He estado escribiendo estas dos semanas :B se me ocurren COSAS
En otra vida en Navras...
Milo no siempre había sido un chico alto para su edad, así que a veces se olvidaba de que el tamaño adecuado de colchón para alguien como él no era el que tenía en su pequeño apartamento a las afueras de la ciudad.
Se sentó en la cama para estirarse lo que no había podido mientras dormía y bostezó en alto. Después de frotarse los ojos abrió las cortinas y sonrió a otro día gris.
Pocos minutos después, la mañana le encontró regando las plantas de su salón mientras se cepillaba los dientes y un rato más tarde saludó a los dos gatos que le esperaban en lo alto de una tapia por los nombres que les había inventado.
Llegar hasta su trabajo era un paseo que no le importaba hacer a menos que hiciera demasiado calor para la vida inteligente, así que en un día de invierno estaba bien.
—Ay, en serio, chico, es que siempre me llevas unos pelos… —le dijo su jefa nada más verlo entrar por la puerta y le señaló el taburete detrás del mostrador para que se sentase—. Ven aquí, anda.
Milo saludó con una sonrisa apretada y Helena hizo desaparecer la coleta despeluchada y la cambió por un moñete en lo alto de su cogote.
—Así mejor.
Él se miró en el reflejo del escaparate, sorprendido como siempre de que alguien pudiese controlar sus rizos. Y Helena le avisó que lo necesitaría detrás de la barra de la cafetería a la hora de la comida, si es que quería hacer un dinero extra, porque Andrew había faltado otra vez.
—Un catarro —le dijo Marie horas después, mientras hacían cafés—. Este año la gripe viene fuerte, acabaremos todos cayendo.
Milo asintió distraído, con la atención más puesta en la cafetera que en su compañera de turno.
—Oye, ¿tú no conocías a alguien que hacía pociones? ¿Le puedes encargar alguna para el sistema inmune? —le preguntó Marie entre susurros, hombro con hombro, como si fuera un chisme demasiado jugoso como para compartir con los demás.
—Pero Marie, tú eres una mujer joven y sana, con que te comas unas naranjas ya te vale.
Y la chica le pegó en el brazo toda indignada mientras él se reía con ganas y dejaba en la barra otro café recién hecho.
Las campanillas de la puerta sonaron otra vez y los dos levantaron la cabeza para ver quienes eran los nuevos posibles clientes.
—Soldados. —murmuró Milo, intentando parecer calmado.
Marie paró todo lo que estaba haciendo para ver como los tres soldados que acababan de entrar tomaban asiento cerca de la librería. Una alarma empezó a sonar desde la cocina, pero ninguno de los dos reaccionó.
Uno de los soldados se volvió a levantar para mirar los libros de la estantería más cercana.
—Yo creía que vendrían a por café, pero parece que también saben leer. —comentó la chica con un retintín sarcástico.
Milo la miró de hito en hito.
—¡Marie! —le avisó mientras ella reía y él le señaló la puerta de la cocina—. ¡Las baguettes!
La chica salió corriendo hacia la cocina y volvió enfadada porque a ella no le tocaba llevar el horno esta vez. Milo se rió con ganas y entre bromas y risas siguieron sirviendo cada pedido que les llegaba.
Aunque Milo ya no pudo dejar de mirar hacia la mesa de los soldados, sintiendo unos nervios que le helaban la piel.
Un rato más pasó sin pena ni gloria y Milo miraba de vez en cuando el reloj de pared que había en la pared de enfrente, entre dos ventanas altas decoradas con hierro forjado dibujando ondas sobre el cristal.
«Cinco minutos más», pensó. Cinco minutos para salir del turno extra que estaba haciendo.
Volvió a levantar la mirada. Cuatro minutos. Cuatro minutos para ir a su casa y darle de comer a los gatos. Se aseguraría de ponerles unas gotas de su poción de salud.
Tres…
Cuando Milo volvió se incorporó después de haber cargado el lavaplatos se dio de frente con uno de los soldados y Milo casi saltó de su propia piel.
El soldado le miraba fijamente y Milo sonrió confuso.
—El mostrador de atención está a su derecha, aquí sólo hacemos los cafés. —le dijo, pero tal vez le había hablado demasiado bajito o es que había mucho ruido en la cafetería, porque el soldado le respondió con algo que no casaba con la información que le había dado Milo.
—Cóbrame cuando puedas —y los ojos del desconocido bajaron a su pecho para añadir:— Em… ¿Milo?
El soldado le dio una palmada a la mesa, asustando al barista, que por un momento había creído que el chaval tenía poderes telepáticos hasta que se acordó de que llevaba un pin con su nombre.
Además, si pudiera leer la mente se habría dado cuenta de que él no le podía cobrar.
—Espero que no hayamos molestado mucho.
Milo abrió la boca pero el soldado se dio la vuelta y se llevó a sus compañeros sin mediar una palabra más. Cuando Milo miró a la barra allí estaba el dinero y lo cogió para levantar los dos billetes que había dejado.
Por un momento Milo no quiso hacer nada al respecto, no se le había perdido nada con unos soldados y menos con los de la fuerza aérea. Pero Milo era demasiado buen chico y además su turno extra había acabado ya.
Salió desde detrás de la barra con uno de los billetes y correteó hasta la puerta, girando hacia un lado y otro para buscar a los soldados. No es que fueran difíciles de encontrar con el timbal que llevaban encima montado. Milo los alcanzó en unas pocas zancadas largas, que le hicieron exhalar vaho.
—¡Espera! —les llamó— Tu cambio.
Y se quedó mirando la cabeza del soldado desde atrás. Sólo distinguía pelo castaño y orejas rojas, aunque no llevaba tanto tiempo fuera como para que hubiera sido el frío.
El soldado no se dio la vuelta, apremiando a los otros dos a seguirle lo más rápido posible. Milo dejó caer los brazos, cansado.
No tendría que haber salido. Ya debería saber que no iba a sacar nada bueno de interactuar con unos soldados. Pero él sólo quería parecer normal y evitarlos era aún peor.
Milo entró a la cafetería casi tiritando y dejó el billete junto al otro. Empezó a frotarse los brazos cuando alguien le dio un golpecito juguetón en el hombro por detrás.
—¿A dónde ibas con tanta prisa, príncipe? ¿Cenicienta se había dejado el zapato de cristal? —le preguntó Fer, el compañero al que le tocaba entrar a esa hora.
—Qué va, era un soldado que había dejado demasiada propina. —intervino Marie.
—No era propina, ha dejado casi el triple de dinero. —replicó Milo.
—Pues será rico, yo qué sé.
Otro compañero, Roy, se hizo con el dinero de la discordia y le dio uno de los billetes a Milo con una sonrisa de gato satisfecho que le llenaba la cara.
—Yo digo que le demos el dinero a Milo, porque ese hombre estaba tan distraído con él que ni ha mirado lo que dejaba en la barra.
