe dibujó formas en el aire con las manos, como si estuviera escribiendo en un pentagrama. Cyan dejó de mirar su taza, observando a, hombre tan concentrado.

—Eso… tiene sentido —la de cabellos turquesa habló.
—Exacto, Cyan. Ustedes deben usar todo a su disposición, no solo hacer ruidos sino crear silencios —Joe señaló a Luo con el dedo—, antes de lanzar el incendio, contenerlo. Dejar que el fuego se expanda y apagarlo. Eso es Rock.
Mitsuki no pudo contenerse más.
Luo lo miró, sorprendido. No esperaba ese tipo de analogía y le pareció interesante su punto de vista.
—No sé. Puede funcionar, me gustó muchísimo la idea.
—Ahí está. Eso es el rock, un grito contra el olvido, un grito para decir “aquí estamos”. Eastwood está lleno de gente que grita para ser la estrella más brillante, ustedes deben gritar para recordar que existen. ¡La juventud tiene futuro! Rock and Roll!
Luo se quedó quieto y miró a Cyan, estaba aún más entusiasmado con todo esto que antes.
—Entonces… ¿cómo hacemos que todo esto funcione?
Joe se frotó la barbilla.
—Trabajemos con lo que tienen hasta ahora, no lo vamos a modificar mucho —expresó Joe, terminando su pan de ajo—, y Mitu-chan tengo un favor que pedirte. ¿Qué plataforma es la mejor para subir vídeos actualmente? Quieren grabar la canción y subirla a algún lado, ya sea con vídeo o sin.
—… uhmmm —reflexionó un momento, pensando en todas las redes sociales actuales—. Fomo y Tik Tok. ¿Tienen nombre?
—Lucky se llama nuestro dueto tehehe —Luo se rascó la nariz con orgullo—. Lo eligió Cyan.
—F-fue un nombre sin pensar mucho, una palabra que repiten en mi —apresuró a decir, casi tartamudeando.
Joe dejó la taza sobre la mesa arqueando una ceja.
—Lucky, ¿eh? No es malo. Es corto y fácil de recuerdar. La gente supersticiosa lo odiará o lo amará, no hay punto medio. Perfecto para rock.

Mitsuki frunció el ceño, clavando la mirada en un punto sobre la mesa, analizando otra vez dónde subir Take Off.

—Fomo es puro contenido rápido, treinta segundos. Si la canción pasa de los dos minutos, la cortan o la gente se desplaza, pero es perfecta para hacerse viral y Tik Tok igual, si se vuelve viral, les sale un baile estúpido encima. No es el público, aún así llega a todos.

Luo puso los ojos en blanco, agitando una mano en el aire.

—Nada de bailes. Esto no es para que unos niños hagan coreografías estúpidas. Es para... para que la escuchen en auriculares caminando de noche o en un auto viejo a todo volumen.
—Entonces… —recapacitó Mitsuki, clavándole la mirada—. Las usas para que la gente encuentre la música, pero no para que se quede ahí. Subes un fragmento, el más pegajoso, con un video simple. Ustedes dos contra una pared llena de posters, algo que no parezca profesional. Pones el link a la canción completa en la descripción.

Cyan dejó de dar vueltas a su taza vacía—. ¿Otra parte como dónde? No tenemos sitio.
Joe resopló, levantándose para recoger los platos.
—Hay varios sitios… Soundcloud, Bandcamp, incluso YouTube para el video completo y son gratis. Crean una cuenta ahora, tarda cinco minutos. El truco está en qué suben dónde. Mitsu tiene razón, en Fomo o Tik Tok atraes al público correcto en los treinta segundos que hacen que alguien se quede pegado. El estribillo lo suben con un texto que diga algo como "Tape #1" o "antes de que nos olviden". Una mamada así.
Se acercó al fregadero, dejando caer los platos con más estrépito del necesario.
—En Fomo tenemos un pequeño grupo de fans… desde que tocamos en Viretta algunas veces —susurró preocupada—, pero no queremos que la gente del orfanato nos encuentre.
—¡Eso es genial! Haremos algo para que nadie sepa que son ustedes y podemos Hashtags…. #EastwoodUnderground #Rock #NewNoise. Cosas que la gente que busca algo menos comercial encuentre rápidamente. Mi tío puede poner el QR en el mostrador de la tienda, y yo puedo pasarlo en los foros donde hablo de discos.
—Empecemos con la grabación, tiene que sonar bien… —agregó Cyan, su voz un hilo de preocupación—. La grabación, no podemos hacerlo en el sótano con un teléfono. Suena a lata.
Joe se volvió, secándose las manos en el pantalón.
—Ahí es donde entro yo. Tengo un par de micrófonos viejos, una interfaz de audio que todavía funciona. No es un estudio de los grandes, pero es mil veces mejor que un teléfono. Ya les dije que este domingo podemos empezar, dejen que limpio para el video clip de los treinta segundos, usamos el teléfono, sí.
Luo golpeó la mesa con la palma de la mano y una sonrisa desbordante en su cara.
—¡Eso! ¡Lo hacemos este domingo! Ya veremos la manera de escabullirnos del orfanato ese día, con suerte podemos tener una tarde libre.
« Last Edit: January 17, 2026, 10:38:41 AM by Miyu »

❛ 𝖳𝗁𝖾 𝗁𝗎𝗇𝗍𝖾𝗋 𝖻𝗋𝖾𝖺𝗍𝗁𝖾𝗌 𝖻𝖾𝗇𝖾𝖺𝗍𝗁 𝗍𝗁𝖾 𝖼𝗁𝖾𝗌𝗌𝖻𝗈𝖺𝗋𝖽, 𝗐𝖺𝗍𝖼𝗁𝗂𝗇𝗀 𝗍𝗁𝖾 𝗉𝗎𝗉𝗉𝖾𝗍𝗌 𝗋𝗎𝗇 𝖿𝗈𝗋 𝖿𝗎𝗇;
𝖾𝗌𝖼𝖺𝗉𝖾 𝗂𝗌 𝗃𝗎𝗌𝗍 𝖺 𝗌𝗎𝗀𝖺𝗋-𝖼𝗈𝖺𝗍𝖾𝖽 𝖼𝗎𝗋𝗌𝖾 𝖻𝖾𝖿𝗈𝗋𝖾 𝗍𝗁𝖾 𝗇𝖾𝗑𝗍 𝗋𝗈𝗎𝗇𝖽 𝗁𝖺𝗌 𝖻𝖾𝗀𝗎𝗇. ❜


Chaos Girl

Re: Act 1: Overture
« Reply #62: September 25, 2017, 11:29:54 AM »
-Como un vendaval

Aquella mañana la oficina de “Más que Pronto”, una de las revistas de prensa amarilla más vendidas del país estaba ajetreada como de costumbre. Aya, una de las reporteras encargadas de los artículos de cotilleo en cambio estaba sentada en su cubículo mirando el techo con expresión ausente. Nada. Llevaba tres números sin poder encontrar nada realmente interesante. Por supuesto, como profesional que era había podido rellenar su cuota con unos cuantos artículos curiosos, pero no había nada que hiciese hervir su sangre, que alimentase su afán de investigadora. Todo lo que ocurría era aburrido hasta puntos impensables. Necesitaba un secreto jugoso, una historia insólita, algo…

“Shameimaru, te llama la directora.”
“¿Huh?”
“Sí, parece que los últimos artículos que has publicado no han tenido la aceptación de costumbre.” Le secreteó su compañero del horóscopo.
“Oh.” Aya sólo alzó las cejas. Así que no era la única insatisfecha con todo eso. Era de esperar de la directora.

Se levantó y preparó su mejor sonrisa diplomática cuando hizo su entrada al despacho de la directora.

“Jefa, me ha llamado. ¿Qué quiere de mi humilde persona?”
“Fotos de Spiderman, ¿qué sino?”

Silencio. Después de carraspear, la mujer continuó.

“Tus últimos artículos han dejado mucho que desear, Shameimaru.”

La periodista no pudo evitar tragar de manera discreta ante la falta de tacto de su jefa. Sabía de sobra sobre su carrera de escritora fracasada, así que era consciente que volcada toda su visión crítica en la calidad de los artículos de la revista… Bueno, toda la calidad que una revista de ese tipo podía ofrecer, por supuesto.
Aya juntó ambas manos con gesto conciliador.

“Ciertamente, estos meses no ha ocurrido demasiado por la ciudad salvo un par de demandas y…”
“Shameimaru. Aprecio tus artículos más que nadie en esta revista. Son afilados, precisos y frescos. No temes represalias y no te molestas en esconder datos o nombres. Pero se nota perfectamente cuando estás motivada y cuando no, y eso es algo poco profesional.”

Oh no, sabía hacia dónde iba ese discurso y no le gustaba en absoluto. Aunque no podía protestar, todo lo que estaba diciendo era cierto.

“Pero te voy a dar otra oportunidad. La última. Te lo jugarás todo en tu siguiente artículo, será para el especial trimestral.”

Un ultimátum. Eso eran dos meses, ¿podría recuperar su motivación y escribir algo bueno en ese tiempo? Sólo podía hacer una cosa.

“No se preocupe, Señor Jameson. Tendrá esas fotos en su mesa para entonces.”
“Excelente.” Su jefa no ocultó la sonrisa cuando Aya continuó su broma. “Sólo espero resultados.”

Con una reverencia, Aya se marchó del despacho con paso ligero. Cuando pasó por su mesa sólo se preocupó por recoger su vieja cámara analógica de uno de los cajones y un bolígrafo y un bloc de notas que pudiesen caberle en el bolsillo de su camisa. Como en sus viejos tiempos de freelancer, no necesitaba nada más. Los especiales le permitían además cubrir mucho más espacio con ese tiempo. Y sabía perfectamente a dónde debía ir a buscar inspiración. Allá donde los jóvenes sedientos de fama y los artistas veteranos perseguían sus sueños.
Sacó su Smartphone y deslizó el dedo por la pantalla sin dejar de caminar hacia el aparcamiento, ya fuera del edificio. Con una sonrisa triunfante mandó el mensaje antes de subir a su moto, colocarse el casco y salir a toda velocidad. Con un simple “Voy para allá”, Aya Shameimaru salió a la caza de la noticia.

---

“…No me puedo creer que venga a cobrarse el favor justo ahora.”

Mirando por la ventana de su despacho, Ange suspiró. No era que no quisiese ayudar a Shameimaru, le debía muchísimo en realidad. Fue ella quien desenmascaró a aquel tipo que pretendía arrastrar a sus niñas a hacer videos adultos de manera ilegal con una impecable investigación en cubierto y un artículo que podía haberla puesto en el punto de mira. Si la ponía a ejercer de fotógrafa para la agencia seguramente ni siquiera sufriese pérdidas reales, sino todo lo contrario. Pero tener a esa periodista cerca significaba que las noticias vendrían solas. Sin hacer diferencia entre buenas y malas.

Y justo ahora su pequeña Ako acababa de conseguir un contrato para una teleserie musical para niños. Lo que menos necesitaba era un escándalo rodeando su agencia, ahora que tenía entre sus manos a la futura Hannah Montana de la generación que venía. Pero tampoco tenía modo de detener a la reportera. El mensaje no era siquiera una petición de ayuda, era un aviso porque no aceptaba un no como respuesta. Se conocían demasiado bien a esas alturas de la vida.

Tras recoger su teléfono y dejarle la nueva ubicación de la agencia, Ange revisó su horario por la tarde. Yoga. Perfecto, saludaría al Son con toda su rabia acumulada. Guardó el teléfono en su funda dorada y pulsó el botón del interfono para hablar con su secretaria. Debía tomar algunas medidas.

“Haz que Ako venga en cuanto tenga un hueco en su agenda.”
“Por supuesto, señorita.”

Antes de que la comunicación se cortase pudo escuchar una suave melodía de fondo en la oficina de la secretaria. Era la canción de debut de Ako, Marina de Agosto. Aunque el tono jovial y desenfadado de Ako estaba dirigido a una audiencia más joven, la canción había resultado un éxito sorprendente también entre la audiencia adolescente y un sector específico de hombres adultos que parecían demasiado interesados en su peinado, llamándola Ako-nyan… Más motivos para alejarla de cualquier escándalo o sería comida de esos pervertidos… No, no lo permitiría. En su agencia protegían a las jóvenes promesas, era su lema. Si querían exudar sensualidad y cantar letras provocativas podían hacerlo sin ningún riesgo, si deseaban una imagen moderna y alternativa, les ofrecían medios para moverse por los círculos adecuados. Si como Ako, querían divertir e inspirar a los niños, ella misma caminaría por brasas al rojo vivo por ella y por su audiencia. Nadie podría detenerla, ni siquiera Shameimaru, por mucho que le debiese. De ser necesario estaba dispuesta a sacar a Ako de allí hasta que todo eso pasase.

Pero, ¿A dónde podría llevarla? Seguro que no querría dejar de trabajar además… Si preparaba una gira por las afueras, o pedía que primero rodasen las escenas en exteriores de la serie…

“¿Eh?”

El hilo de sus pensamientos se vio interrumpido por una imperiosa llamada en su puerta. Parpadeó sorprendida, era imposible que Ako hubiera hecho un espacio en su agenda tan rápido, y no creía que Shameimaru estuviera tan cerca cuando le mandó ese mensaje…

“¿Adelante?”

Frente a ella se encontraba una menuda jovencita rubia con unos ojos verdes que destelleaban confianza. No pudo evitar sentir que quizás ese día no tendría que haber ido a trabajar.


Othinus

Re: Act 1: Overture
« Reply #63: September 30, 2017, 07:09:48 PM »
Gracias cosa  :'( <3



Eligió una tela llamativa para un nuevo vestido,  traía su color favorito y patrones cuadrados. La tomó de la tienda y salió disparada hacia el instituto,  aún debía cortar los moldes,  la tela y coser.  Le hacía dar vagancia el solo hacer una lista mental de todo ello. 

Aún debía encontrar modelo y como iba todo,  aún no podía. ¿Dónde estaban los chicos glamurosos o estrellas en ascenso? Suspiró y llegó a un semáforo.

Cruzó mirada con un chico del otro lado de la calle.  Él tenia que ser perfecto.  PERFECTO.  PER FEC TO,  P E R F E C T O…

Seguía con la vista en él,  la tenía clavada.  Una estatura promedio de uno ochenta,  músculos levemente marcados,  una piel caucásica,  con un cabello negro oscuro y facciones masculinas.

El aparato se puso en verde y ambos avanzaron. Ella tenía que atraparlo,  ese chico debía de ser su modelo,  lo decidió.

“¡Ahh!“ tartamudeó con dificultad mientras el entrecruzamiento se hacia inevitable. Erio pensó rápido algún plan para conocerlo e instintivamente terminó siguiéndolo.

El chico parecía cargar algunas bolsas y su mochila tenía un gran peso.  Comparada con el bolso Dior que traía,  a medias,  vacío,  el sujeto era simple. 

Él avanza dos pasos y ella medio,  era cautelosa en no levantar sospechas ni la atención. 

“¡BUENOS DÍAS YOH!” gritó un chico y Erío le agradeció,  pudo descubrir el nombre de aquel perfecto Adonis. 

“Buenas” respondió secamente y ambos se quedaron hablando en una banca de un parque.  Erío por su parte comenzó a tomar fotos con la cámara del celular,  sobre todo a su objetivo,  codigo: Yoh. 

El grupo pronto comenzó a ser cada vez más grande y decidió buscar algún café al paso,  para,  al menos,  no ser tan directa en cuando a su misión. 


El tiempo parecía ir lento y cuando menos lo espero,  quedó dormida con el café en manos sobre un asiento, escuchando las tenues risas de aquel grupo de amigos de Yoh.  Quería conocerlo pronto y pedirle que la ayudara con el desfile, su apariencia destacaba entre todos.

Las cosas de Erio rodaron por el suelo,  incluso el móvil que traía, había sido descuidada y de fondo puso una foto de Yoh con el grupo de él. 

“Ek” dijo uno de los chicos al ayudar a levantar las pertenencias de la chica.  “Tiene una foto de Yoh”.   
Yoh miro a la chica,  se percató que la había visto antes,  en un cruce.  No podía creer que lo espiaran, no así de fácil. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Yoh.  ¿Ahora? 


