4.4. # Take Off
Caminaron alegres la corta distancia hasta el restaurante. El Xialin Noodle House ocupaba un local grande entre otras dos tiendas; el cristal de la ventana estaba limpio, un local cuidado con amor. Al abrir la puerta, una campanilla anunció su entrada, y una oleada de aire cálido y un aroma a especias los envolvió.
El local estaba semivacío, dos hombres con traje, los salariman, ocupaban taburete en la barra, inclinados sobre cuencos humeantes y en una mesa lejana, un anciano doblaba un periódico; en otra, tres adolescentes reían, haciendo ruido con sus latas de cangrejo.
Se dirigieron a una mesa junto a la ventana que daba a un aparcamiento. Joe se sentó de espaldas a la pared, Mitsuki a su izquierda, Luo y Cyan ocuparon el otro lado. Yu Xia, la camarera, se acercó con una sonrisa adusta, llevaba un delantal y debajo un traje formal, con falda negra en tubo y una camisa blanca. Se veía hermosa pese a su edad de más de cincuenta años
—¿Lo de siempre, Joe? —preguntó Yu Xia.
—Lo de siempre, Yu Xia. Fideos anchos, caldo oscuro, cerdo asado. Picante medio y té é caliente.
La mujer giró la cabeza hacia los más jóvenes.
—Para ellos, elige tú —añadió Joe, señalando a Luo y a Cyan—. Es su primera vez aquí.
Luo abrió la boca, pero Joe lo cortó con un gesto.
—Confía. —luego miró a Yu Xia—. Dos ramen de cerdo, caldo claro y sin picante. Que prueben primero así.
—Está bien.
—Yo quiero lo mismo que Joe —canturreó Mitsuki—, pero menos picante.
Yu Xia anotó todo en una libreta, sin levantar la vista del papel. Dio media vuelta y se alejó hacia la cocina.
—Esa mujer nunca sonríe —comentó Mitsuki, bajando la voz.
—Lleva treinta años trabajando aquí —comentó Joe, buscando un paquete de cigarrillos en el bolsillo interior antes de recordar que no fumaba dentro—. La sonrisa es un músculo, se atrofia si no lo usan seguido, pero ustedes niños no se deben preocupar.
El local olía a anís estrellado, huesos hervidos y salsa de soja. El vapor empañaba parcialmente los cristales del frente, y un ventilador giraba con un zumbido cansado en el techo.
Mitsuki alineó los palillos envueltos en papel sobre la mesa.
—Tío, esa exposición… ¿es algo grande?
—No estoy seguro, Habin tiene gustos excéntricos… seguramente será un lujar cargado en lujos, Mitsu-chan.
—No parece que vayamos a encajar ahí.
—El rock también puede ser elegante.
—¿Elegante? No sé, siempre me imagino a alguien rompiendo una guitarra o sudando sobre una camiseta rota.
Luo apoyó los codos en la mesa y Cyan estaba oyendo la conversación muy interesada en todo.
—Bueno, eso es solo una parte. Piensa en Bryan Ferry con Roxy Music. Hay un video de ellos en los años setenta donde él sale con un esmoquin blanco impecable, como si acabara de salir de una fiesta en Mónaco, pero con toda la banda detrás haciendo un ruido increíble. No necesitaban parecer "sucios" para ser rockeros.
—Ya, pero eso es casi como música de casino, ¿no?
—Para nada. Mira a los Beatles al principio; esos trajes negros entallados les daban una rebeldia que nadie tenía o a Nick Cave. Ese tipo se sube al escenario y parece un predicador que te va a leer el testamento… siempre de traje oscuro, camisa blanca abierta... tiene una presencia que te intimida.
—Supongo que es algo interesante. No estoy segura.
—David Bowie cuando hacía del "Delgado Duque Blanco". Solo una camisa, un chaleco y un cigarrillo y no necesitaba más o los de Duran Duran en los años ochenta, que parecían modelos de revistas, pero te llenaban estadios. Hay algo en esa imagen de "vengo impecable a romperlo todo" que tiene mucha fuerza. No hace falta ir de cuero y tachuelas para ser peligroso.
—Visto así... supongo que la elegancia también tiene su punto de rebeldía.
Cyan ladeó la cabeza, procesándolo todo la información que dijeron del rock, aunque ella no había escuchado a esos grupos nunca o cantantes, ni sabía quienes eran.
—O sea… ¿que alguien puede verse como si fuera a una boda y aun así hacer música Rock?
—Exacto —respondió Luo, sonriendo—. Eso es lo que lo hace más raro. Esperas una cosa y pasa otra.
—Pero… —Cyan frunció el ceño—… ¿no se supone que el rock es gritar, saltar y romper cosas?
Mitsuki, que había estado escuchando en silencio, por fin intervino, moviendo el pie con aire distraído.
—Sí, pero no siempre igual. En los noventa también pasaba eso. Mira a Radiohead… no iban vestidos como pandilleros ni nada, parecían tipos normales y aun así te dejaban hecho polvo con la música.
—¿Radio… qué? —preguntó Cyan, abriendo mucho los ojos.
—Radiohead —repitió Mitsuki—. No son elegantes elegantes como los que dice Joe, pero tampoco iban de duros. A veces la rebeldía es no encajar con lo que esperan de ti.
Luo asintió, apoyando la barbilla en la mano.
—Eso. El rock cambia de forma, aún así siempre tiene ese punto de “no soy lo que crees”. A veces es cuero y ruido, a veces es un traje limpio y una mirada asesina.
—Entonces… —Cyan sonrió despacio— ¿podría haber rockeros que parecen profesores?
—Totalmente —respondió Mitsuki, riéndose con alegría—. Y esos suelen ser los que más miedo dan cuando suben al escenario.
Cyan soltó una pequeña risa, imaginándose la escena.
—Vale… creo que empiezo a entenderlo. El rock no es cómo te ves, sino lo que haces sentir.
—Ahora sí —respondió Joe—. Bienvenida a la parte rara del asunto. El rock va contra el olvido. —Joe encogió los hombros, como si la palabra fuera demasiado grandiosa—. Las cosas desaparecen, las tiendas cierran, la gente se muda o muere. El Rock quiere dejar una marca profunda en ti, no importa como luzcan sino lo que hagan con su grupo.
