Author Topic: SeeDs in the Garden – revival  (Read 118769 times)


Kora

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #105: February 28, 2025, 05:07:27 PM »
Galbadia, tierra de yaois


Lo que tenían no podía llamarse amor.

Una vez lo había sido, pero los dulces y tiernos sentimientos que hubieran florecieron entre ellos fueron rotos en pedazos con mentiras, ira y distancia. Solo quedaban rastros de aquel afecto inocente: una sombra de confianza, chispas de camaradería, una atracción subyacente. Eso era lo que los mantenía intercambiando información y conversaciones triviales, así como lo que hacía que ceder a la atracción entre ellos no fuera completamente incómodo.

Lo que tienen ahora es solo una sombra de lo que fue. El último lazo con los días más simples de su juventud como SeeDs, colgando de un hilo que Diluc no puede encontrar la fuerza para cortar del todo. Si lo cuestiona demasiado, podría desmoronarse por sí solo, arder hasta las cenizas, romperse como el hielo.

Por eso no se atrevió a pensar demasiado en por qué Kaeya parecía más desesperado de lo habitual esa noche, prácticamente estrellándolo contra la estantería detrás del mostrador, haciendo que botellas y vasos tintinearan con el impacto. Como un imán, los labios de Kaeya se posaron en su cuello, sus besos enviando escalofríos por el cuerpo de Diluc mientras enfriaban la piel siempre cálida gracias a las nanomáquinas.

Había algo vidrioso en sus ojos, un ligero temblor en sus manos mientras alcanzaban la camisa de Diluc; eran torpes, luchando un poco al deshacer la corbata.

Diluc lo sujetó por las muñecas antes de que pudiera seguir.

—No me gusta hacer esto cuando estás borracho.

¿Tocarlo le resultaba tan insoportable que necesitaba encontrar valor en el fondo de una botella? ¿Kaeya hacía esto porque realmente lo quería, o solo para mantenerse en buenos términos con un valioso informante para el Jardín de Galbadia? Años habían pasado, y aún así, a Diluc le costaba ignorar el hecho de que, por lo que sabía, todos los recuerdos felices que compartió con Kaeya podrían haber sido una mentira.

Kaeya lo miró con una expresión curiosa y luego sacudió la cabeza.

—No lo estoy —exhaló, con el ceño fruncido, aunque tras un momento confesó—: Bueno, sí, un poco chispado.

Alisó las solapas del chaleco de Diluc, inclinándose hasta que sus pechos quedaron juntos, como si intentara envolverlo, y presionó un beso en su mandíbula.

—Vamos, rayito de sol —murmuró—, no dejes que un par de copas de vino arruinen el ambiente. Vamos a divertirnos un poco

Para enfatizar su punto, Kaeya cayó de rodillas y desabrochó los pantalones de Diluc, deslizando la palma sobre su bulto antes de bajarle la ropa interior, hasta que su traicionero miembro semiduro quedó libre.

—Ves, tú también tienes ganas.

Diluc casi sintió una suerte de vindicación ante el toque frío que lo hizo estremecerse, como si castigara a su propio cuerpo por ir en contra de sus principios… casi.

—Mierda… tus manos… —murmuró con un jadeo.

—Lo siento, lo siento —susurró Kaeya.

Antes de que Diluc pudiera seguir quejándose, el calor de la boca de Kaeya lo envolvió, moviéndose arriba y abajo por su longitud hasta llevarlo a la plena dureza; por suerte, sus fríos dedos se aferraban a sus muslos sobre la tela de los pantalones.
Frente a un deseo tan hambriento, Diluc ni siquiera pudo detenerse a preguntarse qué demonios le pasaba a Kaeya esa noche. Cualquier pensamiento racional se disolvió en cuanto sintió la apretada calidez de su garganta.

Era casi patético lo fácil que Kaeya lo arrastró hacia el clímax, y cuando Diluc le advirtió que estaba cerca, él se apartó solo un par de centímetros, su aliento fantasmagórico acariciando la punta.

—Puedes terminar en mi boca —fue lo único que dijo.

Todo lo que Diluc pudo hacer fue aferrar su cabello con fuerza y derramarse en esa boca ansiosa con un gemido entrecortado. Kaeya lo tomó con naturalidad, tragando todo con tal ruido que Diluc se estremeció con las sacudidas finales de su orgasmo. Sus oídos aún zumbaban cuando Kaeya se levantó sobre piernas temblorosas, usando el dorso de la mano para limpiarse la boca y ahogar unas pequeñas toses.

—Ven aquí.

Nunca le había gustado quedar en deudas, así que Diluc tiró de su muñeca para acercarlo y deslizó la otra mano entre sus piernas. Directo al grano, aunque si el bulto en los pantalones de Kaeya era alguna indicación, no iba a quejarse.

Con un esfuerzo conjunto, lograron bajar sus ajustados pantalones.

—Joder… —Kaeya tembló cuando Diluc empezó a acariciarlo.

Embistiendo puño, hundió una mano en el pelo de Diluc y enterró el rostro en coronilla, sus jadeos quedando ahogados contra su pelo hasta que terminó con unos últimos movimientos erráticos. Con un largo y satisfecho gemido, Kaeya se apoyó levemente en Diluc, sus cuerpos aún pegados.

Durante un breve momento de debilidad, Diluc pudo fingir que todavía había algo entre ellos, algo parecido a lo que alguna vez tuvieron, y se permitió acariciar suavemente la espalda de Kaeya mientras compartían el calor del desenlace… hasta que Kaeya se apartó con un escalofrío.
Volviendo abruptamente a la realidad, Diluc tomó un paño para limpiarse la mano.

—Lo siento, te he ensuciado la camisa —dijo Kaeya mientras se subía los pantalones con un pequeño salto, tan despreocupado como siempre. Su pequeño desliz parecía haberlo despejado.

—No importa —respondió Diluc, más interesado en la manera en que la habitual y ladina media sonrisa de Kaeya volvía a sus labios.

—Bueno, ha sido divertido.

Antes de irse, se giró hacia Diluc y añadió:

—Gracias, maestro Diluc.


Kora

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #106: March 31, 2025, 03:55:06 PM »
Cuando escribes y no sabes dónde vas exactamente, pero seguro que lleva a alguna parte (?)



Corría más de lo que creía que su propio cuerpo pudiera llegar a soportar, con el incesante latido de su corazón bombeándole en las sienes ensordecedoramente; la garganta le ardía, apretada por una mano invisible de culpa y temor, los ojos empezaban a humedecérsele por el humo, su pecho estaba comprimido y cada vez más vacío de aire.

Pero sólo podía correr.

Ky Kiske hubiera preferido, por mucho y de buen grado, la muerte antes que tener que huir. Desde el mismo momento en que había sido ascendido al cargo de Comandante de la Orden de los Sagrados Caballeros de Aetheria había estado más que preparado para morir por ella. Por su gente. Por la justicia. Caer en la batalla no significaba más que un gran honor para él. Y sin embargo, aquella fatal tarde se había llevado por delante demasiadas almas, dejándole sólo a él como el único que podía seguir adelante. Todavía permanecía en sus retinas la imagen de tres de sus caballeros sacrificándose para que pudiera huir, y sabía que quedaría grabada a fuego en su interior para siempre.

"Comandante, sólo usted puede salvar Aetheria", habían dicho antes de lanzarse en una acometida suicida. Ky había querido gritar en aquel momento, pero su cuerpo se había paralizado, estático como una estatua de piedra y hielo hasta que consiguió reaccionar. Abandonaría el campo de batalla, huiría como los miserables cobardes a los que se enfrentaban, pero para honrar la memoria de los valientes que habían perecido en la batalla. Para que todos supieran que en Aetheria sólo había hombres valientes.

Y mientras corría, con la luz del atardecer apenas filtrándose entre los árboles, juró que ganaría aquella guerra, fuera así lo último que hiciera.

**

El bosque era laberíntico, y ya no había más luz que el tenue resplandor rosa y púrpura que indicaba la llegada del anochecer acompañado por las cada vez más escasas chispas que emitía la Thunderseal en su mano, lo cual no era de extrañar teniendo en cuenta el estado de agotamiento en el que se encontraba Ky. El joven tenía el pelo pegado a la frente por el sudor y la sangre, la capa rasgada y el cuerpo variando entre adolorido y entumecido. Encontrar un sitio en el que descansar era prioridad, pues temía quedar expuesto y descubierto ante sus enemigos. Ni siquiera sabía si había conseguido dejarles atrás, pero aunque no escuchaba a nadie seguirle, no se atrevía a confiarse.

Incapaz de mantener el ritmo al que estaba moviéndose, tuvo que ralentizar sus pasos hasta un suave trote. Tampoco estaba muy seguro de hacia dónde se dirigía, ni siquiera si podría encontrar algún lugar, pero sabía que si se detenía no podría seguir ya. No se dio cuenta hasta más tarde que empezaba a seguir un camino, marcado casi imperceptiblemente en el suelo, y de alguna manera se sintió, si no más animado, al menos con más fuerzas. Podría encontrar refugio o enemigos, pero al menos encontraría algo.

Llegó a un amplio claro, sorprendiéndose al ver ante él una iglesia de un tamaño medio. Ésta estaba abandonada, era obvio al ver la maleza que cubría sus muros frontales y la madera del portal húmeda y carcomida, pero parecía estable. Ky avanzó con cuidado, apretando sus dedos alrededor del mango de la Thunderseal, temiendo que de la nada apareciera un enemigo invisible. Pero sus miedos no se llegaron a confirmar. El silencio que reinaba en el templo sólo se vio quebrantado por el chirrido que emitieron las bisagras del portón, oxidadas y estropeadas tras años de desatención.

La luz del anochecer se filtraba por los ventanales que aún quedaban en pie. Desde dentro, la iglesia parecía mucho más grande e imponente, sus vigas más altas y su cúpula profunda y lejana. Mientras Ky caminaba, siguiendo una vieja alfombra que llevaba hasta el altar, llevó su mano libre hasta el crucifijo dorado que colgaba de su cuello, rebotando entre su pecho y la tela del uniforme. Rodeó la cruz con sus dedos, apretándola, y murmuró una oración en voz baja. No pedía ayuda ni amparo para él, sino que suplicaba misericordia para con las almas que habían partido aquella tarde. Cuando llegó al altar, apoyó una rodilla en el suelo, inclinándose hacia delante y besando el crucifijo.

—Non nobis domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam...

Por favor, Señor, ten piedad...

Y allí, en el silencio de la iglesia, su cuerpo empezó a temblar. Los recuerdos de lo acontecido apenas horas atrás, el fuego y la sangre, la muerte y la desesperación. El vacío que se formaba en su pecho parecía no tener fin, engullendo todo su ser, amenazando con apagar la llama de esperanza que todavía albergaba. La paz que tanto ansiaba traer al reino cada vez era más lejana. La Orden y la gente de Aetheria creían en él. Podía ver los rostros de su gente sonriéndole con la convicción de que podría salvarles, el coraje y la fuerza que embargaban a sus caballeros bajo su mando.

Pero él era sólo un hombre. Y cada día sentía su espíritu más débil.

...de mí.

Un sonido sordo sacudió a Ky de puro sobresalto. Algo acababa de atravesar la cúpula sobre el altar, rompiendo cristales y partiendo vigas en su pesada caída. El joven se incorporó con la velocidad casi inhumana que sólo podían proporcionarle sus reflejos, alzando la Thunderseal que brillaba con la corriente eléctrica chispeando alrededor de su filo. No podía ver qué era lo que había caído, pues quedaba oculto tras el altar, y permaneció en una posición alerta durante unos segundos. Esperaba que fuera lo que fuera que había llegado saltara hacia él de un momento a otro, y se sorprendió al ver que no era así.

El chisporroteo de la electricidad casi llegaba a opacar el sonido de una respiración ajetreada que no era la suya, pero sirvió a Ky para saber que había algo vivo y que probablemente estaría en un pésimo estado. No pensaba bajar la guardia, aunque finalmente se decidió a ver qué era lo que había llegado. Rodeó el altar, y a través de una fina cortina de polvo que aún permanecía en el aire, encontró el causante de todo aquel ajetreo. Y cuando lo vio, estuvo a punto de dejar caer la Thunderseal por la impresión.

Era un ángel.
« Last Edit: March 31, 2025, 03:57:26 PM by Kora »


Kora

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #107: April 24, 2025, 01:46:23 PM »
Tirado en el suelo, se retorcía quejumbroso, cruzando una mueca dolorida su cara de rasgos afilados. A juzgar por su rostro, parecía joven, un par de años mayor que Ky en apariencia a lo sumo, humano e inhumano a la vez. Pero no eran sus facciones lo que delataban su naturaleza extraterrenal, sino las amplias alas que nacían de su espalda, replegadas en una posición que parecía dolorosa para la criatura. Ky no podía dejar de mirarlas, a pesar de estar dañadas y sucias no habían perdido su aura celestial. Seguían siendo las alas de un ángel.

Ky boqueaba, inseguro de qué debía decir en aquel momento. Era obvio que aquella criatura estaba malherida, pero no estaba seguro de qué podía hacer por ella. Algo de sangre manchaba sus sencillas ropas, y se arrodilló a su lado para tantear, dubitativo, en busca de las heridas que pudiera tener, y así evaluar si moverlo o no. Cuando empezaba a deslizar sus dedos sobre la tela, oyó un balbuceo bajo él. Aparentemente, el ángel no se había dado cuenta de su presencia por el dolor que sentía.

—¿C—Comandante... Kiske...? —La voz salía de los finos labios en susurros entrecortados, pero Ky pudo entenderlo. Este le hizo un gesto para que no siguiera hablando, no hasta que se encontrara mejor al menos. —Comandante... tengo un... un...

La mano de Ky pasó sobre el costado de éste, apretando algo muy húmedo y caliente bajo la ropa. En aquel momento, la criatura emitió un quejido, y sólo pudo susurrar 'mensaje' antes de perder el conocimiento.

**

Había conseguido llevarlo hasta el granero de la iglesia, el único lugar que todavía era remotamente cómodo, ya que la sacristía no se encontraba en un estado habitable por exceso de humedad y falta de cama, la cual había sido devorada por las ratas. Cargar con el cuerpo del ángel a través del patio no había sido tarea fácil dado el estado de Ky, pero la determinación del joven comandante habían hecho las veces por su fuerza. Afortunadamente, todavía quedaban allí restos de paja y unas telas viejas y sucias. Muy probablemente el lugar había sido utilizado no hacía mucho, quizá sólo meses atrás.

Apoyó al ángel sobre uno de los montones de paja, y tras extender una de las telas sobre el montón de al lado, dejó allí el cuerpo de aquel ser, extendiendo con cuidado sus heridas alas para que no pudiera aplastarlas con su propio peso. Una vez colocado de forma apropiada, Ky determinó que necesitaría un poco de agua para limpiar la herida que debía tener en el costado, y marchó rápidamente hacia el patio. Pidió interiormente que el pozo que había visto todavía tuviera agua limpia, y para en una grata sorpresa, obtuvo un cubo lleno de agua fría y usable.

Cuando Ky volvió al granero, se encontró con que el ángel había despertado. No podía ver si había abierto los ojos con la escasa luz que quedaba ya del atardecer, pero sí cómo movía sus brazos tentativamente en la oscuridad. Avanzó rápidamente hacia él para impedir que llegara a hacerse daño, y como si no lo hubiera tocado nunca, puso sus manos sobre su brazo con una reverencia extrema.

—Por favor, no os mováis. —Susurró. —Podéis haceros daño.

—N—no... estoy... —Al menos se había detenido, y Ky sintió como le escudriñaba con unos ojos claros como el agua, haciéndole sentir pequeño e insignificante. —...bien.

Ky lo examinó de arriba a abajo, con dificultad debido a la pésima iluminación. Con sus manos aún sobre la piel del otro, miró a su alrededor en busca de algo que sirviera para alumbrar la estancia. No quería tener que arriesgarse a quemar algo con una descarga de electricidad, dado el mal estado del lugar, y por suerte vio una linterna de aceite colgando de una de las vigas. La recogió y procedió a emitir una pequeña descarga para encender el líquido, consiguiendo una llama que bailaba entre las paredes de cristal. La estancia quedó iluminada, para satisfacción del joven, que procedió a examinar al ser.

—Comandante Kiske... —Murmuró el ángel. —No es... necesario...

—Dejad que os limpie las heridas, al menos. —Ky se acuclilló a su lado, y llevó sus manos hasta la ropa que cubría el pecho del otro. —¿Puedo...?

El más ligero rubor cubrió las mejillas del otro ser al tiempo que asentía torpemente, pero aquello pasó completamente desapercibido a Ky, que tomó con cuidado la tela bajo sus dedos, apartándola despacio. El pecho y abdomen, hechos de firme músculo blanco como la nieve, sólo estaban manchados por la sangre que emanaba de una amplia herida en el costado. Ky sacudió una de las telas antes de mojarla con el agua del cubo, y procedió a humedecer la carne con cuidado. El ángel estaba cubierto de suciedad y cenizas, y hubo de esforzarse para dejar lo más limpia posible la herida.

No tardó mucho en su tarea, cubriendo la herida con el trapo mojado que había usado. Mientras trabajaba, de vez en cuando dirigía miradas furtivas al rostro del ángel, delineado por las sombras y luces que provocaba la lámpara. Éste parecía mirar hacia otro lado, de vez en cuando apretando la mandíbula en dolor si Ky rozaba demasiado fuerte la herida, pero se mostró agradecido una vez había terminado.

—Gracias, Comandante Kiske. —Casi inaudible, y con una voz aún resquebrajada por el dolor, respondió. —Sois tan bueno de corazón como dicen.

—No es nada.


Kora

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #108: June 30, 2025, 04:30:24 PM »
Cuando estás en una competición de abrir nuevas tramas en la historia pero tu rival soy YO



Galbadia, 150 años antes
El amanecer se filtraba entre los árboles frente a Cassian, iluminando su camino. El sol apenas comenzaba a salir, y la mayor parte del gélido paisaje seguía envuelto en las sombras de la noche. La capital no despertaría hasta dentro de una o dos campanadas más, pero el día les exigiría cada momento de luz disponible para la travesía.

Cassian se hallaba frente a un sendero boscoso, a cierta distancia al sur de Galbadia. Llevaba un abrigo oscuro con ribetes de piel negra en el cuello y el dobladillo, y debajo su uniforme de campaña, cerrado hasta el cuello. Una bufanda colgaba suelta de su cuello, los extremos ondeando con el viento. Una mochila pesada se aferraba a sus hombros.

El frío no podía tomarse a broma en aquella parte del país. A unos pocos pasos de la seguridad de las bases militares, esperaba la muerte. Solo gracias a su ingenio habían sobrevivido sus antecesores. Y si no se mantenían alerta, ese mismo destino les reclamaría sin piedad.

Una escolta de la casa Domine le traería a Lievran hasta su ubicación. Aún se encontraba dentro del rango visual de Galbadia; nadie sería lo bastante temerario como para tenderles una emboscada allí. Había considerado la posibilidad, por supuesto, pero la probabilidad era lo suficientemente baja como para que su porte seguro de sí mismo no fuera simple fachada.

Lievran. No se habían vuelto a ver desde aquel encuentro fortuito en la infancia. A esas alturas, ambos debían haber conocido a muchas otras personas, acumulado años de experiencias. Tal vez sus recuerdos mutuos se hubieran vuelto borrosos... o quizás seguían tan nítidos como el primer día.

Cassian no lo había olvidado. Lo recordaba claramente, la primera ficha sobre el tablero de estrategia de su padre.
Durante sus años en la Academia, su abuelo y los Domine habían cultivado con esmero esa alianza. Los patriarcas de los Solane no eran hombres escrupulosos. Sus inversiones preferidas eran la fuerza, la seguridad y la estabilidad.

Durante un permiso, su padre le había invitado a diseñar una operación para debilitar a los principales agentes de sus detractores comunes. Era una jugada arriesgada: sacrificar un caballero y un alfil para eliminar una fila de peones. Pero eran riesgos calculados con precisión quirúrgica. Un heredero de Domine hubiera sido un cebo más apeteceible, sin duda, pero quizás se habían negado, considerando que estaba por debajo de su estatus... o quizás Lievran valía lo suficiente por sí solo. Lo habían exhibido lo bastante como para que su valor como objeto, tesoro y activo quedara claro para todos.

Al final, se había decidido que él acompañaría a Cassian Solane –ya entonces reconocido como ingeniero teniente–, quien portaba un encargo importante con destino a uno de los asentamientos del sur, al norte de Corvos, donde los rumores decían que había una instalación científica secreta. Tal información había sido proporcionada también a espías enemigos, cuidadosamente filtrada.

Cassian aguardaba su llegada con una expresión pensativa en el rostro.

El crujir de la nieve bajo sus botas le alertó. Avanzaba con pasos silenciosos y deliberados, como le habían enseñado. Vestía ropajes oscuros y ajustados, preparados para el movimiento, lo bastante elegantes como para ser reconocido como un retén de los Domine, sin ostentación innecesaria.

Lo reconoció antes de que Lievran lo viera a él. Había crecido, su cuerpo era más firme, más seguro. Pero aún conservaba esa misma aura... Cassian la recordaba. La mirada que le dirigió fue más larga y aguda que la que guardaba en su memoria.

El otro se detuvo a una distancia prudente, le mostró respeto, y pronunció su título con una cortesía medida. Su voz era comedida, su gesto neutral, sin alegría ni rencor. Era el tono de alguien que sabía que incluso recordar un momento cálido del pasado podía ser visto como una imprudencia.