—Desde luego distraído estaba, ha venido a pagar aquí en vez de a caja… —murmuró Marie, empezando a servir un té que le acababan de pedir.
Fer miró de uno a otro y se fue riéndose a la sala de staff para dejar sus cosas bajo llave antes de empezar su turno.
—Oye, no ha sido así… —se quejó Milo, pero Roy le aseguró de que lo había visto con esos ojos y no se equivocaba.
—A ver, Milo, a mi también me distraes y soy lesbiana. Date crédito. —le respondió Marie y Milo decidió no ahogarse en risas porque tenía algo importante que decir.
—Eso no tiene nada de mérito, ¡te distraes con una mosca! ¡Acaba el té!
Después de unos segundos de silencio Marie le tuvo que dar la razón y Milo se fue a la sala de staff para coger sus cosas.
Por alguna razón, cuando se disponía a salir, Milo se dio la vuelta y se quedó mirando la estantería que aquel soldado había estado investigando y se acercó.
Milo acercó la mano a los libros y acarició unos cuantos lomos hasta que notó la chispa que estaba buscando. Sacó el libro y miró la portada.
—La otra cara de la luna. —dijo en alto.
—¿Te lo quieres llevar? —le preguntó Helena, la encargada, que había vuelto después de su descanso para comer.
—No yo… ah. —Milo miró de nuevo el libro— Igual… sí.
«Sí, ¿por qué no?»
Helena movió la mano para decirle que se marchase y Milo le sonrió para darle las gracias. Metió el libro en su mochila y salió a la fría calle llena de luces de neón y gente demasiado ocupada como para ser civil en sus trayectos.
Una furgoneta casi se subió a la acera y Milo se apartó en el último momento.
—¡Otro que está trabajando! —gritó un hombre enrollando en una manta encima de unos cartones—. ¡Miserables!
Milo se llevó la mano al pecho. Era una furgoneta de los militares y una mujer apremió al sin techo a que se callara antes de que lo escuchasen.
Durante el corto trayecto hasta su casa, Milo se frotó con dos nudillos encima del corazón varias veces para tranquilizarse. ¡Y luego le dio de comer a los gatitos! Sin olvidarse de añadir unas gotas de su poción de salud.
Acarició a uno especialmente cariñoso y luego volvió a su casa, donde se pasó un rato saludando a todas sus plantas, tocando las hojas para ver si seguían sanas.
Después de una cena ligera se sentó en la cama con un chocolate caliente y una manta y el libro que se había llevado del trabajo.
Y las horas pasaron. Y Milo tuvo que cerrar la tapa porque se estaba haciendo tarde y tenía que descansar.
Al día siguiente volvió al trabajo, como siempre. Cómo lo volvería a hacer otro día más. Y otro.
Pequeños pasos en su monótona vida. Donde se sentía atrapado entre lo que quería hacer y lo que debía hacer.
Milo suspiró y cerró el libro, sentado detrás del mostrador al lado de las estanterías. Devolvió el cuento a su sitio y acarició el título mientras lo metía un poco más hacia dentro. ¿Por qué se habría parado el soldado a verlo? ¿Curiosidad? ¿Reconocimiento?
Milo miró hacia la vidriera y luego al reloj.
—Cinco minutos. —musitó.
Cinco minutos para salir del trabajo. Dieciocho horas para volver a entrar.
Y suspiró.
Hoy Milo estaba sonriendo detrás de la bufanda. Mañana libraba y su turno era sólo de cuatro horas. No quería ni pensar en turnos dobles, no fuera que los invocase, que tampoco era tan raro que acabara pasando.
Movió la mochila para repartir mejor el peso y siguió a buen paso, tarareando la canción que sonaba en sus auriculares. Era algo más adecuado para el gimnasio que para una mañana soleada en medio de finales de diciembre, pero a Milo le iba bien para no perder el ritmo.
Hoy llevaba un par de pociones en la mochila. Al final Marie había caído ante el catarro que estaba asolando la ciudad y Helena le había preguntado si no podía conseguirles algunas pociones para ayudar a los trabajadores, que se las pagaría a precio de mercado.
Oh, ese fin de semana iba a comer bien. Ya estaba pensando en comprar un buen pedazo de carne que normalmente no se podía permitir. Incluido se le ocurrían un par de recetas.
—¡Buenos días! —saludó alegre mientras la campanilla de la puerta tintineaba por allá arriba.
Ferdinand le saludó con poca energía y Roy levantó una mano, aunque el resto de su cuerpo estaba dejado caer artísticamente entre una silla y una mesa, alrededor de un café humeante.
—Aaaah, la cocina huele bien.
—Helena está sacando las primeras hornadas —le informó Fer antes de bostezar y estirarse—. ¿Me ayudas a sacarlas?
Milo miró a sus compañeros y señaló hacia la sala de staff.
—Dejo esto y voy atrás, ya veo que Roy no está para mucho.
El pelirrojo hizo un ruido de apreciación, pero no pronunció ninguna palabra que estuviera en el diccionario.
Poco después Milo y Fer estaban sacando bandejas de comida a los mostradores, hablando animadamente. En algún momento Roy levantó la cabeza y se acabó el café de un trago.
—Vete a tu sección, anda. Ya sigo yo con lo mío. —anunció Roy de repente.
Fer se quedó con la boca abierta.
—Sigo, dice, ¡pero si no has hecho ni empezar!
—Chicas, no os peleéis, sóis todas bonitas. —dijo Helena, apareciendo de repente.
Roy gruñó que estaba mintiendo y Milo dio una palmada y se despidió de sus compañeros mientras volvía a saltos a su sección de libros.
Los trabajadores de la noche anterior habían dejado los libros que habían quedado dispersos por las mesas encima de su mostrador, así que tenía trabajo para rato poniéndolos en su sitio.
No había ni mirado un libro cuando los clientes empezaron a entrar. Milo levantó la cabeza para saludar con una sonrisa cálida y luego continuó poniendo orden.
El cuarto libro era uno familiar. Se lo había llevado hacía un par de días para leerlo.
—Tú otra vez —le dijo al libro mientras le daba vueltas en las manos—. ¿Me echabas de menos?
Milo empezó a hojear el libro, comprobando si estaba en buen estado. En una librería cafetería con sección de préstamos siempre tenían que mirarlo. Y algo se desprendió de las hojas, tomando vuelo. Una servilleta empezó a balancearse de lado a lado mientras caía de forma gentil hasta sus pies.
Milo se agachó a recoger la servilleta y al darle la vuelta vio algo que no esperaba ver.
Milo x Walter
Milo parpadeó un par de veces seguidas. Y luego otra vez más para asegurarse de que estaba leyendo bien.
Milo x Walter le seguía mirando de vuelta en letras grandes y firmes. A Milo le hizo especial gracia como la e se enlazaba con la erre, le parecía cuqui.
Apretó la servilleta un poco más entre los dedos y notó esa chispa que había notado en el libro dos días atrás. La misma chispa que había visto en los ojos del soldado.
