8 # Yoon Habin; Húngaro Ganessa.
Intentaron dormir un par de horas antes de dirigirse al centro cultural Húngaro Ganessa, ubicado en una zona céntrica de Eastwood, rodeado de otros espacios artíscos; una zona de estilo bohemio, de gran belleza y elegancia. Aunque, cuando se fundó dicho lugar, no era más que un sitio donde la juventud solía reunirse en bares de mala muerte y tarimas callejeras para cantar y bailar. Antes, un espacio para la cultura underground nocturna.
El teléfono vibraba contra el escritorio de metal en el cuarto de Cheng Xiaoshi y Lu Guang, esto hizo que el primero leyera el mensaje una segunda vez. Las palabras de Yoon Habin no dejaban espacio para la duda. “Vengan al Húngaro Ganessa. Ahora”.
Al final decidieron que debían de ir, sin desayunar ni bañarse antes, con el olor a cerveza de cangrejo y ramen picante encima, pues a esa mujer nadie la hace esperar y menos unos críos. Lo sabían de sobra.
Lu Guang ya se estaba poniendo la chaqueta sobre su camisa blanca y algo arrugada. No dijo nada mientras se cambiaba, no hacía falta. Qiao Ling se estaba aseando rápidamente en el baño compartido, también eligiendo ropa mentalmente y si usaría un maquillaje pesado o ligero. No quería estar frente a Yoon Habin luciendo de forma incorrecta.
—¿Subiste el demo con tu nombre real? —preguntó Lu Guang. La voz era sin emociones evidentes, pero se nostaba el hastío en sus palabras.
Xiaoshi sonrió. Una sonrisa que temblaba en las comisuras, delatando lo que sus labios seguían negando. Había sido atrapado.
—Era más rápido de lo que pensaba, Lu Guang.
—Idiota.
—Ya lo dijo. Nada cambiará porque CHENG XIAOSHI SIEMPRE SIEMPRE METE LA PATA —suspiró Qiao Ling, ya se había cambiado y estaba con crop top oscuro y unos pantalones de mezclilla sueltos.
El aire de la mañana en Chinatown golpeó sus caras con un frío húmedo, las luces de los letreros neón escribían mensajes ilegibles en rojo y azul sobre el asfalto debido a que el sol ya no dejaba distinguirlos. Xiaoshi caminaba unos pasos por delante, la energía nerviosa convertida en pasos rápidos. La ciudad aún dormitaba, pero el sonido de su respiración y los suspiros de Lu Guang estaban presentes. Recordó la presión del teléfono en su mano doce horas antes, la cuenta regresiva iniciándose sobre la mesa manchada de ramen y cerveza de cangrejo. Doce horas. Un límite impuesto por la obstinación de Lu Guang de no querer participar en el proyecto Shiguan Dailiren.
Su mejor amigo había dicho doce horas, ese es el límite de tiempo. Si no tenemos una canción en doce horas, este grupo muere antes de nacer.
La declaración se hizo como un desafío en toda regla y Xiaoshi lo había aceptado al instante, con esa parte de él que nunca calculaba las consecuencias y el solo querer encestar y ganar el partido. La otra parte, la que a veces despertaba en la oscuridad del cuarto de revelado, en sus pensamientos más ocultos, sentía que esto era algo para brillar, para dejar una marca en el tiempo, sobre la amistad de ellos, sobre el presente que se les escapa de las manos. Don’t ask about the past.
Caminaron lo más rápido que podían. Qiao Ling ajustaba el ritmo de sus pasos, Lu Guang mirando al frente, su perfil pálido siempre sereno.
—¿Qué crees que quiere? —preguntó Qiao Ling, por fin.
