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SeeDs in the Garden / Re: SeeDs in the Garden – revival
« Last post by Kora on June 30, 2026, 03:46:24 PM »
Las últimas horas de la noche transcurrieron sin más incidentes. Cassian había dormido inmóvil y silencioso como un muerto. Hacía años que no tenía una habitación para él solo: dormitorios durante toda su formación académica, barracones durante el servicio militar. También se había acostumbrado a dormir ajeno al ir y venir de otras personas y, aunque en la cueva permanecía más alerta de lo que lo estaría en un asentamiento habitado, el cansancio era demasiado profundo como para despertarlo cuando el lobo entró o cuando Lievran se dirigió al animal.

Hizo una mueca al incorporarse cuando Lievran lo despertó. Durante un instante, su incomodidad resultaron bastante evidentes antes de que terminara de despejarse y recuperara la compostura. Para entonces, el calefactor ya había consumido toda su carga y su luz se había extinguido, dejando tras de sí únicamente un calor residual.

Se quedó mirando al lobo con expresión aturdida.

¿Seguía soñando?

Al alzar la vista para encontrarse con la de Lievran comprendió que no.

—¿Cuánto tiempo lleva eso ahí? —preguntó, frotándose la cara para borrar el cansancio de sus facciones.

Era evidente que el animal no los había atacado y tampoco parecía tener intención de hacerlo. Aun así, en cuanto Cassian empezó a moverse, el lobo dio un pequeño respingo y retrocedió unos pasos, como si acabara de darse cuenta de que no había un solo humano en la cueva, sino dos.

Cassian observó cómo Lievran parecía sentirse incómodo ante la pregunta, como si lo hubieran sorprendido haciendo algo indebido.

—Entró en la cueva poco después de que os durmierais —explicó el viera—. Buscaba calor, y pensé que se pondría nervioso si intentaba espantarlo. Un lobo solitario no pensará en atacar a un humano salvo que lo acorralen, y huirá en cuanto empecemos a movernos y hacer ruido.

Para demostrarlo, repiqueteó suavemente su cantimplora con los dedos. El sonido sordo resonó por la cueva y el lobo retrocedió otro paso.

Cassian escuchó la explicación de Lievran, incapaz de contener un bostezo a mitad de la respuesta. Había dormido mejor que en mucho tiempo, aunque no tanto como le habría gustado.

—Mmm...

No tenía ni las energías ni la menor inclinación para reprender al viera. En su lugar, probablemente él mismo habría hecho lo mismo con tal de no despertarlo. En cualquier caso, ya no importaba.

Se levantó y empezó a recoger el petate y el mapa. Ajustó los cinturones y las bolsas sujetas a su cintura y se echó el abrigo sobre los hombros, sobresaltando una vez más al lobo. Después plegó el calefactor, ya frío, y lo guardó junto al resto del equipo. Cuando terminó, apenas quedaba rastro de que hubieran pasado allí la noche.

—Ya he preparado mi mochila. Estoy listo para reanudar la marcha, mi señor. Salvo que haya algo que debamos planificar con antelación... —preguntó Lievran, dejando entrever que esperaba alguna explicación sobre lo que les aguardaba durante la jornada.

Un ligero suspiro escapó de los labios de Cassian mientras valoraba cuánto debía contarle.

—Pongámonos en marcha —dijo al fin—. Hablaremos mientras caminamos.

Recogió el hilo que había utilizado para marcar el camino de entrada y empezó a enrollarlo conforme avanzaban, sin dejar de vigilar la brújula.

La salida se encontraba al sur. Había estudiado un mapa aproximado de la red de cuevas antes de partir y lo había repasado de nuevo durante la noche, de modo que tenía una idea bastante clara del recorrido. Por fortuna, no era excesivamente laberíntico.

Cuando echaron a andar, un tenue repiqueteo de garras sobre la piedra volvió a escucharse a cierta distancia tras ellos.

Lievran y Cassian miraron hacia atrás al mismo tiempo y alcanzaron a distinguir al lobo siguiéndolos a una distancia prudente. Su cabeza blanca y peluda asomaba tras una columna de estalagmitas, con un solo ojo brillando en la oscuridad. Se mantenía alejado de ellos y su postura no mostraba amenaza alguna; solo cautela y curiosidad.

Mientras avanzaban por los túneles, iluminando el camino con su antorcha, Cassian era consciente de que el animal continuaba siguiéndolos. No le daba la impresión de que los estuviera acechando para cazarles, así que optó por ignorarlo y concentrarse en encontrar la salida.

Tarde o temprano tendrían que deshacerse de él de algún modo.

Por suerte, la cueva parecía lo bastante segura. No había indicios de peligros recientes, como telarañas o restos de cadáveres. Al poco rato, una tenue brisa comenzó a acariciarles la piel: seca, fría y cortante.

—Lord Solane... —empezó Lievran, volviéndose hacia él con la esperanza de que ya hubiera terminado de despertarse—. ¿Falta mucho para la salida?

—¿Mm...?

Cassian seguía algo torpe por el sueño, aunque sus ojos se volvieron hacia el viera con la viveza habitual.

—Eso espero... —murmuró entre dientes, casi para sí.

Todavía no había podido aliviarse y, por el motivo que fuera, no consideraba apropiado hacerlo dentro de la cueva.

—No... No —se corrigió enseguida, aclarándose la garganta—. La salida no debería estar mucho más lejos. ¿Ocurre algo?

Se puso notablemente más alerta al darse cuenta de que no entendía por qué Lievran le hacía aquella pregunta de improviso. Lanzó una mirada cautelosa por encima del hombro, pero el lobo seguía manteniendo una distancia respetuosa y una actitud relajada.

—Simple curiosidad, mi señor —respondió Lievran de inmediato.

Cassian percibió el cambio en la expresión del viera cuando él se había puesto en guardia.

—Disculpad si os he preocupado.

Resultaba extraño. Lievran era precisamente el tipo de persona que jamás hablaba si no se dirigían antes a él, un hábito que Cassian no dudaba que había adquirido tras toda una vida como esclavo. Aun así, confiaba en que, si hubiera algo más detrás de aquella pregunta, terminaría diciéndoselo.

—Creí que habías visto algo —admitió, negando levemente con la cabeza para indicar que no era necesaria ninguna disculpa.

Entonces reparó en que Lievran también había vuelto la vista hacia su silencioso perseguidor, y luego se giró hacia Cassian.

—No supondrá ningún peligro. Probablemente solo quiera encontrar la salida. Ni siquiera creo que sepa que podríamos darle de comer, y no considerará atacarnos —dijo el viera en voz baja, tratando de tranquilizarlo.

En circunstancias normales, la mente de Cassian ya estaría buscando un significado oculto tras aquella conversación. Pero entre la sinceridad apacible de Lievran y la niebla mental de haberse despertado antes de tiempo, se limitó a estudiar sus facciones durante unos instantes antes de asentir y aceptar la explicación tal como era.

—Mmm. Parece joven. No, no se atreverá.

El lobo continuó trotando tras ellos, sin perderlos de vista.

Dos recodos más los condujeron hasta la boca de la cueva, algo más ancha y menos cubierta por la nieve que la entrada por la que habían accedido. Un viento helado los recibió de inmediato y Cassian se estremeció.

Apartó la nieve de la salida y asomó con cautela para inspeccionar el exterior. Solo cuando estuvo convencido de que era seguro salió al aire libre y, acto seguido, tendió una mano a Lievran para ayudarlo a subir.

Se encontraban en un denso bosque de pinos, aún envuelto por la niebla de la mañana bajo la sombra del acantilado que se alzaba a su espalda. El aire permanecía inmóvil. Había dejado de nevar. No se oía nada y el viento no traía consigo olor alguno.

Una vez se alejaron de la entrada, Cassian volvió la vista para comprobar si el lobo los seguiría. El animal permanecía demasiado cerca de la boca de la cueva como para reunir el valor de salir a la luz.

Lievran aceptó la mano que le tendía y Cassian lo ayudó a subir con un firme apretón. El viento helado los recibió de inmediato, atravesando las capas de ropa, aunque el aire limpio y fresco resultaba un alivio tras tantas horas bajo tierra.

De reojo, Cassian vio la cabeza blanca del lobo asomarse desde la abertura de la cueva. El animal no salió. Permanecía allí, indeciso, observándolos desde el límite entre la oscuridad y la luz.

Si decidía seguirlos un trecho más, poco podían hacer salvo permitírselo.

—Creo que este es un momento y un lugar oportunos para... atender las necesidades de la naturaleza —anunció con cuidado.

Evidentemente no hablaba de plantar árboles, pero dejó el comentario lo bastante ambiguo como para preservar cierta dignidad.

—Haré guardia por ti, si después haces lo mismo por mí.

Evitando la mirada de Lievran, cambió el peso de una pierna a la otra mientras examinaba el sendero que se extendía ante ellos.

Las palabras de Cassian parecieron incomodar a Lievran, aunque el viera se limitó a asentir con educación.

—Por supuesto. Gracias, mi lord.

Cassian observó cómo se internaba entre los pinos. Había escogido un lugar que no estaba demasiado lejos —lo bastante cerca para no despertar sospechas de que pretendiera alejarse, pero suficientemente apartado para quedar fuera de la vista—.

Esperó a que desapareciera entre los árboles antes de exhalar un suspiro contenido.

Había sido una simple cuestión de cortesía dejar que Lievran fuera primero. Era su subordinado y, además, de menor tamaño. Aparte de eso, Cassian no podía estar seguro de si la anatomía del viera le permitía resolver aquella necesidad del mismo modo que él, y tenía el suficiente tacto como para saber que preguntarlo sería de mal gusto.

Lievran era tan estoico como él mismo y, probablemente, antes habría soportado cualquier incomodidad que arriesgarse a cometer un desliz social. Quizá aquella pregunta sobre cuánto faltaba para salir de la cueva había sido, en realidad, su forma discreta de hacerle saber que necesitaba ir al baño.

Pero maldita sea si no estaba pagando cara su caballerosidad.

En cuanto Lievran desapareció de su vista, dejó escapar un suspiro tenso y empezó a pasearse de un lado a otro para distraerse de la presión en su vejiga. Apenas se quedó solo, el lobo salió silenciosamente de entre las sombras. Alzó el hocico y olfateó el aire, reuniendo toda la información que su nariz podía ofrecerle.

Con cautela, Cassian apoyó la mano sobre la empuñadura de su sable-pistola y encaró al animal, sosteniéndole la mirada sin parpadear. Lo último que necesitaba era que la bestia tuviera alguna idea desafortunada ahora que estaba solo.

Pero el lobo ya había descartado por completo la posibilidad de convertirlos en su presa. No tenía ninguna oportunidad.

En lugar de eso, olisqueó un poco los alrededores...

...y acto seguido levantó una pata para marcar como suyo el árbol más cercano.

Chasqueando la lengua con irritación, Cassian apartó la vista.

—Pequeña alimaña... —gruñó entre dientes al cachorro, optando por interpretar el gesto como algo deliberadamente malicioso.