Cyan se quedó muy quieta al oír eso último. La palabra muerte le pasó rozando, ella vivía rodeada de chicos que habían pasado por la perdida, incluso ella y Luo lo habían hecho… ser recordados… ¿acaso sus padres querían ser recordados?
—¿Contra el olvido…? —repitió en voz baja—. ¿Como cuando quieres que no se te borre algo importante?
—Sí —asintió Joe, más suave—. Como cuando una canción se te queda pegada aunque pasen años y ya no recuerdes dónde la escuchaste por primera vez.
Mitsuki levantó la mirada, interesada.
—Eso sí lo entiendo. Hay canciones que escuchaba con mis padres que ya no están de moda, pero cuando suenan es como volver a ese momento.
—Exacto —afirmó Joe—. El rock siempre ha tenido eso. No quiere ser bonito para un rato. Busca quedarse.
Cyan frunció la nariz, pensativa.
—Entonces… ¿por eso algunos gritan tanto? ¿Para que no los olviden?
Joe soltó una pequeña risa.
—A veces sí. Otras porque no saben decirlo de otra manera.
Mitsuki apoyó los codos en la mesa.
—En los noventa pasaba mucho eso. Gente que no parecía fuerte, pero cantaba como si se le fuera la vida. No iban de elegantes ni de salvajes… solo eran honestos.
—¿Y eso también es rock? —preguntó Cyan, mirándola con seriedad.
—Claro —respondió Mitsuki—. Quizá el más difícil de todos.
Cyan miró a Joe, luego a Mitsuki.
—Entonces da igual si llevas traje, camiseta rota o nada especial…
—Mientras lo que hagas deje huella —terminó Joe—. Mientras alguien, algún día, escuche eso y sienta algo.
Cyan sonrió, pequeña pero convencida.
—Creo que el rock da un poco de miedo.
—Buen signo —dijo Joe—. Si no da miedo, no dura.
Cyan jugueteó con el borde del vaso, todavía pensando en lo que Joe había dicho.
—Oye Joe… —levantó la vista Mitsuki—, ¿por qué siempre que hablan de rock terminan hablando de gente que ya no está?
Luo parpadeó, incómodo.
—Sí… eso suena un poco triste, ¿no?
Joe dudó un segundo antes de responder, como midiendo cuánto decir.
—Porque el rock también tiene historias oscuras. Una de las más conocidas es algo que llaman el club de los veinte y siete.
—¿Un club de verdad? —preguntó Cyan, enderezándose.
—No —respondió Mitsuki rápida—. Es más como… una coincidencia fea.
Joe asintió y tensó la mandíbula. La frase “Live fast, die young, and leave a good-looking corpse” no sabía si estos niños estaban listos para oir algo tan malo.
—Varios músicos muy importantes murieron a los veintisiete años… Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison… más tarde Kurt Cobain, aunque eso ya roza los noventa.
Los ojos de Mitsuki se iluminaron un poco al oír ese nombre.
—Kurt sí lo conozco… Nirvana. Mi tío me hizo escucharlo una vez.
—No solo una —corrigió Joe, sonriendo de lado.
Cyan frunció el ceño.
—¿Y por qué justo esa edad?
—No hay una razón mágica —comentó Joe—. La gente quiere buscarla, pero no existe. Eran jóvenes, famosos demasiado pronto, con mucha presión encima y pocas herramientas para manejarla. Los excesos también es algo que ronda la vida de un músico y más en el Rock y Metal.
Luo se rascó la nuca, un poco confundido.
—Entonces… ¿no es algo romántico ni nada así?
—Para nada —respondió Joe con firmeza—. Es una advertencia, no una leyenda bonita.
Mitsuki apoyó la espalda en la silla.
—En los noventa se hablaba mucho de eso, pero también de lo mal que estaba el sistema. Discográficas, giras eternas, cero descanso. No era solo “genio incomprendido” sino “genios explotados”.
Cyan bajó la mirada un poco triste.
—Suena como si el rock te diera todo muy rápido… y luego te cobrara.
—A veces —musitó Joe—. Por eso es importante entenderlo completo, no solo el ruido o la pose.
—Entonces el rock no quiere que te destruyas, quiere que digas algo antes de que sea tarde —Luo exhaló despacio.
—Eso está mejor dicho que muchos libros —admitió Joe.
—Me alegra que ustedes sigan aquí hablando de esto — Cyan levantó la cabeza, seria.
Joe la miró, sorprendido, y luego sonrió sin hacer bromas.
—A mí también. De eso se trata… que la música siga, pero la gente no tenga que desaparecer para que la recuerden.
Las bebidas llegaron en ese momento. Yu Xia depositó los vasos frente a cada uno sin una palabra.
—Lo de la señora Yoon —dijo Cyan, trazando círculos con su dedo en el vaso—. Fue extraño. Raro.
—Fue humano —rectificó Joe—. Se distrajo. A todos nos pasa.
—Pero ella es… importante. Tiene cartera, secretarias, ¿cómo se lleva tres discos sin darse cuenta?
—La cabeza de esa mujer está en otro sitio. En sus proyectos, en sus números. El mundo físico se vuelve un desastre así y está a poco de abrir su tan afamado centro cultural.
—¿Y el dinero? Ofrecer el triple como disculpas… —persistió Luo—. Eso no es disculparse, es alardear.
Joe negó con la cabeza, lenta, pensativamente. Yoon Habin es una mujer de gran presencia y robar no entra en su vocabulario, principalmente porque el escándalo tras eso sería una mancha imborrable en su currículo y cualquier falla sería explotada por sus competidores.
—No, no. Luo, en el mundo de los adultos esto es eficiencia. Para ella, el tiempo vale más que el dinero. Calcular el precio exacto, buscar un cajero, esperar a que yo hiciera la vuelta… eso le cuesta minutos. Horas, si lo piensa. Transferir el triple desde el auto le tomó quince segundos. Solucionó el problema y siguió adelante. Es pragmático, no orgulloso. Y hay más en contra que robe que pague, simplemente fue un desliz.