—Escuchó el demo —respondió Xiaoshi, encogiéndose de hombros—Eso es todo. Quizás nos pida que lo borremos o alguna cosa así, hasta puede que quiera comprarnos la letra. Es Yoon Habin…
—Nada es todo con Yoon Habin —susurró el más tranquilo del grupo. Lu Guang emitió un sonido breve, casi un suspiro—. Quiere algo. Siempre quiere algo y lo consigue con un chasquido.
El Húngaro Ganessa había nacido de la obstinación de esa mujer, un sitio dónde la juventud puede refugiarse y aprender; dónde si tienes algo que enseñar o que quieres mostrar, puedes hacerlo. Ella pondría el precio, que a veces era dinero u otras cosas, como ayudar o enseñar, pintar, estar presente en algo. Y, a su vez, esa terquedad le hizo abrir varias sub diviones… era un bar clandestino en un segundo piso, un estudio de grabación en el tercero y de danza, pintura en el cuatro y al fondo una pequeña galería.
Era todo lo que Habin había pedido, solo que en vez de un lugar socialite era un edificio entero que se tragaba media cuadra entera.
Desde la calle, el Húngaro Ganessa parecía una piedra negra plantada a la fuerza entre los demás edificios; tres pisos y medio de hormigón bruto, columnas anchas sosteniendo los niveles superiores y ventanales tan grandes que dejaban ver la vida adentro, expuesta, como si el edificio no conociera la privacidad. Más que una fachada cerrada, el frente funcionaba como un ágora urbana, un espacio abierto donde la gente se detenía, se sentaba en los escalones o simplemente miraba antes de decidir si entrar o no.
La entrada principal era un portón alto, aun costado, una escalera elegante que subía directo al segundo piso, al bar, donde casi siempre había alguien sentado en el último escalón, fumando y esperando que bajara el sol o el sitio preferido de Yoon Habin. No había un solo acceso ni un recorrido claro; cada entrada parecía llevar a algo distinto.
Los pisos de arriba no estaban completamente cerrados, los grandes ventanales de vidrio, hierro y pasillos abiertos dejaban escapar el ruido, el olor y las actividades que se llevan a cabo ahí antes que; desde la calle se alcanzaban a ver cuerpos en movimiento en las salas de danza, gente inclinada sobre consolas en el estudio de grabación, pinceles chocando contra el lienzo en los talleres. Todo ocurría a la vista, sin intentar disimularse porque la idea principal era atraer a más gente, todos sabían del Húngaro Ganessa asó.
Al fondo, casi fuera del campo visual, columnas llevaban a otra zona, donde sin cartel daba a la galería; un pasillo de luz blanca colgando cuadros que nadie parecía apurado por vender, porque siempre aparecían mejores al día siguiente. El Húngaro Ganessa no pasaba desapercibido.
Subieron las escaleras, no era la primera vez que visitaban o trabajaban en el centro cultural, de hecho, habían organizado una exposición de fotos allí mismo hacía un par de meses atrás. La puerta a la que se dirigían se abrió antes de que Xiaoshi tocara.
Yoon Habin estaba sentada en el único escritorio, en el centro de la habitación, apenas iluminada por una lámpara de pie con pantalla clara. Delante de ella, tres vasos altos y una botella del mejor vino que encontró en su bodega y suave… Recioto della Valpolicella. Su rostro lucía tranquilo, hermoso, infranqueable.
—Qué bueno que hayan venido, Estudio de fotografía… —musitó con una voz baja, casi un susurro que parecía atercipelarse. Señaló los sillones con un movimiento lento de la muñeca, en lugar de invitarlos, los estaba desafiando a sentarse—. Parece que llevan toda la noche despiertos… —sonrió, curvando ligeramente sus labios rush—. Me pregunto qué les habrá tenido tan ocupados.
Xiaoshi se dejó caer en la silla y cogió el vaso, para luego beber un trago. El alcohol ardió en su garganta pese a ser dulce, tuvo que toser de inmediato. Lu Guang probó el líquido con la punta de la lengua y dejó el vaso sobre la mesa sin hacer ruido, por otro lado Qiao Ling no lo tocó, fingió beber un poquito.
