4.5 # Take Off.A las dos y media cargaron la furgoneta con algunos paquetes de entrega para el correo y el amplificador, Joe manejó, con Mitsuki a su lado y Cyan y Luo en la parte trasera, el sonido del motor ahogaba cualquier charla que quisieran tener, pero también disimulaba los nervios de Cyan.
Este era su momento. No para pedir permiso ni para explicar nada, para gritarle al orfanato —a los pasillos, a las normas, a las voces que siempre sabían qué era lo mejor para ella— que ya no era una niña. Que no iba a volver a repetir canciones ajenas en un coro interminable ni a sonreírle a personas que solo se acercaban cuando querían algo de ella. Cyan apretó los dedos, sintió el temblor en el pecho y dejó que el ruido hiciera el resto. No sabía exactamente qué iba a ser después, pero sabía una cosa, que no iba a volver a ser la misma.
Ni ella ni Luo.
Nadie decía nada. Luo apretó la funda de su guitarra contra el pecho, mientras el coche llegaba al orfanato que apareció al final de un camino de gravilla. El sonido llegó primero… un órgano eléctrico saliendo por los altavoces distorsionados del salón de actos. Una voz de mujer, aguda y dulce, guiaba una canción… Alabare, alabare…
Joe estacionó en un lugar oculto, pero de fácil acceso por si algo salía mal en esa presentación, después de todo ellos no tenían permiso para tocar en el Orfanato y seguramente acarrearía muchos problemas ir contra la música episcopal
Apagó el motor. El silencio que dejó fue llenado solo del canto lejano.
Mitsuki fue la que bajó primero, abrió la portezuela con cuidado y Cyan se quedó en el asiento con la mirada de Luo que la observaba desde el otro lado. Sus dedos jugueteando contra la funda de la guitarra.
—Bajen, es ahora o nunca —musitó Mitsuki.
—¿Saben? Esto me recuerda a los Electric Prunes en el sesenta y ocho —relató Joe, buscando un paquete de cigarros en su chaqueta—. Esos tipos se metieron en una iglesia en Las Vegas para tocar una misa psicodélica que habían grabado. Querían ser espirituales, pero no podían dejar de ser rockeros.
Hizo una pausa, mientras prendía el cigarro y los llevaba a sus labios. De fondo el ruido de la misa, el coro y las voces saturadas llenaban el ambiente.
—Llegaron con unos amplificadores que habrían hecho sangrar los oídos de cualquier santo. En cuanto empezaron a tocar, el volumen era tan brutal que la acústica de la iglesia se volvió loca. Las luces parpadeaban, los equipos hacían cortocircuito y los fieles no sabían si estaban ante Dios o ante el mismísimo diablo. Estaban tan drogados y confundidos que ni siquiera pudieron terminar las canciones, pero ese desastre... ese ruido, se quedó grabado en las paredes para siempre.
Joe les dedicó una última sonrisa de medio lado, ajustando su bota sobre la alfombra de la furgoneta.
—Así que no se preocupen por las normas o por si el sonido se rompe. Aquellos tipos demostraron que, a veces, la única forma de que te escuchen allá arriba es haciendo que el suelo tiemble aquí abajo. Vayan —sentenció—. Hagan que esas paredes sean suyas por un rato, sin miedo al desastre.
Cyan movió la cabeza, asintiendo y Luo empujó se calzó la correa de la guitarra, el aire frío persistía otro año más, junto al olor a tierra mojada mezclado con el olor a mirra y otros más que no supieron distinguir. Caminaron hacia la entrada trasera, el cantico se hizo más fuerte… “alabare, alabare, alabare...”
—Por aquí —señaló Mitsuki hacia un pasillo a la izquierda, se tuvieron que despedir de Luo y Cyan.
Mientras entraban a la misa, una mujer los miró a Joe y Mitsuki, los prejuzgó como esos raros que vendían discos en una época dónde rara vez se compra uno y menos original. Enviados del diablo y pobres.
Joe la saludo con la cabeza y continuó al lado de Mitsuki. Él no era particularmente religioso, aunque si Budista… los asiáticos en general lo eran y menos prejuiciosos, eso seguro.