—¿Y a ti no te ofendió? —preguntó Mitsuki.
—¿La ofensa? —Joe consideró la palabra—. No. Fue un error, no un insulto. El insulto habría sido no hacer nada. Ella actuó y pagó más de lo debido, gracias a ella estamos comiendo aquí sin perdidas para la tienda. Eso es bueno ¿a que sí?
La comida llegó en platos de porcelana blanca, con bordes dorados. Los noodles de cerdo humeaban brillantes de salsa; en uno, el aceite rojo del picante, el otro, el color era más suave, esos eran de Mitsuki y Joe. Los dos restantes eran claros, casi sin nada de picante, los de Cyan y Luo.
Joe separó los palillos de madera y sujetó con cuidado varios fideos.
—Es curioso —mencionó el hombre antes de morder—, cómo algo que nació de las sobras terminó convirtiéndose en un ícono.
El vapor subía desde el plato, mezclando el aroma del jengibre con la salsa de soja. Los pensamientos de Joe no solo pensaba en la comida; el nombre "Chop Suey!" también le traía a la mente una energía mucho más frenética… la de System of a Down.
—¿Qué es? —preguntó Cyan, observando su cuenco con desconfianza, tratando de pescar un brote de soja sin que se le resbalara—. Yo pensaba que solo era comida china rápida. ¿De qué hablas, Joe?
Joe sonrió de medio lado, saboreando el picante.
—Hablo de que este plato le dio nombre a una de las canciones más raras y poderosas del metal. Salió en el dos mil y uno, justo cuando el mundo estaba cambiando, estos tipos soltaron una canción que aún resuena.
Luo, que estaba muy concentrado intentando no manchar su camisa clara, levantó la vista confundido.
—¿Metal? ¿Como... ruido de hierro? —preguntó con total sinceridad Luo—. ¿Por qué alguien le pondría nombre de comida a una canción de gente gritando?
Mitsuki soltó una risita y dejó sus palillos sobre el cuenco. ¡Al fin habían tocado temas de música que ella sabe! ¡Estaba emocionada!
—No es solo ruido, Luo —intervino ella, mirando a su tío con complicidad—. Tío Joe se refiere a System of a Down. Eran cuatro tipos armenios en California haciendo algo que nadie más se atrevía a hacer. Mezclaban ritmos de Europa con guitarras pesadísimas.
—Exacto —sonrió calmado Joe—. La canción se iba a llamar "Suicide", pero para que no la censuraran en la radio, hicieron un juego de palabras: Chop Suey-cide. Un "suicidio picadito", como la verdura que te estás comiendo ahora.
—Qué tétrico... ¿Y de qué trata? ¿De comida sangrienta? — Cyan arrugó la nariz, procesando la información.
—Para nada —respondió Mitsuki, tarareando suavemente el ritmo frenético del inicio—. Trata de cómo la gente te juzga. La letra dice "¡Despierta! ¡Ponte un poco de maquillaje para ocultar las cicatrices!". Es una crítica a lo hipócrita que es la sociedad.
—De repente se vuelve una plegaria —completó Joe, cerrando los ojos un momento—. El cantante, Serj Tankian, tiene una voz que puede pasar de ser un maníaco a sonar como un ángel en una catedral. Es esa parte que dice: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".
Hubo un pequeño silencio en la mesa. Luo y Cyan miraron sus cuencos, todavía sin comprender mucho, pero sonaba genial para ellos.
—Vaya —susurró Luo—. Es algo interesante si lo pones así.
—Muy interesante —concluyó Joe, volviendo a atacar su plato con energía—. Ellos lograron evadir la censura con un juego de palabras muy convenientes.
—¿En Japón tienen censura, Joe? —preguntó Cyan, apoyando los palillos sobre el borde del plato—. Nunca oí nada claro. De China sí, pero Japón… no sé. Para mí todo eso es muy lejos de Eastwood.
Joe se limpió la boca con la servilleta antes de responder.
—Sí. Claro que la tienen. Pero no se parece a la china, ni tampoco a la nuestra. En Japón no siempre hay una orden directa que diga esto no se publica, hay comités, consejos, asociaciones. Gente que decide qué es apropiado, qué “protege a la sociedad”.
—Suena complicado —dijo Luo con la boca llena.
—Son como árbitros culturales —respondió Joe—. El cine tiene los suyos, los libros también. Nadie te apunta con un arma, pero si no pasas por ellos, te quedas fuera. Sin salas, sin distribución, sin nombre.
—Eso suena a censura igual —mencionó Cyan.
—Lo es. Solo que de un modo más disfrazada de consenso. En China es distinto: ahí la censura es vertical. El Estado decide qué existe y qué no.
—¿Y funciona? —preguntó Luo—. ¿La gente obedece?
Joe se encogió de hombros pues si funcionaba a veces y otras no.
—Funciona porque apela al honor, a no desentonar y a no ser el problema. Y si además eres gaijin… —dejó la frase colgando.
—¿Gaijin? —Cyan frunció el ceño.
—Extranjero —explicó—. Literalmente “persona de fuera”. No siempre es un insulto, pero nunca te deja olvidar que no perteneces del todo. Puedes hablar, crear, opinar… pero siempre hay una pared invisible. Lo que dices pesa menos.
—Entonces ni siquiera es lo que dices —murmuró Cyan—, sino quién lo dice.
—Exacto. En China el problema es el contenido. En Japón, muchas veces, es el emisor.
—Suena complicado —dijo Luo, enrollando noodles con cuidado—. Demasiadas reglas que nadie explica.
—Es sencillo. Es saber qué espera el sistema de ti y decidir si vas a cumplirlo.
Terminaron de comer y Joe hizo una seña a Yu Xia, quien trajo la cuenta rápidamente, el hombre pagó con billetes, dejando unas monedas de propina. La camarera las recogió sin mirarlo.
Al salir, la luz de la tarde los cegó un instante. Las calles estaban más tranquilas. El tráfico seguía ahí, pero reducido, constante, sin bocinas. Caminaron unos metros antes de volver a hablar.