Yoon Habin llevaba un vestido negro, ajustado lo suficiente para marcar su silueta sin volverla vulgar, escotado y la espalda casi completamente descubierta, sostenida por tirantes finos. Su cabello rojo, ondulado y suelto, contrastaba con el negro del vestido y caía sobre un hombro con suavidad, en ligar ondas; ese color hacía resaltar sus ojos del mismo tono, intensos, atentos, siempre evaluando a la gente que ponían delante de ella.
—La canción, Cheng Xiaoshi-ya —dijo Yoon Habin, cruzando las piernas con calma, dejando que el vestido se elevara unos centímetros—. Es un desastre —dejó que la frase fuera asimilada por los tres antes de continuar—. Te ahogas en el minuto dos con diecisiete. La batería entra tarde después del primer puente, como… como dudando de sí misma —alzó la mirada, lenta, midiéndolos uno por uno—. Y aun así… —se permitió una pausa más larga, deliberada—… Ahí está.
Una leve curva apareció en sus labios.
—Juvenil. Limpia. Sin necesidad de gritar para llamar la atención. Funciona porque es honesta y porque no necesita gritar para llamar la atención. Es un sonido constante, suave que muestra presencia. Me gusta.
—Lo grabamos en doce horas —habló orgulloso Xiaoshi y, a la vez, en un tono defensivo—. Es un demo, lo subí sin querer.
—Lo sé. Por eso estoy aquí. Si fuera un producto pulido, los habría ignorado. —Habin inclinó la cabeza, su cabellera rojiza se movió con ella—. Ustedes tres, Time Photo Stuidio, siempre me pareció un… un nombre curioso. Y ahora esto, ¿qué pretenden?
Xiaoshi abrió la boca para soltar la idea grandilocuente, la de los detectives del tiempo, la de inmortalizar la juventud, pero Lu Guang habló primero.
—Subir la canción. Ver qué pasa. Tenemos un concepto, la idea base y algunos fragmentos dispersos.
—¿Sin manager? ¿Sin sello? ¿Sin un plan más allá de publicarla en SoundCloud y rezar? —Habín dejó escapar un suspiro que sonó a decepción—. Eso no es un plan, es una idiotez.
—Tenemos nuestras reglas —murmuró Qiao Ling, su voz era más firme de lo que Xiaoshi esperaba.
—¿Reglas? —Habin arqueó una ceja—. Enséñenmelas.
Xiaoshi sacó de inmediato su teléfono y la libreta dónde anota los encargos del estudio; la foto que había tomado en el puesto de ramen… Lu Guang y Qiao Ling absortos, construyendo música con palillos… una evidencia de su ahora. Antes de que pudiera hablar, Lu Guang enumeró las reglas.
—Solo doce horas para tomar una decisión importante. Sigue mis órdenes durante el proceso. No alteres el pasado ni el futuro una vez que la elección está hecha. Y don’t ask about the past.
El silencio que siguió por parte de Yoon Habin fue eterno, los observó con incredulidad, la personalidad de Cheng Xiaoshi le parecía única… pero nunca imaginó que sus dos amigos —más recatados— fueran a unirse en una propuesta tan abrda. Su expresión no cambió, la sonrisa seguía curvada hacia arriba no sabía si mostrar interés genuino o correrlos de ahí.
—Reglas para una banda, já… si Joe los escuchara decir esto… —soltó al fin con una risa suave y elegante—. Son estúpidas y funcionales… inusualmente disciplinadas para lo que aparentan ser… un rock hecho a medio pelo —su mirada se clavó en Xiaoshi—, tú eres el impulsor. El que salta primero y se sumerge en el pasado —se dirigió a Lu Guang. —tú eres el frena, calcula el costo y determinas las acciones a tomar — al último miró a Qiao Ling —. Y tú eres la que une todo o ¿me equivoco, Qiao Ling dongsaeng?