Cassian escuchó sin mover un músculo. Aquel saludo... tan correcto, tan estudiado. "Lievran de Domine." Un nombre que en su infancia le pareció exótico, casi bonito. Ahora entendía bien lo que significaba: un recordatorio constante de su lugar. Un nombre que arrancaría sonrisas veladas o miradas de superioridad en los salones de poder.

Su rostro no mostró burla, pero tampoco calidez. Solo atención. Observó a Lievran con la misma precisión con la que estudiaba un plano o una formación enemiga.

Era la misma persona. Pero no lo era.

El rostro afilado, endurecido por los años. El cuerpo ya no era esbelto por fragilidad, sino por forma física. Podría no igualarlo en tamaño, Cassian estimaba que le sacaría quince centímetros de altura, pero tal vez lo superara en velocidad. Lo confirmaría en el camino.

Se preguntó si Lievran lo recordaba, si aquella noche había quedado grabada también en su memoria. O si la ignoraba por pura supervivencia. Fuera cual fuese la razón, Cassian no se lo recriminaría. Él no había conquistado provincias. No había inventado maravillas. Pero después de esa misión, nadie olvidaría su nombre.

–Tal y como esperaba –respondió, cortante pero sincero–. Tu cooperación se agradece, Lievran.

Cuando sus miradas se cruzaron, Cassian sostuvo la de Lievran con intención. Hablaba con franqueza. Estaba pidiéndole más de lo que había dicho, y lo sabía.

–Ven –ordenó luego, con un leve movimiento de cabeza hacia el sendero.

Giró sin esperar respuesta y echó a andar con paso firme. Ya no había tiempo que perder, y caminar sería la única manera de entrar en calor.

–¿Te han informado de tu misión? –preguntó sin volverse.

La respuesta llegó enseguida, con calma. Una nube de aliento acompañó las palabras.

–Sí, mi señor. Debemos acompañar un envío de suministros hasta los límites de Corvos. Material sensible, me han informado –Lievran respondió–.  Mis órdenes son asistirle y asegurar que el transporte llegue intacto. Estoy familiarizado con el procedimiento, ya que no es mi primera misión de escolta. No le decepcionaré.
Ni una queja, ni una pregunta. Tal como se esperaba de un retén.

–Vaya. Pareces muy seguro de ti mismo –respondió Cassian.

–Mi confianza no es un privilegio, mi señor. Es un requisito. Mi señor no me habría enviado si creyera que podría fallarles –dijo, con la voz templada por la disciplina.

Cassian lo observó con atención. En ningún momento se había disculpado por debilidad; solo por la posibilidad de haber parecido arrogante. Levantó una mano a medio camino, cortando la disculpa sin dureza. No hacía falta decirlo: ni uno ni otro tenía opción de cuestionar esa decisión. Cassian sabía que, si fracasaban, las consecuencias para él serían duras… pero para Lievran, probablemente definitivas.

–Lo entiendo –respondió–. Tu presencia es la promesa de Lord Domine sobre tus capacidades. Cuéntame sobre ellas, retén.

Entonces, Lievran volvió a hablar, esta vez con la precisión de quien recita un informe.

–He sido entrenado en armas de corto alcance y combate cuerpo a cuerpo, especialmente con sable-pistola. También cuchillos. –Su mano rozó el mango de su arma–. Domino la navegación en bosque y la supervivencia en climas fríos. Mis deberes principales han sido escolta y protección, ya sea para Lord Domine o sus hijos.

Cassian asintió con un leve murmullo. No necesitaba añadir nada. Eso ya lo sabía, pero escucharlo de boca del propio Lievran le confirmaba algo que intuía: no estaba simplemente cumpliendo una orden. Estaba preparado para algo más.

–Nuestras habilidades se superponen –comentó Cassian con neutralidad. Había visto la forma en que el viera se movía. Sabía lo que eso implicaba. Lo que podía esperar de él… y lo que él podía esperar de Cassian.
Y cuando Lievran añadió, con igual calma:

–Si existen otras expectativas para las que deba prepararme, haré todo lo posible por adaptarme.

Cassian casi tropezó, apenas un paso mal dado, pero lo sintió en todo el cuerpo. Lievran no lo había dicho con segundas intenciones, pero Cassian escuchó la sombra de una pregunta no formulada. ¿Qué sabía? ¿Sospechaba algo? Había algo en su tono que le decía que no podía subestimar al viera.

No respondió de inmediato. En su lugar, volvió a caminar. Y tras unos segundos, habló, con la voz firme:

–Has navegado por bosques traicioneros, incluso en los peores climas, supongo. Describe los peligros que prevés en nuestro trayecto.

Si había alguien con más experiencia de los dos atravesando los peligros de las provincias de Galbadia, probablemente era Lievran. Y Cassian necesitaba saber exactamente con quién contaba… y qué había detrás de esos ojos entrenados para no revelar nada.

–El peligro más inmediato se encuentra en el entorno, mi señor. Estas tierras están pobladas por bestias: osos, lobos, y en el peor de los casos, un coeurl de montaña. El frío en sí es una amenaza constante: ventiscas, vientos cortantes, incluso nevadas intensas. Algunos tramos del sendero son inestables, con riesgo de desprendimientos de hielo o lagos congelados ocultos. Un paso en falso puede ser letal.

Cassian asintió brevemente, aceptando el informe sin comentarios. Era lógico. Los datos eran sólidos. Aun así, no era eso lo que le interesaba.

–Las bestias habitaron estas tierras antes que nosotros –dijo en voz baja, casi más para sí que para el otro–. Siguen siendo sus verdaderas dueñas. Nosotros sobrevivimos por adaptación. Y conviene recordar que esa es nuestra única ventaja en un lugar como este.

Cassian no era de subestimar al enemigo. Nunca lo hacía. Ni siquiera si era un simple lobo.

–He traído suministros suficientes para afrontar varias emergencias –añadió, sin dar más detalles. Lo que él consideraba preparación iba más allá de cuerdas y raciones. Pero no era momento de entrar en eso.

Lievran hablaba con una compostura que Cassian reconocía: no era solo disciplina, era el reflejo de años de acondicionamiento. Cada palabra meditada, cada gesto contenido. Sin embargo, hubo algo en su tono al final, apenas una inflexión, que encendió una chispa de alarma en Cassian. No porque creyera que el viera intentara desobedecer, sino por lo contrario: por lo mucho que había detrás de su obediencia.

Lo que realmente le interesaba era ver si Lievran llegaría a las mismas conclusiones que él. Y entonces, el viera lo hizo.

–Dudo que encontremos bandidos –continuó Lievran–. Son pocos los que sobreviven aquí lo suficiente como para organizar emboscadas. Y para los que pueden, simplemente no vale la pena. El clima juega a nuestro favor, supongo.

Hasta ahí, Cassian estaba de acuerdo. Pero luego, vino la parte importante.

–La única posibilidad de cruzarnos con otras personas sería si otro grupo estuviera recorriendo esta ruta en dirección opuesta… o si se hubieran adelantado y encontrado problemas.

Pausa. Cassian inhaló profundamente.

–De lo contrario –dijo, y aunque su voz seguía siendo neutral, Cassian sintió el peso de las palabras–, si hay alguien más allá fuera… sabrían que estamos aquí. Y querrían detenernos.

Eso era. Exactamente eso. El pensamiento que había evitado poner en voz alta. Lo que ambos sabían, pero ninguno se atrevía a afirmar del todo. Cassian se detuvo un instante, solo lo suficiente para mirarlo de reojo con intensidad.

No reaccionó con alarma, ni con desaprobación. Solo silencio. Estaba satisfecho. Lievran no era ignorante. Lo había sospechado desde el principio, pero ahora lo sabía con certeza.
Una mente como la suya –la que sabía qué decir, y qué no– podía marcar la diferencia en lo que se avecinaba.

Cassian se volvió de inmediato. Permaneció de espaldas a Lievran, pero las comisuras de sus labios se alzaron apenas, por un instante fugaz, con una sonrisa contenida. No estaba preocupado por el hecho de que Lievran supiera –o hubiera deducido– la verdad. En realidad, estaba... encantado.

Cuando al fin se giró para mirarlo, lo favoreció con una mirada directa. Su expresión era impenetrable, pero en sus ojos brillaba algo distinto. La severidad que siempre lo acompañaba se disipó, aunque solo fuera por un momento.

–Muy bien –susurró, con una reverencia casi solemne. No lo dijo como quien aprueba un informe: lo dijo impresionado. Por más que intentara ocultarlo, un leve destello de admiración se coló en su mirada–. Es sabio contemplar todos los escenarios posibles. Incluso los menos probables.

Recordaba haber atisbado la inteligencia de Lievran desde niños, en los juegos que compartieron. Afortunadamente, había mantenido su mente en forma. Era una satisfacción que Cassian sólo podía guardarse para sí mismo, pero igualmente genuina.

Sin embargo, no era suficiente para que Cassian se sincerara con él. Todavía no. No mientras Lievran no descubriera por sí mismo cuál era su papel en todo aquello. Aun así, el hecho de que no hubiera descartado la posibilidad de una traición tan temprano en la travesía... quizás le daría al viera algo más en qué pensar sobre la verdadera naturaleza de su misión.

A menos que Lievran lo detuviera, Cassian volvió a mirar al frente y siguió caminando, sin añadir nada más. El silencio no era incómodo. Simplemente, no inició conversación por un buen rato. Aunque, si Lievran decidía hablar, le respondería sin dudar.

Caminar entre los árboles trajo consigo un silencio que Cassian no sabía que había necesitado. La nieve amortiguaba cada paso, y el aire helado mantenía su mente clara, despierta. No había torres de maquinaria negra ni el eterno zumbido de la capital a su alrededor. Solo bosque. Solo aliento. Solo el ahora.

Aunque el frío se colaba ya por los pliegues de su abrigo, lo soportaba sin quejarse. Era parte de lo que lo mantenía despierto. Vivo. Para Cassian, aquello no era una incomodidad: era un recordatorio de por qué amaba el campo. De por qué prefería esto a los pasillos sofocantes de Galbadia.

Pero no caminaba solo.

Lievran lo seguía en silencio. Cassian, de vez en cuando, miraba por encima del hombro, estudiando la figura que marchaba detrás de él. Se preguntó si el entorno le evocaba algo. Si recordaba de dónde venía. ¿El bosque lo tranquilizaba o lo humillaba? ¿Veía libertad en los árboles… o una jaula más grande?

La primera dificultad de su viaje no tardó en presentarse. Un par de horas más tarde, el aire se había vuelto apenas más templado, lo suficiente para provocar un deslizamiento.

Un alud de nieve y piedras sueltas se había desprendido durante la noche desde el risco adyacente, formando una acumulación irregular justo en medio del sendero previsto. Los árboles cercanos, apiñados entre sí, habían detenido el avance de la nieve y ofrecían una posible ruta alternativa a través del bosque. Sin embargo, la densa copa de los pinos bloqueaba la ya escasa luz del sol.

Podían intentar trepar por encima del obstáculo, pero no había garantías de un terreno firme. Y si lo hacían, había riesgo de que más nieve se desprendiera desde lo alto mientras se esforzaban por avanzar. Sus ojos no se apartaron del horizonte, pero su atención se centró enteramente en Lievran cuando este llevó un puño cerrado a la barbilla, mirando más allá del bosque que los rodeaba.

Cassian se detuvo al borde del obstáculo, evaluándolo. No lo dijo, pero en su mente, la prueba había comenzado.


Neko

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #109: July 31, 2025, 03:49:46 PM »
LORE DUMP \o/




Eulántica 01

Aquel parecía cualquier otro día de verano en la aldea.
El suelo de piedra reflejaba la luz que se colaba entre las ramas de los árboles. Los grillos cantaban su canción dispersados en la hierba al sol, mientras la fuente de la plaza ofrecía una melodía deliciosa para acompañarlos.
La gente volvía pronto a casa para comer y descansar antes de que el calor fuese demasiado duro como para sobrellevarlo, pero los niños corrían de una punta a la otra de la plaza gritando y riendo mientras perseguían una pelota, como si no les afectase el tiempo en absoluto.

Fingon suspiró y se apoyó contra el respaldo del banco donde se había sentado, llevándose la manzana que se estaba comiendo a los labios. Estaba masticando perezosamente, formando baladas en su mente de las que se iba a olvidar si no las apuntaba cuando alguien interrumpió sus pensamientos con un carraspeo exagerado.

—¡Ejem! —le llegó la voz de un niño desde un costado, con la palabra perfectamente enunciada.

Fingon levantó una ceja y tragó, buscando a quien osaba distraerle en ese, oh, tan ocupado mediodía.

—¿Jing Yuan? —preguntó al ver al niño todo serio y formal, ahí de pie al lado del banco. Fingon señaló la mayoría del banco que seguía desocupado—. Es un asiento público, puedes usarlo. ¿O querías llamar mi atención por algo más, pequeño estorbo?

Jing Yuan no chistó, pero sí que entrompó los labios y miró hacia un costado antes de encaramarse al banco de piedra.

—No soy un estorbo —anunció el niño, acomodándose y mirando con curiosidad el libro que había traído su maestro consigo—. Pero puedo serlo si es lo que quiere de mí.

Fingon se rió entre bocado y bocado de manzana y sacudió una mano para decirle que no hacía falta que se tomase tan en serio su comentario. Y luego le preguntó qué hacía ahí sentado en vez de seguir jugando con sus amigos.

—Me preguntaba si tenía algún otro cuento —le explicó Jing Yuan, señalando el libro que Fingon tenía en su regazo—. No he visto ese libro en clase.

Fingon miró la tapa maltrecha del libro y la acarició con reverencia. Debería hacer otra copia antes de que esta se cayera a pedazos.

—Esto… cuenta la historia de nuestro pueblo. Bueno, una parte de la historia de nuestro pueblo. —La mirada de Fingon pasó de nostálgica a pesada y cerró el puño encima del libro— Pero es una parte dura, aún sois jóvenes para poder comprenderla.

—Pero, maestro… —le llegó una segunda voz desde su derecha, Jiyan se había agarrado con sus dos manitas del reposabrazos del banco—. ¿No es mejor ahora que más tarde? Siempre dice eso.

Fingon abrió la boca y la volvió a cerrar mientras más niños dejaban sus juegos y se empezaban a sentar alrededor del banco, demandando un cuento.

—Pero será oscuro. Y los elfos somos los malos. —les advirtió.

Una niña azul se encogió de hombros y se abrazó las rodillas clamando que eso a ella no le afectaba tanto.

—¿Hay dragones? —preguntó otro niño.

Fingon dijo que no y algunos de los chiquillos se pusieron a quejarse.

—Bien, bien. Os vayáis u os quedéis, algún día este cuento aprenderéis —empezó Fingon, cambiando el tono a uno más melodioso—. Pues más que un cuento es historia. Una velada advertencia para no repetirla, porque sólo trajo tragedia lo que hace miles de años ocurría…

Eulántica era una tierra de promesas cumplidas… si eras un elfo. Lujo, poder, estabilidad y sobre todo magia. Todo les pertenecía. Era su derecho de nacimiento. Eran los seres supremos.
O al menos eso era lo que pensaban muchos de ellos.

Habiendo relegado a las demás especies inteligentes a un mero puesto de bestias apenas inteligibles o esclavos tontos, los elfos se sentían en la cima del mundo. Por que lo estaban.

Pero había alguien… alguien en el poder, que no pensaba así.

«Piensan, sienten… Tienen un lenguaje. ¿¡Qué les separa de nosotros!?» gritaba uno de los senadores con pasión ante el resto de altos cargos.

«¡La magia! No pueden comprenderla, no la tienen. Son… ¡inferiores!»

La retórica seguía y seguía con los mismos puntos. Pero muchos de ellos sabían que eso no era cierto. Rumores y rumores sobre bebés desaparecidos llenaban los oídos del senador. Niños humanos robados del lecho que compartían con sus madres porque eran demasiado especiales.

«Algún día me haré con uno de ellos. Algún día los salvaré a todos. Algún día… algún día les enseñaré que amar a humanos no es malo. Algún día demostraré que somos todos lo mismo. Personas.»

Pero ese día no parecía llegar nunca. Y el amor del senador se marchitó como una flor cuando se acaba la primavera.

«Son efímeros.» le dijo su amigo, con una mano reconfortante en su hombro mientras el senador lloraba frente a la tumba sin marcar del pobre humano.

«Eso sólo los hace más bellos.»

Y así… así es como empezó la guerra de las guerras.

Desde el sur, las fuerzas que había podido comandar el senador se alzaron en busca de la libertad de las otras especies sintientes. En busca de la verdad, liberando cadenas de opresión que habían estado demasiados años en las muñecas equivocadas.

Y con su hijo medio humano a su lado, el senador logró conquistar media Eulántica con una armada conformada de sueños y ambiciones.


Jing Yuan fue el primero en abrir la boca en cuanto Fingon dejó de hablar.

—¿Entonces porque vivimos al norte de Eulántica? —le preguntó con curiosidad en sus grandes y redondos ojos amarillos.

Fingon le sonrió y le revolvió el pelo antes de levantarse de golpe y dar la clase por concluida.

—Eso, queridos alumnos míos, es una historia para otro día.

Entre quejas por querer saber más y suspiros de alivio porque el cuento ya se había acabado, Fingon salió de entre el grupo de niños, riéndose pillo. Escondiendo el hecho de que no sabía si estaba preparado para contarles el resto de la historia en ese momento.
Era historia, pero a veces, los recuerdos dolían demasiado aunque hubieran pasado miles de años.
« Last Edit: July 31, 2025, 03:52:04 PM by Neko »


Airin

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #110: July 31, 2025, 06:35:30 PM »
gracias a la playlist de musica que induce al crimen(?) y al comando ibuprofeno al rescate







El ruido pesado de botas de combate a la carrera resonaba contra el asfalto mojado con un ritmo rápido y constante. Una explosión no demasiado lejana hizo que los pasos acelerasen su velocidad y perdieran contacto con el pavimento para repicar primero contra un bidón, después contra un contenedor y finalmente hacer eco en dirección vertical contra el metal de una escalerilla de emergencia a lo largo de una pared.

—Hah, —resopló el hombre aupándose sobre la cornisa del tejado del edificio,— ahora me podéis comer los…

No tuvo tiempo de acabar la frase antes de tirarse al suelo y contener la respiración. Podía oír a sus perseguidores entrar en el callejón, y asegurándose de tener todas sus armas encima echó un vistazo a su alrededor para comprobar que la zona estaba despejada a su altura. Se arrastró lejos de la cornisa reptando por la azotea y en cuanto escuchó el sonido de pasos trepando se echó en pie y a correr de nuevo.
Siguió su carrera tomando impulso a largas zancadas hasta que la superficie del tejado se acabó bajo sus pies y con un salto temerario se lanzó al vacío. Durante unos segundos pareció volar, avanzando en el aire suspendido por la inercia a decenas de metros sobre las calles. Y con el disparo sordo de un arpón encordado arrastrando su cuerpo hacia delante, su arco en descenso se cortó antes de que hubiera podido empezar la caída.

La bala que atravesó un costado de su capucha convirtió su aterrizaje en algo bastante menos grácil que su despegue, haciéndolo rodar por el nuevo tejado hasta que encontró el saliente de una chimenea donde ponerse a cubierto y dejar que la cuerda se retractase de su enganche.

—Oh no no, de eso nada. —masculló apretando los dientes.

Sacó algo de uno de sus muchos bolsillos y tras quitar la envoltura protectora con un giro rápido de navaja, prendió la mecha de una bengala explosiva con una chispa y procedió a lanzarla con fuerza en la dirección inversa al recorrido que acababa de realizar.
Con una sonrisa que no se podía apreciar en su rostro enmascarado, el hombre observó como el montón de tipos que le seguía frenaban en seco con exclamaciones varias y se dispersaban en desbandada por la azotea contraria intentando esquivar la deflagración y las llamas.

—Que os aproveche. —aunque dudaba de que pudieran apreciarlo de forma apropiada, igualmente les dedicó un saludo obsceno con el dedo de en medio.

Saltó de nuevo sin que las balas pudieran alcanzarle esta vez y se concentró en poner distancia dejando el sonido de disparos a su espalda cada vez más lejano.

Tras varias manzanas de edificios residenciales y unos cuantos callejones de aspecto cuestionable, el hombre decidió pisar tierra y tocar la calle de nuevo. Bajó en rápel por la fachada, manteniéndose paralelo a las cañerías para aprovechar la cobertura del lado más oscuro, haciendo contacto con las botas contra la pared de ladrillo cada vez que se empujaba en un nuevo salto descendiente.

Se dejó caer agazapado cuando llegó al suelo, y sacudió los brazos intentando librar sus músculos de la rigidez de las cuerdas en tensión. Aunque las luces de policía no llegaron a iluminar el fondo del callejón, por si acaso dejó que pasasen de largo antes de incorporarse.

Abrió lo que parecía la caja de un transformador eléctrico y extrajo una bolsa de deporte negra de donde sacó una sudadera y una cazadora oscuras; en su lugar guardó su equipación repartiéndola entre distintos bolsillos, se quitó la máscara, y se cambió de ropa.
Se revolvió el pelo con una mano, frotándose también el cuello y la mandíbula se volvió a poner la nueva capucha intacta por encima y se echó la bolsa al hombro observando las calles más allá antes de salir a una zona abierta.