Mientras tanto, Luo y Cyan se metieron por la puerta de servicio. El canto venía del fondo, más fuerte. Pasaron junto a la cocina, dónde una monja revolvía una olla. Los miró, pero nadie se atrevería a retar a Cyan.
El coro repetía: alabare, alabare. Voces de niños, voces de ancianos, coreando al ritmo del órgano que marcaba el compás. Luo apretó la correa del estuche y Cyan tocó la pared con los dedos, como contando.
Mitsuki y Joe llegaron a una puerta doble, al otro lado, estaba la capilla imponente y pulcra, blanca… filas de bancas, gente de pie, un crucifijo grande, luces violetas, papel picado blanco. El aire olía a incienso y a cera derretida.
Cyan abrió un poco una de las puertas traseras, por dónde entraban los chicos del coro y vio el altar. Un niño con sotana blanca agitaba un incensario. El humo subía en espiral y el padre, de espaldas, levantaba las manos.
—Alabare a mi Señor...
Cyan se colocó la sotana blanca y una máscara en su rostro, debía colarse primera para empezar su canto a capella y que los demás dejaran el escenario. Ella entró y el órgano cesó. La incomodidad de Cyan era visible, aún así recuperó la compostura y avanzó al centro del escenario, uno de los niños le entregó el micrófono antes de bajar.
El chico se apartó sin mirarla y Cyan quedó sola bajo la luz violeta que se atenuó hasta volverse blanca... una “santa”. El murmullo bajó de inmediato, alguien tosió. El padre giró la cabeza hacia quien tosió, cejas arqueadas, pero no habló.
Cyan apretó el micrófono, primero iba a fingir cantar y cuando el padre estuviera lejos… Take Off! La máscara le sudaba contra la cara, inspiró nerviosa. El primer sonido salió ronco, como si la garganta se le hubiera olvidado el camino. Dio un paso.
“Ohhh, ohhh amazing grace, how sweet the sound. That saved a wretch like me I once was lost, but now am found. Was blind, but now I see”
El padre sin sospechar nada se alejó hacia la primera fila de bancos y se sentó; Luo saltó al escenario con la Strat agarrada por el mástil. El drop-D retumbó antes de que los pies tocaran el escenario, un rasgueo seco en vacío. Aterrizó de cuclillas, el amplificador rugió el A#5 del primer compás y el riff de Take Off salió entero, sin conteo, sin mirar atrás.
“Nothing matters if I fight for my dreams. I'm never giving up on myself. Every moment of my life. I'll carry it on to my highway”
El eco rebotó en las paredes blancas… los niños del coro se giraron y una monja agarró el rosario.
Los dedos de Luo se cerraron en el másti, Índice en la quinta cuerda, tercer traste; anular en la cuarta, quinto; meñique en la segunda, sexto. El slide fue un latigazo: del traste tres al siete sin respirar, la palma de la mano derecha golpeando las cuerdas en mudo entre cada nota. El A # 5 vibró en los clavos del techo.
Cuando cambió al 7-5-3-0 sus dedos no se levantaron: deslizaron con elegancia; el pulgar sujetaba por detrás, la muñeca giró en ángulo exacto para que el cejillo no aplastara el sustain. En el compás cuatro apretó la púa contra las cuerdas y el riff explotó. El amplificador bufaba; los altavoces del coro chirriaron alimentados por la misma línea.
“I'm not scared of being alone. Already got this. Heading in my own direction.
There's no time for me to look back. Holding on to keep on rising to the sky”
Cyan se adelantó un paso y cantó sin mirar al público. Luo no los miró tampoco. Esa no era canción para esa gente hipócrita, era una para ellos dos, los únicos verdaderos entre tanto blanco y palabras susurradas de amor, junto con peticiones a un Dios. El chico mantuvo sus ojos fijos en el diapasón, cejas fruncidas, cuello inclinado, cuando llegó el puente su mano izquierda se cerró: índice en el quinto traste, los otros dedos extendidos formando un arco. El G7 sonó cuatro veces, cada golpe marcado con un cabeceo seco. Después el A7, una mano entera que se abrió y cerró en un segundo, dejando que la última nota vibrara lo suficiente para que el retorno aullara antes de que Cyan respirara.