Lievran regresó pronto, afortunadamente.

Apenas reparó en el ligero rubor de sus mejillas ni en la promesa de montar guardia antes de pasar junto a él con cierta rigidez en busca de un lugar donde ni pudiera verlo ni ser visto por su escolta. En cuanto sintió el primer alivio, dejó de importarle si alguien llegaba a interrumpirlo. No siempre había disfrutado de intimidad —la vida militar se encargaba de despojar a cualquiera de esa necesidad tarde o temprano—, pero, cuando podía permitírselo, prefería esperar.

Unos minutos después consiguió recomponerse lo suficiente para regresar. La tensión había desaparecido casi por completo de sus facciones, aunque las mejillas y el interior de las orejas conservaban un leve tono sonrosado.

Solo entonces advirtió que el lobo seguía allí.

—Puede que tengamos que espantarlo —comentó, mirando al animal—. ¿Conoces alguna forma eficaz de ahuyentar a una bestia demasiado curiosa?

Con todo, empezaba a acostumbrarse a su presencia e incluso era posible que sus sentidos les resultaran útiles. Precisamente por eso tenía que marcharse.

Si seguía tras ellos, acabaría muriendo, y Cassian no quería cargar también con ese peso en la conciencia.
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MMORPG: Neverland / Re: neverland 0.0: you can (not) remember
« Last post by Neko on June 30, 2026, 10:58:05 AM »
Seguimos juntando a la familia




Night Fury y el evento de Sirenas en Mayo 2



Neko y Crane habían terminado los primeros pasos de la quest de inicio y se encontraban en la playa al norte de la aldea pesquera, buscando al personaje no jugable que desbloqueaba la interfaz del evento. Aquello estaba hasta los topes de jugadores y no todos estaban participando activamente en el evento como tal.
Neko podía ver al menos tres redes de volley levantadas en la arena, cinco carritos de merchant decorados cual chiringuito veraniego y un par de healers con chaleco rojo subidos a sillas de madera altas que evidentemente estaban sirviendo de socorristas. Para rematar el cuadro, un montón de sombrillas y toallas coloreaban la playa y la mayoría de personas iban en bañador.

—Con la de playas que hay en el juego… —se quejó Neko.

—Igual están descansando. O tal vez han venido a ver a los demás participar en los eventos. —comentó Crane.

—O sólo tienen ganas de tocar lo… la moral. —apuntó Neko, encogiéndose de hombros.

Crane dejó salir una risita desde detrás de su bufanda y señaló con la cabeza hacia lo que parecía ser el personaje que estaban buscando. Neko asintió de vuelta y las dos empezaron a caminar entre el gentío hacia el hombre de pelo azul y orejas de colorines que les recordaban a las aletas dorsales de un pez tropical.

—¡Bienvenidas! —les saludó mientras agarraba con las dos manos la lira que había tenido apoyada en la cadera—. ¿Qué trae por aquí a dos bellezas como ustedes?

Orphe ladeó la cabeza y sonrió mientras arrancaba unas notas melodiosas a las cuerdas de su lira.

—Venimos a ayudar. —contestó Neko, fijándose en las escamas centelleantes desparramadas por el cuello del NPC. Los brillis sacaban a relucir su urraca interior.

—¡Gracias! Muchísima gente ha oído los llantos de socorro de nuestro pueblo. Nunca diré que no a dos almas que quieren ayudar. Venid.

Orphe estiró el brazo con una floritura elegante y les ofreció la mano. Crane y Neko se miraron entre ellas antes de poner una mano sobre la del NPC casi a la vez. La interfaz del evento se abrió con una explosión de colores delante de ellas antes que encogerse como una bola de papel arrugado y asimilarse en sus omnitools.

—Si necesitáis consejo siempre estoy aquí para guiaros —les recordó el NPC antes de dirigirse a otro grupo de jugadores que estaban esperando su turno—. ¡Bienvenidos!

Neko agarró a Crane por el codo y se la llevó a un rincón debajo de una sombrilla sin ocupar para revisar los mini juegos y la misión que les habían acabado de dar.
Crane se sentó con gracia mientras que Neko dejó caer el culo sobre la toalla.

—No hay mucha historia —señaló Crane—, pero hay un montón de mini juegos.

—¿Te gusta hacer misiones con historia? —curioseó Neko y Crane asintió—. Bueno, tal vez usen este evento para presentarnos algunos NCPs recurrentes, no sería la primera vez.

—Eso estaría bien. —murmuró Crane, moviendo las páginas del evento para ver qué más había.

—Mira esto, por lo visto puedes quedarte la skin de sirena para siempre si estás en el top tres en cualquiera de las listas de ranking del evento.

Las chicas volvieron a cruzar miradas y Neko pudo adivinar que su sonrisa creciente se reflejaba detrás de la bufanda de Crane.

—¿Qué hay que hacer para entrar en esas listas? —indagó Crane mientras buscaba esa información en concreto.

—Hay ranking de cada mini juego, hay otro de puntos en general… ¿Hay uno de más horas nadadas? —preguntó Neko confundida, aunque el siguiente le llamó muchísimo la atención— Oh, ¡hay uno para bardos! Más horas tocando un instrumento mientras mantienes tu forma de sirena… y en el top está el bardo que acabamos de meter en la Guild, mira, Starkrimson se llama.

Crane había apagado su omnitool y estaba mirando por encima del hombro de Neko, leyendo su pantalla.

—Eso es un tipo de manzana. —dijo Crane y Neko se rió sorprendida.

—Ay, luego te lo presento, le vas a caer bien.

Crane se levantó y se sacudió la poca arena que se le había pegado a la ropa, Neko apagó la omnitool después de haber memorizado donde tenía que empezar los minijuegos.

—¿Cuánto tiempo llevas jugando? —preguntó Neko con tono ligero.

—No mucho.

Las dos chicas empezaron a serpentear entre la gente, con Crane siguiendo a Neko hasta que llegaron a su primera parada.

—¿Y qué te atrajo del juego?

Crane miró hacia su izquierda, moviendo todo el peso de su cuerpo hacia ese lado. Parecía pensativa.

—Mi hermano juega, pensé que sería una buena forma de conectar con él.

Neko ladeó la cabeza.

—Por la forma en la que lo dices parece que no ha funcionado.

Crane se frotó la nariz contra la bufanda a rayas blancas y azules antes de bajarla hasta casi el pecho, enseñando la cara entera por primera vez. La verdad era que había elegido un modelo muy atractivo.

—No, no es eso. Entré por mi hermano y me quedé por las historias —comentó, enredando un mechón rubio con el índice—. Es la primera vez que juego con alguien que no es mi hermano.

A Neko le nació una sonrisa inevitable y palmeó el hombro de la otra mujer.

—Quien sabe, igual sales de este evento con más motivos para seguir jugando.

Crane pareció pensar un poco, pero asintió, volviendo a esconder su sonrisa detrás de la bufanda.

—Tal vez.

Se quedaron calladas, el silencio llenándose con el jolgorio de la playa y el rumor del mar. El aire olía a sal y chucherías y Neko se puso los puños en la cintura antes de señalar hacia la entrada de la tienda que tenían enfrente.

—¿Vamos a hacer nuestra skin de sirena? Si esto es como Los Sims voy a tardar una hora mínimo en tenerla hecha.

Crane ahogó una risita antes de asentir y señalar la entrada con la mano, como diciendo “Después de tí.” sin tener que hablar en alto.

—Vamos. —contestó la arquera a la vez que Neko apartaba la tela.

—Dale.

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A Step to the Left / Re: A Step to the Left: Bizarrisme
« Last post by Airin on June 30, 2026, 10:55:02 AM »
Yo quería haberlo terminado para el solsticio pero la ola de calor casi me fríe las dos neuronas que me quedan :_D Allé va.





[ Donibaneko Gaua - Jondane Johane ]



De entre los árboles empezaron a salir numerosas figuras que avanzaban a través de la oscuridad con ritmo susurrante hacia el descampado, sus pasos seguros y ligeros siguiendo el murmullo de una melodía apenas recordada de tiempos antiguos.
Congregándose poco a poco de manera ordenada fueron situándose una tras otra en fila, agarrándose de las manos hasta formar una cadena que terminó por cerrar en círculo en torno a un montón de troncos aparentemente abandonados.

Completaron un par de vueltas alrededor de los leños antes de alcanzar el punto en el que todo el grupo se movía sincronizado y parecía incluso respirar como si fueran una sola unidad.
Como una inspiración colectiva una pequeña corriente de aire agitó hierbas, hojas, y ropas, y un brillo rojizo parpadeó bajo el corazón de la madera al mismo tiempo que se alzaron las primeras voces.

—Los años llegan y van pasando en orden uno tras otro. —llamaron a la canción.

—Un nuevo fuego nace otra vez en el sol del carnaval. —contestó el resto del coro.

—A la izquierda el invierno, a la derecha la luz, salta adelante bailarín, dando la vuelta, soltando las manos, marcando el ruedo del fuego. —resonaron todas a la vez soltándose de la cadena para girar sobre sí mismas y volver a agarrarse manteniendo el tiempo de los pasos.

Con el acompañamiento rítmico de sus pisadas, el ascua que había surgido palpitó encendiéndose según aumentaba el volumen de las voces en su llamada y respuesta.

—Polvo de estrellas que nos das vida, eres tú Madre Tierra.

—La creadora de tus dos hijas, la Luna que brilla y el Sol.

—A la izquierda el invierno, a la derecha la luz, salta adelante bailarín, dando la vuelta, soltando las manos, marcando el ruedo del fuego.

Ttu-ttun ttu-ttun, ttu-ttun ttu-ttun, como si fuera un latido pequeñas llamas empezaron a lamer la base de los troncos apilados. Decenas de pies saltaron ligeros y cayeron a la vez entre el rumor de faldas agitadas.

—En lo más alto está nuestra estrella blanca y roja iluminada.

—Sol tú que haces días y noches, tú que conoces los tiempos.

—A la izquierda el invierno, a la derecha la luz, salta adelante bailarín, dando la vuelta, soltando las manos, marcando el ruedo del fuego. —se repitió de nuevo el fraseo que parecía alimentar la fuerza de las llamas cada vez más potentes.

El círculo que había empezado lento y solemne seguía girando, cada vez más decidido, las voces cada vez más altas, los pasos cada vez más sólidos y las manos encadenadas levantándose cada vez con más energía.

—Todo lo que sube a lo alto tarde o temprano bajará.

—Las estaciones siguen cambiando, el día a la noche engendrará.

La hoguera rugió alta y viva en el centro del círculo proyectando su luz anaranjada sobre el prado y las figuras que bailaban en mitad de la noche.

—A la izquierda el invierno, a la derecha la luz, salta adelante bailarín, dando la vuelta, soltando las manos, marcando el ruedo del fuego. Larailaraila larailaraila larailaraila lailará~ —Un sonido penetrante como un grito agudo y sostenido que vibró largos segundos en la misma nota se elevó por encima del coro y levantó las ascuas con un chisporroteo embravecido como si fueran estrellas salpicando sobre la oscuridad.