—Walter… —murmuró.
—¿Quién? —preguntó Helena, que tenía la mala manía de ser muy, pero que muy silenciosa, aunque tampoco era difícil entre el ruido de la clientela—. ¿Qué tienes ahí?
—Nada —contestó Milo, llevándose la servilleta al bolsillo del pantalón de su uniforme—. ¿Necesitáis ayuda en la barra? ¿Hago cafés?
—No… —le contestó Helena mirándole con sospecha—. No, quédate aquí de momento, ya te llamaré si te necesitamos.
Helena extendió una mano y por un momento Milo creyó que quería que le diera la servilleta y sus labios se apretaron en una sonrisa pequeña y forzada.
—La coleta. Dame la coleta, siéntate, que siempre me llevas unos pelos…
—¡Ah, eso!
—¿¡Qué creías que te pedía!? —le azuzó Helena, agarrándole de los hombros para llevarlo hasta el taburete—. ¿¡La mano!?
Eso los tuvo riendo un buen rato. Y después de hablar sobre las pociones y el pago, Helena se marchó para dejarle trabajar de nuevo.
Una vez con todos los libros en su sitio habitual, Milo se volvió a sentar en el taburete, mirando a gente entrar y salir.
«Walter…» pensó y luego sacudió la cabeza «Es una mala idea.»
Una muy mala idea.
Milo se paró nada más salir del trabajo y cogió aire antes de dejarlo salir en una nube de vapor. Sonrió y las luces del negocio de enfrente le pintaron el perfil de violeta.
Tenía las manos en los bolsillos y un gorro de lana naranja y verde cubriéndole los rizos.
—Vámonos a casa. —murmuró entre los ruidos del tráfico y el saxofonista de la esquina que intentaba ganar algo de dinero extra.
Y, como siempre, volvió a pie a casa. Mientras paseaba por las calles y callejones del barrio, iba pensando en qué usaría su tiempo libre esta vez.
No es que tuviera muchos encargos, justo había acabado uno grande, pero podía ir reabasteciéndose de algunos materiales básicos para sus pociones. También podría probar una receta nueva y beber vino mientras hacía nada durante el resto del día.
Un vistazo a la alacena de su taller nada más llegar a casa le hizo repensarse ese segundo plan. Suspiró, ya en ropa de casa y se agarró de forma dramática al marco de la puerta.
—No hay descanso para los alquimistas.
Necesitaba urgentemente elaborar algunas infusiones básicas que usaba en muchos de sus productos, pero eso sería trabajo para el Milo del futuro. De momento iba a hacer la cena y poner la ropa a lavar.
Con la sopa hirviendo se fue a su pequeña habitación en la que apenas cabía una cama, un armario y un espejo, y recogió la ropa que había dejado tirada a los pies del colchón. En cuanto metió la mano en uno de los bolsillos del pantalón de su uniforme encontró la servilleta que había rescatado del suelo de la cafetería esa mañana. Estaba arrugada, pero la letra seguía siendo clara y precisa encima del papel.
Milo lo observó por un momento y pensó en tirar la servilleta, pero acabó dejándola encima de la mesita de noche misérrima que tenía debajo de la única ventana de la habitación.
Walter.
Probablemente sería el nombre del soldado. O eso creía Milo.
«Walter.» se encontró pensando mientras se tomaba la sopa y dejaba que un podcast sonase desde su móvil sin prestarle demasiada atención. Algo sobre la aplicación de nanobots en adolescentes para ayudarles a desarrollar poderes mágicos, pero que no siempre funcionaba.
—Walter. —dijo en alto mientras fregaba los platos.
Walter. Leyó en la servilleta ya acostado en la cama.
Milo se llevó dos nudillos encima del corazón y se frotó el pecho. Se estiró para abrir el único cajón de su pobre excusa de mesita y dejó la servilleta dentro antes de cerrar con más fuerza de la necesaria.
Se dio la vuelta en la cama y miró el techo antes de arrebujarse en las mantas y cerrar los ojos con firmeza.
Necesitaba dormir.
El día siguiente empezó más soleado de lo que Milo esperaba y salió en zapatillas de casa y bata a la puerta de su apartamento a dejar algo de comida para los gatos.
Bostezó, chocando una mano contra la montura de sus gafas cuando intentó frotarse un ojo.
—Ouch.
Después del desayuno decidió apretarse el cinturón de la bata y arremangarse, porque necesitaba trabajar.
Saludó a sus plantas antes de pedirles permiso y coger una raíz de aquí y una hoja de allá. Y el día fue pasando entre música distorsionada por el altavoz del móvil, cosas macerándose, otras hirviendo y el propio Milo machando algunas hierbas y moliendo otros minerales.
A mitad de tarde tuvo que cortar la programación de tecno habitual para coger una llamada, aunque la puso en altavoz porque seguía teniendo las manos muy ocupadas.
—Habla, Marie.
—¡Ey, Señor Applefield! ¿¡Cómo se encuentra usted en esta tarde tan gloriosa!? —sonó la voz de su compañera de trabajo desde el altavoz, tan animada como casi siempre.
—Corta el rollo, ¿qué quieres? —le dijo Milo, aunque no sonaba para nada serio, más bien intrigado.
—¿Llamo en mal momento? ¿Te he pillado ocupado? ¿Con alguien, tal vez? ¿Mi marica favorito está en una cita?
Milo rodó los ojos y parpadeó rápido, intentando no atragantarse con la carcajada que le había acabado de salir.
—Estoy en casa, haciendo inventario. Ya sabes, lo que hacen los adultos responsables.
—Ah, no, no me suena. Yo eso de llevar la casa, ¡fatal! Necesito novia.
—¡Marie! Al grano. —le avisó Milo, aunque luego continuó con:— Lo que necesitas es una madre, pero de las de azúcar, si me entiendes.
Esta vez fue Marie la que se puso a reír.
—Vale, vale, al grano. ¿Ese contacto tuyo que se le dan tan bien las pociones y las hace tan baratas no tendrá algo para las quemaduras?
Milo miró a su alrededor, rodeado de recetas a medias.
—Sí, algo tendrá —respondió mientras identificaba al menos tres tratamientos que podía hacer en pocos minutos—. ¿Por? ¿Estás bien?
—Sí, no es para mí. Es para una enfermera muy, pero que muy sexy que tiene un paciente con quemaduras graves y…
—¿La que trabaja en la base, con los militares?
El silencio se extendió entre los dos por unos segundos largos, roto por el burbujear de una pócima en un calderete y el crujir de la señal de la llamada.
—¿Sí?
—Marie… Se aprovecha de tí, tú misma lo dices. —le advirtió Milo, con tono paternal.
—¡No eres mi padre de verdad! ¡Puedo hacer lo que quiera! —respondió Marie a su vez sonando infantil a propósito.
—Bueno, lo que tú digas, tú verás. Luego te mando opciones y precios. Adiós.