Nadie respondió, intercambiaron miradas entre ellos tres.
—Bien —asintió Habin—. Aquí está mi oferta, única. Les presto el equipo de grabación de nivel profesional por doce horas. Estudio de sonido, ingeniero de mezclas, lo necesario para convertir ese desastre en algo escuchable. Ustedes graban la canción de nuevo, la versionan, le dan forma de single. Lo hacen bajo sus reglas. Doce horas de estudio, nada más.
—¿A cambio de qué? —preguntó Lu Guang, con total desconfianza.
—A cambio del cincuenta por ciento de los ingresos de esta primera canción, durante el primer año. Y el derecho de primera opción para producir su EP, si es que llegan a hacerlo. Si la canción no genera nada, no me deben dinero. Solo el tiempo del estudio y lo pagarán con otra galería de fotos, gratis.
—Cincuenta es mucho —protestó Qiao Ling al instante.
—Es justo —replicó la mujer—. Ustedes no tienen nada, ni siquiera tanta fama. Yo arriesgo mi recurso más valioso, el tiempo de mi ingeniero. Doce horas de su estudio cuestan más que su renta mensual, los tres juntos. Es un préstamo, chicos, un préstamo de tiempo y fe. ¿Aceptan?
Xiaoshi miró a Lu Guang, la cara de él era de pokerface, sin dejar ver sus emociones reales. Ya estaba analizando, calculando, sopesando el riesgo. Doce horas otra vez. Suspiró. Un límite que los había forzado a crear y ahora los forzaría a profesionalizar una canción de banda de garaje. Cheng Xiaoshi vio el leve parpadeo en los ojos azulados de Lu Guang, otra exhalada de aire y un asentimiento leve.
—¿Las reglas? —preguntó Xiaoshi, volviéndose hacia Habin.
—Se aplican, ya que es su lema. Doce horas en el estudio, durante ese tiempo, él —señaló a Lu Guang— manda en lo creativo y yo no interfiero. Mi ingeniero sigue sus instrucciones. No pueden alterar el pasado: la esencia de la canción, lo que capturaron ese sonido amateur y que no buscan destacar. Si aceptan en este momento, ya no podrán modificar nada.
—No toques el pasado, ni el futuro —susurró el albino, seguía con ese tono monótono y controlado.
Xiaoshi sintió una descarga de adrenalina, era una locura. Exactamente el tipo de locura que necesitaban para un proyecto ambicioso nacido de cervezas de cangrejo.
—¡Sí! ¡Tenemos un acuerdo! —dijo, antes de que la prudencia pudiera aparecer en su cabecita.
—No —espetó Lu Guang.
Xiaoshi se volvió hacia él, sorprendido y se topó con la sonrisa de suficiencia del albino.
—No sin una condición más —continuó Lu Guang, mirando fijamente a Habin—. Qiao Ling tiene voto en la mezcla final. Si algo no le parece, se cambia. Es nuestra canción, de los tres.
Habin esbozó por primera vez algo parecido a una sonrisa. Le gustaba esa actitud terca en Lu Guang.
—No lo sé… la batería, después de todo, no entró a tiempo aunque es de Qiao Ling dongsaeng —se levantó, era más baja que ellos, con una figura igualmente imponente y hermosa, seductora—. Está bien, por ser mi linda Qiao Ling dongsaeng. El estudio estará listo a las seis de la tarde, lleguen puntuales. Tienen desde las seis hasta las seis. Un segundo más, y la puerta se cierra. —extendió una tarjeta negra, con el nombre del mezclador y una dirección en Eastwood—. No lleguen tarde.
Salieron del Húngaro Ganessa hacia las calles de Eastwood que empezaban a tomar color y sonidos, despertando de su letargo noche, con el rumor lejano de los primeros camiones de reparto y las bocinas del delivery, Xiaoshi respiró hondo. El aire frío le llenó los pulmones.