El grupo frenó, todas a una en el mismo compás. Dos latidos después un par de manos se soltó rompiendo la cadena, y las pisadas resonaron firmes marchando hasta abrir el círculo delimitando un principio y un final.

La primera danzante elevó la mano que mantenía enlazada y sin desasirse avanzó en cabriolas ágiles hacia la izquierda y la derecha, marcando un amago hacia adelante y entrecruzando los pies al saltar. Giró en una vuelta sobre sí misma hacia el interior del círculo y levantó una pierna tan alto que varias sayas relucieron frente al fuego. Repitió los pasos varias veces antes de completar su baile y cuando lo hizo soltó su mano al fin de la cadena.
Se alisó las faldas y acercándose a la hoguera recogió un pedazo de madera que ardía por un costado, y se irguió al margen del círculo, antorcha en mano.

La siguiente en encabezar la marcha volvió a seguir los mismos movimientos, ligera y grácil; y cuando terminó su danza paró también a recoger una rama humeante, y se colocó como otra luminaria a poca distancia de su predecesora.

Una tras otra fueron replicando el baile hasta que todas hubieron recolectado sucesivos fragmentos de madera ardiendo y cerrado de nuevo el círculo en torno a la hoguera. Una ráfaga de aire corrió por el descampado, haciendo temblar las llamas de forma extraña, acallando la fogata y avivando las antorchas.

De la misma manera que habían comenzado la velada, las figuras fueron ordenándose en una fila siguiendo el mismo compás de pasos y una melodía murmurada; y poco a poco fueron abandonando el prado como una columna de luces que centelleaba entre los árboles al mismo tiempo que la hoguera perdía fuerza.
Cuando el fuego terminó de consumirse ya no quedaba rastro de las danzantes en la noche, ni tampoco signos más allá de ceniza vieja de que hubiera habido ni fogata ni encuentro.


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A Step to the Left / Re: A Step to the Left: Bizarrisme
« Last post by Miyu on June 30, 2026, 01:12:46 AM »
Espero terminarlo hoy y corregirlo

tw:  contiene violencia explícita (gore), adoctrinamiento militar, ejecuciones, deshumanización y etcétera ;;



“La muerte de un hombre es una tragedia, la muerte de millones es una estadística.”

El olor a descomposición impregna el ambiente, la carne chamuscada por los fusiles y los vellos… deja una sensación en la nariz difícil de olvidar. Incluso si lo pienso, la sangre que invade las calles de este sector no son nada comparado a los olores, esto queda por más tiempo grabado en tus sentidos.

A un cuerpo, cuyas entrañas han salido hacia fuera, puedes elegir voltear la mirada… a la nariz nada se le escapa.

Los que pilotean un Endslave desde la distancia tienen suerte, toda esa división del ejercito son afortunados. Nosotros, la infantería, somos los que hacemos el trabajo pesado.

—Eous, manda el informe a la base —el joven de cabellos alba dirigió su mirada a un pequeño robot regordete y de orejas similares a un conejo. Un Bangboo de comunicación, uno de los modelos que la GHQ repartía entre los escuadrones de infantería.
—“Ya te dije que soy el operador Exe” —murmuró con voz robótica el pequeñito, agitando sus brazos—. “Los datos ya han sido recopilados y mandados a la base, buen trabajo, Lucid Dreamer.”
—Alexa, cuenta un chiste —tomó al robot por sus orejas y lo elevó en el aire.
Un suspiro entrecortado con estática se escuchó del otro lado.
—“Exe. Tu expediente dice que te llamas Wanshi, condenado a morir en batalla. Hay varias señales dejadas sobre tu comportamiento.”
—Lucid Dreamer me gusta más, sigue los protocolos Eous y muéstrame el mapa —ordenó, depositando de nuevo al robot en el suelo.
—Sí.

De sus ojos una proyección holográfica se creó, el mapa del sector treinta.

—“Las zonas en rojo son los puntos calientes, las azules donde ya se ha controlado a la población” —el mapa titiló un instante—. “Debes dirigirte al rascacielos de la siguiente avenida. Ten cuidado, se ha identificado desplazamiento de escombros.”
—Entendido —sacó su arma y la recargó—. ¿Cuántos infectados quedan?
—“No lo sabemos. Los cristales se expanden a gran velocidad, nuestros cálculos son imprecisos.”
—Entiendo. ¿Alguna información útil?
—“No te acerques a los infectados… aunque tienes Normagene, serás el primero en recibir una bala si te contagias.”
—Dije algo útil.
—“Más importante que mi advertencia no hay.”

Los dos caminaron por las calles de aquella zona desierta, antes una urbe en pleno desarrollo. Los grandes rascacielos destruidos, junto a cualquier signo de vida; las huellas de la Navidad Perdida aún persistían en el aire, en las victimas.

Todos están muertos.

Es la primera lección que te enseñan y así es como puedes levantar el fusil y apuntar hacia un niño, una madre, un anciano o una persona suplicando por su vida.

Si uno de ellos escapa, será el fin de la humanidad.
Si uno de ellos escapa, entonces los muertos ya no serán ellos, seremos nosotros.

No importa con cuales armas hayas matado, cuantos fusiles has utilizado, ni en donde has disparado… todos están muertos. Y el protocolo exige reducir los cuerpos a cenizas, una parte de mi agradece ser un liquidador y no el que realiza la limpieza.

El único método de ejecución que me revuelve el estómago es el filo de una cuchilla… abrir una tráquea, cortar la yugular, la aorta o perforar el corazón… muchos reclutas lo llaman arte, se debe hacer en menos de tres minutos y ser como un zorro… astuto y silencioso. Yo no puedo, la sangre es demasiada y ese maldito chillido final es idéntico al de un cerdo perdiendo el aliento.

«La muerte de un hombre es una tragedia; la de millones, una estadística» así nos adoctrinaron. Nos repitieron que este ejército, convocado por la ONU y dirigido por la GHQ, son los buenos; los que ayudamos a los japoneses a vivir un día más y, de paso, contenemos el virus aquí. Entre barricadas y hormigón a puntas de pistolas y la maquinaria no tripulada.

Ya se hizo lo mismo con el Ébola en el año dos mil diecinueve, la cuarentena nunca se diseñó para salvar a los infectados… se diseñó para aislarlos y dejarlos morir.

Ellos son los malos.
Ellos quieren propagar el Virus Apocalipsis por el mundo.
Sí. Todos deben morir.

—“¡ALTO!” —gritó entre la cacofonía de sonidos distorsionados el animal de metal—. El Destacamento de Operaciones Especiales I ha emitido una alerta para todos los Liquidadores del sector.”
Frunzo el ceño ante esta interrupción y exhalo aire.
—Habla.
—“Objetivo localizado en una zona cercana: varón joven, de cabello oscuro y complexión promedio. Porta una bandana, dos katanas y un arco. Prioridad máxima.”
La proyección holográfica cambia y una nueva ruta aparece trazada sobre el mapa.
—“Órdenes de captura” —prosiguió Exe—. “Redúzcanlo, en lo posible no lo maten.”

Wanshi miró la nueva ruta con desinterés, ordenes son ordenes y él no está para cuestionar.
 
—¿Quién dio la orden?
—“El Mayor Guin. Recibió la autorización de la ONU y el director del GHQ.”
—¿Qué pasará con los infectados?
—“¡K-booom! En una hora.”
—¿K-booom?
—“Explosivos, enviarán aviones caza a destruir un perímetro. Probabilidad de supervivencia: insignificante.”
Wanshi asintió.
—Eous, dame los archivos del nuevo objetivo.

Los ojos rojos del robot parpadearon y luego una luz salió de ellos, pronto tenía todo un informe extenso de Asaba Harumasa. La cara, el nombre, los patrones de movimiento, la configuración de su base, las tendencias políticas de nuestro objetivo estaba todo aquí… reunidos en un solo archivo digital.

La siguiente persona que íbamos a matar.

Di media vuelta y enfundó sus pistolas antes de caminar y, en ese preciso instante, oí ruidos y gritos provenientes del edificio de la misión original. No giré, no me importa, ni un breve vistazo sobre mi hombro di, ¿qué más daba? ¿Qué sentido tenía? Si no fuera yo quien avanza hacia el nuevo objetivo, estaría allí, rematando infectados junto al resto del escuadrón.

El ruido de balas no se detuvo por un largo tiempo, hasta que salí del perímetro.  El bastardo seguramente usó algún armamento pesado… la GHQ le iba a dar una condecoración y el bonito título de “soldado valeroso”. ¡Aplausos y pompas para él, terapia de por vida para mí! Metí la mano al bolsillo de mi chaqueta táctica y saqué unos caramelos.

El primero sabe agridulce.

Por supuesto, antes que nos enlistaran, nos dieron asesoramiento previo al combate y configuraron nuestra ética y moral, evitando que estos factores se mezclen con el deber.

Dimos vueltas varias manzanas antes de llegar a lo profundo del Sector 34. La ciudad se ve igual a todo el resto: destruida. Es más, si quisieran eliminar de forma efectiva al objetivo, usarían algo de destrucción masiva, pero decidieron enviar infantes y Endslaves a marcar la zona y ganar terreno.

—Nivel de batería, Eous.
—“Veinte por ciento. Sin baterías de repuesto.”
—Armaré el campamento en alguna casa, busca cual tiene electricidad.
—“Buscando…” —en sus ojos se veían luces danzantes—. “Negativo.”
—Reduce tu actividad al mínimo. Al diez por ciento, entra en modo hibernación.
—“Recibido. Buena suerte, Lucid Dreamer”.

Las pequeñas y regordetas patas del robot cedieron y cayó al suelo con un sordido sonido, lo levanté y lo coloqué sobre mi mochila.

Pasó una hora desde la última vez que me permití pensar, me dediqué a armar un refugio oculto entre escombros y a cenar, de esas comidas con una tira que al tirar de ellas se calientan en un instante… estaba deliciosa.

Ya son las cero cuatro cero cero horas, será un día nublado y frío. Me recosté y cerré los ojos por un instante… siempre alerta. La muerte se esconde en cualquier rincón, por eso algo que me enseñó esta situación es a rematar.
Alguien herido aún puede defenderse, uno muerto no.

Cero cuatro tres cero horas.
El cielo sigue encapotado y ni una sola rendija entre las nubes permite que la luz de la luna alcance las calles del Sector 34. Abrí mis párpados y detecté por la mirilla del ojo movimiento. Eous no responde.

Algo se mueve, estoy seguro, aún cuando la espesa oscuridad me rodea y no puedo prender mi linterna por temor a revelar mi ubicación.



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Caso XX3
— Cuando aquello que claramente viola varios principios científicos empieza a tener razón —

Alain no respondió de inmediato.

No porque estuviese considerando seriamente alguna de las dos opciones planteadas por René (ambas le parecían cuestionables por razones distintas) sino porque, lamentablemente, ambas presentaban un problema todavía más irritante:

Las dos tenían sentido. Y eso, por supuesto, no mejoraba en absoluto su humor.