Y después de que Marie se despiese colgó la llamada y se frotó la frente. Cerró los ojos con fuerza y vio la cara preocupada de su madre, casi sintió como le agarraba de los hombros y le sacudía con fuerza.
—¡Nos están matando, Milo! ¡No te puedes fiar de ellos! —le gritó su madre en sus recuerdos.
Y Milo sacudió la cabeza para deshacerse de la sensación, del olor tan real del fuego y el caucho quemado. De las visiones de unas alas mecánicas desplegándose y el humo ahogando sus pulmones.
Respiró hondo y dejó la mano en la mesa de su taller.
Estaba en casa.
Estaba a salvo.
O eso quería creer.
Hacía poco que Milo había decidido que su trabajo de alquimista estaba acabado por el momento y que se merecía un buen descanso.
Se había quitado la bata para ponerse una chaqueta de lana gordita azul que le venía por la cadera, se había intentando rehacer la coleta sin mucho éxito y por fin, oh, por fin, se había hecho un chocolate a la taza como los que le hacía su madre de pequeño. Hasta le había puesto un par de nubes encima. ¡Y se había frito un par de churros de los que le quedaban en el congelador.
Milo se dejó caer en el sillón que tenía en un rincón de la salita, delante de la estufa, y se acercó la bandeja con el chocolate y los churros. Justo había mojado un churro y se lo estaba llevando a la boca cuando escuchó el timbre sonar.
El pobre recibía tan pocas visitas que casi se había olvidado de cómo sonaba su timbre. Dejó el churro en su plato y miró hacia la puerta, parpadeando lentamente. Volvió a mirar a su merienda y luego a la puerta.
Se levantó con un suspiro, recolocándose las gafas y metiendo una mano en un bolsillo de su chaqueta.
—¡Voy! —avisó, esquivando plantas y un par de cajas de cartón que aún no había llevado a reciclar—. ¡Ya voy!
No se paró a mirar quien era y abrió la puerta de par en par, sonriendo a su visitante.
—¿Qué…?
Las palabras se murieron en sus labios y la sonrisa se le congeló al reconocer a quien tenía delante. Era imposible no recordar el par de cicatrices prominentes en aquella cara seria y cuerpo compacto.
Walter.
—¿... se le ofrece? —terminó la frase Milo, usando su entrenamiento de servicio al público para recuperarse de la sorpresa.
Y vaya sorpresa. ¿¡Qué estaba haciendo allí!?
La verdad era que el soldado no tenía muy buen aspecto y Milo apretó los labios para contenerse, porque le quería preguntar mil cosas.
¿Qué hacía en su casa? ¿Por qué se había parado a mirar aquel libro? ¿Qué había bajo las vendas? ¿¡Por qué no iba más abrigado!?
¡Pero si sólo llevaba una chaquetilla que apenas le tenía que proteger del frío y encima la llevaba abierta! No que el repentino paisaje musculado no le alegrase a uno la vista, pero uno tenía que pensar en su propia supervivencia, como soldado le tendrían que haber enseñado algo de eso. ¿¡Y él qué sabía de soldados!? No era un experto, precisamente. Intentaba evitarlos como si pegasen la peste o algo.
¿¡Y qué hacía en su casa!?
Milo tomó aire e hizo su sonrisa un poco más estable, un poco más alta, que intentara tocarle los ojos.
«Intenta parecer normal.» se dijo a sí mismo «¡Y falla estrepitosamente!» predijo, aunque esperaba no tener razón.
—¿M-Milo? —al menos el soldado parecía igual de sorprendido que él— ¿Eres tú… el contacto del alquimista?
Milo abrió la boca lentamente y una idea empezó a formarse en su cabeza.
—Ah… Sí, ese debo de ser yo. ¿Tú eres el soldado de las quemaduras? —preguntó señalando las vendas con curiosidad. Y se apartó de la puerta para dejarle pasar—. ¿Te ha mandado… cómo se llamaba la enfermera?
Walter… porque se llamaba Walter, ¿verdad? ¿Y si Milo se había montado películas en su cabeza por una nota aleatoria que había encontrado en un libro aleatorio?
No. No, no. Milo se había pasado un buen rato observando a aquel soldado cuando llegó unos días atrás a la cafetería, estaba seguro de que la energía residual que había encontrado en los dos objetos era suya. De Walter.
Walter sonrió. Al principio una sonrisa pequeña y cordial, parecida a la que Milo reservaba en días malos para los clientes buenos, pero luego se transformó en algo más genuino.
Así que sabía sonreír.
El soldado se quedó callado por un momento y Milo empezaba a pensar que no iba a decir nada. Pero de repente se abrieron las compuertas de su garganta como si de una presa desaguando se tratase. Y empezó a hablar.
—Sí, ja, ja. Yo soy el soldado abrasado. Ella se llama Tessa, bueno, Teresa en realidad, pero lo odia.
Milo parpadeó. La voz de Walter parecía más agradable de lo que había esperado. Tenía ese tono que te quería hacer escuchar.
Y sí, Teresa. Esa era la enfermera que le rondaba a Marie. Menuda coincidencia.
—Oh, cierto, qué maleducado. Ni siquiera me he presentado, me llamo Walter.
«¡Walter!» exclamó en su mente, apuntándose un tanto.
—Espero no molestarte demasiado…
Milo se estaba mordiendo el interior del labio y lo soltó mientras pensaba qué hacer ahora. Negocio era negocio y lo que sacaba de sus pociones era un buen extra a fin de mes. Era eso, negocios. Sólo eran negocios.
Pero ahora Walter sabía donde vivía. Un soldado sabía donde vivía. Y las alarmas en su mente sonaron tan altas que tuvo que tragar saliva para hacerlas desaparecer.
—No, iba… a nada. Pasa, te estás helando.
Milo le señaló hacia el pequeño sofá al lado del sillón donde le esperaba su merienda.
—¡Quemaduras! Quemaduras… A ver —Milo se rascó el cogote con la otra mano en la cadera—. Hay varios tratamientos, ¿sabes qué buscas?
—No tengo ni idea —le contestó Walter con sinceridad—, Tessa me dijo que tendrías varias opciones y me sabrías recomendar lo mejor.
MIlo asintió, de pie al lado de su chocolate caliente. Tenía unas ganas de comerse un churro… Milo sonrió casi que por inercia, intentando ocultar que su mente se había desviado de la conversación por un momento.
—¿Tal vez te ayudaría a saber qué necesito si ves las quemaduras? —le preguntó Walter y Milo asintió.
—Sí, iba a p- —empezó a contestar en un murmullo cuando Walter habló por encima de él con una propuesta.
—No me importaría en absoluto quitarme alguna venda si así te facilito el trabajo.
Milo abrió la boca un poco más y la cerró. Esta vez se llevó las dos manos a las caderas y apretó mucho los labios. Podía notar a algunas de sus plantas riéndose de él, otras vibraban con curiosidad, queriendo saber lo que haría al respecto.