—Cincuenta por ciento —murmuró Qiao Ling—. ¡Es un robo!
—Es una oportunidad —rectificó Xiaoshi, la euforia subiéndole como la corriente de un río—. Estudio profesional, Lu Guang. ¡Imagina el sonido! Tu voz sonará más robótica que nuncaaaa.
Lu Guang caminaba con las manos en los bolsillos de la chaqueta, suspirando exasperado por la voz de su mejor —a veces enemigo— amigo.
—Doce horas —repitió, como un mantra, el que vivirían a partir de ese momento—. Es menos tiempo del que tuvimos, habrá presión. El ingeniero no será un compañero, nos estará vigilando para que no rompamos las reglas que expresamos a Yoon Habin.
—Pero seguimos tus órdenes —recordó Xiaoshi, golpeándole su hombro con suavidad—. Tú controlas el tiempo.
—No. Es la falsa seguridad que nos quiere hacer creer Yoon Habin. Si ve que fracasamos, no dudará en romper el contrato, aparte solo es de palabra. No firmamos nada —Lu Guang enmudeció después de eso, analizando. Su mirada estaba perdida en la distancia, ya dentro del estudio, calculando los BPM, los niveles, los picos de la voz de Xiaoshi que se quebrarín bajo presión.
—Esto es como estar en los últimos segundos de un partido. El marcador está empatado y todos saben que el último tiro puede fallar. ¿Eso significa que no lo intentas? No. Tomas el balón, aunque te tiemblen las manos, porque alguien tiene que lanzar —imitó el gesto de tirar una pelota en un aro—. Lo anotas bajo presión.
—No es lo mismo, imbécil —susurró el albino, ya exasperado—. Mejor cállate.
Regresaron al estudio fotográfico. La habitación aún guardaba los recuerdos de su música, el olor a sudor y esa extraña satisfacción por haber creado algo único y un concepto innovador. El desorden era una prueba viviente hasta física de las horas pasadas. Sin hablar, cada uno fue a su tarea. Qiao Ling se sumergió en su laptop, buscando referencias de mezcla para baterías acústicas, Lu Guang conectó sus auriculares de estudio y comenzó a desglosar la grabación demo, anotando marcas de tiempo en un cuaderno nuevo. Minuto uno, cero tres segundos entrada de guitarra, subir agudos. Minuto dos y diecisiete segundos, vocal crack, ¿mantener o retocar?
Xiaoshi tomó su guitarra. La Gibson Les Paul, Heritage Cherry Sunburst y rasgueó los acordes básicos, pero ya no sonaban igual. Ahora estaba analizando, escuchando las imperfecciones, los armónicos no deseados, el leve buzz de la cuerda al aire. El demo había capturado algo, la de tres personas al borde de algo. La versión profesional tenía que capturar esa verdad, pulilar y catapultarla. No era una tarea sencilla.
A las cinco en punto, estaban frente al edificio de la dirección de la tarjeta que Habin les entregó, era en el cuarto piso del Húngaro Ganessa, tomaron el ascensor hasta el piso cuatro y camianron hasta la puerta del estudio que tenía el cartel de producción, con un panel de control junto al marco. Lu Guang pulsó el timbre a las cinco y cincuenta y nueve.
La puerta se abrió lentamente, un hombre delgado, con gafas y una sudadera negra, los recibió mientras bostezaba. Su cabello revuelto y las ojeras bajo sus ojos indicaban que no había dormido y estaban interrumpiendo su siesta.
—Soy el ingeniero Liu. Yoon Habin nim me comentó todo. Tienen de las seis a las seis —los dejó pasar—. No me despierten a menos que sea esencial. Todo está ahí, si lo rompen lo pagan.
—¿Nim? —preguntó curioso el pelinegro, entrando al estudio.
—Es como madam. Si Habin nim trabaja con ustedes, mejor llámenla así.