Mantuvo la vista fija sobre la carpeta abierta frente a él mientras repasaba una vez más las últimas anotaciones agregadas por René. Los datos seguían allí, tan desagradablemente consistentes como hace unos minutos.
Variaciones distintas.

Mismos parámetros.
Misma configuración.
Usuarios diferentes.
Resultados incompatibles.

Apoyó un dedo sobre una de las tablas mientras volvía a recorrer los valores registrados, casi esperando encontrar algún error evidente que justificara ignorar todo aquello durante unas cuantas horas más.
Naturalmente, no lo encontró.

Le resultaba profundamente inconveniente descubrir que comenzaba a emerger un patrón justo cuando las hipótesis más sencillas ya no bastaban para sostener explicaciones razonables.

Las inscripciones. Otra vez las malditas inscripciones. No importaba desde qué ángulo decidieran abordarlas. No importaba cuántas veces Alain reformulara sus propios modelos teóricos intentando reducirlas a simples variables funcionales dentro de un sistema todavía incompleto.

Seguían haciendo algo. Y eso era precisamente lo que empezaba a resultar inaceptable, porque aceptar aquello implicaba aceptar algo todavía más irritante.

René tenía razón. No completamente, por supuesto. Jamás completamente, pero lo suficiente como para volver incómodamente difícil seguir ignorando ciertas conclusiones.

Su vista abandonó finalmente los documentos la dirigió a René, quien mantenía esa expresión absurdamente tranquila de alguien que, evidentemente, ya había tomado una decisión hacía bastante tiempo y simplemente esperaba verlo llegar al mismo punto por cuenta propia, lo cual, en sí mismo, le resultaba bastante ofensivo.

— Que hayas decidido llenar formularios antes de recibir autorización no convierte tu procedimiento en aceptable.

Desde luego, no esperó una respuesta de su parte, sabía que no necesitaba una para proseguir.
 
— Lo revisaré cuando tenga tiempo.

Hizo una pequeña pausa, aun sin esperar una respuesta de René y después cerró la carpeta con bastante más fuerza de la estrictamente necesaria.

— Puedes retirarte.

Aquello sonó menos como una instrucción y bastante más como una forma elegante de decir “desaparece antes de que decida desaparecerte con tu propio protocolo experimental”.

Estaba seguro que su interlocutor sonreiría. Lo sentía y eso le causaba una leve irritación aparte de todo lo que estaba ocurriendo.

Alain ni siquiera levantó la vista.

No necesitó repetirlo, pero tampoco se dignó a prestar atención a si se había retirado o no. Su mente se había ocupado nuevamente por un mar de información que sentía que debía comprender, dentro de todo eso sentía que estaba omitiendo algo.

El sonido de la puerta cerrándose devolvió finalmente algo parecido al silencio dentro de la oficina. Un silencio breve. Su mirada regresó automáticamente a los documentos esparcidos sobre el escritorio. Las páginas seguían abiertas exactamente donde las había dejado.

Tablas.
Anotaciones.
Registros.
Cálculos.

Semanas enteras intentando construir un modelo funcional coherente a partir de un sistema que parecía insistir constantemente en negar cualquier comportamiento predecible.

Las cámaras no generaban el fenómeno.

Lo regulaban.

Esa conclusión llevaba meses siendo la única constante suficientemente sólida dentro de toda la investigación.
Pero si las inscripciones efectivamente alteraban el comportamiento del sistema…

Si modificar ciertos patrones producía respuestas distintas…

Si la eliminación de restricciones alteraba directamente la estabilidad…

Entonces la adaptación digital jamás había sido una simple reinterpretación tecnológica.

Habían eliminado límites que probablemente existían por una razón.

Su expresión se endureció ligeramente.

Porque había algo todavía peor.

El sistema respondía distinto según el usuario.

Distintos individuos. Distintas respuestas. Distintos resultados sin un patrón suficientemente estable.



Su mano se deslizó inconscientemente hacia un costado del escritorio, allí donde todavía descansaba una copia del documento de autorización firmado aquella mañana.

Sus ojos bajaron casi por reflejo hacia la sección de personal asignado.

Hubo un silencio particularmente largo dentro de la oficina. Demasiado largo.

Flat.
Albatross.
Vane.

...Flat y Albatross.

Exhaló lentamente.

No. Definitivamente no.

Volvió a tomar la hoja entre sus dedos, releyendo por tercera vez una autorización que, apenas un par de horas atrás, le había parecido simplemente un trámite administrativo molesto.

Ahora sólo conseguía generarle una sensación profundamente desagradable en algún rincón de su cabeza que prefería no analizar demasiado.

Las pruebas ya habían comenzado, los dispositivos ya estaban activos. Tres usuarios distintos. Un sistema cuyas restricciones originales ni siquiera comprendían completamente. Una zona elegida precisamente por su alta actividad paranormal y una aplicación construida sobre demasiadas variables que continuaban sin comprender del todo.

Tomó la autorización y abandonó la oficina sin molestarse en reorganizar absolutamente nada.

Necesitó apenas un par de minutos para localizar la oficina administrativa.
La puerta estaba entreabierta.

Fujieda se encontraba detrás del escritorio revisando varios documentos mientras masajeaba discretamente una de sus sienes con evidente cansancio.

Alzó la vista apenas escuchar la puerta abrirse.

Probablemente esperaba cualquier cosa menos verlo aparecer así.

— Guillotin.

Alain avanzó sin detenerse demasiado cerca del escritorio. Su voz salió exactamente igual que siempre. Controlada, precisa… Demasiado precisa.

— Necesito la ubicación exacta del equipo enviado a Geamăna.

Fujieda parpadeó una sola vez, lo suficiente para dejar claro que aquella petición no era precisamente normal.

— ¿Ocurrió algún inconveniente?

Alain sostuvo la mirada del hombre frente a él mientras organizaba mentalmente una respuesta que no implicara explicar que, quizá, enviar tres agentes operativos a experimentar con una tecnología parcialmente incomprendida construida sobre principios todavía teóricos había sido una decisión operacionalmente cuestionable, especialmente porque él mismo había firmado la autorización.

— La fase de pruebas fue autorizada antes de completar validación suficiente.

Fujieda lo observó durante varios segundos. Bajó lentamente la vista hacia la hoja que Alain todavía sostenía en una mano. Su expresión apenas cambió.

— Esa autorización lleva su firma.

Alain no respondió.

Fujieda se acomodó lentamente los lentes.

— Asumo entonces que esto significa que acaba de descubrir algo que debió descubrir antes de enviarlos.
Alain apretó apenas los dedos alrededor del documento.

— Necesito alcanzar a ese equipo antes de que comiencen las pruebas.

Fujieda lo observó durante un momento más y después suspiró profundamente, como alguien que ya había decidido que definitivamente aquel día lo odiaba.

— Voy a asumir que no debo preguntarle cuánto debería preocuparme.

Alain sostuvo su mirada.

— Sería recomendable empezar a hacerlo.
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Patio de Juegos / Re: Pride&Prejudice / Chapter III: A London Reverie
« Last post by Kana on June 29, 2026, 01:08:40 PM »

El señor Bennet no tardó en mover sus pocas influencias para conseguir un abogado, pero la imponente sombra de la familia Lancaster hizo que los juristas más prestigiosos de la región cerraran sus puertas de golpe; nadie quería enemistarse con el poderoso Marqués. Al final, el único dispuesto a tomar el caso —más por necesidad extrema que por convicción inicial— fue Ratio Verita.

Cuando Emilia conoció a su defensor en el modesto despacho que a duras penas lograba costear, la impresión mutua fue áspera. Ratio era un hombre de ascendencia italiana, poseedor de una presencia que habría sido magnética de no ser por el evidente desgaste de su ropa y el ceño fruncido que ensombrecía su rostro. Sus cabellos, de un inusual tono cerúleo, caían desordenados sobre su frente, y sus ojos, de un ámbar felino y cortante, la evaluaron con abierto desdén.

Ratio acababa de ser expulsado con deshonor de su bufete de abogados tras negarse firmemente a defender a un aristócrata adinerado que había abusado sexualmente de una joven. Aquel acto de ética le había costado su reputación, su estabilidad financiera y el favor de la alta sociedad. Se encontraba sumido en la miseria, y el caso de Emilia le parecía una aberración: una aparente buscavidas que se había aprovechado de un Lancaster moribundo.

"Escúcheme bien, señorita Bennet" le dijo Ratio, arrastrando las palabras con un marcado y gélido acento "Estoy aquí porque mis bolsillos están tan vacíos como la decencia de los Lancaster, no porque crea en su inocencia. Defenderé su caso en contra de mi propia voluntad y de mi instinto, pero si me miente, la dejaré caer en el mismo tribunal"

"No necesito que crea en mí, señor abogado, solo necesito que haga su trabajo y demuestre la verdad" respondió Emilia con firmeza, sosteniéndole la mirada ámbar sin amedrentarse.

El día de la primera audiencia llegó, cargado de una tensión insoportable para la peliplateada. Su familia la había querido acompañar, pero ella se negó para no involucrarlos en el asunto que pudiera perjudicarles.
Emilia, decidida a honrar la memoria del hombre que la había amado a su modo, eligió vestir un austero traje de luto negro. Cuando entró a la sala del tribunal de justicia, un murmullo de indignación recorrió los bancos de la acusación.

Allí estaba el Marqués Lancaster, imponente y severo, flanqueado por los miembros más despiadados y arrogantes de su dinastía Lancaster. Cain, el Conde, estaba notablemente ausente, marginado tal como había amenazado en el lecho de muerte de su hermano.
Al ver el vestido de Emilia, la mirada del Marqués despidió chispas de furia y una sonrisa sarcástica; para ellos, que una persona sin "sangre azul" osara portar el luto de Henry Lancaster era el insulto definitivo, una autoproclamación como viuda que no estaban dispuestos a tolerar.

El juez ordenó silencio a los murmullos y, junto a los secretarios, procedió a leer los términos de la demanda por fraude, estafa y coacción que la señora Lancaster y el Marqués presentaban contra la joven Bennet. Ratio Verita permaneció de pie a su lado, con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina, analizando cada palabra del fiscal y cada gesto del magistrado. Su mente brillante, no tardó en sopesar la gravedad de la situación.

Al concluir este primer encuentro preliminar, tras fijarse la fecha del juicio formal, Ratio condujo a Emilia a una sala lateral apartada del escrutinio público. Sus ojos ámbar brillaban con una mezcla de frustración e intranquilidad mientras se revolvía el cabello cerúleo.

"Esto es un desastre, señorita Bennet" sentenció Ratio, bajando la voz "El acta de matrimonio civil y el testamento no bastarán ante un juez comprado por el dinero del Marqués. Al no estar el sacerdote, y con el ministro probablemente bajo el ala de los Lancaster, la balanza está completamente inclinada. Si vamos a juicio, lo más seguro es que termine en la cárcel por el resto de tus días."