Milo asintió de nuevo, con una de esas sonrisas que le sacaban los hoyitos.
—Sí, eso sería lo mejor, la verdad —contestó, logrando no soltar ninguna insinuación indirecta, porque ahora mismo estaba trabajando y tenía que ser un buen profesional—. Necesito saber cómo de grande es el área, que tal va el proceso de sanación… ya sabes. Eh, si me das tu chaqueta puedo colgarla al lado de la puerta.
Milo extendió la mano pero luego la apartó, juntándola con la otra y ladeando la cabeza.
—O puedes dejarla en el sofá, lo que sea más cómodo.
A Milo se le ocurrió una espantosa idea en ese momento. ¿Y si las quemaduras estaban debajo de los pantalones? No. No, no, no… allá se iría su profesionalidad, no podía hacer eso.
—Si tienes que quitártela para enseñarme las quemaduras. O… ah. Sí, eso.
Walter empezó a levantarse y a Milo le pareció verlo a cámara lenta.
—Creo que voy a necesitar tu ayuda —le dijo dando un paso adelante, hacia Milo—. Esta mañana casi me desmayo mientras me vestía, el dolor era peor de lo que esperaba.
Peligro. A Milo se le estaba erizando la piel y eso que estaba prácticamente frente a la estufa encendida.
Por su lado, Walter hizo un gesto de incomodidad, casi incluso de dolor y continuó hablando.
—Pero si te incomoda que un desconocido se desvista delante tuya, creo que las zonas más afectadas son las manos y los antebrazos.
Milo se recompuso un poco y carraspeó detrás de sus dedos largos.
—Eso es preocupante… ¿Puedes darte la vuelta, por favor? —le pidió, esperando a que lo hiciera para ayudarle a quitarse la chaqueta.
—Entonces combinar una poción de vida con el ungüento para quemaduras parece ser la mejor elección —le informó, poniéndose un poco rojo debajo de las pecas—. Aunque aún tengo que evaluar las quemaduras para estar seguro.
Walter se dio la vuelta y Milo le quitó la chaqueta con delicadeza, doblándola y dejándola caer en el sillón verde a pocos pasos de ellos dos.
Para cuando Milo volvió su atención a su paciente, él ya estaba cerca, con las palmas hacia arriba y una sonrisa expectante.
—Cuando quieras. —le dijo resuelto, algo que Milo estaba intentando sentirse también.
—Bien —contestó, empezando a quitar la venda de la mano derecha con cuidado—. Avísame si te duele.
Milo apretó los labios y añadió:
—Si te duele más, quiero decir, no quiero hacerte más dolor del que ya estás sufriendo.
Levantó la mirada para clavar sus ojos en los de Walter por un momento y luego los bajó rápido para mirar exactamente qué estaba haciendo.
No tardó en tener las dos manos y antebrazos descubiertos y sonrió al ver el buen estado de las quemaduras. Tenían un color sano, estaban curando bien.
—¿Y bien? ¿Es muy grave?
Milo le contestó sin levantar la mirada.
—Depende de lo que consideres grave, está en proceso de curación y avanza bien —Milo levantó la cabeza lo justo para mirar a Walter a los ojos—. ¿Puedo ver las demás quemaduras?
Tenía las manos debajo de las de Walter, sosteniéndolas con suavidad. Los dedos le cosquilleaban con la calidez de los del soldado, y allí estaba aquella energía que había aprendido a reconocer desde la primera vez que lo había visto de pie, ojeando un libro en su cafetería.
—¿O al menos podrías decirme dónde están, cómo son de grandes? Me gustaría probar un par de ungüentos antes de recomendarte un tratamiento a seguir.
Walter le informó que no tenía claro cómo estaban evolucionando sus quemaduras y Milo dejó escapar un murmullo de comprensión.
—Si recuerdo bien al levantar aquellos escombros tuve que apoyarlos primero en mis muslos y luego en mi pecho. —continuó Walter y Milo levantó una ceja con curiosidad.
—¿Escombros?
Cuando Milo miró al soldado a la cara, él estaba contemplando el suelo como si la vieja alfombra debajo de sus pies fuera super-interesante de repente. Y de repente Walter cambió la dirección de su mirada para clavar sus ojos en los de Milo.
Milo ladeó un poco la cabeza, separando los labios apenas, sin darse cuenta. Los ojos de Walter eran intensos, con una cualidad casi metálica. El marrón casi naranja de sus irises le hacía pensar en caramelo o tal vez en cobre nuevo, recién pulido.
Milo parpadeó y cerró los labios de nuevo, apartando los dedos de las manos quemadas de Walter, cortando la conexión para poder respirar de nuevo. Ni siquiera se había dado cuenta de cuando había empezado a contener el aliento.
—Voy un momento a por las muestras para hacer esas pruebas… No tardo. Por favor, ponte cómodo.
Y con eso se dio la vuelta y en unos pocos pasos largos abrió la puerta de su taller. La dejó entreabierta, aunque se escondió detrás de ella para coger aire con el que llenar sus pulmones y aclarar su mente.
Y como había dicho, no tardó en hacerse con las dos muestras que quería probar, saliendo con una sonrisa y dos botecitos de metal en una mano de dedos largos.
—Ya he vuelto —anunció, dándole la vuelta al sofá para ponerse frente a Walter.
Parpadeó un par de veces, confuso. Walter tenía muchas más piel expuesta de la que recordaba. Los ojos de Milo mapearon su piel centímetro a centímetro, preguntándose el porqué de la desnudez mientras categorizaba antiguas cicatrices y moratones nuevos. Ah, y allí estaba la quemadura a medio curar, entre sus muslos.
Quemaduras… Milo salió de su estupor con una sonrisa y un rubor en las mejillas que no había estado allí antes.
Milo apartó la bandeja con el chocolate a la taza y la dejó encima del sillón para sentarse él en la pequeña mesa de café que tenía frente a los asientos, extendió la mano pidiendo la de Walter y esperó a que se la diese mientras le hablaba:
—¿Me puedes contar más de cómo te quemaste? Habías dicho algo sobre escombros.
«A los ojos.» se recordó Milo «Mírale a los ojos.»
—Pues… —empezó Walter, parecía que estaba intentando concentrarse y no tardó en hablar, con su mano en la de Milo.
Le contó cómo un par de días antes, durante la patrulla, se habían encontrado con un edificio en llamas y habían ayudado a desalojarlo. Un anciano ciego le advirtió de que su perro guía seguía dentro y Walter le había prometido que lo iba a sacar.
—Uuh… —murmuró Milo, abriendo uno de los botecitos y aplicando un poco de su ungüento mágico en el exterior de la muñeca de Walter.
—Aunque todos me dijeron que el edificio estaba a punto de venirse abajo no podía incumplir esa promesa.