Los tres se quedaron boquiabiertos al ver el estudio, el estudio era un mundo aparte. Aislamiento acústico perfecto, consolas enormes y micrófonos que costaban más que sus ahorros combinados. Un reloj digital grande, con números rojos, dominaba una pared que ya manrcaba las dieciocho en punto.
Lu Guang no perdió ni un segundo y extendió sus notas ante el ingeniero Liu, antes que este pudiera retirarse al sofá que tenía una manta semi colgada.
—Primero la base rítmica. Batería y bajo al mismo tiempo, tú Qiao Ling, marcas el click track. Nosotros te seguimos.
Qiao Ling asintió y se situó detrás de la batería acústica que estaba en la habitación, un kit brillante y enorme; se colocó los auriculares, su rostro mostró concentración pura. No era la chica que se exasperaba con Xiaoshi en el estudio fotográfico, ahora tenía en mente las baquetas y el ritmo.
La grabación iba en contra del tiempo el primer take de la batería fue bueno, pero Lu Guang escuchó un ghost note en el redoble del primer puente.
—Otra vez —ordenó, a través del micrófono del control—. No sirve.
—Pero fue limpio —protestó el ingeniero Liu, por primera vez.
—Una vez más —repitió Lu Guang, sin alzar la voz.
Qiao Ling lo miró a través del cristal e hizo una seña de okei. Hicieron siete tomas de la batería hasta que Lu Guang dio el visto bueno con un gesto de la mano. Luego fue turno del bajo; Lu Guang grabó su línea en tres tomas limpias, su expresión nunca cambió ni cuando el sudor corría por su frente.
Llegó el turno de la guitarra y eso significaba Cheng Xiaoshi, que entró en la cabina, con una mirada confiada y los auriculares ya puestos. A través del cristal, vio a Lu Guang observándolo, los ojos reducidos a finas líneas de total concentración.
—Desde el intro —dijo la voz de Lu Guang en sus auriculares, clara y directa—. No apresures el cambio al F. Déjalo respirar.
Xiaoshi dio el visto bueno. Respiró y t ocó. La primera toma fue tensa y salió pésima.
—Suenas mal, no estas siendo tú, Cheng Xiaoshi —comentó Lu Guang—. No pienses en los dedos ni en equivocarte, piensa en el ramen, en los sonidos que hicimos como bosquejos con los palillos y tu voz, cantando que quieres hacerlo por nosotros.
Xiaoshi cerró los ojos y volvió a oler el caldo picante, a sentir la mesa pegajosa, a ver la marca circular y húmeda que la lata de Qiao Ling había dejado en su frente. Tocó de nuevo. Esta vez, la guitarra fluyó, no era perfecta, tenía el pequeño swing humano que Lu Guang buscaba.
—Bien —musitó Lu Guang después de la cuarta toma—. Ahora las voces. Primero tú, Xiaoshi. Has de guía.
Cantar ante un micrófono tan sensible era una experiencia nueva y debía tener en cuenta muchos factores, como la respiración, cada roce de la lengua contra los dientes, quedaba registrado. Xiaoshi canto la primera estrofa “I can't seem to see myself outside the mirror. I seem to count the steps to the darkroom every day. I seem to have walked far away. But I just circle back to the place where I started”. Su voz se quebró en el mismo lugar que en el demo. Se detuvo, frustrado y estuvo a punto de arrojar el micro con frustración.
—No —la voz de Lu Guang era con un mar calmo—. No lo fuerces. Ese quiebre es parte de la línea. Es cuando miras al espejo y la imagen se resquebraja. Hazlo otra vez, pero no lo evites, acepta la grieta.
Xiaoshi lo entendió. No buscaban la perfección, se trataba de ellos, divirtiéndose, expresándose como los jóvenes que son. Cantó de nuevo, y cuando la voz falló, dejó que el sonido áspero, vulnerable, se colara en el micrófono. Lu Guang no dijo “bien”, no obstante Xiaoshi vio el leve asentimiento detrás del cristal.