—Entonces —musitó Cyan—, ¿en China todo está controlado por el Estado?
—Sí —respondió Joe—. Hay listas claras. Temas que no se tocan, palabras que activan filtros. Libros que no se publican y películas que no se estrenan. No es sutil.
—¿Y la gente lo acepta?
—Algunos sí, otros se adaptan. Todos saben dónde está la línea.
Siguieron caminando, el ruido del tráfico volvió a llenar los espacios entre frases.
—¿Volvemos ya, Luo? —preguntó Cyan, ajustándose la mochila.
—Ustedes pueden irse primero —los despidió animado Joe—. Mitsu-chan y yo tenemos trabajo.
—¿Podemos ayudar? —Luo hizo una mueca—. No tenemos nada hasta las seis.
—¡¡¡LUO!!! —otro codazo fue hacia su amigo.
—Santaaaa —se tocó dónde lo codeo, ya la estaba doliendo—. Van como veinte veces hoy.
—Te lo mereces —le hizo un mohín.
Joe los observó, Luo ya le caía bien por su actitud tan activa y Cyan por ser tan correcta y reservada.
—Bien. Ocho manos trabajan más rápido que cuatro.
El regreso a la tienda fue corto. El cartel de neón en la ventana, “Joe’s Rock Shop”, titilaba débilmente al acercarse por la hora del día. Dentro, el aire estaba quieto, cargado con el olor familiar a papel envejecido y otros olores que recordaba a una tienda vieja.
Joe encendió la luz fluorescente, que parpadeó antes de estabilizarse.
—Mitsuki, busca cajas en la trastienda, las que sean. Luo, Cyan, venganconmigo. Vamos a bajar la Stratocaster.
Se acercaron a la pared del fondo. La guitarra colgaba en un soporte simple, su cuerpo de madera clara marcado por arañazos y pegatinas medio desprendidas… un cráneo con gafas de sol, un logotipo de una banda ilegible ya y algunos soles ya despintados.
—¿Es valiosa? —preguntó Luo, tocando con cuidado una cuerda oxidada.
—En dinero, no. En historia, sí. Un tipo me la dio a cambio de un amplificador que nunca recogió. Dijo que volvería en una semana y eso fue hace varios años ya.
—¿Nunca regresó?
—Nunca. A veces pienso que quizás murió o se mudó o simplemente olvidó. La guitarra se quedó y se convirtió en parte del lugar.
Mitsuki reapareció arrastrando dos cajas de cartón aplanadas con un poco de dificultad.
—Son las únicas.
—Con eso basta, Mitsu-chan —Joe descolgó la guitarra con cuidado. Era más ligera de lo que parecía—. Ahora… los discos. Vamos a elegir cuales llevaremos al centro cultural de Habin.
Se dirigieron a los estantes y Joe no dudó mucho. Sacó el Led Zeppelin IV, su luego el Nevermind de Nirvana, con el bebé nadando hacia el dólar. Un sencillo de los Sex Pistols, “God Save the Queen”, aún en su funda de papel.
—Necesitamos algo local —pronunció Mitsuki.
Fueron a una sección apartada, una estantería baja cerca del suelo. Allí guardaba lo autóctono: demos casete, EPs con portadas fotocopiadas. Joe extrajo tres…. un EP de Hyuna, The Rust y Espectros, un grupo de post-punk cuyos integrantes nunca conoció en persona.
—Estos. Muestran lo que salía de aquí. De Eastwood.
—¿Y los carteles? —Cyan señaló las paredes.
—Los dos enmarcados. Los demás están muy frágiles, se deshacen con la luz.
Descolgaron un póster de The Dusty Roads, una banda de country rock local de los ochenta, y otro de The Ramones, comprado en un concierto hace décadas. Joe los envolvió en papel de seda.
Trabajaron en silencio, solo las instrucciones breves de Joe y el crujido del papel de burbujas se escuchaba en el local. Mitsuki colocó los discos en las cajas, separándolos con cartón; Luo y Cyan limpiaron el polvo del marco de los carteles. Joe inspeccionó la guitarra, ajustando una clavija suelta.
—Parece que la tienda se está vaciando —murmuró Cyan, mirando los huecos en los estantes.
—Tenemos muchas cajas con CD’s guardados, la cosa es que no hay ganas de ordenar —se mofó Joe, siguiendo con el empaquetado.
—¿Y si a la gente le gustan y no quieren devolverlas? —preguntó Luo, sellando una cinta adhesiva con un gesto exagerado.
—Entonces tendrán que negociar conmigo —murmuró Joe con un tono tranquilo—. Les costará el doble sin duda.
Colocaron las tres cajas cerradas junto al mostrador. Parecían insignificantes allí, conteniendo pedazos de un universo pequeño llamado música Rock and Roll.
Joe fue a la planta de arriba, encendió la cafetera y el agua empezó a gotear sobre la jarra de vidrio, liberando un aroma rico y fuerte.
—Tío —preguntó Mitsuki, apoyándose en la mesada—. ¿Crees que esto traerá más gente? ¿A la tienda, quiero decir?
—Algunos, quizás. Otros vendrán, mirarán, se irán. No es el objetivo.
—¿Cuál es el objetivo?
Joe sirvió el café en su taza mug, la esmaltada, con el logo de Black Sabbath casi invisible por el lavado.
—El objetivo es que alguien, frente a esa guitarra rayada, escuche la historia del tipo que nunca volvió por su amplificador o que vea ese disco de Zeppelin y piense en la primera vez que lo escuchó, quizás en el auto de su padre. Que entienda que esto no es solo mercancía, es ruido convertido en memoria. Es gente común haciendo cosas que, por un segundo, los hicieron sentir extraordinarios.
Bebió un trago. El café estaba caliente y amargo, justo lo que necesitaba para acomodar sus ideas en ese momento.
—Y si viene más gente, quizás pueda permitirme comprar una cafetera nueva. Esta quema todo. Bleh —sacó la lengua con asco.