Ahora era solo otro más de los tantos anónimos que caminaba bajo los letreros luminosos que se reflejaban contra las aceras mojadas.
Se hizo a un lado contra un portal para dejar paso a un grupo de veinteañeras borrachas que iban ocupando la acera como si la hubieran puesto ellas y resopló divertido cuando varias de las chicas perdieron el equilibrio empujándose de unas a otras como su fueran fichas de dominó.

Siguió en la misma dirección un par de esquinas más y después cruzó al otro lado de la calle, girando de forma perpendicular y cambiando bruscamente el sentido de su marcha, recorriendo el equivalente a varias paradas de metro-raíl. Cuando consideró que estaba lo suficientemente lejos como para ser rastreado con éxito, encendió el móvil, viendo cómo la pantalla brillaba con cada notificación.

Las luces de neón que iluminaban constantemente el centro de la gran ciudad se tragaban todo cuanto encontraban a su alcance, llegando en forma de nube difusa hasta la periferia, ahogando cualquier intento de escapar de ellas.




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~      H e g o a k    e b a k i    b a n i z k i o,    n e r i a    i z a n g o    z e n,    e z    z u e n    a l d e g i n g o.       ~
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~      e t a    n i k    t x o r i a    n u e n    m a i t e.       ~


Airin

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #111: August 25, 2025, 04:52:48 PM »
(cuidauconelpajarico :_D no es yo porque es mi hijo ahahahhah)    En casa de Neko robando su wifi \o/







Tan tarde que se le había hecho temprano, Prompto miró el reloj del móvil una vez más. Llevaba casi media hora en la parada y el bus que esperaba debería haber pasado en algún momento de los últimos quince minutos. Se removió sobre el asiento metálico y tamborileó con los dedos contra la tela áspera de su mochila. Tal vez debería haber molestado a Aranea para que lo llevase de vuelta a su barrio en vez de insistir en volver solo. No era paranoia si realmente iban a por él, pero a veces ser tan desconfiado le acababa resultando un inconveniente.

No era una figura especialmente llamativa, y no quería serlo, pero se cercioró por costumbre de que el táser siguiese en su sitio en la parte delantera de su pantalón, y agitó discretamente el pie para notar el peso reconfortante de la cartuchera escondida contra su pierna. Era su responsabilidad asegurarse de que las sorpresas desagradables siempre fueran en doble sentido, no iba a ser él el único que pringase.

Mordisqueó uno de los cordones de la capucha de su sudadera al tiempo que echaba una ojeada a su alrededor. El sitio estaba más muerto que sus ciclos de sueño. Por un lado tenía más lógica dar esa ruta por mala y caminar hasta la siguiente parada con correspondencia y transbordos; por otra le jodía la simple idea de que el bus pudiera decidir aparecerse en el momento que él ya se hubiera ido. Y eso era lo que hacían normalmente.

Miró el móvil de nuevo y entrecerró los ojos con gesto de desagrado. No iba a haber transporte decente que pasase por aquella zona de los polígonos industriales a esas horas sin dios. Y él no tenía intención de esperar hasta el infinito a que los clubs echasen el cierre y la juventud borracha o colocada de todo tipo de sustancias tóxicas se desparramase por las calles oscuras en busca de cualquier cosa rodante con dirección a la luz.

—Venga.

Prompto se llevó las manos a los laterales de sus muslos y palmeó con firmeza. A pata pues. Después de todo era corredor de fondo, no le tenía miedo a un día de piernas. Se echó la mochila al hombro, se puso los dos tirantes mientras miraba el mapa de la parada y después de ajustarlos a su altura empezó a caminar con rumbo a la zona residencial más próxima.

Tras más de veinte minutos de caminata escurriéndose entre las sombras a paso ligero, el horizonte multicolor no estaba más cerca, pero la forma de los callejones y los edificios que le rodeaban había ido cambiado de manera progresiva. El estruendo de una explosión repentina a su espalda hizo que se tirase al suelo y se cubriese la cabeza por instinto. La detonación había sido a un par de manzanas, pero Prompto había sentido cómo vibraba el asfalto bajo sus pies.

—No puedo morir tan pronto joder, que tengo negocios a medias. —murmuró el chico frotándose las rodillas de los pantalones al levantarse.

Al oír ruido de pasos a la carrera en su dirección miró a su alrededor con alarma, y se escabulló agazapándose tras un contenedor de escombros de donde agarró un pedazo largo de tubería de metal. Lo suyo eran las armas de fuego y de rango largo, pero con algo contundente también podía hacer los destrozos que fueran necesarios a cambio de salir con vida.

Un grupo abundante de tipos corriendo pasó de largo su escondite y Prompto se echó la capucha por encima no fuera a ser que a alguno de ellos se le ocurriese mirar hacia atrás y viese su pelo rubio asomando entre las sombras.

—Esto me pasa por hacerle caso a Aranea. No pienso volver a dejar que me engañe, si quiere algo de mí que venga ella, ya está bien. —refunfuñó una vez los hubo perdido de vista.

Oteó por encima del borde del contenedor sin soltar su garrote improvisado, haciéndolo dar vueltas entre sus manos como si fuera un tenista con su raqueta y encogió los hombros con el escándalo que se escuchaba en la distancia.

—¿Eso son disparos? Hijos de su pu… No sé qué fregao es este pero me da a mi que el periquito va a empezar a cobrar un plus de peligrosidad por adelantado. —renegó entre dientes comprobando de nuevo que no quedaba nadie cuestionable además de él por los alrededores.

El destello de lo que parecía una bengala a varias calles hizo que frenase en seco, mirase el móvil con fijeza y resignación y decidiera repensar su camino de vuelta a casa en ese mismo momento y lugar.

—Venga. Venga no. Venga ni de coña.

En vez de seguir en la dirección prevista, Prompto trazó una nueva ruta algo más larga pero que esquivaba casi por completo el barrio que no había esperado que fuese tan conflictivo. Cortaba su itinerario original casi en perpendicular para llegar hasta una conocida zona de copas, pero al menos eran bares que aspiraban pijos y no podían permitirse este tipo de follones. O eso quería creer.

Dejó la tubería de protección aparcada donde la había encontrado, se recolocó la mochila de nuevo, y echó a correr.




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~      H e g o a k    e b a k i    b a n i z k i o,    n e r i a    i z a n g o    z e n,    e z    z u e n    a l d e g i n g o.       ~
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Kora

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #112: August 31, 2025, 12:43:05 PM »
Más flashback y lore de hace 150 años... estoy llegando a alguna parte, aunque sea solo emocionarme yo sóla con mis yaois.



Cassian desplegó un mapa guardado en su bolsillo lateral y lo estudió, tomando el risco como referencia. No mostró molestia por la interrupción y miró a Lievran, como esperando su opinión sin pedirla.

El elogio lo había sorprendido; Lievran se permitió sentirse halagado apenas un instante antes de ocultarlo. Se limitó a inclinar la cabeza. –Gracias, mi señor –respondió. Intuyó que la sorpresa de Lord Solane había sido genuina, quizá aliviado de no depender de un inútil.

Lievran sabía que cualquier duda sobre la misión debía guardársela para sí. Ya había revelado demasiado, y su señor no parecía dispuesto a hablar. Así que mantuvo silencio, siguiendo a Lord Solane con atención a su entorno. Estaba acostumbrado a no llenar los silencios, y los sonidos del bosque le resultaban incluso reconfortantes.

El derrumbe no lo sorprendió; solo buscó una alternativa. Dejó que Lord Solane evaluara la situación, aunque se extrañó al ver que lo miraba. –Si me permite, mi señor, exploraré los alrededores. –Se mantuvo a la vista en todo momento, inspeccionando la nieve cerca del bosque.

–Mi señor, la nieve está removida entre estos árboles. –Apartó ramas con cuidado, revelando un paso estrecho. No era del todo seguro: había huellas de animales. –No distingo exactamente el qué, pero alguien o algo ha cruzado por aquí. Esto nos retrasará. Pasaríamos por aquí –volviendo al mapa, Lievran señaló el desvío–. Es más largo, pero parece firme. Y la criatura ya debe de haberse marchado. –se incorporó de nuevo.– Pero es solo mi opinión, mi señor.

–Hmm. –asintió Cassian, dejándole explorar mientras él revisaba mapa y brújula. Si una criatura había pasado por allí, debía de haber considerado el camino lo bastante seguro para atravesarlo. Sus sentidos le habrían asegurado que los árboles resistirían y que la nieve no lo sepultaría. Y Lievran mismo estaba convencido de que ya se habría marchado.– Mmn. Tienes razón. Sigamos esta ruta. Quiero que vayas al frente –dijo Lord Solane. Tenía sentido que fuese él, con el oído más agudo.– ¿Serías capaz de escuchar la tensión en los troncos si estuvieran a punto de quebrarse? –preguntó.

Puede que fuese una suposición algo torpe, pero lo cierto era que las orejas de Lievran le daban una ventaja. La única duda era hasta qué punto.

Lievran asintió en silencio y tomó la delantera, como se le había ordenado, sin inmutarse ante la pregunta sobre su oído. No era la primera vez que Lord Solane le hacía una pregunta similar; antaño había sido más curiosidad que otra cosa, aunque siempre con perspicacia y cálculo. Entonces Lievran no había sabido cómo responder: aunque a menudo captaba sonidos antes que otros galbadienses, temía que admitirlo sonase arrogante, como si quisiera demostrar que era mejor. Solo había negado con la cabeza, murmurando una respuesta evasiva.

Ahora, sin embargo, Lord Solane ya asumía que debía de ser él quien oyese mejor de los dos. Y no era una suposición ofensiva; en Galbadia había tenido que aguantar mucho peor: burlas, humillaciones, ruidos fuertes junto a sus orejas. Nunca de Lord Solane, ni siquiera cuando era niño.

–Sí, debería poder oírlos –respondió para tranquilizarlo–. El dosel es denso, en cualquier caso, y lo que cruzó por aquí no era pequeño, y aun así pasó sin que se derrumbase nada. Mientras no hagamos movimientos bruscos, deberíamos estar a salvo. Sin embargo... –se agachó y giró hacia Lord Solane con un asentimiento, indicándole que lo imitara–. Deberíamos ser cuidadosos.

El crujido de la nieve cubría incluso su respiración mientras avanzaban bajo los árboles. Lievran guiaba con pasos medidos, toda su atención puesta en el bosque, escuchando el rumor de las ramas sobre sus cabezas. Ningún sonido de tensión, ningún chasquido, solo el eco de sus propios pasos. No tardaron en alcanzar el claro, y Lievran dio unos pasos más adelante para asegurarse de que estuviera despejado. Nada alrededor, aunque la nevada empezaba a arreciar; aún no era una ventisca.

–Has cambiado. –sus orejas se agitaron con un leve sobresalto, sorprendido por las palabras de Lord Solane. Aunque había hablado en voz baja, su oído era lo bastante fino para captar cada matiz en su voz. Lievran se volvió a medias, casi conmovido de que el Lord lo recordara, y bajó la cabeza con modestia.

–A la Casa Domine se lo debo. Me dieron un propósito y la oportunidad de elevarme por encima de mi especie –dijo. Eran palabras pulidas, gastadas por la repetición, no falsas del todo. Había cambiado, sí, pero porque no había tenido otra elección.

Había sido entrenado, moldeado en un sirviente y en algo más, algo que jamás podría mencionar a Lord Solane, pues solo mancharía a su señor con semejante revelación. En lugar de eso, buscó devolverle un poco de calidez, sin limitarse a ofrecer una respuesta fría y distante. Se volvió del todo hacia él, aunque conservando cierta distancia entre ambos.

–Espero que a mi lord le complaciera saber que al fin aprendí a blandir una espada –admitió, permitiéndose apenas un leve tirón en la comisura de los labios a modo de sonrisa. De niño, el lord había insistido en que entrenaran juntos, pero Lievran había temido que alguien pensara que estaba atacándolo. Además, en aquel entonces no tenía idea de cómo manejar un sable-espada–. Sé que le decepcioné... pero no fue cruel conmigo. Se lo agradecí, mi lord.

No añadió nada más. Sus palabras bastaban para dejar claro que él también lo recordaba. Y no sería propio de su posición cargar a su superior con sentimentalismos.

–Quería medir tus habilidades –recordó Cassian–. Pero no a tu costa.

Lievran lo escuchó sin sorprenderse. Aquel día, el joven Lord no montó ningún escándalo cuando Lievran rechazó su propuesta de un duelo. Se le notaba decepcionado y lo había expresado, pero no estaba enfadado con él. Lo que Lievran había dicho había tenido sentido, y coincidía con la manera en que había visto a sus contemporáneos tratar a otros esclavos. No había razón para dudar de él.

–Fue una petición poco acertada –dijo Cassian con cuidado. Lievran no iba a querer coincidir con él y que eso se interpretara como una crítica hacia un superior. Era una afirmación; el silencio era la respuesta más segura.– Creí que pocas formas había de comprender a otro que enfrentándose a él en combate –agregó Cassian–.

Lievran negó con la cabeza ante la calificación de "poco acertada". No sabía bien qué sentir al respecto: que el otro no solo recordara su encuentro, sino que además se tomara el tiempo de reconsiderar sus acciones, era algo a lo que no estaba acostumbrado y casi lo abrumaba. Al menos no era tan ingenuo como para confundirlo con simpatía, y mucho menos con una oportunidad de libertad.

–No tenía razones para saber por qué tuve que negarme, mi lord –dijo con voz baja, mirando hacia otro lado–. Su propuesta no carecía de mérito. Evaluar a un hombre por la manera en que lucha demuestra que su perspicacia como soldado ya estaba presente entonces.

Hablaba sin resentimiento. No le correspondía corregir a su superior ni insinuar que se había equivocado.

–Debí haberlo sabido –la severidad volvió a la voz de Cassian.–. Si llega a surgir la necesidad, espero poder ver sus habilidades en práctica. ¿Tu señor se ha encargado de que te enseñen a usar magia?

Lievran guardó silencio un momento antes de responder.

–No, mi lord. Lord Domine no consideró oportuno entrenarme en las artes etéricas.

Observó el bosque que los rodeaba y luego el cielo.

–Y, en cualquier caso, me habría resultado difícil seguir tales enseñanzas. No puedo sentir el éter como mi gente.

El viera recordaba la "niebla" que debería haber sentido en aquel bosque. Pero hablar de ello como si pudiera experimentarlo como otro viera le producía incomodidad. Había sido arrebatado demasiado joven para ser parte de ellos; todo lo que sabía de su especie lo había aprendido en libros. Ni siquiera había conocido a otro de los suyos en persona, no desde que se lo llevaron de su bosque.

No había amargura en su voz, ni arrepentimiento. Solo hechos que permanecían, sin importar cuánto los meditara. Se lo había repetido a sí mismo hacía ya casi diez años: el precio de sobrevivir a su captura en el bosque había sido elevado, y cuanto más se alejaba, más se desvanecían las viejas formas con él. A veces se preguntaba cómo sería oír el bosque, no solo con sus sentidos, sino con toda su alma.

Quizá el imperio se lo arrebató, quizá lo perdió en el momento en que decidió sobrevivir fuera del Bosque. De cualquier modo, ahora era otra cosa, moldeado para un propósito diferente. Nunca más sería viera.

–Qué pena. Es un recurso versátil –dijo Cassian–. ¿Es necesario sentirlo para poder usarlo?

Lievran apenas reaccionó. Sabía que los viera poseían una afinidad única con el éter, pero los humanos y otros podían lanzar conjuros sin sentirlo.

–¿Cómo debería sentirse, si pudieras percibir el éter como otros viera? –insistió Cassian.

Lievran notó cierta curiosidad en su lord, incluso si eso le incomodaba. Sabía que todo lo que vivía estaba compuesto de éter; sentirlo a su alrededor debía de ser abrumador, y también increíblemente útil.

–No… no lo sé. Solo puedo confiar en mis sentidos físicos, pero me han servido bastante –terminó Lievran.

Las preguntas del lord no lo habían ofendido, pero no tenía una respuesta con la que satisfacer aquella curiosidad. Lord Solane buscaba comprender el mundo con un hambre casi voraz, mientras que a Lievran le habían enseñado durante la última década que no había nada digno de ser comprendido sobre él. Era difícil olvidarlo.

Intentando cambiar de tema, añadió:

–Aunque espero que no surja la necesidad de usar mis habilidades, con gusto le ofrecería el combate que le negué hace años –dijo, esbozando una leve sonrisa, cortés y educada, aunque el gesto le resultaba extraño y le hacía sentirse cohibido–. Dudo que ahora pueda ser mucho más formidable para vos más de lo que podía entonces. La formación y experiencia de un sirviente no puede compararse con alguien del estatus de mi lord.

Y aunque pudiera, tendría que ceder, pero se lo guardó para sí mismo.

–Tus sentidos e instintos mundanos deberían ser más que suficientes –asintió Cassian–. Y, por supuesto, acepto –dijo sin dudar–. Pero no aquí. No ahora. Cuando caiga la noche y tengamos que esperar hasta el amanecer para continuar.

Lievran siguió a Lord Solane en silencio, sus pasos cuidadosos sobre la nieve que cubría el hielo, probando la resistencia antes de apoyar su peso. Una vez que el lord aceptó su ofrecimiento para el combate, con un entusiasmo casi entrañable, Lievran asintió.

–Por supuesto, mi señor. Estaré listo al caer la noche. Será un honor enfrentarme a usted –dijo, manteniendo sus sentidos atentos al suelo helado bajo ellos, sin niebla, solo su oído y equilibrio. El hielo aguantaba, al menos por ahora–.

Tras unos minutos de precaución, se atrevió a retomar un tema previo.

–Antes me preguntó cómo se siente percibir el éter como lo hace mi gente –exhaló tras una pausa–. Solo he leído un poco. Por lo que entendí y lo poco que recuerdo, es como… poder oír la voz del bosque mismo. Un guía que permite saber dónde se encuentra todo en el bosque, así como… bueno, percibir el éter.

Se sintió incómodo, como si le faltaran palabras para describir algo tan abstracto, habiendo solo leído sobre ello una vez. También se preguntó si a Lord Solane no le parecería una tontería de criaturas bestiales.

–En cualquier caso, Lord Livius no permitió que entrenara en algo así. Lo consideraba peligroso –terminó–. Lamento no poder ofrecerle una mejor respuesta.

Inclinando la cabeza para que los vientos nevados no le azotaran los oídos, indicó que seguía escuchando a Cassian.

–¿La voz del bosque? –Cassian reflexionó sobre la idea. No pudo evitar un pequeño bufido al escuchar la razón de Lievran para no haber recibido aquella educación–. Ja. ¿Peligroso para quién? –murmuró con desprecio, para sí.

Lievran no podía desdeñar a su amo, pero sabía que Cassian sí podía.

–Has respondido más que suficientemente bien –continuó Cassian–. Una lástima. Habría complementado muy bien tus otras habilidades. Y qué manera tan única de percibir el mundo natural.

Un temblor súbito recorrió el suelo bajo sus pies. Lievran notó la reacción de Cassian, que se detuvo y observó, intentando leer alguna señal sobre lo que podría haber oído.

El hielo no se estaba rompiendo. Sonaba y se sentía firme. Cassian se arrodilló y presionó la palma enguantada contra la nieve para sentir el hielo debajo. Lievran observaba en silencio, atento a cada movimiento, midiendo la firmeza del terreno y el comportamiento del lord mientras retiraba la nieve para exponer el hielo.


Kora

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #113: September 30, 2025, 01:02:35 PM »
Lievran se unió a Lord Solane en el suelo, ayudándole a apartar la nieve. El hielo bajo ellos no parecía agrietado ni de diferente color, pero eso no significaba que estuvieran a salvo. Manteniendo la calma, Lievran giró la cabeza hacia la orilla del lago.

—Deberíamos movernos con cuidado, pero sin demora, mi lord. El hielo debería resistir incluso si corremos, y podríamos llegar a tierra firme si nos apresuramos.

Juntos despejaron la nieve hasta revelar la superficie polvorienta del hielo. Era hielo negro, con astillas y grietas que se habían cerrado con los años, quizás décadas. Aun así, parecía denso, al menos de diez centímetros de grosor donde estaban.

Lord Solane quitó el polvo como pudo. Era casi imposible ver el agua bajo ellos, pero una sombra inconfundible se oscureció en las profundidades turbias. Luego se desvaneció, dejando en su estela vibraciones que Lievran sintió bajo sus pies.

El lord alzó la cabeza con calma y le hizo un gesto.

 —De acuerdo.
Ajustó las correas de su mochila y señaló hacia adelante, apenas desviado a la izquierda.

 —Correré en esa dirección. Cuando lo haga, cuenta cinco respiraciones y corre recto.
Lievran le sostuvo la mirada, queriendo entender qué pretendía. Apenas se dio cuenta de que el lord ya se había incorporado.

 —¡Mi lord...!

Reaccionó un segundo tarde. Lord Solane ya corría, levantando nieve a cada paso. Lievran estaba seguro de escuchar cómo el hielo negro crujía bajo su peso. Y debajo de ellos, lo sintió: algo enorme se movía en las aguas heladas, dirigiéndose hacia el galbadianse.

—¡No, pare! —gritó.

El instinto lo empujó a correr también, olvidando tácticas y estrategia. Avanzó más rápido que Lord Solane, y vio con espanto cómo aparecían grietas bajo sus botas, como una telaraña.

De no estar atado tan profundamente por el rango, lo habría sacudido para preguntarle qué demonios estaba haciendo. ¿Qué sentido tenía atraer a la criatura hacia sí? ¿Para protegerlo a él, un simple sirviente? Por un instante recordó al niño que años atrás no había visto problema en proponer un duelo contra un esclavo. ¿Qué ocurriría si regresaba sin Lord Solane?