Los ojos de Erio comenzaron a abrirse y el azul profundo lo atrapó,  sintió como su alma era leída. 

“¡TÚ!” gritó sin darse cuenta y lo sujetó del brazo.  “Se mi modelo”.

Yoh giró y trató de marcharse sin éxito.


Yukari

Re: Act 1: Overture
« Reply #64: October 31, 2017, 06:01:48 PM »
El local abría sus puertas a las nueve de la noche, sólo quedaba hacer cuentas y el presupuesto de lo que debían recaudar en el día, la parte más tediosa desde siempre; sin contar tener que soportar a clientes y la sonrisa estúpida de ellos intentando coquetearle. Idiotas.

La noche iba a ser un éxito, siempre lo era y es que Seven Heaven era de los puteros y discos más famosos de Eastwood.

Ranmaru se sentó y sacó el cuaderno de contabilidad, suspiró. Otro día a salvo y en dónde podía comer carne de desayuno, porque lo haría. ¡Ahhh, quería cerdo asado y pescado de la mejor calidad!

—¡Te lo estoy diciendo, hombre!

Intentó hacer oído sordo a la voz de fondo, la de su mejor amigo, concentrándose en los números y la cantidad de cerveza que necesitaría. Repasó una y otra vez los nombres, marcas y modelos que necesitaba y los que pediría a su suministrador. 

—¿Qué es Velfarre?  —pregunto una de sus promotoras.
—Una disco parecida a esta, claro, esta es muchísimo mejor —respondió otra—. Aquí tenemos chicas internacionales.
—No le veo lo sorprendente —le miró de mala gana otro que pese a ser de la zona de Roppongi, nunca había visitado Velfarre.

Velfarre… Ranmaru recordaba el lugar como poco agraciado. Era un sitio mundialmente reconocido; no lo discutía y entraba con regularidad en portadas de revistas o notas como de los mejores lugares exclusivos, donde solo un puñado de gente entraba y no precisamente famosos. Una visita obligada para extranjeros y residentes, claro, si dejaban tu ingreso. Normalmente se decían de filas de cuadras enteras para colarse dentro de la discoteca y aun así, podías esperar por horas o días y los bouncers o “gorilas” te impedían el paso.

También se escuchaba mucho de una tal Lilith.

—¡¿Cómo?! —preguntó uno formando una especie de cuencos simulando ser pechos—. ¡Tendrás el castigo divino de la pechonalidad
—Soy copa  C y D —expuso con su cara roja como tomate la promotora.

Ranmaru quería morirse, estas charlas tan triviales para nada eran de su agrado y suspiró con pesadez. Menudo grupo de idiotas había formado para trabajar. Él ejercía la profesión de barman y los demás solo se ocupaban de ser promotores, limpiar, bailar y dos más eran igual que él. Seven Heaven tenía que mostrar calidad y soberbia ante sus clientes y cada uno de sus treinta empleados tenía una tarea única, una que sólo ellos podían realizar.

―La fila ya comenzó ―sentenció un recién llegado―. Ya hay muchas personas allí fuera.
―Que siga así, recién dejen entrar a diez a las nueve y media ―ordenó el jefe, Ranmaru―. Todos vayan preparándose.


Chaos Girl

Re: Act 1: Overture
« Reply #65: December 31, 2017, 07:27:32 PM »
Después de un par de meses de terrible vida real IM BACK!! o7

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“¿Estás bien?”

Ninurta observaba a su mejor amiga con preocupación. Llevaba más de dos horas en la cama con la cara contra el colchón sin mover ni un músculo como si estuviera muerta. El que no pudiese notar su respiración en esa posición hacía además que la idea pareciese mucho más plausible a medida que las horas pasaban.

Al principio había decidido dejarla estar. Después de todo la directora de esa agencia ni siquiera se había molestado en escucharla a pesar de los esfuerzos que habría invertido para llegar a su despacho. Al no aparecer en su agencia sin cita previa ni referencias simplemente les había echado sin miramientos. La frustración inicial había pasado a un desánimo terrible para el momento en el que habían llegado al apartamento, pero también estaba seguro de que ya con este tiempo Nero ya debería estar repuesta y con nuevos planes…

¿De veras esta vez iba en serio?

“Nero, he preparado algo de comer… ¿Y si discutimos lo que haremos ahora mientras almorzamos?”

Extendió su mano para tocar el hombro de su amiga con delicadeza, a lo que ella murmuró algo amortiguado por el edredón nórdico de su cama. Bueno, con eso al menos podía saber que aún seguía viva.

“Vamos, he hecho estofado.”

“…” La chica por fin se dignó a moverse para mirarle a la cara. “¿Lleva patatas?”

“Por supuesto que lleva patatas, sé que es así como te gusta.”

Con aquello Nero se estiró perezosamente cual gatito y se incorporó con lentitud.

“Sigo queriendo morirme.”

“Claro, espera a que comamos antes de hacerlo.”

Al parecer, todo era fruto del hambre.

Una vez acabados los platos de comida, Nero golpeó la mesa con la palma de la mano. Ninurta, que estaba sirviendo algo de café, tuvo que hacer malabares para que aquello no acabase en una tragedia con quemaduras de tercer grado.

“Tengo una idea.”

“Ah.”

Nin dejó con cuidado la cafetera en la mesa auxiliar que tenían al lado de la principal, había tenido una premonición horrible al escucharle decir eso. Era bueno que no siguiese hundida pero eso no significaba que lo que viniese después tuviese que ser algo mejor.

“Te escucho”

“Ya que no nos atienden cuando vamos a la oficina, ¿y si nos presentamos en un rodaje?”

…Oh, no.

“¿No sería mejor concertar una cita antes de llegar a tomar esas medidas?”

“¡Perderíamos demasiado tiempo, Nin! Hay que atacar antes de que levantes murallas.”

“…”

Creía que se trataba de mostrarles tu talento y atractivo, pero parece que ya es algo personal.

“¡Hoy nos prepararemos para el ataque y mañana cargaremos de frente!”

“¿Ya sabes dónde estarán trabajando mañana?”

“¿Eh?”

Silencio. La sonrisa de Nero tiembla por una décima de segundo, pero es suficiente tiempo para que el chico se dé cuenta de que efectivamente no tiene ni la más remota idea.

“¡No puede ser tan difícil de encontrar! Si me pongo a investigar ahora, lo tendré en menos de lo que imaginas.”

“¿Sí? ¿Puedo dejarlo en tus manos? Esta tarde me apetecería salir a conocer un poco la zona donde vivimos ahora.”

“¿Oho?” La rubia sonrió con complicidad. “Es cierto, nunca habías visitado este barrio. ¿Quieres algunas recomendaciones?”

“Quizás la próxima vez. No quiero distraerte de lo que tienes que hacer ahora.”

“Entiendo…” El puchero de la chica hizo a Ninurta sonreír esta vez. “Bueno, no hay nada que pueda hacer al respecto. Pero la próxima vez seré tu guía.”

El chico asintió aliviado. Al menos esto era señal de que se estaba tomando el tema de la agencia en serio. Ante una devoción tan sincera no podía hacer otra cosa que ofrecerle todo su apoyo como amigo. Volvió a coger la cafetera para servir café para ambos.

“De todos modos si ves algo interesante mándame una foto, ¿vale? Este sitio está muy vivo y siempre aparecen lugares nuevos.”

“No hay problema.”

Los dos se sonrieron y compartieron una charla mucho más anodina con sus tazas de café con leche.

La tarde estaba siendo fría, víspera de fechas de festejos. Las calles se mantenían bulliciosas y había un flujo constante de gente circulando por ellas gracias a ello. A Ninurta le gustaba perderse entre el gentío y olvidarse de sus problemas. Fundirse con el ruido y desaparecer era lo que más le relajaba de estar fuera de su antigua casa donde la silenciosa mirada de su padre le perseguía y juzgaba en cada uno de los rincones de la casa sin dejarle un momento de descanso. Ahora se sentía libre, ligero… quizás algo vacío.

No, debía ser el frío. Mejor entrar en algún sitio para ganar algo de calor. Nero le reñiría e incluso lloraría si se llegaba a enfermar.

Después de dar un par de vueltas por calles menos concurridas algo finalmente logró captar su atención. Unos acordes de guitarra acústica se filtraban entre la gente, dejando escuchar una melodía que de algún modo le sonaba nostálgica aún si estaba totalmente seguro de que no la conocía. Siguiendo el sonido acabó frente a una puerta de madera que daba a un callejón vacío. Algo dentro de él se revolvió, como si sintiese que algo importante le esperaba al otro lado. Se parecía a las premoniciones de problemas que sentía con Nero, pero no podía ignorar aquella canción. Simplemente no podía.

Tomó aire y atravesó el umbral.

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Y con esto vuelvo a la acción. CON GANAS Y FUERZA o9


Othinus

Re: Act 1: Overture
« Reply #66: December 31, 2017, 07:45:32 PM »
La inactividad me atrapo YOy, reinicio la historia

Viaje.


El viaje desde Tokyo hasta Eastwood fue largo, el playlist de Erio se reproducía una y otra vez, primero había sido un pequeño viaje en avión hasta las costas del lugar y luego un viaje interminable con su abuelo hasta la despampanante ciudad. Allí estudiaría diseño y confección, su sueño de ser diseñadora de modas parecía cada vez más real y palpable de cuando hacía los atuendos para las obras escolares y la elogiaban por ello.

Le sonrió al abuelo y pegó la cara contra el cristal de la ventanilla del asiento de pasajeros, el paisaje tan vacío le producía una extraña sensación… ¡WI-FI! ¿Por qué una ciudad como esa tenía tan mala señal a las afueras? Suspiró y golpeó la frente contra el cristal. ¡CARAJO!

“Ya casi llegamos” la tierna sonrisa del ancianito calmó a la peli turquesa.
“SIIIII” le contestó simulando enojo para luego reír. “Mis padres quedaron muerto diciendo ‘Erio no irá allá’ y que me defendieras, abuelo. Gracias”
“Bueno es mi trabajo hacerlo” expresó el hombre y continuó manejando.

Pronto las luces de neon de la noche viva de Eastwood resplandeció en el vidrio principal del coche y Erio abrió los ojos como platos. TODO TAN MAJESTUOSO Y SUBLIME.

“Es como Las Vegas o una ciudad que nunca duerme pero es bastante tranquilo, puedes encontrarte con tantas estrellas y estrellas en ascenso en cada ámbito” expuso él y ella asintió como niña pequeña, oyendo las explicaciones del nono. 

“Quiero ir a Starbucks y comprar varias cosas, abu” suspiró y miró fijamente hacia delante. “Quizás a Burger King también o algún lado vegano”.
Como quería hacerse un hueco entre las modistas, necesitaba hacer lo que gente popular hacía y ello era eso, en Tokyo solía visitar Roppongi o Shibuya, vestirse con las mejores prendas y aparecer en Tokyo Fashion. Eso le encantaba, ser fotografiada por gente que adulaba sus vestuarios aunque modelar no le parecía encantador.  Encontrar modelos para sus creaciones sería el primer trabajo de ella.
Quería a un japonés pero tan moderno y refinado, sin pasarse a lo amanerado y de mujer a una linda extranjera que contonee las caderas con avidez. <Las medidas de ambos aún debían ser definidas pero más altos que ella, sí.

“¿Cuánto falta?” preguntó ella, recordando que mañana tenía que hacer papeleo para la universidad de aquella ciudad. “NO QUIERO FIRMAR UNA PILA DE HOJAS, los tramites se deberían hacer por internet”.
“Ya casi nada y bueno, Erio, es una sola vez. Luego ya solo usarás el aula virtual para tramitajes”.

El abuelo se había venido a vivir hacía diez largos años y por alguna razón nunca oyeron de él, tenía curiosidad por saber del paradero todos estos años ausentes del viejito pero, tampoco quería meterse donde nadie le ha llamado.

“Siempre tan relajado”.
“La vida es corta pequeña Erio” siguió conduciendo.


Apple

Re: Act 1: Overture
« Reply #67: December 31, 2017, 10:07:38 PM »
This was a mistake X2 ;_;
« Last Edit: July 30, 2018, 08:27:21 PM by Apple »


Nite

Re: Act 1: Overture
« Reply #68: January 31, 2018, 09:49:30 PM »
Shiemi llevaba, para lo que ella era una hora, ocupando una mesa de Starbucks. Con una dona a medio comer y un par de migas sobre la mesa, se sostenía la cabeza por las sienes... pensando.

-Se la ve bastante concentrada-
Durante todo el tiempo que estuvo esperando en fila se había estado atento a a la rubia. Siempre la veía de arriba para abajo, de aquí para allá; con una sonrisa en la cara. Por eso era extraño verla tan seria, incluso con el ceño fruncido.

Le dejó un café sobre la mesa como ofrenda de paz, a lo que Shiemi gruñó en descontento "ya te dije que no quiero nada" se quejó.
"Pues con esa actitud me sorprende que no tengan clientes"
Regreso a ver al rubio, sorprendida, porque nunca lo había escuchado hablar. Es más a penas lo conocía, "disculpa... ¿nos hemos visto antes?"
"... es broma?"
"..."
"Trabajo debajo tuyo. La tienda de vestidos de novia"
Shiemi asintió, pretendiendo entender.
"Argentine"
"No"
"Sí"
Rió nerviosa, y con un ademán tomó el caso, probando el amargo cafe que por poco devolvió por el amargo sabor.
El rubio se autoinvito, y con cara de pocos amigos se sentó frente a ella. Le quitó el café que tan amable le había ofrecido y se lo bebió completo, para seguir con el suyo después. "¿O me vas a decir que nunca te has fijado en la gran tienda con luces y maniquíes por la que pasas todos los días antes de subir a tu piso a zapatear y mover muebles?"
"No zapateamos ni movemos muebles... estamos en proceso de remodelación"
"¿Durante 3 meses?"
"Una remodelación lenta" suspiro "espero no espantar mucho a tu clientela"
"Los muchachos lindos que suben por tu escalera valen la pena" admitió con descaro.  Más de un par se había confundido y habían terminado en su tienda, rodeados de futuras novias y sus emocionadas damas de honor; que chillaban cuando escuchaban que venían por una entrevista de modelaje.

"¿Mal día?"
"Pésimo día"
Suspiro Shiemi deshaciéndose en su mismo puesto.
Prácticamente se había ido a instalar a la cafetería después del mensaje de Izaya temprano por la mañana: <<Ni se te ocurra ir a la oficina>>, eso, sumándole a un correo que Hitagi Senjohara, LA Hitagi Senjouhara, le había enviado. Un correo extenso y detallado en donde ella hablaba en nombre de su empresa, específicamente, la sucursal que ella estaba manejando.
"Oh, entonces por fin van a cerrarlos? Me vendría muy bien ampliar un segundo piso" comentó Argentine como si nada.

Shiemi lo miró furiosa. Tomó sus cosas y empezó a irse.
Un simple comentario y le había hecho hacer lo que ella no había hecho en toda la
Mañana: ponerse de pie y cambiar de cara.
El rubio se sonrió victorioso y le sigui con paso firme "oh vamos! Estaba bromeando, bueno no, me vendría muy bien un segundo piso, pero vamos. No era como si 'de verdad' pensaras que podías con esto" se lo había escuchado a Izaya muchas veces, y por más idiota que este fuera, estaba seguro que no se había atrevido a mencionarlo en cara de su adorable secretaria.
"No tienes ni un debutante"
"Cinco!"
"¿Que?"
"¡Tengo cinco!" Le gritó furica.


Miyu

Re: Act 1: Overture
« Reply #69: April 30, 2018, 05:15:08 PM »
4.3. # Take Off

Mientras la charla seguía en el comedor, palmas se oían desde abajo, en el negocio, con gritos llamando a Joe. El ruido cortó la conversación de los cuatro y dejó un silencio incómodo después de haber estado charlando tan motivadamente. Joe miró a sus invitados, dejó la taza sobre la mesa y sonrió con nerviosismo.