Mitsuki sonrió y Luo resopló desde la planta baja. El teléfono de Joe vibró sobre el mostrador, una notificación del banco. La pantalla mostraba un ingreso, la cantidad exacta, triple del valor de los discos. Luo corrió a mostrárselo a Joe con entusiasmo.
—Ahí está, la transacción.
—¿Palabra de honor moderna? —canturreó feliz Mitsuki—. Habin nunca miente.
—Parece que este mes estaremos más sueltos —hizo un ok con su dedo pulgar e índice.
—Con eso podríamos arreglar tantas cosas de la tienda —sugirió Mitsuki.
—O comprar un nuevo cartel para la ventana —añadió Joe—. Ese está blanqueado por el sol. Quizas use algo para reparaciones, l resto queda guardado. Para gastos imprevistos, como un cliente que robe discos.
Sonrieron los cuatro, el ambiente se había aligerado.
—¿Abro? —preguntó Mitsuki, mirando hacia la puerta.
—Abre. Tenemos que seguir atendiendo.
Mitsuki dio la vuelta al cartel de “Cerrado” a “Abierto” y la campana sonó cuando cruzó el umbral un momento, ya eran las dieciséis horas por lo que dudaban que alguien apareciera pronto… Joe se quedó detrás del mostrador, una mano apoyada en una de las cajas. Luo y Cyan se sentaron en el taburete de los clientes, hablando un poco.
Esa tarde la tienda estaba en calma, pero una calma diferente a los demás días… con nuevos amigos que se habían reunido para escuchar las historias de Joe sobre el rock y viejos anécdotas de festivales que ya no se permitían hacer, buenos y viejos tiempos. Joe miró su reloj de pulsera… las cuatro y diez. Un día más en Joe’s Rock Shop con un “robo”, una disculpa sobredimensionada, un almuerzo, una selección de recuerdos. Nada extraordinario, solo la crónica de un pequeño mundo que, contra todo pronóstico, persistía.
El sol de la tarde filtraba por la ventana de la tienda “Joe’s Rock Shop”; un año había transcurrido en Eastwood, el paso del tiempo se veía en la amistad de ellos, en la mirada más serena de Mitsuki, que acababa de cumplir diez. La vida en Eastwood mantenía su ritmo apresurado.
En esa tienda vacía resonaban los zumbidos ásperos de dos guitarras eléctricas conectadas a pequeños amplificadores; Cyan movía sus pequeños dedos en las cuerdas, intentando aprender una nueva canción con dificultad, el power-chord de Do (C5) en el 3er traste de la 5.ª cuerda para “Smoke on the Water” de Deep Purple; a su lado, Luo ajustaba la clavija de afinación con el ceño fruncido, concentrado en lograr la tensión perfecta.
Mitsuki observaba desde un taburete, con un semblante tranquilo, sus ojos seguían el movimiento de las manos de Cyan, el recorrido de los dedos de Luo sobre el mástil.
—El puente de esta está demasiado alto —murmuró Luo, sin levantar la vista.
Cyan respondió con un rasgueo disonante, seguido de una risa breve. Mitsuki no dijo nada, se inclinó hacia delante y giró ligeramente el mando de volumen del amplificador de Cyan y Luo, emparejando sus sonidos, sonaba genial a sus oídos aún inexpertos. Los tres compartían el mismo deseo, un anhelo que no necesitaba palabras… el crujido de la corriente a través de los altavoces, la vibración cruda que recorría la madera y se clavaba en los huesos. Soñaban con el peso de un mástil delgado y los controles de metal bajo sus palmas, con la posibilidad de llenar el desván, y tal vez el mundo, con un sonido que fuera solo de ellos.
Practicaban así, creando una cacofonía. Los acordes eléctricos, a veces desafinados, chocaban contra las progresiones limpias de Mitsuki, fundiéndose en algo extraño y prometedor. Los tres tenían talento y callos por haber tocado tan duro por un año entero, con clases particulares de Joe.
Joe observaba desde detrás del mostrador mientras apagaba una colilla en un cenicero abarrotado de colillas de cigarros y el polvo, mientras daba una calada profunda.
—Han progresado bastante bien este último año, pensar que antes eran unos niños. Ay… me llenan de orgullo.
Cyan sostenía la guitarra, sus dedos encontrando las posiciones con menos vacilación que meses atrás. El power chord de Do resonó, seco y contundente, un logro pequeño, pero visible en la ligera elevación de su barbilla ante las palabras del dueño de Joe’s Rock Shop.
—¿Así o más fuerte? —preguntó, girando el control de ganancia hasta el límite. Un feedback agudo llenó el espacio.
—Así vas a hacer que Joe nos eche —dijo Luo, pero una sonrisa traviesa asomaba en su rostro. Dio un golpecito a la pastilla de su propia guitarra—. Aunque quizás así no oiga tocar a Mitsuki.
Luo, sentada en un banco de práctica, dejó que un arpegio limpio y cristalino fluyera desde sus cuerdas. Mitsuki se mantenía en silencio, observando. Miraba a su tío, que soplaba el humo hacia el techo con una expresión impasible.
—El feedback es un recurso, niños —masculló Joe, encendiendo otro cigarrillo—. Pero ese que acabas de hacer estás haciendo llorar a mi bebéeee.
Cyan bajó un poco el volumen, aun así, no soltó la guitarra. Luo probó un bend en la tercera cuerda, estirando la nota que hizo que Mitsuki escondiera una sonrisa detrás de su mano.
—Tu bend suena a gato pisado. ¡Luo el creído! —comentó Cyan, sin mirarlo.
—Es estilo —replicó él, haciéndolo de nuevo, aún más largo—. Tú tocas como manual de instrucciones.
—Y tú como si no lo hubieras leído.
La discusión era algo cotidiano, carente de verdadera hostilidad. Los sonidos ásperos y los suaves se enredaron en el aire lleno de humo, creando algo coherente, momentáneo.
Cyan respondió con otro rasgueo. Esta vez, las yemas de sus dedos cortaron el sonido de las cuerdas sobrantes a tiempo. Un golpe de sonido, compacto y agresivo, llenó el espacio entre ellos junto a una sonrisa fugaz que cruzó por su boca.