—Lo siento, mi lord, pero no puedo permitirlo —dijo, con el rostro tenso, aferrándose al brazo del Galbadian para arrastrarlo hacia la orilla. El hielo gimió con fuerza bajo sus pies.

—¡Lievran, suéltame! —ordenó el lord con voz autoritaria, intentando zafarse—. Va a...

El resto de la frase se perdió en el estruendo cuando una mandíbula alargada, repleta de dientes, atravesó el hielo detrás de ellos. El chasquido resonante de las fauces se cerró a un paso de ambos, levantando agua y lanzando fragmentos de hielo por el aire.

Lord Solane lo cubrió con un brazo, inclinando la cabeza contra la suya mientras el reptil golpeaba el hielo y lo partía en pedazos. Lievran mantuvo el equilibrio por instinto, pero su señor resbaló, y una pierna quedó sumergida hasta la rodilla. Sin pensarlo, Lievran tiró de él para sacarlo del agua, sintiendo una punzada de culpa: Lord Solane debía haber perdido el equilibrio al intentar protegerlo.

El respiro fue breve. El monstruo desaparecería bajo el agua solo un momento. Y, aunque temía que dividirse los condenara, esta vez Lievran no discutió la orden. No podían perder más tiempo.

—Tiene razón, mi lord —dijo con decisión, desenvainando su sable-espada—. Yo llamaré su atención.
Corrió en dirección perpendicular a la grieta, hacia la curva de la orilla. Mientras avanzaba, arrastraba la punta de su sable-espada sobre el hielo en un zigzag, dejando marcas y arañazos que despertaran el instinto de caza de la bestia.

Entonces un estallido sacudió el aire. Un relámpago violeta rebotó sobre el hielo oscuro, seguido del chapoteo de algo grande cayendo al agua: una granada eléctrica, lanzada por Lord Solane. Lievran no frenó, corrió hasta llegar a la orilla y cayó de rodillas en la nieve, respirando con dificultad.

Solo cuando levantó la cabeza y vio a Lord Solane acercarse a los árboles sintió un alivio extraño. Más allá del temor de recibir castigo por perder a su señor, no comprendía por qué el Galbadian había arriesgado su vida por él. Otro en su lugar lo habría usado como carnada sin dudar.

¿Era así como era Lord Solane? ¿O había algo más?

Se tensó al acercarse, esperando ira en cualquier forma, verbal o física. Pero el silencio cayó entre ambos, roto solo por la respiración agitada del lord. Lievran vio el corte en su frente y la sangre que descendía por su mejilla.

Apretó los labios. No era momento de contradecirlo.

Cuando Lievran se acercó, Cassian notó su rostro tenso, los labios apenas curvados con incomodidad. El brillo severo de su propia mirada cortó al viera… hasta que cerró los ojos. Respira. Piensa. Respira. Estaba enfadado. Furioso. Pero necesitaba apagar ese fuego antes de hablar. Se dio tiempo, no respondió de inmediato. El silencio entre ambos se volvió incómodo mientras trataba de templar sus impulsos y emociones.

—¿Está herido, mi lord? —preguntó Lievran, aún sin aliento, con una clara vacilación en la voz—. Deberíamos secarnos lo antes posible. ¿Quiere que busque refugio?

Cassian jadeaba, todavía con la respiración pesada, pero se irguió para mirarlo con una expresión más medida, los hombros tensos.

—Estoy ileso —le dijo entre dientes apretados. No había reparado en la sangre que le bajaba por la mejilla ni en el corte superficial sobre la ceja. Sentía ya lo que sería un moretón en la rodilla, pero nada parecía roto—. Olvídate de mí. ¿Estás herido?

El viera se enderezó, aunque Cassian pudo ver la tensión en sus hombros, recogidos hacia dentro, la cabeza baja y las orejas ligeramente pegadas atrás. Se hacía pequeño, como si esperase ser golpeado, o al menos, que le gritaran. El silencio que cayó entre los dos era tan denso como la nieve a su alrededor. Cassian reparó en cómo Lievran observaba de reojo el corte de su ceja y el ligero hundimiento de su pierna.

Cuando dio un paso hacia él, Lievran retrocedió, tragando saliva.

Cassian lo notó. El viera parecía un perro apaleado. Y con lo poco que sabía de Livius, no le sorprendería si aquello era literal. La severidad de su propio gesto se desvaneció cuando lo vio retroceder. Apartó la mirada. Lo estaba asustando.

La realización se le hundió en el estómago como una piedra.

—Estoy ileso también, mi lord —respondió Lievran con tono medido.
Cassian lo examinó con cuidado, acercándose un poco más para asegurarse. La desaprobación aún pesaba en sus facciones, pero la preocupación iba primero.

—Si no estás herido, busca un lugar seco en las cercanías. Si no lo encuentras, seguiremos hasta dar con uno adecuado.

La nieve empezaba a restarles visibilidad. Cassian se sintió aliviado cuando Lievran se apartó para ir a buscar un lugar seco. Una vez fuera de su vista, se dejó caer pesadamente sobre la nieve y se cubrió el rostro con las manos. Permitió que el terror de lo ocurrido lo alcanzara por fin, observando de reojo el lago entre los árboles como quien mira hacia abajo tras salvarse de una caída mortal.

—Contrólate —gruñó para sí mismo, obligándose a ponerse en pie otra vez. Ya había enfrentado a la muerte antes. Esto no era distinto. Se ocupó en recoger yesca: hojas secas, ramas caídas, incluso mechones de pelo de animales que habían pasado por allí.

El tiempo avanzaba y Lievran no regresaba. Tardó lo suficiente para inquietarlo. Consultó el reloj en su bolsillo, y por primera vez se permitió considerar seriamente la posibilidad de que el retén lo hubiera abandonado. Imaginaba más bien que Lievran lo había dejado atrás para enviar un informe a Livius tachándolo de incapaz, no que hubiera escapado en sí. Aun así, la idea pesaba.

Al final, el alivio llegó cuando lo vio regresar. Lo siguió en silencio hasta el refugio improvisado que había encontrado. No comentó nada sobre lo que había tardado. Tendría que bastar. No podían perder más tiempo.

Antes de quitarse las botas, Cassian le tendió a Lievran un pedernal y una piedra de fuego de su mochila, y dispuso la yesca entre un anillo de piedras. Vertió unas gotas de un frasco sobre ellas; el olor a etanol quedó suspendido en el aire.

Con un simple gesto, el viera aceptó y se agachó junto al círculo. Cassian lo observó mientras encendía la llama. El brillo en los ojos del retén le revelaba cierta inquietud al verlo desatarse la bota. Comprendía su miedo a las consecuencias del frío, pero confiaba en que el calor del fuego bastaría para mantener a raya la congelación.

—Derrite nieve y bebe —ordenó Cassian.

—Sí, mi lord —respondió Lievran, recogiendo nieve fresca en un pequeño recipiente. Lo colocó junto al fuego para que se derritiera, y en voz baja añadió—: Le pido disculpas, mi lord. Le llevé la contraria allá atrás. No... no habría sido propio de mi posición dejarle allí.

Quedaba aún luz en el día, y Cassian pensaba aprovecharla en cuanto su ropa estuviera seca. No pretendía que esa parada se alargara más de lo necesario. Se quitó la bota y la colocó cerca del fuego, apoyada sobre parte del equipo. El calcetín lo colgó de un palo, y protegió su pie con el abrigo doblado para no apoyarlo en el suelo. Al menos, los pantalones, de tejido repelente al agua, habían contenido algo la humedad.

Cuando Lievran habló, Cassian estaba sacando un paquete de raciones. Se detuvo, cerró los ojos y meditó su respuesta, con la imagen del viera encogido aún en mente. Comprendió que no era él quien merecía la ira: había fallado como líder.

—No te informé de mis intenciones. De haberlo hecho, quizá habrías entendido que mis acciones no eran temerarias, sino calculadas, y habrías seguido mis órdenes —dijo en un tono serio—. Te he puesto en una posición difícil. Lo sé. Si algo me sucediera, reflejaría mal en ti, y tu superior no soy yo, sino Lord Domine.

Y sabía bien que Livius no sería compasivo si la misión fracasaba de forma tan catastrófica, aunque no fuera culpa de Lievran.

—Fue mi decisión cruzar el hielo. Si eso nos ha costado, asumo la responsabilidad. —Le pasó a Lievran una taza, para que bebiera—. Sin embargo...
Exhaló con cansancio antes de continuar.

—Estás acostumbrado a escoltar nobles, civiles. No soldados. Soy teniente, Lievran. Me he formado como oficial. He estudiado combate, estrategia, táctica, y cómo sacar provecho de las habilidades de quienes están bajo mi mando. He puesto mi fe en tu instinto y tu entrenamiento. No he dudado de tu criterio en ningún momento.
Alzó la mirada, fija en él.

—No cuestiones el mío. Si debes reprocharme algo, hazlo después. No te castigaré por ello. Pero nuestra supervivencia depende de que actuemos como un solo cuerpo. La próxima vez que me desafíes, podríamos morir. ¿Lo entiendes?

Su voz y su mirada se suavizaron poco a poco. Ya no quedaba rastro de la furia, ni fría ni ardiente.

Lievran se había preparado para la ira y la decepción, así que cuando en su lugar escuchó una disculpa, no supo cómo reaccionar. Probablemente era la primera vez que un galbadiense se disculpaba con él, y más aún alguien de un rango tan superior.

No sabía cómo debía sentirse al respecto. Si acaso, lo volvía más consciente de sí mismo, como si forzar que Lord Solane se disculpara con él fuera otra ofensa más.

Tomó la taza que Lord Solane le ofreció sin alzar la mirada. Las palabras no llevaban desprecio, sino una comprensión genuina y un ofrecimiento de confianza. Era difícil de asimilar, y tuvo que luchar contra el instinto de refutar sus palabras e insistir en que la culpa recaía sobre él. Sabía que lo mínimo que debía hacer era aceptar la disculpa.

Era cierto que estaba demasiado acostumbrado a confiar en sí mismo para salir vivo de una situación. Pero los hijos de Lord Livius eran, por decirlo amablemente, mucho menos capaces que Lord Solane. A menudo Lievran debía maniobrar para que no se pusieran en peligro, aunque jamás se habría atrevido a desobedecerlos directamente como lo había hecho con Lord Solane. Las consecuencias habrían sido mucho más graves.
Una vez recompuesto, respondió:

—Lo entiendo, mi lord. No volveré a cuestionarle.

Se sorprendió de lo mucho que realmente creía esas palabras en el mismo instante en que las pronunció. Lord Solane era un buen líder, eso podía verlo, alguien digno de ser seguido por más que el temor a las consecuencias.

El agua de la taza estaba ya tibia cuando la llevó a sus labios, y recibió con alivio el calor que le transmitió al beberla. Se volvió hacia Lord Solane.

—Gracias, mi lord —añadió en voz baja.

La respuesta que obtuvo pareció tranquilizar visiblemente a Lord Solane. Y ante el agradecimiento, su expresión cambió apenas un instante: no parecía realmente saber cómo sonreír, pero sus ojos se estrecharon y suavizaron como si lo hicieran. Lievran lo notó, y ese pequeño gesto bastó. Lord Solane se inclinó hacia su bolsa con gesto satisfecho.

Mientras lo observaba, Lievran mantenía la cabeza baja, pero atento a cada palabra. Era la primera vez que un galbadiense le ofrecía tanta comprensión después de un error, y aquello le confundía. Era otra vez esa incomodidad ante un elogio inesperado. No lo dejó ver, sin embargo: sus hombros permanecían tensos, su postura cuidadosa y compuesta.

—Lo entiendo, mi lord —respondió, con voz baja y serena. No estaba seguro de encontrar el valor de contradecir a Lord Solane en el campo de batalla después de lo ocurrido, pero debía asegurarse de que no volviera a pasar. No más errores: le había prometido que no fallaría. Quería seguirlo, más allá de las órdenes de Lord Livius. Quería demostrar que era digno de esa confianza.

Aceptó la ración con ambas manos, inclinando la cabeza en un gesto automático de gratitud. La textura era áspera y desagradable, pero estaba lejos de ser exigente, menos aún en esas circunstancias. Escuchó en silencio mientras Lord Solane exponía los planes para el resto del día, su mente ya repasando el terreno que los esperaba. El refugio era poco, no comodidad, pero suficiente para sobrevivir otra jornada... y, con suerte, para ver el final de la misión.

—Estaré listo —asintió con firmeza. El dolor en el brazo y el costado no había desaparecido del todo, pero era más que soportable.

Sin embargo, otra inquietud permanecía en su mente. Ahora que estaba seguro de la confianza y sinceridad de Lord Solane, creyó que sería seguro compartir sus dudas acerca de la misión.

—Mi lord, si me permite decir algo... —empezó. Le costaba hallar las palabras adecuadas para no acusar ni a Lord Solane ni a Lord Livius de engaño.

—No puedo evitar preocuparme de que haya más en esta misión de lo que se nos dijo. No entiendo por qué Lord Livius me enviaría a mí en lugar de a cualquiera de sus hijos... —dejó que las palabras quedaran suspendidas un instante—. Creo que deberíamos estar preparados para la posibilidad de que surjan situaciones aún más inesperadas, por así decirlo.


Airin

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #114: September 30, 2025, 02:51:38 PM »
(mira yo sin iconos que raro... pues allé van los placeholders :_D)    Quiero creer que el formato está bien. QUIERO. CREER.
graciasFlinsporveniracasapronto ;;







Los soldados rasos del campamento oculto corrían de un obelisco a otro. No se encontraban bajo ataque, ni se preparaban para una nueva guerra; al menos no que ellos supieran. Pero claro, eran la base que componía las tropas de asalto, no tenían por qué saber qué se traían sus superiores entre manos. Pero las tropas hablaban.

 —Yo creo que lo sedujo, —resopló un soldado bajo el casco que le bailaba constantemente.

—Ay si claro, con bragas rojas y champán en la cama, no te digo. —replicó otro a su izquierda, tocándose el costado con gesto de dolor.

—Hala, ya salió el fino. Qué champán ni que champón, le comió la oreja al jefe hasta que le puso al mando. Así es como trepan todos, lamiendo botas.—Un tercero intentaba no renquear visiblemente, pero se dio por vencido a la vuelta de una columna, y se paró doblándose en dos y tocándose la pierna.— Ay, la virgen qué calambre.

Viendo la oportunidad de tomarse un descanso a escondidas, el grupo de reclutas no lo pensó dos veces y paró como un solo hombre. Y como si fuera un pelotón de abuelos esperando al médico empezó la retahíla de quejas.

—Ay, que me da flato.

—¡Voy a echar hasta el hígado!

—Uf uf, verás como mañana esté con gripe, hace demasiado frío para esto.

Y es que a pesar de hallarse en lo profundo de una barrera, no por ello dejaba de ser invierno bajo el mar. Cierto era que la temperatura se mantenía suave y generalmente constante, pero eran... soldados rasos, después de todo.

—¿A quién se le ocurre con éste tiempo? —preguntó uno de los quintos bastante entradito en carnes. Más que un quinto parecía un cuarto y mitad.

—A quién se le va a ocurrir, a su majestad de ordeno y mando, que no tiene otra cosa que hacer que dar por el...

—¿Es porque el jefe ya no le hace caso? —interrumpió el primero volviendo a ponerse el casco en su sitio.

Uno de los que resoplaban como si se les fuera la vida por la boca contuvo el aliento suficiente para dejar escapar una risita, haciendo un gesto obsceno con la mano.

—¡Bajo el mar y no moja! —las risotadas sonaron a coro.

—No pero en serio, —el soldado que se había parado primero los miró con una ceja levantada, y el resto se acercó como por instinto, esperando la confidencia,— yo creo que está donde está, porque es hermano de quien es.

El 'oooh' en voz ahogada flotó durante unos momentos en el aire.

—¿Y de quién es hermano?

—¡Gordo cabrón no te enteras de nada!

—¡Gorda tu madre!

Antes de que el altercado fuera a más, el resto del grupo los acalló separándolos.

—Su hermana gemela... —el acalambrado le dio énfasis a la palabra,— es la líder de las Cazadoras.

—¡No!

—¡Venga ya!

—¡Pero qué mafia!

—... si tiene la misma cara, eso es que Ceinwen ya no es una diosa virgen.

—Tú si que eres virgen, qué obsesión tienes.

—¡Es que son de la élite! —se defendió el joven agarrándose del casco.

—Uy si, la élite. La élite que no madruga, la élite que nunca entrena, la élite que sólo mangonea. ¡Enchufados de élite es lo que son! ¡Amiguismo, que se reparten todo lo bueno entre ellos!

El frío del que se habían quejado se hizo polar y cortante en apenas un segundo, hasta el punto de ver el vaho de su aliento congelarse en el aire frente a sus narices.

—¡MENOS RAJAR Y MÁS CORRER! —bramó el joven oficial apareciendo de la nada tras la columna.— ¡Que si entrenaséis igual que malgastáis saliva, seríais élite en vez de carne de cañón! ¡Y las órdenes las he dado yo!

Los reclutas se desbandaron a la carrera entre gritos de terror como si les persiguiera el diablo.

El joven resopló, mirando el móvil y apoyándose contra la piedra.

—Esto va al twitter.



En la superficie terrestre, en una pequeña cafetería con ese aspecto entre familiarmente descuidado por el tiempo y estudiado diseño hipster, el General en la sombra se partía de risa entre toses, intentando no morir ahogado en migas de croissant. La puerta del establecimiento se abrió con la entrada de otro hombre joven y guapo, dejando pasar también el aire frío de la calle.
Spark se sentó en la silla frente al moreno, se quitó el gorro que dejó escapar una coletilla revuelta, se desenroscó lo que parecían un par de metros de bufanda de lana gruesa y se quedó mirando a su amigo con fijeza.

—¿Sinbad, estás bien? —preguntó quitándole un par de migas de la chaqueta, y procediendo a escurrirse de su propio abrigo con los menores movimientos posibles.

Por respuesta su amigo simplemente le pasó su teléfono móvil, con la flecha circular de repetir visionado ocupando el centro de la pantalla encendida. Spark agarró el móvil, y le dio a la flecha.

Su ceja derecha empezó a temblar con el principio del video, nada más oír la voz alegre y queda de Isaak diciendo que aquello iba a molar. A medida que avanzaba la reproducción, dicha ceja se disparó hasta esconderse tras su flequillo, y no tardó en ser acompañada por la izquierda. Miró a Sinbad con los ojos muy abiertos, que sin dejar de mojar su croissant en una taza de café con leche le hizo señas de que siguiera atento a la pantalla.

—¡MENOS RAJAR Y MÁS CORRER! —la voz de su segundo atronó desde el teléfono, y al ver a los reclutas corriendo despavoridos Spark no pudo contener las carcajadas por más tiempo doblándose en dos sobre la mesa.

—¡Qué cabrón! —se limpió una lágrima con la servilleta del General.

—¿Has visto que bien se lo pasa?  No saben con quién se la juegan. No me cree nadie, pero él es al que hay que vigilar, como lo pierdas de vista ¡zas! —Sinbad no podía negar que estaba un poco orgulloso e indignado a partes iguales, no todos los días había una amenaza mayor que su propio aburrimiento.

—Pfff, ya era así de crío. Y de casta le viene al galgo... Ahora que parece tan buenico, todo serio y competente, mentira, mentira todo. —Spark observó la carta de la cafetería, en busca de algo merendable.

—Como que tú puedes hablar de parecer bueno y luego liarlas pardas...—Sinbad se rió entre dientes— Al menos a mi me precede mi reputación de peligro respetable.

—¡Pero yo no lo subo a twitter para el dominio público! —Spark puso morritos y le robó un trozo de hojaldre.

—Ah, no, eso se lo he pedido yo, quería ver qué hacía.

—Ahí, esa élite, controlándolo todo desde la distanci-AH! —la servilleta arrugada de Sinbad hizo blanco en mitad de la cara del rubio.

—A que te mando a merendar a la otra dimensión...

—Tch, qué elitista.

 El General rodó los ojos  y le hizo una seña a la camarera para que se acercase.

—Una galleta de nata y un chocolate premium.

—¡Ahora mismo!

—¿Chocolate premium? —a Spark se le achisparon los ojos sólo de pensar que eso existía.

—Setenta por cien de cacao.  Noventa por cien de leche entera batida. Porque tú también eres de la élite, ¿no? —contestó Sinbad con una sonrisilla resabiada.

—Oh, si. Premium. Definitivamente.




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~      H e g o a k    e b a k i    b a n i z k i o,    n e r i a    i z a n g o    z e n,    e z    z u e n    a l d e g i n g o.       ~
~      B a i n a n    h o n e l a,    e z    z e n    g e h i a g o    t x o r i a    i z a n g o,      ~
~      e t a    n i k    t x o r i a    n u e n    m a i t e.       ~


Kora

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #115: November 30, 2025, 09:00:34 AM »
El tono dubitativo de Lievran a la hora de preguntar le llegó a Cassian, quien alzó la mirada de inmediato, sus mirada saltando hacia él mientras el resto de su cuerpo quedaba tenso, rígido. Ya se había imaginado, de algún modo, que estaba a punto de ser acorralado. Su mirada era severa, y tras oír lo que Lievran dijo, Cassian deseó que hubiera mantenido sus agudas observaciones para sí mismo.