“I'll be taking actions, no distractions. I just wanna be who I wanna be. I don't need exceptions, no delusions. Chance is only once, you know. When I'm lost and start to fall, let me fly up more. Go on, I've been waiting for this so long. Fate is calling me, unlock another door and shine the hope inside my heart”
El director del orfanato, y padre, que se sentó en la primera fila, apretó los puños sobre las rodillas, pero no se levantó. Semejante escándalo no se podía dar frente al público.
El riff volvió a abrirse, más rápido. Luo apretó la púa contra las cuerdas y la mano derecha se volvió más rápida… abajo arriba, abajo arriba, sin mute, dejando que cada nota hablara para las personas de la capilla… los dedos de la izquierda saltaban entre trastes 7-5-3-0, 7-5-3-0, la palma apenas rozaba el puente para evitar que el sonido se ahogara.
“I don't need your sympathy, have it my way I don't care what people say, as long as there's a path to make. Moving forward till the end”
Sus dedos apuntaban hacia arriba, mientras se iban moviendo de posición con Luo, por supuesto, tuvieron pequeños fallos pero nada desastrosos. Finalmente estaban actuando para ellos, para Mitsuki y Joe que los apoyaron desde el inicio, cuando todo aquello era un sueño lejano y cantaban practicando en el parque Viretta.
Cyan alzó el micrófono. La última frase la soltó directa al techo: “Fate is calling me, unlock another door and shine the hope inside my heart”. La voz se quebró en el retorno, pero no tembló. Luo cerró con un acorde seco: todas las cuerdas apagadas de golpe, la mano derecha aplastando el sustain. El silencio que quedó fue duro… no esperaban aplausos, no esperaban que a la gente de ahí les gustara su música ni que la entendieran…
En la primera fila, el director apretó los puños con más fuerza, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No se levantó. No podía. El coro, atrás, había dejado de respirar… los miraban atentos tras bambalinas… un sonido nuevo, al que ninguno estaba familiarizado.
—¡BRAVO! ¡ESOS NIÑOS SON EL FUTURO DEL ROCK! —un entusiasmado Joe empezó a Silbar y aplaudir con fuerza, orgulloso de sus alumnos.
—¡Lo hicieron muy bien, Cyan y Luo! —la otra chica se incorporó y aplaudió también. En ese preciso momento, en el corazón de Mitsuki, algo nació en ella, se esa presentación a medio pelo… un “quiero brillar como ellos” seguido de “quiero cantar para mí, como ellos”.
La iglesia entera se encogió una vez entendieron que no era parte del show… algunos seguían con sus oídos tapados y otros, otros escucharon hasta el último. El órganista dio un acorde accidental que sonó a grito cuando se levantó para agarrar a los dos bribones… el Director finalmente dio un paso al frente. Luo no miró a nadie, sus ojos seguían clavados en el mástil, cejas fruncidas, cuello de la guitarra apuntando al techo y Cyan se volvió hacia él, ya sin máscara, la había perdido apenas inició la canción que con tanto amor compusieron ambos.
Bajaron del presbiterio por el mismo lado que entraron. No hubo aplausos en ningún momento, solo el zumbido agudo de un altavoz y el murmullo confuso de la audiencia. Joe dejó de aplaudir, su silbido se cortó en seco y Mitsuki bajó las manos. Observaban desde el fondo, cuando Luo y Cyan desaparecieron por la puerta, ellos también abandonaron el recinto.
—Creo que voy a morir —susurró la de cabellos turquesa, respirando hondo.
—Me tiemblan los dedos, Santaaaa —su acompañante seguía eufórico—. Nos meteremos en muchos líos —su risa y sonrisa amplia admitían que no le importaba en lo más mínimo.
—Es un sentimiento de que estamos vivos, ¿verdad?
—Y que no nos vamos a doblegar ante ellos —agregó el chico.
Giró la cabeza hacia él, ambos caminando sin mirar atrás, Luo con la guitarra colgando en su correa y los dedos de la mano izquierda aún agarrotados alrededor del mástil. Respiraban con la boca abierta, el pecho subía y bajaba rápido, sus ojos buscaron los de ella.