—Lo siento chicos, el trabajo llama —les sonrió, mientras se levantaba—. Volveré pronto, sigas desayunando en paz.

Pidió perdón en voz baja, explicó que atendería un momento y prometió volver enseguida. Bajó los escalones de dos en dos, todavía con la camisa arrugada del desayuno.

La tienda estaba abierta de par en par y un hombre golpeaba el mostrador con impaciencia, rodeado de guitarras colgadas, pósteres viejos y amplificadores que ya solo eran adornos.

—Hola, no esperaba verte tan temprano.
—¡Por fin! Llevo quince minutos aquí. ¿Así se atiendes en Eastwood?

 Joe saludó con educación y preguntó qué ocurría. El cliente soltó una risa seca y señaló la caja. Dijo que llevaba rato esperando, que en Eastwood nadie perdía tiempo, que dejar un local sin vigilancia era una invitación al desastre. Joe escuchó sin interrumpir, inclinó la cabeza y pidió disculpas otra vez.

—Mis disculpas más profundas —dijo Joe, inclinando levemente la cabeza—. Estaba arriba. No hay excusa para mi descuido.
El cliente respiró hondo, su enojo se enfriaba ante la formalidad inesperada y que, en realidad, se conocían de hacía años.
—Allá, en tu país, Joe, esto no pasaría. La gente tiene honor, acá la gente te robará en un instante, Joe.

Joe asintió, sus ojos escanearon la tienda intacta en un segundo, realmente nadie estaría interesado en robar una tienda que apenas llegan clientes.

—En Japón, el error también sería mío, pero Eastwood no es Kioto. Aprender las reglas de una ciudad es importante cuando se es nuevo y, he vivido más de veinte años acá, ¿sabes? Japón no es Eastwood y Eastwood no es Japón —concluyó, con una sombra de sonrisa.
—Adaptarse, ¿eh? —el hombre resopló, su gesto se suavizó y señaló un vinilo tras el cristal—. Ese CD, el de The Stooges, supongo que por las molestias el precio también se adapta.
Joe siguió el gesto, tomó el disco con cuidado.
—Por las molestias, el café puedo dartelo gratis, el disco cuesta lo que ves en la etiqueta y tengo que cuidar cada venta. El rock no entiende de descuentos y mi tienda tampoco.
Una risa áspera escapó del cliente.
—Hà, Justo. El punk, por otro lado, no perdona —extendió el dinero.
La caja registradora sonó en el momento en que Joe marcó la compra y depositó el billete del cliente, luego le dio el cambio.
—Vuelva pronto —musitó Joe, guardando el efectivo—. La tienda estará atendida.

El hombre salió, la campana de la puerta repicó y Joe permaneció detrás del mostrador con una mano en el vinilo restante.

Joe observó cómo la puerta se cerraba y la espalda ancha del hombre, envuelta en cuero negro y algunas tachas relucientes ante el sol matutino de Eastwood. El eco del comentario del cliente aún resonando en su mente, sin entender si era una queja, sugerencia o simplemente quería un descuento, que, por supuesto, no le iba a dar tan fácilmente, la caridad no existe en un local que se mantiene apenas a flote. 
“Japón no es Eastwood", sus propias palabras volvían a él. Tenía razón, por supuesto, pero también se equivocaba. El honor depende de cada persona, es más que nada una elección y así como hay japoneses honestos, también hay los que cometen crímenes y fraudes, él recuerda más casos de los que quiere admitir. Con un suspiro, reacomodó el póster de los Ramones que se despegaba de una esquina y subió de nuevo la escalera, listo para reanudar el desayuno interrumpido, de alguna manera esos chicos lo entendían mejor que los adultos.
Pero justo cuando su pie pisaba el primer peldaño, la campana de la puerta volvió a tintinear.

Un hombre mayor, con una chaqueta a cuadros de leñador y un gorro de lana a pesar del calor entró con parsimonia; sus ojos, ocultos tras gafas hípsters anchas y grandes, escudriñaron los estantes rápidamente, parecía un coleccionista o algo similar, al menos traía dinero, sus zapatos de cuero elegante decían todo. El tipo de cliente con el que Joe no quiere cruzarse, aunque pagan y precio completo, sin regatear, contuvo un suspiro y, con una sonrisa profesional que era mitad disgusto, mitad bienvenida, volvió detrás del mostrador.

—Buenos días —saludó el recién llegado, ya cansado de no poder hallar lo que hace meses busca—. Buscaba algo… específico. No sé si lo tendrán aquí.
—Es una tienda de Rock, a veces Metal. Nuestro repertorio es completo, aunque nos especializamos en los años sesenta a noventa, un poco del dos mil —respondió Joe, apoyando las manos en el mostrador de vidrio—. ¿Qué buscas? ¿En qué formato?
—Vinilo. Siempre vinilo.

Joe asintió, comprendiendo perfectamente. Se conocían de vista; el hombre, cuyo nombre era Lucas, un cliente habitual, un cazador de rarezas con el que rara vez habla. La tensión del incidente anterior comenzó a disiparse, reemplazada por el cómodo ritual del comercio musical.

—El mejor formato, me alegra tener un conocedor —dijo Joe, guiándolo hacia la sección de clásicos—. ¿De qué década?

Lucas pasó un dedo por el lomo de un álbum de The Who. —De cuando los amplificadores tenían válvulas y las letras estaban escritas con el corazón. Del verdadero rock que se escribía en una taberna con las luces rotas y ganas de crear una revolución. Los pilares fundamentales del Rock and Roll.

Joe se apoyó en el estante, cruzando los brazos. El desayuno podía esperar. Esto era, en el fondo, la verdadera razón de la tienda.

—Los pilares… —murmuró, mirando hacia el techo rememorando cuales bandas caían en esa clasificación exacta—. Uhmm… es como preguntar por el origen del fuego. ¿Quiere la centella norteamericana o el incendio británico? Hay tanto de donde elegir o el Blues.
—Empieza por donde quieras, confío en ti. En tus gustos, Joe —instó Lucas, sus ojos brillando con interés genuino.
—Entonces hay que arrancar por el cruce de caminos. En serio y en idea, Robert Johnson aparece siempre en esa charla, aunque eso entra más en el blues, en la base de todo. Cuando se habla de rock de verdad, los primeros golpes vienen de dos lados claros…. Chuck Berry y Little Richard. Berry puso el inicio…. el du-dun-dun, du-dun-dun ese patrón que empuja la canción hacia delante y no te suelta. La guitarra dejó de acompañar y pasó a llevar el mando. Cantaba sobre autos, barrios, líos de escuela, noches largas, cosas simples con las que te podías divertir “Johnny B. Goode”. Cosas simples, directas, reconocibles, ahí empezó todo.
Joe hizo una pausa corta y siguió.
—Little Richard fue otra historia. Subió el volumen, rompió las formas, gritó sin pedir permiso, de eso es el Rock and Roll. El piano dejó de ser elegante y se volvió brusco. Hasta la imagen también cambió… maquillaje, ropa llamativa, una actitud que incomodaba, empezó la visual y la actitud. Eso abrió una puerta que nadie volvió a cerrar. El rock entendió que podía provocar y disfrutarlo, que era el camino al cambio y no algo pasajero. Después llegó Elvis… si bien no inventó el sonido, pero lo puso en todos lados. Tenía presencia, movimiento, una cara fácil de vender. Agarró ese material previo y lo llevó a la radio, a la televisión, a las casas. Sin Berry y Richard, Elvis no habría existido de esa manera. Ellos hicieron el trabajo duro. Él lo volvió enorme.
Lucas asintió, extrayendo con cuidado un vinilo de Led Zeppelin II.
—Pero el rock, el de guitarra pesada, el que sientes en el pecho… eso cruzó el océano.
—Exacto. La invasión Británica —Joe prosiguió, entrando de lleno en el tema—. Los Beatles llegaron con trajes y melenas, pero escuchaban a Berry, a Richard. Lo refinaron, le añadieron armonías de los Everly Brothers y complejidad melódica. Pero fueron los Rolling Stones los que se quedaron con la esencia cruda. Mientras los Beatles soñaban con Lucy in the Sky, los Stones cantaban sobre no poder tener satisfacción. Eran el lado oscuro, el blues sucio de Chicago pasado por el filtro grisáceo de Londres. Fueron el puente perfecto.
—Y luego vino la electricidad —apuntó Lucas.
—La guitarra eléctrica dejó de cumplir un rol secundario y pasó a mandar —mencionó Joe, con entusiasmo sincero, su entusiasmo estaba escrito en su rostro—. Ya no marcaba fondo, guiaba el compás. Clapton en Cream entendió eso rápido, Jeff Beck llevó el instrumento a terrenos raros, tensos. Jimmy Page fue más lejos y con Led Zeppelin agarró el blues del sur, lo empujó con riffs pesados y lo sostuvo con la batería brutal de Bonham. Ese sonido espeso cambió las reglas. Ahí apareció el hard rock, sin rodeos ni delicadeza.
Joe cruzó la tienda, esquivó cajas y sacó un vinilo gastado de una estantería baja.
—En paralelo, en Estados Unidos, la escena tomaba otro rumbo... The Doors no buscaban otras cosas. Morrison no cantaba canciones tradicionales, hablaba, gritaba, recitaba; todo tenía un tono oscuro, incómodo. Jefferson Airplane, Grateful Dead… el rock dejó de mirar afuera y empezó a mirar adentro. Había viajes largos, improvisación, letras abiertas. La contracultura encontró banda sonora.
Lucas soltó una risa áspera. Mencionó que estuvo allí. Nombró Monterey, Woodstock, carreteras llenas de jóvenes creyendo que algo nuevo estaba naciendo. Luego llegó el cansancio, los excesos, la distancia con el público.
—El punk apareció para romper eso —continuó Joe—. Dijo basta a los solos eternos y a las bandas intocables. A mediados de los setenta, el rock de estadios se había inflado demasiado. Ramones, Sex Pistols, The Clash recortaron todo… canciones cortas, rabia directa, mensajes simples. Fue un golpe necesario.
Joe apoyó el disco en el mostrador.
—Aun así, esa furia no surgió sola. Venía del garage de los sesenta, de los Kinks, de los Stooges, de Iggy Pop rompiendo todo antes que nadie. El rock siempre recicla su propio pasado, lo desarma y lo vuelve a lanzar con otra cara.
La conversación fluyó así durante más de una hora, saltando de bandas a solistas, de géneros a anécdotas. Lucas habló de ver a Hendrix prender fuego a su guitarra en un club diminuto; Joe contó cómo, de adolescente en Osaka, había descubierto a Deep Purple a través de un casete pirateado y cómo ese sonido le había hecho sentir, por primera vez, una conexión feroz con algo más grande que su barrio.

Hablaron de la voz desgarrada de Janis Joplin, del genio arrugado de Tom Waits, de la narrativa cinematográfica de Springsteen, del blues renovado de The Black Keys. La tienda se transformó en una cápsula del tiempo, donde Highway to Revival sonaba en la los parlantes a un volumen bajo, como banda sonora del debate y anécdotas de dos viejos conocidos.
—¿Y aquí, en Eastwood? —preguntó Lucas al final, señalando las paredes cubiertas de pósteres y madera gastada—. ¿Qué queda de todo eso?
Joe miró alrededor sin prisa. La tienda ya no tenía el brillo de otros años, pero seguía en pie. Los amplificadores viejos, las cajas con discos usados, el olor a polvo y cartón, todo seguía diciendo algo, todo era parte de él y del Rock que tanto ha amado desde adolescente.
—Queda esto —respondió—. El lugar. Antes la gente entraba buscando un single nuevo, ahora entra buscando otra cosa. Un disco que tuvo alguien, una portada marcada, una historia detrás. El rock clásico dejó de mandar, pero no desapareció, se volvió base…. está debajo de todo. Aparece en un riff sucio, en una banda de garage tocando fuerte, en letras que todavía se plantan contra algo. Cambió de forma, se transformó, como nosotros.
Joe apoyó la mano sobre el mostrador.
—Mi trabajo es guardar parte de eso. No salvarlo, solo cuidarlo, para que alguien venga, escuche, recuerde, se emociones… como yo, descubriendo algo nuevo, una parte del alma del mundo. No hace falta más.
Lucas pagó un vinilo de Astral Weeks. Al guardarlo en la bolsa parecía otro, caminaba derecho, con la cabeza alta, después de esa charla que lo llevó a sus días de gloria no podía estar más orgulloso de la música que ama y amará hasta su último respiro.
Joe finalmente subió al piso de arriba, sus invitados ya habían terminado de desayunar y le dejaron una taza de café frío. Se sentó un momento. La frase del primer cliente volvió a su cabeza… dijo que la gente no era honorable. Tal vez no siempre, pero Lucas no vino a aprovecharse ni a apurar a nadie. Vino a buscar algo que le importaba, eso también contaba.
Eastwood no era Japón y Joe lo sabía bien. Aun así, en esa tienda pequeña, entre discos viejos y charlas largas, había encontrado una forma propia de hacer las cosas sin traicionarse. Con eso le alcanzaba.
Después de aquella charla informativa y dedicada a viejas anécdotas, Joe se sentía espléndido; haber hablado de etapas del Rock and Roll con alguien que realmente entendía el idioma de los riffs y los solos de batería era como tomar un elixir de vida totalmente revitalizante. La frustración del cliente matutino se había disipado en el aire, reemplazada por el sabor místico de la nostalgia y el análisis apasionado. Subió las escaleras con un nuevo brío, encontrando a sus invitados —los dos niños del orfanato y su sobrina— sumidos en una discusión sobre la afinación drop D.

—Perdón por la interrupción eterna —aseguró Joe, recogiendo las tazas vacías—. Vinieron dos clientes seguidos, uno que buscaba regateo y otro… con una buena charla, sobre el mundo cuando giraba diferente.
—Lo escuchamos desde aquí —dijo Luo, el baterista, sonriendo—. Tiraste tan buenos factos, frases que… ¡me emocioné mucho! No se tanto de Rcok, pero pude sentir el buen ambiente y las canciones que mencionaste.
—Solo fue una charla de dos viejos cuya gloria pasó hace años —respondió Joe, golpeándose suavemente el pecho—. Es la única mercancía que no tiene precio en la tienda.
Mientras preparaba una nueva carga en la cafetera, la campana de la puerta volvió a sonar. Un suspiro volvió a escapar de los labios de sus amigos. Joe se encogió de hombros, una sonrisa de resignación en el rostro.
—El universo quiere que hoy sea día de ventas, no de descanso —bromeó, y bajó de nuevo sin protestar.
Pero esta vez, quien entró no era un extraño, sino que era Yoon Habin, una mujer alta, voluptuosa y elegante, en un vestido ajustado de encaje negro y una gabardina marrón claro. Tenía el pelo rojizo recogido en una coleta alta y unos ojos intensos que aún tienen ese destello de mujer de alta sociedad, envuelta en alguna empresa privada de alta magnitud. Era cliente desde hacía décadas y, amiga muy cercana de Joe.

—Joe. Aún no te agradezco por haberme recogido ayer del aeropuerto. ¿Estás libre esta noche? —saludó Habin, su voz elegante y amable, aunque seductora—. Acabo de cruzarme con Lucas, hacia tiempo que no lo veía. Salía de aquí muy animado, con un vinilo bajo el brazo capaz de defenderlo que cualquier maliante. Le has dado tu discurso de los “pilares”, ¿verdad?