El pecho se le tensó, y tuvo que esforzarse para mantener el rostro imperturbable. Estaba acostumbrado a la presión; incluso había sido entrenado para resistir interrogatorios y torturas. ¿En qué era distinto? ¿Por qué casi sentía una punzada de náusea en el estómago?

Porque Lord Domine sabe que sus hijos se matarían, y de paso me arrastrarían con ellos en su ineptitud, reflexionó con desdén, sintiendo cómo una mueca amarga amenazaba con torcerle el labio. Al principio había sentido cierto resquemor por el hecho de que la Casa Solane arriesgara a su único hijo cuando Domine ni siquiera enviaría a su vástago menos preciado. Pero, al pensarlo de nuevo, agradecía estar acompañado por alguien competente.

No podía decirle eso a Lievran, claro. Cassian sabía conservar la suficiente decencia para callarse ciertas cosas.

Por primera vez, Cassian se encontró falto de palabras. Se humedeció los labios con aprensión, desviando la mirada del viera. Por muy férreamente controladas que tuviera sus emociones, no pudo ocultar la culpa que cruzó por sus ojos esquivos. Lievran lo había entendido. Era tal como había dicho: si Livius no hubiera previsto peligro real, habría enviado a uno de sus hijos.

Si mentía o evitaba la verdad, Lievran otro le creería. Era evidente por la seguridad con la que había expresado sus sospechas. Podía mantener la mentira, pero en aquel momento, no podía encontrar un motivo para hacerlo.

—Hay más que una posibilidad de conflicto —confesó, tragando el nudo de su garganta. Sus ojos volvieron a buscar a los del retén—. Fuiste elegido porque tus habilidades de supervivencia te darán ventaja en terreno salvaje cuando llegue el momento.

Habilidades que los hijos de Livius no poseían, aunque evitó decirlo explícitamente. Cassian observó cuidadosamente la reacción del viera. Había omitido información, y aún había más sin revelar. Decidió avanzar paso a paso.

Lievran mantuvo la expresión neutra salvo por un leve estrechamiento de ojos que Cassian captó al instante. Después asintió.

—Confiaré en el juicio de mi lord pase lo que pase —dijo—. Y me aseguraré de estar a la altura de sus expectativas.

Los ojos de Cassian buscaron los del viera. Había sentimientos no dichos en aquella mirada, pensamientos agitados detrás de su máscara controlada.

—Gracias —respondió. El peso de su confianza cayó sobre él como una losa. Mientras había sido tácito, había sido más liviano; ahora se parecía a un juramento. Sabía que Lievran tenía preguntas en la punta de la lengua, pero el deber lo contenía. El deber... y la confianza que le había concedido.

Cassian no solía dudar de sí mismo. Hacerlo podría ser fatal para él y para cualquiera bajo su mando. Pero, ¿eran tan sólidas sus razones para ocultar la verdad? Lievran había decidido darle tiempo para sopesarlo. Así que por el moment, guardó silencio.

Cassian se encontró siguiendo cada uno de los movimientos de Lievran: cómo terminó su ración, cómo bebió el agua tibia que quedaba en la taza, cómo recogió con método y precisión cada objeto para guardarlo en la mochila. Todo en él era disciplina instintiva.

El silencio que siguió pesó más que antes, casi opresivo. Cassian se sirvió un poco de agua, tomó unos cuantos bocados de su propia ración y guardó el resto, tragándolo con lo que quedaba del agua derretida. Seguía sin percatarse del corte en su ceja: el frío había adormecido su piel y congelado la sangre donde había caído.

Agachó la cabeza, tomó un paño y su bota, y empezó a frotar el interior, arrancando la humedad con fricción donde el calor de la fogata no alcanzaba. Una vez satisfecho, y seguro de que su pie estaba seco, se puso un calcetín limpio. Llevar un par extra sabiendo que caminaría por cientos de metros de nieve había sido una decisión obvia.

Desde entonces, permaneció callado durante las siguientes horas, sumido en sus pensamientos, hablando solo si Lievran requería algo de él. El viento seguía azotando pese al escaso abrigo del saliente rocoso; aullaba contra la oquedad. La fogata se consumió poco a poco hasta quedar más humo que llama. Fue entonces cuando Cassian volvió a calzarse la bota y empezó a ajustarla.

—¿Estás listo para partir? —le preguntó al viera. La visibilidad era peor aún bajo los copos pesados que caían sin tregua.

Lievran respondió con un asentimiento de cabeza, en silencio, y Cassian observó cómo se movía con aquella eficiencia que lo caracterizaba: ajustando tiras, comprobando el peso de su arma, probando la empuñadura del arma. Su figura se alzó firme contra el vendaval blanco.

—Estoy listo, mi lord —replicó el viera.

Cassian inclinó la cabeza y tomó la delantera. Se aferró a la brújula, ya que no podía confiar en la vista. Sabía aproximadamente dónde estaban en el mapa; avanzar hacia el sur y un par de grados al oeste los encaminaría correctamente hacia su destino.

Tras el descanso, sintió la protesta de los músculos entrando en actividad otra vez, acelerada por el frío mortal. Aun así, impuso un paso rápido para recuperar el calor corporal.

Atravesaron el bosque claro, sin nada que ver salvo nieve. Bajo sus botas, la capa era densa y suave, recién caída; hacía el avance más lento que por la mañana, pero aún no imposible. Su mundo se había reducido al ruido apagado de sus pasos y del viento. Ni rastro de las criaturas lejanas que antes se escuchaban. Al menos, Cassian no podía oírlas, aunque ocasionalmente las orejas del viera se sacudían.

—¿Has viajado mucho, Lievran? —preguntó Cassian, de repente, más de una campanada después de haber retomado la marcha—. ¿Hasta qué punto te ha llevado Lord Domine lejos de la capital?

Aunque sería difícil oír la respuesta a través del viento, Cassian no dudaba de que él lo escucharía.


Airin

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #116: November 30, 2025, 03:54:53 PM »
 ¿Cuántas neuronas hemos perdido? SI, A TODO.



Hoy toca hablar del pajarito








—Entonces, ¿Qué pensamos? —Reno se dejó caer en uno de los sofás rindiéndose a que el impacto y la fuerza de gravedad sacudiesen su cuerpo como quisieran.

Y de paso chocó con Rude, que lo miró de reojo con exasperación por encima de las gafas de sol.

—Qué pensamos, dice. ¿De qué de todo? Elabora. —dijo Aranea haciendo un gesto hacia el pelirrojo.

—Oooh, ¡yo tengo opiniones! —exclamó Kurz levantando la mano. Luego se palmeó la multitud de bolsillos que llevaba repartidos por la camisa y el pantalón e hizo un gesto contrariado.— Tengo muchas opiniones, lo que no tengo es mechero. ¿Fuego amigo?

Tres pistolas y un cuchillo le rodearon en cuestión de décimas de segundo. El rubio los miró de uno en uno con cara de palo y apartó las armas con una ronda de manotazos.

—Y luego querréis apoyo cabrones.

Reno se rió entre dientes y sacó su propio mechero, pero en vez de prestárselo se lo acercó con la llama encendida.

—El fuego está encendido, la leña ardeee~ —canturreó levantando las cejas varias veces.

Kurz sacudió la cabeza echándose la melena rubia hacia atrás como la diva que podía ser con los alicientes adecuados y dejó que el humo cargado de nicotina llenase sus pulmones antes de expulsarlo por la nariz con languidez.

—Me gusta el pollo. —sentenció.

—A mí el conejo, y qué. —murmuró Aranea tamborileando con las uñas contra un cojín.

Rude estuvo a punto de atragantarse con su propia saliva y Reno le palmeó un par de veces entre los hombros.

—Pero en qué estarás pensando hombre… ¿Te has quedado con hambre?

—¿Me fríes un huevo? —Rude lo apartó de un codazo que lo echó para atrás contra el sofá y el pelirrojo batió sus pestañas como si fuera una caricatura llena de adoración.

—Te frío los dos huevos si me lo pides tú, guapo.

El cojín de Aranea voló hasta estamparse sobre su cara y cortar su tontería.

—¡Que elabores leñe!

Reno levantó las manos al aire gesticulando como si fuera obvio de qué estaba hablando en un principio.

—Si es por el chaval, cincuenta cincuenta.

—¿Cómo que cincuenta?

—¿Ya sabe el crío que lo traicionas así?

Aranea ladeó la cabeza como queriendo decir ‘eh, quién sabe, a lo mejor’ y buscó cómo explicar lo que quería decir.

—Cincuenta porque claro que es de fiar, lo he traído yo, ya habéis visto qué puede hacer y no voy a saber si es de confianza cuando lo he criado yo. El otro cincuenta… —la mujer arrugó la nariz.— Precisamente porque lo he traído yo me da cargo de conciencia lo que le pueda pasar, que es un pipiolo.

Rude asintió en silencio, entendía los motivos.

—¿De qué porcentaje de sus crímenes te haces responsable? —preguntó Kurz chasqueando el pulgar contra el filtro del cigarro para soltar la ceniza acumulada.

—Ah no, nada de eso, el niño se busca los líos solito sin la ayuda de nadie, yo no he tenido que inducirlo, soy inocente de lo que se me acusa.

—¿Entonces por qué te da palo?

Aranea titubeó.

—Porque bastante putas las ha pasado ya, ¡y no quiero sentirme responsable de haberlo fastidiado más aún!

—Sin presión, primero tiene que decidir si acepta, qué acepta y qué quiere negociar, y luego ya veremos. —Reno se enredó los dedos en la coleta, enroscando y desenroscando un mechón con aire de suspense.— Además, creo que no le estás dando el reconocimiento que merece, que será un pipiolo pero ha dejado tieso a un fulano que le ha sacado la navaja ahí fuera.

—¡No jodas! ¿Lo ha dejado seco? —Kurz se levantó como un resorte mecánico con la boca muy abierta.

—Eh, —el pelirrojo encogió un hombro.— Seco seco, no sé, pero tieso tieso ya te digo yo que si, que lo he tenido que subir a rastras a un carro de carga y el tipo aún daba la corriente.

Aranea parpadeó un par de veces, hasta que hubo terminado de procesar la incredulidad.

—¿Lo has dejado en un carro ahí fuera?

—No, si te parece lo invito a cenar aquí dentro. —enderezándose en el sofá, Reno se sentó como una persona normal y acomodó el cojín tras su espalda.— Lo he empujado por la cuesta abajo y allá hasta donde haya llegado, ahí está bien. Problema de otros.

—Lo que está bien hecho está bien hecho, —dijo Rude con sabiduría.

—Pues eso. Que no diría que es precisamente un crío indefenso al que haya que llevar de la mano, aunque lo parezca, no estamos corrompiendo a una criaturita inocente.

—Eso ya lo sé, —resopló Aranea.— Pero si decide que acepta más estupidez de la que ya tiene por sí mismo, me lo cuidáis como si fuera vuestro propio hijo, ¿me habéis oído?

—¡Mi hijo pollo! Eh, ¿entonces tengo que pagar por el onlyfans del periquito? Tenemos que hablar del pajarito, porque a ver qué va a pasar con esa custodia compartida.

—Si este es el plan, ojalá ser padre soltero… —murmuró Rude con desgana rodando los ojos por encima de las gafas en dirección a Kurz.

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~      H e g o a k    e b a k i    b a n i z k i o,    n e r i a    i z a n g o    z e n,    e z    z u e n    a l d e g i n g o.       ~
~      B a i n a n    h o n e l a,    e z    z e n    g e h i a g o    t x o r i a    i z a n g o,      ~
~      e t a    n i k    t x o r i a    n u e n    m a i t e.       ~


Kora

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #117: December 05, 2025, 06:18:20 AM »
Lievran siguió el paso de Lord Solane sin queja alguna, permitiéndole marcar la dirección mientras él escuchaba en busca de cualquier peligro alrededor—ya fuera que el entorno se volviera traicionero o la presencia de otro ser vivo. Podía oír el aullido tenue de bestias en la distancia, pero sonaba demasiado lejos, y dudaba que algo se atreviera a cazar en medio de una tormenta de nieve.

Aunque, claro, también había considerado el lago un lugar seguro, así que se mantuvo alerta.

Era difícil escuchar a Lord Solane por encima del viento aullante y el crujido de sus pasos sobre la capa cada vez más gruesa de nieve que se formaba bajo ellos, y la pregunta hizo que Lievran frunciera el ceño. Lord Livius lo ataba con correa corta, incluso cuando lo enviaba en encargos o lo hacía acompañar a sus hijos.

Su amo siempre había disfrutado llevarlo consigo cuando viajaba para cerrar tratos, especialmente cuando Lievran era más joven, usándolo para granjearse el favor de sus socios. Un sirviente viera joven era una auténtica rareza para muchas personas dentro del imperio.

—Nunca demasiado lejos de Galbadia, mi lord. Lo más lejos que he llegado es la frontera sur —respondió, alzando la voz para hacerse oír—. Siempre a unos días a lo sumo; lo más lejos fue cerca del límite sur.

Lord Livius confiaba en su lealtad, o al menos en su sentido común: intentar escapar tendría consecuencias terribles, pero de cualquier modo, jamás le permitió la oportunidad de poner a prueba esa lealtad.

—Debes conocer bien los caminos y las tierras salvajes del Norte —comentó Lord Solane.

—Me esfuerzo, mi lord —respondió, aunque no estaba seguro de conocer realmente tanto sobre los caminos del Norte. Al menos, nunca se había perdido al acompañar a Livius o a sus hijos.

Intentó desviar la conversación lejos de sí y evitar aburrir a Lord Solane. La vida de un sirviente o un simple retén difícilmente sería de interés para un noble y oficial como él.

—¿Puedo preguntarle lo mismo, mi lord?

—He hecho un periodo de servicio en Smarthia. También tuve ocasión de visitar otros países. Balamb y Aetheria, y el Bajo Condado en distintas misiones.

—Mi lord es muy afortunado de haber visto tantos lugares —confesó antes de darse cuenta de que las palabras se le habían escapado. Esperó que el viento implacable hubiera ahogado su voz, pero por si acaso añadió—: Pero ninguno puede compararse a Galbadia.

—No puedes saber si pueden compararse —señaló Lord Solane, la corrección tan suave como directa—. Pero tienes razón en que ha sido un privilegio salir del crisol de poder. Tuve la oportunidad de conocer, conversar y aprender de una gran variedad de personas.

Aunque luchaba contra el viento para ser escuchado y le tomaba tiempo expresar sus ideas, hablaba con la dicción de un profesor apasionado. Lievran podía oír en su voz que de verdad había disfrutado esos viajes.

No le había sorprendido la corrección de Lord Solane; sus palabras eran fórmulas practicadas, aprendidas desde hacía años. Lo que sí lo sorprendió fue que Lord Solane no estuviera de acuerdo con él de inmediato, o que pareciera hablar con algo cercano a la admiración sobre otros países y sus habitantes. Lievran escuchó con atención, permitiéndose imaginar lo que Lord Solane habría visto en sus despliegues.

—¿Alguna vez has deseado viajar más lejos? —preguntó entonces Lord Solane.

La pregunta lo tomó por sorpresa. Nunca se había detenido a considerar si quería abandonar Galbadia, porque no era tan insensato como para alimentarse de esperanzas fútiles que jamás se harían realidad. La realidad solo dolería más. Siempre pertenecería a Lord Livius, y cuando él muriera, serviría a sus hijos, y luego a los hijos de sus hijos—era lo esperado, dado que los viera vivían más tiempo.

—Nunca lo he pensado, mi lord —admitió—. Mi lugar está en Galbadia, con Lord Livius.

—El lugar de una persona es aquel donde puede alcanzar su máximo potencial. Si eso es a lado de Lord Livius, que así sea, aunque me pregunto si tus talentos no están algo malgastados allí.

La admiración que había sentido por el discurso anterior de Lord Solane se transformó en ligera incomodidad ante aquella sutil crítica hacia Lord Livius. Apretó los labios, buscando una forma adecuada de negar la insinuación de que debería estar en otro lugar que no fuera junto a su amo, pero optó por guardar silencio. Lord Solane estaba siendo lo suficientemente franco como para que él no sintiera necesario contradecirlo abiertamente.

Limitarse a no decir nada que pudiera considerarse un insulto a Lord Livius sería lo más seguro.

—Si esta misión sale bien, Lord Livius y sus hijos podrían estar más dispuestos a viajar más allá —continuó Lord Solane. Lievran no sabía por qué pensaría eso, pero escuchó atentamente—. Y cuando lo hagan, quizá te encarguen a ti de su protección.

El lord construía la posibilidad con cuidado. No era una promesa. No podía garantizarlo. Solo una posibilidad. Un motivo para pensarlo. Lord Solane no sabía que Livius jamás se separaría demasiado tiempo de su “mascota”.

—Deberías considerar cómo sacar provecho de esa experiencia, si llegara el momento —aconsejó Lord Solane.

—Quizás… —respondió Lievran, guardándose las dudas que albergaba sobre la misión. Era un recordatorio de que no debía permitir que fantasías inútiles lo distrajeran en un entorno tan hostil. Sus orejas se movieron ligeramente mientras revisaba los sonidos del entorno.

Era una tontería imaginar qué haría si alguna vez viajara a cualquier otra tierra fuera de Galbadia. Lord Livius nunca permitiría que pisara tierras extranjeras, al menos no sin él presente, y en tal caso la experiencia sería muy limitada.

—Me aseguraré de aprovecharlo, mientras mi deber lo permita —dijo con palabras medidas, su tono más bajo—tal vez incluso inaudible con la tormenta.

Lord Solane agachó la cabeza para indicar que había dicho suficiente y luego subió la capucha. La nieve caía espesa y veloz, acumulándose sobre sus hombros, pegándose a su abrigo oscuro. Se acumulaba en la piel y en la parte superior de su mochila, y no se molestó en sacudirla ni cuando el peso del montículo empezaba a hacerse sentir.

El viento los atravesaba con un frío cortante. Cualquier piel expuesta ardía de dolor hasta entumecerse, y ni las capas ni las prendas podían mantener el frío fuera de sus huesos.

Caminaron hasta que la luz empezó a desvanecerse. El día terminó de golpe, como suele ocurrir en las lunas invernales, sumiéndolos en una oscuridad brillante y helada. Hacía ya mucho que no podían ver nada más que al otro y algún árbol ocasional que Lord Solane tenía que esquivar. A lo lejos, los lobos aullaban entre sí, pero no sonaban como si estuvieran cazando. Incluso los depredadores habían perdido el sentido en un clima así; solo un golpe de suerte improbable les permitiría encontrarlos.

La siguiente vez que Lord Solane se volvió para hablar con él, incluso él parecía un poco cansado, aunque la agudeza en sus ojos no había menguado.

—Debemos estar cerca. La cueva que buscamos se encuentra en la cara vertical de un acantilado que cruza nuestro camino. Piedras sueltas, de distinto color y composición geológica que las del suelo, deberían indicarnos que estamos cerca —explicó, inclinándose para ser escuchado—. Pero tendremos que excavar para encontrarlas. ¿Me ayudarás? Cualquier flora que encuentres que prefiera suelos pedregosos podría indicar lo mismo.

Ni la oscuridad ni el frío asustaban a Lievran, aunque sus orejas llevaban rato entumecidas. Funcionaban, aun así; el viento ahogaba casi todo, pero cualquier sonido a unos metros podía oírse. Los aullidos en la distancia no lo preocupaban demasiado.

Sintió una punzada de inquietud cuando notó los primeros signos de fatiga en el rostro de Lord Solane, sin embargo. El suyo debía reflejar algo similar, aunque él seguía decidido. Asintió ante la instrucción, con un gesto breve y educado, y enseguida se arrodilló sobre la nieve espesa para empezar a apartarla con las manos.

Pero su búsqueda no arrojó resultados. Su ceño se frunció, y sus ojos se entrecerraron mientras examinaba cada piedra que sacaba de la nieve. Eran todas iguales en color y forma a las anteriores. Tampoco había rastro de musgo o líquen.

Apretó los labios, preocupado, temeroso de decir algo. Era posible que Lord Solane se hubiera desviado del camino previsto, o que simplemente hubieran empezado a buscar en un punto sin indicios. Lord Solane se veía tan cansado como harto del tedio del viaje. No era un trayecto fácil, y aún les quedaba camino. Por lo que Lievran podía ver, ambos ansiaban un respiro.

Mientras él removía nieve, Lord Solane se desplazó a un área cercana, siempre dentro de su vista. Tardó más de lo previsto, teniendo que raspar nieve dura, pero al final encontró piedras distintas hacia el oeste. Cuando encontró un helecho resistente, lo arrancó por las frondas y se lo llevó a Lievran para pedir su opinión.

—Estos suelen crecer al pie de acantilados, ¿no es así? Si vamos por aquí, deberíamos dar con la pared rocosa.

Lievran sintió alivio al ver la planta. Acercó las manos enguantadas, pasó los dedos por las hojas pequeñas.

—Sí, mi lord. Debe de serlo —asintió, firme—. Suelen crecer cerca de las entradas de cuevas, donde la tierra es húmeda y ácida.

—Bien. No estamos lejos entonces.

Esa chispa de esperanza no se apagó ni cuando encontraron la entrada de la cueva cubierta por nieve. Era de esperarse con una tormenta así, y serviría de aislamiento una vez dentro. Lord Solane estuvo de acuerdo y comenzó a revisar su lado del muro improvisado. Poco después llegaron a la pared de roca tal como él había dicho, cubierta de escarcha.

—Con cuidado, mi lord. Si presiona la nieve demasiado rápido podría derrumbarse sobre usted —le advirtió Lievran. Se mantuvieron siempre a la vista del otro; lo último que necesitaban era separarse en medio de la tormenta.