Emilia palideció, pero apretó los puños. "¿No hay ninguna forma de contra atacar?"

"Hay una posibilidad" dijo Ratio, clavando su mirada en ella "Pero es tan delgada como un hilo. Debemos encontrar al desaparecido señor von Einzbern a como dé lugar. Él es el testigo de fe inobjetable, el extranjero que estuvo allí y que no puede ser comprado fácilmente por el dinero de los Lancaster. Si él no aparece para testificar que Henry Lancaster actuó bajo su total y libre voluntad, estás perdida. Se le confiscará la herencia que el señor Lancaster le dejo, irá a la cárcel y el nombre de su familia caerá en desgracia"

Emilia bajó la cabeza, recordando las palabras de Camille: nadie sabía dónde estaba el rubio desde el funeral.
Y eso la angustió aún más. Sus hermanas ya tenían sus propios dilemas; Sayi, Camille, entre las más complicadas en el presente, y con la infamia que tendría Emilia si perdía el juicio no sólo hundiría más a ellas dos sino también al resto de su familia.

Ratio la observó en silencio, viendo por primera vez la genuina desolación en el rostro de la joven, una tristeza que no parecía la de una estafadora, sino la de una viuda real. Una idea audaz, peligrosa y sumamente secreta cruzó por la mente del abogado. Él sabía que el conde Cain Lancaster había estado presente en la casa cuando se consagró el matrimonio, aunque se hubiera marchado antes del final. Sabía también, por los rumores de la alta sociedad, que Cain poseía un código de honor estricto, muy diferente al de su despótico padre.

«Debo consultar con Cain Lancaster o sus asesores en secreto», pensó Ratio, midiendo los riesgos. «Si el conde aún guarda un ápice de respeto por la última voluntad de su hermano Henry, tal vez sea la clave para localizar a von Einzbern o para detener esta carnicería desde dentro de la propia familia».

"Vuelva a su casa, señorita Bennet, y no hable con nadie" ordenó Ratio, recuperando su porte profesional "Yo moveré mis hilos. Aún no está todo dicho en este estrado."
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Downtown District / Re: Act 1: Overture
« Last post by Puri on June 26, 2026, 02:40:58 PM »
Llegó quien menos se esperaban uwu con un nuevo fic, nuevas ideas, y nuevas locuras. Estoy intentando también escribir de manera un poco más descriptiva y aunque no me gustó del todo cómo terminó este fic, es cosa de seguir dándole práctica. Estoy muy emocionada con esto ;;




Strawberry Garden


Todo este embrollo comenzó con Messi Pequeño.

Del nuevo grupo de niños pequeños en la guardería, tenía que admitir que Messi Pequeño era su favorito. No sólo era un niño fácil de cuidar (nunca lloraba, seguía órdenes y solía ayudar siempre que se lo pedía), sino que también era muy dulce. Cuando las niñas estaban entretenidas y no peleándose entre ellas por sentarse en su regazo, Messi pequeño aprovechaba la oportunidad para venir a abrazarla y sentarse encima de ella, buscando su cariño. Además, era también un niño muy risueño y se notaba que era muy inteligente para su edad.

No lo diría frente a otros, pero dentro de sí, Sayaka sabía que en una situación de vida o muerte, sería capaz de arriesgar su vida por él.


Lo cual hacía que la situación fuese mucho más irónica todavía, ya que lo hubiese esperado de cualquiera menos de Messi Pequeño. Pero no, ahí estaba frente a ella su pequeñín, con un semblante de tristeza y decaimiento completamente inhabitual en él. En vez de haberla saludado con una sonrisa y con su habitual juego de esconder un juguete detrás de su espalda para hacer que Sayaka lo correteara para ver qué era, se fue corriendo de frente al salón de juegos y se puso a jugar con legos en silencio. Su mamá sonrió sardónicamente.

“Lo que pasa es que su chef favorito perdió ayer en la competencia.”

“¿Qué competencia?”

“Oh, ¿no has visto el programa de televisión de los chefs famosos?”, preguntó la mujer en lo que terminaba de colgar la chaqueta y mochila del pequeño en su lugar. La mamá de Messi Pequeño era hermosa: pelo oscuro, largo y liso; piel suave, brillante y sin manchas; piernas largas y bien proporcionadas; además de un impecable (y altamente envidiable) sentido de la moda. Aunque se parecía más a su papá, Messi Pequeño también poseía las mejores características de su mamá, como sus ojos claros y algo rasgados, muy llamativos y con una mirada directa y resoluta. En otra vida, habría dado cualquier cosa por ser la segunda madre de un niño tan precioso si encima traía el bonus de una madre tan guapa. “Es un programa en el que chefs se reúnen y tienen que cocinar algo de manera rápida para invitados famosos, pero en formato de competencia…”.

Sayaka empezó a recordar vagamente haber visto publicidad del show en el metro y en algunas tiendas de la ciudad hacía un par de meses. Sin embargo, como buena millennial que jamás accedería a la vivienda propia, ni siquiera tenía una televisión en el cuarto que rentaba, así que casi nunca prestaba atención a la publicidad de los programas de televisión.

“Mira”, la mamá sacó su teléfono y procedió a mostrarle la foto de un hombre incluso más precioso que la mujer que tenía enfrente. Y precioso era la palabra, ‘guapo’ no alcanzaba a cubrir la belleza celestial que emanaba del sujeto. “Este es su chef favorito. Ayer nos juntamos con la mamá de Emi para que los dos tuvieran una cita de juegos en nuestra casa, así que Lionel se emocionó mucho porque los domingos son días de cocina y quería mostrarle a Emi su chef favorito… Y justo el pobre perdió, por lo que Lionel se la pasó llorando toda la noche.”

“Oh…”, si bien Messi Pequeño y Emi eran muy buenos amigos en la guardería y nunca se habían peleado, Emi tenía una personalidad muy particular. El pequeño podía llegar a ser muy burlón y seguramente se habría reído al verlo llorar. “Pobre Lionel”, murmuró, asegurándose de usar el verdadero nombre del pequeño y no la manera en la que solían diferenciarlo del otro Lionel en la guardería.

“Si crees que Lionel se puso mal, deberías de haber visto cómo se puso Emi”, dijo la mujer riéndose en lo que ajustaba su bolso al hombro, lista para irse y seguir con su día.


Pero antes de que pudiera preguntar a qué se refería con eso de cómo se puso Emi, sucedió la catástrofe.

La puerta de la guardería se abrió y entró la mamá de Emi con ojeras muy marcadas y un Emi muy enojado que procedió a lanzar sus zapatos en dirección a su cubículo (sin importarle que ninguno de ellos entrara en él) con gran fuerza. La mamá de Messi Pequeño se encogió de hombros y se dio la vuelta, saludando a la mamá del otro niño y entablando una conversación en lo que daba por sentado que era hora de que Sayaka empezara a trabajar.

“¡Emi!” Saludó con fingida felicidad, pero el muchachito pasó de largo sin saludarla. Ahora, si bien Emi tenía una personalidad muy marcada (léase: nunca quería hacer caso), siempre llegaba a la guardería muy alegre y feliz de ver a su maestra. El irse así de largo y con una cara tan molesta no era usual en él.

“Emi, tu maestra te ha saludado.”


Fue en ese momento que apareció su ángel de la guarda: Yamagi. A diferencia de ella, el joven de cabellos rubios no era un maestro de la guardería, sino el secretario y contador del negocio. Sin embargo, al estar siempre presente durante el tiempo de clases, todos los niños lo conocían y lo adoraban. Yamagi era quien siempre solía sentarse con ellos cuando lloraban, les conversaba de manera dulce y les explicaba las cosas, además de siempre ayudar en caso de que alguno necesitara de una tirita o un abrazo.

Los niños no tenían problema alguno en no escuchar a Sayaka y pasar de ella. ¿Pero Yamagi? No, no, no. Si bien Yamagi era dulce con ellos, también les dejaba en claro que él era quien podía llamar a mamá y papá y decirles que no estaban haciendo caso. Estaba claro que nadie podía meterse con él.

Emi se volteó con el ceño fruncido y murmuró rápidamente: “Hola”, antes de irse.

Sayaka se volteó y vio a la mamá de Emi decirle con los labios “perdón” en lo que terminaba de dejar las cosas del pequeño e irse de ahí con la mamá de Messi Pequeño. La puerta se cerró y dejó ahí a los dos adultos, confundidos por lo que acababa de suceder.


“¿Deberíamos llamar a Shino?” Preguntó Sayaka, teniendo un mal presentimiento.

“Aún es muy temprano como para que haya terminado de ir a hacer los mandados…”, murmuró el otro en lo que consultaba su reloj de muñeca. Sayaka se sintió aliviada de que el chico hubiera captado el mal presentimiento y ni siquiera hubiera cuestionado su súplica por llamar al otro. “Hoy también tienen clase de arte, así que a lo mejor eso los distrae antes de que Shino regrese…”

“Que Dios te escuche”, murmuró, en lo que escuchaba un grito y corría a separar a Emi de las niñas a las que les había estado lanzando legos.





Pero Dios no escuchó. Ni tampoco escucharon los niños ese día a Sayaka, a Yamagi, a Shuuji, e inclusive, a Shino. Básicamente, se armó una pequeña revolución en la guardería, la cual, si bien trataron de contenerla, terminó empeorando al decidir darles lo que querían: poner el episodio de la derrota del chef.

Durante las dos primeras horas, Emi se la pasó contándoles a todos sobre lo triste e injusto que había sido la pérdida del chef en el show de cocina. El problema era que, cuando finalmente lograban callarlo o distraerlo, Messi Pequeño era quien seguía dándole cuerda al asunto y todo regresaba al estado original de caos. Esta era la primera vez que Sayaka veía a su niño precioso portándose de tal manera, sin escucharle, e insistiéndoles a Evie y a Isa-isa (las pobres niñas que habían sufrido de los legos voladores), que si ellas hubiesen visto el episodio también estarían igual de enojadas. Incluso Sveta, la más grande del grupo (y por lo general, la más cuerda… aunque qué se puede esperar de una niña de seis años, en realidad…), había dictaminado que todos debían ver el show para poder darle ánimos al chef y que así nunca más volviera a perder.

Pero para poder darle ánimos, primero tenían que conocer a su nuevo ídolo. Lo cual sonaba lo suficientemente inocente, ¿no? Además, hacía tiempo que no tenían una tarde de cine, Miss Sayaka, podríamos ver un episodio en la tele y le prometemos que luego hacemos los ejercicios del cuaderno…

Fue así como los niños aprovecharon ese fallo de juicio de parte de todos los adultos (que después de tanto griterío ese día, ya mucho juicio no les quedaba. Bastó una mirada de Shino al borde de las lágrimas para convencer a Yamagi), para sentarse a ver el episodio que Sayaka encontró en una página web de mala muerte y puso a regañadientes.