Grabaron las armonías, los “na nanana” que ahora sonaban a relleno, sino como un coro, un murmullo del futuro que pretendían. Qiao Ling cantó su parte con una claridad y dulzura, un contrapunto a la turbiedad de Xiaoshi y la frialdad de Lu Guang.
El ingeniero Liu trabajaba como podían, moviendo faders, ajustando EQ, y siempre esperando la orden de Lu Guang. El poder había cambiado, ya no era un jefe dejando un trabajo fracasado a novatos, sino que se habían adueñado de él y del espacio prestado, caro, era su territorio por doce horas, y Lu Guang lo gobernaba sin vacilar ni por un instante porque cada instante costaba en la fragilidad de sus sueños.
Para la cuarta hora, tenían todas las pistas y empezó la mezcla. Aquí, Qiao Ling se adelantó y señaló un compás donde el bajo ahogaba un fill de la batería. Lu Guang lo ajustó y ella pidió más air en los vocales. Lu Guang discutió, pero cedió, era la regla. Se siguen sus ordenes.
El tiempo en el reloj de la pared corría implacable. Veintidós con diecisiete minutos y cuarenta y tres segundo; vientitres con cuarenta y cinco minutos y doce segundos... la fatiga los estaba envolviendo, el sueño en los párpados era visible, un sabor metálico en la boca. Bebieron agua, tomaron café, te verde, te rojo y continuaron.
A las cinco y treinta de la mañana ya tenían una mezcla, Lu Guang pulsó play en la consola maestra.
La canción que llenó el estudio era la suya. La esencia permanecía, la urgencia, la búsqueda, la tensión entre tres voluntades y cada elemento se hacia presente, incluso las palmas en el na nanana. La batería de Qiao Ling tenía un golpe seco y presente; el bajo de Lu Guang y la guitarra de Xiaoshi. Y sus voces, entrelazadas, contaban sobre el mañana, la esperanza, los sueños, lo que hay más allá de la oscuridad porque se tienen los unos a los otros y csantan para ellos.
El último “Our existence” se desvaneció en el silencio absoluto de la sala insonorizada. El ingeniero Liu retrocedió en su silla, por primera vez, su expresión no mostraba negativismo sino de satisfacción. Doce horas de trabajo arduo y sin descanso, continuo que había dado de resultado una canción hermosa, única y sencilla. Como la juventud.
—No está mal —dijo simplemente.
Lu Guang miró el reloj… cinco con cincuenta y ocho minutos y un segundo.
—Bórralo —ordenó de pronto, su voz ronca por el desgaste de la noche.
—¿Qué? ¿Estás loco? —Xiaoshi dio un paso hacia el cristal, incrédulo.
—La última mezcla, la que acabamos de oír. Bórrala del sistema principal —ordenó Lu Guang al ingeniero.
—Pe… pero… —empezó a balbucear el ingeniero.
—Es la regla —cortó Lu Guang —. Doce horas. El tiempo se acaba y esta canción existe en nuestro tiempo prestado. No en el tuyo. Guarda los archivos crudos en este disco duro —sacó uno de su mochila—. Y luego borra todo rastro del servidor.
El ingeniero Liu miró el reloj cinco con cincuenta y nueve minutos y un segundo, se encogió los hombros. Era su trabajo después de todo y copió los archivos maestros al disco duro de Lu Guang y ejecutó un comando en la consola. Una barra de progreso avanzó, rápida. < Borrando sesión… >
El reloj pasó de cinco con cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos a seis de la mañana en punto.
Un timbre suave sonó en la sala.
Lu Guang tomó el disco duro y se lo guardó en el interior de la mochila. Dio las gracias al ingeniero Liu con una inclinación de cabeza cortes, luego los tres salieron del estudio. La puerta se cerró tras ellos, ya no había vuelta atrás, esa sala era el pasado y no se puede alterar el pasado.