Joe rió, limpiando el mostrador con un trapo.
—¿Tan predecible soy? Después de tantos años supongo que solo soy un viejo que disfruta de estas charlas y Lucas también.
—Como un power chord bien puesto, hablar contigo es siempre una buena charla que hace pensar — la pelirroja se apoyó en el mostrador, mirando alrededor —. Me hiciste repasar los sesenta, los setenta, el punk… y luego todo se frena cerca de los noventa… Pero ahí no terminó nada, la historia no se detiene ahí…  Después sigue algo más algo más poderoso y decadente.
Joe dejó el trapo a un lado, Habin hablaba con una calma atractiva. Tenía veinticinco, el pelo rojo bien cuidado y una mirada que sabía sostenerse demasiado tiempo, como para atrapar a cualquier hombre en sus redes... ella estaba levantando un centro cultural dedicado a diferentes aficiones de los jóvenes y, a veces, ella se olvidaba que era una joven, como los que ella quiere ayudar.
—Para muchos de los que vienen aquí, su historia personal del rock sí terminó ahí. Con la camiseta de Nevermind o el Black Album. Es el sonido de su juventud congelado.
—Exacto —respondió la mujer, sus labios de un rojo intenso se curvaron en una sonrisita sensual—. Pero la tienda se llama “Joe’s Rock Shop” y no “Museo de reliquias anticuadas” ni “anticuario”. El Rock siempre resurge, implica que algo vuelve. ¿Qué está volviendo ahora, Joe? ¿O solo vendemos nostalgia?
La pregunta quedó en el aire y Joe miró a su amiga. No era una provocación, era una genuina inquietud.
—Es una buena pregunta —reconoció Joe, tardando dos minutos en ir a la cafetera de la planta superior y traer dos tazas con el café recién hecho y ofreciendo una a Habin—. ¿Quieres la respuesta fácil o la complicada?
—Siempre la complicada.
—La nostalgia mantiene el negocio y no voy a negarlo. Pero el Rock no es repetir… es contagiar, apoderarse, hacerlo suyo. Cuando una banda actual empuja a chicos a buscar lo que vino antes, ahí pasa algo. No es limpio ni perfecto, pero conecta.
Joe bebió un sorbo, organizando sus pensamientos y sobre todo, la música que tanta alegría le había traído por años, incluso cuando su hermano falleció dejando a Mitsuki a su cuidado.
—La gente compra el vinilo para comprar un pedazo de mil novecientos setenta y tres. Pero el Rock… el revival es más sutil. No se trata de que los chicos lleven camisetas de Zeppelin; se trata de que una banda como “Greta Van Fleet ”, aunque suenen a calco, haga que miles de adolescentes busquen el original.
—¿Y aquí, en Eastwood? —preguntó Habin, tomando con elegancia un sorbo de café, mientras sus aretes largos y dorados se movían—. ¿Hay un Greta Van Fleet? ¿O solo somos una ciudad de imitadores, esperando a que pase la próxima gran cosa de Hollywood?
Joe caminó hacia la sección de música local, una pequeña estantería llena de CDs autoeditados y vinilos de edición limitada.
—Eastwood siempre fue la hermana menor y cansada de Hollywood. Aquí no se copia, se traduce. Nadie inventa desde cero. Estos chicos cantan sobre alquileres imposibles, carreteras vacías, trabajos que no llevan a nada. Usan un idioma viejo para contar lo que les toca vivir. ¿No es eso Rock? Hablar de amores imposibles y coches, mientras se salta en una pierna… —señaló un EP de una solista llamada Hyuna—. Esta chica... suena a Hayley William mezclada con Joan Jett y la crudeza de Janis Joplin. No copiar el sonido, sino heredar el espíritu y usarlo para contar tu propia historia.
Habin volvió a sonreír, esta vez con más lentitud, examinando la portada barata del EP.
—¿Sabes quién es Hyuna? —preguntó Habin, sin apartar la vista del EP.
Joe tardó un segundo en responder y ladeó la cabeza, curioso.
—Solo por lo que suena —contestó—. Viene algunos sábados a dejar álbumes y se va, parece una chica muy enérgica y eso me gustá. Me recuerda a mí en mis timpos de gloria.
Habin soltó una risa baja, breve.
—Hyuna Yoon —aclaró—. Mi hermana menor.
Joe levantó las cejas, sorprendido, y volvió a mirar la portada como si acabara de cambiar.
—No lo sabía. ¡No se parecen en nada!
—Ella prefiere que no se sepa —continuó Habin—. Dice que mi apellido pesa y que no quiere favores, ni comparaciones, ni que nadie piense que está aquí por mí. Así que se inventó otra Hyuna, más rebelde y simple.
Joe apoyó el álbum en el mostrador con cuidado.
—Tiene carácter y eso no se inventa en este género.
—No —explicó Habin—. Tampoco la rabia. Eso viene de casa, de ver cómo los adultos prometen cosas que no cumplen, de adultos que no saben proteger los sueños de sus hijos.
Joe entendió entonces el filo detrás de la sonrisa, la paciencia forzada, el impulso de proteger a otros jóvenes, de querer que ellos logren sus sueños.
—Tu hermana canta con bastante rebeldía —comentó Joe, apresurando otro trago de café—. Resistencia de alguien que verá sus metas cumplidas, aún si sufre en el camino.
Habin lo miró más seria que nunca.
—Y por eso me preocupa. Este mundo es experto en romper a gente así o en domesticarla.
—Aquí no —respondió Joe sin alzar la voz, en su tienda siempre habría espacio para los CD’s de Hyuna, aún si no trajeran dinero y solo perdidas—. Aquí nadie le va a decir qué tiene que ser.
Habin respiró hondo y con su uña esculpida rozó el borde de la taza.
—Por eso sigo viniendo —contestó, aún debía agradecer por tantas cosas a Joe y que, gracias a él, siempre obtenía información de nuevos prodigios en la música—. Nunca cambias, nunca te dejas guiar por otros ni las modas.
Joe miró hacia la escalera, donde el sonido de una guitarra acústica y risas juveniles seguía apareciendo, pensó en Mitsuki, en los niños del orfanato que tenían su propio proyecto en manos… Lucky y Take off.
—El Rock no se apaga si hay quien esté dispuesto a sentir el calor —expresó Joe, su voz baja pero firme—. No importa si vienen por algo de mil novecientos setenta y tres o por el EP de una chica que canta en un garage. Lo que importa es que salgan de aquí sintiendo que esa música les habla a ellos. Que esa canción que dura tres minutos los refleja a ellos y el sentimiento que está difuso en sus mentes.
Habin dejó su taza vacía en el mostrador y abrió su bolso, sacando un sobre de papel grueso.
—Hablando de eso. Tengo buenas nuevas —susurró la mujer elegante, deslizando el sobre hacia Joe—. La inauguración del Centro Cultural Húngaro Ganessa es el próximo mes. Quiero que una parte del ala de música… la sala de exposiciones temporales tenga una colección que hayas seleccionado tú mismo Joe. Una pequeña muestra sobre cómo el rock local se nutre de las raíces clásicas. Quiero préstamos de tu colección, Joe… desde la primera guitarra que tuviste aquí, carteles de conciertos locales de los ochenta, los cd’s de gente como Hyuna… y tu voz, en una audioguía, contando la historia. ¿Te interesa?
Joe abrió el sobre con cuidado. Dentro había un diseño elegante y un programa preliminar, dónde estaba el pequeño museo del Rock local.
—Habin esto es… demasiado,
—No me digas que no —lo interrumpió ella, levantando una mano—. No se trata de "honor" ni de "deber". Se trata de que tú eres la memoria viva de esto, Eastwood puede que no sea Japón, pero sabes lo que hay en estas calles. Quienes se han esforzado desde el lodo, viviendo al límite, para triunfar. Como Shibari.
Shibari nació de un error y de una huida. Su guitarrista principal, Eiji Kumara, había pasado años persiguiendo éxito rápido, mezclando riffs con fórmulas fáciles, dejando que el rock se diluyera hasta volverse un producto comercial, listo para sonar en cualquier anuncio. Hubo giras vacías, excesos mal entendidos y una sensación constante de haber traicionado algo importante. Cuando todo se vino abajo, desapareció sin avisar. Vendió instrumentos, rompió contratos y se alejó del ruido. Joe sabía la historia de Eiji porque había nacido en las mismas calles Under que él y los mismos bares de mala muerte.
El regreso no fue inmediato, Kimura pasó años en silencio, trabajos menores y noches tocando solo, sin público ni contratos. En ese tiempo volvió a escuchar discos viejos, no para imitarlos, sino para recordar por qué había empezado. En dos y once, ese proceso tomó forma y nombre… Shibari. Canciones tensas, guitarras ásperas, letras secas. Nada de concesiones.
Con el tiempo, Shibari se convirtió en una banda completa, marcada por esa historia de caída y regreso, antes Eiji se interesaba en la escena internacional pero después de su regreso quiso consolidarse en Japón, ya nunca buscó grandes escenarios, prefirieron salas pequeñas, sonido directo y público cerca. Su música no pedía perdón ni explicaba el pasado, mostraba el futuro.
En ese momento, Mitsuki, la sobrina de Joe, bajó los escalones con suavidad. Tenía unos doce años, el pelo negro corto y unos ojos vivaces que todo lo absorbían.
—Joe, los chicos quieren saber si tienes ese disco… el de la banda que suena rara —musitó, sin reparar al principio en Habin. Luego la vio y se ruborizó ligeramente—. Oh, hola, señorita Yoon. ¿Cómo ha estado? Oí de mi tío que ayer la fue a buscar al aeropuerto.

—Hola, Mitsu-chan —respondió Habin, con un tono más dulce para ella—. He ha ido bien, estuve un par de meses en New York y los Ángeles, Traje muy buenas historias, para cuando las quieras oír.
—¿The White Stripes? —aclaró Joe, riendo—. "Elephant". Está en el estante de a la derecha.
—Me encantaría oir tus historias, Habin-san. Estoy segura que serán muy entretenidas.
Mitsuki sonrió y se dirigió rápidamente hacia allí, lanzando una última mirada curiosa a la conversación de los adultos.
—Mitsu-chan también es el futuro del Rock —musitó Habin, observando a la niña escarbar con determinación entre los discos—. Tienes que enseñarle bien y ser un buen guía para ella, Joe.
Joe miró el sobre, luego a Mitsuki, luego a la sección de música local donde el EP de Hyuna descansaba. Sintió la responsabilidad, pero no era una carga, era el mismo peso familiar de una guitarra colgada al hombro. Un peso que prometía resonancia.
—De acuerdo —canturreó Joe, finalmente—. Ayudaré con el museos, pero con una condición.
—Dime.
—Que la sala tenga, en un lugar prominente, carteles con las figuras más conocidas del Rock, las leyendas con las que nació en Chicago.
Habin sonrió, una sonrisa ancha y real que le llegó a los ojos por primera vez en la mañana.
—Trato hecho —extendiendo su mano y Joe la estrechó de inmediato. El apretón fue firme, un pacto entre dos amigos con los mismos gustos y mismas metas, pero que se desonvolvian en diferentes ámbitos.
Cuando Habin se fue, la campana de la puerta tintineó suavemente. Joe se quedó detrás del mostrador, el sobre en la mano, escuchando el sonido de Mitsuki deslizando el vinilo de The White Stripes de su funda; el riff de "Seven Nation Army" aún no sonaba, pero Joe ya podía escucharlo en su mente, mezclándose con los acordes distorsionados de Hyuna y los ecos lejanos de Led Zeppelin. No era un caos. Era una conversación, conversación que, gracias a su tienda, a su terquedad y a su extraño honor adoptado en Eastwood, seguiría viva por muchos años más.
—¿Qué es la carta que llevas ahí, Joe? —preguntó curiosa Mitsuki.
—Habin me invitó para hacer un pequeño museo y de guía sobre el Rock, ¿vendrás conmigo? Estoy seguro de que a ella le encantará tenerte cerca.
—¡Claro! Suena muy interesante y también podríamos invitar a Luo y Cyan.
Joe miró el sobre y luego a Mitsuki. —Sí, claro que pueden ir. Será más divertido.
En ese momento, Luo y Cyan bajaron las escaleras.
Luo se estiró para quitarse la pereza.
—Joe, con todo el ruido de abajo, se nos fue la mañana. ¿Hay algo para comer aquí o vamos a algún lado?
—¡Luo! —Cyan de inmediato le dio un codazo a Joe—. No nos podemos aprovechar de la amabilidad de la familia Koga.
—Peroooo, Santa —Luo protestó, sus tripas sonar un poquito y eso hizo que el adulto del grupo se riera.
Joe iba a responder cuando su mirada cayó en el mostrador., donde antes estaban los dos CD’s que Habin había estado mirando, ahora solo quedaba el polvo marcando su silueta. Parpadeó. Revisó el cajón debajo, pensando que quizás los había guardado sin darse cuenta. Nada.
—¿Joe? —preguntó su sobrina.
—Un segundo —dijo Joe, y empezó a revisar todos los lugares, aunque sabía que era inútil. Un hilo de incomodidad le recorrió la espalda. Habin se había ido con los discos., sin pagar.
Mitsuki siguió su mirada.
—Tío, los discos de la señora Yoon…
—Se los llevó —concluyó Joe, con una mezcla de incredulidad y fastidio. Era un robo, pero tan absurdo que no cuadraba. Habin Yoon, una mujer adinerada  robando dos discos de diez dólares.
Cyan y Luo no dijeron nada, los miraron expectantes. 
—Joe es muy distraído con mujeres, ¿quizás por eso? —concluyó Luo con una sonrisa.
—¡Luo! —otro codazo—. Tal vez solo se distrajo —sugirió Cyan, aunque no parecía convencida.
La puerta de la tienda tintineó al cerrarse. Joe se quedó un momento en la acera con las llaves aún en la mano. El sol del mediodía golpeaba el pavimento, levantando un calor visible. Mitsuki, Luo y Cyan lo miraban, esperando, mientras tanto una charla tribal de niños sucedía entre ellos.
—¿Entonces? —preguntó Luo entusiasmado.
Joe metió las llaves en el bolsillo de su chaqueta.
—¿Conocen el Xialin Noodle House? Dicen que sus fideos son una caricia al alma. El lugar favorito de Mitsuki —los dos chicos del orfanato miraron con curiosidad.
—Nosotros hemos ido al Mc, nunca a una tienda de fideos —Luo seguía con el mismo ánimo—. ¿Nos invitarás, viejo?
Joe se rió un poco.
—Sí. Sí. No me llames viejo.
—¡LUO! —Cyan lo tiró del brazo para callarlo.
—Está bien Cyan, no tienes que ser formal —el señor la tranquilizó con una palmadita en la cabeza.
« Last Edit: January 17, 2026, 10:43:20 AM by Miyu »

❛ 𝖳𝗁𝖾 𝗁𝗎𝗇𝗍𝖾𝗋 𝖻𝗋𝖾𝖺𝗍𝗁𝖾𝗌 𝖻𝖾𝗇𝖾𝖺𝗍𝗁 𝗍𝗁𝖾 𝖼𝗁𝖾𝗌𝗌𝖻𝗈𝖺𝗋𝖽, 𝗐𝖺𝗍𝖼𝗁𝗂𝗇𝗀 𝗍𝗁𝖾 𝗉𝗎𝗉𝗉𝖾𝗍𝗌 𝗋𝗎𝗇 𝖿𝗈𝗋 𝖿𝗎𝗇;
𝖾𝗌𝖼𝖺𝗉𝖾 𝗂𝗌 𝗃𝗎𝗌𝗍 𝖺 𝗌𝗎𝗀𝖺𝗋-𝖼𝗈𝖺𝗍𝖾𝖽 𝖼𝗎𝗋𝗌𝖾 𝖻𝖾𝖿𝗈𝗋𝖾 𝗍𝗁𝖾 𝗇𝖾𝗑𝗍 𝗋𝗈𝗎𝗇𝖽 𝗁𝖺𝗌 𝖻𝖾𝗀𝗎𝗇. ❜


Miyu

Re: Act 1: Overture
« Reply #70: June 16, 2018, 06:57:23 PM »
4.4. # Take Off

Caminaron alegres la corta distancia hasta el restaurante. El Xialin Noodle House ocupaba un local grande entre otras dos tiendas; el cristal de la ventana estaba limpio, un local cuidado con amor. Al abrir la puerta, una campanilla anunció su entrada, y una oleada de aire cálido y un aroma a especias los envolvió.
El local estaba semivacío, dos hombres con traje, los salariman, ocupaban taburete en la barra, inclinados sobre cuencos humeantes y en una mesa lejana, un anciano doblaba un periódico; en otra, tres adolescentes reían, haciendo ruido con sus latas de cangrejo.
Se dirigieron a una mesa junto a la ventana que daba a un aparcamiento. Joe se sentó de espaldas a la pared, Mitsuki a su izquierda, Luo y Cyan ocuparon el otro lado. Yu Xia, la camarera, se acercó con una sonrisa adusta, llevaba un delantal y debajo un traje formal, con falda negra en tubo y una camisa blanca. Se veía hermosa pese a su edad de más de cincuenta años
—¿Lo de siempre, Joe? —preguntó Yu Xia.
—Lo de siempre, Yu Xia. Fideos anchos, caldo oscuro, cerdo asado. Picante medio y té é caliente.
La mujer giró la cabeza hacia los más jóvenes.
—Para ellos, elige tú —añadió Joe, señalando a Luo y a Cyan—. Es su primera vez aquí.
Luo abrió la boca, pero Joe lo cortó con un gesto.
—Confía. —luego miró a Yu Xia—. Dos ramen de cerdo, caldo claro y sin picante. Que prueben primero así.
—Está bien.
—Yo quiero lo mismo que Joe —canturreó Mitsuki—, pero menos picante.
Yu Xia anotó todo en una libreta, sin levantar la vista del papel. Dio media vuelta y se alejó hacia la cocina.
—Esa mujer nunca sonríe —comentó Mitsuki, bajando la voz.
—Lleva treinta años trabajando aquí —comentó Joe, buscando un paquete de cigarrillos en el bolsillo interior antes de recordar que no fumaba dentro—. La sonrisa es un músculo, se atrofia si no lo usan seguido, pero ustedes niños no se deben preocupar.