Lievran examinó la nieve con atención, palmándola para encontrar zonas menos compactas. Tuvo suerte: pronto encontró un punto donde la acumulación era extraña, y al pasar las manos notó la forma dentada de un estalagmita sobresaliendo del suelo.

Con delicadeza, despejó la nieve alrededor, dejando caer montones que golpearon el suelo. Sabía que habría más “dientes” en la entrada, y que necesitarían herramientas para quitarlos. Pero si eran cuidadosos, podrían deslizarse entre ellos.

—¡Mi lord, aquí! —llamó, cruzando una mirada esperanzada con él.

Lord Solane se apresuró a su lado, y sus ojos brillaron con alivio. Se quitó la mochila, rebuscó dentro y sacó lo que parecía ser una pieza desmontada de un sable-pistola, con un borde plano y afilado, usándola para cavar con precisión entre los dientes de piedra. Lo justo para abrir una oscuridad hueca que, con trabajo, podría crecer lo suficiente para los dos.

Respiraba con esfuerzo mientras cavaba, deteniéndose cada tres golpes para mirar por encima del hombro. Lievran lo vio claramente: se sentía vulnerable arrodillado allí, dándole la espalda al exterior.

Lievran continuó apartando nieve, aunque vigilaba sin pausa. La inquietud de estar expuestos era lógica. Aunque dudaba que hubiera algo cerca, la vulnerabilidad era real. Le incomodaba un poco dejar que Lord Solane hiciera el trabajo pesado de rodillas mientras él hacía de centinela, pero la herramienta del Galbadiense era más adecuada, y su propia herramienta podría provocar un derrumbe si lo usaba mal.

Dejó que Lord Solane entrara primero, asegurándose de que nada acechara cerca, y solo lo siguió cuando él lo llamó. Encendió una pequeña linterna alimentada por ceruleum y la sujetó entre los dientes antes de agacharse para pasar por la estrecha entrada improvisada, avanzando entre los estalagmitas hasta encontrar un lugar seguro para ponerse de pie.

Finalmente, el sonido salvaje de la tormenta se apagó un poco, amortiguado por la pared de nieve. El hueco que habían excavado se llenaría pronto, lo suficiente para sellarlos de la intemperie.

Lievran recorrió el interior con la luz. La cueva era más profunda de lo que esperaba, sin señales de animales recientes. Fría, sí, pero más tolerable que afuera. Aspiró el aire para detectar agua estancada o gases malos, pero solo olía a tierra, humedad y minerales. Una delgada corriente de agua se filtraba desde el fondo, congelándose al tocar la pared nevada—una buena señal.

—Estamos a salvo, mi lord —afirmó.


Neko

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #118: January 15, 2026, 05:52:41 PM »
He estado escribiendo estas dos semanas :B se me ocurren COSAS




En otra vida en Navras...

Milo no siempre había sido un chico alto para su edad, así que a veces se olvidaba de que el tamaño adecuado de colchón para alguien como él no era el que tenía en su pequeño apartamento a las afueras de la ciudad.
Se sentó en la cama para estirarse lo que no había podido mientras dormía y bostezó en alto. Después de frotarse los ojos abrió las cortinas y sonrió a otro día gris.

Pocos minutos después, la mañana le encontró regando las plantas de su salón mientras se cepillaba los dientes y un rato más tarde saludó a los dos gatos que le esperaban en lo alto de una tapia por los nombres que les había inventado.

Llegar hasta su trabajo era un paseo que no le importaba hacer a menos que hiciera demasiado calor para la vida inteligente, así que en un día de invierno estaba bien.

—Ay, en serio, chico, es que siempre me llevas unos pelos… —le dijo su jefa nada más verlo entrar por la puerta y le señaló el taburete detrás del mostrador para que se sentase—. Ven aquí, anda.

Milo saludó con una sonrisa apretada y Helena hizo desaparecer la coleta despeluchada y la cambió por un moñete en lo alto de su cogote.

—Así mejor.

Él se miró en el reflejo del escaparate, sorprendido como siempre de que alguien pudiese controlar sus rizos. Y Helena le avisó que lo necesitaría detrás de la barra de la cafetería a la hora de la comida, si es que quería hacer un dinero extra, porque Andrew había faltado otra vez.

—Un catarro —le dijo Marie horas después, mientras hacían cafés—. Este año la gripe viene fuerte, acabaremos todos cayendo.

Milo asintió distraído, con la atención más puesta en la cafetera que en su compañera de turno.

—Oye, ¿tú no conocías a alguien que hacía pociones? ¿Le puedes encargar alguna para el sistema inmune? —le preguntó Marie entre susurros, hombro con hombro, como si fuera un chisme demasiado jugoso como para compartir con los demás.

—Pero Marie, tú eres una mujer joven y sana, con que te comas unas naranjas ya te vale.

Y la chica le pegó en el brazo toda indignada mientras él se reía con ganas y dejaba en la barra otro café recién hecho.

Las campanillas de la puerta sonaron otra vez y los dos levantaron la cabeza para ver quienes eran los nuevos posibles clientes.

—Soldados. —murmuró Milo, intentando parecer calmado.

Marie paró todo lo que estaba haciendo para ver como los tres soldados que acababan de entrar tomaban asiento cerca de la librería. Una alarma empezó a sonar desde la cocina, pero ninguno de los dos reaccionó.
Uno de los soldados se volvió a levantar para mirar los libros de la estantería más cercana.

—Yo creía que vendrían a por café, pero parece que también saben leer. —comentó la chica con un retintín sarcástico.

Milo la miró de hito en hito.

—¡Marie! —le avisó mientras ella reía y él le señaló la puerta de la cocina—. ¡Las baguettes!

La chica salió corriendo hacia la cocina y volvió enfadada porque a ella no le tocaba llevar el horno esta vez. Milo se rió con ganas y entre bromas y risas siguieron sirviendo cada pedido que les llegaba.
Aunque Milo ya no pudo dejar de mirar hacia la mesa de los soldados, sintiendo unos nervios que le helaban la piel.

Un rato más pasó sin pena ni gloria y Milo miraba de vez en cuando el reloj de pared que había en la pared de enfrente, entre dos ventanas altas decoradas con hierro forjado dibujando ondas sobre el cristal.

«Cinco minutos más», pensó. Cinco minutos para salir del turno extra que estaba haciendo.

Volvió a levantar la mirada. Cuatro minutos. Cuatro minutos para ir a su casa y darle de comer a los gatos. Se aseguraría de ponerles unas gotas de su poción de salud.

Tres…

Cuando Milo volvió se incorporó después de haber cargado el lavaplatos se dio de frente con uno de los soldados y Milo casi saltó de su propia piel.
El soldado le miraba fijamente y Milo sonrió confuso.

—El mostrador de atención está a su derecha, aquí sólo hacemos los cafés. —le dijo, pero tal vez le había hablado demasiado bajito o es que había mucho ruido en la cafetería, porque el soldado le respondió con algo que no casaba con la información que le había dado Milo.

—Cóbrame cuando puedas —y los ojos del desconocido bajaron a su pecho para añadir:— Em… ¿Milo?

El soldado le dio una palmada a la mesa, asustando al barista, que por un momento había creído que el chaval tenía poderes telepáticos hasta que se acordó de que llevaba un pin con su nombre.

Además, si pudiera leer la mente se habría dado cuenta de que él no le podía cobrar.

—Espero que no hayamos molestado mucho.

Milo abrió la boca pero el soldado se dio la vuelta y se llevó a sus compañeros sin mediar una palabra más. Cuando Milo miró a la barra allí estaba el dinero y lo cogió para levantar los dos billetes que había dejado.

Por un momento Milo no quiso hacer nada al respecto, no se le había perdido nada con unos soldados y menos con los de la fuerza aérea. Pero Milo era demasiado buen chico y además su turno extra había acabado ya.

Salió desde detrás de la barra con uno de los billetes y correteó hasta la puerta, girando hacia un lado y otro para buscar a los soldados. No es que fueran difíciles de encontrar con el timbal que llevaban encima montado. Milo los alcanzó en unas pocas zancadas largas, que le hicieron exhalar vaho.

—¡Espera! —les llamó— Tu cambio.

Y se quedó mirando la cabeza del soldado desde atrás. Sólo distinguía pelo castaño y orejas rojas, aunque no llevaba tanto tiempo fuera como para que hubiera sido el frío.

El soldado no se dio la vuelta, apremiando a los otros dos a seguirle lo más rápido posible. Milo dejó caer los brazos, cansado.
No tendría que haber salido. Ya debería saber que no iba a sacar nada bueno de interactuar con unos soldados. Pero él sólo quería parecer normal y evitarlos era aún peor.

Milo entró a la cafetería casi tiritando y dejó el billete junto al otro. Empezó a frotarse los brazos cuando alguien le dio un golpecito juguetón en el hombro por detrás.

—¿A dónde ibas con tanta prisa, príncipe? ¿Cenicienta se había dejado el zapato de cristal? —le preguntó Fer, el compañero al que le tocaba entrar a esa hora.

—Qué va, era un soldado que había dejado demasiada propina. —intervino Marie.

—No era propina, ha dejado casi el triple de dinero. —replicó Milo.

—Pues será rico, yo qué sé.

Otro compañero, Roy, se hizo con el dinero de la discordia y le dio uno de los billetes a Milo con una sonrisa de gato satisfecho que le llenaba la cara.

—Yo digo que le demos el dinero a Milo, porque ese hombre estaba tan distraído con él que ni ha mirado lo que dejaba en la barra.

—Desde luego distraído estaba, ha venido a pagar aquí en vez de a caja… —murmuró Marie, empezando a servir un té que le acababan de pedir.

Fer miró de uno a otro y se fue riéndose a la sala de staff para dejar sus cosas bajo llave antes de empezar su turno.

—Oye, no ha sido así… —se quejó Milo, pero Roy le aseguró de que lo había visto con esos ojos y no se equivocaba.

—A ver, Milo, a mi también me distraes y soy lesbiana. Date crédito. —le respondió Marie y Milo decidió no ahogarse en risas porque tenía algo importante que decir.

—Eso no tiene nada de mérito, ¡te distraes con una mosca! ¡Acaba el té!

Después de unos segundos de silencio Marie le tuvo que dar la razón y Milo se fue a la sala de staff para coger sus cosas.

Por alguna razón, cuando se disponía a salir, Milo se dio la vuelta y se quedó mirando la estantería que aquel soldado había estado investigando y se acercó.
Milo acercó la mano a los libros y acarició unos cuantos lomos hasta que notó la chispa que estaba buscando. Sacó el libro y miró la portada.

—La otra cara de la luna. —dijo en alto.

—¿Te lo quieres llevar? —le preguntó Helena, la encargada, que había vuelto después de su descanso para comer.

—No yo… ah. —Milo miró de nuevo el libro— Igual… sí.

«Sí, ¿por qué no?»

Helena movió la mano para decirle que se marchase y Milo le sonrió para darle las gracias. Metió el libro en su mochila y salió a la fría calle llena de luces de neón y gente demasiado ocupada como para ser civil en sus trayectos.

Una furgoneta casi se subió a la acera y Milo se apartó en el último momento.

—¡Otro que está trabajando! —gritó un hombre enrollando en una manta encima de unos cartones—. ¡Miserables!

Milo se llevó la mano al pecho. Era una furgoneta de los militares y una mujer apremió al sin techo a que se callara antes de que lo escuchasen.

Durante el corto trayecto hasta su casa, Milo se frotó con dos nudillos encima del corazón varias veces para tranquilizarse. ¡Y luego le dio de comer a los gatitos! Sin olvidarse de añadir unas gotas de su poción de salud.
Acarició a uno especialmente cariñoso y luego volvió a su casa, donde se pasó un rato saludando a todas sus plantas, tocando las hojas para ver si seguían sanas.

Después de una cena ligera se sentó en la cama con un chocolate caliente y una manta y el libro que se había llevado del trabajo.
Y las horas pasaron. Y Milo tuvo que cerrar la tapa porque se estaba haciendo tarde y tenía que descansar.

Al día siguiente volvió al trabajo, como siempre. Cómo lo volvería a hacer otro día más. Y otro.
Pequeños pasos en su monótona vida. Donde se sentía atrapado entre lo que quería hacer y lo que debía hacer.

Milo suspiró y cerró el libro, sentado detrás del mostrador al lado de las estanterías. Devolvió el cuento a su sitio y acarició el título mientras lo metía un poco más hacia dentro. ¿Por qué se habría parado el soldado a verlo? ¿Curiosidad? ¿Reconocimiento?

Milo miró hacia la vidriera y luego al reloj.

—Cinco minutos. —musitó.

Cinco minutos para salir del trabajo. Dieciocho horas para volver a entrar.

Y suspiró.




Hoy Milo estaba sonriendo detrás de la bufanda. Mañana libraba y su turno era sólo de cuatro horas. No quería ni pensar en turnos dobles, no fuera que los invocase, que tampoco era tan raro que acabara pasando.
Movió la mochila para repartir mejor el peso y siguió a buen paso, tarareando la canción que sonaba en sus auriculares. Era algo más adecuado para el gimnasio que para una mañana soleada en medio de finales de diciembre, pero a Milo le iba bien para no perder el ritmo.

Hoy llevaba un par de pociones en la mochila. Al final Marie había caído ante el catarro que estaba asolando la ciudad y Helena le había preguntado si no podía conseguirles algunas pociones para ayudar a los trabajadores, que se las pagaría a precio de mercado.
Oh, ese fin de semana iba a comer bien. Ya estaba pensando en comprar un buen pedazo de carne que normalmente no se podía permitir. Incluido se le ocurrían un par de recetas.

—¡Buenos días! —saludó alegre mientras la campanilla de la puerta tintineaba por allá arriba.

Ferdinand le saludó con poca energía y Roy levantó una mano, aunque el resto de su cuerpo estaba dejado caer artísticamente entre una silla y una mesa, alrededor de un café humeante.

—Aaaah, la cocina huele bien.

—Helena está sacando las primeras hornadas —le informó Fer antes de bostezar y estirarse—. ¿Me ayudas a sacarlas?

Milo miró a sus compañeros y señaló hacia la sala de staff.

—Dejo esto y voy atrás, ya veo que Roy no está para mucho.

El pelirrojo hizo un ruido de apreciación, pero no pronunció ninguna palabra que estuviera en el diccionario.

Poco después Milo y Fer estaban sacando bandejas de comida a los mostradores, hablando animadamente. En algún momento Roy levantó la cabeza y se acabó el café de un trago.

—Vete a tu sección, anda. Ya sigo yo con lo mío. —anunció Roy de repente.

Fer se quedó con la boca abierta.

—Sigo, dice, ¡pero si no has hecho ni empezar!

—Chicas, no os peleéis, sóis todas bonitas. —dijo Helena, apareciendo de repente.

Roy gruñó que estaba mintiendo y Milo dio una palmada y se despidió de sus compañeros mientras volvía a saltos a su sección de libros.
Los trabajadores de la noche anterior habían dejado los libros que habían quedado dispersos por las mesas encima de su mostrador, así que tenía trabajo para rato poniéndolos en su sitio.

No había ni mirado un libro cuando los clientes empezaron a entrar. Milo levantó la cabeza para saludar con una sonrisa cálida y luego continuó poniendo orden.
El cuarto libro era uno familiar. Se lo había llevado hacía un par de días para leerlo.

—Tú otra vez —le dijo al libro mientras le daba vueltas en las manos—. ¿Me echabas de menos?

Milo empezó a hojear el libro, comprobando si estaba en buen estado. En una librería cafetería con sección de préstamos siempre tenían que mirarlo. Y algo se desprendió de las hojas, tomando vuelo. Una servilleta empezó a balancearse de lado a lado mientras caía de forma gentil hasta sus pies.
Milo se agachó a recoger la servilleta y al darle la vuelta vio algo que no esperaba ver.

Milo x Walter

Milo parpadeó un par de veces seguidas. Y luego otra vez más para asegurarse de que estaba leyendo bien.
Milo x Walter le seguía mirando de vuelta en letras grandes y firmes. A Milo le hizo especial gracia como la e se enlazaba con la erre, le parecía cuqui.
Apretó la servilleta un poco más entre los dedos y notó esa chispa que había notado en el libro dos días atrás. La misma chispa que había visto en los ojos del soldado.

—Walter… —murmuró.

—¿Quién? —preguntó Helena, que tenía la mala manía de ser muy, pero que muy silenciosa, aunque tampoco era difícil entre el ruido de la clientela—. ¿Qué tienes ahí?

—Nada —contestó Milo, llevándose la servilleta al bolsillo del pantalón de su uniforme—. ¿Necesitáis ayuda en la barra? ¿Hago cafés?

—No… —le contestó Helena mirándole con sospecha—. No, quédate aquí de momento, ya te llamaré si te necesitamos.

Helena extendió una mano y por un momento Milo creyó que quería que le diera la servilleta y sus labios se apretaron en una sonrisa pequeña y forzada.

—La coleta. Dame la coleta, siéntate, que siempre me llevas unos pelos…

—¡Ah, eso!

—¿¡Qué creías que te pedía!? —le azuzó Helena, agarrándole de los hombros para llevarlo hasta el taburete—. ¿¡La mano!?

Eso los tuvo riendo un buen rato. Y después de hablar sobre las pociones y el pago, Helena se marchó para dejarle trabajar de nuevo.

Una vez con todos los libros en su sitio habitual, Milo se volvió a sentar en el taburete, mirando a gente entrar y salir.

«Walter…» pensó y luego sacudió la cabeza «Es una mala idea.»

Una muy mala idea.




Milo se paró nada más salir del trabajo y cogió aire antes de dejarlo salir en una nube de vapor. Sonrió y las luces del negocio de enfrente le pintaron el perfil de violeta.
Tenía las manos en los bolsillos y un gorro de lana naranja y verde cubriéndole los rizos.

—Vámonos a casa. —murmuró entre los ruidos del tráfico y el saxofonista de la esquina que intentaba ganar algo de dinero extra.

Y, como siempre, volvió a pie a casa. Mientras paseaba por las calles y callejones del barrio, iba pensando en qué usaría su tiempo libre esta vez.
No es que tuviera muchos encargos, justo había acabado uno grande, pero podía ir reabasteciéndose de algunos materiales básicos para sus pociones. También podría probar una receta nueva y beber vino mientras hacía nada durante el resto del día.

Un vistazo a la alacena de su taller nada más llegar a casa le hizo repensarse ese segundo plan. Suspiró, ya en ropa de casa y se agarró de forma dramática al marco de la puerta.

—No hay descanso para los alquimistas.

Necesitaba urgentemente elaborar algunas infusiones básicas que usaba en muchos de sus productos, pero eso sería trabajo para el Milo del futuro. De momento iba a hacer la cena y poner la ropa a lavar.
Con la sopa hirviendo se fue a su pequeña habitación en la que apenas cabía una cama, un armario y un espejo, y recogió la ropa que había dejado tirada a los pies del colchón. En cuanto metió la mano en uno de los bolsillos del pantalón de su uniforme encontró la servilleta que había rescatado del suelo de la cafetería esa mañana. Estaba arrugada, pero la letra seguía siendo clara y precisa encima del papel.

Milo lo observó por un momento y pensó en tirar la servilleta, pero acabó dejándola encima de la mesita de noche misérrima que tenía debajo de la única ventana de la habitación.

Walter.

Probablemente sería el nombre del soldado. O eso creía Milo.

«Walter.» se encontró pensando mientras se tomaba la sopa y dejaba que un podcast sonase desde su móvil sin prestarle demasiada atención. Algo sobre la aplicación de nanobots en adolescentes para ayudarles a desarrollar poderes mágicos, pero que no siempre funcionaba.

—Walter. —dijo en alto mientras fregaba los platos.

Walter. Leyó en la servilleta ya acostado en la cama.

Milo se llevó dos nudillos encima del corazón y se frotó el pecho. Se estiró para abrir el único cajón de su pobre excusa de mesita y dejó la servilleta dentro antes de cerrar con más fuerza de la necesaria.
Se dio la vuelta en la cama y miró el techo antes de arrebujarse en las mantas y cerrar los ojos con firmeza.
Necesitaba dormir.

El día siguiente empezó más soleado de lo que Milo esperaba y salió en zapatillas de casa y bata a la puerta de su apartamento a dejar algo de comida para los gatos.
Bostezó, chocando una mano contra la montura de sus gafas cuando intentó frotarse un ojo.

—Ouch.

Después del desayuno decidió apretarse el cinturón de la bata y arremangarse, porque necesitaba trabajar.
Saludó a sus plantas antes de pedirles permiso y coger una raíz de aquí y una hoja de allá. Y el día fue pasando entre música distorsionada por el altavoz del móvil, cosas macerándose, otras hirviendo y el propio Milo machando algunas hierbas y moliendo otros minerales.

A mitad de tarde tuvo que cortar la programación de tecno habitual para coger una llamada, aunque la puso en altavoz porque seguía teniendo las manos muy ocupadas.

—Habla, Marie.

—¡Ey, Señor Applefield! ¿¡Cómo se encuentra usted en esta tarde tan gloriosa!? —sonó la voz de su compañera de trabajo desde el altavoz, tan animada como casi siempre.

—Corta el rollo, ¿qué quieres? —le dijo Milo, aunque no sonaba para nada serio, más bien intrigado.

—¿Llamo en mal momento? ¿Te he pillado ocupado? ¿Con alguien, tal vez? ¿Mi marica favorito está en una cita?