—Esa canción —comentó, la voz ronca por el humo y el desuso matinal—. La primera vez que la toqué en vivo, el dueño del bar me tiró un vaso. Pensó que estábamos provocando una pelea.
Cyan bajó la guitarra, el mástil todavía caliente bajo su mano.
—¿Por qué? —preguntó expectante. Este año había estado lleno de charlas sobre anécdotas de Joe y habían conocido bien a Habin.
—El bajo. Demasiado alto, demasiado sucio. Vibraron los estantes de licor y dos botellas de Ginebra se cayeron —Joe aspiró una calada profunda, soltando el humo hacia el ventilador del techo, que lo disipaba en remolinos lentos—. Nos pagaron la mitad y el bajista se enfadó. Quería pelear con el dueño.
—¿Y tú? —Luo dejó que su guitarra colgara de la correa.
—Yo recogí el dinero y le dije al dueño que la próxima vez le tiraríamos nosotros la botella… —una tos seca le sacudió mientras intentaba reirse—. El batero lo insultó de arriba abajo. Sobra decir que fuimos vetados de ahí.
—Pues yo quiero disparar ahora —declaró Luo, y giró el control de ganancia de su amplificador hacia la derecha, hasta el tope. Antes de rasguear, un chillido agudo y penetrante se apoderó del local, hizo vibrar los cristales de la ventana.
—¡LUO! —la menor se llevó una mano a la oreja, con una mueca exagerada—. Deja de jugar, nos dejaras sordos y nos echarán.
—No voy a echar a nadie —sonrió Joe, aunque cerró los ojos contra el sonido estridente—. Pero ese chillido no es música, es caos y romperás todo. Tendrás que trabajar aquí por diez años si rompes algo, niño.
—Esta bien, está bien. Lo haré más suave.
—Prueba otra vez —indicó Joe, señalando con el cigarrillo—. El acorde, sin pretender demoler la tienda.
Luo asintió. Respiró hondo y colocó los dedos en posición: índice en el tercer traste de la quinta cuerda, anular en el quinto traste de la cuarta; después deslizó el índice al quinto traste de la quinta y repitió el patrón, pulsando cada power-chord del riff de “Smoke on the Water” con la misma cadencia grave que resonaba en la tienda vacía. Su muñeca estaba tensa y recordó las palabras de Joe de la semana pasada: « relaja la mano; no estás estrangulando al instrumento, lo estás guiando ». Dejó que la presión cediera un milímetro. Entonces apretó la púa y golpeó las cuerdas, una a una, limpias y decisivas.
El sonido fue mejor: menos apretado, más abierto. La distorsión envolvió las notas sin ahogarlas, dejando que cada golpe respirara y vibrara con su propio aire.
—Bien —fue todo lo que dijo Joe. Era un elogio alto en su boca.
Cyan, sin querer quedarse atrás, puso el índice en el quinto traste de la quinta cuerda y repitió el mismo patrón de power-chords, dos trastes más arriba que Luo. Después, en vez de seguir, descendió al tercer traste, reforzó el riff original y, como colofón, apoyó el anular en el séptimo traste de la tercera cuerda y la dobló: la nota se alzó, gimió, subió de tono y luego cayó, avanzando sobre la distorsión de los demás.
—Eso suena forzado —comentó Luo, sin apartar la vista de sus propios trastes.
—Se llama apropiación —replicó Cyan. Lo intentó de nuevo; esta vez, en vez de sacudir, apretó la cuerda contra el traste y la hizo temblar con un vibrato lento y regular, la nota respirando dentro de la distorsión.
—Suena a que la apropiación es de dolor.
—Préstame eso cinco minutos —musitó Mitsuki sin levantar la voz.
Luo se quitó la correa y la pasó por encima de la cabeza, de inmediato, Mitsuki la colgó de su hombro izquierdo; el cuerpo le quedó grande, pero el equilibrio fue exacto. Giró el selector de pastillas al medio, bajó el tono a cero y subió el volumen despacio. El amplificador sonó perfecto, esperando por rugir.
Primero repasó el riff de “Smoke on the Water” dos veces, limpio, sin distorsión, las notas sonaron perfectas, cada palm mute exacto. A la tercera vuelta pisó el overdrive; el sonido creció, se hinchó, ocupó toda la tienda. Cuatro compases después abrió el delay, cada power-chord dejó un eco que rebotó entre los estantes de discos.
Joe encendió otro cigarrillo y se recostó contra la pared, el humo llenó sus pulmones junto a una sonrisa y el pie marcando el ritmo del cover de Deep Purple. Estaba orgulloso de Mitsuki, su sobrina, y por supuesto, de Luo y Cyan.
Mitsuki dio un paso más… soltó la mano izquierda del mástil y dejó que la cuerda vacía de Mi grave sonara; con la derecha golpeó la púa contra el puente, produciendo una armonía que chilló un segundo ante de desvanecerse.
A partir de ahí construyó un bucle de ocho compases: riff, armónico, acorde de Ré5 sostenido durante dos tiempos, retorno al riff.
Cada vuelta añadía una capa… primero un trémolo suave en la tercera cuerda, luego un slide ascendente hasta el duodécimo traste, después un bend pre-bend en la segunda cuerda que soltó justo a tiempo para que el eco lo repitiera una octava arriba.
El volumen subía gradualmente. Joe no intervino; solo movía la cabeza al compás.
Cyan se sentó en el suelo, la espalda contra un altavoz y Luo estaba totalmente concentrado en los movimientos de mano de Mitsuki, se notaba que ella era una chica talentosa.
Mitsuki cerró los ojos. Diez minutos después aún no había dicho ni unauna sola frase.
Pasó del riff a una progresión de Do5 Sol5 Fa5 Sol5, siempre en negra, siempre en el quintillete del delay.
A mitad del recorrido cortó el overdrive y dejó solo la señal limpia; el contraste hizo que ambos chicos la miraran impresionados y Joe sonrió ampliamente, aún calando su cigarro.
Entonces pisó el fuzz Mitsuki, el sonido se volvió casi sintético.