Milo asintió y le dio la vuelta a la mano de Walter, abriendo el segundo frasquito de metal. Entrar a un edificio en llamas no era una idea brillante, el humo no te dejaba ver y dependiendo del nivel de las llamas con tan sólo acercarte acabarías como un pollo asado, Milo lo sabía bien. Y se preguntó si la sección donde se encontraba ese anciano ya no estaba en llamas activas, pero el daño estructural era tal que no convenía seguir con las labores de rescate.
—Subí lo más rápido que pude, levanté esos escombros achicharrándome y saqué a ese perro de ahí justo a tiempo.
Milo extendió el segundo ungüento en otro parche de piel, frotando despacio con el pulgar. Parecía que la magia empezaba a tomar efecto.
—Tonto… —musitó entre frase y frase de Walter.
—Después de eso me desmayé y lo siguiente fue despertarme en la base con mucho dolor y todas estas vendas.
Y Milo asintió otra vez, levantando la cabeza para mirar a Walter directamente a los ojos.
—Estúpido. Tu idea fue estúpida. Tendrías que haber oído a los profesionales —le riñó y le volvió a dar la vuelta a la mano para ver qué tal iba curando la muñeca—. Aunque me gustan las personas que cumplen sus promesas, por estúpidas que sean.
Y en un murmulló cálido, adornado con una sonrisa le dijo, acercándose un poco más:
—Puedo respetar tu decisión, soldado.
Todo pasó muy rápido. Un momento estaba sonriéndole al enemigo y al siguiente él le estaba besando. Algo en la cabeza de Milo explotó en mil chispas y en un principio Milo cerró los ojos y apretó los labios contra los de Walter, apretando la mano entre sus dedos.
Un segundo después recordó que tenía un soldado herido y casi desnudo en el salón de su casa, besándole. ¿Estaba intentando seducirle? ¿Quería sacarle información? ¿Es que por fin le habían encontrado?
¿Walter sabía lo que era Milo? ¿¡Era eso!?
Milo se separó de él de golpe, aunque se quedó sentado en la mesita de café aferrado a la mano de Walter.
Milo necesitaba el dinero, no podía perder esa oportunidad, la enfermera le pedía muchísimo material y si seguía así un año, tal vez medio año más tendria dinero suficiente para largarse de allí. Ese era el plan… estaba tan cerca. No podía perder el contacto.
¿El contacto de Marie, la enfermera que le rondaba? ¿O el contacto de la piel de Walter?
Milo no dijo nada, no intentó besarlo de nuevo, pero acercó la mano de Walter con un pequeño tirón inconsciente.
Walter se mantuvo callado por unos segundos. Tal vez también estaba intentando estudiar la expresión de Milo, aunque no parecía que ninguno de los dos estuviera descifrando nada.
Y cuando Milo entreabrió los labios para decir algo, lo que fuera, entonces… entonces fue cuando Walter habló.
—Eso ha estado fuera de lugar, lo siento —empezó disculpándose—. Soy un imbécil, no me conoces de nada. No he podido evitarlo.
Milo cerró los labios de nuevo y se puso un poco más recto, sin soltar la mano de Walter, pero aflojando un poco el agarre. Después de todo la mano seguía quemada, le tenía que estar haciendo daño.
Lo siguiente que dijo llamó la atención de Milo.
—Llevo sin poder sacarte de mi cabeza desde la primera vez que te vi —confesó—. Lo último que quiero es causarte problemas o hacerte sentir incómodo. Entendería si prefieres que me vaya…
—¡No! —contestó bien rápido, tensando un poco otra vez y continuó después de haberse relajado—. No… eh.
La verdad es que él también había tenido un interés en Walter que estaba fuera de lugar para él. Milo no era enamoradizo, él no era así.
—Es verdad que ha sido inapropiado, no suelo besar a nadie antes de la tercera cita —comentó y volvió sus ojos hacia la mano de Walter, fijándose en los parches de piel donde le había aplicado los ungüentos—. Te has adelantado un poco.
Milo abrió la mano y la dejó palma con palma con la de Walter.
—Creo que el segundo ungüento está haciendo un mejor trabajo y no parece que haya ninguna reacción alérgica.
Milo se mordió los labios un poco, con los ojos bien abiertos antes de agarrar aire y continuar.
—Podríamos probar en las quemaduras de la espalda, vas a necesitar que alguien te lo aplique ahí… Ya estás aquí y… así, podría ayudarte yo mismo.
—¡No! —exclamó Milo cortando su monólogo—. No… eh.
—Está bien. —contestó Walter y Milo asintió, preparándose para untarle la espalda en pomada mágica casera.
Pero antes de que Milo pudiera proceder a ello, Walter empezó a hablar casi con desesperación, como si necesitase sacar todas las palabras de golpe para decir lo que le tenía que decir.
—Verás… en realidad, nunca hubiera pensado en hacer nada de esto. Nunca me había sentido así antes pero… cuando te vi acababa de recordar algo que me prometió mi madre una vez. Algo relacionado con mi novela favorita. Algo que ella ya no podrá cumplir.
«¿Su novela favorita? No será….» empezó a pensar Milo, pero se distrajo con las inesperadas lágrimas que brillaban temblorosas en las pestañas de Walter.
El soldado dejó caer la cabeza y Milo ladeó la suya con las cejas fruncidas en preocupación.
—En cuanto te vi, me vino la imagen de esa promesa cumpliéndose y supe que aunque ella no pudiera hacerlo, quería hacerlo en su lugar. No sé por qué eres tú y ella siempre me dijo que no habría un porqué.
Walter levantó la vista otra vez hacia Milo y él no supo cómo leer la expresión que tenía en ese momento. ¿Anticipación tal vez? ¿Pero por qué?
Milo negó con la cabeza, dejando el bote de ungüento a su lado en la mesita de café, intentando darle sentido a las palabras de Walter, pero no podía.
—No entiendo nada. No s-
Milo no continuó, casi se mordió la lengua porque una idea empezaba a formarse en su mente. Una idea que tendría que haber sido obvia desde el principio.
—No… No, no —dijo con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Walter, ¿de qué estás hablando?
—No sé si conoces La otra cara de la luna.
«¡Lo sabía!» se dijo a sí mismo. Esa era la novela que había estado leyendo hacía un par de días porque Walter la había cogido de la estantería en su trabajo.
—Es mi novela favorita y también era la de mi madre. De hecho tanto la promesa que me hizo, como mi nombre vienen de ella.
Milo alargó la mano hacia la servilleta que seguía en la bandeja sobre el sillón, la que iba a usar para su merienda e intentó dársela a Walter, aunque él no la vio y continuó secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Mi madre era la persona más alegre y romántica que he conocido. Siempre estaba tarareando sus vals y bailando por todas partes. Tanto los amaba que los llevo en mi nombre.
Por un momento Milo tuvo celos. Parecía que Walter y su madre eran muy cercanos… o lo habían sido. Y en un momento de egoísmo pensó: «Ojalá yo.»
Igual así habría entendido mejor lo que creía que estaba pasando. Tal vez… en otra vida.