El local olía a anís estrellado, huesos hervidos y salsa de soja. El vapor empañaba parcialmente los cristales del frente, y un ventilador giraba con un zumbido cansado en el techo.
Mitsuki alineó los palillos envueltos en papel sobre la mesa.
—Tío, esa exposición… ¿es algo grande?
—No estoy seguro, Habin tiene gustos excéntricos… seguramente será un lujar cargado en lujos, Mitsu-chan.
—No parece que vayamos a encajar ahí.
—El rock también puede ser elegante.
—¿Elegante? No sé, siempre me imagino a alguien rompiendo una guitarra o sudando sobre una camiseta rota.
Luo apoyó los codos en la mesa y Cyan estaba oyendo la conversación muy interesada en todo.
—Bueno, eso es solo una parte. Piensa en Bryan Ferry con Roxy Music. Hay un video de ellos en los años setenta donde él sale con un esmoquin blanco impecable, como si acabara de salir de una fiesta en Mónaco, pero con toda la banda detrás haciendo un ruido increíble. No necesitaban parecer "sucios" para ser rockeros.
—Ya, pero eso es casi como música de casino, ¿no?
—Para nada. Mira a los Beatles al principio; esos trajes negros entallados les daban una rebeldia que nadie tenía o a Nick Cave. Ese tipo se sube al escenario y parece un predicador que te va a leer el testamento… siempre de traje oscuro, camisa blanca abierta... tiene una presencia que te intimida.
—Supongo que es algo interesante. No estoy segura.
—David Bowie cuando hacía del "Delgado Duque Blanco". Solo una camisa, un chaleco y un cigarrillo y no necesitaba más o los de Duran Duran en los años ochenta, que parecían modelos de revistas, pero te llenaban estadios. Hay algo en esa imagen de "vengo impecable a romperlo todo" que tiene mucha fuerza. No hace falta ir de cuero y tachuelas para ser peligroso.
—Visto así... supongo que la elegancia también tiene su punto de rebeldía.
Cyan ladeó la cabeza, procesándolo todo la información que dijeron del rock, aunque ella no había escuchado a esos grupos nunca o cantantes, ni sabía quienes eran.
—O sea… ¿que alguien puede verse como si fuera a una boda y aun así hacer música Rock?
—Exacto —respondió Luo, sonriendo—. Eso es lo que lo hace más raro. Esperas una cosa y pasa otra.
—Pero… —Cyan frunció el ceño—… ¿no se supone que el rock es gritar, saltar y romper cosas?
Mitsuki, que había estado escuchando en silencio, por fin intervino, moviendo el pie con aire distraído.
—Sí, pero no siempre igual. En los noventa también pasaba eso. Mira a Radiohead… no iban vestidos como pandilleros ni nada, parecían tipos normales y aun así te dejaban hecho polvo con la música.
—¿Radio… qué? —preguntó Cyan, abriendo mucho los ojos.
—Radiohead —repitió Mitsuki—. No son elegantes elegantes como los que dice Joe, pero tampoco iban de duros. A veces la rebeldía es no encajar con lo que esperan de ti.
Luo asintió, apoyando la barbilla en la mano.
—Eso. El rock cambia de forma, aún así siempre tiene ese punto de “no soy lo que crees”. A veces es cuero y ruido, a veces es un traje limpio y una mirada asesina.
—Entonces… —Cyan sonrió despacio— ¿podría haber rockeros que parecen profesores?
—Totalmente —respondió Mitsuki, riéndose con alegría—. Y esos suelen ser los que más miedo dan cuando suben al escenario.
Cyan soltó una pequeña risa, imaginándose la escena.
—Vale… creo que empiezo a entenderlo. El rock no es cómo te ves, sino lo que haces sentir.
—Ahora sí —respondió Joe—. Bienvenida a la parte rara del asunto. El rock va contra el olvido. —Joe encogió los hombros, como si la palabra fuera demasiado grandiosa—. Las cosas desaparecen, las tiendas cierran, la gente se muda o muere. El Rock quiere dejar una marca profunda en ti, no importa como luzcan sino lo que hagan con su grupo.
Cyan se quedó muy quieta al oír eso último. La palabra muerte le pasó rozando, ella vivía rodeada de chicos que habían pasado por la perdida, incluso ella y Luo lo habían hecho… ser recordados… ¿acaso sus padres querían ser recordados?
—¿Contra el olvido…? —repitió en voz baja—. ¿Como cuando quieres que no se te borre algo importante?
—Sí —asintió Joe, más suave—. Como cuando una canción se te queda pegada aunque pasen años y ya no recuerdes dónde la escuchaste por primera vez.
Mitsuki levantó la mirada, interesada.
—Eso sí lo entiendo. Hay canciones que escuchaba con mis padres que ya no están de moda, pero cuando suenan es como volver a ese momento.
—Exacto —afirmó Joe—. El rock siempre ha tenido eso. No quiere ser bonito para un rato. Busca quedarse.
Cyan frunció la nariz, pensativa.
—Entonces… ¿por eso algunos gritan tanto? ¿Para que no los olviden?
Joe soltó una pequeña risa.
—A veces sí. Otras porque no saben decirlo de otra manera.
Mitsuki apoyó los codos en la mesa.
—En los noventa pasaba mucho eso. Gente que no parecía fuerte, pero cantaba como si se le fuera la vida. No iban de elegantes ni de salvajes… solo eran honestos.
—¿Y eso también es rock? —preguntó Cyan, mirándola con seriedad.
—Claro —respondió Mitsuki—. Quizá el más difícil de todos.
Cyan miró a Joe, luego a Mitsuki.
—Entonces da igual si llevas traje, camiseta rota o nada especial…
—Mientras lo que hagas deje huella —terminó Joe—. Mientras alguien, algún día, escuche eso y sienta algo.
Cyan sonrió, pequeña pero convencida.
—Creo que el rock da un poco de miedo.
—Buen signo —dijo Joe—. Si no da miedo, no dura.
Cyan jugueteó con el borde del vaso, todavía pensando en lo que Joe había dicho.
—Oye Joe… —levantó la vista Mitsuki—, ¿por qué siempre que hablan de rock terminan hablando de gente que ya no está?
Luo parpadeó, incómodo.
—Sí… eso suena un poco triste, ¿no?
Joe dudó un segundo antes de responder, como midiendo cuánto decir.
—Porque el rock también tiene historias oscuras. Una de las más conocidas es algo que llaman el club de los veinte y siete.
—¿Un club de verdad? —preguntó Cyan, enderezándose.
—No —respondió Mitsuki rápida—. Es más como… una coincidencia fea.
Joe asintió y tensó la mandíbula. La frase “Live fast, die young, and leave a good-looking corpse” no sabía si estos niños estaban listos para oir algo tan malo.
—Varios músicos muy importantes murieron a los veintisiete años… Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison… más tarde Kurt Cobain, aunque eso ya roza los noventa.
Los ojos de Mitsuki se iluminaron un poco al oír ese nombre.
—Kurt sí lo conozco… Nirvana. Mi tío me hizo escucharlo una vez.
—No solo una —corrigió Joe, sonriendo de lado.
Cyan frunció el ceño.
—¿Y por qué justo esa edad?
—No hay una razón mágica —comentó Joe—. La gente quiere buscarla, pero no existe. Eran jóvenes, famosos demasiado pronto, con mucha presión encima y pocas herramientas para manejarla. Los excesos también es algo que ronda la vida de un músico y más en el Rock y Metal.
Luo se rascó la nuca, un poco confundido.
—Entonces… ¿no es algo romántico ni nada así?
—Para nada —respondió Joe con firmeza—. Es una advertencia, no una leyenda bonita.
Mitsuki apoyó la espalda en la silla.
—En los noventa se hablaba mucho de eso, pero también de lo mal que estaba el sistema. Discográficas, giras eternas, cero descanso. No era solo “genio incomprendido” sino “genios explotados”.
Cyan bajó la mirada un poco triste.
—Suena como si el rock te diera todo muy rápido… y luego te cobrara.
—A veces —musitó Joe—. Por eso es importante entenderlo completo, no solo el ruido o la pose.
—Entonces el rock no quiere que te destruyas, quiere que digas algo antes de que sea tarde —Luo exhaló despacio.
—Eso está mejor dicho que muchos libros —admitió Joe.
—Me alegra que ustedes sigan aquí hablando de esto — Cyan levantó la cabeza, seria.
Joe la miró, sorprendido, y luego sonrió sin hacer bromas.
—A mí también. De eso se trata… que la música siga, pero la gente no tenga que desaparecer para que la recuerden.
Las bebidas llegaron en ese momento. Yu Xia depositó los vasos frente a cada uno sin una palabra.
—Lo de la señora Yoon —dijo Cyan, trazando círculos con su dedo en el vaso—. Fue extraño. Raro.
—Fue humano —rectificó Joe—. Se distrajo. A todos nos pasa.
—Pero ella es… importante. Tiene cartera, secretarias, ¿cómo se lleva tres discos sin darse cuenta?
—La cabeza de esa mujer está en otro sitio. En sus proyectos, en sus números. El mundo físico se vuelve un desastre así y está a poco de abrir su tan afamado centro cultural.
—¿Y el dinero? Ofrecer el triple como disculpas… —persistió Luo—. Eso no es disculparse, es alardear.
Joe negó con la cabeza, lenta, pensativamente. Yoon Habin es una mujer de gran presencia y robar no entra en su vocabulario, principalmente porque el escándalo tras eso sería una mancha imborrable en su currículo y cualquier falla sería explotada por sus competidores.
—No, no. Luo, en el mundo de los adultos esto es eficiencia. Para ella, el tiempo vale más que el dinero. Calcular el precio exacto, buscar un cajero, esperar a que yo hiciera la vuelta… eso le cuesta minutos. Horas, si lo piensa. Transferir el triple desde el auto le tomó quince segundos. Solucionó el problema y siguió adelante. Es pragmático, no orgulloso. Y hay más en contra que robe que pague, simplemente fue un desliz.
—¿Y a ti no te ofendió? —preguntó Mitsuki.
—¿La ofensa? —Joe consideró la palabra—. No. Fue un error, no un insulto. El insulto habría sido no hacer nada. Ella actuó y pagó más de lo debido, gracias a ella estamos comiendo aquí sin perdidas para la tienda. Eso es bueno ¿a que sí?
La comida llegó en platos de porcelana blanca, con bordes dorados. Los noodles de cerdo humeaban brillantes de salsa; en uno, el aceite rojo del picante, el otro, el color era más suave, esos eran de Mitsuki y Joe. Los dos restantes eran claros, casi sin nada de picante, los de Cyan y Luo.
Joe separó los palillos de madera y sujetó con cuidado varios fideos.
—Es curioso —mencionó el hombre antes de morder—, cómo algo que nació de las sobras terminó convirtiéndose en un ícono.
El vapor subía desde el plato, mezclando el aroma del jengibre con la salsa de soja. Los pensamientos de Joe no solo pensaba en la comida; el nombre "Chop Suey!" también le traía a la mente una energía mucho más frenética… la de System of a Down.
—¿Qué es? —preguntó Cyan, observando su cuenco con desconfianza, tratando de pescar un brote de soja sin que se le resbalara—. Yo pensaba que solo era comida china rápida. ¿De qué hablas, Joe?
Joe sonrió de medio lado, saboreando el picante.
—Hablo de que este plato le dio nombre a una de las canciones más raras y poderosas del metal. Salió en el dos mil y uno, justo cuando el mundo estaba cambiando, estos tipos soltaron una canción que aún resuena.
Luo, que estaba muy concentrado intentando no manchar su camisa clara, levantó la vista confundido.
—¿Metal? ¿Como... ruido de hierro? —preguntó con total sinceridad Luo—. ¿Por qué alguien le pondría nombre de comida a una canción de gente gritando?
Mitsuki soltó una risita y dejó sus palillos sobre el cuenco. ¡Al fin habían tocado temas de música que ella sabe! ¡Estaba emocionada!
—No es solo ruido, Luo —intervino ella, mirando a su tío con complicidad—. Tío Joe se refiere a System of a Down. Eran cuatro tipos armenios en California haciendo algo que nadie más se atrevía a hacer. Mezclaban ritmos de Europa con guitarras pesadísimas.
—Exacto —sonrió calmado Joe—. La canción se iba a llamar "Suicide", pero para que no la censuraran en la radio, hicieron un juego de palabras: Chop Suey-cide. Un "suicidio picadito", como la verdura que te estás comiendo ahora.
—Qué tétrico... ¿Y de qué trata? ¿De comida sangrienta? — Cyan arrugó la nariz, procesando la información.
—Para nada —respondió Mitsuki, tarareando suavemente el ritmo frenético del inicio—. Trata de cómo la gente te juzga. La letra dice "¡Despierta! ¡Ponte un poco de maquillaje para ocultar las cicatrices!". Es una crítica a lo hipócrita que es la sociedad.
—De repente se vuelve una plegaria —completó Joe, cerrando los ojos un momento—. El cantante, Serj Tankian, tiene una voz que puede pasar de ser un maníaco a sonar como un ángel en una catedral. Es esa parte que dice: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".
Hubo un pequeño silencio en la mesa. Luo y Cyan miraron sus cuencos, todavía sin comprender mucho, pero sonaba genial para ellos.
—Vaya —susurró Luo—. Es algo interesante si lo pones así.
—Muy interesante —concluyó Joe, volviendo a atacar su plato con energía—. Ellos lograron evadir la censura con un juego de palabras muy convenientes.
—¿En Japón tienen censura, Joe? —preguntó Cyan, apoyando los palillos sobre el borde del plato—. Nunca oí nada claro. De China sí, pero Japón… no sé. Para mí todo eso es muy lejos de Eastwood.
Joe se limpió la boca con la servilleta antes de responder.
—Sí. Claro que la tienen. Pero no se parece a la china, ni tampoco a la nuestra. En Japón no siempre hay una orden directa que diga esto no se publica, hay comités, consejos, asociaciones. Gente que decide qué es apropiado, qué “protege a la sociedad”.
—Suena complicado —dijo Luo con la boca llena.
—Son como árbitros culturales —respondió Joe—. El cine tiene los suyos, los libros también. Nadie te apunta con un arma, pero si no pasas por ellos, te quedas fuera. Sin salas, sin distribución, sin nombre.
—Eso suena a censura igual —mencionó Cyan.
—Lo es. Solo que de un modo más disfrazada de consenso. En China es distinto: ahí la censura es vertical. El Estado decide qué existe y qué no.
—¿Y funciona? —preguntó Luo—. ¿La gente obedece?
Joe se encogió de hombros pues si funcionaba a veces y otras no.
 —Funciona porque apela al honor, a no desentonar y a no ser el problema. Y si además eres gaijin… —dejó la frase colgando.
—¿Gaijin? —Cyan frunció el ceño.
—Extranjero —explicó—. Literalmente “persona de fuera”. No siempre es un insulto, pero nunca te deja olvidar que no perteneces del todo. Puedes hablar, crear, opinar… pero siempre hay una pared invisible. Lo que dices pesa menos.
—Entonces ni siquiera es lo que dices —murmuró Cyan—, sino quién lo dice.
—Exacto. En China el problema es el contenido. En Japón, muchas veces, es el emisor.
—Suena complicado —dijo Luo, enrollando noodles con cuidado—. Demasiadas reglas que nadie explica.
—Es sencillo. Es saber qué espera el sistema de ti y decidir si vas a cumplirlo.
Terminaron de comer y Joe hizo una seña a Yu Xia, quien trajo la cuenta rápidamente, el hombre pagó con billetes, dejando unas monedas de propina. La camarera las recogió sin mirarlo.
Al salir, la luz de la tarde los cegó un instante. Las calles estaban más tranquilas. El tráfico seguía ahí, pero reducido, constante, sin bocinas. Caminaron unos metros antes de volver a hablar.
—Entonces —musitó Cyan—, ¿en China todo está controlado por el Estado?
—Sí —respondió Joe—. Hay listas claras. Temas que no se tocan, palabras que activan filtros. Libros que no se publican y películas que no se estrenan. No es sutil.
—¿Y la gente lo acepta?
—Algunos sí, otros se adaptan. Todos saben dónde está la línea.
Siguieron caminando, el ruido del tráfico volvió a llenar los espacios entre frases.
—¿Volvemos ya, Luo? —preguntó Cyan, ajustándose la mochila.
—Ustedes pueden irse primero —los despidió animado Joe—. Mitsu-chan y yo tenemos trabajo.
—¿Podemos ayudar? —Luo hizo una mueca—. No tenemos nada hasta las seis.
—¡¡¡LUO!!! —otro codazo fue hacia su amigo.
—Santaaaa —se tocó dónde lo codeo, ya la estaba doliendo—. Van como veinte veces hoy.
—Te lo mereces —le hizo un mohín.
Joe los observó, Luo ya le caía bien por su actitud tan activa y Cyan por ser tan correcta y reservada.
—Bien. Ocho manos trabajan más rápido que cuatro.
El regreso a la tienda fue corto. El cartel de neón en la ventana, “Joe’s Rock Shop”, titilaba débilmente al acercarse por la hora del día. Dentro, el aire estaba quieto, cargado con el olor familiar a papel envejecido y otros olores que recordaba a una tienda vieja.
Joe encendió la luz fluorescente, que parpadeó antes de estabilizarse.
—Mitsuki, busca cajas en la trastienda, las que sean. Luo, Cyan, venganconmigo. Vamos a bajar la Stratocaster.
Se acercaron a la pared del fondo. La guitarra colgaba en un soporte simple, su cuerpo de madera clara marcado por arañazos y pegatinas medio desprendidas… un cráneo con gafas de sol, un logotipo de una banda ilegible ya y algunos soles ya despintados.
—¿Es valiosa? —preguntó Luo, tocando con cuidado una cuerda oxidada.
—En dinero, no. En historia, sí. Un tipo me la dio a cambio de un amplificador que nunca recogió. Dijo que volvería en una semana y eso fue hace varios años ya.
—¿Nunca regresó?
—Nunca. A veces pienso que quizás murió o se mudó o simplemente olvidó. La guitarra se quedó y se convirtió en parte del lugar.
Mitsuki reapareció arrastrando dos cajas de cartón aplanadas con un poco de dificultad.
—Son las únicas.
—Con eso basta, Mitsu-chan —Joe descolgó la guitarra con cuidado. Era más ligera de lo que parecía—. Ahora… los discos. Vamos a elegir cuales llevaremos al centro cultural de Habin.
Se dirigieron a los estantes y Joe no dudó mucho. Sacó el Led Zeppelin IV, su luego el Nevermind de Nirvana, con el bebé nadando hacia el dólar. Un sencillo de los Sex Pistols, “God Save the Queen”, aún en su funda de papel.