Y ahí fue que perdieron el control por completo. Si bien Yamagi se había asegurado de que se mostrara sólo la parte del episodio en que salía la competencia del susodicho chef, los adultos acabaron con un grupo de niños mucho más enojados que antes porque ahora la ira ya no era individual, sino comunal y compartida. Se armó un alboroto sobre cómo el otro chef no había cocinado tan bien y que claramente no era tan buena persona comparado con el chef Son Jong-won, el cual siempre era respetuoso, gentil y muy, pero muy inteligente.



“¿Saben algo?” Dijo Shino apoyándose en el palo de la escoba y rompiendo el silencio. Hacía cuarenta minutos que habían acabado el turno y todos se encontraban callados, exhaustos y todavía procesando lo ocurrido tras un tremendo día. Shuuji se había ido corriendo antes de que pudieran decir algo, por lo que tenían la tarea adicional de limpiar también el desastre que había dejado tras su clase de arte. “Creo que los niños tienen razón. Jong-won debió de haber ganado.”

“Yo también pensé lo mismo”, murmuró Sayaka con la vista puesta en terminar de dejar listos los libros de ejercicios para el día siguiente. “El desafío claramente decía que tenían que cocinar un amuse-bouche innovador y el otro chef sólo ganó porque cocinó comida china y todos aman la comida china.”

“¿Y tú desde cuándo sabes qué es un amuse-bouche?” Preguntó Yamagi al mismo tiempo que Shino decía: “Oigan, ¿qué es un amuse-bouche?” Sayaka no pudo evitar soltar una carcajada al ver al rubio taparse el rostro de la vergüenza por lo que había dicho, a lo que el otro lo miraba con un leve puchero.

“Bueno”, dijo Shino con una sonrisa, claramente dejando el tema de lado. “Estaba pensando: ¿y si vemos los demás episodios? Como para entender de qué hablan los niños.”

“¿Así como ese día en que tuve que quedarme a dormir en tu casa porque te dio miedo el video de skibidi toilet?” Yamagi alzó una ceja, intentando (y fallando) contener una sonrisa.

“¡¡Hey!!” Respondió ofuscado. “¡¡Esa cosa era del demonio!! ¡¡No hay punto de comparación!!”

“Tralalero tralalá,” murmuró la chica, cerrando un cuaderno y abriendo otro. “No sé cuánto tiempo me demore en esto. ¿Pensabas hoy día? Porque ya van a ser las ocho, y en lo que se demora el metro, las nueve.”

“Además, mañana nos toca venir temprano”, agregó el rubio, saliendo de la cocina y secándose las manos tras haber terminado de lavar los pinceles y haber dejado todo organizado. “No sé si sea buena idea juntarnos hoy.”

Shino se cruzó de brazos, triste por la negación de sus colegas…

…Hasta que recordó que aún le quedaba una carta bajo la manga.

“¿Y si yo compro el sushi para todos?”


Inmediatamente, Sayaka cerró el cuaderno que tenía en la mesa y Yamagi lanzó el trapo sobre su escritorio.


“Siempre podemos llegar más temprano”, dijo el rubio.

“Sí, ya mañana termino lo que estaba haciendo”, asintió la chica.



La medianoche los encontró a los tres en el cuarto de Sayaka, con cajas de sushi tiradas en el piso y latas de cerveza abiertas. Los tres sentados en la cama, pegados uno al lado del otro porque no había más espacio, para ver otro episodio más en la computadora de la chica. Si seguían viendo más capítulos, terminarían amaneciéndose y de ninguna manera llegarían temprano a arreglar todo el desorden antes de que el jefe y los padres de familia lo vieran.


Todo el embrollo había comenzado ese día con Messi Pequeño, pero ninguno de ellos (ni siquiera el mismísimo chef Son Jong-won) se imaginaba cómo esto iba a acabar.
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Listas y Probaciones / Re: Listas de Extras — Última Actualización: Mayo 11
« Last post by Eureka on June 25, 2026, 11:27:04 PM »
En la siguiente pagina u_u lo siento!
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HiMEverse / Re: HiMEverse Episode V: The Rebels Strike Back
« Last post by Cho on June 20, 2026, 12:48:54 AM »
Otro fic hecho en un vuelo y con un indeterminado déficit de sueño, ojalá no haya muchos errores. Al menos terminé un fic para variar, ahora a continuar con mis quehaceres *dead* (...)

117.6.





Pronto se iría a terminar el evento que había sacudido a Rizembool y Hanasaki desde sus bases, uno que, para variar, no había sido parte del conflicto, más bien brindando una pausa de aquella perpetua maldición entre ambos bandos.

En una ‘isla’ entre las personas caminando por Hanasaki, los hermanos Shroud estaban prácticamente escondidos bajo un pequeño árbol y entre arbustos, con el mayor revisando un laptop casi desposeído.

“El último reporte ha sido enviado,” dijo Ortho, ni bien completó su función. Ante el fin de dicha información, el pequeño pasó a animarse. “Todo listo, nii-san. Sólo queda escribir uno más de la segunda mitad del presente día y tendremos el fin de semana para descansar.”
“Hm…” Idia a su costado pasó a murmurar algo inaudible.
“¿Nii-san? ¿Dijiste algo?” el pequeño ladeó su cabeza.
“Eh… ‘sí… ojalá que lo sea…’ eso fue lo que dije…” luego de su muy leve sobresalto, su voz continuamente bajó de volumen. Su cansado rostro indicaba su poco interés de conversar. “Gracias por hacer eso…”
“Hmm, nii-san, puedo ver que no has dormido bien,” observó el pequeño, frunciendo el ceño con preocupación. “Esta ha sido una semana con menos por hacer, pero has dormido como si te hubieran dado todas las tareas.”
“Dormir es para los débiles…” murmuró. Dicha laptop tenía un browser game abierto, cuya mecánica era del tipo repetitivo de recaudar recursos ficticios y puntos en un evento para lograr entrar al ranking. Idia tenía unas visibles ojeras y la manera en la que tecleaba le asemejaba a un zombie sin voluntad personal restante. “Ha sido una productiva semana. Al no necesitar monitorear nada de los especiales que se pelean entre ellos, he podido rankear para mi oshi casi sin interrupciones… al menos termina este fin de semana y así podré asegurarme un lugar en el tier 1.”
“Uhh… nii-san, pensé que me dijiste que no irías más arriba que el tier 4…”
“¿Cómo no lo haría si hay tan poca competencia esta vez?” preguntó alarmado y se encogió de hombros como si reclamara uno de los derechos más básicos de la vida. “He estado recaudando recursos por ya tres meses y justo coincide con la mejor semana que he podido tener en mucho tiempo. Que tenga el tiempo para dedicarme al ranking justo en el evento que me importa es más que una señal. Si no lo aprovecho ahora sé que deshonraré el discord de fans en el cual soy moderador.”
“Eres moderador ya en como cuatro discord, no todo tiene que ser una señal,” reclamó Ortho, visiblemente preocupado. “Vamos al menos a comer algo. He oído tu estómago rugir ya dos veces.”
“Uhh, no, ahora es un mal momento,” Idia miró de reojo de un lado al otro. Su ‘isla’ en medio de un sendero que surcaba un parque justo estaba rodeada de un grupo grande de personas que salían de un evento que acababa de terminar. “Al menos que pase esta manada primero.”
“Pero van en el sentido al comedor más cercano, deberíamos de ganarles.”
“Habrá un espacio en el negocio menos popular, no que me importe mucho qué coma.”
“Dices eso pero siempre has sido un picky eater…” Ortho dio un suspiro. Hubo un corto momento de silencio. “Ya, ya se fueron, no hay moros en la costa.”
“…” dio un suspiro. “Ya, déjame terminar con este run.”

Aquella acción tomó alrededor de un minuto, y al haberse decidido a apaciguar a su hermanito, Idia cerró su laptop, se preparó mentalmente a retornar al mundo soleado fuera de su refugio, y se abrió caminó entre los arbustos para retirarse de su escondite…

Lamentablemente, a diferencia de hace alrededor de un minuto en el pasado, el peliceleste no fue recibido por un sendero libre. En su mayoría sí lo estaba, pero se encontró frente a frente con dos personas que no eran desconocidas para él.

“Oh…” Larsa se sorprendió.
“Eh…” e Idia se quedó petrificado. “¡Eh!”
“Nii-san, ¿qué haces? ¿Por qué te escondes?” preguntó Ortho, quien estaba justo por salir detrás de él.
“Tsk, no, no puede ser, yo que me ufanaba de estar libre del mundo y me encuentro con uno de los señoritos de Rizembool, maldición…” murmuró el hermano mayor, encogido y agarrando su cabeza con ambas manos.
“Hm…” Jakob le miraba desde arriba. Dio un suspiro despectivamente. “Será que algunas personas nunca cambian.”
“¡Ah! ¡Ha sido mucho tiempo!” por su parte, Ortho se alegró. “Buenas tardes a los dos, ¿cómo están?”
“Me encuentro bien, gracias por preguntar,” Larsa asintió. Miró hacia Idia. “Supongo que ustedes también lo están, ya que te muestras contento, Ortho.”
“Nii-san no es muy predecible en su comportamiento, lo entiendo,” observó el pequeño, apenado. “Ya lo has visto en ataque de pánico varias veces…”
“Imagino que sabes que este encuentro es uno casual, Idia, no tengo nada que pedir de ti, no que lo haya echo en el pasado tampoco,” observó Larsa, frustrado. “Por favor deja de encogerte. Has apoyado tu laptop en la tierra y temo que vaya a ensuciarse.”
“…sí…” con esa respuesta echa con pesar, el hermano mayor se rindió ante su realidad y le quedó salir, sin perder sus bajas energías y reserva generalizada. Desvió su mirada. “…si de todos modos andas quieto, será que quieres hablar conmigo… ¿qué quiere el señor Solidor de mí…?”
“…” Larsa frunció el ceño. “Tú siempre has sido uno de los pocos en Rizembool que no se han referido a mí por mi apellido. Te pido que me sigas llamando Larsa.”
“…la última vez que nos vimos tú no eras el amo y señor de tu familia…” dijo desviando su mirada. “No quiero meterme en problemas, eso es todo…”
“No lo estarías de ninguna manera, pero sigue tratándome igual, por favor.”
“Al menos sí tienes algo de decencia en tu comportamiento, ya veo,” por su parte, Jakob se había visto ligeramente aprobatorio por aquella etiqueta, para frustración de su señorito.
“…” Idia dio un suspiro. Frunció el ceño ligeramente. “Y bien… ¿quieres algo de mí o me estás haciendo quedarme plantado en el piso nomás? No sé qué debería hacer ahora.”
“Hm… qué poco atino de su parte…” sin duda la aprobación del mayordomo duró muy poco.
“Quisiera ponerme al día con ustedes, ha sido mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, después de todo…” Larsa dio un suspiro. “Les invito a comer algo, y descuiden, no pretendo quitarles mucho tiempo.”
“Oh, no hay problema, Larsa, hehe,” Ortho celebró. “Hoy tenemos muy poco por hacer, ya estamos prácticamente libres.”
“O-oye, Ortho, recuerda que ando en plena labor espiritual en este momento,” le susurró su hermano, en apuros.
“Vamos, nii-san, nadie se va a morir si te botan al tier 2,” se quejó el menor.
“¡Yo me moriré! ¡No lo digas como si fuera un hecho!” se escandalizó.
“¿Y qué se supone que es a lo que se refieren?” Jakob alzó una ceja.
“Lamento decir que tengo una idea…” en algún momento había oído a Sora referirse a un juego que usaba dicha terminología, y sabía apenas lo suficiente para no querer saber nada más. “Si no les incomoda, vamos a una cafetería un poco más lejana. Conozco un buen lugar donde estaremos más cómodos.”
“¡Claro, en marcha!” Ortho asintió efusivamente y se puso a empujar a su hermano para ni darle espacio a que fuera a quejarse.