—Ella quería que a diferencia de los protagonistas de la novela, yo no tuviera que esconder la expresión de mi amor —continuó explicando Walter—. Y quería ser la primera en bailar un vals bajo la luz de la luna tanto conmigo como con el amor de mi vida.
El soldado casi desnudo en su sofá volvió a llorar y Milo tenía el impulso irresistible de consolarlo como fuera.
—Yo… Creo… no, estoy seguro. Estoy perdidamente enamorado de tí, Milo.
Y ahí estaba. Exactamente lo que Milo empezaba a sospechar.
—Sé que no nos conocemos, pero hay algo en tí que me hace sentir lo mismo que veía entre mis padres.
—Walter. —le llamó, poniendo el pañuelo que había cogido en su mano.
Milo tomó aire y lo dejó salir casi de golpe. Si esto era una treta para secuestrarlo, no lo estaban haciendo muy bien. Así que la siguiente explicación más lógica es que había acabado de encontrar a su alma gemela.
Milo le apartó un mechón de la mejilla detrás de la oreja y pasó sus dedos por el pelo castaño con cuidado.
—Tu madre suena como una buena persona —le dijo con tanta suavidad que el ruido de la estufa crujía por encima de sus palabras—. La tienes que querer mucho.
Milo movió un poco más la mano y bajó hasta el cuello, levantando la barbilla de Walter con el pulgar.
—Pero no puedes decir eso. No me conoces, no puedes estar enamorado de mí —le explicó con algo de tristeza y cariño en sus palabras—. No digo que lo que sientes no sea real, pero no es lo que tú crees.
Aunque Milo no sabía por dónde empezar a explicarlo. ¿Cómo decirle a un soldado prácticamente desconocido que era más esper que humano y que probablemente compartían una conexión mágica? Ja, ni loco.
Al final Walter no le dio tiempo a pensar cómo decirle suavemente que tal vez eran almas gemelas, porque le llamó con una voz tan dulce que no casaba con la expresión ruda y las cicatrices en su cara.
—Milo…
Walter se agarró a la mano de Milo con la fuerza de alguien que le está suplicando a su dios por un milagro y eso… eso le hizo sentir un nudo en el estómago tan grande que le presionaba detrás de la garganta.
—Sé que acabo de ser muy intenso, lo siento… no se me da bien socializar y mucho menos así —confesó antes de dejar salir un suspiro y agachar la cabeza para enterrar la cara en sus manos unidas—. Entiendo si piensas que soy un tarado y quieres mandarme a paseo.
El aliento de Walter en sus dedos le recorrió todo el brazo con un cosquilleo. Cuando Walter levantó la mirada otra vez Milo se encontró echando de menos la calidez de sus labios.
—Pero dame la oportunidad de conocerte, por favor. Te prometo ir a tu ritmo. Sin presiones.
Y para demostrar que no mentía, aflojó el agarre fervoroso que había mantenido sobre su mano, aunque no la dejó ir.
—Respetaré lo que decidas y no te preocupes, pagaré por todo esto de todas formas.
—¿Todo esto? —preguntó Milo un poco confundido.
¿Por la desnudez repentina, por el beso? Y Walter señaló la medicina con la cabeza.
—Ah… esto. —murmuró Milo al entender a qué se refería.
—No pienses que nada de lo que he dicho iba con segundas intenciones. He venido aquí como un civil herido y me has ayudado a pesar de todas las tonterías que he hecho. Soy un idiota.
Las últimas dos palabras habían sido apenas un susurro. Walter le había soltado la mano y ahora miraba al suelo al suelo decaído, como un preso esperando el día de su sentencia. Y Milo tenía una preparada para él, aunque ni siquiera le había dado tiempo a prepararla conscientemente.
Volvió a llevar su mano hasta el pelo de Walter y después de acariciarle con suavidad y algo de reparo se lo alborotó.
—No te preocupes.
Tampoco era lo más raro que le había sucedido, pero eso no se lo iba a decir, tampoco le iba a llevar ningún alivio a ninguno de los dos.
Milo se levantó y se apartó un poco, agarrando la pomada que había decidido que sería la mejor opción para las quemaduras de Walter.
—¿Podrías darme la espalda? Aún tenemos que curar eso —le recordó a Walter—. Y mientras te aplico la medicina podrías seguir contándome cosas de tu madre o si no quieres hablar…
Milo miró al techo antes de mirar de nuevo hacia la cabeza de Walter.
—Siempre podrías ir pensando donde me vas a llevar para la primera cita.
No iba a ser él quien negase la atracción. Podría ser lento para darse cuenta de algunas cosas, pero no era tan ciego a sus sentimientos como para no verlos cuando le estaban gritando a pulmón abierto delante de la cara.
Milo se mantuvo ocupado abriendo la tapita del ungüento y cuando levantó la mirada Walter le estaba sonriendo de oreja a oreja.
«Si fuera un perrito estaría moviendo el rabo.» pensó Milo, sin poder evitar la comparación «Es un buen chico y se alegra de verte.»
Tampoco pudo evitar responder la sonrisa antes de mirar muy fijamente el ungüento semitransparente muy pero que muy fijamente. Milo empezaba a notar el calor repartirse entre su nariz y sus mejillas y no tenía nada que ver con que estuviera más cerca de la estufa.
Cuando notó a Walter darse la vuelta, Milo se untó los dedos en la pomada y después de dejar el tarrito en la mesita de café empezó a frotar una palma contra la otra y concentrar su energía en las manos.
—Vaya, así que quieres tener una cita conmigo, ¿eh?
Y de repente el tono de Walter había cambiado por completo. Lo que hacía un poco de seguridad… Los hombros de Milo se movieron una sola vez con una risa incrédula.
—Más me vale planear la mejor cita de tu vida. —continuó Walter, girando la cabeza para dedicarle un guiño coqueto.
—Caradura. —murmuró Milo, poniendo cara de no estar impresionado exactamente.
Walter no tardó en seguir con la conversación, emocionado por conocerle un poco mejor.
—Por dónde trabajas y dónde vives imagino que te gustan las plantas y los libros.
Milo asintió, más atento al hechizo que se empezaba a tejer en sus manos que a su invitado por sorpresa.
—¿Me equivoco?
—No. —respondió entre dientes.
—¿Y si me cuentas cosas de tí? Así tendré alguna idea de cómo conquistarte.
Milo levantó la cabeza de golpe, haciendo que sus rizos rebotasen por toda su cabeza y el rubor de antes volvió con mucha más fuerza.
Puso las manos en la espalda de Walter tan rápido que le dio miedo haberle hecho daño. De todas maneras sus manos tendrían que sentirse calmantes ahora mismo, frescas y revitalizantes.
Milo tomó aire y empezó a subir las manos por la espalda de Walter, casi hasta los hombros. Las quemaduras recientes no eran lo único que contaba una historia de dolor en su piel y Milo se mordió el labio inferior cuando se encontró pensando en que quería besar cada cicatriz hasta hacerla desaparecer.