Milo rodó los ojos y parpadeó rápido, intentando no atragantarse con la carcajada que le había acabado de salir.

—Estoy en casa, haciendo inventario. Ya sabes, lo que hacen los adultos responsables.

—Ah, no, no me suena. Yo eso de llevar la casa, ¡fatal! Necesito novia.

—¡Marie! Al grano. —le avisó Milo, aunque luego continuó con:— Lo que necesitas es una madre, pero de las de azúcar, si me entiendes.

Esta vez fue Marie la que se puso a reír.

—Vale, vale, al grano. ¿Ese contacto tuyo que se le dan tan bien las pociones y las hace tan baratas no tendrá algo para las quemaduras?

Milo miró a su alrededor, rodeado de recetas a medias.

—Sí, algo tendrá —respondió mientras identificaba al menos tres tratamientos que podía hacer en pocos minutos—. ¿Por? ¿Estás bien?

—Sí, no es para mí. Es para una enfermera muy, pero que muy sexy que tiene un paciente con quemaduras graves y…

—¿La que trabaja en la base, con los militares?

El silencio se extendió entre los dos por unos segundos largos, roto por el burbujear de una pócima en un calderete y el crujir de la señal de la llamada.

—¿Sí?

—Marie… Se aprovecha de tí, tú misma lo dices. —le advirtió Milo, con tono paternal.

—¡No eres mi padre de verdad! ¡Puedo hacer lo que quiera! —respondió Marie a su vez sonando infantil a propósito.

—Bueno, lo que tú digas, tú verás. Luego te mando opciones y precios. Adiós.

Y después de que Marie se despiese colgó la llamada y se frotó la frente. Cerró los ojos con fuerza y vio la cara preocupada de su madre, casi sintió como le agarraba de los hombros y le sacudía con fuerza.

—¡Nos están matando, Milo! ¡No te puedes fiar de ellos! —le gritó su madre en sus recuerdos.

Y Milo sacudió la cabeza para deshacerse de la sensación, del olor tan real del fuego y el caucho quemado. De las visiones de unas alas mecánicas desplegándose y el humo ahogando sus pulmones.

Respiró hondo y dejó la mano en la mesa de su taller.

Estaba en casa.
Estaba a salvo.

O eso quería creer.




Hacía poco que Milo había decidido que su trabajo de alquimista estaba acabado por el momento y que se merecía un buen descanso.
Se había quitado la bata para ponerse una chaqueta de lana gordita azul que le venía por la cadera, se había intentando rehacer la coleta sin mucho éxito y por fin, oh, por fin, se había hecho un chocolate a la taza como los que le hacía su madre de pequeño. Hasta le había puesto un par de nubes encima. ¡Y se había frito un par de churros de los que le quedaban en el congelador.

Milo se dejó caer en el sillón que tenía en un rincón de la salita, delante de la estufa, y se acercó la bandeja con el chocolate y los churros. Justo había mojado un churro y se lo estaba llevando a la boca cuando escuchó el timbre sonar.
El pobre recibía tan pocas visitas que casi se había olvidado de cómo sonaba su timbre. Dejó el churro en su plato y miró hacia la puerta, parpadeando lentamente. Volvió a mirar a su merienda y luego a la puerta.

Se levantó con un suspiro, recolocándose las gafas y metiendo una mano en un bolsillo de su chaqueta.

—¡Voy! —avisó, esquivando plantas y un par de cajas de cartón que aún no había llevado a reciclar—. ¡Ya voy!

No se paró a mirar quien era y abrió la puerta de par en par, sonriendo a su visitante.

—¿Qué…?

Las palabras se murieron en sus labios y la sonrisa se le congeló al reconocer a quien tenía delante. Era imposible no recordar el par de cicatrices prominentes en aquella cara seria y cuerpo compacto.

Walter.

—¿... se le ofrece? —terminó la frase Milo, usando su entrenamiento de servicio al público para recuperarse de la sorpresa.

Y vaya sorpresa. ¿¡Qué estaba haciendo allí!?

La verdad era que el soldado no tenía muy buen aspecto y Milo apretó los labios para contenerse, porque le quería preguntar mil cosas.

¿Qué hacía en su casa? ¿Por qué se había parado a mirar aquel libro? ¿Qué había bajo las vendas? ¿¡Por qué no iba más abrigado!?
¡Pero si sólo llevaba una chaquetilla que apenas le tenía que proteger del frío y encima la llevaba abierta! No que el repentino paisaje musculado no le alegrase a uno la vista, pero uno tenía que pensar en su propia supervivencia, como soldado le tendrían que haber enseñado algo de eso. ¿¡Y él qué sabía de soldados!? No era un experto, precisamente. Intentaba evitarlos como si pegasen la peste o algo.
¿¡Y qué hacía en su casa!?

Milo tomó aire e hizo su sonrisa un poco más estable, un poco más alta, que intentara tocarle los ojos.

«Intenta parecer normal.» se dijo a sí mismo «¡Y falla estrepitosamente!» predijo, aunque esperaba no tener razón.

—¿M-Milo? —al menos el soldado parecía igual de sorprendido que él— ¿Eres tú… el contacto del alquimista?

Milo abrió la boca lentamente y una idea empezó a formarse en su cabeza.

—Ah… Sí, ese debo de ser yo. ¿Tú eres el soldado de las quemaduras? —preguntó señalando las vendas con curiosidad. Y se apartó de la puerta para dejarle pasar—. ¿Te ha mandado… cómo se llamaba la enfermera?


Walter… porque se llamaba Walter, ¿verdad? ¿Y si Milo se había montado películas en su cabeza por una nota aleatoria que había encontrado en un libro aleatorio?
No. No, no. Milo se había pasado un buen rato observando a aquel soldado cuando llegó unos días atrás a la cafetería, estaba seguro de que la energía residual que había encontrado en los dos objetos era suya. De Walter.

Walter sonrió. Al principio una sonrisa pequeña y cordial, parecida a la que Milo reservaba en días malos para los clientes buenos, pero luego se transformó en algo más genuino.

Así que sabía sonreír.

El soldado se quedó callado por un momento y Milo empezaba a pensar que no iba a decir nada. Pero de repente se abrieron las compuertas de su garganta como si de una presa desaguando se tratase. Y empezó a hablar.

—Sí, ja, ja. Yo soy el soldado abrasado. Ella se llama Tessa, bueno, Teresa en realidad, pero lo odia.

Milo parpadeó. La voz de Walter parecía más agradable de lo que había esperado. Tenía ese tono que te quería hacer escuchar.
Y sí, Teresa. Esa era la enfermera que le rondaba a Marie. Menuda coincidencia.

—Oh, cierto, qué maleducado. Ni siquiera me he presentado, me llamo Walter.

«¡Walter!» exclamó en su mente, apuntándose un tanto.

—Espero no molestarte demasiado…

Milo se estaba mordiendo el interior del labio y lo soltó mientras pensaba qué hacer ahora. Negocio era negocio y lo que sacaba de sus pociones era un buen extra a fin de mes. Era eso, negocios. Sólo eran negocios.
Pero ahora Walter sabía donde vivía. Un soldado sabía donde vivía. Y las alarmas en su mente sonaron tan altas que tuvo que tragar saliva para hacerlas desaparecer.

—No, iba… a nada. Pasa, te estás helando.

Milo le señaló hacia el pequeño sofá al lado del sillón donde le esperaba su merienda.

—¡Quemaduras! Quemaduras… A ver —Milo se rascó el cogote con la otra mano en la cadera—. Hay varios tratamientos, ¿sabes qué buscas?

—No tengo ni idea —le contestó Walter con sinceridad—, Tessa me dijo que tendrías varias opciones y me sabrías recomendar lo mejor.

MIlo asintió, de pie al lado de su chocolate caliente. Tenía unas ganas de comerse un churro… Milo sonrió casi que por inercia, intentando ocultar que su mente se había desviado de la conversación por un momento.

—¿Tal vez te ayudaría a saber qué necesito si ves las quemaduras? —le preguntó Walter y Milo asintió.

—Sí, iba a p- —empezó a contestar en un murmullo cuando Walter habló por encima de él con una propuesta.

—No me importaría en absoluto quitarme alguna venda si así te facilito el trabajo.

Milo abrió la boca un poco más y la cerró. Esta vez se llevó las dos manos a las caderas y apretó mucho los labios. Podía notar a algunas de sus plantas riéndose de él, otras vibraban con curiosidad, queriendo saber lo que haría al respecto.
Milo asintió de nuevo, con una de esas sonrisas que le sacaban los hoyitos.

—Sí, eso sería lo mejor, la verdad —contestó, logrando no soltar ninguna insinuación indirecta, porque ahora mismo estaba trabajando y tenía que ser un buen profesional—. Necesito saber cómo de grande es el área, que tal va el proceso de sanación… ya sabes. Eh, si me das tu chaqueta puedo colgarla al lado de la puerta.

Milo extendió la mano pero luego la apartó, juntándola con la otra y ladeando la cabeza.

—O puedes dejarla en el sofá, lo que sea más cómodo.

A Milo se le ocurrió una espantosa idea en ese momento. ¿Y si las quemaduras estaban debajo de los pantalones? No. No, no, no… allá se iría su profesionalidad, no podía hacer eso.

—Si tienes que quitártela para enseñarme las quemaduras. O… ah. Sí, eso.

Walter empezó a levantarse y a Milo le pareció verlo a cámara lenta.

—Creo que voy a necesitar tu ayuda —le dijo dando un paso adelante, hacia Milo—. Esta mañana casi me desmayo mientras me vestía, el dolor era peor de lo que esperaba.

Peligro. A Milo se le estaba erizando la piel y eso que estaba prácticamente frente a la estufa encendida.
Por su lado, Walter hizo un gesto de incomodidad, casi incluso de dolor y continuó hablando.

—Pero si te incomoda que un desconocido se desvista delante tuya, creo que las zonas más afectadas son las manos y los antebrazos.

Milo se recompuso un poco y carraspeó detrás de sus dedos largos.

—Eso es preocupante… ¿Puedes darte la vuelta, por favor? —le pidió, esperando a que lo hiciera para ayudarle a quitarse la chaqueta.

—Entonces combinar una poción de vida con el ungüento para quemaduras parece ser la mejor elección —le informó, poniéndose un poco rojo debajo de las pecas—. Aunque aún tengo que evaluar las quemaduras para estar seguro.

Walter se dio la vuelta y Milo le quitó la chaqueta con delicadeza, doblándola y dejándola caer en el sillón verde a pocos pasos de ellos dos.
Para cuando Milo volvió su atención a su paciente, él ya estaba cerca, con las palmas hacia arriba y una sonrisa expectante.

—Cuando quieras. —le dijo resuelto, algo que Milo estaba intentando sentirse también.

—Bien —contestó, empezando a quitar la venda de la mano derecha con cuidado—. Avísame si te duele.

Milo apretó los labios y añadió:

—Si te duele más, quiero decir, no quiero hacerte más dolor del que ya estás sufriendo.

Levantó la mirada para clavar sus ojos en los de Walter por un momento y luego los bajó rápido para mirar exactamente qué estaba haciendo.

No tardó en tener las dos manos y antebrazos descubiertos y sonrió al ver el buen estado de las quemaduras. Tenían un color sano, estaban curando bien.

—¿Y bien? ¿Es muy grave?

Milo le contestó sin levantar la mirada.

—Depende de lo que consideres grave, está en proceso de curación y avanza bien —Milo levantó la cabeza lo justo para mirar a Walter a los ojos—. ¿Puedo ver las demás quemaduras?

Tenía las manos debajo de las de Walter, sosteniéndolas con suavidad. Los dedos le cosquilleaban con la calidez de los del soldado, y allí estaba aquella energía que había aprendido a reconocer desde la primera vez que lo había visto de pie, ojeando un libro en su cafetería.

—¿O al menos podrías decirme dónde están, cómo son de grandes? Me gustaría probar un par de ungüentos antes de recomendarte un tratamiento a seguir.

Walter le informó que no tenía claro cómo estaban evolucionando sus quemaduras y Milo dejó escapar un murmullo de comprensión.

—Si recuerdo bien al levantar aquellos escombros tuve que apoyarlos primero en mis muslos y luego en mi pecho. —continuó Walter y Milo levantó una ceja con curiosidad.

—¿Escombros?

Cuando Milo miró al soldado a la cara, él estaba contemplando el suelo como si la vieja alfombra debajo de sus pies fuera super-interesante de repente. Y de repente Walter cambió la dirección de su mirada para clavar sus ojos en los de Milo.

Milo ladeó un poco la cabeza, separando los labios apenas, sin darse cuenta. Los ojos de Walter eran intensos, con una cualidad casi metálica. El marrón casi naranja de sus irises le hacía pensar en caramelo o tal vez en cobre nuevo, recién pulido.

Milo parpadeó y cerró los labios de nuevo, apartando los dedos de las manos quemadas de Walter, cortando la conexión para poder respirar de nuevo. Ni siquiera se había dado cuenta de cuando había empezado a contener el aliento.

—Voy un momento a por las muestras para hacer esas pruebas… No tardo. Por favor, ponte cómodo.

Y con eso se dio la vuelta y en unos pocos pasos largos abrió la puerta de su taller. La dejó entreabierta, aunque se escondió detrás de ella para coger aire con el que llenar sus pulmones y aclarar su mente.
Y como había dicho, no tardó en hacerse con las dos muestras que quería probar, saliendo con una sonrisa y dos botecitos de metal en una mano de dedos largos.

—Ya he vuelto —anunció, dándole la vuelta al sofá para ponerse frente a Walter.

Parpadeó un par de veces, confuso. Walter tenía muchas más piel expuesta de la que recordaba. Los ojos de Milo mapearon su piel centímetro a centímetro, preguntándose el porqué de la desnudez mientras categorizaba antiguas cicatrices y moratones nuevos. Ah, y allí estaba la quemadura a medio curar, entre sus muslos.

Quemaduras… Milo salió de su estupor con una sonrisa y un rubor en las mejillas que no había estado allí antes.
Milo apartó la bandeja con el chocolate a la taza y la dejó encima del sillón para sentarse él en la pequeña mesa de café que tenía frente a los asientos, extendió la mano pidiendo la de Walter y esperó a que se la diese mientras le hablaba:

—¿Me puedes contar más de cómo te quemaste? Habías dicho algo sobre escombros.

«A los ojos.» se recordó Milo «Mírale a los ojos.»

—Pues… —empezó Walter, parecía que estaba intentando concentrarse y no tardó en hablar, con su mano en la de Milo.

Le contó cómo un par de días antes, durante la patrulla, se habían encontrado con un edificio en llamas y habían ayudado a desalojarlo. Un anciano ciego le advirtió de que su perro guía seguía dentro y Walter le había prometido que lo iba a sacar.

—Uuh… —murmuró Milo, abriendo uno de los botecitos y aplicando un poco de su ungüento mágico en el exterior de la muñeca de Walter.

—Aunque todos me dijeron que el edificio estaba a punto de venirse abajo no podía incumplir esa promesa.

Milo asintió y le dio la vuelta a la mano de Walter, abriendo el segundo frasquito de metal. Entrar a un edificio en llamas no era una idea brillante, el humo no te dejaba ver y dependiendo del nivel de las llamas con tan sólo acercarte acabarías como un pollo asado, Milo lo sabía bien. Y se preguntó si la sección donde se encontraba ese anciano ya no estaba en llamas activas, pero el daño estructural era tal que no convenía seguir con las labores de rescate.

—Subí lo más rápido que pude, levanté esos escombros achicharrándome y saqué a ese perro de ahí justo a tiempo.

Milo extendió el segundo ungüento en otro parche de piel, frotando despacio con el pulgar. Parecía que la magia empezaba a tomar efecto.

—Tonto… —musitó entre frase y frase de Walter.

—Después de eso me desmayé y lo siguiente fue despertarme en la base con mucho dolor y todas estas vendas.

Y Milo asintió otra vez, levantando la cabeza para mirar a Walter directamente a los ojos.

—Estúpido. Tu idea fue estúpida. Tendrías que haber oído a los profesionales —le riñó y le volvió a dar la vuelta a la mano para ver qué tal iba curando la muñeca—. Aunque me gustan las personas que cumplen sus promesas, por estúpidas que sean.

Y en un murmulló cálido, adornado con una sonrisa le dijo, acercándose un poco más:

—Puedo respetar tu decisión, soldado.

Todo pasó muy rápido. Un momento estaba sonriéndole al enemigo y al siguiente él le estaba besando. Algo en la cabeza de Milo explotó en mil chispas y en un principio Milo cerró los ojos y apretó los labios contra los de Walter, apretando la mano entre sus dedos.


Un segundo después recordó que tenía un soldado herido y casi desnudo en el salón de su casa, besándole. ¿Estaba intentando seducirle? ¿Quería sacarle información? ¿Es que por fin le habían encontrado?
¿Walter sabía lo que era Milo? ¿¡Era eso!?

Milo se separó de él de golpe, aunque se quedó sentado en la mesita de café aferrado a la mano de Walter.

Milo necesitaba el dinero, no podía perder esa oportunidad, la enfermera le pedía muchísimo material y si seguía así un año, tal vez medio año más tendria dinero suficiente para largarse de allí. Ese era el plan… estaba tan cerca. No podía perder el contacto.

¿El contacto de Marie, la enfermera que le rondaba? ¿O el contacto de la piel de Walter?

Milo no dijo nada, no intentó besarlo de nuevo, pero acercó la mano de Walter con un pequeño tirón inconsciente.

Walter se mantuvo callado por unos segundos. Tal vez también estaba intentando estudiar la expresión de Milo, aunque no parecía que ninguno de los dos estuviera descifrando nada.
Y cuando Milo entreabrió los labios para decir algo, lo que fuera, entonces… entonces fue cuando Walter habló.

—Eso ha estado fuera de lugar, lo siento —empezó disculpándose—. Soy un imbécil, no me conoces de nada. No he podido evitarlo.

Milo cerró los labios de nuevo y se puso un poco más recto, sin soltar la mano de Walter, pero aflojando un poco el agarre. Después de todo la mano seguía quemada, le tenía que estar haciendo daño.
Lo siguiente que dijo llamó la atención de Milo.

—Llevo sin poder sacarte de mi cabeza desde la primera vez que te vi —confesó—.  Lo último que quiero es causarte problemas o hacerte sentir incómodo. Entendería si prefieres que me vaya…

—¡No! —contestó bien rápido, tensando un poco otra vez y continuó después de haberse relajado—. No… eh.

La verdad es que él también había tenido un interés en Walter que estaba fuera de lugar para él. Milo no era enamoradizo, él no era así.

—Es verdad que ha sido inapropiado, no suelo besar a nadie antes de la tercera cita —comentó y volvió sus ojos hacia la mano de Walter, fijándose en los parches de piel donde le había aplicado los ungüentos—. Te has adelantado un poco.

Milo abrió la mano y la dejó palma con palma con la de Walter.

—Creo que el segundo ungüento está haciendo un mejor trabajo y no parece que haya ninguna reacción alérgica.

Milo se mordió los labios un poco, con los ojos bien abiertos antes de agarrar aire y continuar.

—Podríamos probar en las quemaduras de la espalda, vas a necesitar que alguien te lo aplique ahí… Ya estás aquí y… así, podría ayudarte yo mismo.

—¡No! —exclamó Milo cortando su monólogo—. No… eh.

—Está bien. —contestó Walter y Milo asintió, preparándose para untarle la espalda en pomada mágica casera.

Pero antes de que Milo pudiera proceder a ello, Walter empezó a hablar casi con desesperación, como si necesitase sacar todas las palabras de golpe para decir lo que le tenía que decir.

—Verás… en realidad, nunca hubiera pensado en hacer nada de esto. Nunca me había sentido así antes pero… cuando te vi acababa de recordar algo que me prometió mi madre una vez. Algo relacionado con mi novela favorita. Algo que ella ya no podrá cumplir.

«¿Su novela favorita? No será….» empezó a pensar Milo, pero se distrajo con las inesperadas lágrimas que brillaban temblorosas en las pestañas de Walter.

El soldado dejó caer la cabeza y Milo ladeó la suya con las cejas fruncidas en preocupación.

—En cuanto te vi, me vino la imagen de esa promesa cumpliéndose y supe que aunque ella no pudiera hacerlo, quería hacerlo en su lugar. No sé por qué eres tú y ella siempre me dijo que no habría un porqué.

Walter levantó la vista otra vez hacia Milo y él no supo cómo leer la expresión que tenía en ese momento.  ¿Anticipación tal vez? ¿Pero por qué?

Milo negó con la cabeza, dejando el bote de ungüento a su lado en la mesita de café, intentando darle sentido a las palabras de Walter, pero no podía.

—No entiendo nada. No s-

Milo no continuó, casi se mordió la lengua porque una idea empezaba a formarse en su mente. Una idea que tendría que haber sido obvia desde el principio.

—No… No, no —dijo con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Walter, ¿de qué estás hablando?

—No sé si conoces La otra cara de la luna.

«¡Lo sabía!» se dijo a sí mismo. Esa era la novela que había estado leyendo hacía un par de días porque Walter la había cogido de la estantería en su trabajo.

—Es mi novela favorita y también era la de mi madre. De hecho tanto la promesa que me hizo, como mi nombre vienen de ella.

Milo alargó la mano hacia la servilleta que seguía en la bandeja sobre el sillón, la que iba a usar para su merienda e intentó dársela a Walter, aunque él no la vio y continuó secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Mi madre era la persona más alegre y romántica que he conocido. Siempre estaba tarareando sus vals y bailando por todas partes. Tanto los amaba que los llevo en mi nombre.