—Necesitamos algo local —pronunció Mitsuki.
Fueron a una sección apartada, una estantería baja cerca del suelo. Allí guardaba lo autóctono: demos casete, EPs con portadas fotocopiadas. Joe extrajo tres…. un EP de Hyuna, The Rust y Espectros, un grupo de post-punk cuyos integrantes nunca conoció en persona.
—Estos. Muestran lo que salía de aquí. De Eastwood.
—¿Y los carteles? —Cyan señaló las paredes.
—Los dos enmarcados. Los demás están muy frágiles, se deshacen con la luz.
Descolgaron un póster de The Dusty Roads, una banda de country rock local de los ochenta, y otro de The Ramones, comprado en un concierto hace décadas. Joe los envolvió en papel de seda.
Trabajaron en silencio, solo las instrucciones breves de Joe y el crujido del papel de burbujas se escuchaba en el local. Mitsuki colocó los discos en las cajas, separándolos con cartón; Luo y Cyan limpiaron el polvo del marco de los carteles. Joe inspeccionó la guitarra, ajustando una clavija suelta.
—Parece que la tienda se está vaciando —murmuró Cyan, mirando los huecos en los estantes.
—Tenemos muchas cajas con CD’s guardados, la cosa es que no hay ganas de ordenar —se mofó Joe, siguiendo con el empaquetado.
—¿Y si a la gente le gustan y no quieren devolverlas? —preguntó Luo, sellando una cinta adhesiva con un gesto exagerado.
—Entonces tendrán que negociar conmigo —murmuró Joe con un tono tranquilo—. Les costará el doble sin duda.
Colocaron las tres cajas cerradas junto al mostrador. Parecían insignificantes allí, conteniendo pedazos de un universo pequeño llamado música Rock and Roll.
Joe fue a la planta de arriba, encendió la cafetera y el agua empezó a gotear sobre la jarra de vidrio, liberando un aroma rico y fuerte.
—Tío —preguntó Mitsuki, apoyándose en la mesada—. ¿Crees que esto traerá más gente? ¿A la tienda, quiero decir?
—Algunos, quizás. Otros vendrán, mirarán, se irán. No es el objetivo.
—¿Cuál es el objetivo?
Joe sirvió el café en su taza mug, la esmaltada, con el logo de Black Sabbath casi invisible por el lavado.
—El objetivo es que alguien, frente a esa guitarra rayada, escuche la historia del tipo que nunca volvió por su amplificador o que vea ese disco de Zeppelin y piense en la primera vez que lo escuchó, quizás en el auto de su padre. Que entienda que esto no es solo mercancía, es ruido convertido en memoria. Es gente común haciendo cosas que, por un segundo, los hicieron sentir extraordinarios.
Bebió un trago. El café estaba caliente y amargo, justo lo que necesitaba para acomodar sus ideas en ese momento.
—Y si viene más gente, quizás pueda permitirme comprar una cafetera nueva. Esta quema todo. Bleh —sacó la lengua con asco.
Mitsuki sonrió y Luo resopló desde la planta baja. El teléfono de Joe vibró sobre el mostrador, una notificación del banco. La pantalla mostraba un ingreso, la cantidad exacta, triple del valor de los discos. Luo corrió a mostrárselo a Joe con entusiasmo.
—Ahí está, la transacción.
—¿Palabra de honor moderna? —canturreó feliz Mitsuki—. Habin nunca miente.
—Parece que este mes estaremos más sueltos —hizo un ok con su dedo pulgar e índice.
—Con eso podríamos arreglar tantas cosas de la tienda —sugirió Mitsuki.
—O comprar un nuevo cartel para la ventana —añadió Joe—. Ese está blanqueado por el sol. Quizas use algo para reparaciones, l resto queda guardado. Para gastos imprevistos, como un cliente que robe discos.
Sonrieron los cuatro, el ambiente se había aligerado.
—¿Abro? —preguntó Mitsuki, mirando hacia la puerta.
—Abre. Tenemos que seguir atendiendo.
Mitsuki dio la vuelta al cartel de “Cerrado” a “Abierto” y la campana sonó cuando cruzó el umbral un momento, ya eran las dieciséis horas por lo que dudaban que alguien apareciera pronto… Joe se quedó detrás del mostrador, una mano apoyada en una de las cajas. Luo y Cyan se sentaron en el taburete de los clientes, hablando un poco.
Esa tarde la tienda estaba en calma, pero una calma diferente a los demás días… con nuevos amigos que se habían reunido para escuchar las historias de Joe sobre el rock y viejos anécdotas de festivales que ya no se permitían hacer, buenos y viejos tiempos. Joe miró su reloj de pulsera… las cuatro y diez. Un día más en Joe’s Rock Shop con un “robo”, una disculpa sobredimensionada, un almuerzo, una selección de recuerdos. Nada extraordinario, solo la crónica de un pequeño mundo que, contra todo pronóstico, persistía.
El sol de la tarde filtraba por la ventana de la tienda “Joe’s Rock Shop”; un año había transcurrido en Eastwood, el paso del tiempo se veía en la amistad de ellos, en la mirada más serena de Mitsuki, que acababa de cumplir diez. La vida en Eastwood mantenía su ritmo apresurado.

En esa tienda vacía resonaban los zumbidos ásperos de dos guitarras eléctricas conectadas a pequeños amplificadores; Cyan movía sus pequeños dedos en las cuerdas, intentando aprender una nueva canción con dificultad, el power-chord de Do (C5) en el 3er traste de la 5.ª cuerda para “Smoke on the Water” de Deep Purple; a su lado, Luo ajustaba la clavija de afinación con el ceño fruncido, concentrado en lograr la tensión perfecta.

Mitsuki observaba desde un taburete, con un semblante tranquilo, sus ojos seguían el movimiento de las manos de Cyan, el recorrido de los dedos de Luo sobre el mástil.

—El puente de esta está demasiado alto —murmuró Luo, sin levantar la vista.

Cyan respondió con un rasgueo disonante, seguido de una risa breve. Mitsuki no dijo nada, se inclinó hacia delante y giró ligeramente el mando de volumen del amplificador de Cyan y Luo, emparejando sus sonidos, sonaba genial a sus oídos aún inexpertos. Los tres compartían el mismo deseo, un anhelo que no necesitaba palabras… el crujido de la corriente a través de los altavoces, la vibración cruda que recorría la madera y se clavaba en los huesos. Soñaban con el peso de un mástil delgado y los controles de metal bajo sus palmas, con la posibilidad de llenar el desván, y tal vez el mundo, con un sonido que fuera solo de ellos.

Practicaban así, creando una cacofonía. Los acordes eléctricos, a veces desafinados, chocaban contra las progresiones limpias de Mitsuki, fundiéndose en algo extraño y prometedor. Los tres tenían talento y callos por haber tocado tan duro por un año entero, con clases particulares de Joe.

Joe observaba desde detrás del mostrador mientras apagaba una colilla en un cenicero abarrotado de colillas de cigarros y el polvo, mientras daba una calada profunda.
—Han progresado bastante bien este último año, pensar que antes eran unos niños. Ay… me llenan de orgullo.

Cyan sostenía la guitarra, sus dedos encontrando las posiciones con menos vacilación que meses atrás. El power chord de Do resonó, seco y contundente, un logro pequeño, pero visible en la ligera elevación de su barbilla ante las palabras del dueño de Joe’s Rock Shop.

—¿Así o más fuerte? —preguntó, girando el control de ganancia hasta el límite. Un feedback agudo llenó el espacio.
—Así vas a hacer que Joe nos eche —dijo Luo, pero una sonrisa traviesa asomaba en su rostro. Dio un golpecito a la pastilla de su propia guitarra—. Aunque quizás así no oiga tocar a Mitsuki.

Luo, sentada en un banco de práctica, dejó que un arpegio limpio y cristalino fluyera desde sus cuerdas. Mitsuki se mantenía en silencio, observando. Miraba a su tío, que soplaba el humo hacia el techo con una expresión impasible.

—El feedback es un recurso, niños —masculló Joe, encendiendo otro cigarrillo—. Pero ese que acabas de hacer estás haciendo llorar a mi bebéeee.

Cyan bajó un poco el volumen, aun así, no soltó la guitarra. Luo probó un bend en la tercera cuerda, estirando la nota que hizo que Mitsuki escondiera una sonrisa detrás de su mano.

—Tu bend suena a gato pisado. ¡Luo el creído! —comentó Cyan, sin mirarlo.
—Es estilo —replicó él, haciéndolo de nuevo, aún más largo—. Tú tocas como manual de instrucciones.
—Y tú como si no lo hubieras leído.

La discusión era algo cotidiano, carente de verdadera hostilidad. Los sonidos ásperos y los suaves se enredaron en el aire lleno de humo, creando algo coherente, momentáneo.

Cyan respondió con otro rasgueo. Esta vez, las yemas de sus dedos cortaron el sonido de las cuerdas sobrantes a tiempo. Un golpe de sonido, compacto y agresivo, llenó el espacio entre ellos junto a una sonrisa fugaz que cruzó por su boca.

—Esa canción —comentó, la voz ronca por el humo y el desuso matinal—. La primera vez que la toqué en vivo, el dueño del bar me tiró un vaso. Pensó que estábamos provocando una pelea.
Cyan bajó la guitarra, el mástil todavía caliente bajo su mano.
—¿Por qué? —preguntó expectante. Este año había estado lleno de charlas sobre anécdotas de Joe y habían conocido bien a Habin.
—El bajo. Demasiado alto, demasiado sucio. Vibraron los estantes de licor y dos botellas de Ginebra se cayeron —Joe aspiró una calada profunda, soltando el humo hacia el ventilador del techo, que lo disipaba en remolinos lentos—. Nos pagaron la mitad y el bajista se enfadó. Quería pelear con el dueño.
—¿Y tú? —Luo dejó que su guitarra colgara de la correa.
—Yo recogí el dinero y le dije al dueño que la próxima vez le tiraríamos nosotros la botella… —una tos seca le sacudió mientras intentaba reirse—. El batero lo insultó de arriba abajo. Sobra decir que fuimos vetados de ahí.
—Pues yo quiero disparar ahora —declaró Luo, y giró el control de ganancia de su amplificador hacia la derecha, hasta el tope. Antes de rasguear, un chillido agudo y penetrante se apoderó del local, hizo vibrar los cristales de la ventana.
—¡LUO! —la menor se llevó una mano a la oreja, con una mueca exagerada—. Deja de jugar, nos dejaras sordos y nos echarán.
—No voy a echar a nadie —sonrió Joe, aunque cerró los ojos contra el sonido estridente—. Pero ese chillido no es música, es caos y romperás todo. Tendrás que trabajar aquí por diez años si rompes algo, niño.
—Esta bien, está bien. Lo haré más suave.
—Prueba otra vez —indicó Joe, señalando con el cigarrillo—. El acorde, sin pretender demoler la tienda.

Luo asintió. Respiró hondo y colocó los dedos en posición: índice en el tercer traste de la quinta cuerda, anular en el quinto traste de la cuarta; después deslizó el índice al quinto traste de la quinta y repitió el patrón, pulsando cada power-chord del riff de “Smoke on the Water” con la misma cadencia grave que resonaba en la tienda vacía. Su muñeca estaba tensa y recordó las palabras de Joe de la semana pasada: « relaja la mano; no estás estrangulando al instrumento, lo estás guiando ». Dejó que la presión cediera un milímetro. Entonces apretó la púa y golpeó las cuerdas, una a una, limpias y decisivas.

El sonido fue mejor: menos apretado, más abierto. La distorsión envolvió las notas sin ahogarlas, dejando que cada golpe respirara y vibrara con su propio aire.

—Bien —fue todo lo que dijo Joe. Era un elogio alto en su boca.

Cyan, sin querer quedarse atrás, puso el índice en el quinto traste de la quinta cuerda y repitió el mismo patrón de power-chords, dos trastes más arriba que Luo. Después, en vez de seguir, descendió al tercer traste, reforzó el riff original y, como colofón, apoyó el anular en el séptimo traste de la tercera cuerda y la dobló: la nota se alzó, gimió, subió de tono y luego cayó, avanzando sobre la distorsión de los demás.