—Me gustan las plantas, se me dan bien —le dijo, repartiendo algo del ungüento sobre sus hombros y volviéndolo a trabajar hacia la cintura, poco a poco—. Soy un chico de pueblo. Algún día me gustaría volver al bosque, pero todavía no es el momento adecuado.
—¿Por qué te apuntaste al ejército? —preguntó con curiosidad, volviendo a subir las manos lentamente mientras apretaba bien.
Sus manos tenían cierto brillo verde, pero no creía que Walter fuera capaz de verlo en aquella posición y Milo sentía el impulso de cuidarlo aún poniéndose en peligro. Bajó el nivel de magia que estaba usando para que no fuera tan evidente y se recordó que era mejor controlarse, aún con las sospechas de que aquel hombre fuera su alma gemela.
Walter le confesó que se podría decir que había sido por su primer encaprichamiento romántico y eso llamó la atención de Milo de inmediato.
—Cuando tenía seis años mi madre y yo estábamos de compras en un centro comercial y… no recuerdo bien qué pasó pero de repente se desató el caos —empezó a contar, poniéndose un poco más serio—. Murió gente. Mi madre sufrió daño en una pierna y cayó al suelo. Yo me había quedado un poco rezagado pero en cuanto la vi en peligro, salí corriendo a ayudarla… por desgracia, se me atascó el pie.
Milo se mordió el labio inferior, pensando si igual había tocado un tema para el que no estaba preparado. Él creía que le diría algo sobre el honor y la patria o el linaje… Pero esto se estaba yendo por otro camino que no había visto venir.
—Entonces un soldado enorme y guapísimo descendió con su equipo de vuelo y, al oír mis gritos, me prometió “Chico, no te preocupes. Voy a poner a tu madre a salvo y vengo a por tí”.
Si Milo hubiera tenido dudas sobre la sexualidad de Walter, cosa que no había ocurrido porque aún no había pensado en eso, se le habrían ido en aquel momento.
—Enorme y guapísimo, eh… —repitió Milo mientras bajaba más y más hasta llegar a la ropa interior y luego seguir hacia arriba.
—Y así fue. Esa misma noche le dije a mi madre que quería ser como él, que quería luchar por darle oportunidades de escapar de la mala vida y la precariedad a nuestros vecinos.
Milo asintió, perdiéndose un poco en sus propios pensamientos mientras Walter le explicaba que sus padres sacrificaron mucho para que él pudiera acudir a la academia y graduarse. Mientras tanto, Milo no podía evitar darle vueltas a algo que no acababa de formarse en su mente. Era como una palabra enganchada en su lengua, como una sombra en el rabillo del ojo.
Parpadeó al oído Walter decir “hermana” y la idea se esfumó tan pronto como había venido.
Era un recuerdo, un recuerdo que no lograba recordar.
—Al menos llegaron a ver mi graduación.
Milo sonrió y apretó los hombros de Walter.
—Es un motivo muy noble. Quieres ser fuerte para ayudar a los demás.
Palmeó sus hombros y dio por concluido el masaje.
—Esto ya está, deberías poder tumbarte sobre la espalda esta noche sin mayor problema; aunque creo que deberías volverlo a aplicar durante un par de días para asegurarte de que no te quede cicatriz.
—Ahora te toca a ti preguntar. —le recordó Milo, que estaba frotándose las manos para deshacerse del poco resto del ungüento que tenía en las palmas.
Walter no perdió demasiado el tiempo y poco después de que Milo le recordara que era su turno de hacer preguntas ya parecía tener una preparada.
—Pues ya que yo te he contado mi motivación para ser soldado, ¿qué tal si me cuentas qué te lleva a hacer lo que haces?
Milo levantó la mirada y se dio de frente con los ojos metálicos de Walter.
—Y no me refiero a la cafetería sino a esto.
«¿Tener hombres desnudos en el salón de su casa o preparar remedios alquímicos?» , se preguntó Milo y Walter se lo aclaró casi de inmediato.
—Sé que en el pasado los soldados teníamos órdenes de frustrar cualquier red de distribución alquímica, hasta hace poco era muy peligroso. Nunca estuve de acuerdo e incluso pude dejar libres a varios alquimistas. Por suerte nunca lo descubrió nadie.
Milo hizo una mueca que parecía ir acompañada con un “Es complicado”, aunque luego se encogió de hombros.
—Tengo licencia —le aclaró—. De alquimista. Lo que no tengo es licencia de venta, así que técnicamente esto es una operación ilegal.
Milo negó con la cabeza y recogió un poco las cosas que había dejado por la mesita de café.
—Soy el primero que está en contra de los talleres de alquimia ilegales. Muchos de esos alquimistas no saben lo que están haciendo y otra parte usa sus conocimientos para producir drogas de uso recreativo… que acaban en tragedia.
Esta vez Milo tomó asiento en el sofá y miró hacia arriba, buscando los ojos de Walter. Parecía que se estaba haciendo adicto a ellos.
—Pero tú pregunta es… porqué lo hago. Mi motivo.
Milo tomó aire y lo dejó salir de golpe.
—Tengo varios —Milo palmeó el sofá a su lado, pidiéndole a Walter con ese gesto que tomara asiento a su lado—. Me gusta, se me da bien. Me calma. Y los gatos del barrio necesitaban ayuda, así que empecé a añadir pociones de salud en la comida que les dejo de vez en cuando.
Milo le sonrió travieso y ladeó la cabeza, ladino.
—Ahora me toca a mi. ¿Quieres que te aplique la pomada en los muslos o lo haces tú en casa?
Walter pareció sorprendido por un momento pero se recuperó en un santiamén.
—Si no crees que me estoy aprovechando de tu tiempo y no te resulta incómodo… adelante. —le dijo con un tono confiado.
Incluso se atrevió a sacarle la lengua, mordiéndola con un colmillo coqueto.
Já, ¿se creía que le iba a intimidar así?
«Pues vas dao.» pensó MIlo antes de responderle la sonrisa con muchos dientes y los ojos entrecerrados.
Walter parecería más rudo y Milo tal vez tenía una cara muy bonita, pero a colmillos no le ganaba nadie.
Cambió la sonrisa de lobo por una sonrisilla inocente y metió el dedo en el bote que recién acababa de abrir otra vez.
—Con permiso.
Ese fue el único aviso que le dio a Walter antes de embadurnarse los los dedos unos contra otros y poner una de esas manos en el muslo más cercano, deslizando la mano hacia dentro, buscando el tacto rugoso de la quemadura. Sus nudillos chocaron contra el otro muslo y Milo esperó no haberle hecho daño.
Todo eso sin perder el contacto visual.
—¿Qué quieres que te cuente ahora? —le preguntó con voz curiosa, abriendo los dedos para cubrir toda la zona quemada y bajando un poco más hasta encontrar los límites de la herida—. Supongo que necesitarás más información para conquistarme como es debido.