El padre se plató en medio del escenario, mirando al público, a las caras atónitas, a las monjas que se llevaban las manos a la boca. Su rostro era una máscara de calma, aunque por dentro ya estaba pensando el castigo de esos dos niños y, por supuesto, quemar la guitarra.
—Gente —dijo su voz sin alzar el tono, la proyectó, plana y controlada, para llenar la capilla—. Esto ha sido una grave falta de respeto, sentimos las molestias causadas.
En la mente del director la culpa era enteramente de Luo, una mala influencia que hasta tenía antecedentes… solo por buena voluntad lo había aceptado ahí y así le pagaba.
—Ustedes dos, niños —una de las encargadas los detuvo poniéndose al frente.
Cyan sintió que las piernas le pesaban y no se pudo mover, Luo tampoco estaba mejor. No por miedo, sino por pura inercia física, por el agotamiento de haberlo dado todo en tres minutos y medio.
—Cyan. Luo. Ahora.
Esa vez el nombre, dicho tan tajante, la hizo reaccionar. Dio un paso atrás, su pie tropezó con el de Luo, habría caído si el varón no hubiera extendido el brazo y la soltó en seguida. Juntos empezaron a correr, ambos con sus dedos entrelazados para no perderse o que uno se quedara atrás. Esto era unidos o nada.
—He pensado una nueva canción —anunció Luo, emocionado, aunque el sudor seguía corriendo por su frente—. Será como una balda, una guitarra acústica y mi voz cantando “wherever we go ahead light breaks through on the way”.
—Oh, he oído pocas baladas que me gusten… pero la letra suena muy nostálgica.
—November Rain, Nothing Else Matters, Every Rose Has Its Thorn —musitó Luo, acordándose de algunas canciones que le recomendó Mitsuki.
—Me gusta Guns N’ Roses.
Caminaron a paso presuroso, el sonido de sus zapatos era lo único que se oía por los largos pasillos, cuándo llegaron a la parte trasera buscaron instintivamente la a Joe y Mitsuki, su coche… en ese momento el director apareció y no les quitó los ojos de encima. Su mirada decía “les quitaré esa mierda de guitarra, estarán castigados hasta que cumplan dieciocho” seguido de “esto no se queda así”.
Cyan levantó la barbilla, no para provocar, para tragar saliva, la garganta le ardía.
Otra encargada apareció ante ellos, con los brazos cruzados. Movió la cabeza, lenta, de lado a lado, y entornó los ojos antes de volverse hacia los fugitivos.
—¿Así me pagan todo lo que he hecho por ustedes? —cuestionó con odio el director.
—¡No hemos hecho nada malo! —replicó Luo, Cyan se mantenía atrás de él, mirando a la otra mujer.
—Há. Tú eres el peor Luo, deberías estar agradecido de que por mi bondad te abriera las puertas del orfanato. A una desgracia así, lo mejor es la calle.
—¿La calle? —una risa corta, amarga cruzó por los labios de Luo—. Eso es lo que más conoces, por eso lo deseas para otros.
—Cuida tu tono —dio un paso adelante—, todavía estás bajo mi techo.
—¿O qué? ¿Otro castigo? ¿Otra amenaza? —una mirada rápida alrededor—. Esto siempre fue un castigo.
—Bajen la cabeza y vuelvan adentro. Ahora.
—No.
—No sobrevivirán ahí fuera.
—Tal vez —una media sonrisa temblorosa—, pero al menos será nuestra decisión.
En ese preciso instante, la puerta principal de la capilla se abrió detrás de ellos. Joe y Mitsuki salieron. Joe cerró la puerta rápidamente, aislando el murmullo que empezaba a crecer dentro.
Nadie habló todavía, el director se dio cuenta de la otra mala influencia para Cyan… Joe, quien encendió un cigarrillo. La cerilla raspó, la llama iluminó por un segundo su perfil cansado. Aspiró. Soltó el humo hacia arriba, sus ojos finalmente fueron al hombre que intentaba intimidar a los niños, el brillo de las gafas redondas impedía ver el malhumor del ex guitarrista.