—Eso suena forzado —comentó Luo, sin apartar la vista de sus propios trastes.
—Se llama apropiación —replicó Cyan. Lo intentó de nuevo; esta vez, en vez de sacudir, apretó la cuerda contra el traste y la hizo temblar con un vibrato lento y regular, la nota respirando dentro de la distorsión.
—Suena a que la apropiación es de dolor.
—Préstame eso cinco minutos —musitó Mitsuki sin levantar la voz. 

Luo se quitó la correa y la pasó por encima de la cabeza, de inmediato, Mitsuki la colgó de su hombro izquierdo; el cuerpo le quedó grande, pero el equilibrio fue exacto. Giró el selector de pastillas al medio, bajó el tono a cero y subió el volumen despacio. El amplificador sonó perfecto, esperando por rugir.
Primero repasó el riff de “Smoke on the Water” dos veces, limpio, sin distorsión, las notas sonaron perfectas, cada palm mute exacto. A la tercera vuelta pisó el overdrive; el sonido creció, se hinchó, ocupó toda la tienda.  Cuatro compases después abrió el delay, cada power-chord dejó un eco que rebotó entre los estantes de discos. 
Joe encendió otro cigarrillo y se recostó contra la pared, el humo llenó sus pulmones junto a una sonrisa y el pie marcando el ritmo del cover de Deep Purple. Estaba orgulloso de Mitsuki, su sobrina, y por supuesto, de Luo y Cyan.
Mitsuki dio un paso más… soltó la mano izquierda del mástil y dejó que la cuerda vacía de Mi grave sonara; con la derecha golpeó la púa contra el puente, produciendo una armonía que chilló un segundo ante de desvanecerse.
A partir de ahí construyó un bucle de ocho compases: riff, armónico, acorde de Ré5 sostenido durante dos tiempos, retorno al riff. 
Cada vuelta añadía una capa… primero un trémolo suave en la tercera cuerda, luego un slide ascendente hasta el duodécimo traste, después un bend pre-bend en la segunda cuerda que soltó justo a tiempo para que el eco lo repitiera una octava arriba.
El volumen subía gradualmente. Joe no intervino; solo movía la cabeza al compás. 
Cyan se sentó en el suelo, la espalda contra un altavoz y Luo estaba totalmente concentrado en los movimientos de mano de Mitsuki, se notaba que ella era una chica talentosa.
Mitsuki cerró los ojos. Diez minutos después aún no había dicho ni unauna sola frase. 
Pasó del riff a una progresión de Do5   Sol5   Fa5   Sol5, siempre en negra, siempre en el quintillete del delay. 
A mitad del recorrido cortó el overdrive y dejó solo la señal limpia; el contraste hizo que ambos chicos la miraran impresionados y Joe sonrió ampliamente, aún calando su cigarro.
Entonces pisó el fuzz Mitsuki, el sonido se volvió casi sintético. 
Joe sonrió de medio lado, apurando otro cigarro a sus labios.
—En el mil novecientos noventa y cuatro, en el festival de Carson, pusieron a Sonic Youth después de los Ramones. El cambio de sonido fue tan brusco que la gente se tapó los oídos. Al tercer tema ya nadie quería irse. 
Mitsuki abrió los ojos, lo miró y siguió. 
Añadió otra capa más, con el slide de metal que guardaba en el bolsillo recorrió la primera cuerda desde el tercer traste hasta el diecisiete. 
—Ese fuzz —dijo Joe entre dos bocanadas— es el mismo que usó Thurston Moore cuando partió la mitad del mástil contra el monitor. No por show,se le atascó el slide y el tipo prefirió convertirlo en ruido antes de dejar de tocar. La multitud pensó que era parte del tema… después, en camerino, le tuve que prestar mi Jaguar porque la suya quedó con el mástil en forma de L.
Inmediatamente después palm muteó el riff de “Smoke on the Water” una vez más, pero esta vez en compás de 5/4, desplazando el acento y haciendo que todo el tema sonara ajeno a sí mismo.
—Y ese compás de cinco —agregó Joe sin apartar los ojos del humo que subía— lo usó Black Sabbath en el set secreto de aquel mismo festival. Nadie lo notó hasta que el baterista se descolgó y Geezer se pegó un codazo contra el mástil. El público pensó que era un error; ellos lo habían ensayado así para joder al técnico de luces.
Veinte minutos, el sudor le corría por la sien a Mitsuki. El amplificador empezaba a calentarse; el ventilador interno zumbaba más alto y Joe fue hasta la nevera, sacó tres botellas de agua y las dejó sobre el mostrador sin interrumpir. 
Cyan abrió la suya y siguió golpeando el ritmo con el pie. 
Treinta minutos, el bucle ya no era “Smoke on the Water”; era una pieza propia que usaba el riff como columna.  Mitsuki introdujo arpegios ascendentes en la escala de Do mayor, luego los convirtió en acordes de séptima disminuida, después en tritono.  Cada cambio era limpio, sin titubeos. 
Joe apagó el cigarrillo y habló sin alzar la voz: 
—En el ochenta y siete tuve una Stratocaster que solo afinaba si la dejaba boca abajo toda la noche. Un día abrí para una banda tributo a Jimi Hendrix y la pobre se desafinó al segundo acorde. Tuve que tocar todo el set con la palanca del vibrato pegada al cuerpo. Al público le encantó.

Mitsuki sintió cómo el pulgar le temblaba y apretó el último acorde, dejó que el delay lo tragara y levantó la mano derecha. Mientras intentaba seguir con la improvisación basada en “Smock on the Water” la púa resbaló entre los dedos y cayó al suelo. Los dedos le hormigueaban, ya no sentía las yemas después de tanto esfuerzo.

Joe apagó el cigarro en el cenicero y habló sin mirarla, añorando viejos tiempos.

—En el ochenta y ocho, en el estadio de Oakland, David Gilmour pinchó tres púas seguidas durante el solo de « Comfortably Numb » y no paró, siguió con los dedos.

Luo tomó la botella de agua fría que el hombre les trajo de la nevera y la arrojó hacia Mitsuki. El plástico golpeó el antebrazo de Mitsuki. Ella dejó la Jaguar colgando sobre la correa y tuvo que flexionó los dedos varias veces, cerrando los ojos. El zumbido de los amplificadores fue lo único que quedó, después de unos segudos flexionó cada dedo; los nudillos crujieron.

Joe encendió otra vez un pitillo, aspiró y soltó el humo hacia el techo.

—En el sesenta y cinco, en el Knebworth Fair, Pink Floyd terminó con «Eclipse». La batería de Mason se desafinó a mitad del tema. No se notó, el público cantaba tan fuerte que tapó el desastre. En camerino, el técnico tuvo que cambiar todos los parches con cinta americana. Qué buena cinta, ¿eh?

Cyan recogió la púa, la limpió con el pantalón y se la devolvió; Mitsuki la guardó en el bolsillo, a su lado, Luo afinaba la cuarta cuerda de la otra guitarra; el afinador marcó verde.

Joe se recostó en el mostrador, expectante a lo que harían ahora sus pupilos.

—En el noventa y tres, en Roskilde, The Smashing Pumpkins abrieron con «Cherub Rock». El escenario era barro puro, el técnico resbaló, tiró la consola y cortó mitad de luces. Corgan siguió tocando sin monitores. Terminaron el set a oscuras. El público encendió mecheros. Sobra decir que nadie se fue.

Luo probó un bend en la segunda cuerda, el sonido quedó estable.

—En el noventa y nueve, en Woodstock, Red Hot Chili Peppers tocaron bajo lluvia. Flea se descalzó, pisó un cable desnudo y recibió una descarga. El concha su mare saltó un metro, rió y siguió. Después le revisaron quemaduras de segundo grado.

Cyan tomó la guitarra de Mitsuki, mientras estaba recuperaba el aliento y ajustó el selector de pastillas. Dio un acorde de Mi5, lo dejó sonar.

—En el noventa y seis, en el festival de Reading, Oasis canceló a última hora. Radiohead ocupó el hueco y Thom Yorke perdió la voz tras el tercer tema. El público cantó el resto a todo pulmón, la banda siguió sin él. Terminaron con «Creep» y Yorke lloró detrás del amplificador por todo el amor y cariño que le tenía el público.

Mitsuki siguió bebiendo del agua fresca, aún con el sudor corriendo por su rostro y sus dedos recuperándose del esfuerzo de haber sostenido la música por más de treinta minutos.

—En el ochenta y cuatro, en el Live Aid, Queen tocó veinte minutos. Brian May usó una moneda de cincuenta peniques como púa. La perdió al final de «Hammer to Fall» y no la encontraron más.

Cyan probó un slide con el dedo meñique, el traste doce sonó claro.

—En el setenta, en el Isle of Wight, Hendrix tocó al amanecer. El generador falló dos veces y a la segunda, él siguió tocando sin amplificador. El público escuchó solo la cuerda abierta, ese sonido crudo hizo que cuando volvió la corriente, el público estalló el aplauso. Esa parte no está en ningún disco, se sabe del boca en boca —podía seguir por horas con sus clases de Rock en el mundo, pero su voz también se sentía cansada—. Descansen por hoy, mañana eensayan «Paranoid», sin distorsión hasta que lo pida.
—Joe ehm… —musitó tímidamente Cyan, quitándose la guitarra de encima—. ¿Podemos practicar Take Off? Mañana haremos una pequeña presentación con Luo en el orfanato y queríamos la apreciación de ustedes dos…
El mencionado abrió la boca, soltó un humo tenue y se rascó la escasa barba de su mentón.
—Take Off quiere decir tempo firme y voz en tono. Ensayan mañana a las ocho. Traigan la guitarra limpia y afinado, yo abro la tienda y escucho una sola vez. Si fallan, repiten hasta que no fallen.
Cyan y Luo guardaron sus guitarras con más cuidado del habitual, Mitsuki colgó la Jaguar en el soporte y se quedó mirándola un segundo de más.
Cyan se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra el amplificador y estiró las piernas. Luo agitó la mano y sopló sobre los dedos, ya habían practicado bastante ese día.
—Mañana no lleguen tarde —dijo, sin mirarlos—. Y afinen antes de tocar.

Nadie respondió, no hacía falta, Cyan y Luo estaban emocionados por practicar Take Off antes de tocar frente a todos los del orfanato.

Cuando salieron, el sol ya estaba bajo. Mitsuki los despidió desde la entrada con la mano, Luo y Cyan también, hasta que se perdieron al doblar en una esquina; Joe apagó la luz de la tienda y se quedó un segundo más, solo. Después subió por las escaleras hasta la cocina. Ya tenía hambre.

—Estoy muy nerviosa —musitó Cyan, caminando al lado de Luo.
—Es normal —respondió Luo, con las manos en los bolsillos de su abrigo—. Siempre lo estarás antes. ¿No te emociona, Santa?
—Para nada, no me siento preparada.
—Nadie lo está. Estar listo significa estar dispuesto a fallar en vivo, lo importante es afrontar juntos los errores y poder avanzar. Somos solo tú y yo, Cyan.
—¿Crees que noten nuestros errores?
—Quizás. Pero no lo tratemos como un error. Aprendamos a tocar con esos errores sobre la marcha.
Al día siguiente el aire se sentía diferente y los nervios a flor de piel, hoy, después de todo un año de esfuerzo, iban a demostrar de lo que estaban hechos; fueron puntuales a la tienda “Joe’s Rock Shop” y practicaron hasta el medio día Take Off, aunque no era perfecta y, en el escenario, los nervios seguramente jugarían una mala pasada, Joe los tranquilizó con sus típicos anécdotas de conciertos a los que había asistido o visto en Lives.
Cyan entró primero, luego Luo, después Mitsuki bajó por las escaleras una vez oyó las voces de sus amigos; Joe les tendió loa cables y señaló los amplificadores sin decir nada. Los chicos del orfanato afinaron en silencio, contaron cuatro pulsos y arrancaron Take Off. La primera pasada pisaron el cambio de 7 5 3 0; Cyan soltó la nota demasiado pronto; en la segunda Luo entró un tiempo antes y el metrónomo quedó solo y en la tercera Cyan perdió el pulso en el puente y dejó sonar el G7 cuatro golpes de más.
Joe encendió un cigarrillo, apoyó el codo en el mostrador y habló sin mirar.
—Otra vez. Repitan desde el inicio y Cyan, ve tarareando la canción.
—¡S-sì! —susurró nerviosa, iba a cantar mientras Luo tocaba.
Joe dio una calada y soltó el humo rápidamente.
—Desde el principio. Cyan, cuenta en voz alta cada compás, si te pierdes, empezamos de nuevo.
Cyan respiró hondo y golpeó el mástil con los nudillos.
—Uno, dos, tres, cuatro.
Bajaron el tempo a ciento treinta, el riff sonó entero y Joe no dijo nada; solo señaló el puente con la cabeza. Cyan marcó los cuatro golpes del G7, Luo cerró con el A7 en tiempo. Al final del tema Joe apagó el amplificador.
—Listo. Guardan los cables, se comen algo y suben al escenario a las tres.
A solas, Luo y Cyan seguían practicando hasta el último momento, estaban convencidos de que Mitsuki y Joe irían a verlos, no podían defraudarlos, querían ver sus sonrisas de orgullo.
—¿Crees que lo haremos bien? —la duda inundó la cabecita de Cyan.
—Relaja tu voz y da todo de ti, Santa —él estaba alegre, como siempre.
Contó cuatro pulsos y el riff de Take Off explotó bajo las manos hábiles de Luo; Cyan tensó los hombros, tratando de entonar suavemente la canción para no exigir de más a su garganta. En el slide del 5 al 7 en drop-D, el índice de Luo se le fue. La A# chilló y siguió al cuarto compás del puente.

“I'll be taking actions, no distractions. I just wanna be who I wanna be. I don't need exceptions, no delusions. Chance is only once, you know”.
Joe salió por la puerta trasera que daba al callejón a fuma más, no podía dejar que el humo arruinara las cuerdas vocales de Cyan; olor a tabaco se mezcló con el del cubo de basura y Mitsuki sacó tres bolsas de arroz envueltas en papel de estraza y las puso en el mostrador.
Comieron de pie. Cyan masticaba rápido, los ojos fijos en la puerta, Luo revisaba la afinación de su guitarra entre bocado y bocado.
—Han practicado mucho ustedes dos y esa canción es simplemente magnífica —los apremió la sobrina.
—El puente de tu Strat —dijo Joe desde la puerta, hablando a Luo pero mirando la calle—. Lo tensas demasiado. Afinalo con más cuidado, crío.
Luo detuvo sus dedos en seco, repasando las indicaciones de su mentor.
—Si está más alto, suena mejor.
—Suena a que estás asustado, Luo —la media sonrisa de Joe de hizo presente, y entró. Su bota arrastró una hoja de arce seca.
« Last Edit: January 17, 2026, 10:47:04 AM by Miyu »

❛ 𝖳𝗁𝖾 𝗁𝗎𝗇𝗍𝖾𝗋 𝖻𝗋𝖾𝖺𝗍𝗁𝖾𝗌 𝖻𝖾𝗇𝖾𝖺𝗍𝗁 𝗍𝗁𝖾 𝖼𝗁𝖾𝗌𝗌𝖻𝗈𝖺𝗋𝖽, 𝗐𝖺𝗍𝖼𝗁𝗂𝗇𝗀 𝗍𝗁𝖾 𝗉𝗎𝗉𝗉𝖾𝗍𝗌 𝗋𝗎𝗇 𝖿𝗈𝗋 𝖿𝗎𝗇;
𝖾𝗌𝖼𝖺𝗉𝖾 𝗂𝗌 𝗃𝗎𝗌𝗍 𝖺 𝗌𝗎𝗀𝖺𝗋-𝖼𝗈𝖺𝗍𝖾𝖽 𝖼𝗎𝗋𝗌𝖾 𝖻𝖾𝖿𝗈𝗋𝖾 𝗍𝗁𝖾 𝗇𝖾𝗑𝗍 𝗋𝗈𝗎𝗇𝖽 𝗁𝖺𝗌 𝖻𝖾𝗀𝗎𝗇. ❜


Othinus

Re: Act 1: Overture
« Reply #71: June 30, 2018, 07:40:51 PM »
Aventura.
Primera parte.