Joe sonrió de medio lado, apurando otro cigarro a sus labios.
—En el mil novecientos noventa y cuatro, en el festival de Carson, pusieron a Sonic Youth después de los Ramones. El cambio de sonido fue tan brusco que la gente se tapó los oídos. Al tercer tema ya nadie quería irse.
Mitsuki abrió los ojos, lo miró y siguió.
Añadió otra capa más, con el slide de metal que guardaba en el bolsillo recorrió la primera cuerda desde el tercer traste hasta el diecisiete.
—Ese fuzz —dijo Joe entre dos bocanadas— es el mismo que usó Thurston Moore cuando partió la mitad del mástil contra el monitor. No por show,se le atascó el slide y el tipo prefirió convertirlo en ruido antes de dejar de tocar. La multitud pensó que era parte del tema… después, en camerino, le tuve que prestar mi Jaguar porque la suya quedó con el mástil en forma de L.
Inmediatamente después palm muteó el riff de “Smoke on the Water” una vez más, pero esta vez en compás de 5/4, desplazando el acento y haciendo que todo el tema sonara ajeno a sí mismo.
—Y ese compás de cinco —agregó Joe sin apartar los ojos del humo que subía— lo usó Black Sabbath en el set secreto de aquel mismo festival. Nadie lo notó hasta que el baterista se descolgó y Geezer se pegó un codazo contra el mástil. El público pensó que era un error; ellos lo habían ensayado así para joder al técnico de luces.
Veinte minutos, el sudor le corría por la sien a Mitsuki. El amplificador empezaba a calentarse; el ventilador interno zumbaba más alto y Joe fue hasta la nevera, sacó tres botellas de agua y las dejó sobre el mostrador sin interrumpir.
Cyan abrió la suya y siguió golpeando el ritmo con el pie.
Treinta minutos, el bucle ya no era “Smoke on the Water”; era una pieza propia que usaba el riff como columna. Mitsuki introdujo arpegios ascendentes en la escala de Do mayor, luego los convirtió en acordes de séptima disminuida, después en tritono. Cada cambio era limpio, sin titubeos.
Joe apagó el cigarrillo y habló sin alzar la voz:
—En el ochenta y siete tuve una Stratocaster que solo afinaba si la dejaba boca abajo toda la noche. Un día abrí para una banda tributo a Jimi Hendrix y la pobre se desafinó al segundo acorde. Tuve que tocar todo el set con la palanca del vibrato pegada al cuerpo. Al público le encantó.
Mitsuki sintió cómo el pulgar le temblaba y apretó el último acorde, dejó que el delay lo tragara y levantó la mano derecha. Mientras intentaba seguir con la improvisación basada en “Smock on the Water” la púa resbaló entre los dedos y cayó al suelo. Los dedos le hormigueaban, ya no sentía las yemas después de tanto esfuerzo.
Joe apagó el cigarro en el cenicero y habló sin mirarla, añorando viejos tiempos.
—En el ochenta y ocho, en el estadio de Oakland, David Gilmour pinchó tres púas seguidas durante el solo de « Comfortably Numb » y no paró, siguió con los dedos.
Luo tomó la botella de agua fría que el hombre les trajo de la nevera y la arrojó hacia Mitsuki. El plástico golpeó el antebrazo de Mitsuki. Ella dejó la Jaguar colgando sobre la correa y tuvo que flexionó los dedos varias veces, cerrando los ojos. El zumbido de los amplificadores fue lo único que quedó, después de unos segudos flexionó cada dedo; los nudillos crujieron.
Joe encendió otra vez un pitillo, aspiró y soltó el humo hacia el techo.
—En el sesenta y cinco, en el Knebworth Fair, Pink Floyd terminó con «Eclipse». La batería de Mason se desafinó a mitad del tema. No se notó, el público cantaba tan fuerte que tapó el desastre. En camerino, el técnico tuvo que cambiar todos los parches con cinta americana. Qué buena cinta, ¿eh?
Cyan recogió la púa, la limpió con el pantalón y se la devolvió; Mitsuki la guardó en el bolsillo, a su lado, Luo afinaba la cuarta cuerda de la otra guitarra; el afinador marcó verde.
Joe se recostó en el mostrador, expectante a lo que harían ahora sus pupilos.
—En el noventa y tres, en Roskilde, The Smashing Pumpkins abrieron con «Cherub Rock». El escenario era barro puro, el técnico resbaló, tiró la consola y cortó mitad de luces. Corgan siguió tocando sin monitores. Terminaron el set a oscuras. El público encendió mecheros. Sobra decir que nadie se fue.
Luo probó un bend en la segunda cuerda, el sonido quedó estable.
—En el noventa y nueve, en Woodstock, Red Hot Chili Peppers tocaron bajo lluvia. Flea se descalzó, pisó un cable desnudo y recibió una descarga. El concha su mare saltó un metro, rió y siguió. Después le revisaron quemaduras de segundo grado.
Cyan tomó la guitarra de Mitsuki, mientras estaba recuperaba el aliento y ajustó el selector de pastillas. Dio un acorde de Mi5, lo dejó sonar.
—En el noventa y seis, en el festival de Reading, Oasis canceló a última hora. Radiohead ocupó el hueco y Thom Yorke perdió la voz tras el tercer tema. El público cantó el resto a todo pulmón, la banda siguió sin él. Terminaron con «Creep» y Yorke lloró detrás del amplificador por todo el amor y cariño que le tenía el público.
Mitsuki siguió bebiendo del agua fresca, aún con el sudor corriendo por su rostro y sus dedos recuperándose del esfuerzo de haber sostenido la música por más de treinta minutos.
—En el ochenta y cuatro, en el Live Aid, Queen tocó veinte minutos. Brian May usó una moneda de cincuenta peniques como púa. La perdió al final de «Hammer to Fall» y no la encontraron más.
Cyan probó un slide con el dedo meñique, el traste doce sonó claro.