Por un momento Milo tuvo celos. Parecía que Walter y su madre eran muy cercanos… o lo habían sido. Y en un momento de egoísmo pensó: «Ojalá yo.»
Igual así habría entendido mejor lo que creía que estaba pasando. Tal vez… en otra vida.

—Ella quería que a diferencia de los protagonistas de la novela, yo no tuviera que esconder la expresión de mi amor —continuó explicando Walter—. Y quería ser la primera en bailar un vals bajo la luz de la luna tanto conmigo como con el amor de mi vida.

El soldado casi desnudo en su sofá volvió a llorar y Milo tenía el impulso irresistible de consolarlo como fuera.

—Yo… Creo… no, estoy seguro. Estoy perdidamente enamorado de tí, Milo.

Y ahí estaba. Exactamente lo que Milo empezaba a sospechar.

—Sé que no nos conocemos, pero hay algo en tí que me hace sentir lo mismo que veía entre mis padres.

—Walter. —le llamó, poniendo el pañuelo que había cogido en su mano.

Milo tomó aire y lo dejó salir casi de golpe. Si esto era una treta para secuestrarlo, no lo estaban haciendo muy bien. Así que la siguiente explicación más lógica es que había acabado de encontrar a su alma gemela.
Milo le apartó un mechón de la mejilla detrás de la oreja y pasó sus dedos por el pelo castaño con cuidado.

—Tu madre suena como una buena persona —le dijo con tanta suavidad que el ruido de la estufa crujía por encima de sus palabras—. La tienes que querer mucho.

Milo movió un poco más la mano y bajó hasta el cuello, levantando la barbilla de Walter con el pulgar.

—Pero no puedes decir eso. No me conoces, no puedes estar enamorado de mí —le explicó con algo de tristeza y cariño en sus palabras—. No digo que lo que sientes no sea real, pero no es lo que tú crees.

Aunque Milo no sabía por dónde empezar a explicarlo. ¿Cómo decirle a un soldado prácticamente desconocido que era más esper que humano y que probablemente compartían una conexión mágica? Ja, ni loco.

Al final Walter no le dio tiempo a pensar cómo decirle suavemente que tal vez eran almas gemelas, porque le llamó con una voz tan dulce que no casaba con la expresión ruda y las cicatrices en su cara.

—Milo…

Walter se agarró a la mano de Milo con la fuerza de alguien que le está suplicando a su dios por un milagro y eso… eso le hizo sentir un nudo en el estómago tan grande que le presionaba detrás de la garganta.

—Sé que acabo de ser muy intenso, lo siento… no se me da bien socializar y mucho menos así —confesó antes de dejar salir un suspiro y agachar la cabeza para enterrar la cara en sus manos unidas—. Entiendo si piensas que soy un tarado y quieres mandarme a paseo.

El aliento de Walter en sus dedos le recorrió todo el brazo con un cosquilleo. Cuando Walter levantó la mirada otra vez Milo se encontró echando de menos la calidez de sus labios.

—Pero dame la oportunidad de conocerte, por favor. Te prometo ir a tu ritmo. Sin presiones.

Y para demostrar que no mentía, aflojó el agarre fervoroso que había mantenido sobre su mano, aunque no la dejó ir.

—Respetaré lo que decidas y no te preocupes, pagaré por todo esto de todas formas.

—¿Todo esto? —preguntó Milo un poco confundido.

¿Por la desnudez repentina, por el beso? Y Walter señaló la medicina con la cabeza.

—Ah… esto. —murmuró Milo al entender a qué se refería.

—No pienses que nada de lo que he dicho iba con segundas intenciones. He venido aquí como un civil herido y me has ayudado a pesar de todas las tonterías que he hecho. Soy un idiota.

Las últimas dos palabras habían sido apenas un susurro. Walter le había soltado la mano y ahora miraba al suelo al suelo decaído, como un preso esperando el día de su sentencia. Y Milo tenía una preparada para él, aunque ni siquiera le había dado tiempo a prepararla conscientemente.

Volvió a llevar su mano hasta el pelo de Walter y después de acariciarle con suavidad y algo de reparo se lo alborotó.

—No te preocupes.

Tampoco era lo más raro que le había sucedido, pero eso no se lo iba a decir, tampoco le iba a llevar ningún alivio a ninguno de los dos.
Milo se levantó y se apartó un poco, agarrando la pomada que había decidido que sería la mejor opción para las quemaduras de Walter.

—¿Podrías darme la espalda? Aún tenemos que curar eso —le recordó a Walter—. Y mientras te aplico la medicina podrías seguir contándome cosas de tu madre o si no quieres hablar…

Milo miró al techo antes de mirar de nuevo hacia la cabeza de Walter.

—Siempre podrías ir pensando donde me vas a llevar para la primera cita.

No iba a ser él quien negase la atracción. Podría ser lento para darse cuenta de algunas cosas, pero no era tan ciego a sus sentimientos como para no verlos cuando le estaban gritando a pulmón abierto delante de la cara.

Milo se mantuvo ocupado abriendo la tapita del ungüento y cuando levantó la mirada Walter le estaba sonriendo de oreja a oreja.

«Si fuera un perrito estaría moviendo el rabo.» pensó Milo, sin poder evitar la comparación «Es un buen chico y se alegra de verte.»

Tampoco pudo evitar responder la sonrisa antes de mirar muy fijamente el ungüento semitransparente muy pero que muy fijamente. Milo empezaba a notar el calor repartirse entre su nariz y sus mejillas y no tenía nada que ver con que estuviera más cerca de la estufa.
Cuando notó a Walter darse la vuelta, Milo se untó los dedos en la pomada y después de dejar el tarrito en la mesita de café empezó a frotar una palma contra la otra y concentrar su energía en las manos.

—Vaya, así que quieres tener una cita conmigo, ¿eh?

Y de repente el tono de Walter había cambiado por completo. Lo que hacía un poco de seguridad… Los hombros de Milo se movieron una sola vez con una risa incrédula.

—Más me vale planear la mejor cita de tu vida. —continuó Walter, girando la cabeza para dedicarle un guiño coqueto.

—Caradura. —murmuró Milo, poniendo cara de no estar impresionado exactamente.

Walter no tardó en seguir con la conversación, emocionado por conocerle un poco mejor.

—Por dónde trabajas y dónde vives imagino que te gustan las plantas y los libros.

Milo asintió, más atento al hechizo que se empezaba a tejer en sus manos que a su invitado por sorpresa.

—¿Me equivoco?

—No. —respondió entre dientes.

—¿Y si me cuentas cosas de tí? Así tendré alguna idea de cómo conquistarte.

Milo levantó la cabeza de golpe, haciendo que sus rizos rebotasen por toda su cabeza y el rubor de antes volvió con mucha más fuerza.
Puso las manos en la espalda de Walter tan rápido que le dio miedo haberle hecho daño. De todas maneras sus manos tendrían que sentirse calmantes ahora mismo, frescas y revitalizantes.

Milo tomó aire y empezó a subir las manos por la espalda de Walter, casi hasta los hombros. Las quemaduras recientes no eran lo único que contaba una historia de dolor en su piel y Milo se mordió el labio inferior cuando se encontró pensando en que quería besar cada cicatriz hasta hacerla desaparecer.

—Me gustan las plantas, se me dan bien —le dijo, repartiendo algo del ungüento sobre sus hombros y volviéndolo a trabajar hacia la cintura, poco a poco—. Soy un chico de pueblo. Algún día me gustaría volver al bosque, pero todavía no es el momento adecuado.

—¿Por qué te apuntaste al ejército? —preguntó con curiosidad, volviendo a subir las manos lentamente mientras apretaba bien.

Sus manos tenían cierto brillo verde, pero no creía que Walter fuera capaz de verlo en aquella posición y Milo sentía el impulso de cuidarlo aún poniéndose en peligro. Bajó el nivel de magia que estaba usando para que no fuera tan evidente y se recordó que era mejor controlarse, aún con las sospechas de que aquel hombre fuera su alma gemela.

Walter le confesó que se podría decir que había sido por su primer encaprichamiento romántico y eso llamó la atención de Milo de inmediato.

—Cuando tenía seis años mi madre y yo estábamos de compras en un centro comercial y… no recuerdo bien qué pasó pero de repente se desató el caos —empezó a contar, poniéndose un poco más serio—. Murió gente. Mi madre sufrió daño en una pierna y cayó al suelo. Yo me había quedado un poco rezagado pero en cuanto la vi en peligro, salí corriendo a ayudarla… por desgracia, se me atascó el pie.

Milo se mordió el labio inferior, pensando si igual había tocado un tema para el que no estaba preparado. Él creía que le diría algo sobre el honor y la patria o el linaje… Pero esto se estaba yendo por otro camino que no había visto venir.

—Entonces un soldado enorme y guapísimo descendió con su equipo de vuelo y, al oír mis gritos, me prometió “Chico, no te preocupes. Voy a poner a tu madre a salvo y vengo a por tí”.

Si Milo hubiera tenido dudas sobre la sexualidad de Walter, cosa que no había ocurrido porque aún no había pensado en eso, se le habrían ido en aquel momento.

—Enorme y guapísimo, eh… —repitió Milo mientras bajaba más y más hasta llegar a la ropa interior y luego seguir hacia arriba.

—Y así fue. Esa misma noche le dije a mi madre que quería ser como él, que quería luchar por darle oportunidades de escapar de la mala vida y la precariedad a nuestros vecinos.

Milo asintió, perdiéndose un poco en sus propios pensamientos mientras Walter le explicaba que sus padres sacrificaron mucho para que él pudiera acudir a la academia y graduarse. Mientras tanto, Milo no podía evitar darle vueltas a algo que no acababa de formarse en su mente. Era como una palabra enganchada en su lengua, como una sombra en el rabillo del ojo.
Parpadeó al oído Walter decir “hermana” y la idea se esfumó tan pronto como había venido.

Era un recuerdo, un recuerdo que no lograba recordar.

—Al menos llegaron a ver mi graduación.

Milo sonrió y apretó los hombros de Walter.

—Es un motivo muy noble. Quieres ser fuerte para ayudar a los demás.

Palmeó sus hombros y dio por concluido el masaje.

—Esto ya está, deberías poder tumbarte sobre la espalda esta noche sin mayor problema; aunque creo que deberías volverlo a aplicar durante un par de días para asegurarte de que no te quede cicatriz.

—Ahora te toca a ti preguntar. —le recordó Milo, que estaba frotándose las manos para deshacerse del poco resto del ungüento que tenía en las palmas.

Walter no perdió demasiado el tiempo y poco después de que Milo le recordara que era su turno de hacer preguntas ya parecía tener una preparada.

—Pues ya que yo te he contado mi motivación para ser soldado, ¿qué tal si me cuentas qué te lleva a hacer lo que haces?

Milo levantó la mirada y se dio de frente con los ojos metálicos de Walter.

—Y no me refiero a la cafetería sino a esto.

«¿Tener hombres desnudos en el salón de su casa o preparar remedios alquímicos?» , se preguntó Milo y Walter se lo aclaró casi de inmediato.

—Sé que en el pasado los soldados teníamos órdenes de frustrar cualquier red de distribución alquímica, hasta hace poco era muy peligroso. Nunca estuve de acuerdo e incluso pude dejar libres a varios alquimistas. Por suerte nunca lo descubrió nadie.

Milo hizo una mueca que parecía ir acompañada con un “Es complicado”, aunque luego se encogió de hombros.

—Tengo licencia —le aclaró—. De alquimista. Lo que no tengo es licencia de venta, así que técnicamente esto es una operación ilegal.

Milo negó con la cabeza y recogió un poco las cosas que había dejado por la mesita de café.

—Soy el primero que está en contra de los talleres de alquimia ilegales. Muchos de esos alquimistas no saben lo que están haciendo y otra parte usa sus conocimientos para producir drogas de uso recreativo… que acaban en tragedia.

Esta vez Milo tomó asiento en el sofá y miró hacia arriba, buscando los ojos de Walter. Parecía que se estaba haciendo adicto a ellos.

—Pero tú pregunta es… porqué lo hago. Mi motivo.

Milo tomó aire y lo dejó salir de golpe.

—Tengo varios —Milo palmeó el sofá a su lado, pidiéndole a Walter con ese gesto que tomara asiento a su lado—. Me gusta, se me da bien. Me calma. Y los gatos del barrio necesitaban ayuda, así que empecé a añadir pociones de salud en la comida que les dejo de vez en cuando.

Milo le sonrió travieso y ladeó la cabeza, ladino.

—Ahora me toca a mi. ¿Quieres que te aplique la pomada en los muslos o lo haces tú en casa?

Walter pareció sorprendido por un momento pero se recuperó en un santiamén.

—Si no crees que me estoy aprovechando de tu tiempo y no te resulta incómodo… adelante. —le dijo con un tono confiado.

Incluso se atrevió a sacarle la lengua, mordiéndola con un colmillo coqueto.
Já, ¿se creía que le iba a intimidar así?

«Pues vas dao.» pensó MIlo antes de responderle la sonrisa con muchos dientes y los ojos entrecerrados.
Walter parecería más rudo y Milo tal vez tenía una cara muy bonita, pero a colmillos no le ganaba nadie.

Cambió la sonrisa de lobo por una sonrisilla inocente y metió el dedo en el bote que recién acababa de abrir otra vez.

—Con permiso.

Ese fue el único aviso que le dio a Walter antes de embadurnarse los los dedos unos contra otros y poner una de esas manos en el muslo más cercano, deslizando la mano hacia dentro, buscando el tacto rugoso de la quemadura. Sus nudillos chocaron contra el otro muslo y Milo esperó no haberle hecho daño.

Todo eso sin perder el contacto visual.

—¿Qué quieres que te cuente ahora? —le preguntó con voz curiosa, abriendo los dedos para cubrir toda la zona quemada y bajando un poco más hasta encontrar los límites de la herida—. Supongo que necesitarás más información para conquistarme como es debido.
« Last Edit: January 15, 2026, 05:56:21 PM by Neko »


Airin

Re: SeeDs in the Garden – revival
« Reply #119: January 30, 2026, 03:24:30 PM »
A que sería tremendo que actualizase el perfil y después se me olvidase subir aporte? Ya ha ocurrido antes :_D
Esto lleva meses (y cambios en lista -lloro-) flotando sin acabar, ya está bien, fuera.

Iconos, no conozco esa palabra. Formato, aparentemente tampoco  :v
 Por favor que el foro no se coma el post otra vez, que solo me funciona el quick reply D:








Genma paseaba por la cubierta de la nave después de haber realizado la inspección rutinaria y comprobado que la carga seguía firmemente asegurada en la bodega. Después del último ataque que habían sufrido dos días atrás lo último que necesitaban era que la mercancía se echase a perder. Con ella también se iría a pique su paga. Necesitaba un cigarro. Y unas vacaciones. Pero fumar a bordo de un zeppelín era como sacar a la desgracia a bailar un tango.

Detuvo sus pasos frente al puente de mando y observó la noche a través de los cristales del mirador. Allá abajo se podían ver algunas luces borrosas de tonos naranjas, alumbrando tal vez el centro de algún pueblo, o quizás el jardín de una casona noble. El ruido de los engranajes del motor ponía una extraña música a sus pensamientos, haciéndolos flotar a la deriva. No recordaba la última vez que había pisado tierra, principalmente porque no había estado consciente. La explosión de una tubería en la sala de máquinas de una aeronave le había provocado una fuerte contusión, y una fea herida en su hombro lo había mantenido varios días sin conocimiento. Cuando volvió en sí se había encontrado de nuevo volando.

Genma no era un hombre que se dejase llevar por la añoranza a menudo, pero en ocasiones solitarias como aquella se encontraba divagando en la oscuridad, pensando qué habría sido de su vida si hubiera permanecido en tierra, siendo un honrado comerciante de negocio familiar como su madre siempre había deseado. Tras unos instantes se encogió de hombros, no tenía mucho sentido cuestionar lo que nunca sería.

—Ah, pero nunca se sabe qué podemos encontrar más allá, ¿no es cierto? — La voz dulce y pensativa le hizo sobresaltarse— Me pregunto si algún día descubriremos más estrellas que las que vemos ahora.

—Luna… —el hombre dirigió una mirada a la chica rubia. Llevaba un chal de lana azul sobre los hombros e iba descalza, por eso no la había oído acercarse.— no sabes el susto que me has dado.

Ésta simplemente sonrió con expresión contemplativa, como solía ser habitual en ella, y se acercó al mirador, posando una mano sobre el cristal. Genma no tenía muy claro porqué la buscaba la justicia, pero suponía que tenía algo que ver con su padre, un famoso alquimista e inventor cuyos descubrimientos habían contribuido enormemente al desarrollo de las tecnologías de transporte. Al parecer el hombre había desaparecido en extrañas circunstancias, y su hija había quedado como única depositaria de sus conocimientos. El mero hecho de haber presenciado la elaboración de planos y construcción de maquinaria la convertía en una jugosa presa a explotar por los gobiernos sin escrúpulos que se disputaban la hegemonía industrial.
Pero Luna parecía más interesada en cuidar de sus geranios que de seguir con las investigaciones que su padre había dejado sin acabar.

—Cálzate, te vas a enfriar.

—Si, tío Genma —canturreó la chica.

—No hace falta que me llames tío, no soy tan mayor. —El hombre resopló, divertido aún en contra de su voluntad.

—Lo suficiente. Pero no te preocupes —dijo Luna palmeando su brazo cariñosamente— igual te quiero, tío Genma. Vuelvo a mi cuarto, no quiero que te salgan canas de preocupación antes de tiempo por mi culpa.

—Buenas noches —Murmuró el aludido por entre los dedos de la mano que había hecho contacto con su cara.



—¿No hay noticias todavía del Stahlteufel? —preguntó la mujer frunciendo el ceño

—No comandante, no hemos recibido nada desde hace dos días —el ingeniero de comunicaciones hizo evidente el desasosiego en su rostro.

—Espero que las noticias que lleguen sean de su caída irremediable —dijo la mujer con frialdad— Porque como hayan sido capaces de traicionarnos, les va a faltar cielo para correr.

Abandonó la estancia sin pronunciar una palabra más, realizando cálculos mentales sobre qué líneas de acción seguir en caso de que lo peor se hiciera realidad, y hubieran sido vendidos. Recorrió los pasillos a grandes zancadas en dirección hacia la sala de reuniones, donde se encontraban los mapas y cartas de navegación, pensando que realmente debería seguir su intención de actualizarlos cada poco tiempo. Pero corrían tiempos de agitación y mantener una biblioteca cartográfica a la orden del día era una tarea difícil y que consumía demasiado tiempo. Demasiado, si cada mes estallaba una nueva disputa territorial que hacia necesario reorganizar las fronteras. Por no hablar de las leyes, que se encontraban sujetas cambios constantes.
En aquellos días aventurarse a surcar los cielos sin el patrocinio de un gran imperio con armamento poderoso para darles respaldo, era una aventura temeraria a la que pocos deseaban someterse si podían evitarlo. Pero curiosamente, estaban viviendo el auge de la navegación celeste, tanto mercante como ofensiva.

De repente llegó a sus oídos el eco de pisadas por el corredor.

—¡Comandante! ¡Comandante! ¡El Stahlteufel! ¡Esos malditos bastardos…! —Genma entró en tromba, tropezando con una de las sillas cercanas a la puerta

—Vaya, así que realmente nos han vendido ¿eh? —La mujer morena se alejó de la librería para caminar en torno a la amplia mesa, una imperceptible sonrisa en su rostro.— Genma, hazlo como mejor te parezca, pero encárgate de contactar con Sin. Tengo… cierto asunto que resolver con él.

—Comandante Mayer…—Genma tragó saliva ante la actitud impasible, casi despreocupada de su jefa— vas a…

—No Shiranui, no lo llamaría exactamente venganza, si es eso lo que estás pensando. Pero no sabemos qué cantidad de información sobre nosotros han podido regalar, ni quién puede estar ahora tras nuestra pista. Piensa en Luna, si así lo prefieres —La mujer frunció el ceño— no podemos dejar que se hagan con ella.

La expresión del hombre se tornó sombría. Era cierto, tenían que proteger a la hija de Lovegood a toda costa. Genma era de esas personas que poseían facilidad para trabar amistades, y se encariñaba con la gente con rapidez, pero en los dos años que llevaban viajando juntos había llegado a querer a la jovencita como si fuera su propia hermana. Hiro podría decir lo mismo, pese a lo poco que pisaba el mundo más allá de su ”sala de las maravillas”, como llamaba a su estación de telégrafo.
Incluso Ryo, aún con lo solemne de su carácter y lo adusto que podía resultar a veces, todos sabían que el joven sería capaz de llegar a donde hiciera falta con tal de asegurar el bienestar de Luna.

—De acuerdo —dijo Genma finalmente— déjalo en mis manos.

La comandante se acercó a él con una sonrisa cansada y le apretó el hombro amistosamente. Ahora si sólo consiguieran encontrar apoyo externo, por muy pequeño que fuera, las cosas tendrían mejor aspecto.

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« Last Edit: January 30, 2026, 03:46:39 PM by Airin »

~      H e g o a k    e b a k i    b a n i z k i o,    n e r i a    i z a n g o    z e n,    e z    z u e n    a l d e g i n g o.       ~
~      B a i n a n    h o n e l a,    e z    z e n    g e h i a g o    t x o r i a    i z a n g o,      ~
~      e t a    n i k    t x o r i a    n u e n    m a i t e.       ~