Dibujó un  diagrama en el cuarto  que compartía con su prima Hakaze, ella detallo con detalles como debía ser la ascensión a la fama desde lo más bajo. ¿Cómo? Bueno eso es un secreto de la pequeña Yui con hambre de fama, gloria y Rock ‘n’ Roll. Ella tenía la habitación cubierta de posters de bandas y guitarras eléctricas más complementos regados por la habitación sin orden aparente y Hakaze sólo ocupa una pared con libros y un pequeño escritorio con varios cuadernos y un pequeño reloj de sol que trajo el tío de ambas chicas de las vacaciones a Egipto de Samon. 

“Oye, acomoda tus cosas”, le recriminó la mayor, Hakaze. Normalmente ella se ve envuelta en las locuras de Yui y el ánimo es como una ruleta rusa, que a veces está feliz otras, muchas otras más, la quiere asesinar despiadadamente.
“Más tardeeee” acostada en la cama, rodó para darle la espalda a la prima. “No me jodai”.
“¿Jodai? ¿Qué idioma hablas?” con las manos como puestas en las caderas, le dedicó la mirada más fría de todas. “¡¡Habla bien!!”.
“Déjame dormir cinco horas más, mañana es lunes y debo ir a clases” sentenció Yui.
“Ni hablar, el cuarto apesta a encierro”.

Las discusiones con Hakaze son para perder, que ella la golpearía si no la obedece no es nada nuevo y cuando oyó una cuenta regresiva “6… 5… 4…” seguido de un movimiento de muñecas y un sonido de las articulaciones, Yui de un salto se incorporó.

“Ya me tienes… ¿qué quieres?” bostezó y cambió el pijama rosa por un jean y una remera lisa sin mangas y blanca de algodón. Frescura. A saber, las órdenes de la prima fueron limpiar el cuarto pero ella se distrajo afinando las guitarras y eso provocó la ira de la otra chica.

“Chicas, ¿qué hacen?” con media sonrisa y una plancha de cocina, entró al piso y fue directo a la cocina, pasando por la sala, la habitación de las chicas y finalmente caminó directo a las hornallas, el hobby que adquirió el pelirrojo es el cocinar y con algunos libros abiertos  e ingredientes dispersos por la mesada.
“Matando a Yui” inquirió Hakaze con una escafandra en manos y acercándose a la pelirrosa peligrosamente,
“La cena estará lista en media hora” expresó el hombre y volvió a lo suyo, sin prestar atención a lo que pasa en el horizonte del departamento.
“¡Aaaah! Esperen, esta noche me invitaron a una presentación en el club  Ley.  Me tengo que preparar” dijo Yui, corriendo hasta el armario compartido con Hakaze y sacó algunas prendas que dejó sobre la cama desarmada.
“Hey, cuando se es menor de edad no puedes hacer estas cosas” suspiró la otra chica.
“Pero es una ciudad especial, una situación especial y yo soy especial” sonrió entrando al baño con prisa para bañarse y así tener tiempo para arreglar sus largos cabellos magenta.

Ley es de esos lugares que las bandas nuevas se presentan ante el mundo, dejando de ser una banda de garaje, un lugar donde buscar miembros para una banda y sobre todo socializar con otros músicos.

“Irás con Hakaze y punto final”. El punto final fue como un cierre la discusión, si no iba con ella, se quedaría a envejecer en la habitación.
“BIEEEEEN” gritó de mala gana y con sus borceguíes psiando fuerte salió de la casa, en las escaleras, Hakaze la espera para irse juntas.


Apple

Re: Act 1: Overture
« Reply #72: July 31, 2018, 03:27:51 PM »
Edito despues de comer D:

Chapter 2

Las noches caían en Eastwood tan rápido que sus habitantes apenas se daban cuenta y la vida seguía tan activa como en el día. Los centros comerciales estaban abiertos hasta media noche, las calles permanecían iluminadas con letreros de neón de todos los colores y había bares regados por toda la ciudad que nunca cerraban. No era raro encontrarse con un borrachín por la madrugada que se tambaleaba caminando  a casa.

Vivir en una ciudad tan activa solía llevarte a la dirección que menos esperas. Una noche eres un jovenzuelo medio vago que toca en cualquier bar donde le dan espacio y a las otras estas en una de las bandas de visual kei más icónicas del planeta. Para que luego, sin previo aviso, todo se venga al carajo la noche siguiente.

Tasuku estaba sentando a estilo indio fumando su tan deseado porro en su departamento. De su estéreo salían las notas de Born in the USA the Bruce Springsteen. A pesar de ser un músico influyente su loft reflejaba un estilo de vida ascética. Lo único en lo que no había escatimado gastos era en su estéreo, guitarras y su gran colección de discos. Por el momento estaba solo pero si tenía a la música nunca se sentía solitario. “Alone but not lonely…”

No obstante, esa noche se sentía melancólico. Tenía ganas de salir a tocar a cualquier bar donde lo aceptaran e incluso, tenía ganas de cantar con esa voz tan ronca que lo caracterizaba. Estaba considerando irse a un barcillo de cuarta a conformarse con escuchar a cualquier banda indie cuando tocaron a su puerta.

-¡Oi! Tatsu, soy yo- la voz juvenil, casi aniñada de Momotarou lo llamaba al otro lado de la puerta.

-Abre.

El chico abrió la puerta y entro con timidez. De todos sus compañeros de DeVilS, Tasuku era el que más lo intimidaba. Pero estaba medio borracho y se sentía confuso, y pensó que no había mejor persona a la cual recurrir en esos momentos.

-Permiso- hizo una ligera reverencia con la cabeza antes de sentarse junto a Tatsu.

-¿Qué pasa?

-No quiero ir a mi apartamento. Sé que no podré dormir esta noche y no quiero estar solo.

Tasuku asintió. Entendía perfectamente cómo se sentía el chico. Pero no encontró las palabras para consolarlo.

-¿Crees que este bien?

-¿Sakuya?- no era difícil adivinar a quien se refería el chico. El líder de DeVilS ocupaba los titulares en la sección de farándula y por lo visto la cabeza de todos.

-Mjm.

-Pues…- Tasuku ya había terminado su porro y el cannabis empezaba a hacer su magia – no tengo ni idea. Tengo 12 años de conocer a Sakuya y nunca tengo ni la más puta idea de lo que pueda estar pasando por su cabeza. Siempre mantiene su semblante “misterioso y romántico”. Ya sabes…

Momotarou no intervino. Escuchar a alguien que usualmente era reservado era fascinante.
 
-Tampoco sé porque decidió dejar la banda si eso era lo que venias a averiguar- dijo Tasuku mientras su compañero de banda se sonrojaba a su lado viéndose sorprendido –pero sé de alguien que puede decirnos-

« Last Edit: May 31, 2023, 05:22:07 PM by Apple »


Othinus

Re: Act 1: Overture
« Reply #73: July 31, 2018, 07:14:08 PM »
SRY TOOt volvere a editarlo  :'( el tiempo me mata


(01; b)

Erio colocó las maletas sobre la cama, en realidad las literas occidentales nunca le gustaron y por ello se encargó de enrollar un futon de invierno y despejó el armario de las perchas para hacer lo que ella conoce como su rincón o espacio personal, donde dejar el lado creyente de los ovnis salir hacia fuera.  Hizo tanto ruido y bullicio en el cuarto que el abuelo cayó para ver que hace.

“¿Erio?” comenzó a buscar en todas partes con la vista y se dio de bruces con un cuarto vacío y todo desordenado. Él preparó el cuarto para su nieta, le colocó algunos muebles de pino listos a ser pintados del color que ella quisiera, una cama cómoda y amplia de una plaza y media y un pequeño televisor de veinte pulgadas por si quería ver algo; ella normalmente carga la portátil y el celular, o eso penso, hacía tanto que no la veía.
“Por aquí, por allá un loro te saludará” se asomó desde dentro del armario, medir metro cincuenta y cinco tiene sus ventajas, a veces, y ella lo aprovechó en esta ocasión y situó el futón dentro del mueble, junto con algunas cosas más. “Abuelo, necesito más cables para conectar artefactos de mucha… suma… importancia”. Seguía sin moverse del armario y lo miró de reojo; los ojos gigantes y azulados de ella parecían engullir todo al paso, hasta traspasar el alma cristalina del ancianito.

“¿Cuántos?” preguntó sonriente.
“¡Muchos, muchísimos!” respondió con cara reservada y un tono de antipatía total. “Quiero conectar también mi máquina de coser. ¿Cuándo llegaran mis cajas?”.
“Uh” rascó la cabeza ya casi calva. “La próxima semana, hay que ir a anotarte a la Universidad y terminar los papeleos”.
“¡Oh! Con poder evitar que mi información se filtre a la red o a los chinos, rusos o norteamericanos me es suficiente. Papeleos pueden esperar”, sonrió Erio y se escabulló dentro del mueble. “Dormiré unas horas, abue”.

El viejito sonrió amablemente y se despidió de la niete cerrando suavemente la puerta, por piedad a su cordura evitaría hacerle preguntas sobre conspiraciones en futuros cercanos y posiblemente lejanos. Suspiró y fue a la cocina para hablar con la esposa.  Ella hace la cena con alegría, al fin sería una familia grande, como siempre lo quiso ella, de cuatro personas: su hijo menor, la nieta y ellos dos. Todo brilla con una luz diferente para la familia Inuyashiki.

“Hay cerveza en la nevera, querido” le expresó ella mientras revuelve una olla con una cuchara de madera.
“Creo que Erio está mal” rascó la barbilla mientras saca de la heladera una lata de alcohol. “Muy mal y necesitamos comprar enchufes para ella, los pidió”. Sentado ya en la sala, sobre un cómodo diván encendió la televisión y colocó una película de los años noventa. Todo bien, ¿se habría caído de la cuna de bebé? Pero la recordaba cuerda en la infancia… ¿cuándo se volvió así? Recapacitó y echó a reír suavemente recordando las locuras de antaño de ella.


Othinus

Re: Act 1: Overture
« Reply #74: August 31, 2018, 05:42:13 PM »
VIVIENDO AL LÍMITE SRY  :'(

(1; c)

«Ley.»

Repitió mentalmente y uff, la mente del chico divago. «¡¡¡LEY!!»  «¡L-E-Y!»  Canturrea mientras camina por la cálida noche de verano de la ciudad. «¡Leeey—!»  Seguía y seguía haciendo paso entre el gentío que se reían por lo bajo de él. La vestimenta “Terminator” con una musculatura de alambre y gafas de sol más oscuras que su alma no le queda, para nada. 

Lo sabe y la opinión se la pasa por el arco del triunfo, ¡¿quién necesita la opinión de lo demás!  Bah, con eso jamás comería. Como un RRPP VIP del local, sí.

“¡Aaah mi amado Ley!” suspiró al ver el local, aún  cerrado y con gente en la entrada esperando el ingreso. Un día mágico, un día especial; tendrían bandas en vivo, tres, dos de renombre y una en ascenso. 

Metió un pitillo en la boca y expulso todo el humo en un santiamén. Uff, otra cosa que adora, aparte de Ley, es el cigarro. Fumar como chimenea le es normal, a él y todo quien lo tenga al lado.

Otro cigarrillo y otro, antes de ir al local fumaria en la esquina, allí donde dobla el viento. El alma se le encogió al ver como las puertas abrían de a poco y un bouncer de musculatura marcada se colocó frente a la cola. La noche comenzó.

Avanzó y ante la mirada de todos los presentes, saludó al hombre de custodia levantando el cigarro.

“Buenas, Mr. Muscle~”  le dijo, llevando el cuarto pitillo a la boca. “¿Cómo va todo?” 

El otro lo miró y arrugó el labio con cierto asco, admitía que Badou traía gente pero esa apariencia… too much.

“Mal, tuvimos que aumentar la bebida… adentro es un caos y Reika no sabe cómo se lo tomará la gente. Mary anda antipática…”
“Oh” tiró la colilla y luego la aplastó con el zapato “que cosa…  ¿andas más preocupado por la ganancia o Mary” le dedicó una risita a lo que el otro respondió tartamudeando con las mejillas rojas.
“Al fin vienes” de adentro salió un rubio despampanante con un traje carísimo hecho a medida por un sastre. “El grupo de cuarta que invitaste está desaparecido” suspiro, por eso trabajar con novatos siempre le pareció un inconveniente.
“Llamaré al imbécil de Eiji, seguro se peleó con el segundo guitarrista…” suspiró. Algo normal en el pelirrojo de Eiji, ellos solo eran una banda de garaje, antes mucho antes, había sido un guitarrista de primera, hoy solo la sombra de lo que alguna vez fue. “Lo siento Hikawa, Eiji mantiene el temperamento de diva”.

Hikawa es el jefe, el dueño de su amore, de Ley, y por aprecio al buen nombre y fama del local, lo arrastraría, si era necesario, al puto escenario. ¿Cómo se atrevía a fallarle así? Su culpa, por confiar en un treintañero de cuarta con un local de instrumentos en una calle paralela a la gran avenida.

Antes de seguir maldiciendo y nombrando a los mil y un demonios, un utilitario blanco aparcó delante de Ley. Esto hubiera sido motivo de una llamada directa a la policía de tránsito, si no fuera porque dentro Eiji le hizo una señal con la ventana baja.

“Bastardo” le sonrió Badou corriendo hasta la cabina. “Pensé que estarías bajo la cama, temblando como un marica”.
“Que poca fe” le gritó frunciendo el ceño y suspirando. Hoy le había pasado de T-O-D-O. “Atrás está el equipo y los demás, te presento a la bajista de reemplazo” la señaló.

Hundida en el asiento de acompañante le dedicó una mueca forzada. “Murasaki, es un gusto…”.
“Ya, vayan a prepararse, serán los segundos y ya no hay tiempo para ensayos” suspiro Hikawa. “SUERTE~”.

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El escenario, como siempre, luce impecable; con luces paseando por toda la tarima y los encargados colocando los instrumentos para el primer grupo; Badou aspiró el aire a limón del ambiente que pronto será manchado por alcohol y tabaco, incluso sexo si alguien en el baño se animase a tal salvajada.

“Eiji el bastidor está por allá” le señaló unas escaleras con forma de caracol y enseguida este se dirigió hacia allí con el resto de integrantes.
“Esto va mal, muy mal” corriendo, una mujer voluptuosa se pasea entre el personal de limpieza.
“¿Qué sucede Reika?” la detuvo en seco sujetándola por la muñeca.
“¡Badou!” le abrazó amistosamente “eh, los precios se dispararon y hay que corregir los precios de las bebidas”.
“Tranquila, mujer” apartó sus brazos de ella de inmediato y se alejó unos centímetros, Reika siempre parecía apoyarse en alguien y la víctima de esa noche era él… “Hikawa dijo que dejará entrar damas gratis para incentivar a la gente, hay que ver qué pasa”.

Yui tomó de la mano a Hakaze y ambas comenzaron a correr hacia la entrada de Ley, fuera ya sólo quedan algunos renegados que aún no entrarían o no hasta que el grupo de renombre de esa noche tocase.
“¿Cómo piensas entrar, Yui?” la miró mientras sus pies seguían el paso de la otra.
“Fácil, hoy toco. Saki dijo que entramos en segundo lugar y ya casi termina el primero so… ¡¡CORREEEE!!”.
“¡Alto, alto! Dijiste que sólo vendrías de invitada no a tocar… ¿Saki? ¿Quién es? ¿De dónde la conoces?” comenzó a interrogar la prima.
“¿Esperabas que trajera una guitarra para hacerme la rockstar?” comenzó a reir mientras llegaron con el guardia. “Vengo con Eiji, el tipo de ceño fruncido y chino teñido a full”.

Él la miró, dejar pasar a una menor que a leguas se nota la multa que le pondrían a Ley si ella entrase le hizo tragar saliva, por otro lado el que tuviera que tocar pronto, a minutos, le hizo agachar la cabeza y dejar el ingreso libre.  Peor  Hikawa que una pequeña coima y casi nunca se hacían controles.

« Last Edit: August 31, 2018, 05:50:19 PM by Othinus »