—En el setenta, en el Isle of Wight, Hendrix tocó al amanecer. El generador falló dos veces y a la segunda, él siguió tocando sin amplificador. El público escuchó solo la cuerda abierta, ese sonido crudo hizo que cuando volvió la corriente, el público estalló el aplauso. Esa parte no está en ningún disco, se sabe del boca en boca —podía seguir por horas con sus clases de Rock en el mundo, pero su voz también se sentía cansada—. Descansen por hoy, mañana eensayan «Paranoid», sin distorsión hasta que lo pida.
—Joe ehm… —musitó tímidamente Cyan, quitándose la guitarra de encima—. ¿Podemos practicar Take Off? Mañana haremos una pequeña presentación con Luo en el orfanato y queríamos la apreciación de ustedes dos…
El mencionado abrió la boca, soltó un humo tenue y se rascó la escasa barba de su mentón.
—Take Off quiere decir tempo firme y voz en tono. Ensayan mañana a las ocho. Traigan la guitarra limpia y afinado, yo abro la tienda y escucho una sola vez. Si fallan, repiten hasta que no fallen.
Cyan y Luo guardaron sus guitarras con más cuidado del habitual, Mitsuki colgó la Jaguar en el soporte y se quedó mirándola un segundo de más.
Cyan se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra el amplificador y estiró las piernas. Luo agitó la mano y sopló sobre los dedos, ya habían practicado bastante ese día.
—Mañana no lleguen tarde —dijo, sin mirarlos—. Y afinen antes de tocar.
Nadie respondió, no hacía falta, Cyan y Luo estaban emocionados por practicar Take Off antes de tocar frente a todos los del orfanato.
Cuando salieron, el sol ya estaba bajo. Mitsuki los despidió desde la entrada con la mano, Luo y Cyan también, hasta que se perdieron al doblar en una esquina; Joe apagó la luz de la tienda y se quedó un segundo más, solo. Después subió por las escaleras hasta la cocina. Ya tenía hambre.
—Estoy muy nerviosa —musitó Cyan, caminando al lado de Luo.
—Es normal —respondió Luo, con las manos en los bolsillos de su abrigo—. Siempre lo estarás antes. ¿No te emociona, Santa?
—Para nada, no me siento preparada.
—Nadie lo está. Estar listo significa estar dispuesto a fallar en vivo, lo importante es afrontar juntos los errores y poder avanzar. Somos solo tú y yo, Cyan.
—¿Crees que noten nuestros errores?
—Quizás. Pero no lo tratemos como un error. Aprendamos a tocar con esos errores sobre la marcha.
Al día siguiente el aire se sentía diferente y los nervios a flor de piel, hoy, después de todo un año de esfuerzo, iban a demostrar de lo que estaban hechos; fueron puntuales a la tienda “Joe’s Rock Shop” y practicaron hasta el medio día Take Off, aunque no era perfecta y, en el escenario, los nervios seguramente jugarían una mala pasada, Joe los tranquilizó con sus típicos anécdotas de conciertos a los que había asistido o visto en Lives.
Cyan entró primero, luego Luo, después Mitsuki bajó por las escaleras una vez oyó las voces de sus amigos; Joe les tendió loa cables y señaló los amplificadores sin decir nada. Los chicos del orfanato afinaron en silencio, contaron cuatro pulsos y arrancaron Take Off. La primera pasada pisaron el cambio de 7 5 3 0; Cyan soltó la nota demasiado pronto; en la segunda Luo entró un tiempo antes y el metrónomo quedó solo y en la tercera Cyan perdió el pulso en el puente y dejó sonar el G7 cuatro golpes de más.
Joe encendió un cigarrillo, apoyó el codo en el mostrador y habló sin mirar.
—Otra vez. Repitan desde el inicio y Cyan, ve tarareando la canción.
—¡S-sì! —susurró nerviosa, iba a cantar mientras Luo tocaba.
Joe dio una calada y soltó el humo rápidamente.
—Desde el principio. Cyan, cuenta en voz alta cada compás, si te pierdes, empezamos de nuevo.
Cyan respiró hondo y golpeó el mástil con los nudillos.
—Uno, dos, tres, cuatro.
Bajaron el tempo a ciento treinta, el riff sonó entero y Joe no dijo nada; solo señaló el puente con la cabeza. Cyan marcó los cuatro golpes del G7, Luo cerró con el A7 en tiempo. Al final del tema Joe apagó el amplificador.
—Listo. Guardan los cables, se comen algo y suben al escenario a las tres.
A solas, Luo y Cyan seguían practicando hasta el último momento, estaban convencidos de que Mitsuki y Joe irían a verlos, no podían defraudarlos, querían ver sus sonrisas de orgullo.
—¿Crees que lo haremos bien? —la duda inundó la cabecita de Cyan.
—Relaja tu voz y da todo de ti, Santa —él estaba alegre, como siempre.
Contó cuatro pulsos y el riff de Take Off explotó bajo las manos hábiles de Luo; Cyan tensó los hombros, tratando de entonar suavemente la canción para no exigir de más a su garganta. En el slide del 5 al 7 en drop-D, el índice de Luo se le fue. La A# chilló y siguió al cuarto compás del puente.
“I'll be taking actions, no distractions. I just wanna be who I wanna be. I don't need exceptions, no delusions. Chance is only once, you know”.
Joe salió por la puerta trasera que daba al callejón a fuma más, no podía dejar que el humo arruinara las cuerdas vocales de Cyan; olor a tabaco se mezcló con el del cubo de basura y Mitsuki sacó tres bolsas de arroz envueltas en papel de estraza y las puso en el mostrador.
Comieron de pie. Cyan masticaba rápido, los ojos fijos en la puerta, Luo revisaba la afinación de su guitarra entre bocado y bocado.
—Han practicado mucho ustedes dos y esa canción es simplemente magnífica —los apremió la sobrina.
—El puente de tu Strat —dijo Joe desde la puerta, hablando a Luo pero mirando la calle—. Lo tensas demasiado. Afinalo con más cuidado, crío.
Luo detuvo sus dedos en seco, repasando las indicaciones de su mentor.
—Si está más alto, suena mejor.
—Suena a que estás asustado, Luo —la media sonrisa de Joe de hizo presente, y entró. Su bota arrastró una hoja de arce seca.