—Bien —dijo.
La única palabra que expresó hizo que Cyan lo mirara, buscando en su rostro decepción, enfado o algo.
—Un adulto…. —una ceja alzada, el humo escapando lento—. Te escuché insultarlos desde dentro.
—Este asunto no te concierne —el director parecía enojado.
—Cuando amenazas a críos frente a una capilla, empieza a concernirme bastante y más si se trata de estos dos —Joe avanzó con paso firme hacia el director.
—Apaga eso. Aquí no puedes fumar.
—Curioso —dio una calada más profunda—, te molesta más el cigarro que cómo les hablas.
—Llévate a ese inútil y no vuelvas a poner un pie aquí —señaló a Luo.
—¿Eso es una expulsión o un favor? —se mofó con una risa grave, cansada—. Porque suena a que nos haces el trabajo fácil. También me llevaré a Cyan.
—No tienes autoridad para decidir nada.
—Tal vez —el humo formaba una nube espesa, pasó al lado del director junto con Mitsuki y fue hacia los otros dos niños—, pero sí tengo coche.
—No voy a permitir que hagas nada.
—Ya lo hiciste —una mirada rápida pasó hacia la puerta cerrada—. Desde hace años.
—Cyan… —la voz intentó suavizarse—, vuelve adentro.
—No —fue firme por primera vez la de cabellos turquesa—. Ya elegí.
—Entonces lárguense.
—Eso estamos haciendo —el cigarrillo de Joe cayó al suelo, aplastado con la suela—. Y esta vez no miraran atrás.
Finalmente todo había concluido. Los cuatro se subieron al coche y Joe arrancó lo más rápido que pudo. Cyan y Luo sintieron por primera vez la libertad y el ya no tener que someterse a alguien que solo quería sacar provecho de ellos.
Mitsuki encendió la radio y la primera canción que oyeron fue de alivio, libertad… con Pink Floyd; el motor de la furgoneta rugió, y empezaron su camino lejos del portón mientras los acordes iniciales de Another Brick in the Wall Pt. 2 inundaban el auto. El bajo hipnótico y la voz infantil del coro “We don’t need no education…” se colaron por las bocinas como algo muy cercano a ellos.
Cyan apoyó la frente contra la ventanilla; el cristal frío devolvía su reflejo turquesa, ahora sin nada de miedo; Luo cerró los ojos y dejó que el “Hey! Teacher, leave them kids alone!” le vibrara en el pecho, como si cada sílaba arrancara un ladrillo del muro que el director —y todos los adultos como él— habían ido apilando durante años.
Joe no dijo nada, condució y aceleró en silencio. Mitsuki, con el mentón apoyado en el respaldo del asiento, tarareaba la melodía mientras los edificios del orfanato se reducían en el retrovisor hasta convertirse en un sitio ajeno, como lo era para ellos dos.
La canción siguió, imparable, y con cada repetición del estribillo los dos jóvenes del orfanato se sentían más libres. No miraron atrás, el humo del cigarro de Joe y la vista hacia delante era todo lo que veían.
Cuando el solo de guitarra llegó, Cyan sonrió por primera vez sin permiso de nadie. La libertad tenía el sabor de una canción antigua y el olor a nuevo de un camino que empezaba justo donde terminaba el asfalto.
A los diez minutos volvieron a su charla habitual de Rock and Roll, con la canción “Drive” de Incubus sonando a todo volumen.
—El slide del quinto al séptimo. Lo hiciste con la muñeca, no con el brazo, por eso chirrió en Take Off, Luo.
Luo bajó la vista a su mano, la abrió y la cerró. La próxima vez lo haría mejor (…) próxima vez… una sonrisa se dibujo entre sus pómulos, ya podía soñar con seguir un sueño difícil y que la hacía sentir él.
“Whatever tomorrow brings, I'll be there. With open arms and open eyes, yeah
Whatever tomorrow brings, I'll be there. I'll be there, yeah, ohh”
—El puente —continuó Joe, volviendo a Cyan—. Cantaste desde aquí —se golpeó el pecho con el dorso de los dedos—. No desde la garganta. Se oyó totalmente.