Se acercaba el final de las olimpiadas con competencias finales y algunas premiaciones, todo en rumbo a la clausura. La intensidad y algarabía de los previos días decrecía y estaba pronta a dar el retorno de la usual rutina. Hanasaki y Rizembool se habían lucido como excelentes anfitriones para los visitantes de distintas instituciones y universidades a lo largo del país al haberse encargado de la planeación para estadías, transporte y voluntarios listos a asistir a todos los presentes. Era conocido el hecho que dichas instituciones se podían considerar rivales como dos universidades de alto prestigio que pretendían aclamar ser mejor que la otra. De todos modos, su habilidad de coexistir y colaborar para los visitantes externos había sido merecedora de elogios.

…y así era como se iba a quedar, era una pulcra reputación que convenía a ambos lados por igual, los cuales, si se podían considerar aliados en algo, era en mantener las riñas en secreto, una complicidad que les salvaba de mayores problemas.

Sin embargo, siempre habría inconformidad a aquel ‘pacto’ de silenciar toda riña, por diversos motivos. La guerra en sí, incluso para los participantes de esta, continuaba siendo un mal que no brindaba una escapatoria o solución. El reclamo de muchos con respecto al descaro de Rizembool o la hipocresía de Hanasaki era más que entendible. Ya se había alcanzado una especia de normalidad que violaba la decencia y el sentido común.

Pero, en medio de aquellos que protestaban, había los cuales podrían no encontrar un entendimiento mutuo con nadie más. Yato había disfrutado de unos días en los cuales fue permitido caminar entre las dos instituciones como otro visitante más que se encontraba únicamente para ser espectador de los eventos. Gozó con el privilegio de movilizarse a su discreción, hasta de ser un frecuentador de un par de cafeterías, una en cada alma mater, donde empezó a volverse un grato invitado por su carismático trato con los trabajadores.

Y aun así, pese a haber sido concedido dicho privilegio después de su liberación de la prisión dentro de Rizembool, la quietud le había resultado inaceptable. Estaba sumergido en un juego de paz y apariencias que no era gratificante. Todo el tiempo de su andar como otro asistente más, no había dejado de meditar sobre su superior.

“Le debo más de lo que podría deberle a nadie más, Yamata no Orochi-sama, por haber intercedido por mí y logrado mi liberación,” observó el ser escarlata, para sí. Se encontraba caminando por la universidad de Hanasaki, rumbo a la zona rural de esa universidad donde, a esas horas, las respectivas competencias habían llegado a su fin. Como resultado, apenas se podía ver contados transeúntes a distancia. “No existe otra persona con la autoridad que usted posee aparte de su humilde decisión para contrarrestar el dictamen que me habría desposeído de dicha libertad.”

Dejó el camino principal y tomó un trecho que llevaba a un pequeño establo, el cual había sido evacuado por motivos de logística durante las olimpiadas, cuyo uso no estaba operativo a esas horas. Lo sabía bien; los días de actividades le habían dado el tiempo disponible para estudiar sus alrededores.

Caminó encima de la paja para confirmar que, como había predicho, las rejas sin seguro del precinto habían bastado para apartar a todo transeúnte de la zona.

“No obstante, incluso usted, mi venerado señor, ha optado por respetar este código de conducta en el cual nada productivo puede ser logrado…” meditó, contemplativo. “No a muchos les concierne esta aparente paz. Un ser ilustre como usted lo es puede adornarse de una reputación bélica, e incluso así, ser receptor de extremo respeto. Si usted me permite…” realizó una venía muy pronunciada, con una mano sobre su pecho, sus ojos cerrados y una sonrisa tranquila. “Yamata no Orochi-sama, deseo aprender de usted.”



“Deseo convertirme en un caballero que sepa cómo imponer su propia conducta a los demás,” afirmó. Sus ojos decididos se abrieron, con su sonrisa contagiándose de perspicacia.

La paja debajo de sus pies empezó a despedir una tenue niebla roja, y esta se elevó y entrelazó. Eventualmente, enshyoujos cobraron vida alrededor de él. Aquellas orphans vampíricas se mantuvieron quietas y vacías, dentro del perpetuo trance que les correspondía ante la presencia de su creador.

“Mis estimadas damas, no han podido deleitarse a la par de los demás entre todos estos días. Descuiden, no me he olvidado de ustedes,” dijo con suavidad. La niebla incrementaba alarmantemente. “En un rincón de Hanasaki, en un área donde la gente común no osará a entrar, y aun así… un ambiente que ciertamente no pasará desapercibido a aquellos que no caen por la charada. Yamata no Orochi-sama, es así que tomaré mi primera lección. La invitación está extendida. Si alguna HiME decide ingresar a mi velada…” ensanchó su sonrisa. “…quiere decir que no romperé ninguna regla, ya que ellas estarán obligadas a participar, y se atendrán a las consecuencias.”

Nuevamente, se generó un frente rojo y la niebla quitó visibilidad alguna. Un laberinto escarlata acababa de generarse e irradiaría peligro en todas direcciones, para aquellos con la habilidad de detectarlo.

Y así, dentro de la ‘etiqueta’ de las olimpiadas, se dio inicio a un suceso que representaba alto peligro para aquellos alrededor.




Una vez todas las participantes de la competencia acudieron al frente, el anunciador empezó a dar la bienvenida a los asistentes, a la vez de felicitar a quienes habían llegado a las finales de atletismo en esa categoría.

“Eso estuvo demasiado cerca…” Rin dio un aliviado y agotado suspiro. Ambos gemelos podían ver a Dash recibiendo las indicaciones sobre su punto de partida.
“Espero que cargarla hasta aquí no le haya causado muchos mareos,” comentó Len. “No quisiera haberle dado una desventaja de algún modo.”
“Se le ve bien, e igual es mucho mejor que haya llegado a tiempo en vez de ni poder competir en su totalidad,” la rubia se encogió de hombros.
“Bueno, eso es verdad…”

Con esa última ayuda quedaba ver el escenario final de la última competencia de la intrépida Dash, quien logró su objetivo de alcanzar la competencia decisiva y ahora apuntaba al estrado en la premiación final. El resultado estaba a punto de verse, el cual… los dos gemelos no podrían quedarse a observar.



“¡…!”
“¡…!”

Fue como la alerta proveniente de una percepción no compatible para los humanos. Ambos enderezaron sus posturas y se mostraron tanto ensimismados como alertas en lo que terminaron por captar aquel críptico mensaje.

Estaban cercanos a una situación de emergencia y tenían que hacer sonar las alarmas de inmediato.

“¡Vamos Rin!” Len se levantó y de inmediato acudió a la salida de las gradas de espectadores.
“¡Ah! ¡Justo tenía que ser ahora!” Rin regañó, pero no se quedó atrás.
“…” a unas gradas más arriba, Horizon se percató de la evacuación de aquellos dos, y no tardó en retornar su atención a la venidera competencia. Aquella emergencia no sería su responsabilidad, simplemente le servía saber que algo sucedía, en caso de cualquier eventualidad.



“¡Eh!” Idia fue sobresaltado por el ringtone de su celular.
“¡Ah! ¡Algo ocurre!” y Ortho igualmente se puso alerta.
“Presumo que dicho ringtone está relacionado a reportes relacionados con el conflicto,” observó Jakob, con una mano en su mentón. “Pero, ¿quién podría arruinar esta actividad con impunidad?”
“…” el peliceleste mayor se puso a leer los mensajes que había recibido con rapidez. Sus ojos cansados se movían de un lado al otro repetidamente.
“Ese sonido no es únicamente referente a cualquier asunto de la guerra. Lo recuerdo bien…” Larsa asintió, meditabundo.
“Oh, veo que ya lo conoces,” Ortho se impresionó. Debía tratarse de un previo encuentro entre Larsa e Idia donde él no había estado presente.
“…si fuera un caso regular, no me habrían contactado tan rápidamente. Sí… por supuesto que es ese espécimen recientemente reclutado por aquel aprendiz…” murmuró Idia para sí, en lo que terminaba de leer los detalles. Frunció el ceño. “Por supuesto que a su tipo de cientíloco le permiten librar a cualquier bestia y luego somos los trabajadores comunes como yo los responsables de limpiar el desastre.”
“…”
“Uhh, lo siento, Larsa, tendremos que ponernos al día en otro momento,” se disculpó Ortho, haciendo una reverencia. “Tenemos que irnos de una vez.”
“Tch…” y luego de terminar de confirmar la recepción de los mensajes, Idia apretó los dientes con frustración. “…por supuesto que algo malo tenía que pasar en el momento en que un SSR chara se me acerca. Apuesto a que todo hubiera estado bien si me quedaba entre los arbustos...”
“Si tan solo fuera tan fácil culpar a otros de todo lo que sucede,” Larsa dio un suspiro. “Entiendo que no te ha agradado verme, pero no digas cosas así.”
“¿Acaso insinúa que mi señorito es la fuente de inconvenientes?” preguntó Jakob, mirándole fríamente.
“¡E-eh! N-no, señor, lo siento…” ello probó asustarlo lo suficiente para retirar, o al menos esconder, su mal genio.
“Por cierto…” luego de aclarar aquel comentario de más de parte del peliceleste, Larsa le miró con seriedad. “No pretendo ser un estorbo, sin embargo, entiendo que hay varias cosas sucediendo en tu entorno últimamente, si hablas de que uno de los prisioneros bajo tu custodia ha sido liberado. Quisiera oír más sobre ello.”
“Eh, pues…” Ortho se sorprendió y pasó a desviar su mirada, en aprietos. “No sé si sea una buena idea, Larsa. No estás involucrado en el tema.”
“…Ortho…” para su gran pesar, Idia tuvo que acceder. “Él no es un señorito de Rizembool cualquiera. Sabes que los Solidor han tenido involucramiento con nuestro departamento en el pasado. Podrá no tener que ver con nuestro trabajo, pero no le podemos negar información,” negó ofuscado. “Igual no esperes que tenga tiempo para decirte demasiado.”
“Lo sé, gracias Idia.”
“Eh, mis más sinceras disculpas, señorito, pero no quisiera que usted fuera a ser expuesto a una situación de peligro,” observó Jakob, con leve inquietud. “¿No podríamos quedar en otro momento para que tengan dicha conversación?”
“No, Jakob, pienso que evidenciar lo que sucede es importante,” observó Larsa, tranquilamente. Le miró con atención. “Por más que no quiera mantenerme tan conectado a Rizembool, hay ciertos temas que nunca debería descuidar.”
“Usted hace mi trabajo complicado, le ruego que tenga prudencia.”
“Tendré cuidado, e igual…” sonrió un poco. “Cuento con la mejor mano derecha que podrá pedir, ¿no es verdad?”
“Eh…” se desubicó, y terminó por dar una leve venia con sumo respeto. “Usted me halaga. Haré todo lo posible.”
“Tsk, tsk, estos malditos SSR charas que creen que hablar es una acción independiente del tiempo…” se quejó Idia a voz baja.
“¡Tenemos que apurarnos, por favor!” suplicó Ortho. “He recibido las coordenadas. ¡Síganme!”