En el ascensor los tres intercambiaban miradas, la tensión de las doce horas se deshacía, dejando un cansancio visible, un eco en los oídos que zobaban con las máquinas. Bajaron a la calle, el amanecer era idéntico al anterior, gris y frío, pero todo era distinto.
Frente al edificio, Yoon Habin los esperaba, apoyado contra un automóvil negro.
—¿Y? —preguntó.
—Ahí está. La evidencia —Lu Guang le entregó el disco duro.
Habin lo tomó y no hizo preguntas por la sesión borrada, ya Liu le informó de todo y estaba de acuerdo. No preguntó por el pasado de esas doce horas.
—La publicaré en las plataformas a mediodía —comentó—. Con el arte que ustedes me manden. El cincuenta por ciento comienza a correr desde el primer stream —los miró, estaba tan radiante como ayer—. Completaron la misión, Agentes del Tiempo. Bien hecho.
—La llamaré desde ahora Habin nim, ¿puedo? —Qiao Ling avanzó entusiasmada y la mujer asintió.
—Somos socios, tengo fe en ustedes —se subió al automóvil y se fue.
Qiao Ling exhaló, largo y emocionada, Xiaoshi casi se deja caer al asfalto.
—Lo logramos —dijo, y su voz sonó extraña en sus propios oídos.
—Aún no —murmuró Lu Guang, mirando el disco duro que ya no tenían—. Solo empezamos.
Caminaron de regreso al amanecer, Eastwood seguía más vivo que nunca a esa hora, muchos Pubs recién cerraban y otros After recién abrían. No hablaron de la canción, ni del futuro, ni de las deudas, tampoco caminaron en silencio, los tres se conocían demasiado bien para bromear y pelear. El pasado de esas doce horas quedaba sellado en un disco duro que ya no les pertenecía; el futuro ya no se podía cambiar y dependían del streaming. Solo tenían esto, el cansancio en los huesos, el camino de vuelta a casa, y la certeza muda de que, por doce horas, habían sido exactamente lo que dijeron que eran... detectives que habían resuelto su primer caso: atrapar un momento de su propia juventud antes de que se escapara.
Lu Guang abrió la puerta del estudio fotográfico. Qiao Ling se abalanzó a la cafetera que ya tenía el producto hecho, el olor a granos de café inundaba el estudio.
Xiaoshi se quedó en el centro de la sala, donde horas antes habían escuchado el demo por primera vez. Estaba feliz, orgulloso… y no estaba solo.
—¿Valió la pena? —preguntó Xiaoshi, la duda asomando por fin, ahora que la adrenalina se desvanecía.
Lu Guang lo miró con sus ojos azules que parecían más claros a la luz tenue del amanecer.
—El tiempo lo dirá —respondio—. Siempre lo hace.
El estudio quedó en silencio cuando la cafetera terminó su ciclo. Qiao Ling se quedó apoyada en la encimera, con la taza entre las manos; Xiaoshi se dejó caer en el sofá del solario y suspiró profundamente, no se dio cuenta en qué momento el sueño había calado tan profundo.
Lu Guang se sentó al lado de Cheng Xiaoshi, desvió la mirada hacia los cristales del salario y las plantas que estaban siendo iluminadas tenuemente por el sol matutino. En ese momento, el pelinegro apoyó la cabeza sobre el hombro de su mejor amigo.
—Tengo sueño —espetó entre bostezos Xiaoshi al fin.
—Yo también —respondió Qiao Ling, con su taza en manos.
—Vayan a dormir —ordenó—. Mañana… bueno, hoy… será otro problema.
Xiaoshi sonrió, cansado, y asintió. Qiao Ling miró su taza aún humeante y sonrió ligeramente.
El tiempo seguia avanzando, como siempre y, por primera vez, no intentaron frenarlo con el click de una cámara.