Cyan no supo qué responder, se había dado cuenta de ese error, pero no le dio vergüenza, quería cantar de nuevo Take Off, ante un público que les aplaudieran, que corearan con ella. Un público destinado a ellos.
Mitsuki tenía ese sentimiento de querer ser como ellos, que, sin nada de experiencia habían comenzado a tocar y cantar, y aún sabiendo las represalias irrumpieron en el orfanato a cantar su historia, su futuro. Sin miedo a que nadie los oyera, a que nadie estuviera para ellos… también significaba que siempre los apoyaría.
—¿Habrá consecuencias? —preguntó Mitsuki, preocupada por sus amigos.
—Valió la pena —afirmó Luo. No le importaba ningún tipo de castigo, aun si debian dormir en un parque.
Joe giró bruscamente la camioneta y su cigarro cayó al suelo del vehículo, su sobrina lo apago rápidamente.
—Vivirán con nosotros. ¿No está claro eso? Mano de obra barata y explotados, como buenos asiáticos —se rió, era broma, por supuesto.
—¡Trabajaremos duro, Joe! —ambos chicos dijeron a la vez, encontrándose con una risa al final.
Entonces Joe cambió la emisora, la aguja se detuvo en una vieja canción que nunca había llegado a ser hit “Politicians in My Eyes” de la banda Death.
—¿Esto qué es? —preguntó Cyan, extrañado ante el riff frenético y la batería que sonaba a punk.
—Una banda que nadie aplaudió —contestó Joe, soltando el acelerador—. Tres hermanos que grabaron esto en el setenta y cinco; los sellos dijeron que su nombre era “demasiado sombrío” y su sonido “demasiado blanco para unos chicos negros”. Ni una sola sala los contrató, sus cintas se guardaron en un ático más de treinta años.
Luo escuchaba absorto; la voz de David Hackney gritaba “You don’t know who’s in control!” mientras el auto tomaba una intersección.
—¿Y aún así grabaron? —susurró Mitsuki.
—Porque sabían que si no lo hacían, el miedo manejaría el volante toda la vida —respondió Joe, y pisó el acelerador de nuevo—. Así que decidieron ser ellos quienes condujeran.
Joe estacionó frente al Rock Shop y apagó el motor. El silencio regresó, un silencio diferente, de resolución y catarsis por todo lo que había sucedido en ese día. Probablemente tendrían una lucha legal, emancipación o alguna cosa similar contra el orfanato y todo valía la pena para él, porque esos dos criajos lo habían conquistado para no dejar que sus sueños se pudran en una habitación monótona y sacra.
Bajaron los cuatro y el adulto abrió la puerta de la tienda. El interior los recibió con su olor habitual y el polvo de que nadie había entrado ese día o al menos ningún cliente ni malandro. Cerró la puerta tras de sí y echó el cerrojo, después se volvió hacia ellos. Los miró a los tres, uno por uno.
—Hoy no trabajan —dijo—. Hoy vamos a estar de vagos y ordenar las cosas. ¿Bien?
—… —el chico tragó slaiva antes de hablar—. ¿En serio nos podemos quedar aquí?
—No me llames mentiroso —murmuró Joe, tirando la cajetilla vacía al tacho de basura—. Soy un profesional, niño.
Caminó hacia la parte trasera, detrás del mostrador, donde tenía el viejo reproductor de vinilos y las cajas de discos apiladas contra la pared. No buscó por mucho tiempo y sacó un disco, lo sopló, lo colocó en el plato y bajó la aguja.
Un silbido, luego una guitarra eléctrica, cruda, sin pulir, sonando a través de lo que parecía un amplificador a punto de romperse. Seguido de una voz áspera, desgarrada, cantaba sobre autopistas y noches sin fin. No era Take Off. Era algo más antiguo, más rabioso, más triste. “Gimme Danger” de The Stooges.
Joe se apoyó en el mostrador, cruzó los brazos y cerró los ojos.
Cyan se dejó caer en el piso, contra una pila de cajas de amplificadores, Luo se sentó a su lado, la guitarra aún sobre sus piernas. Mitsuki se quedó de pie, junto a la puerta, escuchando.