Entre las distintas personas bajo alerta, había alguien en particular quien no había necesitado recibir un mensaje directo para detectar dicha manifestación. Matsui corría ya dentro de Hanasaki, fastidiado por mantener su rostro cubierto con una máscara facial. No debía de faltar mucho para llegar al área donde dejaría de estar rodeado de personas y así nuevamente vestir de dicha capucha tecnológica que completamente cubría su rostro…

“¡Matsui!”
“¡Matsui!”
“!!!”

Además de un sobresalto que le sacó del ensimismamiento, el susodicho se giró para ver precisamente a los gemelos Kagamine quienes le habían dado el alcance, y jalar a cada uno de una oreja.

“¡Ah!”
“¡Duele!”
“¡¿Qué les he dicho de llamarme por mi nombre en voz alta?! ¡Por algo mantengo mi anonimato!” les requintó el rebel, con sus ojos celestes alterados e iracundos. “¡Si alguien fuera a descubrirme, juro que-!”
“¡Ya, lo sentimos, piedad por favor!” suplicó Len.
“¡Uhh, al menos dinos un nombre o código que quieres que te llamemos en emergencias!” reclamó Rin.
“Tsk,” luego de una rápida mirada y comprobar que no había ningún moro en la costa, Matsui les soltó. “Estoy en camino, no necesito que me digan nada,” miró en la dirección a la que debía acudir. “Lo siento en el mismo aire, sé a dónde ir.”
“Por favor ten cuidado, no debes excederte,” le recordó Len. “Por más que tú no seas víctima de esas enshyoujos, esa niebla roja puede hacer que pierdas el control.”
“Sí, recuerda que tu función es salvar a los desafortunados por encima de resolver el problema,” agregó Rin. “Al primero que contactamos fue al jefe. Él se encargará.”
“…” les miró como casos perdidos y dio un suspiro. “Lo sé, no tienen que decírmelo. Ya causé a waka-sama demasiados problemas durante los eventos del muelle. No volverá a suceder, lo prometo.”
“Seguramente Ootakemaru vendrá pronto y estará por los alrededores, todo estará bien,” Len sonrió y asintió. “Lo puedes buscar si tienes algún inconveniente.”
“Además no quieres ponerte en problemas con nuestro jefe. Ya te han encerrado varias veces,” le recalcó Rin, con severidad.
“…no me hables de dicho jefe de ustedes como si le debiera respeto. Waka-sama es el único al quien pienso obedecer,” dicho esto, Matsui continuó corriendo.

El par de rubios le miró marcharse con algo de inquietud.

“Sabemos que él estará bien, pero…” Len bajó su mirada.
“El problema es si él lastimará a otros,” Rin frunció el ceño. “No es justo que lo pongan a cargo de lidiar con ese espectro…”
“Yato no Kami está a un nivel más alto que él, no hay mucho que puede hacer en estas circunstancias...”
“Hmm…” Rin negó. “Nos toca creer en él, Len. Se le ve cada vez con más intenciones de ayudar y considerar a los demás. Él no es un monstruo como el revoltoso de hoy.”
“Tienes razón, Rin,” Len asintió. “Ahora nos toca seguir pasando la voz.”
“Ya hemos avisado a la lista de encargados del tema por mensajes. ¿Avisamos a alguien más?”
“Pues es verdad… al menos vayamos a ver por dónde andan.”
“Cierto, y de ahí podemos ayudar a desviar los transeúntes del área. Siento que estamos temprano esta vez, todo estará bien.”
“Hehe, seguro que sí.”

Con ánimos renovados, los gemelos continuaron con sus rondas.


Con su última competencia ya terminada, las tres HiMEs de la secundaria habían ido por un paseo a la zona de los huertos de Hanasaki, donde Tenshi enseñó unos letreros puestos a la entrada de unos invernaderos de la zona.

“Ahí está. ¿Lo pueden creer?” preguntó Tenshi, indignada.

Tanto Saki como Tsubasa se asomaron para leer los muy coloridos y directos mensajes de aquellos letreros. Entre ellos se leía ‘¡Fuera HiMEs!’ ’No se permiten a HiMEs en este recinto’ e incluso ‘Los huertos son una soberanía independiente de Hanasaki, pregunten antes de entrar’.

“Sólo me puedo imaginar el caos que ocurrió aquí el semestre pasado,” dijo Tsubasa, dando un suspiro.
“Sinceramente, me sorprende que sólo haya un rincón en Hanasaki que aclame su propia soberanía,” Saki se encogió de hombros.
“Tch, Cho ya me lo explicó, pero aun así, el desastre fue por los Rebels, no por las HiMEs, no es justo,” Tenshi hizo un puchero. “Nosotras que andamos con la moral baja por lo del muelle y tenemos que ver cosas así.”
“Vamos, no podemos demandar que todos vean las cosas como nosotras,” observó Tsubasa, sonriendo incómoda. “Ellos también lo deben haber pasado muy mal.”
“Y venir hasta aquí y leer esto fue decisión tuya, Tenshi,” le recordó Saki. “No los responsabilices a ellos.”
“Tsk, es que…” la peliazul bajó su mirada, frustrada.
“Hinanawi-san,” Tsubasa le sonrió y alzó un índice. “Sabemos que quieres reparar las acciones que cometiste esa noche. Te aseguro que todas nos sentimos así, pero no tienes por qué reclamar lo que otros piensen o digan. Eso no está bajo tu control. Lo que nos toca hacer es esforzarnos para hacerles ver que sí estamos haciendo todo lo posible.”
“Ver mensajes de este tipo son más un recordatorio de la responsabilidad sobre nuestros hombros, es así de simple,” dijo Saki, inmutada. “No te lo tomes personal.”
“Supongo…” dio una bocanada de aire, y luego de inflar su pecho, Tenshi levantó su cabeza, renovada. “No puedo dejar que esto me desanime, tienen razón. Para empezar, llegamos al segundo lugar en la competencia de jalar la soga. Tenemos que estar orgullosas de eso.”
“Haha, no pensé que llegaríamos tan lejos, es verdad,” Tsubasa rió un poco.
“Sigo preguntándome si usaste tu fuerza sobrehumana,” divagó Saki, mirando hacia el cielo.
“¡Oye! ¡Por enésima vez, juro que no! ¡Habría sido evidente que todas las demás chicas hubieran sido movidas como trapos, incluso ustedes!” exclamó Tenshi.
“Sólo ignora a Saki, te está tomando el pelo,” le aseguró Tsubasa.
“Por mi parte no lo celebro,” Saki agarró sus manos entre sí. “La soga me ha dejado las manos aturdidas y raspadas. Si tan sólo nos habrían eliminado antes...”
“Ni que fuera para tanto,” la peliazul se encogió de hombros. “Regresemos, me da curiosidad de ver qué andan haciendo las otras chicas.”

Empezaron el camino de regreso y continuaron por el sendero amplio que las llevaría a las partes más concurridas de la universidad de Hanasaki. Aquel camino inmerso en una animada conversación terminó por interrumpirse cuando Tenshi alzó su mirada por encima de los copos de los árboles y vio indicios de lo que parecía ser polvo escarlata.

“¡…!” inmediatamente pensó en la noche de la inauguración y apuntó a ese color. “¡Chicas!”
“¿Será…?” comenzó Tsubasa.
“Así parece…” Saki afiló los ojos. Como quizás debo haber predicho, Tenshi invocó un trozo de tierra debajo de ella y lo usó de plataforma para elevarse lo suficiente y observar dicha manifestación desde arriba.
“¡Hay toda una zona completamente cubierta de rojo, no puedo ver nada!” exclamó la peliazul, para entonces sorprenderse. “¡Parece que su tamaño está incrementando!” Tenshi tuvo la intención de volar hacia allá propulsada por su elemento, aunque un rayo de electricidad voló frente a su rostro. La impresión del mismo casi le hace caerse hacia atrás. “¡Ahh, ¿por qué hiciste eso, Saki?!”
“No fui yo, para variar,” la susodicha se encogió de hombros, casi con algo de sorpresa de, efectivamente, no haber sido la responsable.
“Hinanawi-san, este no es el momento de actuar impulsivamente. Tenemos que enseñarles a todos en Hanasaki que pueden contar con nosotras,” declaró Tsubasa, sonriendo con leve perspicacia, como si le estuviera enseñando modales.
“Tch, ya, está bien, señorita delegada,” Tenshi descendió de regreso a ellas. Le miró con reproche. “Pero no me mates, por favor.”
“Por lo que pasamos durante la inauguración, todo parece indicar que esa niebla roja era extremadamente peligrosa. No podemos aventurarnos solas,” afirmó.
“Sí, precisamente,” Saki dio un suspiro. “En especial Tsubasa y yo a quienes casi nos asesinó un único orphan. Serás más fuerte que las dos, pero sigues siendo sólo una persona. Hay que ver qué podemos hacer en conjunto.”
“Cierto,” Tenshi regresó el trozo de tierra a su hueco original y sacó su celular. “Le avisaré a Suzuka. Ustedes envíen un mensaje a la conversación con las otras HiMEs. No podemos dejar esto desatendido.”
“Enseguida,” Tsubasa asintió y se puso manos a la obra.

Era casi una segunda oportunidad, un momento en el cual que ellas podían reparar los errores cometidos hace poco, o quizás ni eso, pero la oportunidad de dedicarse a ayudar durante unos instantes inciertos y a tanta cercanía de civiles valía el esfuerzo que podían darle. Habían aprendido duramente de los sucesos en el muelle, y con más prudencia y un deseo de colaborar entre todas, estaban cometidas a no cometer las mismas equivocaciones una segunda vez y verdaderamente cumplir con la reputación protectora propia de las HiMEs.

Sin embargo, sus deseos a su vez las estarían llevando inadvertidamente a aceptar la invitación de un monstruo mucho más poderoso que ellas, el cual no estaban listas a afrontar…

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HiMEverse / Re: HiMEverse Episode V: The Rebels Strike Back
« Last post by Cho on June 20, 2026, 12:42:57 AM »

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