La música llenó la tienda y si bien no era perfecta, se notaban los fallos y la grabación era pobre, pero… había algo ahí, una verdad y urgencia que atravesaba el ruido y el tiempo.
Cyan apoyó la cabeza en las rodillas para escuchar sin pensar en el orfanato, ni en el director o en los castigos que vendrían. Pensó en el sonido de su propia voz al cantar Take Off, sus errores y lo que mejoraría con el tiempo. Pensó en la mirada de Luo cuando cortaron el último acorde y en el “bien” dicho por Joe.
La canción terminó. El surco del disco siguió girando en silencio un rato antes de que Joe alzara el brazo y levantara la aguja con cuidado.
—Eso —dijo Joe, abriendo los ojos— fue The Stooges en el setenta y uno. Grabado en una cocina. Suena a mierda y cambió todo. Por cierto, no digan insultos o me meteré en problemas.
Luo miró su guitarra. La levantó, la inspeccionó para dejar en claro que ellos fueron diferentes.
—Nuestro sonido… no sonó así.
—No —admitió Joe—. Sonó a ustedes. Con nervios y prisas, sonó a verdad. Eso es lo único que importa cuando bajaron de ese escenario. Es lo que cuenta.
Mitsuki se acercó al mostrador. Sus ojos, siempre observadores, estaban fijos en Joe.
—¿Y ahora?
—Ahora —Joe guardó el disco en su funda—. El director llamarña. Hablaré con él. Ustedes no estarán ni escucharán. Es mi tienda, mi problema.
—No fue su idea —protestó Cyan, levantando la cabeza.
—Son mis alumnos, yo les impartí clases de Rock and Roll. Es mi problema —repitió Joe, y su tono no dejaba lugar a discusión—. Ustedes tienen otro problema.
Los miró con una sonrisa.
—Ahora saben cómo se siente el vacío después de una presentación. El no saber si fue glorioso o un desastre. Ese hueco aquí —se golpeó el esternón—. Ahí es donde nace la siguiente canción o donde muere la banda. Ustedes deciden.
Cyan se puso de pie, las piernas le temblaban un poco aún.
—No va a morir.
Luo se levantó a su lado y asintió una vez, con la barbilla.
—Bien —murmuró Joe otra vez, manteniendo su expresión de felicidad—. Entonces mañana seguiremos practicando. El puente de Take Off sigue siendo un desastre y Cyan, esa última nota…. la sostienes con el diafragma, no con la garganta. Se te quebró.
Cyan sintió que una sonrisa torpe le nacía en la cara.
Joe dio media vuelta y se encaminó hacia la trastienda, quería fumar de nuevo y ya no tenía cigarros. En la puerta, se detuvo.
—Y es mejor que les compremos ropa, no pueden andar con esa ropa del orfanato.
La puerta se cerró tras él y los tres se quedaron solos en la tienda. Cyan miró a Mitsuki, luego a Luo, nadie tenía nada que decir y ella se sentía nerviosa de preguntar la opinión a Mitsuki. Estaban invadiendo su espacio, acaparando a su tío.
—Parece que seremos hermanos adoptivos —ella musitó tranquila—. Es bueno tener con quien compartir mis gustos de música.
Luo descolgó la guitarra y la guardó en su funda. La de cabellos cianes se quedó quieta, oyendo las palabras de la otra chica y esta última abrió la puerta de la sala de empleados.
—Quiero poner una cafetera aquí —murmuró la de cabellos ébanos.
El silencio resonó por la tienda, áspero y nuevo, persistente a lo que estaba por venir; la punta de los dedos de Luo ya no dolía, ni la garganta de Cyan, estaban emocionados por el futuro que vendría. Afuera quedaron los ensayos en voz baja, los pasillos que devolvían regaños, las puertas que se cerraban con llave adentro.
El orfanato ya no existía en ellos, y dentro de ese lugar opresivo, quedó la versión anterior de ellos mismos, la que cantaba liturgias permitidas; Joe les había regalado libertad y esperanza.
Mañana habría que afinar de nuevo, comprobar si el puente aguanta, si la garganta resiste, pero esta noche el único acorde importante ya salió de ellos, el que separa el antes del después.